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La ideología de la Revolución cubana

¿Qué es ideología?, ¿qué entendemos por la ideología de la Revolución cubana?, ¿cómo se articula el pensamiento de Martí, Marx, Lenin y Fidel en la ideología revolucionaria de los cubanos? Es preciso señalar que en la Cuba de hoy el capitalismo global despliega una intensa guerra por la hegemonía cultural —a veces emplea los recursos que le son propios para su reproducción ideológica, y a veces, también, construye otros, especialmente dise­ñados para la Isla irredenta—, y para ello se apropia del lenguaje de la izquierda. Un requisito es indispensable: desideologizar (es decir, reideologizar en sentido inverso), deshue­sar, despojar los símbolos y los términos de la Revolución de su contenido revolucionario. Fidel insistiría siempre en la importancia y en la defensa de la ideología revolucionaria. “Las derrotas de la ideología —aseveró en 1971— se pagan con retrocesos en el camino de las revoluciones”, y en 1988, ante el “desmerengamiento” ideológico de los partidos comunis­tas de Europa del este, añadiría: “¿Pero es acaso abandonando los más elementales prin­cipios del marxismo-leninismo que puede perfeccionarse el socialismo?”. La situación de Cuba en el contexto latinoamericano es peculiar; después de 60 años de una Revolución victoriosa, la batalla se libra en el terreno ideológico: los medios trasnacionales intentan desarticular el consenso conseguido, que es el pilar de la unidad ideológica de la Revolu­ción. En este debate participan voces y generaciones diversas, no siempre en acuerdo: la destacada filósofa, doctora Isabel Monal Rodríguez (Sagua la Grande, 1931), Premio Na­cional de Ciencias Sociales 1998, directora de la revista Marx Ahora; el doctor Pedro Pablo Rodríguez (La Habana, 1946), historiador, Premio Nacional de Ciencias Sociales 2009, di­rector de la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí; el doctor Rubén Zardoya Loureda (La Habana, 1960), filósofo, ex Rector de la Universidad de La Habana; el doctor Miguel Limia David (Baracoa, 1952), filósofo, Miembro de la Academia de Ciencias de Cuba, director del Programa Nacional Científico-Técnico sobre la Sociedad Cubana Contempo­ránea; el doctor Carlos Delgado Díaz (Bauta, 1959), filósofo, ex Decano de la Facultad de Fi­losofía, Sociología e Historia de la Universidad de La Habana; y el doctor Fabio Fernández Batista, historiador, profesor de la Universidad de La Habana. La moderación del debate estuvo a cargo del director de esta publicación, Enrique Ubieta Gómez

DEBATE

 Enrique Ubieta Gómez: Los documentos del Par­tido destacan que la ideología de la Revolución cubana es marxista, leninista, martiana y fidelis­ta. ¿Cómo interpretar esa afirmación?

 Isabel Monal: Tal como yo lo interpreto, el pen­samiento de Fidel es esencialmente la ideología de la Revolución cubana. Es un pensamiento que, en lo fundamental, se nutre de Marx, de Lenin y de Martí, así como de todas las grandes tradicio­nes revolucionarias de Cuba y del continente. Las principales matrices son, pues, Marx, Lenin, Mar­tí y Fidel Castro; este último en la medida que engloba esas tradiciones y esos legados, que a su vez constituyen matrices.

Con el término matriz quiero expresar la idea de una fuente nutricia. El pensamiento de Fidel se nutre de las matrices indicadas, las desarrolla, pero no de una manera ecléctica, no en el sentido que a veces se confiere en Cuba a esta palabra, a partir de una expresión histórica muy específi­ca del pensamiento latinoamericano, sino en su sentido general, amplio, proveniente de la anti­güedad clásica griega. No se trata de una sopa ecléctica donde las matrices, las fuerzas nutrien­tes, se diluyen y pierden sus propios perfiles y sus estructuras. Esta unión, esta imbricación, o —si nos expresamos con una categoría muy pre­cisa—, esta articulación, no se verifica de forma ecléctica, sino que las matrices mantienen sus perfiles peculiares. Cada una de ellas es capaz de cubrir terrenos que la otra quizás no cubre; o un terreno puede ser cubierto por ambas matrices, de modo que es posible nutrirse de las dos.

En un discurso paradigmático pronunciado en la Universidad Carolina de Praga, Fidel ofrece una serie de pistas que me parecen esenciales. En este discurso se aprecia con claridad el peso del marxismo y del leninismo para el análisis, el diagnóstico, la interpretación y la elaboración a partir de las experiencias de Cuba y de América Latina. Se trata de un marxismo creativo, capaz de guiar con mano maestra la táctica y la estra­tegia de la Revolución cubana. A partir del estu­dio del marxismo en general, y sobre todo de El Estado y la Revolución de Lenin, Fidel es capaz de apreciar el papel de las clases, cómo actúa cada una de ellas. Pero él no se queda en Lenin, sino utiliza el método para hacer un análisis di­ferente, —eso es ser marxista—, de acuerdo con las condiciones específicas del país. Su visión del imperialismo es un ejemplo claro de la crea­tividad de Fidel en relación con el desarrollo de las posibilidades revolucionarias en América Latina. Y téngase presente que la Revolución es el alma del marxismo y es el alma, a mi juicio, del pensamiento de Fidel. No es posible com­prender el aporte de la Revolución cubana, es decir, cómo hacer la Revolución en condiciones totalmente distintas a las de otros países y con­tinentes, si no asumimos como gran aporte esa apertura para interpretar nuevas condiciones, siempre de una manera creadora, sin dogmatis­mos de ningún tipo.

La idea del imperialismo está en Martí antes que en Lenin. No me refiero a la teoría, sino pre­cisamente a la idea del imperialismo, incluido su fundamento económico. Pero es con Lenin que el pensamiento revolucionario logra, digamos, una primera teoría estructurada sobre el impe­rialismo que atraviesa todo el siglo XX, a la que aportan diversos teóricos y políticos, incluidos los latinoamericanos. En esta teoría ha habido una evolución; todavía hoy se siguen haciendo análisis. Fidel es capaz de percibir esa evolución y seguirla.

En la teoría del imperialismo se produce una imbricación significativa entre Martí y el legado marxista. Pues no hablo solo de la primera elabo­ración que hace Lenin, sino de toda la tradición que recorre el siglo XX hasta nuestros días. Una de mis discrepancias con la izquierda marxista latinoamericana es que a veces quiere aplicar el marxismo (el pensamiento de Gramsci, por ejemplo, que hoy tiene un gran valor), sin tomar en cuenta que estamos en un continente domi­nado por un imperialismo feroz. No veo cómo se puede interpretar hoy nada en el mundo sin una concepción y una teoría del imperialismo.

Recordemos esa idea fabulosa de José Martí: “Ha llegado la hora para la América Latina de su segunda independencia”; ligada, en mi opinión, a toda la teoría de la liberación nacional, de la justi­cia social y el antimperialismo. Sabemos que esta idea es anterior a Martí, existe desde la década de 1830. Pero es Martí quien le confiere su gran dimensión revolucionaria. No parece posible con­quistar esa segunda independencia sin el legado de los padres que a principios del siglo XIX funda­ron lo que hoy llamamos Patria Grande.

Con el marxismo solo no podemos trazar una estrategia de largo alcance. Una de las últimas ideas relevantes de Fidel está vinculada a la no­ción de lo alternativo: no solo los objetivos pue­den ser alternativos, también los procesos. Es una dimensión absolutamente fabulosa. La ver­dadera dimensión de esa idea, que es toda una clave para la teoría y la praxis de la Revolución en América Latina, es incomprensible si de alguna manera no se unen, se imbrican, o como yo (jun­to con Olivia Miranda) lo he llamado, se articu­lan, el marxismo y el leninismo con la tradición nacional y revolucionaria, en primer lugar, por supuesto, con el pensamiento de José Martí.

 

Enrique Ubieta Gómez: ¿Podría definirse en pocas palabras qué se entiende por ideología y por ideología de la Revolución cubana?

 Miguel Limia David: Partiré de una defini­ción de ideología de la Revolución cubana. En primer lugar, es un programa o paradigma his­tórico-cultural que constituye parte esencial de la identidad colectiva del pueblo cubano, confi­gurado históricamente sobre la base de su em­peño por lograr la independencia nacional, la emancipación social y la dignificación humana —individual y colectiva, en el ámbito interno e internacional—, el desarrollo económico, social y cultural del país, sobre la base de la justicia so­cial, la equidad y la inclusión, sin desigualdades y discriminaciones ilegítimas, la participación democrática y la sostenibilidad integral del modo de producción y de vida. En consecuencia, veo la ideología de la Revolución cubana como un fundamento o código conductual integral que guía la práctica revolucionaria y sirve de base espiritual a la cooperación social, a la imbrica­ción del individuo con la sociedad, en el proceso de desarrollo histórico.

El término ideología de la Revolución cubana no solo se refiere a la contemporaneidad, sino que la realidad espiritual en desarrollo que de­signa, ya podemos identificarla en su origen a fines del siglo XIX, como un fenómeno socioló­gico real, componente de la autoconciencia, de la sensibilidad, y de la mentalidad y conducta masivas; en una relación orgánica en sus oríge­nes con la psicología mambisa, con los posicio­namientos prácticos, con el desempeño cotidia­no de las clases, de los grupos, de las personas concretas que componen nuestro pueblo y han luchado por esos fines a lo largo de su historia. Por eso tiene una relación contradictoria con otras propuestas de plataformas paradigmáti­cas espirituales que han aparecido en el seno de la cubanidad sin tributar a esta misma finalidad revolucionaria, y por ende, no propias de la cuba­nía. Desde esta perspectiva, existen determinadas etapas de desarrollo de esa plataforma histórica, donde es posible diferenciar el aporte de Martí, Marx, Engels, Lenin y otros dirigentes revolucio­narios y pensadores cubanos, como Fidel y Raúl.

Coincido con lo expuesto por la Dra. Isabel Monal sobre el concepto de articulación orgá­nica de la herencia martiana con la marxista y leninista en este devenir. Muestra cómo se han enlazado dialécticamente esas producciones, aportando nuevos elementos cognitivos, valo­rativos y práctico-organizativos que tributan a cada momento histórico, ofreciendo respuesta a las preguntas claves que se ha planteado el pueblo cubano durante la lucha anticolonial, anticapitalista, antimperialista, en la construc­ción del socialismo, bajo los diferentes escena­rios históricos.

Vista así, la ideología de la Revolución cubana no es un stock ni un almacén de saberes, valo­res, símbolos y posicionamientos prácticos. Es un proceso dinámico de producción, circulación y reproducción de saberes, símbolos y valores, de posicionamientos prácticos que cohesionan al colectivo y sirven a la cooperación social para asumir las tareas de la independencia nacional, de la emancipación social, de la dignificación humana, del desarrollo de nuestro país. En ella el componente político ha tenido un papel de pri­mer orden, de enlace indivisible con el ético y el estético. Posee características distintivas esencia­les en cuanto al modo de fundamentar y construir el proceso de cooperación social en las distintas etapas del proceso histórico recorrido como co­munidad. Hasta ahí lo llevaría en este momento. Si es pertinente, luego trataré de precisar cuál es el valor del aporte de Martí, de Marx, de Engels y de Lenin.

 Rubén Zardoya Loureda: Pienso que lo pri­mero que debemos constatar al intentar dar res­puesta a las preguntas de Ubieta, es el carácter al parecer irremediablemente polisémico, del término ideología, que ha servido para designar las realidades más diversas, desde una supues­ta “ciencia de las ideas” en la obra de Destutt de Tracy y sus seguidores, hasta “sistema de concep­ciones e ideas” en los diccionarios y manuales a nuestro alcance, pasando por “falsa conciencia” en Marx y Engels (sobre todo en La Ideología Alemana) “teoría no científica” en los textos de Pareto, o “visión del mundo de un grupo huma­no”, expresión acuñada por Mannheim.

En atención al tiempo del que disponemos, propongo que saltemos por encima de esta ma­raña terminológica, de esta multiplicidad de sig­nificados, y nos concentremos en el concepto de ideología, es decir, en la comprensión de la esen­cia del asunto que se designa con ese término. Propongo, asimismo, que esto lo hagamos sobre la base de la concepción materialista de la histo­ria, en cuyos marcos el problema de la ideología y, en general, de las formas ideales de la actividad práctica humana, ocupa un lugar central. Pienso, a propósito, que en buena medida el marxismo es una crítica de las ideologías y es en sí mismo una ideología. Apenas debo aclarar que no uti­lizo el término en cuestión en el mismo sentido en que lo utilizaron Marx y Engels, repito, el de falsa conciencia.

De manera general podemos decir que la ideología es un proceso de fundamentación (en el sentido dialéctico de sentar el fundamento) de determinados ideales sociales. Hay ideología allí, y solo allí, donde se ponen en juego los ideales sociales, donde se producen, circulan y se con­sumen ideales sociales. Cuando hablamos de ideología, hablamos de génesis social y reali­zación de ideales, de confrontación y lucha de ideales o, lo que es lo mismo, hablamos de la realidad cuando se expresa en ideales, tiende a los ideales o se aparta de ellos, es contrastada con ellos. Lo restante son precisiones, especifi­caciones, concomitancias.

¿Qué es un ideal social? Es una imagen en la cual aparecen solucionadas las contradicciones que gravan la actividad de los seres humanos, las relaciones sociales, una situación socio histórica dada, pletórica de necesidades insatisfechas. Como tal, esta imagen constituye una finalidad capaz de unificar y organizar la actividad de unos u otros grupos, sectores, clases sociales y comunidades en torno a la tarea común de llevarla a la vida.

En sentido estricto, ideal e ideología son dos modos de aprehender una misma realidad. En el caso del ideal, esa realidad se refleja estáti­camente, como producto, como resultado; en el caso de la ideología, es fijada dinámicamente, como movimiento, como proceso. ¿De qué reali­dad hablamos? De la realidad de la formación de la subjetividad humana y la socialización de los individuos. En esencia, la función de la ideología es formar las capacidades activas de los seres humanos en correspondencia con los esquemas ideales que norman el comportamiento social­mente significativo de grupos, sectores, clases y comunidades. Su destinación es capacitar a los sujetos sociales para la acción socialmente sig­nificativa, en correspondencia con los imperativos que dimanan de uno u otro ideal social o conjunto de ideales sociales.

