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Ser antimperialista hoy, comporta un estado de vigilia. Por Alpidio Alonso-Grau

Palabras de Alpidio Alonso-Grau, Ministro de Cultura, en la clausura del XXIII Congreso Na­cional de Historia, efectuado en la ciudad de Bayamo, abril de 2019.

Palpita aún en nuestra memoria el emotivo y trascendental discurso pronunciado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, primer Secretario del Comité Central del Partido, en la sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular donde fuera promulgada la nueva Constitución de la República de Cuba, 150 años después de haberse anunciado la de Guáimaro, en un irrefutable signo de continuidad y arraigado patriotismo. Al propio tiempo, esta es la víspera de la fecha en que se cumplen 200 años del natalicio de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria. Cobijados por estos acontecimientos y con el acicate de estar celebrando así mismo el 60 aniversario del Triunfo la Revolución cubana, nos encontramos aquí, en uno de los sitios de mayor simbolismo de Bayamo, cuna de la nacionalidad cubana y anfitriona insuperable, para concluir el XXIII Congreso Nacional de Historia.

Debemos comenzar por decir que los magníficos debates sostenidos durante estos días en las comisiones y el resto de las actividades del Programa, del que destaco las jornadas cespedianas de intercambio en los barrios y la participación de jóvenes estudiantes de historia en las diferentes sesiones, han hecho honor a la cubanísima tradición de este evento, que ha evidenciado a lo largo de más de siete décadas no solo su pertinencia académica, sino su utilidad para la construcción permanente de nuestra identidad y nuestra fisonomía como nación. Porque sin historia y sacrificio no hay patria ni futuro posibles. Como expresara recientemente el Presidente Miguel Díaz-Canel en la Asamblea Nacional: “Nos apasiona la historia, es cierto, pero si volvemos una y otra vez a ella, no es solo por el placer que da la gloria nacional. Volvemos porque ahí están las más formidables reservas de la moral cubana”. Esa ha sido una dimensión fundamental en el decurso de nuestro itinerario como pueblo y como nación: por encima de cualquier otro rasgo o consideración, la Revolución cubana es un hecho moral, sin lo cual resultaría del todo imposible, siquiera intentar explicarla. En ello radica, no solo su originalidad y genuina orientación, raigalmente popular, sino el potencial principal de su capacidad de resistencia y de victoria.

Al decir de Martí: “Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad (…) y (…) Guáimaro libre nunca estuvo más hermosa que en los días en que iba a entrar en la gloria y en el sacrificio”. Así está Cuba hoy, agradecida por su nueva Constitución, fruto de la unidad y el compromiso con la justicia y con la Historia, en tiempos en que la Revolución es la República, y la dignidad y la gloria son un país.

Decía Raúl el pasado 10 de abril: “La Constitución que proclamamos hoy es continuidad de aquella primera, en tanto salvaguarda como pilares fundamentales de la nación la unidad de todos los cubanos y la independencia y soberanía de la patria”. Ese es el hoy de Cuba.

Hace casi 77 años, con palabras del sabio cubano Fernando Ortiz, quedó inaugurado el I Congreso Nacional de Historia, exactamente el 8 de octubre de 1942, en el Palacio Municipal de La Habana. La Cuba de entonces era gobernada por Fulgencio Batista Zaldívar, cuyo nombre, junto al de Gerardo Machado, simboliza la muerte, la miseria, la putrefacción moral y la sumisión al imperialismo estadounidense.

Aquella primera edición del Congreso se prolongó hasta el día 12 de octubre, con el propósito de hacerlo coincidir no solo con la conmemoración del alzamiento fundador de La Demajagua, sino con el aniversario de la llegada a tierras de América de Cristóbal Colón, más conocido como intrépido y visionario navegante, que como el colonizador que también fue.

Estos congresos han sido siempre oportunidades excepcionales para hacer valer aquella temprana noción de la historia esbozada por Marx, en su libro Miseria de la filosofía, publicado en 1847, donde afirma: “Toda la historia no es otra cosa que la continua transformación de la naturaleza humana.” De eso se trata, de contemplar, narrar, estudiar y profundizar no solo el devenir de la realidad, sus diferentes procesos, hechos y acontecimientos, incluso subjetivos, sino de ser parte de ella al punto de reflejarla de tal manera que se advierta su transformación y se contribuya a esta mediante el estudio, la exposición y el conocimiento no solo de su dimensión heroica, sino también de la íntima y esencial. Porque la historia no es una categoría abstracta, inasible, sino concreta y representable, cuya existencia semanifiesta raigalmente no solo en los hechos de la humanidad sino en la humanidad de los hechos, y cuya fuerza y dinamismo internos la mantienen en movimiento y desarrollo perennes.

