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Notas para una lectura de la Revolución de Octubre 1917

Por: Fernando Rojas

 

Antecedentes: una revolución rusa y una doctrina internacional.

Este pretende ser un análisis de los acontecimientos y procesos que condujeron a la victoria bolchevique de octubre (noviembre según el calendario actual) de 1917.  La apreciación del suceso no puede reducirse a los hechos del 7 y el 8 de noviembre de 1917 ni a su indudable repercusión en toda la historia mundial hasta hoy. La Revolución de Octubre 1917 es muchas cosas, es una revolución rusa, pero también es mucho más. Su gestación, desarrollo e impacto están relacionados con factores culturales —de índole nacional e internacional—, específicamente ideológicos, con la geopolítica mundial, europea, y con las condiciones muy concretas de la Rusia de la época.

La Revolución de Octubre es heredera de la socialdemocracia del siglo XIX y de una de sus corrientes ideológicas, a la larga la principal, la doctrina de Carlos Marx y Federico Engels.

El movimiento socialista (socialdemócrata) de mediados del siglo XIX, liderado por marxistas, lasalleanos, proudhonistas, anarquistas y muchos otros grupos afines, se propuso como fin común barrer al capitalismo de su época. El dogma estalinista según el cual no había en la época condiciones para una revolución socialista sencillamente no podía existir. De la misma manera en que Marx y Engels encomiaron a la burguesía y subrayaron su papel extraordinario en el progreso de la civilización, para después enfatizar en la imagen descarnada, brutal e inhumana, de la explotación de los obreros por aquella, la socialdemocracia reivindicaba la herencia de los más radicales revolucionarios burgueses y se constituía en el nuevo factor de progreso, para alcanzar —por fin, mediante la dictadura del proletariado para unos y la anarquía para otros— el reino de la libertad y la justicia universales.

La Comuna de París, la toma del poder por los obreros y sus aliados, en su mayoría productores directos de bienes y servicios, se diría hoy, en el París de 1871, fue precursora no solo por haber derribado al gobierno burgués —sin sustituirlo por otro aparato estatal, como advirtió Marx—, sino también porque pudo ensayar el gobierno socialista con todas las tendencias del movimiento, un ejercicio unitario que, aunque fracasado, es emblemático de una necesidad apremiante de cualquier tentativa emancipadora.

Para el socialismo embrionario significó un importante avance comprender la necesidad de tomar y afianzar el poder para iniciar su obra regeneradora y libertaria y ello es inseparable de la visión céntrica del movimiento. Incluso, calificarla de eurocéntrica sería excesivamente benévolo, pues las potencialidades revolucionarias se concebían como restringidas a los países “más avanzados” (en pleno siglo XX aún Lenin y Trotski seguirán usando este eufemismo) Ni otros pueblos de Europa, ni las colonias sometidas por los “países avanzados” podrían ser sujetos de su propia liberación: esta les llegaría gracias al torrente proletario liberador de la Europa occidental y a la emancipación al unísono del yugo del capitalismo mundial.

Esa convicción puede explicar los devaneos chovinistas de Engels y las componendas de Lasalle con la monarquía prusiana. Y, de la misma manera, en la base de la convicción estaba la lógica del socialismo como resultado del desarrollo, de la estrechez de las relaciones de producción basadas en la gran propiedad privada para el necesario avance de las fuerzas productivas —y para el progreso mismo. Ninguno de los pensadores socialistas revolucionarios de la mitad del siglo XIX europeo concedía al capitalismo la capacidad de adentrarse en los caminos más profundos de la indagación científica y lo consideraban depredador del género humano, de la sociedad y de la naturaleza, sin que esa denuncia significara una crítica a la noción de progreso: por el contrario, el comunismo se vislumbraba como el único capaz de realizar esa noción. Y en tanto lo haría al unísono en toda Europa y “de carambola” en las colonias, lo haría rápido y con menos dolor. La dictadura proletaria se justificaba a sí misma, entre otras razones de más peso ya explicadas, por su misma brevedad. Rápido y revolucionario, podría decirse, lo que no es poco.

Toda la lógica del análisis concebía al comunismo como una sociedad de libertad y justicia universales, lo que quería decir también una sociedad racional, solidaria, pero rica y desarrollada. Ni la agresión exterior de potencias rivales, ni los sistemas sociales mundiales opuestos, ni la guerra, ni los esquemas formales de democracia, ni las trasnacionales, ni los partidos de gobierno —y un largo etcétera— podían tener cabida en aquella reflexión y aquel debate.

Es muy sugerente de leer este asunto “hacia atrás” y confirmar estas tesis en la lectura de un autor como León Trotski. A pesar de su militancia bolchevique —desde 1917—, Trotski no pudo sustraerse nunca al esquema original del socialismo europeo de mediados del siglo XIX. La teoría de la hija de ese esquema y por eso parece a veces desligada de la realidad. A la vez, nos recuerda todo el tiempo, como sucede en una obra como La revolución traicionada, que el socialismo no puede ser el reino de la pobreza.

Un autor —y no cualquiera— tomó determinadas distancias de aquel esquema: Carlos Marx. Comprendió las particularidades de las crisis nacionales de España e Irlanda, de su relación con la lógica internacional del capitalismo, con su extensión y las relaciones de mercado. Prestó especial atención a Rusia, donde el régimen feudal coexistía con una expansión industrial que ligaba el país indisolublemente a la distribución internacional del capital. Observó los factores culturales de aquellas crisis y su expresión en los movimientos nacionales, algo que al mismo Engels se le escapó no pocas veces. Introdujo un tipo de análisis de la relación del comunismo con la liberación nacional —en cualquiera de las variables de esta última— que fue precisamente recogido en primera instancia por los marxistas rusos, por el grupo “Emancipación del trabajo” fundado por G. Plejánov en 1883.

Plejánov, Zasulich, Axelrod, Potresov, Deich y Dan, los fundadores de ese grupo, venían no solo de una experiencia común con otros socialistas europeos. Todos ellos, en distinto grado, se habían involucrado en experimentos socialistas anteriores en Rusia, que tenían en común propuestas de un socialismo nacional, como sucediera en el resto de Europa y en América mucho antes. La más conocida de todas era el populismo ruso, que tomaba el punto de partida para el socialismo en la comunidad campesina rusa y evolucionaba a fines del siglo XIX hacia métodos terroristas para derrocar la autocracia, por un lado, y hacia alianzas con el socialismo europeo, por otro, como en el caso de Plejánov y sus compañeros. Fuera cual fuera la tendencia, la presencia del campesinado ruso como una fuerza a la que no se podía menospreciar, marcó los orígenes del socialismo como ideología en Rusia  y lo acompañará hasta octubre del 1917 y más allá. La necesidad de la violencia revolucionaria en un contexto represor sin precedentes, el del zarismo de fines del XIX y principios del XX, también.

La visión revolucionaria del socialismo en Rusia se fue imponiendo junto a la creciente influencia del marxismo, ya como corriente hegemónica en el socialismo europeo. En la medida en que cada socialista ruso abrazaba el marxismo, aunque no olvidara ni por un segundo que su meta principal era derrocar al horroroso gobierno del zar, más se convencía del carácter mundial de la revolución. Trotski acierta totalmente cuando recuerda que en vísperas de octubre y durante los primeros años de la revolución, a ningún bolchevique se le podía ocurrir pensar en un socialismo nacional.

Y por eso mismo, no fueron los marxistas rusos de fines del siglo XIX quienes mejor desarrollaron el estudio y la conducción ideológica de la gran masa campesina y sus condiciones de vida, que era, aún en su inevitable relación con la economía mundial, un asunto mucho, pero mucho más ruso. El terreno estaba abonado para que marxistas rigurosos, cultos, principistas y flexibles cumplieran la tarea de fijarse en el campesinado, de penetrar las condiciones de Rusia y ser sus conductores políticos, de unir la revolución nacional —burguesa, en la lógica marxista clásica— con la revolución mundial proletaria. Tenía que ser superada cualquier visión escolástica del marxismo para dar cima a esa tarea. Esa tarea la cumplieron Lenin y sus seguidores, aunque aquel padeció no pocas defecciones en su larga trayectoria de militante.

(Esta lógica de entender el papel de la gran personalidad y su relación con las demandas objetivas de su época, la debemos, por cierto, precisamente a G. Plejánov)

Mientras más revolucionarios se hacían los socialistas rusos de todas las tendencias, como regla, menos revolucionarios eran los de Europa occidental.