Los ideales hacen pasar por el tamiz de clase, y a través de este, de grupo, género, etnia, comuni­dad, todo discurso, gusto estético, norma moral o jurídica, todo mitologema, todo filosofema, toda verdad (o error) científica; articulan la diversi­dad de formas de producción espiritual en una configuración ideológica única; se realizan, o po­tencialmente se realizan, a través de todas estas formas. Desde esta perspectiva, la ideología no se circunscribe en una esfera independiente de la producción de ideas, sino constituye una deter­minación sustancial de todos los modos de pro­ducción espiritual existentes en las formaciones sociales antagónicas. En virtud de esta omnipre­sencia, la ideología es un poderoso medio para la configuración del universo mental de los individuos, para la modelación de sus esquemas de pensamiento, la organización de su actividad psíquica con arreglo a determinados fines, la fijación de los límites de la experiencia e, incluso, de la percepción, la asignación de sentido a las nociones del bien y el mal, lo bello y lo feo, lo legal y lo ilegal, lo sagrado y lo profano. Asimismo, constituye un factor determinante de todas las formas de la actividad humana, de todas las instituciones sociales y todas las modalidades de la cultura; un instrumento inmanente del proceso de producción social.

A esto se asocia, creo yo, el carácter limitado de las concepciones que reducen la ideología a la política; si bien en esta última confluyen, de una u otra forma, todos los modos de producción de ideas y toda construcción ideológica. En mi opinión, junto a la ideología expresamente política, existen formas no menos eficaces de sentar el fundamento de los ideales sociales, y con toda propiedad puede hablarse de ideologías mitológicas, religiosas, jurídicas, éticas, artísticas, filosóficas, científicas. Se trata de ideologías fundadas —o fundadas de forma preponderante— en el mito, la religión, el derecho, la moral, el arte, la filosofía, la ciencia. Apréciese, por solo aducir un ejemplo, la carga ideológica de estos versos: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar / El arroyo de la sierra me complace más que el mar”; o bien: “Si amar piensas al amarillo rey de los hombres / ¡no vivas, hijo!”. Aquí sentar el fundamento de un ideal social no significa en modo alguno operar en correspondencia con las reglas de la lógica formal o de la dialéctica.

Desde el punto de vista que hemos bosquejado, al hablar de ideología de la Revolución cubana, hablamos, ante todo, de los ideales sociales de nuestra revolución. A la formación y fundamentación plural de estos ideales han contribuido, desde los albores de la nacionalidad, muchos universos culturales, no solo los mencionados — el pensamiento de Marx, de Lenin, de Martí y de Fidel—, pero concuerdo plenamente con Isabel cuando dice que estas son las cuatro matrices fundamentales.

Una república con todos y para el bien de todos, cuya ley primera sea al culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre, donde el bien, la verdad y la justicia configuren un todo único. Así podría sintetizarse el ideal social que dimana del pensamiento y la obra de José Martí, síntesis creadora, en el siglo XIX, del pensamiento patriótico cubano y, en buena medida, latinoamericano y universal. A ello están indisolublemente vinculados todos los valores de la Revolución —y de la nación— cubana, en primer lugar, el antimperialismo, la independencia y la soberanía nacional. Es remarcable el carácter eminentemente ético de este ideal, asociado a la idea de la educación como fuente de cultura.

Desde las primeras décadas del siglo XX, con este ideal se articulan (como enuncia Isabel) la concepción materialista de la historia y la teoría de la plusvalía, según Engels, los dos grandes descubrimientos científicos de Marx. Y se articula también una teoría política sui generis, asentada en la noción de contradicción entre las clases sociales (o lucha de clases, según la expresión popular). Al integrarse el marxismo con los ideales de la Revolución cubana (la que dio inicio en 1868), el antimperialismo deviene anticapitalismo, rechazo a toda forma de explotación, dominación, fetichismo y enajenación de los seres humanos.

En el pensamiento y la actividad práctica de Lenin se acentúa el momento de la subjetividad revolucionaria y su necesaria organización para la lucha contra el capitalismo. El leninismo — gústennos o no los ismos— es ante todo el marxismo revolucionario, enfrentado a toda clase de marxismos o seudomarxismos reformistas. El marxismo revolucionario en la época del imperialismo, en las condiciones de lo que hoy llamamos subdesarrollo, en lucha contra un enemigo infinitamente más poderoso. Un marxismo que mira hacia las colonias y semicolonias, hacia los pueblos neocoloniales, o como se ha dicho, que entra en lo que luego se llamaría Tercer Mundo armado con una sólida teoría sobre el imperialismo. Un marxismo que en su accionar práctico tiene como nodo central la noción de partido de nuevo tipo, al que Eric Hobsbawm llamó la mayor obra de ingeniería política del siglo XX, y que vale la pena estudiar en relación con el par­tido que fundara Martí y con nuestro propio par­tido. En muchos de sus elementos decisivos, lo que el líder bolchevique llamara partido de nue­vo tipo continúa siendo un ideal. Por último, no me resisto a la tentación de destacar en el gran océano del pensamiento de Lenin la idea —tan­tas veces citada— de que el marxismo no es un dogma, sino una guía para la acción, o como ex­presara en su artículo “La guerra de guerrillas”, es el análisis concreto de la situación concreta.

Este último elemento me parece decisivo en el pensamiento de Fidel que, como dijera Isabel, constituye una síntesis creadora de todo lo ante­rior que hemos dicho. Pienso que es justamente la orientación de su pensamiento, más allá de cualesquiera “verdades establecidas”, hacia el análisis concreto de cada situación concreta lo que le permite realizar esta síntesis, enriquecer­la con nuestra propia experiencia y trazar una estrategia de lucha adecuada a la singularidad histórica de la Revolución cubana.

 Carlos Delgado: Nos preguntan qué enten­demos y voy a responder lo que entiendo. Es de­cir, no me voy a referir al objeto, sino a lo que yo entiendo. Primero, la ideología es algo vivo, no depende solo de sus fuentes, depende también de los contextos. Yo supongo que debamos res­ponder también a la pregunta de cómo cambia la ideología en su tiempo histórico, que no es cronológicamente el del reloj, sino el de su vigen­cia. Ahora, las fuentes de una ideología marcan el devenir, el derrotero de ese proceso, qué se está ar­gumentando con esa ideología y sobre todo, más que argumentando (porque no creo que la ideolo­gía argumente), a qué está convocando, a qué está movilizando. La ideología llega a través de fórmu­las que pueden ser entendidas hasta por la última persona, por la que tenga el nivel de educación más básico, y pueda movilizarla. Esto hace que las ideas ideológicas sean muy fuertes por su capaci­dad de convocatoria y al mismo tiempo, sean muy débiles por su argumentación en sí mismas.

La argumentación de las ideologías la tene­mos en la doctrina. En este sentido, la ideología de la Revolución cubana tiene una doctrina de­trás. Yo coincido con la idea de la centralidad del pensamiento de Fidel Castro como líder histórico de la Revolución, pero también como una perso­nalidad con una capacidad genial para conec­tar áreas distantes de la vida social. Un político cualquiera te puede conectar la importancia de la ciencia con el proceso político o la importan­cia de la ciencia para la Revolución cubana. Fidel Castro no solo hace eso, sino también conecta la importancia de la ciencia con la vitalidad de cada uno de los ciudadanos de Cuba que quie­ren el cambio social. Y lo hace en 1959, desde el inicio de la Revolución. Por eso te lo encuentras al final de su vida hablando del libro de Stephen Hawking, lo cual a nadie le resulta sorprenden­te. Ahí hay un pensamiento político, una doc­trina política que sirve de base a una ideología, que sí se aparta del pensamiento de Fidel, o del pensamiento de Martí o de cualquier otra perso­na, porque la ideología vive en la gente. La gente toma la fórmula y la entiende a su manera. Y eso produce cambios, algunos muy positivos, cuando determinada idea se hace carne de las personas y las moviliza; por ejemplo, la idea del trabajo voluntario del Che, que no llega a la gente como una teoría científica ni como una doctrina políti­ca, sino como una convocatoria ideológica para el tipo de sociedad que quieres construir.

Toda ideología, no solo en el caso de la ideolo­gía política como tal, sino también aquellas que tienen que ver con la estética o con la religión, puede caer en ciertas manos que producen una desviación. En ello radica también la vitalidad de las ideologías. Para mí, la mención al marxismo, al leninismo, a Martí y a Fidel Castro, significa sobre todo convocar las fuentes que conectan la ideolo­gía de la Revolución cubana con el pasado históri­co de Cuba. Eso es sumamente importante.

Cuando, en 1978, yo llegué a la Unión Sovié­tica, me sorprendió que la Revolución soviética pareciera haber comenzado desde la cabeza de Marx y Engels, del trabajo de Lenin, los bolchevi­ques y las circunstancias del 17. Toda la historia anterior de Rusia, excepto la de los demócratas revolucionarios rusos, tales como Chernichevski y Dobroliuvov, entre otros, era historia muerta, no aportaba nada.

Eso nunca pasó en la Revolución cubana. La Revolución cubana de 1959 siempre conectó con las raíces históricas del pueblo cubano y de la nacionalidad cubana. Ahí está Martí como un símbolo fundamental. El marxismo, por supues­to, también es una fuente fundamental, porque el marxismo es una teoría que da argumentos sólidos para pensar el cambio social. Y lo mismo puede decirse del leninismo, porque no hay una experiencia histórica para el cambio, sostenida en el tiempo, que no sea la del leninismo. Tene­mos la Comuna de París, pero esta apenas duró unos instantes. La Revolución se verifica en Rusia y el cambio de construir un Estado nuevo se pro­duce en Rusia, comienza con Lenin. Entonces ahí hay una fuente de la Revolución real, del marxis­mo hecho carne en el proceso político, del cual la Revolución cubana bebe.

Yo coincido con Isabel en el sentido de que la síntesis, la articulación —usando el concepto que ellos han elaborado, yo no lo he trabajado a fondo como para copiarlo o desecharlo—, no se da en el pensamiento de Martí, porque ya Martí no está, no se da en el pensamiento de Lenin ni de Marx, se da en el pensamiento de Fidel que es el líder de la Revolución. De ahí la centralidad de Fidel, aunque no creo que la ideología de la Re­volución cubana sea reducible a su pensamiento.

Tengo dos elementos de diferencia: el prime­ro es que no pienso que la ideología se dé en el nivel de la doctrina. Hay tres grandes sistemas de ideas: teoría científica, doctrina e ideología. Las ideas —puede que las personas crean que andan sueltas en su cabeza—, siempre se enmarcan en uno de esos sistemas de ideas.

Una doctrina puede ser de carácter político, pero también de carácter estético o ético. Se trata de un conjunto de ideas argumentadas. No tiene la forma de las teorías científicas, pero tampoco la forma simplificada de la ideología o del postulado ideológico. Los postulados ideológicos que convo­can, por necesidad tienen que ser simples.

En la teoría se ha dicho muchas veces que la ideología es una conciencia falsa. Eso ha tenido sus justificaciones, pero a mi juicio, es erróneo afirmar que la ideología es falsa, porque la ideo­logía expresa una verdad, es una verdad que tiene argumentación histórica en la doctrina política. ¿Dónde la encontramos? En un tratado de política, en el discurso de un político, en el pensamiento, en el epistolario de ese político. Es decir, la doctrina no tiene que estar constituida académicamente como doctrina científica. Pero no funciona socialmente de la misma manera que la ideología, porque muchas personas no la entienden. La ideología sí funciona socialmente de una forma muy amplia. Un ejemplo muy sim­ple de la Revolución cubana es la famosa frase del Che: “La calidad es el respeto al público”. Eso fue lo que dijo, pero lo que socialmente funcionó y llegó a la gente, es que la calidad es el respeto al pueblo. Esa es la fórmula ideológica, la que llega a todo el mundo. Público es el que está ahora com­prando aquí o allá. Pueblo somos todos. Alguien reformuló la idea, la hizo llegar y se reconoció so­cialmente en esa forma ideológica.

A mí me da la impresión de que se ha habla­do de la ideología mezclando el elemento ideoló­gico con el de la argumentación de la ideología que está en la doctrina política. Digamos que en El Capital de Carlos Marx no aparece la ideolo­gía, sino la doctrina política y la teoría científica, juntas las dos. Ahora, en una declaración política como el Manifiesto del Partido Comunista, hay una carga mayor de verdad de tipo ideológico que de tipo doctrinario. Eso con respecto a la pri­mera pregunta.

Ahora, ¿qué le aporta José Martí a la Revolu­ción cubana? Le aporta, en mi opinión, poesía revolucionaria, altamente capaz de evocar el sen­timiento, y revolucionaria en el sentido de que está conectada con la vida. Esa unión de la vida política con la idea de la mejora de la sociedad, con la utopía, ese es un aporte del pensamiento martiano que entra y se queda. Es un aporte muy importante.

Ya abordé el punto de qué se entiende por ideo­logía. Para mí es uno de los tres grandes sistemas de ideas que tiene sus características y que res­ponde a necesidades muy profundas del ser hu­mano. Cuando hablamos de ideología —ya sea de ideología política o de ideología religiosa— no hablamos de algo superfluo, de algo que alguien inventó. La ideología de la Revolución cubana no fue inventada para embaucar a nadie. El pueblo cubano necesitaba cambiar sobre la base de un conjunto de ideas que le dieran visión de futu­ro y es en ese contexto que un conjunto de ideas bien elaboradas, pensadas a nivel de doctrina con argumentación, con fundamentos científi­cos, pueden llegar a movilizar a ese pueblo. Eso mismo pasa con las ideologías de tipo religioso, por ejemplo: siempre hay una necesidad, no es un tipo de sistema de ideas del cual nos poda­mos librar en esta etapa histórica.