En aquel I Congreso Nacional, efectuado en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, se destacó particularmente el doctor Emilio Roig de Leuchsenring, el más apasionado y principal impulsor de estos eventos, en cuyas sesiones se insistió, entre otros aspectos, en el deber de colocar la estatua de Carlos Manuel de Céspedes en el lugar que ocupaba la de Fernando VII en la Plaza de Armas; en la necesidad de reconocer al Dr. Carlos J. Finlay como descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla, algo que ya entonces —y aún hoy en determinados círculos norteamericanos—, formaba parte de la guerra cultural de los Estados Unidos contra nuestra patria, al pretender escamotearle al científico cubano la paternidad de su hallazgo extraordinario; y en la liberación del luchador comunista brasileño Luis Carlos Prestes y del independentista puertorriqueño Pedro Albizu Campos. En resumen, un amplísimo abanico de temas, todos de hondo calado en la sociedad cubana.

Si bien puede afirmarse que no todas las ediciones del Congreso estuvieron a la misma altura, es indudable que reclamos de esta índole resultan definitorios del carácter y orientación que los distinguió desde sus orígenes. Puede afirmarse que la historiografía cubana ha tenido en estos encuentros su espacio de confluencia más importante para hacer valer sus opiniones sobre la realidad económica, política y social del país y del mundo; debatir acerca de la enseñanza de la Historia de Cuba, propiciar la incorporación de la mujer a los estudios e investigaciones históricos y formular propuestas a las instancias de gobierno con el objetivo de mejorar la sociedad, afirmándola en sus raíces y horizontes.

Con estos eventos, y con el concurso de instituciones como la escuela pública cubana, hay que relacionar no pocos de los momentos de afirmación y maduración de la conciencia nacional alcanzados, a pesar de los gobiernos entreguistas y corruptos, durante la República neocolonial en nuestro país.

Hoy, a 60 años del triunfo de la Revolución cubana, este sentido del deber, esta responsabilidad con la memoria y el pueblo, cobran nuevos bríos y se consolidan en el quehacer de nuestros historiadores e historiadoras y de las diferentes instituciones que se ocupan de custodiar el patrimonio simbólico y moral de la nación y de propiciar su conocimiento a escala social.

Deben mucho estos congresos al actual Historiador de La Habana, Dr. Eusebio Leal, quien fuera su presidente efectivo en dos ocasiones y uno de los principales animadores a partir de que se decidiera retomar la convocatoria del evento, que había dejado de realizarse desde 1960, cuando lo encabezara el profesor Fernando Portuondo. Nuestro recuerdo agradecido también para el Dr. Julio Le Riverand y otros prominentes estudiosos, artífices de la creación de la Unión de Historiadores de Cuba, entidad que pasó a auspiciar el Congreso a partir de 1997, cuando se retomaron sus ediciones consecutivas. Dicho sea de paso, Eusebio es también, junto a Fidel y Raúl, el creador y promotor principal de la red de oficinas del Conservador de la Ciudad, proyecto al que hay que agradecer, en buena medida, estos aires de renovación, belleza recobrada y cultura de respeto al patrimonio que se respiran en muchas de las principales urbes de Cuba. “Honrar, honra”; reconozcámosles el extraordinario trabajo que han realizado estas compañeras y compañeros en todo el país, las más de las veces enfrentando dificilísimas condiciones materiales.

Con posterioridad a Leal, la organización del Congreso le fue encomendada al Dr. Raúl Izquierdo Canosa, quien se dedicó esmerada y sistemáticamente a su realización, en su condición de Presidente del Instituto de Historia de Cuba, de la Unión de Historiadores de Cuba y del propio Congreso. Las ediciones más recientes del evento son conocidas o familiares para ustedes y no creo necesario detenerme a describirlas. Muchos de los que están aquí han sido sus protagonistas.