La derrota de la Comuna produjo desmovilización y confusión en el socialismo europeo. El análisis de Marx y Engels y la propuesta de la dictadura del proletariado no tuvieron consenso. La reacción europea, el imperio alemán en primer término, cumplió la misión de forjar la unidad nacional de los principales  estados capitalistas, que pudieron disfrutar de una relativa paz y prosperidad para comenzar los primeros experimentos de políticas sociales de estado, que tenían como declarado propósito cercenar las conquistas obreras y debilitar el movimiento revolucionario. Comenzó el desplazamiento de las formas más cruentas de opresión hacia la periferia capitalista, algo que solo Lenin pudo penetrar, y la nueva expansión territorial, que llevaría a las peores guerras conocidas. Sectores populares de los países más ricos se beneficiaron de todo ello y continúan haciéndolo hasta hoy. Consecuentemente, los líderes socialistas de esos países hicieron cada vez más, causa común con sus burguesías nacionales, comenzaron a formar parte de sus gobiernos y terminaron apoyando la participación en la guerra. El gran escándalo sobrevino al estallar la Primera Guerra Mundial, cuando la mayoría de los socialistas europeos votó los créditos de guerra en sus respectivos parlamentos.

El proceso tuvo huellas doctrinarias muy importantes, como la renuncia misma a la idea de la revolución. Edward Berstein, discípulo y amigo personal de F. Engels, lo expresó claramente: “el movimiento es todo, el objetivo final  no es nada”. Esa renuncia tenía un corolario político: la gran conquista de los trabajadores que fue el sufragio universal —“universal” sin las mujeres y los extranjeros, por supuesto; se trataba todavía de una conquista con limitaciones— que Engels consideró justamente un camino hacia la toma del poder, fue convertida y aprovechada por la reacción como mero espacio de componendas políticas. Y cuando ya no fue necesaria, allí donde los socialistas habían logrado grandes cifras de votos, en Alemania, el canciller Bismarck, sencillamente y de un plumazo, prohibió el Partido Socialdemócrata.

Lenin estudió las relaciones sociales en la gran aldea rusa y los móviles políticos e ideológicos del movimiento más influyente en aquella: el populismo. Marxista convencido y militante socialdemócrata en consecuencia, disputaba junto a sus correligionarios el liderazgo político de masas a los populistas. A estos y a sectores crecientes de diversos estratos de la sociedad rusa los unía la común enemistad con la autocracia y la convicción de que esta debía ser derrocada. Estaba en discusión cómo hacerlo y, sobre todo, qué vendría después. Los liberales rusos no solían tener las convicciones de sus antepasados franceses de un siglo antes. Parecían proclives, como sus pares alemanes más recientes, a pactar con terratenientes y monarcas. A nivel diplomático, el zarismo era aceptado, en la nueva disputa internacional, como interlocutor válido y, luego, como aliado, de los “más avanzados”, los gobiernos de Gran Bretaña y Francia.

El zarismo tenía que ser derrocado por las masas y habría que dirimir quién las conduciría. La dificultad para hacer un frente común tenía sus raíces propias en la zigzagueante trayectoria del populismo, desde el reformismo y la colaboración de clases hasta el terror y las aproximaciones al socialismo. También estaba la misma pobreza material y espiritual de la clase con mucho mayoritaria, el campesinado, y su tradicional apego al zar y a la iglesia. Por último, el sector más radical y mejor preparado, los socialistas y los obreros que los seguían, comenzaba a recibir los impactos de la capitulación paulatina de sus hermanos europeos, a los que les unían décadas de militancia común en la I y la II Internacional.

Convencidos del importante papel del campesinado en la revolución, Lenin y sus compañeros más cercanos, un grupo minúsculo en la frontera de dos siglos, sin dejar de conspirar en las organizaciones obreras, rompieron lanzas contra los populistas y crearon sus propias bases en Europa, cerca de sus compañeros de partido internacional. Ante las amenazas de prisión y deportaciones, el grupo de Lenin, al que Plejánov consideraba su discípulo y apoyaba desde su autoridad como máximo líder de la socialdemocracia rusa, optó por la constitución de un partido combativo, disciplinado y cohesionado en torno a un periódico de masas, tendencia de organización que en el resto de Europa ya se batía en retirada. Cada paso que los leninistas daban en esta dirección generaba nuevas divisiones y debates, que marcaron dolorosas separaciones, como la de Lenin y Martov en la discusión sobre la necesidad de una militancia concreta en una organización específica, y la misma de Lenin y Plejánov. La fundación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia está marcada por estos desencuentros y por polémicas de una agudeza enorme, que marcarán para siempre a aquel Partido.

El destierro de finales del siglo XIX será aprovechado por Lenin para continuar sus estudios y, sin apartar los ojos de la aldea, fijará su atención en el otro pilar de la sociedad rusa de la época y base del sector más revolucionario, la clase obrera. Lenin estudiará el capitalismo ruso y demostrará, en principio, la viabilidad de la solución revolucionaria para su “prematura” crisis, con dirección proletaria.

La concentración de la producción en Rusia, la aparición de grandes centros fabriles, en Petrogrado, Moscú y otras ciudades y el crecimiento en esos centros de una clase obrera relativamente numerosa y, sobre todo, concentrada en grandes urbes, otorgaba, aunque parcialmente, al capitalismo ruso las mismas características de la “fase superior” del movimiento y desarrollo del capital. Ello sucedía en medio de las más salvajes formas de explotación del trabajo, en la ciudad y en el campo, y en un escenario internacional marcado por frecuentes guerras hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Ninguna reforma agraria —y fueron varias desde la eliminación del régimen de servidumbre en 1861 hasta 1914— pudo dar curso a la expansión del capitalismo en el agro ruso, a la libre competencia de productores que fueran a la vez propietarios. Ello explica que la relación de la agricultura rusa con el mercado mundial sea la de una economía feudal extensiva con los grandes monopolios importadores de cereales, que ganaban cuantiosos dividendos de la reelaboración industrial del producto, sin que ello significara ningún provecho para el mejoramiento de las condiciones de vida y de trabajo de los productores rusos, ni para la infraestructura agraria del país.

La crisis no es solo ni tanto la del régimen capitalista, sino una crisis nacional enorme, de causas muy diversas, en buena medida debidas a la inconsecuencia del capitalismo, a su no maduración, a la incapacidad de la burguesía nacional de liberar a Rusia de ataduras como la servidumbre, la guerra, la ignorancia y la represión. Esta idea es esencial para entender la Revolución Rusa. En un plano más particular, explica también la inevitabilidad del debate entre los revolucionarios sobre cómo llevar adelante la liberación de los pueblos de Rusia del yugo de la autocracia y los terratenientes. Ese debate fue muchas veces el debate sobre la consecuencia en el enfrentamiento a la reacción, al imperio retrógrado opresor de hombres y mujeres, pero también de pueblos enteros, que sujetó al país a los monopolios ingleses, alemanes y franceses y fomentó las más crueles formas de explotación y discriminación para lograr sus propósitos antinacionales.

La autocracia rusa se embarcó en conflagraciones en Turquía y en los Balcanes, con éxitos y fracasos, pero sin lograr consolidar ninguna conquista. Su política era apenas un apéndice de la de las otras grandes potencias europeas, con las que negoció y forjó alianzas poco estables, que terminaron enajenándola de los imperios feudales sobrevivientes y en particular de Alemania, para someterse más aún a Gran Bretaña y a Francia, al punto de concluir acuerdos secretos con estas potencias, absolutamente perjudiciales para no pocos pueblos del territorio del Estado multinacional ruso.

En ese escenario es imprescindible el análisis de la experiencia de 1905, desde sus antecedentes más inmediatos.

La escasez, la subida de precios y un crudísimo invierno justificaron la procesión pacífica de miles de habitantes de San Petersburgo el 9 (22) de enero de 1905. El zar ordenó disparar sobre la manifestación.

Los obreros organizaron los soviets, los principales líderes socialdemócratas volvieron al país, surgieron milicias armadas y ocurrieron sublevaciones campesinas. El movimiento evolucionó desde la agitación general a las manifestaciones obreras aisladas con determinado nivel de organización, de ahí a la huelga general y de esta a la insurrección de Moscú de diciembre de 1905. En apretado cuadro  pudo apreciarse el desarrollo político de los obreros y sus líderes, y también sus debilidades organizativas. La guerra campesina y la lucha de los pueblos oprimidos por el zarismo necesitaron seis meses más para abarcar el inmenso país y los obreros no pudieron sincronizar sus acciones con el movimiento rural. Lenin se desgastó en vano proponiendo un frente común con los campesinos.

La sangre de los obreros de Moscú, las promesas del zar y la reforma económica del ministro Stolipin consumieron a la revolución ya en los primeros meses de 1907.

El “ensayo general de la Revolución de Octubre” dejó a los rusos la extraordinaria experiencia del soviet como organización de poder, reveló la crisis definitiva del régimen zarista, expresó las contradicciones del capitalismo en Rusia en su compleja interconexión con antiquísimas reminiscencias feudales y aproximó temporalmente a las dos facciones socialdemócratas, que en el propio 1905 celebraron su congreso de unificación. No debe escaparse este hecho al indagar en la larga polémica de Lenin con los mencheviques. En 1905 —y hasta 1912— las facciones del POSDR se consideraban integrantes de un único partido.