Ahora bien, es muy importante, a mi juicio, no caer en una visión dulce de la ideología. Como el mensaje ideológico tiene la posibilidad de ser recepcionado por sectores sociales diferentes, con diferentes accesos a la toma de decisiones, con diferente nivel de comprensión de la ideología, se puede dar en una sociedad todo tipo de fenó­menos con respecto a un postulado ideológico: malas interpretaciones, simplificaciones absolu­tas. Por cuanto la postulación ideológica siempre va a ser simplificada para que todo el mundo la entienda, no puede presentarse en la forma de la teoría o de un discurso muy abstracto. Ello no solo le confiere a la ideología una desventaja (en el sentido de que es menos exacta que una teo­ría científica), sino le da también una gigantes­ca ventaja. Donde está el defecto está la virtud: la ideología, precisamente porque es imprecisa y simplificada, puede abarcar, llegar a la con­ciencia de millones de personas. Por eso es tan importante cuidarla. Si se descuida la ideología, estamos perdiendo el vehículo de comunicación con millones de personas, que pueden ser par­te de la causa y, sin embargo, apartarse de ella, como consecuencia de que el mensaje ideológico no llega. No hay una obra de Lenin —que es uno de los primeros que convierte este tema en un tema de política— donde el tema de las consig­nas no esté presente como una cuestión crucial, porque en las consignas va el mensaje ideoló­gico que pueden captar las personas comunes. La mayoría de las personas no son ni académi­cos, ni teóricos, ni funcionarios; la mayoría está en su vida cotidiana y es la fuerza que mueve el cambio. Por eso es tan importante el trabajo ideológico, que no se reduce a trabajo de adoc­trinamiento, sino a hacer comprensible la verdad revolucionaria para que sea atractiva y pueda ser acogida en la transformación de la sociedad. Yo creo que esa es una dignificación de la ideología que siempre tenemos que hacer.

De continuo aparece el discurso de que la ideología es falsa, que es una falsa conciencia. Eso en la ciencia puede tener una interpretación, pero en realidad la ideología cumple funciones sociales muy importantes, también la no revo­lucionaria; por eso dónde no está nuestra ideo­logía, como decía García Galló, no hay un vacío, siempre hay otra.

La ideología de la Revolución cubana es el conjunto de ideas que expresan el cuerpo bási­co para la movilización social, para la acción de cambio que llamamos Revolución cubana. Un cuerpo básico de ideas movilizadoras.

Ahora, la ideología no solo tiene fuentes. La ideología tiene un contexto. Las fuentes per­manecen, los contextos cambian. Por tanto, la ideología tiene una dialéctica de estabilidad y de cambio que es muy complicada. La ideología que ha llegado a millones de personas tiende a no querer cambiar, a convertirse en verdad úl­tima, y las necesidades de la sociedad tienden a demandar también cambios en los postulados ideológicos. Por eso a veces dentro de un proceso político —yo creo que nosotros estamos viviendo esa época—, el momento de cambio en la ideolo­gía muchas veces necesita de un trabajo muy sis­temático para que pueda llegar a ser entendido por las personas, porque no todo el mundo está viviendo existencialmente las circunstancias de la manera en que puedan ser entendidas por la política o por la ciencia.

Esa dialéctica del cambio y la estabilidad en la ideología a veces nos pone trampas mortales. Podemos quedar atrapados en temas como el del aborto. Uno ve discusiones en otros países sobre este tema y se pregunta: “¿De qué estamos ha blando?”. A estas alturas están discutiendo con argumentos de la década de los años veinte del siglo pasado. Ahí se manifiesta la resistencia ideológica. Lo mismo ocurre con la apropiación de una idea política nueva. En todo ello hay una dinámica muy interesante y muy delicada den­tro de la ideología que ya está establecida.

 Enrique Ubieta Gómez: La ideología de la Revolución (en los siglos XX y XXI) surge, se ali­menta y crece en guerra frente a la ideología del capitalismo, que es hoy hegemónica y esencial­mente contrarrevolucionaria, y que cuenta para su reproducción con los medios trasnacionales de influencia y la industria del entretenimiento en todas sus variantes. El mismo televisor que trasmite un discurso de Fidel, una hora más tarde trasmite una película cuyo contenido ideológico, enmascarado —y eso lo hace más peligroso—, conduce en sentido contrario las emociones, los deseos, y las ideas del espectador.

La ideología revolucionaria, aun cuando sea la vencedora en una Revolución, convive en per­manente combate con la ideología contrarrevo­lucionaria. No llega empaquetada como regalo de cumpleaños: avanza entre obuses y minas enemigas. Y evoluciona, porque debe construir y destruir consensos, los que favorecen y los que entorpecen el curso revolucionario. El carácter socialista de la Revolución cubana no se decla­ró en 1959, hubo que esperar hasta 1961, hasta que se produjeran las condiciones de consenso necesarias. Pero los consensos ideológicos ni se mueven ni se construyen solos; cuando los revolucionarios, en lugar de construir los suyos, se dedican a administrar los que “espontánea­mente” surgen, pierden la Revolución: no existen consensos espontáneos, estos no solo son el re­sultado de realidades nuevas o no superadas; en su reconstrucción trabajan, a toda hora, las tras­nacionales de la (des)información.

A veces, la puja hace que “lo revolucionario” gane terreno; a veces, “lo contrarrevolucionario” recupera posiciones. En ello influyen muchos factores de contexto, endógenos o exógenos. Para vencer, es imprescindible que la realidad re­volucionaria —no los elementos contrarrevolu­cionarios que subsisten o resurgen en esa misma realidad— muevan la ideología a su ritmo. Pero ¡cuidado!, esos elementos ideológicos no revolu­cionarios presentarán a los revolucionarios como rémoras, como dogmas que deben ser superados. Cuando se reclama el abandono de ciertos postu­lados ideológicos a nombre de la Realidad, hay que discernir si se trata de la realidad que avanza o de la que retrocede. No se trata, es cierto, de la mayor o menor comprensión de la teoría científica que tenga cada individuo. Cuando alguien asume la ideología de la Revolución, consciente o incons­cientemente asume, no importa si desde un muy deficitario conocimiento, el legado de Marx, En­gels y Lenin y de otros pensadores y políticos; ese legado está implícito en la comprensión revolu­cionaria del mundo de hoy, y en las metas que nos proponemos. Por otra parte, cuando Fidel hablaba en la Plaza, hacía doctrina y teoría y ejercía la pe­dagogía popular, explicaba una y otra vez, desde un punto de vista y desde el otro, una idea que se integraba al arsenal ideológico revolucionario del pueblo. ¿Dónde hallar la doctrina política fidelista si no es en sus discursos, en sus magistrales clases de ideología revolucionaria?

Pedro Pablo Rodríguez: Yo creo que las ideo­logías son, ante todo, procesos histórico-sociales; y si las entendemos como tales, de alguna mane­ra tenemos que admitir lo que Carlos decía al fi­nal: que no son estáticas, van sufriendo también transformaciones.

En los procesos sociales que llamamos ideolo­gías no entran solamente ideas con un alto nivel de elaboración teórica, sino también cosas tan importantes como los símbolos, los valores y los sentimientos. Cuando entran estos elementos imprescindibles para la transmisión ideológica, estamos ya en el terreno de las individualidades. Cada persona vive las ideologías, o las expresa, según su leal saber y entender, como se decía en el siglo XV. Estas son cuestiones que suelen olvi­darse cuando abordamos el tema que nos ocupa.

Yo pienso que la ideología de la Revolución cuba­na es la misma desde 1959 hasta hoy, y sin embar­go, no es exactamente la misma, porque ha habido momentos, si nos remitimos a la pregunta inicial ­de Ubieta, referida a “sus fuentes y sus partes integrantes”, en que unas de estas han primado so­bre otras. En la época de la intimidad con el campo socialista, por ejemplo, primó el marxismo. Ha­bría que preguntarse si era el marxismo de Carlos Marx. Fue una época en que parecía que se estaba dejando de lado a Martí, aunque Fidel Castro in­sistiera siempre en su vigencia.

Como nos sucede hoy, hay personas que, sin hablar de marxismo, no dejan de expresar de algún modo una ideología de la Revolución o la tratan de expresar a su manera. Yo no me atreve­ría a decir que son contrarrevolucionarios, diría más bien que se trata de compañeros que sien­ten y viven los símbolos de la Revolución, pero no lo hacen desde las ideas de Marx. Cuánta gente, a veces con ingenuidad —y no hablo de personas con una formación teórica—, tiende a decir, por ejemplo, esa frase maldita de que “siempre ha habido y habrá pobres”, con la que reflejan una realidad que tenemos en el país, con índices de pobreza que no existían en los ochenta. Muchas de las letras del reguetón, entre otros, son expre­siones sociales de estos fenómenos.

En el pensamiento de Fidel —y aquí coincido con lo que dijo Isabel al inicio—, está la síntesis de la Revolución cubana desde el punto de vis­ta de sus ideas, y yo diría que hasta de su teoría. Creo que en él hay un pensamiento teórico, ex­presado a través del lenguaje de un político, de la práctica social de un político, de un hombre que fue capaz de hablar sobre una enormidad de temas y de hacerlo desde una postura por lo ge­neral invariable. Podía cambiar alguna postura en el plano de la acción política —como todo po­lítico se ve obligado a hacer, por las circunstan­cias, los contextos—, pero las líneas básicas del pensamiento de Fidel son las mismas, aunque haya madurado ideas y aumentado su acervo de conocimientos en el plano teórico y cultural. To­dos sabemos que fue un gran lector, un hombre que tenía la capacidad de asimilar una cantidad tremenda de conocimientos, incluso en el plano de las llamadas ciencias puras.

Ello contribuyó decisivamente a establecer estas fuentes: a Martí por un lado, y a ciertos marxistas, por otro, sobre todo a Marx, Engels y Lenin. Pero no cabe duda que Fidel es la persona que logra sintetizar esto y hacerlo comprender en el plano ideológico.

Ahora bien, siempre hemos dicho que el mar­xismo es una labor de ideología y de teoría, las cuales a mi juicio son inseparables, a no ser que pretendamos emprender determinado estudio científico, pero en la expresión social del movi­miento marxista, de los pensadores y los políticos marxistas, lo ideológico y lo teórico son inse­parables. Consciente o inconscientemente, los elementos ideológicos se utilizan en las luchas políticas por todos los bandos.

En Martí también hay un pensamiento teó­rico, quizás no suficientemente estudiado; hay una filosofía, no suficientemente estudiada. Yo sé que la edición crítica de su obra no me dejará tiempo para ello, pero llevo tiempo tratando de anotar, de demostrar, que existe un apara­to conceptual en Martí, y de definir cuál es ese aparato conceptual. Yo no diría que lo que apor­ta Martí es una poética de la Revolución, pero sí es preciso insistir en que Martí piensa de mane­ra distinta a lo que establece el mundo moder­no. La racionalidad martiana no es aquella que busca expresar limpiamente, más allá —por en­cima, apartada— de lo que está sucediendo en el plano práctico, cómo apropiarse de esa rea­lidad. Él lo trata de hacer desde adentro y con un lenguaje que, si bien es poético, expresa su voluntad de no dejarse atrapar por la concep­tualización propia del pensamiento filosófico e incluso científico de su época. De ahí su rechazo, por un lado, al positivismo, y, sin embargo, su reconocimiento del enorme papel de la ciencia. Eso le permite, a mi juicio, establecer un aparato conceptual distinto.

Cuando, por ejemplo, habla de “república nue­va”, nos está diciendo que no es una república como las de América Latina, y ni siquiera, diga­mos, como la francesa de la época. Algo análogo ocurre con la expresión “nuestra América”. ¿Por qué no decir América Latina?, ¿o América espa­ñola? “Nuestra América” dice, y ahí está el ensa­yo donde explica con precisión por qué.

Así, pues, yo creo que las ideologías de alguna manera se van conformando a partir de la apro­piación de elementos teóricos, pero no expresán­dolos necesariamente en el plano teórico. Digo que no necesariamente, porque en ocasiones es posible que aparezcan elementos teóricos, pero subordinados a los mecanismos propios de los símbolos, de los sentimientos, que son factores muy importantes para explicar la vida práctica de las personas. Nadie se monta en una guagua pensando en teoría. Incluso nadie, cuando con­versa cotidianamente sobre los problemas del país, piensa en un plano teórico.

La Revolución cubana, desde el principio, ha contado con las fuentes señaladas porque hubo una voluntad y una claridad meridiana en Fidel; y siempre tuvo alcance continental y universal. Los sesenta parecían ser la época de la revolución latinoamericana, lo que era también una mane­ra de provocar la revolución mundial, de acabar con el capitalismo. Quien mejor lo dijo fue el Che Guevara: “crear dos, tres, muchos Vietnam”. Nuestra manera de contribuir a lo que hacían los vietnamitas era crear una revolución a escala continental. Esa línea fracasó en América Latina, por una y mil razones, pero ello no provocó que la Revolución Cubana perdiera su sentido con­tinental y, a través de este, su sentido universal. Todo esto viene dado por una interpenetración de raíces, propósitos y alcances. Las raíces, en líneas generales, han sido estas. Tal vez encon­tremos otros elementos en el siglo XXI; quizás en 1959 Fidel Castro no podía aún manifestarse, como en la reunión de Río, sobre los problemas ecológicos. Eso pone de manifiesto que Fidel fue capaz de entender, de estudiar y de asimilar, a partir de sus propias fuentes, el ecologismo o el ambientalismo, como queramos llamarlo.

También pudiéramos hablar del reconoci­miento de Fidel a la Teología de la Liberación. Fi­del asimilaba continuamente formas de pensar que podían ser incorporadas a la propia expre­sión teórica e ideológica de la Revolución cubana.

Estamos viviendo hoy una época en que las circunstancias son otras, y nuestra ideología tiene que asimilar esas nuevas circunstancias. Varias generaciones de este país se educaron en una ideología contraria a la propiedad pri­vada sobre los grandes y hasta sobre los peque­ños medios de producción. Solo subsistieron las cooperativas campesinas. Hoy nos encontramos con que el Estado revolucionario y el Partido han abierto espacios no solo a la propiedad privada en el país, sino a la propiedad extranjera, a que el gran capital intervenga en Cuba, porque lo nece­sitamos en cantidades masivas. Eso nos obliga a ciertas adecuaciones ideológicas.