Fidel, quien, como se sabe, era un apasionado conocedor de la historia universal, particularmente de la cubana, siempre se preocupó por el curso de estos eventos, cuyas derivaciones atendía personalmente en diálogo directo y constançte con sus principales organizadores. Ese interés se manifestaba de múltiples formas e iba de lo conceptual más complejoa lo más práctico y cotidiano, de los detalles a la totalidad del fenómeno, de lo coral a lo individual. Una de sus grandes obsesiones era el vínculo de la enseñanza de la Historia con los avances de la ciencia y la técnica, que posibilitaran la rápida expansión de su conocimiento. Su idea de crear el conjunto de programas conocido como “Universidad para Todos”, perseguía el objetivo, mediante la democratización real del acceso a los medios y las lecciones, de socializar el aprendizaje y los saberes, principalmente de los temas y disciplinas históricos y humanísticos, y compartir las experiencias de muchos de nuestros más renombrados intelectuales, artistas, académicos, profesores, científicos, hacedores, en fin, de la vasta y esencial cultura cubana. No hubo ocasión en que Fidel, que enseñaba cuanto aprendía, no apelara a la Historia también como parte del “evangelio vivo” que él mismo encarnaba. A Fidel debemos planteamientos cardinales como este: “(…) no puede haber una buena educación política si no hay una buena educación histórica, no puede haber una buena formación revolucionaria si no hay una buena formación histórica”, y este otro: “(…) nada nos enseñará mejor a entender qué quiere decir Revolución, que el análisis de la historia de nuestro país, que el estudio de la historia de nuestro pueblo y de las raíces revolucionarias de nuestro pueblo”.

Se trata, claro está, de la historia como herramienta de cambio; la historia como elemento esencial de la transformación de aquello que Marx identificara como la naturaleza humana”, sin excluir, por supuesto, la naturaleza social”; la historia como paridora de todas las ciencias y lecciones, como noción imprescindible para explicarnos y orientar nuestro avance hacia el futuro. Tanto en la Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano como en los Objetivos de Trabajo aprobados en la Primera Conferencia Nacional del Partido, se le concede una importancia primordial al estudio, la investigación, enseñanza y difusión de nuestra historia.

Fue precisamente el compañero Eusebio Leal quien refiriéndose al llevado y traído tema de la República, tan manoseado por amanuenses e ideólogos imperiales, planteó: “No vamos a festejar el 20 de mayo de 1902, pero lo vamos a conmemorar, vamos a hacer memoria. La República tenemos que analizarla con profundidad para entender esta Revolución que tenemos. No hay futuro sin pasado.”

Como explicitó Cintio Vitier en uno de sus extraordinarios análisis sobre Martí:

Solo nuestra historia (…) puede enseñarnos quiénes somos, cuáles son nuestras tendencias negativas y positivas, nuestras lacras y virtudes características, nuestros enemigos internos y externos. No se trata de aferrarnos a un ontologismo histórico. Se trata (decía Cintio) de reconocer que tenemos modos propios de reaccionar ante las más diversas circunstancias, como las tiene todo conglomerado humano convertido en nación, y más si ha partido de un status colonial que lo ha obligado a conquistar, con las armas de la cultura y las inevitables de la guerra, un lugar en la historia: es decir, su propia historia, en el ámbito de la Historia universal. Ha de ser, pues, nuestra historia, ya que no constituye un pasado inmóvil sino que seguimos haciéndola cada día, un agente cada vez más vivo y real en la formación de las nuevas generaciones. Y cuando decimos historia no queremos decir solo fechas, nombres y sucesos. Queremos decir búsqueda de un sentido, que es precisamente lo que hoy se intenta negar a la historia, cuando no se intenta clausurar sus puertas para que nadie siga haciéndola.

