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Economía y política, su dialéctica. (Un análisis histórico-social desde el contexto cubano actual)

Por: Camilo Rodríguez Noriega.

 

Según Lenin: “La política es la expresión concentrada de la economía (…) La política no puede dejar de tener supremacía sobre la economía. Pensar de otro modo significa olvidar el abecé del marxismo”.[1] Es esta interrelación dialéctica el punto de mira  de  estos apuntes, empeñados en visibilizar determinados trazos lógicos generales de la relación entre economía y política, desde (y para) el análisis del contexto cubano a partir del VI Congreso del PCC.

El propósito pudiera entenderse como sobre-insistencia en una verdad de Perogrullo. La experiencia profesional del autor le confirma lo contrario. Sin coordenadas estructuradoras del pensamiento sobre el asunto resulta difícil abordarlo culturalmente de manera sostenida y adecuada a las especificidades de la práctica socio-histórica.

 

La comprensión de la política como expresión concentrada de la economía: una relación mediada.

En el fundamento del condicionamiento histórico-concreto de la actividad política se encuentra la situación económica existente y previsible, no entendida solo como nivel de disposición de bienes materiales y de servicio tangibles, por importantes que sean. Dicho fundamento, generado por la confluencia de diferentes factores internacionales y nacionales, incide sobre la política mediado por la calidad de las relaciones económicas que subyacen en los procesos económicos que producen tales bienes, a cuyo estado histórico ha contribuido también -aunque no necesariamente de modo lineal- la política precedente. Las relaciones económicas constituyen el foco directo de las lecturas políticas de la situación económica existente y el probable escenario inmediato de su acción transformadora.

Pero la política no responde de modo ciego y mecánico a un estado histórico de dichas relaciones. Justamente los intereses económico-sociales constituyen el filtro a través del cual las relaciones económicas trascienden a la política; son ellos el fundamento objetivo de su manifestación como expresión concentrada de la economía. No se trata de dejar de considerar políticamente el conjunto de asuntos económicos existentes, ni de desestimar a priori algunos de ellos. Lo que sucede es que ninguna valoración puede estar al margen de los intereses económico-sociales dominantes políticamente, ni convertirse -de forma acrítica- en demanda social internalizada en tiempo político[2] por el diseño concreto de política.

En la conformación histórica de esos intereses económico-sociales resulta decisiva la fortaleza y calidad del funcionamiento de las relaciones de propiedad en las que ancla el poder político[3], sin absolutizar su papel como fuente genética y de reproducción de aquellos intereses. Tengamos siempre presente el vínculo esencial, aunque no único, entre relaciones de propiedad y estructura socio-clasista. El nivel de realización de la propiedad dominante fragua en la capacidad del poder político para articular tendencialmente, desde los intereses que lo sustentan, los flujos de relaciones sociales no solo en el ámbito económico. Esta evaluación es sumamente importante en circunstancias en que el desarrollo necesario de las fuerzas productivas está condicionado por determinados cambios sustanciales en las relaciones de propiedad y de producción en general.

No obstante, la asimilación política interesada del estado de relaciones económicas existentes posee, en sí misma, un considerable grado de relatividad, en doble sentido: primero, porque en la práctica existe cierta indeterminación de los intereses económico-sociales sobre la totalidad económica de la sociedad (lo que se comentará más adelante); y segundo, por la singular dinámica histórica de la relación que se analiza.

Respecto a la segunda cuestión, hemos de considerar que el diseño político que nutre el nuevo punto económico de partida carece (al menos si implica grados de rupturas) del criterio confirmador de la práctica, que solo puede darse a posteriori. A su vez, la decisión política debe estimar, en su unidad dialéctica, el conjunto de relaciones económicas (de producción, distribución, cambio y consumo), aunque probablemente no pueda -ni deba- abordar cada uno de esos ámbitos con igual jerarquía (sí de modo relacionado), dada sus diferenciadas capacidades contextuales para dinamizar el todo económico. Mas, la prioridad que se adopte produce movimientos complejos y contradictorios en el conjunto de relaciones, lo que debe ser permanentemente advertido. Tales particularidades conminan a la política a autoevaluarse de manera sistémica y, probablemente, a corregirse, lo que otorga importancia a la experimentación posible. Tampoco la política dispone de un ‘hasta aquí’ de realidades económicas concretas desde donde pueda pensarse e implementarse definitivamente. Motivo este para instrumentar, en el modo político de actuación, con todo ahínco y esmero, el llamado de Raúl a “(…) mantener los pies y los oídos bien atentos y pegados a la tierra (…)” [4] y la intención práctica política estimulada por el Objetivo 43[5], entre otros.

Sujetas a esta situación, las decisiones políticas serán más o menos capaces de encauzar de modo socialista las necesidades políticas que emanan tanto de la propia propiedad estatal socialista sobre los medios fundamentales de producción como del resto de las formas de propiedad. No significa que exista una relación causal lineal entre el grado de eficiencia histórica de las relaciones de propiedad dominantes y la fortaleza del poder político, en tanto son múltiples las mediaciones, colocadas en redes no concéntricas. Todo ello transcurre, además, en un singular contexto de lucha de clases que pesa también sobre la calidad histórica de los programas políticos que se adoptan, los cuales no pueden ser superiores a las situaciones y capacidades políticas y económicas disponibles.

En consecuencia, no todas las lecturas económico-políticas salidas de la situación económica valen por igual para la construcción política específica de carácter histórico-concreto, ni existe necesariamente una relación inmediata lineal entre dicha situación y la decisión política. Pero no es menos cierto que el conjunto total de las condiciones económicas, aún aquellas de las que la política no ha podido más que tomar notas, presiona todo el tiempo a la actividad política y le exhorta a realizar reconstrucciones y también deconstrucciones. Es decir, aquellos aspectos de la vida económica de la sociedad que aún no han sido abordados en términos efectivos de decisiones políticas se manifiestan activos, particularmente desde la gestión de vida cotidiana de las personas. Esta es otra manera a través de la cual la economía condiciona la vida política de la sociedad, cuyo curso es irreductible a las relaciones político-económicas focalmente interesadas que emanan de la institucionalidad dirigente o dominante.