Por último, quiero decir lo siguiente: no es lo mismo una ideología que lucha contra un sis­tema, que una ideología que se oficializa por el sistema, que deviene en poder, tanto que nues­tro partido se define como marxista, leninista y martiano. Tenemos una ideología que, según la Constitución, es el centro del poder en el país, y es la que impera, impulsada por el Partido, por los medios, por la enseñanza. Surge entonces la pregunta: ¿cómo opera como crítica social? Este es uno de los problemas que entraña ser marxis­ta en una sociedad socialista. Quizás ese fue uno de los grandes problemas de la Unión Soviética. ¿Cómo lograr que el filo crítico del marxismo y que el filo crítico de José Martí (Martí es un láti­go y es de los pocos pensadores y políticos que siempre priorizó al individuo, que jamás se ol­vidó de los individuos) actúen en la sociedad? ¿Cómo trabajar con una ideología que sea a la vez crítica y sostén?

 Fabio Fernández: Primero, una pregunta po­siblemente un poco hereje: ¿hay una sola ideo­logía de la Revolución cubana? Es una pregunta que podemos formular en el contexto actual, pero también remitirla a la década de los sesen­ta, o a finales del siglo XIX. La historia nos dice que una respuesta simplista a esa interrogante es riesgosa. Voy a poner un ejemplo: Blas Roca y Raúl Roa compartían su apoyo al proyecto re­volucionario, pero ¿compartían la misma ideo­logía? Y conste que ambos se ubicaban en el universo del marxismo.

 Enrique Ubieta Gómez: La ideología de la Re­volución no es la originaria de alguno de sus pro­tagonistas, ni la suma de todas ellas, aunque sus portadores reflejen más una u otra fuente. Posee una calidad nueva. A ella se llega por disímiles caminos. Pero la procedencia ideológica queda relegada a un segundo plano cuando se acepta la línea consensuada, desde la más absoluta ra­dicalidad, por la Revolución, el liderazgo de Fidel y el nuevo y unitario Partido Comunista. En ese sentido, aunque un historiador no deba obviar los matices diferenciadores, en mi opinión, todos compartían la misma ideología.

 Fabio Fernández: Eso es interesante. Incluso, la propia frase de Fidel referida a que él se convirtió en un bordador de la unidad, capaz de construir un conjunto de consensos en torno a un grupo de cuestiones por encima de diferencias ideológicas previas que, aunque no llegaban a ser tan signifi­cativas que implicaran un desgarramiento, esta­ban a la vista.

Los historiadores solemos trabajar con con­ceptos menos estructurados que los de los filó­sofos. Cuando a mí me hablan de la ideología de la Revolución cubana, como historiador me coloco ante el pensamiento revolucionario cu­bano, un término que usamos mucho más en Historia. Y ese pensamiento tiene dos líneas centrales: por una parte, está el nacionalismo radical cubano que se gesta en el proceso de formación de la nación y que desemboca en el antimperialismo. El ejemplo de Martí es elo­cuente, aunque no se trata solo de Martí, cuya mirada es la más profunda, la que permite en­tender ideas que conectan con el antimperia­lismo leninista. Hay otra línea de pensamiento interesante dentro de la tradición del nacionalis­mo radical cubano: la antinjerencista. Incluso, los anti injerencistas pueden considerarse pre­cursores del pensamiento antimperialista. Aho­ra, es posible encontrar en nuestra historia figu­ras de proyección nacionalista, anti injerencistas convencidos, que no asumieron una posición ra­dical en relación con las cuestiones sociales en el interior del país.

 Enrique Ubieta Gómez: Define lo que entien­des por nacionalismo radical cubano

Fabio Fernández: El nacionalismo radical es la apuesta sostenida por la soberanía cubana frente a los poderes externos y por un proyecto de transformación social en beneficio de los de abajo. Martí es un símbolo de ese nacionalismo radical que no acepta ningún tipo de contempo­rización con los poderes externos y se acompaña de un proyecto de transformación que subvierte las estructuras en favor de los oprimidos. Esa es una línea, una fuente de la Revolución. La otra es la singular apropiación cubana, marcada por los contextos históricos, del pensamiento marxista, un fenómeno que empieza a finales del siglo XIX y avanza durante el siglo XX de manera contra­dictoria; que entra a veces en diálogo creador pero también difícil con esa línea que viene del nacionalismo radical. Aquí hay figuras como Me­lla, como Villena, imprescindibles si pensamos en la ideología revolucionaria. Creo que la clave es entender a Fidel como una síntesis de todo ese pensamiento.

Cuando pensamos en la ideología, no se puede perder de vista un componente esencial como el debate ideológico y lo importante que es la conformación de una ideología en el mar­co de su contraposición con los postulados de una ideología distinta Esto es algo fundamental para entender lo que ha sido la ideología de la Revolución cubana. Pienso, por ejemplo, en el de­bate decimonónico entre el independentismo, el reformismo, el autonomismo y el anexionismo, una relación compleja a partir de que casi todos se movían bajo el gran paraguas del liberalismo. O entender, por ejemplo, esa ideología que en el siglo XX está mezclando, integrando, el nacio­nalismo radical que viene del independentismo con la tradición marxista que dialoga, a su vez, con el nacional-reformismo. ¿Cuánto aportó a la ideología de la Revolución cubana la prédica de un movimiento tan complejo como la Ortodoxia, que no era marxista, que era por definición anti­comunista?

Tenemos que ser muy cuidadosos en este tipo de reflexiones, porque podemos caer fácilmente en la tentación de construir esquemas simplis­tas, que se alejen de la configuración particular que encuentran los debates ideológicos en las épocas específicas en las que estos se dieron. Y cierro con otra pregunta hereje, como la del prin­cipio: ¿se puede participar en la Revolución cu­bana, como proyecto político, únicamente des­de una ideología? Estoy convencido de que hay ideologías que no caben en la Revolución cuba­na, pero hay otras que sí, y la propia práctica de Fidel de aunar voluntades y fuerzas en torno al proyecto de la Revolución lo demuestra.

 Enrique Ubieta Gómez: Por eso hablamos de diversas fuentes de partida: Martí y la tradición revolucionaria de pensamiento cubano, el mar­xismo y el leninismo, incluso el fidelismo inicial, el que hizo que millones de cubanos sin una cla­ra conciencia se sumaran al proceso revoluciona­rio. A todo ello podríamos añadir la Teología de la Liberación que bebe del cristianismo primigenio, y a los que defienden la cultura nacional y/o las tradiciones populares. Desde cualquiera de ellas se puede acceder a la Revolución. En el pensa­miento y la acción de Fidel esas fuentes eclosio­nan, adquieren una calidad nueva. La unidad no hace desaparecer las fuentes, algunos revolucio­narios están más vinculados a unas que a otras, pero Fidel aúna sus voluntades en torno a un proyecto que ya no es simplemente el originario.

 Miguel Limia David: Retomaré algo dicho por Carlos, en lo que coincido: se trata de una doctrina ideológica, de un sistema de conviccio­nes, saberes, valores y prácticas realmente com­partidos. Esto es clave, hablamos de principios, ideas, valores, símbolos y creencias que han de traducirse a la práctica del trabajo del Partido, de nuestras instituciones estatales, de masas y sociales, en las políticas públicas, en el sistema socializador y en el terreno político-ideológico. La doctrina ideológica sí necesita de una elabo­ración teórica, conceptual, muy precisa. Esta es una tarea habitualmente de profesionales que —en estrecho y dinámico enlace con la vida del pueblo— deben lograr la generalización de la sabiduría colectiva, produciendo y expresando de forma resumida, esencial y pertinente a cada momento histórico, los saberes, símbolos, princi­pios y valores claves de la actividad revoluciona­ria, así como determinar, precisar y enriquecer la memoria histórica. Por eso es construida como biografía colectiva para la vida práctica, para la transformación revolucionaria.

No se puede olvidar que la ideología, si segui­mos el pensamiento de Marx en su concepción materialista de la historia, es premisa espiritual de la actividad práctica. Expresa intereses, está sesgada por la naturaleza socio-histórica de los sujetos que la portan. Manifiesta y encauza ne­cesidades de disímiles sujetos sociales —no solo clasistas—, aunque los intereses de clase son muy importantes en su determinación, y como regla adquieren un lugar prioritario muy singu­lar. Por tanto, la ideología siempre es conciencia sesgada, interesada, no indiferente. Es imagen valoradora de la realidad, lo cual implica la po­sibilidad de evaluarla epistemológicamente en cuanto a su veracidad y posicionamiento prác­tico y político. Por naturaleza está enlazada a creencias sociales, a la convicción de que la rea­lidad en sí es como ella postula, ya que constitu­ye una toma de conciencia de las condiciones de existencia, donde los recursos de vida están dis­tribuidos de manera heterogénea, acorde a rela­ciones asimétricas de poder reales.

El poder sobre las condiciones de existencia está construido y distribuido de una manera desigual. La ideología se pronuncia sobre él, lo construye, o lo deconstruye, lo legitima o lo des­acredita. Ella es un componente de esta relación e institución social. Insisto en que, tanto en el aspecto doctrinal como cuando toma cuerpo en las masas y se traduce en fuerza masiva de ac­ción colectiva, contiene imágenes y propuestas sobre la realidad a partir de la experiencia de vida del sujeto histórico, que siempre expresan sus intereses, aspiraciones e ideales sociales. Pero no solo es un ideal social, sino también una manera de percibir la realidad, de comprender­la —como pide Fabio, con un sentido histórico—, de construirla estéticamente y de posicionarse prácticamente, porque se traduce a la conducta y se expresa en el lenguaje, en las actitudes, en el comportamiento práctico de las personas. Las ideologías constituyen plataformas de convoca­toria para la acción social, a través de la cooperación social en torno a diferentes actividades. La definición de estas últimas depende del con­tenido de la etapa histórica y de la coyuntura. Las actividades y tareas prácticas priorizadas, sellan, imprimen un toque especial a la estructura de la ideología como fenómeno social complejo.

La ideología propone una gama de sentidos de vida, no solo le habla a los colectivos, le habla al individuo, enlaza el proyecto de vida personal con el colectivo. Su papel como proveedora de sentidos de vida es crucial para la adolescencia y la juventud, aunque también para cualquier etapa de la vida en que se experimenten crisis existenciales o de cotidianidad. La ideología, en consecuencia, funge como convicción, como creencia, valoraciones profundas, que marcan la configuración de la personalidad y devienen premisas de la conducta práctica. En la cultura cubana y el desarrollo del pensamiento revo­lucionario —concepto que no es idéntico al de ideología—, se han hecho múltiples propuestas de cómo configurar la nación, a nuestro pueblo, de quiénes son “el enemigo”, y quiénes “los ami­gos”, cuáles son las tendencias significativas que existen en el mundo, cuáles son las fuerzas que hay que tomar en consideración, cómo tene­mos que auto-organizarnos. La ideología revo­lucionaria cubana refiere a las propuestas de las vanguardias en el proceso de conformación de la cubanía —uso el término en el sentido que le diera Fernando Ortiz—, como convicción y com­promiso con un proceso independentista, desa­lienador, social emancipador, no solo colectivo, sino también personal.

Atestiguo el énfasis que otorgó al individuo Martí, quien nunca fue metodológicamente co­lectivista. Aunque utilizó los criterios de los aná­lisis grupales, y comprendió a fondo la psicología colectiva y la necesidad de sacrificar el interés personal inmediato frente a la independencia colectiva, siempre distinguió la naturaleza y pa­pel del individuo, el carácter dignificador perso­nal del proceso revolucionario que encabezó.

También deseo añadir que, para las diferen­tes etapas históricas de lucha hemos compartido plataformas de convocatoria ideológica diferenciadas en su unidad. Por eso hablamos de una continuidad paradigmática. De ahí la noción de este entrelazamiento, porque ha existido una continuidad y una coherencia, con rupturas que podemos constatar, incluso de Martí en relación con Maceo, pero Martí continúa profundamente a Maceo en aspectos claves, como el de no cesar la lucha hasta el pleno alcance de la independencia y la emancipación. ¿Qué quiero subrayar? Hemos construido diferentes propuestas paradigmáticas que expresan una capacidad de convocatoria sobre la base de una relación de unidad muy particular entre el individuo y la sociedad, la noción de sacrificio no como finalidad, sino como un medio para conquistar la emancipación social, la dignificación personal y la vida pletórica sostenible.

Existe una continuidad en ese paradigma. El marxismo realizó un enorme aporte: elevó cualitativamente nuestra ideología en su comprensión de la realidad social, de las fuerzas, vías y métodos para transformarla, así como de las finalidades revolucionarias. Isabel Monal lo refirió. Deseo retomar el tema, no solo con respecto a la noción del imperialismo, sino también al ideal social a construir, las fuerzas capaces y los modos de edificar esa sociedad. Fidel reformula esta problemática y la expresa desde una cultura martiana, latinoamericana e histórica universal, y ofrece una nueva solución estratégica y táctica, dando asimismo otra visión del partido. En ello está presente la continuidad con Lenin, pero también una ruptura con la manera en que el líder bolchevique organizaba el partido y definía la noción del dirigente como profesional. Fidel insiste en otra dimensión y punto de referencia: la del dirigente como servidor público; el dirigente como el mejor desde el punto de vista moral, atestiguado por el pueblo, y como cuadro al servicio del pueblo. Ni caudillo ni jefe bonapartista que se sirve de la masa popular para hacer carrera. Es la noción martiana del dirigente. El partido enlazado con la base y al servicio de ella. La ideología construida en diálogo, de manera persuasiva, esa es la noción que heredamos del periódico Patria.

Aquí hay creatividad. Fidel nos lanza un problema que la ideología nuestra no había pensado, que no formaba parte de la sabiduría colectiva y de la identidad de este pueblo: el tema medioambiental, la necesidad de que el proyecto histórico fuera sostenible, no solo en lo económico y social, sino también en lo ambiental, de que fuera una propuesta ecológicamente viable para la humanidad. Otro ejemplo es el empuje por Fidel de la noción de internacionalismo, que nos lleva, por ejemplo, a cumplir la obligación moral ancestral ante África, que tenemos los cubanos. Ese sacrificio enorme que hicimos allí para coadyuvar a la liberación, a la emancipación de los pueblos africanos, expresa que compartimos la vida con quien lo necesita, no lo que nos sobra, sino lo que tenemos. Es una noción a considerar, que explica mucho por qué es fidelista hoy nuestra ideología.