Tenemos mucho que hacer los cubanos para enfrentar con mayor determinación aún la desmemoria inducida y la manipulación de la historia que vienen implementando nuestros adversarios y enemigos declarados, quienes valiéndose de los recursos más eficaces, novedosos y sofisticados de la comunicación social, de lo peor del cine y la televisión comerciales, de la publicidad, siempre enajenante, de la propaganda basada en la mentira y de la instauración de la banalidad en ciertos ámbitos de nuestra sociedad, han ido introduciéndose en la realidad nacional con el avieso propósito de desmovilizar la conciencia social y reinstalarnos en 1958, en un contexto, si cabe, mucho más hostil. Así, resulta que para algunos, Batista fue el gran redentor de la sociedad cubana, que la Revolución interrumpió la evolución natural del progreso y la República, y que la Cuba anterior a 1959 era un paraíso, símbolo de prosperidad y democracia. Cabe preguntarse, cómo es posible que alguien —no ya Obama y sus voceros más cercanos, que nos propusieron olvidar el bloqueo y el terrorismo de Estado practicado contra nuestro pueblo al precio de más de 3 mil muertos, y con ello, de paso, que renunciáramos a nuestro antimperialismo—; cómo es posible que alguien, repito, pretenda sostener, con un mínimo de rigor historiográfico, una tesis semejante. Parasitan entre nosotros algunos de estos copistas de mala entraña, por fortuna sin apenas lectores ni público que, como es de suponer, cuentan con el amparo y generoso financiamiento de instituciones que, más allá de nuestras fronteras, suelen presentarlos como auténticos referentes del pensamiento y la academia contemporánea cubana. A los representantes de este nuevo plattismo, que abogan por un espacio que de ningún modo van a conseguir, es bueno recordarles que en el “con todos” de José Martí nunca estuvieron los anexionistas, y que “ni en Patria ni en el Partido Revolucionario Cubano creados por él, tuvieron cabida las ideas reformistas y mucho menos las anexionistas”.

Desenmascarar sus falacias con argumentos, sistematicidad y rigor en el estudio del llamado período republicano, es tarea primordial de nuestros historiadores e historiadoras, al igual que del resto de la intelectualidad revolucionaria de nuestra patria. Al propio tiempo, es preciso continuar profundizando en la enseñanza de la historia y en la utilización de lenguajes y códigos que se avengan cada vez mejor con las expectativas de nuestros jóvenes y adolescentes, felizmente entrenados en el uso de los ingenios digitales y las redes sociales, orientados hacia la búsqueda de otras fuentes de información y entretenimiento, digamos, “genéticamente incorporadas” a las novísimas generaciones. En ese sentido, resulta un imperativo que quienes tenemos la responsabilidad de promover nuestra historia, nos articulemos en un esfuerzo común por apropiarnos de los nuevos códigos de comunicación, sobre todo en los medios audiovisuales y las redes sociales, para poder enfrentar, con nuestros argumentos y nuestra verdad, la guerra de pensamiento que se nos hace, y que tiene hoy allí su frente principal.

La informatización de la sociedad representa un signo real de progreso, y quien no lo entienda se constituye en obstáculo al devenir histórico, pero comporta también un innegable desafío, tanto por sus infinitas posibilidades de llevar nuestro mensaje y nuestras ideas al resto del mundo, como por el impacto negativo que puede conseguir entre nosotros la guerra simbólica y cultural a que se nos somete. Sencillamente hay que prepararse, dotarnos de las herramientas necesarias para salir victoriososante este desafío y no pensar que si eludimos la confrontación ideológica o cultural, viviremos un régimen de absoluta pureza; pureza que, por demás, resultaría ilusoria.

Como nos dijera Fidel, no es posible construir el socialismo que queremos bajo una aséptica campana de cristal; estamos obligados a hacerlo a la intemperie, en contacto directo y lucha cotidiana con los gérmenes tóxicos de la sociedad y el sistema corrupto y enfermo que nos hemos propuesto superar.

Hoy, como nunca antes, la cultura es escenario de las más sofisticadas batallas en el plano ideológico. La hegemonía norteamericana en el campo de las llamadas industrias culturalescomporta una relación de dependencia acrítica y desnaturalizadora entre la mayor parte de la población mundial y los centros de poder simbólico y financiero de Estados Unidos. Los conglomerados mediáticos, con Hollywood comonoción de un tipo de cine ideológicamente reaccionario, comercial, enajenante y embrutecedor, constituyen la principal plataforma para poner en práctica el dominio de la subjetividad mundial y, de este modo, facilitar el señorío económico, político y militar del imperialismo. Paralelamente, se ha llegado a niveles sin precedentes, sencillamente inauditos, en la historia del sistema-mundo capitalista, con alguien tan repudiable como Donald Trump a la cabeza del imperio estadounidense.