O sea, si bien el influjo de la realidad económica pesa sobre la política mediado por la expresión histórico-concreta de los intereses económico-sociales que la sostienen, aquel “remanente” de relaciones económicas -que en determinado momento ha sido relegado por el filtro determinista de aquellos intereses- no dejan de moldearse “políticamente” de modo espontáneo y relativamente al margen de la institucionalidad política dirigente o dominante. Atender esto es fundamental para la reproducción del poder político.

Ocurre así porque las subjetividades de las personas y grupos sociales cuyas necesidades no se satisfacen por el curso de la política instituida, penetran, de una u otra forma, en las entidades económicas que funcionan (tienen la demanda de hacerlo) conforme a la política instituida. Se producen conexiones que desbordan el objeto-espacio-tiempo de la entidad dada, emergiendo unos tentáculos de relaciones económico-sociales que no resultan neutrales para la política. Otro tanto puede suceder al margen de estas entidades a través de la emergencia de relaciones auto-organizadas para la gestión económica de vida cotidiana.

Lo importante para la actividad política dirigente o dominante a escala social es entender que estas articulaciones “no oficiales” tienen una significación política, aún cuando sean desconocidas o constituyan -o se les vea- como un sacrilegio político[6]. Tales articulaciones aprovechan vacíos e imprecisiones de regulación política y jurídica o contravienen lo establecido, tributando a la construcción de micropoderes que participan objetivamente del tejido de la sociedad y tienden a crear relaciones paralelas, tangenciales o entrecruzadas a las políticamente instituidas como dominantes.

Como resultado de esta situación, cuyo origen emana de la gestión material de vida cotidiana de las personas, se crea una franja de relativa desarticulación político-económica respecto a la política instituida socialmente. Dicha desarticulación adquiere significado político, cuando resulta sostenida en el tiempo, al menos por dos razones fundamentales: a) por las fisuras que crea en el funcionamiento orgánico del todo social; generando en la práctica una disfuncionalidad política al obstruirse el alcance de determinadas decisiones políticas interconectadas, de modo espontáneo y no previsto, con aquellas articulaciones “no oficiales”. O también por hacerse evidentes ciertas fragilidades de dichas decisiones, al no haber advertido o aceptado determinadas capacidades u obstáculos sociales para engarzar, o no, las soluciones que procura. Con esa disfuncionalidad crecen las posibilidades de generarse prácticas anómicas, pero reales y vivas, las cuales están lejos de comportarse políticamente neutrales[7] y b) cuando la institucionalidad política se esfuerza en “recuperar” dicha franja de desarticulación económico-social (la recuperación nunca será absoluta) y, a través de ella, el campo de conexiones sociales no reconocido aún por la institucionalidad política y jurídica dirigente o dominante, aparecen complejas y múltiples demandas para esta[8]. Por tanto, cada decisión política se carga excesivamente de imprescindibles reajustes a lo ya existente y de necesidades de arriesgar, de manera abultada, nuevas prácticas y deslegitimar otras; lo cual tensa sobre todo si no es bien acompañado ideológica y culturalmente.

En general, al interpretar la política como expresión concentrada de la economía es menester no reducir la actividad política -y las decisiones en ellas contenidas- a una determinación e interpretación inmediata y lineal en relación con la situación económica, considerando que de ella deriva un único curso obligatorio y debido de la política.

 

Otras importantes mediaciones en la relación dialéctica entre economía y política.

La actividad política realiza sus definiciones no solo a merced de aquella determinación económica, aunque difícilmente al margen suyo. Amén del modo específico en que la objetividad y evaluación de la marcha de los procesos económicos actúa como ordenador de la actividad política, existen otros reguladores sociales de índoles diversas que se interpenetran en su acción, complementándose o demandándose entre sí. Esto sucede debido a que la actividad política, por esencia clasista, genera un flujo heterogéneo de sentidos y de fuerzas en el contexto social en que actúa. De ahí la importancia de la relación sistémica y sistemática de su regulación diversa.

La actividad política tiene su propia lógica interna, incluida la forma en que da entrada a factores económicos -y otros del contexto- (los que gravitan sobre -y en- las relaciones políticas), los convierte en demandas, les da salida a través de decisiones políticas y se retroalimenta a partir de la evaluación de los estados de práctica social. En ello intervienen reguladores internos de la propia actividad política, sintetizados en lo normativo-funcional y en el ajuste a la dinámica y tecnología propiamente políticas. Pero se incluyen, muy articulados con estos, otros tipos de regulación: la moral, la jurídica, la ideológica, la estética, la científica, la cultural, en general, y política en particular, etc. En Cuba, vista la relación entre política y economía históricamente y a escala de toda la sociedad, este asunto se ha acompañado de insuficiente interpenetración sistémica y sistemática de esa diversidad de reguladores, al tiempo que ha denotado calidades ineluctables de regulaciones[9].

Aunque no es posible profundizar aquí en el carácter múltiple de la regulación de la actividad política, pues la pretensión es solo prevenirnos de un enfoque donde la economía aparezca como el único regulador de la política, o lo haga al margen de otros condicionamientos, conviene prestarle mucha atención al asunto, pues esta relación funciona contando también con la mediación de tales diversos reguladores en condiciones históricas singulares.

El logro de su debido balance histórico en la construcción del modo político de actuación debe convertirse en criterio esencial en los procesos de formación del sujeto necesario, que en su esencia es clasista-popular, pero tomado en su diversidad; por tanto, en su pluralidad. De ahí la importancia de su constante forja desde el sentimiento de unidad del pueblo, por la vía de la construcción de consenso en el actual contexto socio-estructural clasista en Cuba.