Pero hoy por hoy (Pedro Pablo tocaba el tema), más que nunca el marxismo y el leninismo en su expresión fidelista tienen que enriquecerse ante la situación que afronta el país: la actualización del modelo económico y social de desarrollo socialista, de renovación de la imagen del mundo externo y del mundo interno. Pasaron 60 años de construcción del socialismo, ocurrió la debacle en la Unión Soviética y en Europa oriental y central, existen experiencias exitosas en China y Vietnam, están emergiendo nuevas potencias, la hegemonía norteamericana se ve profundamente retada, el capitalismo entra en una crisis cada vez más profunda, aunque sigue siendo gobernable. En estas circunstancias, se presentan nuevas alternativas de desarrollo socialista para nuestro país. Estamos conminados a superar el subdesarrollo de manera definitiva bajo estas nuevas condiciones históricas. Eso obliga a que el marxismo ofrezca respuestas —desde su plataforma teórico-conceptual, enriquecida a partir de la experiencia histórica acumulada por nuestro pueblo— a las preguntas que se ha planteado la actualización del modelo, en el terreno de la economía política, de la politología, de la filosofía. No es hora de renunciar en modo alguno al papel central que corresponde a la filosofía marxista y leninista en el ordenamiento de nuestra cosmovisión, de nuestra vida pública, sino de enriquecerla, actualizarla, porque es uno de los elementos esenciales de este cambio cualitativo que ha sufrido nuestra ideología, a partir de la inclusión del marxismo como parte de las conquistas que trajo consigo la Revolución de Octubre.

La unidad ideológica no significa el monolitismo, la anuencia en todo y por todos, la unanimidad. Existe y ha habido una pluralidad de enfoques, de métodos de construcción, de alternativas de políticas públicas dentro de un proyecto de igual signo; aquí mismo se ha puesto de manifiesto una pluralidad de visiones que ha tributado, cuando nos insertamos en la ideología de la Revolución cubana, a los principios compartidos. Entonces considero que la noción de principios revolucionarios es fundamental. Ellos son relativos no solo a saberes, sino también a símbolos, actitudes, sensibilidades, que tenemos que saber defender en un momento en que, además de las complejidades a las que me he referido, estamos frente a una nueva manera de producir la espiritualidad, ante nuevas formas de comunicación social, sobre la base de las nuevas tecnologías de la información, de las redes sociales. Nos encontramos frente a un nuevo modo de expresar la verdad, de configurar las sensibilidades y mentalidades colectivas, sobre todo en las nuevas generaciones nativas digitales, que entran en un diálogo mucho más complicado a la hora de definir sus identidades y de optar por proyectos de vida, por sentidos de vida, en nuestro proceso revolucionario. Esta es una de las cuestiones más importantes a las que tenemos que responder, y que obligan a que el pensamiento marxista en Cuba esté muy retado y convocado hoy a dar soluciones positivas, a proporcionar las vías de salida para que logremos construir en este país una sociedad socialista exitosa, independiente, soberana, democrática, próspera y sostenible, dentro de la complejidad del mundo en que vivimos, con un sujeto histórico diferenciado, muy distinto al que teníamos en la década de los sesenta o los setenta, no solo en su estructura generacional y socio-clasista, sino también personológica.

Isabel Monal: Coincido con la mayoría de las ideas que se han expresado aquí: y me parece correcto, desde el punto de vista del ordenamiento mental, precisar, o saber —si es que podemos saberlo—, qué es la ideología. Es perfectamente lógico. Pero también las intervenciones, coherentes, demuestran qué complicado es eso. El problema es que se trata de un concepto teórico con una evolución histórica muy compleja.

Marx y Engels casi no se refirieron a la ideología. Yo soy de los marxistas que utiliza el término, porque es una necesidad; no veo cómo emprender una serie de análisis sin referirme a la ideología. Pero ellos cuidadosamente lo evitaban, porque lo consideraron hacia los años 45 y 46 como falsa conciencia. En su momento histórico, ellos le dieron esa interpretación. Pero nosotros, como marxistas, necesitamos de este concepto. Porque esto ya nos conduce a la conciencia, a las ideas en el sentido más amplio, que incluye valoraciones, conocimientos, lo mismo de tipo científico que ideológico, es decir, unidos a grupos sociales, en primer lugar, a las clases. La dimensión política es esencial, pero no es la única.

¿Qué dijo Engels sobre la grandeza de Marx? (Cuando hablamos de marxismo, nos referimos a Marx y a Engels, eso está claro, porque hay una elaboración conjunta). Que pudo desentrañar e identificar lo que había debajo de la maleza de ese conjunto de ideas a las que hoy llamamos ideología. ¿Y qué palabra usó para referirse a ese entramado que hoy llamamos ideología? ¡Maleza! Fíjense qué imagen, a mi juicio estupenda, porque da una idea de cuán enredado estaba ese conjunto de ideas. Esa maleza enredada de ideas, como es el caso de los debates que se suscitaban en Alemania en aquel momento, incluido el peso de la religión, a la que en los primeros textos de Marx se hace referencia con gran frecuencia.

Ahora bien, en la ideología de la Revolución cubana están presentes el marxismo y el leninismo, en la cosmovisión y la interpretación de la historia y de la sociedad y todo lo que eso conlleva. La teoría de la Revolución es inseparable de la concepción materialista de la historia.

Es evidente que todo pensamiento, ya sea de un gran genio filosófico, como de cualquiera de nosotros, tiene una evolución. De modo que yo coincido plenamente con la idea de la movilidad de las ideologías. ¡El materialismo histórico es un instrumento para explicarnos la movilidad de las ideologías, es decir, la movilidad de las ideas, sean o no ideológicas! Pero esa movilidad no im­plica la pérdida de la identidad. Y aquí encontra­mos un problema que la filosofía no ha podido resolver: en qué momento una identidad, en su movilidad, deja de ser ella.

Marx y Engels dejaron una obra inacaba­da; y yo parto de una idea que suelo repetir: el marxismo es permanentemente inacabado, y no puede ser de otra manera. Todo el legado del marxismo —incluidos los aportes de Lenin, Rosa Luxemburgo, Gramsci, Fidel y otros muchos—, es inacabado, porque está en su naturaleza serlo. A diferencia de otras filosofías, no supone que lo está abarcando todo de golpe. Entonces, la pérdi­da de la identidad ya se convertiría en un proble­ma, porque en su identidad está modificarse. Y se modifica ante las nuevas condiciones. Por ejem­plo, a la teoría de las revoluciones Lenin y Mao le hacen aportes significativos. Hasta las experien­cias revolucionarias fracasadas en alguna me­dida hacen aportes. El propio Fidel hace aportes a esta teoría, si bien de conjunto con otros com­pañeros de América Latina, se percata de que las condiciones han cambiado. Sin embargo, su ideología no ha cambiado, porque a ella, es decir, a su marxismo y a su leninismo, le es inherente advertir las nuevas condiciones, y en correspon­dencia con estas, trazar la estrategia y la táctica correspondientes.

Los compañeros han puesto sobre la mesa un problema muy importante: el tema de la unidad. Se trata de la unidad de la diversidad. La ideo­logía no es las cien mil maneras diferentes de pensar, sino que se conforma con un conjunto de objetivos concretos que hacen que todas las fuerzas que coinciden en una serie de puntos esenciales, caminen juntas. No es algo exclusivo de las revoluciones socialistas. Entonces, tene­mos esta dimensión de socialismo —y me alegro de que finalmente hablemos de socialismo— a partir de la idea de Marx, Engels, Lenin y el le­gado que le sigue, sobre todo latinoamericano (esencial por los nuevos elementos que aporta), de que la realidad siempre implica situaciones imprevistas que es preciso incluir en el análisis. En este sentido, se produce una movilidad sin perder la identidad. Es el marxismo y es el leni­nismo. Desde los inicios de la Revolución cubana, los grupos primigenios que se reúnen, siempre funcionan —está dicho por Fidel— con Marx, Le­nin, José Martí y nuestra tradición. Nosotros hoy, con una visión latinoamericana, hablamos cada vez más de las esencias de Bolívar.

Es muy bueno que haya aparecido en el deba­te la palabra conciencia. ¿Por qué las ideologías pueden ser falsa conciencia? Y aquí podría aco­tar: hay formas ideológicas que son falsa con­ciencia. Lo primero que yo siento son grandes inseguridades a la hora de tratar las ideologías.

Ahora, si no hay conciencia, tampoco puede haber una acción para la transformación del mundo. Esa es una idea que me parece central, y es una idea de Marx, una idea que emana de toda la tradición marxista, que es una concepción del mundo y, en particular, de la sociedad en la que vivimos, para transformarla. Pero transformarla en términos tales que signifiquen un hito. Eso no se lo había planteado ningún gran filósofo polí­tico-social, y téngase presente que la filosofía po­lítica nace con Platón, con enormes aportes que todavía hoy estamos discutiendo.

El socialismo se halla en un proceso de cons­trucción primigenia; nosotros constituimos parte del conjunto de las primeras experiencias. ¡Cuán­tas veces el capitalismo no se vio obligado a hacer modificaciones! ¿O es que el capitalismo de me­diados del siglo XX en los países más desarrolla­dos es el mismo de mediados del siglo XIX?

Marx y Engels hablaron muy poco de socialis­mo, porque no sabían. Si no sé, no digo cualquier cosa, no me pongo a inventar, no comienzo a fun­cionar con ideales abstractos inventados que no tengan que ver con la realidad; y Marx y Engels eran enemigos acérrimos de imaginar de ma­nera abstracta o fuera de la realidad el devenir social. La Revolución cubana, y las demás, están llevando adelante un conjunto de experiencias históricas, de modificaciones radicales, algunas de las cuales se plantean el socialismo (hoy casi no se habla de comunismo, pero con una larga perspectiva estratégica, nadie sabe a qué plazo, es algo a lo que no se ha renunciado), y es lo que me revela la esencia de esa ideología. Claro que hay modificaciones. Lo que no teníamos resuelto era el problema de cómo manejar las formas de propiedad sobre los medios de producción. En el caso de Cuba, las modificaciones que se introdu­cen no suponen un cambio de ideología. Pero no hay duda de que sí hay una movilidad.

Yo quiero recordar una frase de Marx que aquí se ha utilizado con respecto a la ideología, pero que Marx en realidad la emplea con respecto a la teoría: “la teoría se apodera de las masas”. Obsér­vese bien: Marx no dice ideología, dice teoría, es decir, el terreno de las explicaciones. No se trata solo de un conjunto de ideas; esas ideas implican explicaciones cognoscitivas, de forma tal que la ideología no puede ser separada del conocimien­to. Esto nos conduce a las ideas de Marx y Engels sobre el socialismo científico y la ciencia de la sociedad y de la historia, empleando la palabra ciencia en alemán, que es mucho más abierta que la palabra ciencia en español, en inglés o en francés. Aunque no responde plenamente a la cuestión planteada, hay que pensar en lo que que­rían decir Marx y Engels. Cuando ellos hablaban de interpretación o de ciencia de la sociedad y de la historia, no lo hacían en el sentido positivista.

Yo no tengo las respuestas —la mayoría de las veces no las tengo—, tengo las complicaciones. Es evidente que existe una variedad de compañe­ros que forman parte del proceso revolucionario cubano, incluso religiosos, que no son marxistas y son martianos. Ellos también están en la línea de la ideología de la Revolución cubana, inde­pendientemente de la complicación que emana del término ideología. Quiero subrayar la dimen­sión cognoscitiva. Porque hay una interpretación a la que después nosotros podemos tener reuni­da a una serie de otras ideas; yo sí creo que las ideas de valor, y las éticas hacen falta porque son movilizadoras y porque el ser humano valora y tiene una ética y no va a renunciar a ella. Casi siempre uno emprende el camino revolucionario indignándose ante las injusticias. Es como el pri­mer sentimiento: uno no sabe de dónde vino, ni cómo vino, no sabe el origen ni cómo explicarlo; es después que empezamos a estudiar, a leer y a tratar de entender.

La ideología de la Revolución cubana, pues, tiene que estar nutriéndose de nuevas experien­cias. Yo no creo en un cambio de ideología. Creo que el pensamiento de Fidel es esencial en la ideología de la Revolución cubana. Y creo que la ideología de la Revolución cubana es marxista, leninista y martiana. Fidel sintetizó todos esos valores. Para mí el fidelismo implica las dos co­sas a la vez, y no hay contradicción: esa síntesis de matrices, y una apertura a un movimiento continuo, que también es inacabado. El legado es inacabado y es preciso enriquecerlo. El mo­vimiento no echa abajo la identidad, porque en su concepción está implícita la movilidad de la ideología; por supuesto, sin que se abandonen los principios.

Rubén Zardoya Loureda: Quiero añadir algo sobre la visión de la ideología como falsa con­ciencia, que según lo dicho aquí, puede confun­dir a un lector no avezado. El término ideología surge en la Francia napoleónica; detrás de él hay un grupo de filósofos vulgares especulando so­bre la naturaleza de las ideas y las sensaciones. Incluso Napoleón se burlaba de ellos. En su ori­gen, ideología quería decir ciencia de las ideas. Y había allí de todo, menos ciencia. Hablo del tér­mino: es preciso diferenciar las cuestiones ter­minológicas de las conceptuales. El término cayó en total descrédito. Surgió enlodado por aquella forma de filosofía vulgar. Estamos hablando de Europa…

Fabio Fernández: En Félix Varela el término ideología es muy importante.

Rubén Zardoya Loureda: Es muy interesante el tema de la forma en que se reciben e incorpo­ran los términos —y también los conceptos— en distintos contextos y circunstancias históricas. Hacia mediados del siglo XIX europeo, en particular, alemán, el vocablo ideología había acumu­lado una fuerte carga peyorativa, y con esa carga es asumido por Marx y por Engels. En lo que se conoce como primer capítulo de La ideología ale­mana (que en realidad es una construcción ulte­rior de los editores sobre la base, claro, del texto original) encontramos la definición de ideología como falsa conciencia, una conciencia del tipo de la de los “ideólogos” franceses a los que he­mos hecho referencia, que opera con conceptos, categorías, esquemas, modos de pensamiento, percepciones, representaciones que no tienen un correlato objetivo. Creo importante recordar esto, para no caer de rodillas ante los “ídolos de la plaza” (o del foro), como diría Francis Bacon, en particular de aquellos que derivan de términos confusos o mal determinados que, no obstante, designan cosas efectivamente existentes.