Hoy, más que militar y económica, la hegemonía yanqui es cultural e informativa. La recolonización se pretende a nivel de sentido común. “Los dispositivos están llegando al centro mismo de la flor”, como intuía Cintio en memorable poema. El correlato ficción de Hollywood en el que los hechos y figuras históricas son brutalmente modeladas a imagen y semejanza de los mitos imperiales, no puede continuar prevaleciendo a escala global. No podemos permanecer impasibles frente a la bochornosa caricaturización de nuestros héroes y el sistemático desmontaje de nuestra historia que nos presenta Hollywood con su letal maquinaria de entretenimiento. Ser antimperialista hoy, comporta un estado de vigilia; supone revelarnos contra esa nueva forma de sujeción, contra esa dominación moral y cultural que se ejerce contra nosotros y de la que, sin apenas advertirlo, no pocas veces terminamos siendo víctimas. Los resultados y la utilidad de un congreso como este hay que verlos inscriptos también en el contexto de esa gran batalla cultural por formar un cubano más preparado, con capacidad de discernir y orientarse.

Resulta impostergable fortalecer y apoyar las opciones alternativas y contra hegemónicas que podamos producir. Una vez más, viene a ser nuestra unidad de acción y capacidad para entre todos generar una propuesta, la única alternativa posible. La Unión de Historiadores, el Instituto y la Academia de Historia de Cuba, junto a las instituciones del Ministerio de Cultura, las editoriales, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), los Museos, el Consejo Nacional de Patrimonio, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la Asociación Hermanos Saíz (AHS), la radio, la televisión, el sistema de educación del país, los diseñadores, comunicadores sociales y la prensa toda, tienen ante sí un gran reto, al tiempo que un campo inmenso para aportar en este terreno. Todos hemos de hacer causa común y conformar un frente único que le cierre el paso a la manipulación y la mentira y haga prevalecer la verdad sobre Cuba en todos los ámbitos.

La Revolución cubana, con su moral y dignidad intactas a lo largo de seis décadas, ha sustentado su propio proyecto alternativo frente a la avasalladora hegemonía estadounidense, y exhibe logros indiscutibles en sectores vitales como la salud, el arte, la literatura y la educación, para no hablar de otros ámbitos. De ahí la ferocidad con que el imperio arremete contra nosotros.

El imprescindible blindaje de la sociedad cubana ante el recrudecimiento de las amenazas imperiales, pasa por la necesidad de hacer visible la superioridad de nuestros valores y paradigmas, de nuestras figuras venerables, de modo tal queel altar de la patria cubana prevalezca sobre los modelos decadentes del imperio, por muy seductores que estos sean: A su andamiaje de estulticia y escapismo, debemos oponer nuestra imaginación y creatividad, la autenticidad e imantación de nuestra cultura. A su galería de famosos fetichizados, nuestra pléyade de figuras excelsas, naturales y humildes, cuyas vidas cimentadas en el patriotismo, la identidad, la cultura y la solidaridad consustancial a los cubanos, las hacen imperecederas y merecen convertirse en historias mejor conocidas. En esta labor de fortalecimiento denuestra identidad resulta muy importante que nos propongamos recuperar el culto y respeto a los símbolos patrios —para lo que será determinante la ley que se discute actualmente— y a un grupo de figuras y obras esenciales que han permanecido relegadas e, incluso, olvidadas durantelos últimos años. Tales carencias y omisiones son resultado de nuestros propios errores y, también, de la aviesa intención de quienes se han propuesto arrasar el sistema de valores y los paradigmas de rebeldía e independencia en que se sustenta la tradición cubana. Pretenden, no sin relativo éxito en determinadas zonas de nuestra sociedad, convertirnos en una masa amorfa e indeterminada, despojada de la consistenciafirme y legendaria de nuestros mambises y de la estirpe inclaudicable de los rebeldes de la Sierra Maestra.