En Rusia los mencheviques concebían el movimiento, en el mejor de los casos, solo como una revolución burguesa. Los bolcheviques se oponían al planteamiento extremo de esa cuestión, pero ambas fracciones del POSDR concordaban en la idea de una revolución nacional que fortalecería las relaciones de producción capitalistas. De aquel debate en medio de una revolución surgieron la teoría de la “revolución permanente” de Trotski y la prefiguración leninista de la posibilidad de la revolución internacional desde el posteriormente llamado “tercer mundo”

En cuanto a la “revolución permanente” casi es suficiente distinguir entre las dos aproximaciones de Marx al término. Se trataba, por un lado, de la idea del triunfo de la revolución al mismo tiempo en los países “más avanzados” de la Europa Occidental y, por otro, de la idea del tránsito de la revolución por fases sucesivas hasta el comunismo. En 1905 Trotski se refería esencialmente a esta segunda versión de la revolución permanente, restringiéndola a su visión táctica del desarrollo de la Revolución Rusa y subrayando su inevitable integración con la revolución en Europa.

Toda vez que Rusia no podía por sí sola ni hacer la revolución burguesa —porque la burguesía no la quería—, ni la socialista, el proletariado tendría que tomar el poder de inmediato, resolver las tareas pendientes de la burguesía, y solo se mantendría en el poder con el concurso de la revolución proletaria en Occidente.

La postura de Trotski parecía más comprensible que la más sutil, compleja y audaz posición de Lenin, insostenible a los ojos de la mayoría de los marxistas de la época, empezando por aquel, con independencia de que se situaran a la izquierda o a la derecha del canon socialdemócrata imperante.

Lenin carga las tintas sobre los mencheviques y, en tanto Trotski pertenecía a esa corriente, asume como hecho incontrovertible la militancia de este en la posición de aquellos.  Solo menciona dos veces y de pasada a su antiguo discípulo, próximo oponente y futuro correligionario. La posición de Trotski era, en efecto, muy minoritaria dentro del partido. El mantenerse, por lo menos en apariencia, fuera del debate de las dos grandes facciones fue probablemente lo que dio a Trotski más amplio predicamento entre sectores de masas del proletariado de San Petersburgo. El asunto, como se aprecia en el texto leninista “Dos tácticas…” era mucho más complicado, salpicado del carácter muy polémico de las argumentaciones y no desprovisto de dosis de escolástica.

Según Lenin, la transformación anticapitalista de la Rusia zarista transcurriría de la mano de una revolución campesina antifeudal, y ambos serían dos procesos en uno. Anticapitalista quiere decir contra la burguesía rusa, que no apoyaba consecuentemente la lucha por el capitalismo avanzado. Las demandas populares que se corresponden con un orden capitalista no constreñido por las ataduras feudales son anticapitalistas en el sentido de que van contra los intereses de la burguesía rusa. Mientras los mencheviques insisten en la alianza con la burguesía o, por lo menos, en no apartarla, Lenin carga contra esta y postula la rebelión campesina antifeudal y antiburguesa —en el sentido de que la burguesía apoyaba a los terratenientes— y de una vez la liberación de la opresión nacional, de la del zarismo a los no rusos y de la del capitalismo internacional al estado ruso, como la cuestión central de la revolución.

Cuando Lenin propone como resultado político inmediato de la revolución en 1905 la “dictadura democrático-revolucionaria de los obreros y los campesinos”, está procurando con el máximo de realismo, unificar en un planteamiento táctico único las aspiraciones esenciales de la población y las posibilidades reales de consumarlas en las condiciones de Rusia.

En cierto sentido, Lenin resulta el primer líder tercermundista que propone, con la liberación nacional, una perspectiva de transformación socialista. Es una revolución contra el imperialismo, contra los grandes burgueses europeos, sus empresas y sus estados, aliados de la Rusia zarista. Es en ese contexto que hay que leer el análisis de Lenin sobre el imperialismo, realizado en 1916.

Polemizando con la versión trotskista de la “revolución permanente”, Lenin distingue el gobierno revolucionario que propone de la “conquista del poder”, entendiendo esta última como la conquista del poder por el proletariado para establecer su dictadura y el consecuente tránsito al socialismo.

Es importante llamar la atención sobre el hecho de que tanto Trotski como Lenin, a diferencia del grueso de los líderes mencheviques, ya eran insurreccionales en 1905. En la discusión, sin duda, Trotski resulta mucho más cautivo de la escolástica, si bien más comprensible a la luz pública, al embrollarse discutiendo con Lenin sobre el objetivo final. Este último ya ha dejado claro que el objetivo final no está en discusión, sino que sencillamente aún no está a la orden del día. Sin embargo, Lenin insiste en el carácter proletario de la Revolución:

La peculiaridad de la revolución rusa estriba precisamente en que, por su contenido social, fue una revolución democrático-burguesa, mientras que, por sus medios de lucha, fue una revolución proletaria. Fue democrático-burguesa, puesto que el objetivo inmediato que se proponía, y que podía alcanzar directamente con sus propias fuerzas, era la república democrática, la jornada de 8 horas y la confiscación de los inmensos latifundios de la nobleza: medidas todas ellas que la revolución burguesa de Francia llevó casi plenamente a cabo en 1792 y 1793. [1]

El año 1917 pareció demostrar que la diferencia táctica entre Lenin y Trotski significaba muy poco. A la larga Trotski demostró que tampoco suponía que en Rusia estuvieran maduras las condiciones para el socialismo, no ya en 1905, sino ni siquiera en 1925. Sin embargo, Trotski, como Stalin años más tarde desde el extremo opuesto, propendía a plantearse el problema desde visiones teóricas generalizadoras y metas a alcanzar, más que desde el análisis concreto de la situación rusa, que era el fuerte de Lenin. Este último, por tanto, atacó duramente a los mencheviques, no tanto por las diferencias tácticas como por sus consecuencias estratégicas —sobre todo por la actitud ante la burguesía—  tendientes  a hacer prácticamente nula en cualquier perspectiva, una revolución socialista. Lo dominante en el menchevismo de 1905, más que la traición abierta  —lo que sucedió en 1914 con la mayor parte de la facción—, es la inconsecuencia.

En la misma medida en que la burguesía se desplazó, por su temor a las masas, de una posición antifeudal militante a una posición de connivencia con sectores de la oligarquía, determinados segmentos de los que ostentaban la representación popular retrocedieron igualmente hacia la connivencia con la burguesía.

El asunto adquiría mayor importancia en tanto el despertar de la actividad política de la gran masa de la población tenía lugar al calor de una revolución que, desde sus bases, trascendía las meras transformaciones antifeudales. Hoy se nos escapa con frecuencia que buena parte de las tan cacareadas libertades burguesas se conquistó por las masas luchando contra la burguesía. El sufragio universal, ya mencionado, es el mejor ejemplo.

Lenin tomaba buena nota de ello. Su militancia antifeudal y antizarista, su compromiso con la realidad rusa y su amplitud de miras le permitían darse cuenta de la importancia de determinados valores, reconocidos como valores de la burguesía. Su claridad teórica y su realismo le convencían de que el empuje continuado de las masas populares en Europa hacía retroceder a los burgueses en su propio terreno, más aún cuando las ideas de la ilustración de la Revolución Francesa habían calado muy hondo en el imaginario popular.  La revolución de 1905 se produce varias décadas antes de que los centros ideológicos del capitalismo comenzaran a manipular esas ideas en su provecho, aunque nunca las hubieran llevado consecuentemente a la práctica.

Había que convencer de la necesidad de hacer una revolución realista, comprensible y beneficiosa, garantizando a cualquier plazo el tránsito al socialismo. De esa lógica emana el planteamiento de Lenin sobre la cuestión del poder.

Un resumen de las diferencias al interior de la socialdemocracia rusa es ofrecido por Trotski mucho después:

En resumen. El populismo, como el eslavofilismo, provenía de ilusiones de que el curso de desarrollo de Rusia habría de ser algo único, fuera del capitalismo y de la república burguesa. El marxismo de Plejánov se concentró en probar la identidad de principios del curso histórico de Rusia con el de Occidente. El programa que se derivó de eso no tuvo en cuenta las peculiaridades verdaderamente reales y nada místicas de la estructura social y el desarrollo revolucionario de Rusia.

La idea menchevique de la Revolución, despojada de sus episódicas estratificaciones y desviaciones individuales, equivalía a lo siguiente: la victoria de la revolución burguesa en Rusia solo era posible bajo la dirección de la burguesía liberal y debe dar a esta el poder. Después, el régimen democrático elevaría al proletariado ruso, con éxito mucho mayor que hasta entonces, al nivel de sus hermanos mayores occidentales, por el camino de la lucha hacia el socialismo.