Muchas veces se ha querido contraponer la concepción sobre la ideología de Lenin y de otros pensadores marxistas (Lukács, por ejemplo), a la de Marx y Engels. Considero que esta contra­posición es artificial y obedece, ante todo, a una indistinción desabrida entre el término y el con­cepto. Algo no ofrece dudas para mí: en ambos casos (Marx y Engels por un lado; Lenin y Lukács, por otro), el término es utilizado en acepciones di­símiles. Por razones históricas que no cabe ana­lizar aquí, este término fue evolucionando a lo largo del siglo XIX y llega a Lenin con una con­notación diferente de la de falsa conciencia, que incluye, incluso, la posibilidad de una ideología científica. Lenin no conoció La ideología alemana, porque ese texto se publicó por primera vez en 1932. Habría que ver cuál hubiese sido su actitud ante esa forma exclusivamente peyorativa de utilizar el término. Pero la historia no se puede escribir en subjuntivo, como conocen bien los historiadores.

Cuando los autores de La ideología alemana utilizan el vocablo ideología, designan con él una realidad diferente de la que se designa cuando lo utilizan nuestros contemporáneos, con indepen­dencia de sus posiciones teóricas. Lo mismo, por ejemplo, ocurre con el significado que los griegos antiguos atribuían al término matema o al tér­mino episteme, traducidos por lo general con la palabra ciencia —entre otras—, que conlleva la impronta y el sentido de lo que hoy llamamos ciencia moderna, surgida en los albores de la civilización capitalista con una determinación cualitativa muy diferente. Aún hoy, el Theos aris­totélico suele traducirse con la palabra Dios.

La idea de que Marx y Engels entendían por ideología “falsa conciencia” es un resultado inevi­table del intento de llegar al concepto a partir del término. A mi juicio, este intento conduce a in­evitables confusiones.

Muy diferentes se ven las cosas cuando se pone a un lado el vocablo en cuestión y el pensa­miento se centra en el concepto de una realidad sui generis que puede ser —y ha sido— designa­da con diversos términos, entre ellos ideología: la realidad de la formación de la subjetividad humana y la socialización de los individuos con arreglo a determinados ideales sociales. En este caso, para llegar al concepto, no se avanza desde el término, sino desde la realidad de las relacio­nes sociales —intersubjetivas— antagónicas.

Me referiré ahora a la interrogante planteada acerca de si existe una o existen muchas ideolo­gías de la Revolución cubana. Pienso que para dar una respuesta adecuada a esta interrogan­te, debemos apartar la noción de que una ideo­logía constituye necesariamente un sistema de ideas, menos aún un sistema cerrado y único; y asumir que se trata de un proceso extendido en el tiempo, diverso, plural, abierto, en el que participan o pueden participar muchas perso­nas, grupos, estratos y clases sociales. Unas y las mismas ideas raigales (digamos, el antim­perialismo, la soberanía y la independencia na­cional, la solidaridad entre los seres humanos, la identidad del bien, la verdad y la justicia…) adquieren múltiples formas de expresión, más pulidas unas, menos pulidas otras; unas veces se presentan de manera fragmentaria, poco in­tegrada, inorgánica, y otras alcanzan un refinamiento filosófico, científico, teológico o poético. Una ideología viva es un animal de mil cabezas, con muchas cartas de presentación, vestimen­tas y andariveles. Es evidente, por ejemplo, que cada uno de los invitados a este debate tiene su propia línea de pensamiento, su forma peculiar de interiorizar —y proyectar— la ideología de la Revolución cu­bana. Ninguno se parece al otro, y sin embargo, todos compartimos esta ideología, estamos edu­cados en ella y de alguna manera participamos en su construcción y recons­trucción colectiva.

A propósito, de manera general no creo que la ideo­logía constituya un tipo de sistema de ideas, cuya espe­cificidad consista en la sim­plicidad, en su capacidad de llegar a las masas; un sistema que pueda ser considerado al lado, por encima o por debajo de otros tipos más complejos o elaborados. En este caso la ideología se identificaría con su forma más llana de expre­sión, con lo cual no creo gane­mos mucho en el camino del esclarecimiento de su esen­cia y sus funciones sociales. Hay ideología para obreros e intelectuales, para místi­cos y seglares, para niñas y señoras. Léase, digamos, la poesía de José Lezama Lima, y se encontrará en ella una ideología estética de muy difícil comprensión para las amplias masas, lo cual no le quita en modo alguno su capacidad de confrontar de­terminados ideales sociales y de fundamentar otros en la conciencia y la sensibili­dad de quienes alcancen a descifrarlos. Allí no hay doc­trina ni teoría: hay ideología (estética) a pulso: una acti­vidad creadora de imágenes que fundamentan un ideal estético de vida. Por supuesto, esta ideología no es propiedad privada de Lezama, por decirlo de al­guna manera, sino una entidad colectiva en cuya construcción él jugó un papel importante, pero en la cual participaron muchos intelectuales, en par­ticular, los que integraron lo que se conoció como Grupo Orígenes. La ideología —me permito insistir en esto— no es un tipo de sistema de ideas, sino una de­terminación esencial de todas las formas de la subjetividad humana: desde las formas de la conciencia hasta las de la percepción sensorial, desde las doctrinas políticas hasta las teorías científicas más rigurosas, desde el deporte has­ta la actividad dirigida a alcanzar el nirvana o la ataraxia. En última instancia, su piedra de toque es la capacidad de convertirse en un resorte ideal de la actividad práctica.

Un elemento muy importante que no he­mos tratado y distingue a la ideología, es que esta presenta (de forma legítima o ilegítima) los valores e intereses de clase, de grupo, de gé­nero, etc., como valores e intereses universales, absolutos, válidos para toda la sociedad, para la humanidad toda. Hay ideología allí donde se fundamentan ideales sociales que se presentan como los únicos legítimos y válidos, como los que corresponden a la “condición humana”. Un ideólogo nunca dirá: “Esta forma de organizar las relaciones políticas o económicas es la que con­viene a mi grupo social o a mi clase”. Dirá, por el contrario: “Esta es la única forma que correspon­de a la naturaleza humana, la única que puede librar a la humanidad de una crisis irreversible”. Si eres humano, debes ajustarte a la única visión del mundo que garantiza el equilibrio social o una convivencia civilizada. No es preciso de­mostrar que bajo el manto de la universalidad, la ideología constituye siempre la afirmación del nosotros y la exclusión de los otros (de ellos). Jun­to al momento afirmativo (la legitimación de un ideal social que incluye la omisión o justifi­cación de sus facetas negativas), toda ideología lleva en sí el momento de la negación: la des­trucción de las cosmovisiones e ideales sociales opuestos.

Así, pues, cuando hablamos de ideología de la Revolución cubana, no podemos olvidar que esta se presenta (a mi juicio, de forma legítima) como una ideología que responde a los genui­nos valores e intereses de todo el pueblo cuba­no, por oposición, ante todo, a las pretensiones imperialistas de dominación. De ahí que nues­tro partido, que expresa los ideales de las cla­ses trabajadoras, se presente al mismo tiempo como Partido de la nación cubana. Su ideología antimperialista no solo constituye una expre­sión de los valores e intereses del proletariado, sino también de toda la nación.

Me parece muy importante lo que se decía acerca de la movilidad de las ideologías. Lo mis­mo que se ha dicho de Fidel puede decirse de Le­nin. Se ha afirmado que hay dos Lenin: uno antes de la implementación de la NEP (nueva política económica) y otro después de la NEP. Yo creo que esto es inexacto. Hay mil Lenin si se quiere, cada uno de ellos enfrentado a circunstancias nue­vas, incluida la imprevisible novedad. Pero qui­zá sea más preciso decir, que hay un solo Lenin cuyo pensamiento, siempre aferrado a la his­toria viva, se mueve en correspondencia con la movilidad de esta historia. Eso ocurre con todos los grandes pensadores revolucionarios. Piénse­se, por ejemplo, en Mao y en Ho Chi Minh, otros dos grandes colosos del pensamiento revolucio­nario del siglo XX, quienes dirigieron una lucha prolongada contra sucesivas fuerzas enemigas, muy diferentes entre sí.

Como quiera que sea, será necesario siempre insistir en que el pensamiento de Marx y el de Lenin son elementos constitutivos de la ideolo­gía de nuestra Revolución, con tanta legitimidad como el pensamiento de Félix Varela, de Céspe­des y de Agramonte, de Maceo y de Martí; como el de Baliño y Mella, como el de toda la pléyade de pensadores que se reconocieron marxistas-leninistas a lo largo del siglo XX cubano y lati­noamericano, que asumían los aportes de Marx y los de Lenin.

No solo la movilidad, también la pluralidad de influencias es un hecho. Fidel, por ejemplo, es­tudió El hombre mediocre de José Ingenieros, y devoró cuanto libro de García Márquez cayó en su mano (ya Pedro Pablo se refería a su condición de lector voraz de muchos géneros de literatura). Pero no podemos perdernos en la maleza de la que hablaba Isabel. Debemos identificar las cla­ves. ¿Cuál era el libro de cabecera de Fidel al inicio de la Revolución, según sus palabras? El Estadoy la Revolución de Lenin. ¿Qué libros le querían quitar sus carceleros después del asalto al Cuar­tel Moncada? Libros de Lenin. ¿Qué texto, según relata Mario Mencía, estudió a fondo durante su “prisión fecunda”? El Capital de Marx, el cual, por cierto, le pareció muy sencillo después de haber leído Crítica a la Razón Pura de Kant. No es algo que apareció después de manera oportunista; no se trata de que, aliados a la Unión Soviética ante la agresividad del imperialismo, nos vié­ramos obligados a “comprarnos” el marxismo-leninismo como parte de un “paquete” político e ideológico. Nada más falso ni más lesivo para la ideología de la Revolución cubana. El pensa­miento de Marx y de Lenin hacía mucho que se había imbricado como un elemento constitutivo y esencial de la ideología de la Revolución cuba­na. En su sabia, y en la de Martí, no solo se formó el pensamiento de Fidel, sino también el del Che y el de Raúl.

Claro, no se trata del marxismo-leninismo de los manuales provenientes de la Academia de Ciencias de la URSS o de la Universidad Lomonós­ov, sino del pensamiento vivo de Marx y de Lenin. A propósito, aunque para mí esto es irrelevante, cabe constatar que en los últimos años el térmi­no marxismo-leninismo se ha sustituido por el de marxismo y leninismo, con el objetivo expreso de eludir cualquier asociación con la forma de marxis­mo dominante (¡no la única!) en la Unión Soviética y en ocasiones hasta con el estalinismo. Pues ha llegado a decirse que fue Stalin quien inventó el término, lo cual no me parece exacto. En las Obras Completas del primer secretario general del par­tido fundado por Lenin, este término aparece por primera vez en 1928. Salvo en el Manual de Histo­ria del PCUS que no escribió él, aunque sí tuvo par­ticipación junto a otros autores, en los restantes tomos no se encontrará ni una docena de veces el término marxismo-leninismo. Incluso los títulos de sus obras fundamentales aluden solo al leni­nismo: Cuestiones del leninismo, Fundamentos del leninismo, Trostskismo y leninismo, etc. ¡El térmi­no marxismo-leninismo fue una construcción colectiva! Después se santificó una fórmula, pero la forma en que Fidel, por ejemplo, entendió ese término nada tuvo que ver con aquella vulgari­zación; y recuerdo, si la memoria no me traiciona, que cuando regresaron los cuerpos de nuestros combatientes caídos en Angola, en lugar de decir Patria o Muerte, por única vez (después sustitu­yó esta fórmula por Socialismo o Muerte), dijo: “¡Marxismo-leninismo o Muerte!”. ¿Estaba enten­diendo estalinismo cuando decía eso? Por supues­to que no.

Por último, concuerdo con la idea de que el tema del individuo es clave en el pensamiento de Martí, y quisiera añadir que también lo es en el de Marx y Engels. Si se exigiera elegir la formula­ción más sintética, más acabada, del ideal comu­nista que se encuentra en su obra, traería a cola­ción una frase del Manifiesto: “una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”. Cada uno: el individuo; todos: el colectivo. La defi­nición del ideal de sociedad por la que luchamos los comunistas, no se hace sobre la base de con­sideraciones colectivistas abstractas, sino de una dialéctica sutil entre el individuo y el colectivo.

Carlos Delgado: Yo creo que la ideología no es capaz de ser crítica de sí misma. Hay suficien­tes evidencias a lo largo de la historia de que la ideología como construcción tiende a la rigidez, no porque sea un defecto de esta o de aquella ideología, sino porque es una característica de ese tipo de sistema de ideas. Al ser un sistema de ideas, porque sí pienso que es un sistema, que ha sido simplificado para que llegue a gi­gantescas mayorías, no le queda más remedio que ser rígido.

Las ideas no están, como dicen los budistas, flotando por ahí. Las ideas se organizan en sis­temas: la teoría científica, un tipo de sistema de ideas que tiene un aparato crítico interno, las doctrinas sociales en general, que las hay de muy amplio corte, que sirven de base a la ideología. Por eso yo distingo entre la doctrina política y el pensamiento político revolucionario, entre Fidel Castro en particular, el marxismo y el pensa­miento martiano, como fuentes de la ideología de la Revolución cubana, y la propia ideología de la Revolución cubana. Porque la ideología como tipo de construcción no pertenece a una persona, no puedo responsabilizar a una persona, puedo solo decir que es fuente, porque lo que se hace con la ideología en la sociedad, que es el funcio­namiento ideológico, se escapa por completo de las manos de las personas que participaron en la generación de las ideas. Y por eso ninguna ideo­logía es perfecta. Todas tienen defectos.