Icemos aún más alto las figuras y el legado-bandera de Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, Mariana Grajales, Antonio Maceo, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez, Calixto García, Serafín Sánchez, Vicente García, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau, Antonio Guiteras, Jesús Menéndez, Abel Santamaría, Juan Almeida, Frank País, Vilma Espín, Celia Sánchez, Haydée Santamaría, Camilo Cienfuegos, Luis y Sergio Saíz, Ernesto Guevara y Fidel Castro, por solo mencionar algunos de nuestros héroes y heroínas más importantes. Hagamos ver también la vida y obra de nuestros escritores, artistas, pensadores, historiadores, cronistas y científicos relevantes, lamentablemente ignorados en no pocos de los foros que se realizan hoy a lo largo y ancho del país, para pesar de las instituciones y asociaciones profesionales. No podernos darnos el lujo de olvidar. Sería un acto no solo irresponsable, sino suicida.

Pensemos hoy en Céspedes, en su entereza y reciedumbre, muy por encima de las incompren¬siones que le tocó sufrir, ahora que celebramos el bicentenario de su nacimiento. Para defenderlo de antiguas y renovadas calumnias, valorémoslo como el hombre que fue, actuando en un específico contexto, el de un paisaje histórico social del cual no es posible sustraerlo. Veámoslo, en toda sudimensión humana y revolucionaria, de la mano de Martí, cuando de él dijo: “y no fue más grande cuando proclamó su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos.” Ese es el hombre, el patriota, el padre, el poeta, que permanecerá en nosotros para todos los tiempos. Porque Céspedes es vida.

Quisiera terminar estas palabras con un recordatorio elocuente, ahora que el gobierno de los Estados Unidos arrecia su campaña contra Cuba. Sabido es que en 1898 el Congreso de aquel país aprobó una resolución donde se autorizaba la intervención militar en la Isla con el supuesto propósito de “garantizar la libertad de Cuba”. En esos días de incertidumbre fue divulgada una carta en la que un subsecretario de guerra estadounidense, “confesaba” las verdaderas intenciones de la invasión:

Debemos destruir todo lo que esté dentro del radio de acción de nuestros cañones —decía la supuesta carta por algunos considerada apócrifa, aunque sintetiza de manera fiel el comportamiento de la mayor potencia imperialista—. Debemos concentrar el bloqueo de modo que el HAMBRE y su eterna compañera, LA PESTE, minen a la población civil y diezmen al ejército cubano. […] debemos crear dificultades al gobierno independiente, y estas, y la falta de medios para cumplir con nuestras demandas y las obligaciones creadas por nosotros, los gastos de guerra y la organización del nuevo país, tendrán que ser confrontadas por ellos […]. Resumiendo: nuestra política debe ser siempre apoyar al más débil contra el más fuerte hasta que hayamos obtenido el exterminio de ambos a fin de anexarnos la Perla de las Antillas.

Resulta curioso, sin embargo, que el memorando enviado el 6 de abril de 1960 por el subsecretario de estado Lester Dewitt Mallory, ante la consumada Revolución, empleara términos muy similares a aquellos:

No existe una oposición política efectiva en Cuba; por tanto, el único medio previsible que tenemos hoy para enajenar el apoyo interno a la Revolución es a través del desencanto y el desaliento, basados en la insatisfacción y las necesidades económicas. Debe utilizarse prontamente cualquier medio concebible para debilitar la vida económica de Cuba. Negarle dinero y suministros a Cuba, para disminuir los salarios reales y monetarios, a fin de causar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno.

Apócrifo aquel texto de 1898, pero muy real y vigente el memorando de 1960, expresan ambos la continuidad (manifiesta en los hechos o declarada de manera inequívoca) de la política imperialista hacia Cuba, en sus propósitos y medios.

Ciento veinte años después no han podido doblegar al pueblo cubano con ninguna de sus agresiones y amenazas. Aquí seguimos y aquí estaremos, serenos y alertas. La divisa de Céspedes mantiene hoy total vigencia: “el patriotismo y la unión son nuestros baluartes y bajo su amparo seremos invencibles”.

Para finalizar, apelo al que quizás sea el más íntimo de los testimonios, aquel que solo puede ofrecer la poesía y que expresa nuestra determinación:

Por esta libertad,
bella como la vida,
habrá que darlo todo,
si fuere necesario hasta la sombra,
y nunca será suficiente.

“La Revolución cubana no podrá ser destruida ni por la fuerza, ni por la seducción”. Como les dijo también Fidel: ¡No tendrán jamás a Cuba!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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