La perspectiva de Lenin puede expresarse brevemente por las siguientes palabras: La atrasada burguesía rusa es incapaz de realizar su propia revolución. La victoria completa de la revolución por medio de la “dictadura democrática del proletariado y los campesinos”, desterraría del país el medievalismo, imprimiría al capitalismo ruso el ritmo del americano, fortalecería el proletariado en la ciudad y en el campo, y haría posible efectivamente la lucha por el socialismo. En cambio, el triunfo de la Revolución Rusa daría enorme impulso a la revolución socialista en el Oeste, y esta no solo protegería a Rusia contra los riesgos de la restauración, sino que permitiría al proletariado ruso ir a la conquista del poder en un período histórico relativamente breve.

La perspectiva de la revolución permanente puede resumirse así: la victoria completa de la revolución democrática en Rusia sólo se concibe en forma de dictadura del proletariado, secundado por los campesinos. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondría sobre la mesa no solo tareas democráticas, sino también socialistas, daría al mismo tiempo un impulso vigoroso a la revolución socialista internacional. Solo la victoria del proletariado de Occidente podría proteger a Rusia de la restauración burguesa, dándole la seguridad de completar la implantación del socialismo.[2]

Sin embargo, el esbozo de la posibilidad de una revolución socialista en Rusia y, aún más, en el mundo subdesarrollado, tendrían que aportar una corrección al esquema de Marx que trascendería, con mucho, la recuperación, recreación y superación de lo mejor de la herencia revolucionaria burguesa, de la que los bolcheviques se enorgullecían, y del marxismo conocido. Sucedió que la globalización y el progreso científico-técnico que Marx concibió imposibles en la sociedad capitalista que le tocó vivir, continuaron su paso indetenible de la mano del capitalismo, expresando de manera cada vez más contradictoria el carácter social de la producción y ya no solo el carácter individual de la apropiación, sino de cualquier tipo de consumo, incluida la apropiación de la cultura.

El año 1905 significó que la fuente del cambio era una gigantesca crisis nacional de todos los órdenes de la vida social. Ninguna clase, grupo o estamento podía continuar soportando el estado de cosas. La gran masa de la población quería vivir de otra manera, supuesta en las mentalidades grupales como mejor. No importaba el planteamiento estratégico o táctico de las facciones políticas más que el elemental deseo colectivo de una transformación radical, que se imaginaba tan colosal como ambigua. Al mismo tiempo, los agrupamientos clasistas y políticos mostraron con total nitidez su verdadera faz. Lenin insistió en los conflictos entre obreros y patronos y entre la burguesía agraria y el feudalismo, sin olvidar el telón de fondo de la crisis nacional, del enfrentamiento popular a la autocracia zarista y a los grandes terratenientes como contradicción dominante. Apuntó, al mismo tiempo, pero con más cautela, a la diferenciación dentro del campesinado y a la conformación en ciernes de una facción socialdemócrata tolerante hacia la burguesía. Nos dejó evidencias fehacientes de la inconsecuencia de la gran burguesía rusa y de su alianza con el zarismo, premisa principal de la derrota revolucionaria y de la contraofensiva de la contrarrevolución, enmascarada tras las promesas de Nicolás II.

La crisis nacional tiene su expresión política en la incapacidad de las fuerzas vivas, los partidos, las organizaciones, los políticos en ejercicio de gobierno, todos ellos juntos, en encontrar salidas a la situación. El sector capitalista propietario y sus representantes —los burgueses, los liberales rusos, los terratenientes vinculados al comercio internacional, los gobernantes “ilustrados” admiradores de la cultura francesa— prefería mil veces pactar con el zarismo o asegurar algún tipo de status quo que dar algún paso concreto para su derrocamiento. Con el tiempo, esta tendencia se agravaría al extremo de que aun cuando fuera inviable sostener a la autocracia, los cambios necesarios para solventar la crisis no se realizarían, aunque el zar y su familia fueran a prisión.

La hegemonía proletaria, después de una necesidad estratégica, fue una evidencia. Ninguna clase fue más consecuente.

Lenin encaró con honestidad la derrota pero subrayó como algo esencial que el capitalismo había dado un importante paso adelante. Entendía la lucha por un capitalismo avanzado como una necesidad histórica y como una ventaja para el proletariado, no aunque, sino porque el resultado sería el fortalecimiento de la burguesía. Su visión del desenlace de la revolución se concentraba en la disyuntiva de qué tipo de capitalismo emergería de ella.

La preservación del partido y su programa como organización combativa en la época de la reacción fue el paso siguiente en la marcha hacia octubre de 1917. Entre 1907 y 1914, en medio de la más feroz represión, el bolchevismo y el menchevismo se enzarzaron en las más agrias polémicas, fracasaron todos los intentos por la resurrección de partido unido y se adquirió una experiencia no despreciable de trabajo en condiciones de legalidad, a partir de la existencia de la Duma y los sindicatos. De las variantes sobrevivientes del populismo emergió una nueva fuerza de base campesina, el socialismo revolucionario (eserismo por sus siglas), que tendrá un papel fundamental en 1917.

La Primera Guerra Mundial extremó todas las contradicciones de la sociedad rusa y fortaleció la base social, doctrinal y política del bolchevismo, como consecuencia de una aceleración de la maduración política de la masa de la población. La sencillez y la complejidad de la ecuación pueden resultar proverbiales: un partido minúsculo en número se convierte en fuerza dirigente precisamente porque comprende, más que ningún otro, que satisfacer  las demandas elementales de paz y tierra “bastaba”  para hacerse con el poder.

No fue cosa de un día. La misma guerra movilizó las conciencias en otras direcciones. De la evolución de la situación se desprendieron el fortalecimiento del partido social revolucionario, heredero del populismo, y el del anarquismo, corrientes de más larga data que se lanzarían al torbellino de la revolución y naufragarían en él. Con la excepción de los anarquistas, las corrientes socialistas no bolcheviques —mencheviques y social-revolucionarios (sr)— fueron en 1914 mayoritariamente “defensistas”, a saber, apoyaban desde una perspectiva patriótica la participación de Rusia en la guerra, lo que significaba suponer que para Rusia esta no representaba una guerra de rapiña. Lo hilarante es que casi todos los socialistas de los países contendientes decían lo mismo.

La guerra desató una histeria chovinista feroz. Pensar siquiera, como había hecho la mayoría del movimiento socialista en las últimas tres décadas en el hecho elemental de que la guerra es injusta se consideraba sencillamente una traición. Solo un minúsculo grupo de militantes de un puñado de países se atrevieron a expresarlo públicamente. En Rusia, en esa minoría socialista formaron los bolcheviques —una secta en aquel momento, según John Reed—, los todavía menos numerosos seguidores del antiguo compañero de Lenin, Yuli Martov y los aún más pocos seguidores de Trotski. A ese singular conjunto de individuos que por años había librado una “lucha de fieras” (Lenin)  contra él, Trotski le llamaría posteriormente “el bolchevismo y las corrientes más afines a él”. De ese grupo —conocido por la reunión en que más o menos se constituyó formalmente, en la aldea suiza de Zimmerwald— y de los otros similares en Europa surgiría el comunismo internacional, que fue originalmente una distinción del resto de la social democracia traidora a los ideales de la paz.

 

  1. El año 17.

Si en 1905 el debate era sobre cómo posicionarse frente a la burguesía y los campesinos, en 1917, aunque la disputa anterior aún no está del todo resuelta, se trataba de la revolución mundial y la traición socialdemócrata, para reivindicar encabezar el movimiento nacional y seguir hacia el socialismo universal. En eso es decisiva la guerra. Los bolcheviques conciben el núcleo de la salida revolucionaria de la guerra y la relación de principios, absolutamente comprensible a las masas entre lo nacional y lo internacional. Aparecen expresadas con transparencia, convicción y asequibilidad las demandas populares de paz, tierra y control y salida de la crisis, todas juntas. Defender la paz es un principio, más aún si es una demanda popular. Hacer de ello una consigna del partido para atraer a las masas y conseguir el objetivo es una estrategia consecuente. Llevar el tema al debate internacional de los socialistas es un deber internacionalista, expresión de compromiso con los pueblos de los países en guerra. Utilizar lo anterior para obtener ventajas doctrinarias en el debate nacional para aislar al adversario guerrerista  e inconsecuente con los explotadores es un movimiento táctico tan brillante como inevitable.

El 3 de abril en la noche Vladimir Ilich Lenin llega a la estación de Finlandia. Lo van a recibir con flores los líderes del Comité ejecutivo de los Soviets, que eran mencheviques y eseristas; van a entregarle flores al socialista emigrado sus iguales que llegaron antes y capitalizaron la revolución de febrero. Lenin no sabe qué hacer con el ramo y pronuncia un discurso muy combativo que termina diciendo “¡Viva la Revolución socialista mundial!”.

Ese es el año 1917. Hay dos revoluciones perfectamente interconectadas, transcurriendo juntas en un mismo torbellino de acontecimientos.