 

La supremacía de la política sobre la economía.

De manera regular -y no únicamente relacionada con el manejo político de situaciones económicas extraordinarias- la actividad política incide activamente sobre la economía ofreciéndole condicionamientos, orientación, organización, ritmos, jerarquías, prioridades, etc. Por eso la crítica política a la economía no deja de ser, aunque solo en cierta medida, una crítica política a la política económica. Esa crítica incluye la capacidad para aprehender políticamente la(s) lógica(s) objetiva(s) específica(s) de los procesos económicos durante la construcción socialista, que deviene sustancial para la “concepción” histórica del curso político de aquellos procesos.

En esa función reguladora de la política sobre la economía resulta significativa la correlación entre la tendencia general de su incidencia sobre el conjunto de relaciones económicas y los modos diferenciados en que repercute sobre uno u otro ámbito de realidad económica (procesos de producción, de distribución, de cambio, de consumo) o relacionados todos ellos entre sí y con unas u otras formas de gestión y propiedad, con diversos grupos sociales, territorios, tipos de actividades económicas, otras esferas de actividad social, determinadas condiciones de reproducción y calidad de la vida y de la sociedad en general según estructura demográfica, etc). En lo anterior, repercute decisivamente la capacidad para manejar la necesaria contradicción dialéctica entre macro y micro-política.[10]

Sobre esas bases es indispensable continuar profundizando en el modo político de comportarse respecto a: a) la calidad real de la orientación clasista-popular global y ecuménica de la política (estado socialista de trabajadores), b) la necesidad, o no, de establecer jerarquías intra-clasistas o intra-populares asociadas a priorizar empoderamientos sociales diferenciados de ciertos sectores, c) los anclajes económicos que a esos efectos son necesarios, d) el grado en que la regulación jurídico-política puede sostener el orden económico de modo coherente con los propósitos sociales en las diferentes formas de gestión y propiedad, e) la necesidad de prevención jurídica e ideológica en los procesos de autorización para el ejercicio de determinadas actividades económicas, f) las posibilidades de las formas no estatales para la socialización de su propiedad más allá de la oferta de empleos, la comercialización de la producción y los servicios, y de la observación de la política tributaria; g) la solventación material de los costos de la orientación y educación ideo- política y cultural necesarias al impulso, defensa y consolidación de la calidad socialista posible de las relaciones sociales[11];  h) las contradicciones dialécticas que maduran en el ámbito de relaciones entre economía y política[12], etc. Todo ello presiona constantemente la construcción contextual de la regulación política sobre la economía, en particular a través de la incidencia sobre los diversos factores que median dicha relación. Deviene decisiva la manera en que la política económica armoniza, o no, con esas y otras demandas sociales latentes cotidianamente.

Entonces, es altamente pertinente que la política se piense a sí misma y favorezca ser pensada colectivamente, en primer lugar, desde la perspectiva de su sostenibilidad económica. Pero debe ser evaluada también desde premisas ideo-políticas, científicas, axiológicas y culturales, a tono con sus efectos sobre la economía y, en general, del desenvolvimiento de la totalidad social. Premisas que requieren ser apropiadas y respondidas políticamente. Es este el recurso imprescindible para decidir continuidades, rupturas, rectificaciones y actualizaciones. Aspecto que parece constituirse como medular y pertinente regularidad en nuestra construcción socialista, por cuanto necesariamente recicla la tarea política acerca de determinar qué es lo que se debe cambiar, rechazar, utilizar o fortalecer de lo que emana de los acontecimientos económico-sociales.

A esos fines, en Cuba, al modo político de actuación de instituciones, dirigentes y cuadros[13] le es necesario profundizar en el fomento cultural del método fidelista de relación y consultas con la masa, como una esencial y legítima fuente de sus propias elaboraciones políticas y termómetro insustituible acerca del grado y calidad de asentamiento ideológico, político y cultural socialista de las nuevas relaciones sociales.

Al enfocar la supremacía dialéctica de la política sobre la economía se impone también subrayar que la condición de propietario colectivo sobre los medios de producción fundamentales solo puede gestionarse políticamente por la vía de la participación consciente y categórica de los colectivos laborales en las decisiones relacionadas con los procesos económicos de las empresas estatales y cooperativas. Es desde allí donde crece y se cuece una actitud activa vigilante de la calidad política de la base económica de la sociedad.

Plantearse en estas entidades económicas la condición de propietario colectivo al margen de la construcción política colectiva de esos procesos[14] o creer que la esencia de la cuestión está, de manera directa y fundamental, en el aseguramiento económico de una mejor retribución material, ya sea individual o colectiva, implica saltarse parte esencial de lo socialista en la formación del sentido colectivo de propiedad. Se trata de instalar culturalmente a la dirección política colectiva como consustancial a la dirección del proceso económico. Es este un modo cardinal de esquivar el economicismo en el enfoque de realización de la propiedad[15] y las usurpaciones de poder que retan al socialismo; así como de superar la convocatoria ingenua a desarrollar el sentido de propiedad, colocándose tangencialmente o fuera del ámbito de las dinámicas propias de los procesos económicos.

Lo anterior deviene sustancial no solo en términos de política económica sino también en cuanto al conjunto de relaciones sociales que favorecen, o no, las relaciones económicas, en términos jurídicos, éticos, ideológicos, culturales, etc que se instalan, en primer lugar, desde la gestión de vida cotidiana. Sin dudas, la construcción del correlato entre relaciones de copropiedad y poder político popular constituye un aspecto esencial que debe ser cuidadosamente atendido como talante vital de la causa política; decisiva, a la vez, en la capacidad para moldear el interés económico-social colectivo desde la diversidad social actual.