A mí me llamó mucho la atención en la pri­mera ronda, que cada vez que se hablaba de la ideología de la Revolución cubana se hacía en positivo. Todas las ideologías tienen un momen­to de opresión, porque necesitan de ese mo­mento para alcanzar la universalidad de la que aquí se ha hablado. Yo tengo que “ponerle el pie” ideológicamente hablando a ciertos sectores de la población, y en ese sentido, genero opresión. Pero como también en la sociedad funcionamos de manera heterogénea, y el discurso ideoló­gico llega de manera diferente y se recepciona de manera diferente por los diferentes grupos sociales, por ejemplo, las personas que ocupan responsabilidades de dirección, una orientación de tipo doctrinal bien estructurada que deviene presupuesto ideológico puede ser entendida por un sector, por un grupo, o en un momento deter­minado, de una manera que ocasione un daño social tremendo.

No se lo podemos achacar al funcionario, al que en su casa entiende de cierta manera las cosas y actúa en nombre de la ideología de ma­nera cerrada, porque no es responsabilidad de la teoría, no es responsabilidad de la doctrina, es funcionamiento de la propia ideología. Y en ese sentido, la ideología sí cambia, pero lo que la hace cambiar no es interno a ella. Puede ser interno a la teoría científica, puede ser interno a la doctrina política; por ejemplo, cuando Fidel le dijo al pueblo de Cuba, “puede que haya un día en que la Unión Soviética no esté”, tradujo su comprensión política de la cuestión, dificilísima, en una estructura que llegara al último cubano, sin necesidad de que conociera teoría política ni tuviera conocimientos universitarios, de que ideológicamente debíamos dejar de pensar que tendríamos a la Unión Soviética al lado. Ahí hay una traducción y ese mensaje llega de una ma­nera asequible a las mayorías.

Entonces, sí se puede cambiar la ideología, pero no desde dentro de la ideología. La sociedad también hace cambiar la ideología, porque las interpretaciones producen fenómenos sociales que pueden ser grupales, que pueden concernir a colectividades, poblaciones de ciudades, o de un país entero en un momento determinado, que hacen que la ideología cambie.

Siempre las fuentes de cambio de la ideología están fuera de la construcción ideológica. Por eso los presupuestos ideológicos no se modifican in­ternamente; cualquier modificación pequeña de un presupuesto ideológico es un cambio radical en el tipo de presupuesto. Eso no quiere decir que se esté cambiando de ideología. Yo no creo que tengamos que hablar en Cuba de un cambio de ideología, sí de un cambio ideológico. La propia teoría política, la propia práctica social, la pro­pia práctica del proceso revolucionario, la propia práctica de la vida social, hace que se necesiten cambios en el nivel ideológico, y estos se van in­troduciendo poco a poco en el nivel de la ideolo­gía de la Revolución. Sigue siendo ideología de la Revolución, porque sus orientaciones básicas no han cambiado, su dirección básica no ha cambia­do, pero sí hay cambios sustanciales, por ejem­plo, el que se mencionó con respecto a las formas de propiedad y también el de la identidad de gé­nero. Sí hay cambios en la ideología, aunque no signifique un cambio radical de tipo ideológico como ha ocurrido en otras sociedades.

Hay estudios de la ideología, a partir de teo­rías extrañas, que se han realizado desde la dé­cada del setenta, por ejemplo, que a estas alturas deberían llamarnos más la atención. Me refiero a los estudios que se hicieron en Estados Unidos sobre el fenómeno del cambio ideológico, a par­tir de la teoría de las catástrofes de René Thom. Es muy interesante, porque diez años antes de la caída del campo socialista, Christopher Zeeman se atrevió a decir, a partir de un modelo mate­mático, que en una sociedad podía ocurrir un cambio ideológico de la noche a la mañana, que la gente de izquierda pasara de pronto a la dere­cha. Todo el mundo dijo que aquello era un dis­parate y él lo explicó con un modelo matemático de catástrofes, que dice que la predicción en este punto cae, y se asume por las mayorías el pun­to de vista contrario. Algo semejante a eso pasó en los países socialistas de Europa después. Es decir, no hubo una transición ideológica de po­quito a poco, convenciendo a todo el mundo, sino que una coyuntura de cambio político produjo un cambio de actitud en una población que de pronto aceptó un poder que no aceptaba antes. Yo lo puedo explicar desde la teoría política sin invocar la ideología, a través de la crisis de go­bernabilidad. Esa es una explicación válida, pero el modelo matemático de Zimmermann da una explicación del fenómeno ideológico, a la cual nosotros no estamos acos­tumbrados.

En ese sentido debemos po­ner un poco más los pies sobre la tierra para entender la ma­nera en que Marx entendía la ideología como conciencia fal­sa. No en el sentido vulgar de innecesaria, sino en el sentido de que, por ser ideología y no teoría, por ser ideología y no retrato, no fotografía, porta ca­racterísticas esenciales que la mueven a un tipo de rigidez so­cial, que demanda de quienes trabajamos y vivimos en una sociedad, un tipo de vigilan­cia. Por eso tenemos que tener cuidado, mucho cuidado, con el manejo de la ideología, porque la ideología es un hierro prác­ticamente a temperatura fun­dida, que le quema la mano a todo el que se pronuncie sobre ella. Es un tema sumamente delicado: no funciona sobre la base del convencimiento, o del adoctrinamiento; esos son los métodos de la política. Convic­ción podría ser una buena palabra; Fidel la usó mucho (“cuando se llega a determinada convic­ción”, decía). Es un acto donde el sujeto acepta determinado sistema de ideas y lo incorpora a su manera de ser, y desde el momento en que lo incorpora, desde su nivel, el que sea, comienza a interpretar el mundo de esa manera y eso ge­nera toda una serie de “maravillas”, debilidades, problemas en un proceso social, en fin, es parte de la heterogeneidad social. Por eso yo insisto en que no miremos la ideología de la Revolución cubana a partir de un prisma de perfección, que nos haga olvidar que es una ideología y que, por serlo, tiene ciertas características que requierende una vigilancia social, política, cultural, y de todo tipo.

Por último, voy a referirme a lo que planteaba Zardoya acerca del guión o la coma del marxis­mo y el leninismo. Yo creo que vale la pena hacer un estudio en profundidad, para ver cuándo se usó por primera vez el término de marxismo-leninismo, quién lo utilizó y cuál es el sentido de su utilización, por qué no lo utilizó jamás Lenin, y cuál es el curso que toman los acontecimientos de lo que fue el marxismo-leninismo en la historia de la Unión Soviética en el marco del auge de una nueva ideología que efectivamente Stalin llamó inicialmente leninismo, pero llegó un momento en que no le alcanzó el término, porque era demasiado poco para él y le colgó el marxismo-leninismo. Creo que eso amerita un análisis histórico pormenorizado, porque hay mucha basura detrás de ese término, no es una forma vulgar uniforme de teoría. Aquí creo que fue Bárzaga quien tradujo al español el Manual de Bujarin, el que critica Gramcsi como el “Ma­nual popular de sociología”, y en Cuba fue uno de los lugares donde primero se utilizó ese manual. Hay una mezcla de ese economicismo de Buja­rin y toda una construcción de un tipo de poder que nada tiene que ver con Lenin. Acordémonos de la famosa frase de Lenin al día siguiente de la constitución de la URSS, “debíamos dar un paso atrás”. Porque los procesos empezaron en esa di­rección desviada.

 Pedro Pablo Rodríguez: Me quiero montar so­bre algo que dijo Carlos en el sentido siguiente: yo también estoy preocupado con la formación ideológica, para usar el lenguaje usual. José Mar­tí está metido en lo hondo de los cubanos. Inclu­so antes de la Revolución, Martí era símbolo ya de la nación cubana, era parte de su cultura en el sentido más amplio, se tomaba como una me­dida de valor, y los cubanos más o menos sabían todos, mucho o algo sobre José Martí.

Yo me pregunto qué está pasando, qué forma­ción, qué conocimiento del marxismo, del pen­samiento de Carlos Marx, de Federico Engels, de Vladimir Lenin —y de otros más, pero empece­mos por esos tres—, tienen hoy los jóvenes inte­lectuales cubanos. Me preocupa hasta qué punto tenemos hoy una juventud intelectual, no ya que sea marxista, sino que tenga una idea de lo que es el marxismo. Porque, mejor o peor, esa mis­ma juventud tiene una idea sobre José Martí, un poco equivocada en algunos casos, pero bueno, lo tienen metido dentro, como ocurre con la ban­dera, el escudo, el himno. Pero no tienen las ideas, el pensamiento de Marx, Engels y Lenin y de mu­chos más. Entonces, ahí veo un problema grave, porque la ideología puede ser falsa conciencia o no, pero lo que sí está claro es que la ideología se sustenta en determinados conocimientos.

Soy sincero: no veo esos conocimientos en la Cuba de hoy. Se eliminó de golpe el marxismo a la soviética, por decirlo de alguna manera, y de pronto, ¿con qué nos quedamos? Una buena par­te de la juventud intelectual cubana arrastra el descrédito que sufrió la teoría marxista, con mo­tivo del fin del campo socialista en Europa, y lo que tiene en la cabeza es el posmodernismo, lo que le llega del mercado de ideas del capitalis­mo, del mercado teórico del capitalismo, que es fuerte. No se trata de que yo esté en contra de que estudiemos esta u otras corrientes del pen­samiento anticapitalista: uno debe aspirar a que esa intelectualidad se forme con un conocimien­to teórico amplio, que conozca lo que se está pen­sando hoy en el mundo, pero también debemos aspirar a que lo someta a crítica.

Desde luego, hasta cierto punto era lógico que ocurriera así. Aunque uno nota en el mun­do de hoy que el marxismo se va recuperando, que aparece gente interesada en el mundo del capitalismo. Los desmanes del capitalismo ge­neran eso, mucha gente busca respuestas, y hay quienes las encuentran en el pensamiento de Marx, en el pensamiento de Lenin, en el pensa­miento de los revolucionarios marxistas y en otras corrientes críticas contemporáneas que, de hecho, no rechazan el marximo.

 Fabio Fernández: Yo quiero montarme sobre la última parte de la intervención del profesor Carlos, porque pone sobre el tapete un problema real, y es que todavía queda mucho por historiar del proceso de conformación de la ideología de la Revolución cubana. Y a veces estamos afincados en esquemas muy generales, y en esquemas que suelen ser complacientes. Y creo que el profesor Carlos nos está incitando a no ser complacientes en los análisis y entender la dinámica de fuerzas que han interactuado a lo largo de estos años en la Isla y que forman parte de ese debate ideológi­co que ha dado vida a lo que podemos entender por ideología de la Revolución cubana. Hay que entender también los contextos, las apropiacio­nes del pensamiento marxista en los diferentes escenarios por los que ha atravesado la Revolu­ción cubana. Ese es un punto esencial para enten­der por qué marxismo-leninismo, con guión o sin guión, eso hay que conectarlo con dinámicas ob­jetivas que se dieron en la realidad cubana y con un conjunto de formulaciones que respondieron a una lógica de interacción política que encontró un correlato en las formulaciones que se asumían y se proyectaban como ideológicas. Cada palabra que Fidel pronunció a lo largo de su ejecutoria como líder político está jugando con las reglas de la política. Y los discursos de Fidel están pensados para el pueblo cubano con el que interactuaba, pero también son discursos que se insertan den­tro de una dinámica muy compleja de la arena internacional. La misma dinámica de las comple­jísimas relaciones entre Cuba y la Unión Soviética lamentablemente poco explicadas. Se dan algu­nas flashazos, pero esa historia de las relaciones con la Unión Soviética, que mucho tiene que ver con los vaivenes de las definiciones ideológicas, de este camino o el otro, son cuestiones que hay que explicar y poner a debate, para contribuir al desarrollo del pensamiento crítico que resulta im­prescindible para la transición socialista.

Miguel Limia David: Voy a referirme a otros aspectos. Primero, estoy en contra de la utiliza­ción hoy del guión que enlaza los términos mar­xismo y leninismo. Los términos son históricos, tienen su papel en la comunicación, cambian de matices y de significados según los contextos socio-históricos en que se emplean y circulan. Considero que en los momentos actuales la percepción o la interpretación generalizadas por las matrices de información globales que existen de este binomio con guión, no son favorables, no tri­butan al sentido que se le atribuyó a ese concepto en el pensamiento del Comandante en Jefe y de otros comunistas cubanos, que incluso entrega­ron sus vidas bajo esa bandera. Han cambiado las condiciones históricas y el término ha adqui­rido otras connotaciones, por múltiples razones; y eso me hace pensar que ganamos en claridad al separarlos mediante una y. Así diferenciamos el legado real de Marx y de Lenin que ratificamos, somos coherentes con Lenin y dejamos el legado soviético posterior bajo análisis. De este modo precisamos la ratificación de los principios revo­lucionarios que los clásicos sentaron y nosotros continuamos, al tiempo que evitamos la posibili­dad de que se manipule y deforme el sentido de esta continuidad. Prefiero no pronunciarme más allá de lo expuesto, aunque he estudiado las fuen­tes rusas donde el término empezó a ser utilizado.

Otro tema es el de la “falsa conciencia”. De­bemos aclarar que la burguesía ha conseguido acreditar su ideología como la verdad sobre la realidad social existente, mediante su hegemo­nía mediática e institucional, la ha identificado con la realidad misma, cosa que ha expresado teóricamente; de manera que ha hecho pasar sus instituciones como valores universales. En mi opi­nión ahí está la médula de la ideología burguesa como falsa conciencia, tal y como los clásicos la determinan, tanto Marx y Engels, como Lenin. La ideología revolucionaria, en cambio, no tiene por qué acudir al escamoteo de la objetividad y de su carácter clasista, interesado, sesgado, ni al procedimiento de la enajenación, porque es una ideología revolucionaria, contraria a los sistemas de dominación, de opresión y de exclusión, está encaminada a la emancipación y a la desena­jenación humanas. Entonces no puede ser ver­gonzante cuando fundamenta la legitimidad del poder político de los trabajadores, del pue­blo revolucionario, pero tiene que conservar su capacidad crítica del ejercicio del poder, porque no debe convertirse ella misma, adulterándose, en falsa conciencia. No debe convertirse en una rémora y ser dogmática, no puede cerrarse a la realidad. Creo que esa es una de las primeras lecciones que tenemos que ratificar, no ya solo desde el marxismo, sino desde José Martí. Ese es un principio de nuestro pensamiento político y de nuestra conciencia ideológica revolucionara desde los orígenes del etnos cubano.