Lo primero que tiene que hacer Lenin cuando llega a Rusia es conquistar al partido.

Los bolcheviques habían practicado desde que empieza la guerra lo que ellos llamaron “el derrotismo revolucionario”. Había que desear la derrota del gobierno opresor capitalista propio, tener una estrategia interna socialista pacifista y transformar la guerra de los imperialistas en una revolución mundial. Los bolcheviques venían de una estrategia pacifista revolucionaria, derrotista revolucionaria, tendiente a la revolución. Los partidos más pequeños no bolcheviques —los que agrupaban a sectores no proletarios— habían propugnado la alianza con las capas más pobres de la sociedad. Mientras que los mencheviques,  por el contrario, habían insistido en alianzas más amplias y habían ido perdiendo en lo que ellos presentaban esa perspectiva revolucionaria, y a la larga habían estado insistiendo en que lo que había que hacer era “acompañar” a la burguesía en la realización de su Revolución.

Hasta los bolcheviques —como Trotski señaló más adelante— coincidían en la idea de que las tareas de la revolución inmediata eran sobre todo tareas burguesas. Incluso, como sucedería más de una vez con otras tendencias socialdemócratas, la idea que predominaba era la de no dar saltos, no quemar etapas. Los bolcheviques pensaban que las tareas no resueltas del capitalismo, las debería resolver la propia revolución, y hay una consecuencia entre esta posición y su alianza con las posiciones afines en el movimiento socialdemócrata europeo. En la claudicación de la burguesía está el fermento de que sus “tareas” pasen sucesivamente a los conciliadores y después a los bolcheviques en alianza con el campesinado.

En ese escenario, la victoria de la Revolución de febrero toma a los bolcheviques de sorpresa. Los toma aislados, no solo de las masas sino de un espectro socialdemócrata mucho mayor que el que ellos representan. Los toma divididos. Lenin desde el exilio y como lo hace en la estación de Finlandia, está pidiendo un esfuerzo combativo revolucionario, pidiendo seguir haciendo avanzar la revolución; Stalin y Kamenev, que están en Rusia, están planteando hacer presión sobre el Gobierno provisional, lo que equivale a aceptar su legitimidad.

Se produce el viaje de Lenin y otros militantes a través de Alemania, pactado con las autoridades de ese país bajo condiciones muy transparentes y sin concesiones, pero que será utilizado durante todo el año 1917 en una campaña antibolchevique feroz. Se les trataba todo el tiempo como agentes alemanes, con la evidencia cierta de que habían realizado un viaje en un vagón de tren por el territorio de aquel país. La oposición a la guerra es incorporada a la acusación.

Lenin en los primeros meses de 1917 habla de una gran ola pequeñoburguesa que atraviesa el país, expresándola como una característica neta de esa revolución. Existe un gran desconcierto. Un personaje del libro de John Reed dice todo el tiempo que le parece que en Rusia hay grandes extremos y a la vez mucha gente apática en ese momento. Ello hace posible la existencia de una gran cantidad de ilusiones de apoyo al gobierno. Rusia, como el mismo Lenin dijo, se convirtió del país que más oprimía a sus ciudadanos ­­—a sus súbditos cuando hablamos de su gobierno monárquico— en el país más democrático de Europa. La idea del reformismo, la idea de que no hace falta tomar el poder revolucionariamente va ganando terreno; pasando por el momento en que los grandes partidos socialdemócratas en Europa votan a favor de los créditos de guerra y apoyan a sus gobiernos en la Primera Guerra Mundial, hasta el momento en que en Rusia lo que hace la socialdemocracia —a la sazón, mayoritaria, incluyendo a los bolcheviques que están en marzo del 17 al timón del partido en Petrogrado— es apoyar al Gobierno provisional.

Lenin combate esta idea antes de poder regresar a Rusia en las Cartas desde lejos cuando dice “ninguna presión, ningún compromiso, el Gobierno provisional es el gobierno de los burgueses”. Aparece en algunas resoluciones del Comité Central del Partido otro planteamiento táctico del núcleo de los bolcheviques que está en Rusia, la idea de que hay que avanzar hacia la dictadura revolucionaria del proletariado y los campesinos, que es el planteamiento de Lenin en 1905. Esos bolcheviques están anclados en aquella lógica de la revolución anterior. Y sin embargo esta sigue siendo la vieja discusión del carácter y las fuerzas motrices de la revolución, que Lenin resuelve de manera muy creativa cuando dice que “la dictadura revolucionaria y democrática de los obreros y campesinos ya existe” en febrero de 1917. No hay que avanzar a conquistarla, porque ella ya existe en los soviets. Y ese es el fundamento de lo que se conoce ampliamente como la “dualidad de poderes”. O sea, Lenin dice, la tarea de 1905 —en parte— ya la tenemos cumplida, porque tenemos esa dictadura en los soviets; lo que sencillamente los soviets no han tomado el poder. De ahí entonces, se entiende perfectamente su planteamiento: “entonces lo que hay que hacer es tomar el poder”. Ningún apoyo al gobierno, y los soviets a tomar el poder.

Lenin se queda prácticamente solo con estos postulados cuando escribe las Tesis de Abril, que fueron sucesivamente a una conferencia de los bolcheviques y a una conferencia de todos los partidos socialistas. Las dos veces Lenin fue tildado de loco. Los bolcheviques eran en total 24.000 y Lenin los convence pacientemente, rearma al partido, el partido comprende cómo Lenin ha entendido dónde está la dictadura revolucionaria de los obreros y los campesinos, y de ahí el planteamiento de que los soviets tomen el poder por vía pacífica. Es la consideración de que esto es posible, que los soviets tomen el poder y que el gobierno no va a tener, en ese momento, la capacidad para enfrentarlos.

El Gobierno provisional va perdiendo respaldo en la medida que se aleja de los intereses populares. Un pico de ese proceso hay que situarlo en mayo, cuando el canciller Miliukov dice que el gobierno actual —o sea, el Gobierno Provisional— va a llevar la guerra hasta la victoria final. La guerra es, de todas las causas, la más antipopular. Las masas salen a la calle y el gobierno tiene que renunciar para dar a paso a una coalición de burgueses y socialistas conciliadores. Esos últimos, que controlan además los soviets, no logran satisfacer ninguna demanda popular. De la misma manera que el gobierno se va alejando de los intereses populares, van perdiendo fuerza los mencheviques, los eseristas y otras facciones socialdemócratas soviéticas que lo apoyan. Mientras todo eso está sucediendo, hay una crisis permanente en el frente, el ejército va de derrota en derrota, hay una caída permanente de la producción y se está produciendo una guerra campesina contra los terratenientes.

Los bolcheviques eran 24 000 en febrero, 100 000 en junio, inmediatamente después del llamamiento de Miliukov de llevar la guerra hasta la victoria final, 240 000 en agosto cuando el partido hace su sexto congreso, 350 000 a fines de septiembre, cuando se produce el intento de golpe del general Kornilov y medio millón en el momento de la Revolución. En la misma medida están perdiendo peso las otras facciones socialdemócratas y está perdiendo respaldo el gobierno. Los social-revolucionarios (sr) se fraccionan y su ala izquierda va acercándose a los bolcheviques, coincidiendo por aproximaciones sucesivas con su programa agrario. La izquierda sr se vuelca a la labor entre la masa obrera y llega a tener la mayoría, en el verano, en el principal sindicato ruso, el ferroviario. Bolcheviques, sr de izquierda y anarquistas, integran destacamentos de la guardia roja. Cuando controlen los soviets, formarán sobre la base de esos destacamentos armados, los comités revolucionarios.

Cada hito del año 1917 entre febrero y octubre es una muestra del crecimiento de la crisis nacional y del replanteamiento táctico consecuente con la toma del poder para resolver la crisis que hacen a cada paso Lenin y los bolcheviques. Es la única fuerza que condena la guerra y no habla en abril con expresiones de apoyo al gobierno, como hacían los otros socialdemócratas, no habla con ambigüedad. Es la única nota clara: tomemos el poder pacíficamente, todo el poder a los soviets.

John Reed señaló certeramente que, al no tener mayoría en los soviets, los bolcheviques demostraban que al plantear tomar el poder no tenían ambiciones. Estaban pidiendo el poder para otros. Ellos podían conquistar la mayoría en los soviets pero los soviets podían tomar el poder antes.