A la capacidad de la política para incidir sobre los procesos económicos tributa, además, la comprensión que se haga de oportunidades políticas que aparecen asociadas a los cambios que se promueven.[16] Tales oportunidades deben ser suficientemente ideologizadas para atender debidamente la política en curso y ser re-asimiladas por la misma. En ese empeño es menester que la dirección política de la economía continúe ponderando los valores desde lo que se integra la política económica, a partir un enfoque social multilateral de profundo calado humanista y patriótico, empeñado en el fortalecimiento de la unidad y el consenso nacional, que incluya un alto sentido de cooperación, coordinación y responsabilidad social, la calidad ética y estética de las relaciones humanas y de la satisfacción de las necesidades sociales; la relación ecológica y ambientalmente sostenible con la naturaleza y la capacidad de defensa y seguridad nacional, entre otros aspectos, que trascienden y se asientan en una activa posición de compromiso con la humanidad a través de la solidaridad. En el contexto de guerra cultural internacional en que nos desenvolvemos se impone la meditación sensata de su incidencia sobre la recomposición histórico-concreta del costo económico de la actividad ideológico-cultural revolucionaria[17].

En síntesis, los aspectos referidos en este acápite invitan a incorporar la significación de la variable “dirección política de la sociedad” (tanto a nivel social como de las entidades económicas) en la reflexión contextual sobre el socialismo sostenible y próspero con el que se compromete la política económica en curso. Para comprenderlo debidamente es importante considerar todo el tiempo que la lógica histórica específica de tal variable está signada por la relación de poder histórico-concreta entre dirigentes y dirigidos en la proyección, cooperación-coordinación, regulación, valoración e impulso continuo de la autodeterminación democrática y de la gestión colectiva masiva de los propósitos políticos compartidos de producción (progresivamente orgánica) de las nuevas relaciones sociales de carácter socialista.[18]

 

La unidad orgánica estratégica entre los Lineamientos y los Objetivos.

La reflexión acerca de la supremacía de la política sobre la economía debe conducirnos a practicar fácticamente la estratégica unidad orgánica entre los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y de  la Revolución[19] y los Objetivos aprobados en la Primera Conferencia Nacional del Partido[20], en tanto partes de un todo: la política en curso de la Revolución. Para una práctica política empeñada en afincarse en su institucionalidad, el acogimiento consciente de dicha unidad en el modo político de actuación resulta sustancial y, a la vez, tributaria a la tesis fidelista acerca de la dialéctica entre mecanismos económicos y trabajo político e ideológico, donde los primeros sean entendidos como instrumentos de los segundos, cuidando que aquellos no entren en conflicto con los objetivos de la Revolución[21], lo que no significa subsumir la lógica de los procesos económicos en la de los procesos políticos. Implica construir la más alta congruencia históricamente posible de los procesos económicos con los intereses socioeconómicos y el conjunto de valores en que se asienta políticamente el poder de los trabajadores. Consideración ésta altamente coherente con la naturaleza predominantemente política de la transición socialista y sustancial a la precisión de que “La batalla económica constituye hoy, más que nunca, la tarea principal y el centro del trabajo ideológico de los cuadros, porque de ella depende la sostenibilidad y preservación de nuestro sistema social”[22]

El enfoque ideo-político para abordar la economía, desde las constantes socialistas que han de observarse en los cambios, constituye una potente fortaleza para la continuidad, lo que queda claramente expresado en la introducción de los Lineamientos. Si los Objetivos compendian, en el sentido político-ideológico revolucionario, el contenido del control, impulso y exigencia del cumplimiento de los Lineamientos[23] es menester asumirlos desde su interconexión estratégica. La premisa cognitiva para lograrlo es de doble naturaleza: primero, comprender la unidad orgánica interna de cada uno de estos documentos políticos, más allá de la estructura propia de cada uno de ellos; segundo, reconocer la regulación político-ideológica del contenido integrado de los Objetivos en relación a los Lineamientos y la sustancialidad del cumplimiento de estos en el avance práctico de aquellos. Lo anterior supone interpretar (de modo ordenado y delineable) el conjunto de los presupuestos contenidos en los Objetivos en los términos funcionales de control, impulso y exigencia del cumplimiento de los Lineamientos.

Pretender atender unos u otros Objetivos y Lineamientos por separado, o desde una relación lineal entre unos y otros, mengua su efecto a causa de la distorsión política que genera la fragmentación de una unidad integral que le es políticamente inherente.  Intentar abordarlos prácticamente por un modo de actuación que no ha sido transformado al calor de las propias exigencias que brotan de aquella unidad orgánica es un fútil e ingenuo tributo a la realización de la estrategia política y, a la postre, un desgaste político. La solución real solo puede darse de un modo cultural superador; es decir, a través del desarrollo cultural de los sujetos implicados en todo lo que concierne al cumplimiento del conjunto de la política actual de la Revolución.

Todo ello resulta básico en el orden cognitivo, pero esa transformación cultural solo puede cuajar a partir de la aprehensión ideológica socialista de la necesidad del cambio del modo político de actuación en las prácticas ya habituales de control, impulso y exigencia. A esos efectos se requiere incorporar, con evidente énfasis e intencionalidad, un actualizado enfoque cultural socialista en el análisis político de la actividad económica, muy atento a la mejor articulación entre la garantía de orden y estabilidad en la solución de las necesidades presentes y la producción procesual posible de las nuevas relaciones sociales. Para lograrlo, tal perspectiva debe ser asidua y suficientemente sopesada a partir de la afinidad entre el qué, el con qué, el cómo y el para qué trabajan -en su sentido integral- los sujetos implicados en los contextos específicos.