Quiero referirme al tema de la subversión político-ideológica organizada y financiada por el imperialismo norteamericano y sus aliados, contra la unidad política e ideológica de nuestro pueblo, contra el Partido, contra el Gobierno revo­lucionario y nuestras organizaciones de masas y sociales, que parte de la realidad enfrentada hoy por el país. Ella nos obliga a saber cómo proceder en el trabajo político-ideológico en la coyuntura actual, que Carlos ha caracterizado en sus inter­venciones.

La cuarta idea que deseo trasmitir es que la ideología se desarrolla, se enriquece desde las exigencias de la práctica revolucionaria; no es una serpiente que se muerde la cola, sino un principio espiritual de la actividad práctica. En la práctica está la fuente de su desarrollo, y no puede ser provinciana, sino ecuménica como nos enseñó José Martí, no solo desde el punto de vista cognitivo, sino también estético, de la sensibilidad, valorativo en general. Exige que la ideología revolucionaria resignifique —lo quiero subrayar—, muchos de sus referentes concep­tuales y valores, desde el punto de vista de los principios revolucionarios (vuelvo a la noción de principio revolucionario, que considero clave); que enriquezca su arsenal conceptual para que esté en condiciones de desempeñar su papel socializador, sobre la base de la capacitación y la persuasión dialógica, para las condiciones de vida contemporáneas de nuestro pueblo. Esto es esencial, porque al ser la ideología premisa y resultado de la actividad práctica revolucionaria, sus contenidos y carencias son determinados por su propio desarrollo histórico.

Por último, está el tema de las fuentes teóricas inmediatas que hoy en día resultan clave para el desarrollo ulterior de nuestra ideología, en cuanto a los saberes y los contenidos valorativos y práctico-actitudinales. Contamos con tres do­cumentos fundamentales que tienen en su base inmediata el pensamiento del Comandante en Jefe y el concepto de Revolución que expresara el 1ro. de mayo del 2000, así como las ideas de su discurso de noviembre de 2005 a los estudian­tes de la Universidad de La Habana. Me refiero a la Conceptualización del Modelo Económico y So­cial Cubano de Desarrollo Socialista, a las Bases del Plan de Desarrollo Económico y Social y a los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución actualizados. Estos do­cumentos, que implican una transformación del escenario público cubano, obligan, desde el pun­to de vista de la demanda práctica, a que nuestra ideología dé respuestas, no ya solo críticas, sino también —y ante todo— propositivas concretas, al pueblo cubano, a la juventud, para asumir esa transformación y ser una fuerza protagónica ascendente del proceso de actualización del modelo económico y social que desde el principio se asu­me como un rejuvenecimiento, una renovación, de la construcción del socialismo.

Rubén Zardoya Loureda: Sobre la discu­sión en torno al guión, la coma o la y, creo que los extraterrestres, si fuera cierto que nos están observando, se reirían de nosotros; y que los es­colásticos medievales dirían: “Estos son nues­tros hermanos”. Yo parto de que esta no es una cuestión de principio. Por cierto, yo como norma solo escribo y digo marxismo, no pienso en la ne­cesidad de agregar nada más; y como he dicho, asumo como algo elemental la idea del carácter histórico de toda terminología y la necesidad de estar alertas ante los desplazamientos de sentido y las modificaciones en la percepción colectiva del significado de las palabras. Pienso que es tan nocivo aferrarse a uno u otro término sin parar mientes en la forma en que es percibido, como pretender sustituir los debates conceptuales por debates terminológicos, por no hablar ya de en­cubrir distanciamientos ideológicas inconfesa­dos con peleas aparentemente terminológicas.

Es cierto que, en la conciencia colectiva de una parte de los intelectuales y actores políticos, en Cuba y en el mundo, el susodicho guión interme­dio se asocia, sobre todo tras la desintegración de la Unión Soviética, con interpretaciones sesgadas y con toda clase de males, incluidas pur­gas y represiones masivas. Estamos obligados a ser cuidadosos en la utilización de los términos. Recuerdo haber escuchado al Comandante en Jefe decir que él está totalmente de acuerdo con el concepto de dictadura del proletariado, pero, dada la connotación que el vocablo dictadura (que significa dominación de clase) ha adquirido, en particular en América Latina, le parecía con­traproducente continuar utilizándolo. Es posible que estemos ante una situación análoga. Vale la pena, por consiguiente, pensar en la convenien­cia o no de hacer desaparecer el guión o sustituirlo por una letra, aunque se rían de nosotros los marcianos… Por cierto, tengo entendido que la Real Academia de la Lengua está recomendan­do quitar, por innecesarios, todos los guiones en­tre dos palabras. ¡Que se los lleve el viento!

Así, pues, podemos eliminar el guión. Eso no me parece relevante. Lo que sí me lo parece es rechazar la identificación de los términos mar­xismo-leninismo, marxismo soviético, marxis­mo oficial, marxismo vulgar, manualismo y es­talinismo que he encontrado en mis andares por esos mares de Dios; identificación que asombra por lo ligera, por lo ramplona, por lo antihistórica y por el millón de paralogismos o sofismas que conlleva. Ahí es donde veo la esencia del asunto en términos conceptuales.

No todo —¡ni mucho menos!— el marxis­mo soviético es estalinista, vulgar ni manualis­ta. Piénsese en pensadores de la talla de Évald Iliénkov, Alexéi Lósiev…

Carlos Delgado: Lósiev no aceptaba ser mar­xista.

Rubén Zardoya Loureda: Bueno, tenía una fuerte influencia de Marx y no perdió oportuni­dad para citarlo. Además, eso lo dijo después, ya en la época de la perestroika, en una entrevista que yo también leí.

 Carlos Delgado: No lo podía decir antes…

Rubén Zardoya Loureda: Esa es una lectura. Otra es que lo dijo cuando ya no estaba de moda ser marxista, cuando ya no era de “buen gusto” ni abría puertas en el mundo académico ni en las editoriales. Como quiera que sea, mis respetos para la obra de Lósiev, sin dudas la más impor­tante en materia de Historia de la Filosofía Anti­gua que hubo en la Unión Soviética.

Iliénkov se reconocía marxista-leninista, y su obra no tiene nada que ver con los manuales ni con la forma vulgar de la teoría, tal y como la caracterizó Marx. Lo mismo podemos decir de Mijaíl Lifshits, de Boris Pórshniev y de Konstan­tín Megrielidze, por solo citar algunos ejemplos. Tampoco todo el marxismo soviético era ofi­cial, como evidencia el destino de los propios Iliénkov, Lósiev y Megrelidze. En cuanto a los manuales de marxismo-leninismo, en términos relativos, estos representaban una ínfima pro­ducción, aunque alcanzaran tiradas masivas. La mayoría de los textos sobre marxismo que se editaban en la URSS eran monográficos. A pro­pósito, existen manuales útiles, capaces de expo­ner los fundamentos o ideas centrales de una u otra rama de la filosofía o la ciencia sin vulgarizar, sin mayores costos de producción. Uno de ellos es nada más y nada menos que la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas de Hegel, donde trató, con éxito relativo, de acercar a la comprensión de sus alum­nos construcciones de enorme calado filosófico.

Pero lo que me parece más importante es re­chazar la idea de que todo el marxismo-leninis­mo es necesariamente estalinista. La teoría esta­linista es una forma, ¡solo una forma!, vulgar por cierto, del marxismo-leninismo, dominante por décadas.

 Isabel Monal: Mi formación filosófica descan­sa sobre la duda y el escalpelo de la escuela analí­tica anglosajona. Me parece que en las primeras intervenciones hubo matices diferenciadores con respecto a lo que parecía que entendíamos cada uno de nosotros por ideología. Después de la se­gunda intervención de Carlos, debo decir que yo sí tengo grandes discrepancias, con afirmaciones que escucho muy absolutas, para toda ideología, para todo momento, de que sea un sistema sim­plificado, así como otras aseveraciones. A mí me resulta difícil ver el mundo de esa manera. Mis conocimientos de historia de la filosofía me en­señan todo lo contrario, a partir del estudio de cómo evolucionaron las ideas. Sus palabras in­dican que él entiende por ideología algo distinto de lo que entiendo yo. Creo que hay ideologías que se pueden convertir en sistemas simplifica­dos, y las hay que no. Eso es un problema históri­co, que tiene que ver con muchas condiciones, no solo con las teorías y las concepciones que pro­ponen las ideologías, sino con el contexto en el que después ellas se desarrollan. A veces incluso se convierten en su contrario.

No creo ni remotamente que todas las ideolo­gías conlleven inevitablemente, como un rasgo o característica fija, un momento de opresión. Todas, eso sí, buscan ser hegemónicas e, incluso, dominantes. Diferencio, siguiendo a Gramsci, dominación de hegemonía, pero ¿opresión?, eso es ya otra cosa totalmente distinta. Hay ideolo­gías que se convierten en formas de opresión, y hasta que buscan por su naturaleza misma el ejercicio de la opresión; puede que surja la ne­cesidad histórica de la opresión, como en el caso del nazi-fascismo, es decir, necesidad en el sen­tido que el fenómeno mismo implicaba la opre­sión y hasta más. Aquí entra la historia: yo no puedo de ninguna manera aceptar un absoluto válido para todo momento, para toda circuns­tancia o para todo tipo o forma de ideología. Este sería precisamente el caso de la ideología de la Revolución cubana. No creo que haya nada falso o incorrecto en referirse a ella en términos positi­vos, ser positivo no implica ser perfecto, y menos aún si se trata de formas de pensar. Lo positivo ideológico tampoco implica la inmovilidad, y la necesaria movilidad no es contradictoria con la valoración positiva. La ideología de la Revolución cubana se modifica y enriquece a partir de las experiencias, de los nuevos conocimientos y de las circunstancias mundiales, regionales y nacio­nales cambiantes. Lo esencial es que no deja de ser en ningún momento una ideología de la jus­ticia social y de la emancipación, una ideología del cambio revolucionario.

No habría tampoco que olvidar que la ideo­logía, como toda forma de pensar, como todo conjunto de ideas, no tiene un devenir autóno­mo de las condiciones materiales. En ese sentido no tiene una historia que se pueda considerar de manera estricta como propia o independiente. Tampoco es posible —y esto aunque ya se indi­caba más arriba hay que subrayarlo— compren­derla fuera de las luchas de clases. Hoy, aunque el carácter de clase sigue siendo el esencial, hay que tomar en cuenta otras formas de divisiones de los grupos sociales tales como el género, los étnicos, etc. Justamente el significado de estas variedades se ha enriquecido y el entendimien­to de sus funciones en la sociedad ha ganado en comprensión. Así la emancipación integral de la que hablaba el Manifiesto, es hoy inimaginable sin toda una rica gama de componentes sociales que no habían sido plenamente apreciados.

No es posible, pues, la plena comprensión de la ideología sino es en el seno del devenir de la formación económico-social en la que se inser­ta y de la que forma parte. Marx y Engels no hablaban, en este sentido, de ideología porque, como ya apuntaba antes, no es la terminología que encontramos a lo largo del conjunto de sus producciones teóricas. Así, no la llamaron especí­ficamente ideología (por las razones indicadas), pero quedaba siempre unida a los cambios de los modos de producción y a un concepto (uno de los más lúcidos y sólidos de Marx), el ya mencionado de formación económico-social, que presenta la sociedad como totalidad. Desde ahí, nos dicen, las ideas (la ideología tiene que ver justamente con las ideas) no tienen independencia ni auto­nomía. Si soy marxista, estoy reconociendo por definición que no se trata de un proceso pura­mente interno y que tiene que ver con el devenir histórico y con las consecuencias históricas. Y no puedo separar mi comprensión de ideología de esta visión marxista, de la concepción del mate­rialismo histórico, porque es clave. En ese sentido es entendible que la ideología no se transforma autónomamente, pero eso no quiere decir ni im­plica que no lo haga desde lo interno. Creo, sí, que no funciona siempre sobre la base del conoci­miento. Porque incluso, si observamos la historia de la filosofía y la historia de las ciencias, en cier­tos períodos de la historia de la humanidad don­de hay una serie de dominaciones y opresiones, hasta el conocimiento puro pudo utilizarse para estas formas que se ideologizaron. Pero la ideolo­gía que emana y se inserta en el legado marxis­ta y leninista no puede funcionar ni renunciar a su base en el conocimiento, en la interpretación correcta, en definitiva en la teoría.

Me parece imprescindible que exprese mi de­sacuerdo con la afirmación de que la ideología en la Unión Soviética cambió de la noche a la maña­na o de un día para otro. Desde muchos años an­tes, mucha gente vio los signos —incluyendo los ideológicos— de que las bases de aquella socie­dad se venían abajo, en particular historiadores y politólogos o estudiosos en general. Los signos estaban. Nada ocurre en el devenir histórico de la noche a la mañana, sin signos de ningún tipo, puede que uno no los haya visto, puede que no los hayamos interpretado bien. Las modificacio­nes y cambios se van acumulando y madurando, y en un momento determinado se producen vi­rajes radicales y absolutos pero ellos no ocurren como cambios radicales de un día para otro a partir de la nada, y esto es particularmente cierto en lo que se refiere a las ideas, la conciencia y las formas ideológicas. Hay que verlas, además, en sus manifestaciones históricas concretas de una sociedad específica. Hay, claro, una generalidad, pero cada proceso no será exactamente igual a otros. Por otra parte, los conocimientos y los sa­beres se expanden y enriquecen. El marxismo como tal, así como la ideología de la Revolución cubana, deben marchar al ritmo de los nuevos saberes tal y como Marx y Engels mismos mos­traron, pero este aprendizaje y asimilaciones no pueden llevarse a cabo de manera acrítica, y menos aún si lo que se propone o el punto de partida incluye falsos elementos empíricos bien conocidos ya sea intencionalmente, por descui­do científico o por una errónea comprensión del marxismo.

En este contexto es oportuno tener en men­te las palabras de Gramsci cuando consideraba que la filosofía de la praxis (como él llamaba al marxismo) disponía de los medios de rectificar­se a sí misma.

 

 

 

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