Las Tesis de Abril son un programa radical, pero al mismo tiempo modesto. La única nacionalización que aparece, aunque no era poca cosa, es la de la tierra. Lenin explicó más de una vez en esa época, y lo explicó por ejemplo cuando persuadió en noviembre al Segundo Congreso de los soviets de aprobar el Decreto de la tierra, que en Rusia podías nacionalizar la tierra porque los campesinos nunca la habían tenido; y si la nacionalizabas y se las entregabas conseguías el mismo efecto que lo que ellos reclamaban. Pero esa no hubiera sido la táctica, explicaba Lenin,  si Rusia hubiera sido un país como Francia, por ejemplo, donde tradicionalmente había existido el pequeño propietario rural. No se plantea en las Tesis…la nacionalización de las industrias, se plantea el control popular. O sea, las Tesis de Abril son un documento socialista, seguro; son un documento del curso al socialismo, seguro; pero no son todavía un programa socialista radical. Es un programa para conquistar a la gente. Es un programa para resolver la crisis y que empieza precisamente por la toma del poder.

Hay que destacar que, tanto en el planteamiento de tomar el poder pacíficamente como en el planteamiento de conquistar los soviets desde dentro, como en las propias medidas que aparecen en las Tesis… —y este es otro rasgo distintivo de la práctica bolchevique que se escapa, se escapa por la conciencia que tenemos de que hubo un levantamiento armado— los bolcheviques trataron todo el tiempo de preservar, la legalidad soviética. No la legalidad del Gobierno provisional, no la legalidad de la Duma municipal, no la legalidad de la Conferencia Democrática y el Preparlamento de principios de octubre, no la legalidad de la Asamblea Constituyente —en un momento posterior al golpe revolucionario—, pero sí la legalidad soviética.

A principios de julio hay otra convulsión: el gobierno decide usar la violencia. Cuando sale la manifestación popular de julio el gobierno decide usar la violencia. Se proscribe a los principales dirigentes bolcheviques, algunos van a la cárcel  —Trotski va a la cárcel, Kámenev va a la cárcel, Alexandra Kollontai va a la cárcel, Lenin y Zinoviev se esconden—, empiezan a cerrarse los periódicos bolcheviques por la fuerza, se empiezan a cerrar las oficinas de los sindicatos, y Lenin entonces propone cancelar por un tiempo la consigna “todo el poder a los soviets”. Vuelve a producir un movimiento táctico, no hay condiciones para la toma del poder por los soviets. Y se concentra entonces en, digamos, lo que era la segunda parte de la ecuación en abril: en conquistarlos.

La conquista de los soviets, sin embargo, no se produce como consecuencia de un movimiento electoral a partir de la propaganda y la lucha política; aunque todo esto que he explicado, por supuesto, significaba una gran actividad propagandística. La conquista de los soviets se produce cuando en septiembre los bolcheviques son la fuerza que lidera el enfrentamiento a la conspiración del general Kornilov, jefe del Estado mayor del Ejército. La conspiración de Kornilov es para destruir al Gobierno provisional y los bolcheviques se ponen al frente del pueblo para destruir la conspiración. Logran un liderazgo en el enfrentamiento al golpe de Kornilov, y a partir de allí empiezan a ganar mayoría en los soviets.

Los bolcheviques han conquistado la mayoría en los soviets a principios de octubre, después de ser calumniados y perseguidos, amenazados de muerte, y presionados por las propias divisiones internas (por ejemplo, la discusión sobre si Lenin y Zinoviev debieran presentarse a juicio) y el permanente debate con el resto de los partidos  soviéticos. La derrota de Kornílov ofrece otra vez la oportunidad de tomar el poder pacíficamente y así lo propone Lenin, que está en la clandestinidad. Sus cartas son debatidas en el Comité Central sin lograrse consenso.

El campo bolchevique mismo se ha dividido en conciliadores y consecuentes, según la actitud ante la posibilidad de colaborar en la lucha por el poder y en el ejercicio de gobierno con el resto de los partidos soviéticos. Zinoviev ha salido de la clandestinidad y junto a Kamenev lidera el primer grupo. Cuando Lenin comprende que no es escuchado propone de inmediato la insurrección armada como variante y el Comité Central demora quince días la publicación de dos de sus cartas (¿Pueden los bolcheviques tomar el poder? y El marxismo y la insurrección), esperando el resultado de la Conferencia Democrática que el gobierno de Kerenski ha convocado para finales de septiembre con la participación de todas la fuerzas políticas. Trotski, cada vez más identificado con Lenin, admitido desde el reciente Congreso bolchevique junto a su grupo en el Partido e incorporado al Comité Central (fue el más votado después de Lenin), presenta en la conferencia la declaración bolchevique, implacable con el gobierno y muy crítica con mencheviques y eseristas. La conferencia muestra un equilibrio de fuerzas, evidencia el descrédito del gobierno y sitúa a los bolcheviques como líderes de los soviets en los principales centros, empezando por Petrogrado y Moscú. La influencia de Trotski crece. Es electo Presidente del Soviet de Petrogrado.

La crisis no se resuelve, la guerra, el hambre y el caos persisten. Lenin dice al partido —con las defecciones de Zinoviev, Kamenev y otros tres líderes— que hay que dar el levantamiento armado. Trotsky le dice a Lenin que si el Congreso de los Soviets toma el poder primero y se da el golpe después, el problema no sería político sino policíaco; o sea, estaríamos sencillamente manteniendo el orden que el Soviet ya establecía. Kámenev y Zinoviev denuncian públicamente el golpe revolucionario. Se trata todo el tiempo de seguir preservando la democracia soviética, y en realidad la sublevación, el conflicto armado empieza estrictamente por el interés del gobierno provisional de llevarse al frente la guarnición de Petrogrado. La historiografía soviética posterior desconoció, escamoteó, escondió casi totalmente ese hecho, por la implicación directa que Trotski tenía en él y porque era muy difícil, si se reconocía lo que realmente había pasado, sostener esa idea que está en el estalinismo primigenio según el cual  todo parecía suceder con arreglo a un plan concebido desde que Carlos Marx vino a este mundo.

Había una preparación para la toma del poder, había guardia roja, había destacamentos armados, había un Comité Militar Revolucionario; pero no se hubiera producido un levantamiento como el que se produjo si no trata el gobierno de llevarse la guarnición.

Lenin le dice a Trotski: “así también puede ser”.

Ellos trataron por todos los medios, aun en ese escenario, de preservar los cauces legales soviéticos, por supuesto, con mucha firmeza.

Lenin acusa a Zinoviev y Kámenev de traidores, pide su expulsión del partido, el Comité Central no lo aprueba y ellos siguen trabajando con los bolcheviques todo el tiempo. En las vísperas de la toma del poder, le están proponiendo a Lenin hacer concesiones a los partidos soviéticos para que todos entren en el gobierno. Lenin les dice, “tienen que entrar con los planteamientos que estamos haciendo, tienen que entrar con el programa bolchevique”. Y cuando los socialistas de izquierda le dicen: “sí, entraremos con ustedes en el gobierno” los demás dicen que no, incluso abandonaron la reunión de los soviets, pero lo que pasa es que el congreso de los soviets que se reúne el 7 y el 8 de noviembre era mayoritariamente favorable a los bolcheviques. Cuando los socialistas de izquierda le dicen a los bolcheviques que aceptan su programa y van a entrar en el gobierno, Lenin le dice a los demás dirigentes bolcheviques: “ya ven, nos siguen”. Los seguía una sola de las otras fuerzas, pero bastaba. O sea, la cuestión era ¿cómo lograr tomar el poder por las armas, hacer presos a los Ministros, ocupar las principales instalaciones?, y a la vez garantizar que el Congreso de los Soviets se desarrollara, que discutiera, que aprobara los primeros documentos del nuevo Estado. Se trató de preservar la legalidad y se hizo el esfuerzo por ganar a todos los partidos soviéticos.

Los bolcheviques satisfacían las demandas de la población, las principales demandas de la población. Ninguna otra fuerza lo hacía. Estas demandas eran a su vez las “tareas” democrático-burguesas pendientes. Y en 1917, a diferencia de 1905, ya los soviets eran, en la condición de la dualidad de poderes, la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos. Es errado el aserto del segundo trotskismo acerca de que la concepción táctica de Lenin en 1917 se debe a que asumió las tesis de la “Revolución Permanente”. Ello, en rigor, no es cierto. Lenin permanece fiel a su concepción del año 1905, pero la resuelve de otra manera.

Todo eso después se discutió de manera demasiado escolástica durante los años posteriores y probablemente no tiene ningún significado práctico, toda vez que Lenin y Trotski pudieron trabajar juntos y estar de acuerdo en todas las cuestiones fundamentales.

Una lectura de los documentos que se aprueban inmediatamente después la toma del poder, los documentos de los primeros momentos, del Segundo Congreso de los Soviets, puede aportar también a la indagación en los dos procesos: un proceso revolucionario internacional que se inicia y un proceso obrero y campesino que se consuma. Por ejemplo, cuando Lenin dice “vamos a edificar el orden socialista“, no está planteando un rumbo socialista a la usanza de lo que pudiera haber sucedido, por ejemplo, en 1920-1921, sino lo que quiere decir con edificar el orden socialista es formar al gobierno soviético, el Consejo de Comisarios del Pueblo. Lo mismo sucede con  los documentos  que se emiten: el texto “A los pueblos de Rusia”, el texto”A los ciudadanos de Rusia”, lo que hacen es evocar lo que pasó en la Francia del siglo XVIII: evocan la Declaración de derechos de la Revolución Francesa.