Vale subrayar la cuestión del sujeto (o los sujetos), en tanto no existe ausencia temporal de sentido histórico para la pregunta ¿quién es el sujeto en capacidad de realizar lo que es menester ahora acometer? Es decir, no existe un sujeto para todos los tiempos, por muy espléndida que haya sido su manifestación histórica anterior, sobre todo si varía la matriz económica en que se reproduce. Por la educación permanente de su pertinencia histórico-concreta comienza la búsqueda de “los cómo”, que es, por excelencia, un permanente sondeo cultural político. Esto resulta vital en términos de eficacia de la supremacía de la política sobre la economía.

Necesitamos erradicar ese tipo de evaluación política de la actividad económica, y social en general, que se centra en el qué, entendido como meta que pondera, ante todo, el cumplimiento de orientaciones y cronogramas y que no pocas veces se agota en ese punto. La atención política del Partido al desenvolvimiento de los procesos económicos debe enfatizar en el rastreo de la trama de subjetividades que se objetivan en los indicadores de eficiencia económica, para lo que se requiere cultura económica en tanto ingrediente de la cultura política. Una vía para hacerlo es el seguimiento sistemático al modo de entender, acatar y hacer funcionar la normativa aprobada, incluidos los planes de producción y servicios, así como las bases axiológico-políticas desde las que estos se afirman y a partir de las cuales se establecen las prácticas ejecutivas, los criterios de estímulos, las pautas de calidad, las reglas disciplinarias, los modelos organizativos de la actividad económica, las demás disposiciones y acuerdos administrativos empresariales; así como otros reguladores de comportamientos y la calidad política de su evaluación corriente, etc. Importan además, las subjetividades latentes en las autorregulaciones perceptibles de cuadros, dirigentes, trabajadores individuales y colectivos laborales, así como las inter-subjetividades que llevan a la formación de sentidos, de identificaciones personales-grupales y de representaciones mentales y simbólicas compartidas acerca del valor social del entorno económico-laboral y su coherencia o no con el proyecto político, etc. En el marco de lo anterior interesa atender cómo se ayuda al fluir del pensamiento honesto que agrega y entrega al bien colectivo, a su interlocución respetuosa y constructiva.

En el sentido material es obvio que a la economía socialista le resultan sustanciales los indicadores de eficiencia económica y financiera. Pero le resulta insuficiente el buen comportamiento de los mismos, por imprescindible que esto sea, pues está implicada en la producción histórica posible de nuevas relaciones sociales con vocación emancipadora, no axiomáticamente equivalente con tales números. Las cifras que sintetizan el estado de esos indicadores constituyen expresiones estadísticas de resultados productivos y de servicios útiles a la labor política e ideológica que se empeña intencionadamente en impulsarlos, exigirlos y controlarlos. Lo son, en primer lugar, si sirven para dilucidar la calidad de las relaciones económicas de las que ellos emanan (relaciones de producción, distribución, cambio y consumo). Importa la permanente toma de conciencia de la calidad de la marcha del proceso, de los alcances y de las deudas históricas que se contraen con la afirmación de lo socialista posible y que están demandando, ahora o después, cotejos diversos de los que es menester, cada vez y en cualquier lugar, registrar políticamente de modo oportuno.

De ahí que resulte expresión esencial de la dirección política de los procesos económicos, la capacidad de elección respecto al mejor comportamiento humano para hacer el mejor uso socialista posible de los recursos disponibles (siempre escasos), en función de satisfacer, en todo lo posible, las necesidades sociales.

La manera contextual y prospectiva desde la que la institucionalidad política revolucionaria capte la integralidad social del ambiente económico, e incide sobre el mismo, resulta decisiva en este proceso. Es imperioso insistir en que la lógica del proceso económico desborda al mismo y es extrapolada, de manera mediada, como lógica de comportamiento social, con sus códigos ideológicos, axiológicos, políticos y culturales, y no tan solo por la sustancialidad estrictamente económica en que ella se manifiesta. Entonces, tales códigos han de ser cuidadosamente atendidos, tanto en su rol de premisas como de resultados de la actividad en esta esfera, pues lo socialista que no arraiga desde el ámbito económico tiene dificultades para enraizarse socialmente con carácter histórico-concreto.

El contenido político e ideológico con que los Objetivos dotan la función política de exigencia, impulso y control del cumplimiento de los Lineamientos permite percibir que los mecanismos económicos adoptados, frutos históricos de la inter-subjetividad humana, deben ser permanentemente intervenidos por una inter-subjetividad crítica, consecuente con los fundamentos histórico-concretos integrales de la política en curso.

Es este un asunto de profunda sensibilidad política revolucionaria. Cuando esta falla, el socialismo se agrieta estratégicamente, por cuanto es ella el portón de la ética política revolucionaria. Y esa ética resulta contraria a cualquier enfoque economicista de la construcción socialista. Los fallos estratégicos sostenidos en ese orden devienen desaciertos culturales contraproducentes en la búsqueda de sostenibilidad y prosperidad socialistas.

A modo de cierre, vale recalcar que la relación entre política y economía en nuestra sociedad en transición socialista lejos de comportarse alternando desde su inmediatez las polaridades que la configuran (política vs. economía), resulta multi-mediada. Es en esos factores diversos donde nos es menester hurgar con profunda sensibilidad y racionalidad revolucionarias para comprender y explicar cada estado histórico-concreto de realización de la decisión política actuante, pero, también, para producir los movimientos necesarios a fin de cambiar lo que deba ser cambiado y conservar lo que deba ser conservado, conscientes, reflexivamente, de que “(…) no hay economía sin política, ni política sin economía”[24].

[1] Lenin V.I. “Política y economía. Dialéctica y eclecticismo”: En: “Una vez más sobre los sindicatos, el momento actual y los errores de los camaradas Trostky y Bujarin”, Obras Escogidas en tres tomos, tomo 3, Moscú, URSS: Editorial Progreso, 1978; p.546.