Los planteamientos económicos, el Decreto de la tierra y las mismas Tesis de Abril se pueden encontrar repetidos de manera casi idéntica en Las tareas inmediatas del poder soviético, que Lenin escribe unos meses después —en la primavera de 1918— donde se está hablando de la multiplicidad de sectores en la economía, donde se está planteando hacer las cooperativas a paso gradual. No es la construcción de un socialismo a marcha forzada, ni mucho menos el comunismo.

Los hechos que se convirtieron, las discusiones teóricas que se convirtieron en parte de nuestra memoria colectiva, de la memoria colectiva del comunismo muchos años después, todavía no se han producido en ese momento. Lo único que ha pasado es que se consumó la Revolución obrera y campesina —es la frase con que la describe Lenin en el Segundo Congreso de los soviets- y que hay un programa revolucionario comunista, nacional e internacional, con muchas cosas por resolver. No se planteaba aún ninguna contradicción entre la perspectiva nacional rusa (la bolchevique), más avanzada que la del menchevismo y corrientes afines, y la perspectiva de la revolución mundial. Esas dos tendencias, esos dos planteamientos estratégicos son todavía  —el 8 de noviembre de 1917— la misma cosa, y en ellos se han educado las masas. Las masas que dicen: hay dos clases, el proletariado y la burguesía; así explica un obrero en Diez días que estremecieron al mundo lo que está pasando, pero que a la vez dicen: nosotros queremos paz, tierra y pan.

Lenin, cuando explica el Decreto de la paz, dice que sí estamos por el defensismo revolucionario, nosotros sí estamos por la guerra revolucionaria; y comparen esto con lo que dirá cuatro meses después —cuando los alemanes estén a las puertas de Ucrania y se estén discutiendo agudamente en el Comité Central estos temas—, cuán diferente es el escenario, mucho más adverso, pero la paz es una demanda generalizada, la paz sin anexiones ni contribuciones. Era la demanda más popular, no solo para Rusia, sino para todas las naciones oprimidas. Y en 1917, en  siete meses y cinco días, se prefigura algo como una demanda compartida por los pueblos oprimidos  —los de Rusia y los de fuera— y los proletarios rusos, se empieza a prefigurar esa alianza entre los proletarios y los pueblos oprimidos que marca lo mejor de las revoluciones del siglo XX.

En la misma medida en que no era posible plantearse que la sola maduración de las condiciones del socialismo en el marco del capitalismo avanzado desembocara en la revolución que lo barriera, tampoco podía contarse ya con que la premisa de la democracia burguesa fuera suficiente para la construcción del orden político socialista. Es esta, además de la consecuencia ideológica, la razón de fondo de la atención que Lenin comienza a dedicarle a los problemas del poder político desde las vísperas de octubre de 1917. Después de destacar en El Estado y la Revolución la cuestión de principio del derribo de la maquinaria  estatal burguesa, pone en los soviets la atención que no había fijado en 1905, insistiendo sobre todo, además de las elecciones, en las cuestiones  de la dirección colectiva, la participación y la revocación. Eran estas últimas las que distinguirían definitivamente la nueva maquinaria estatal de la anterior, las que prefiguraban desde su fundación la inevitable desaparición de cualquier maquinaria, condición indispensable del nuevo estado que parecía iba a durar un tanto más de lo previsto. Todavía en abril de 1917, cuando lanza la consigna de “Todo el poder a los soviets”, Lenin hace un mayor énfasis en las posibilidades de los Comités de Fábrica como órganos de poder popular.

En definitiva, el Socialismo ni triunfó al unísono ni triunfó en los países más avanzados. Y después, en su lecho de muerte, Lenin dirá que los países más avanzados llegarán al socialismo de otra manera; una de las herejías más tremendas de Lenin que habría que estudiar mucho: una especie de prefiguración del Estado de Bienestar. Pero en noviembre de 1917 todavía no se trata de eso. Se trata de que la revolución ha triunfado en un país grande, enorme y subdesarrollado. Es ese el país que tiene el aliento para que la Revolución triunfe en otro sitio. Y esas condiciones peculiares de cómo se juntan la solución de una crisis nacional y un planteamiento comunista internacional explican también el impacto de la Revolución Rusa, lo explican no sólo a partir de lo que hizo la III Internacional o de transmisión de la experiencia bolchevique – que es, digamos, la manera tradicional de hablar del impacto de la Revolución de Octubre. Es más que eso, es también una explicación sobre su impacto que tiene que ver con la peculiaridad de sus fuerzas motrices, de su carácter y de sus tareas.

La furia de la reacción se desató enseguida. Primero, con la resistencia de la burguesía y de todos los enemigos de octubre y de febrero, que hicieron causa común contra los soviets. Después, los eseristas de izquierda, que estaban en el gobierno y en el soviet con los bolcheviques volvieron sus armas, literalmente, contra la revolución y sus líderes.  Como si estuvieran sincronizados con la ultraizquierda y la ultraderecha, diecinueve estados agredieron simultáneamente a la república soviética. Aun así, los bolcheviques mantuvieron un debate permanente de todos los asuntos y los soviets acogieron la discusión como parte de su vida cotidiana, en medio de la intervención y la guerra. Pero, por más brillantes que fueran las elucubraciones sobre la construcción socialista, se interrumpió el curso abierto con Las tareas inmediatas… en la primavera de 1918. Lenin se hizo la pregunta de si los bolcheviques podían mantenerse en el poder desde el mismo octubre de 1917, para responderse y decir al partido que el enorme sacrifico popular en nombre de los más altos ideales de la emancipación humana, no podía tirarse por la borda renunciando a la lucha.

 

De tiro rápido: La Rusia soviética después de octubre.

La guerra civil implicó un esfuerzo sobrehumano de centralización y de persuasión. Todas las reservas iban al frente y toda la población fue movilizada y convencida en aras de la preservación de la patria y de la revolución mundial. El igualitarismo se practicó por necesidad y por convicción: los comunistas estaban en el poder. La victoria creó la ilusión del tránsito veloz al comunismo. Un sector del partido, los llamados comunistas de izquierda, veían en el orden igualitario y en la movilización permanente los requisitos de la guerra revolucionaría, el camino expedito a la revolución mundial. Para que se tenga una idea, en diciembre de 1920 se preparaba un decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo para abolir el dinero. Pero dos años antes, Lenin tuvo que luchar contra la mayoría del Comité Central para hacer aprobar la paz con Alemania. Pronosticó que la revolución alemana resolvería definitivamente el problema de la paz injusta para Rusia y abriría nuevos cauces al movimiento revolucionario europeo. Se resolvió lo primero, pero no lo segundo. La frustrada operación para conquistar Varsovia, en 1920, evidenció el fiasco de la guerra revolucionaria.

En los primeros meses de 1921 los obreros y los marinos de Kronstadt, bajo la enorme presión del hambre y la tensión por la movilización de fuerzas para la guerra, se sublevan contra el poder soviético. El gobierno toma la difícil y controvertida decisión de atacar la fortaleza y el poblado aledaño. Trotski dirige personalmente la operación. Este hecho marca el final de cualquier colaboración posible entre los partidos soviéticos. Se hace necesario preparar una propuesta que limita la actividad política que desafía al gobierno, no solo respecto a los otros partidos soviéticos, que ya habían sido cómplices de la intervención, sino al interior del bolchevismo mismo. Casi ningún bolchevique consideró este episodio como algo definitivo. De hecho, este esfuerzo unitario desde el lado vencedor en la contienda, coincidió con la peculiar unanimidad con la que el Partido, que aún en medio de la guerra civil había discutido con encono y sin acuerdos unánimes las más variadas cuestiones, aprobó el tránsito a la Nueva Política Económica. Su esencia: restablecer las relaciones monetario-mercantiles y expandir la propiedad privada. En la perspectiva de Lenin, pendiente sobre todo de las relaciones clasistas, o sea, humanas, convivir con el pequeño productor.

Ha fracasado la Revolución Mundial. Los bolcheviques se habían quedado solos y esta soledad se refiere más al descalabro de la proyección internacional del partido que a su rompimiento con el resto de los partidos soviéticos. La NEP significa otro camino al socialismo, no el de la Revolución Mundial más o menos simultánea. Lenin la concibe para un período de tiempo relativamente largo, como premisa de la creación de las bases materiales del socialismo.

Lenin apreció tempranamente el cambio en las circunstancias. Primero, comprendió que en la periferia también se desarrollaba, si bien muy contradictoriamente, el capitalismo propio. Después, consecuentemente, y por su propia experiencia, visualizó la inconsecuencia de las burguesías nacionales en los países periféricos. Finalmente, comprendió que los beneficios del saqueo colonial y neocolonial alcanzarían a grandes capas de la población en los centros del capitalismo para que estos, según sus propias palabras, “realizaran su camino al socialismo”. En el fondo de esta cadena de reflexiones está, en primer lugar, el hecho incontrovertible de que el saqueo se fue transformando en una particular y cada vez más abarcadora exacción de plusvalía desde la periferia al centro, que cobra con el paso del tiempo más diversas y múltiples expresiones. En segundo lugar, las nuevas circunstancias eran el resultado de la existencia de una alternativa al orden capitalista y de la temprana conciencia que la burguesía internacional tomó de ese peligro.

Los bolcheviques se quedaron aislados con su revolución en un país devastado. Estaban obligados a crear las premisas materiales del socialismo que, según Marx y Engels, debieron madurar en el capitalismo, y ya no podían contar con la solidaridad del proletariado europeo triunfante como contrapeso a la insuficiencia del capitalismo ruso. Más que la ley del valor, es esta circunstancia, imprevisible para Marx, la que rige, ineluctablemente, el proceso de construcción del socialismo históricamente conocido.  En ella hay que buscar los fundamentos de los audaces planteamientos acerca de las “tareas inmediatas del poder soviético”, la NEP, el plan cooperativo y hasta la teoría de Bujarin sobre la “construcción del socialismo a paso de tortuga, tirando de nuestra gran carreta campesina”.

La guerra y la reacción habían demostrado con creces que no se vencería al capitalismo mediante el sufragio universal, que la socialdemocracia internacional, en el mejor de los casos, no podía aceptar el aserto anterior y en el otro extremo, sencillamente comenzaba ya a representar a los sectores medios beneficiados por la opresión colonial y  de las capas más pobres de las sociedades de los países capitalistas desarrollados.

La convivencia más o menos larga del país socialista aislado con las grandes potencias capitalistas imponía la necesidad de una geopolítica de estado a la Rusia soviética. No era este el ideal de Marx y Engels. Lenin pretendió resolver la contradicción  haciendo públicas todas las políticas y ampliando a todo cauce la discusión ideológica.

En poco tiempo los soviets se burocratizaron y la geopolítica impuso limitaciones al ejercicio democrático. Más que eso, el país soviético tuvo que dirimir el conflicto  inevitable con el capitalismo por medio de las armas. En su lecho de muerte Lenin se debatía entre la necesidad de preservar el poder soviético y las limitaciones burocráticas que crecientemente  emanaban de este.

Lenin se respondió a sí mismo planteando el imperativo de una revolución cultural. Hacía mucho tiempo había manifestado la necesidad del cambio cultural, inmerso en la lógica del desarrollo del capitalismo, primero, y después, como algo concomitante a la revolución mundial. Por lo pronto, se trataba de producir en la Rusia atrasada una transformación en la vida espiritual que no sólo —ni mucho menos— igualara a la sociedad soviética con sus vecinos capitalistas, sino que los superara y planteara el problema del cambio cultural, desde una perspectiva completamente nueva, que amalgamara la tradición popular, asimilara lo mejor de la cultura universal y propusiera un modo de vida, una perspectiva política de amplia participación popular y un arte nuevos, todo eso a un tiempo.

La combinación entre la lucha contra la burocracia, el plan cooperativo y el cambio cultural, debería conducir a una sociedad suficientemente próspera e igualitaria, con espacios de participación colectiva relativamente libres de la presión estatal, que funcionaran como un nuevo tipo de sociedad civil, encabezada por el Partido, pero ejerciendo presión sobre su aparato. La vida espiritual sería —y tendría que ser— rica, amplia y diversa, medio de realización ciudadana y de enfrentamiento a cualquier forma de opresión, propia o ajena. En ese escenario, el primer estado socialista podría intentar liderar una revolución de los pueblos oprimidos. El desafío era tan colosal, que simplemente los bolcheviques sin Lenin no podían enfrentarlo, y tuvieron que “matizarlo”.

En definitiva, una vez vencidas las oposiciones bolcheviques de los veinte, lo dominante en la política y la ideología soviéticas fue la preservación del poder del estado y una mejoría temporal de las condiciones de vida del común ciudadano, ciertamente en términos de igualdad nunca vistos en la historia humana. Pero no pudieron crearse las condiciones materiales, culturales y políticas del socialismo que Marx vislumbró. Las discusiones de los años veinte, que trataban sobre el destino de centenares de millones de personas de Europa y Asia, dieron la victoria de la facción de Stalin y se abrió el camino a la constitución de la gran potencia cuyo pueblo hizo la principal contribución a la victoria sobre el fascismo, junto —y a pesar— de la deformación del estado proletario y de una oleada represiva que enlodaría el ideal socialista por mucho tiempo.

La socialización de la cultura y su extraordinaria, inagotable y definitiva concomitancia con el progreso científico quedaron en manos de la burguesía mundial, la que, consciente de que tenía que enfrentar una alternativa formidable, puso su baza en la pugna, iniciando la tradición burguesa de políticas de estado, eficaz arma ideológica contra el socialismo. El mundo de fines del siglo XX pudo contemplar, como la expresión más acabada de la dominación de muchos por unos pocos, el control del imperialismo sobre la  cultura.

El orden  posterior a la Segunda Guerra Mundial se definió mucho más por las necesidades geopolíticas que por los intereses de los pueblos, aun cuando estos últimos fueron preservados en la medida en que no contradecían las condiciones que Stalin consideró imprescindibles para la supervivencia del estado soviético deformado, que a pesar de todo seguía siendo una alternativa al sistema capitalista. El titánico esfuerzo de los hombres y mujeres soviéticos no alcanzó al medio siglo después del cenit de la gran potencia que el socialismo hizo de la URSS.

Una lectura cuidadosa de la herencia póstuma de Lenin puede indicar que la imposibilidad de liberar a los ciudadanos de la coerción estatal y las obligaciones geopolíticas inevitables del país socialista aislado, además de la prioritaria construcción de los fundamentos materiales de un socialismo todavía lejano, condujeron a Lenin a esbozar, junto a la revolución tercermundista, una peculiar —e inédita en el marxismo— versión de la sociedad civil, el estado y la relación entre ambos. Se trataría de que, conservando en manos del estado los pilares de la economía y los servicios (la energía, el transporte, la industria pesada y la cultura),  las esencias de la dictadura proletaria y de sus órganos de poder; la sociedad civil, asentada materialmente —sobre todo— en la producción cooperativa  y en condiciones de la más amplia democracia proletaria y la más abierta discusión ideológica, asumiera cada vez más funciones propias en la construcción del socialismo. La desburocratización del partido y la presencia en sus órganos de dirección a todos los niveles de obreros de filas, la oposición a la fundación de la URSS y la reforma del control, sustituyendo su esencia burocrática por una verdadera supervisión popular, deben aquilatarse en el contexto de esta visión. El partido es percibido como líder de la sociedad civil, junto al estado, pero sobre todo frente a él. No es ocioso apuntar que tal práctica permeó toda la actividad de Lenin en el período más fecundo de su labor como jefe del gobierno bolchevique.

Desde el capitalismo inacabado y sin la revolución mundial europea, Lenin traza un nuevo camino al socialismo, en, con y contra el capitalismo. La socialización a largo plazo, pero efectiva, de la masa infinita de la pequeña propiedad y el crecimiento espiritual expansivo de sus portadores son las claves abortadas de su proyecto. En el testamento de Lenin es posible encontrar hasta una nota de reconciliación con lo más puro del populismo: la posibilidad de un camino ruso propio al socialismo, un camino desde la enorme masa campesina, inculta, pero participante indiscutible en la revolución. La perspectiva leninista del tránsito al socialismo es entonces inseparable de la idea del cambio cultural.

La hegemonía cultural del capitalismo contemporáneo, sustancia del camuflaje de la dominación que ejerce sobre los pueblos, otorga a la revolución una dimensión diferente: la lucha por el socialismo es la lucha por la liberación espiritual del género humano. Esta perspectiva, por legítima que parezca, no puede alcanzarse, es impensable y ni siquiera puede plantearse sin la más amplia participación popular. Nadie es liberado si no está dispuesto a liberarse a sí mismo y ello vale para individuos y para pueblos. Tampoco puede proponerse la redención de la humanidad por el socialismo sin superar al capitalismo, no importa cuán ardua parezca la meta, en el campo de su hegemonía en el desarrollo de las fuerzas productivas, lo que significa comprender con honestidad que tal desarrollo no se agotó y que a la vez resulta funcional a la depredación de la naturaleza y de la especie. Creo que la Revolución bolchevique prefigura este razonamiento.

[1] Informe sobre la Revolución de 1905. Pravda, 22 de enero de 1925.

[2] L. Trotski, Tres concepciones de la Revolución Rusa, El Yunque Editora, Argentina, 1973.

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