[2] En la construcción del tiempo político pesa la incidencia que sobre la calidad de reproducción del poder político poseen los ritmos secuenciales indispensables con que ocurre la relación histórica entre necesidades sociales y su reconocimiento como demandas políticas, la toma de decisión(es) política(s) pertinentes, la gradualidad de su instrumentación, el nivel de resultados que se obtienen -y su evaluación y distribución-, la retroalimentación sobre el efecto social de estos, así como la readecuación y re-impulso continuo del ciclo.

[3] Por supuesto, no se trata solo de la expresión jurídica de la propiedad.  Sobre su base, la condición de propietario incluye el derecho efectivo de dominio, uso y disfrute de los medios disponibles y de los resultados de su empleo económico. Por tanto, supone la apropiación de las condiciones de producción y de distribución. En determinadas circunstancias históricas, no necesariamente coinciden todos estos requerimientos, lo que deviene criterio de valoración de la calidad social de tales relaciones de propiedad.

[4] Castro Raúl. Discurso de conclusión del VI Congreso del PCC, 4 de abril de 2011. Disponible en: http://www.cubadebate.cu/noticias/2011/04/19/. Consultado mayo de 2011.

[5] Objetivo No. 43: Evaluar sistemáticamente los impactos que resulten de las medidas económicas y sociales, alertar oportunamente sobre las desviaciones en su aplicación para que se realicen los ajustes necesarios.  (CCPCC. Objetivos de trabajo aprobados en la Primera Conferencia Nacional del Partido. Documento; S/E; S/F)

 

[6] A tales articulaciones “no oficiales” se les puede condenar, pero pujan su existencia vital en las condiciones que transcurren. No obstante, conviene no etiquetarlas de modo apriorístico; es pertinente revisarlas cuidadosamente pues pueden ofrecer también algunas pautas de prácticas necesarias y valiosas aún no advertidas por la institucionalidad política dirigente.

[7] Se trata, por ejemplo, del aprovechamiento oportunista, o no, de las grietas de la normatividad vigente con fines económicos diversos, desvíos de recursos, ilegalidades, delitos, corrupción política y económica y hasta la posible génesis de grupos de presión, etc.

[8] Con la eliminación de determinadas prohibiciones y el reconocimiento legal de otras prácticas sociales, como parte de la actualización del modelo económico y social, Cuba enfrenta hoy también dificultades de ese tipo, cuyos ajustes demandan retos, tiempo, cultura y esfuerzos múltiples.

[9] El posible desbalance en la carga efectiva de funcionamiento de cada uno de ellos suele gestarse por factores diversos, incluida la fortaleza y/o inmadurez instrumental contextual de unos u otros y/o la tendencia ideologizada al sobre-uso de algunos en detrimentos de terceros y del necesario carácter sistémico del proceso regulador en general. El balance histórico de esta situación deviene esencial. Ha de procurarse que el necesario énfasis en alguno de ellos, como sucede hoy (con sobrada justificación) con los de carácter jurídico, no se comporte en detrimento de los restantes que, en su conjunto, deben garantizar el adecuado balance en la relación entre economía y política. La historia revolucionaria ha subrayado el calado esencial de los reguladores éticos pero es menester su unidad dialéctica con los demás.

[10] La actividad política no resulta indiferente a la relación entre los niveles macro y micro de realidad social. Las instituciones políticas centrales de la sociedad, a tono con sus intereses y modos de construir y cursar las políticas, realizan una construcción política de la realidad que afecta (de determinada manera) al conjunto de la sociedad, al tiempo que favorece un arquetipo macro-social de relaciones sociales, incluidas las económicas. Pero en cada localidad se opera cierta refracción de la direccionalidad de esa macro-política a partir de la dinámica cotidiana de todos los involucrados, lo que tiene significado para ella. Conocer esa dinámica cotidiana es fundamental en la construcción y ejercicio de micro-política, lo que, a su vez, se re-significa con las señas de descentralización contenidas en la política económica y social actual en Cuba.

[11] Esta cuestión aparece como importante demanda económica a considerar. La necesidad de su planteo orgánico como demanda económico-política en la construcción socialista obedece al imperativo de que la lógica social emancipatoria que se procura atrape la lógica de los procesos económicos, más allá del aseguramiento material de los derechos sociales en general y del ejercicio de los de carácter laboral en particular.

[12] Algunas de las contradicciones dialécticas que re-cursan continuamente entre economía y política en la actualidad cubana son: a nivel de la dirección de los procesos económicos entre los esfuerzos políticos para una relativa descentralización y las capacidades culturales políticas para la asimilación y manejo óptimo de las facultades entregadas; a nivel de la conformación de un sistema socialista de propiedad, la existente entre la responsabilidad económico-social de la propiedad estatal socialista y la responsabilidad económico-social del resto de las formas de propiedad en un contexto de construcción socialista; a nivel de la distribución jurídica de la propiedad, entre una dimensión jurídica de la propiedad que equipara a todo el pueblo como copropietario colectivo de los medios de producción fundamentales y la titularidad de otros tipos de propiedad solo para una parte de ellos (el tema de los “uni-propietarios” y los “pluri-propietarios”); a nivel de la forma y cuantía de la distribución de la riqueza que asegura aquella distribución jurídica de la propiedad, la contradicción entre el disfrute colectivo de los efectos de la propiedad social de todo el pueblo y el disfrute diferenciado por una parte de esos copropietarios colectivos de los efectos de la realización de su “otra propiedad”, etc. La política debe cuidar que las contradicciones dialécticas no devengan antagónicas. La incompletitud política del aseguramiento material de determinadas prácticas económicas favorecen la manifestación de las mismas con cierta propensión al antagonismo, aún cuando obedezca a razones objetivas, como pueden ser las dificultades para la creación de un mercado mayorista para múltiples actividades productivas y de servicios que se autorizan en la esfera no estatal. El antagonismo puede expresarse cuando la emergencia efectiva de una práctica económica demanda un sistema de relaciones económicas no alimentado políticamente, ni asegurado materialmente de modo orgánico. Entonces, aquella práctica tiende a expresarse en detrimento de otras dentro de la misma realidad. Ej. si una forma de propiedad y/o de gestión funciona sobre la base de la extorsión de los recursos de otra, ejerce un efecto social destructor.

[13] Dado el significado cultural del lenguaje, convendría rebasar aquella división convencional entre cuadros políticos y cuadros administrativos, cuyos efectos prácticos negativos se hacen notar en la sociedad cubana actual.

[14] Por razones diversas, este afán debe cuidarse del desarrollo de posiciones corporativistas. Si bien, en nuestro medio, la plena participación de cada colectivo laboral en su entidad económica sería un logro sustancialmente socialista no debe confundirse la realización política de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción con la suma territorial y nacional de la realización como copropietarios de cada colectivo laboral. La sociedad es también más que la suma de esos colectivos laborales y sus necesidades e intereses puntuales. Por eso la realización de la propiedad social socialista, si bien tiene en las empresas de este tipo de propiedad un factor esencial, solo puede realizarse a nivel de toda la sociedad, en la que el Estado no puede dejar de ser interlocutor básico. Razón por la cual la gestión política de la condición de propietario debe asegurarse también a este nivel social. Avanzar en lograrlo es difícil e impone una búsqueda constante (a partir de lo legislado y lo que hará falta legislar). Lo que no debe cesar, es el esfuerzo por alcanzarlo.

[15] En la realización socialista de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción existen variables axiológicas múltiples asociadas a los medios políticos de socialización de la propiedad, la dignificación del trabajo honesto como creador de riqueza social e individual y de la condición de trabajador, la capacidad de cooperación, la solidaridad y el mutuo reconocimiento del valor igual entre todos, la articulación entre el interés colectivo y el individual, la construcción de la autoestima colectiva e individual, la ética del cultivo de la dignidad (nacional, social, colectiva, individual), la sostenibilidad ambiental de los procesos (luego el ahorro, la durabilidad, la recuperación, la innovación y la racionalidad económica como valores económicos), la internalización social de la ciencia y la tecnología como aliados del socialismo, el valor del significado del mérito y del reconocimiento social, etc.

[16] Tales oportunidades fondean en la fortaleza que constituye la obra y experiencia histórica de la Revolución Cubana, sintetizada en el carácter complejo del ser de la sociedad y de cada uno de sus miembros, cuyo núcleo lo constituye la tenencia del poder político por el pueblo organizado en el cumplimiento de su deber. Desde esa perspectiva, en el contexto actual aparecen oportunidades para una mejor regulación política de los procesos económicos como las siguientes: a) crece la posibilidad de realización de la condición de copropietario del colectivo de trabajadores de la empresa estatal, a partir de las facultades que se otorgan a la misma (su adecuado uso permitiría una re-apropiación socialista para la expansión de la iniciativa individual y la capacidad de emprendimiento articuladas colectivamente con propósitos socialistas por la vía de la participación); b) crece la posibilidad de un mejor asentamiento objetivo de la justicia socialista, desde un fortalecimiento de la desigualdad socialista y un manejo diferenciado de las consecuencias de otros tipos de desigualdades no socialistas con las que hemos de convivir; c) aparece la posibilidad de articular un sistema socialista de propiedad (nótese que no dice de ‘propiedad socialista’), aprovechando las ventajas de las diversas formas de propiedad y gestión económica y el predominio de la propiedad social socialista; d) la diversidad social actual se nos presenta con una riqueza de diferencias ahora reconocidas, portadoras de potencialidades múltiples que es menester articular; e) mejor visibilidad del papel del cooperativismo basado en el aporte de trabajo y la gestión colectiva; f) los cambios que se perciben en la valoración social del trabajo en general y de la noción socialista de la distribución con mayor apego al mismo, lo que subraya la importancia de consolidar fortalezas socialistas desde las cuales asegurar ciertas ventajas relativas (asociadas a la condición de trabajador) particularmente en ciertos sectores de la propiedad estatal (tengamos en cuenta que el nuevo entramado de propiedad plantea ventajas relativas a los “doblemente propietarios”); g) la aparición de un marco más propicio para colocar énfasis en el crecimiento de la  producción y de la productividad a través del ahorro, de los desarrollos de tecnologías organizativas y de producción, la introducción de los aportes de la ciencia, así como de las capacidades de innovación, racionalización y recuperación alimentadas culturalmente por prácticas tradicionales del proceso revolucionario, amén del crecimiento de legitimidad de la contribución de la inversión extranjera en función del desarrollo; h) la posibilidad de fortalecimiento de la autoestima colectiva y de la identidad nacional a través las políticas económico-sociales de desarrollo local y de nuestra capacidad para ser contemporáneos, sobre bases socialistas, de lo mejor de nuestra época; i) la posibilidad, al menos formal, del fin del bloqueo que hará más explícitas nuestras capacidades así como las carencias a satisfacer con nuestros propios esfuerzos y favorecerá la intencionalidad más directa e inmediata de los asuntos que nos compete plenamente resolver en el ámbito económico; j) la experimentación relacionada con el fortalecimiento del Poder Popular puede favorecer, si se fija suficientemente la atención en el papel de las asambleas locales, el cambio de representación respecto a la noción práctica de poder del pueblo y su incidencia sobre la vida económica de la sociedad en su condición de copropietario colectivo; k) el modo en que avanza, en ciertos ámbitos, la conciencia de necesidad acerca del fortalecimiento de la colaboración entre ciencia (fundamentalmente sociales) y la política, y viceversa; es decir, la imprescindible necesidad política vigente de estimar los contextos tecno-cognoscitivos y de que estos internalicen las demandas políticas en todos los órdenes sociales, incluido el económico; l) el avance en la naturalización ideológica de la integralidad socialista del binomio prosperidad-sostenibilidad en nuestro contexto; ll) los beneficios que para las funciones sociales de la actividad práctica de dirección política en el ámbito económico representará la versión enriquecida socialmente de la conceptualización del modelo económico-social cubano de desarrollo socialista; m) el crecimiento de sensibilidad sobre el valor de la comunicación en la dirección de los procesos sociales, incluidos los económicos y el trabajo actual de elaboración de instrumentos legales al respecto; etc.

[17] Colocarse en estas premisas resulta consustancial al razonamiento sistemático de los estados de elaboración ideológica de la realidad económica porque ellos constituyen parte del programa desde el que se proyectan los comportamientos. Se trata de captar y multiplicar permanentemente las experiencias valiosas como material de aprendizaje político y de seguir las subjetividades involucradas en torno a manifestaciones que pueden llegar a expresarse con alcance antisistémico. Entre ellas: a) el peligro de reproducir la lógica capitalista a la que solo le importa el productor de bienes (nos importa el hombre y la sociedad como un todo y el sistema de valores emancipadores involucrados; la eficiencia económica en nuestra sociedad no puede darse a costa de la reproducción ampliada de la enajenación de lo mejor de la condición humana); b) la propensión a aparentar eficiencia a partir del logro de ingresos mediante la violencia mercantil (no pocas entidades estatales tienden a reproducirla, actuando en comparación de precios con las de otras formas de propiedad); c) la limitación para la libertad material financiera de las personas menos favorecidas económicamente a partir de la inestabilidad de los abastecimientos de los mercados que complementan la canasta normada, más allá de los altos precios (por tanto, el salario no solo no alcanza, sino que al trabajador lo dominan las circunstancias del mercado, asunto que puede favorecer la condición ideológico-práctica del asalariado, tan propensa a desidias de otro tipo). La eficiencia económica socialista -y el justo e histórico reconocimiento del valor del dinero en su marco- no debe tender a favorecer la ideología del asalariado. En una nueva realidad, el mercado solo puede ser coherente si se re-socializa su pertinencia. Una forma orgánica de disipar determinados efectos de la ideología de mercado pasa por poner acentos en el discernimiento ideológico sobre sus características en nuestra sociedad como contribución al enunciado de su no interpretación en antagonismo con la planificación estatal. Se trata de develar qué regulación estatal y social es la conveniente y posible. Lo que sí resulta obvio es la necesidad de superación de la comprensión liberal del mercado y su extensión espontánea como lógica del funcionamiento social. En el marco de toda esta situación importa estudiar cómo se comportan las motivaciones del empleo juvenil. Aquí puede incubarse un campo de subversión ideológica, pero también de pre-configuración de un país deseado, con o sin relación con aquella. El presente cubano no puede sintetizarse en la creación de una nueva clase pequeño burguesa -aunque esté presente en la sociedad- o en el predominio de su ideal, aún cuando controvertidamente parezca ser parte no desdeñable de la representación social de prosperidad actuante.

[18] A modo de guión temático, algunos asuntos de interés al respecto, validos tanto para la dirección política de la economía como del resto de las esferas sociales, son: el desarrollo moral e intelectual de los cuadros y su vocación de servicio al pueblo en general y a los trabajadores en particular; la cuestión de los métodos políticos de dirección, con énfasis en la permanente relación y consulta con el pueblo para sostener su constitución en poder; la disposición a la articulación ciencia-política; la defensa de  la institucionalidad revolucionaria con el sentido flexible que impone la transición socialista; la permanente reproducción de una vanguardia político cultural en capacidad de articular la masa de ciudadanos honestos; el desarrollo de una ‘ciudadanía más completa’ por la conciencia y cultura política que la singularice; la permanente atención a la renovación de la hegemonía político-cultural revolucionaria; etc. Todos ellos, entre otros asuntos, se involucran decisivamente en los modos de actuación política necesarios para asentar la producción-reproducción de la sostenibilidad y prosperidad socialista. En su logro es menester entender y favorecer el ejercicio del deber y derecho de los trabajadores de hacer dirección política, tesis cuyo que es menester meditar con mucho detenimiento.

[19] Se refiere a los lineamientos aprobados en el VI Congreso del Partido y evaluados y actualizados en su VII Congreso. En lo adelante, para referirse al documento que los contiene, se utilizará la palabra Lineamientos.

[20] En lo que resta del artículo, para referirse al documento que los contiene, se utilizará la palabra Objetivos. El cumplimiento de estos Objetivos también fue evaluado en el VII Congreso del PCC.

[21] Ver: Castro Fidel. Discurso pronunciado en la clausura de la Sesión diferida del Tercer Congreso del PCC, 2 de diciembre de 1986. Disponible en: URL: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/index/html/1986/. Consultado noviembre de 2005.

[22] Castro Raúl. Discurso pronunciado en la clausura del IX Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas. La Habana, 4 de abril de 2010. En: www.cuba.cu/gobierno/rauldiscursos/2010/esp/r030410e.html. Consultado mayo 2011.

 

[23] Entre los acuerdos tomados en el VI Congreso está el siguiente: “Encargar al Partido Comunista de Cuba la responsabilidad de controlar, impulsar y exigir el cumplimiento de los Lineamientos aprobados, lo que presupone elevar la cultura económica de sus cuadros y militantes, a todos los niveles…” (Ver: Resolución sobre los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución. En: Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución aprobados en el VI Congreso del Partido; s/e, 2011, p.6)

 

[24] Castro Fidel. Discurso en la sesión de clausura del Quinto Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo, 14 de febrero. En: Las ideas son el arma esencial en la lucha de la humanidad por su salvación. La Habana: Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, p. 50.

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