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Aproximación teórica a la diferenciación político-ideológica en los Estados Unidos. Por Jorge Hernández Martínez.

Cuando se lee sobre los Estados Unidos, es frecuente tropezar ­­—tanto en textos especializados que abordan con profundidad la realidad estructural e histórica, como en acuciosos trabajos periodísticos que los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales difunden, referidos a acontecimientos específicos recientes—, con visiones encontradas acerca de las diferenciaciones político-ideológicas en ese país. Unas caracterizan la sociedad norteamericana partir de un elevado nivel de consenso, minimizando las dimensiones de conflicto, en tanto que otras identifican contradicciones tan marcadas que las perciben en términos de una polarización, como si se tratase de relaciones de incompatibilidad o antagonismo. Según se les entiende de la manera más compartida y generalizada, dejando a un lado definiciones académicas precisas, el consenso supone un acuerdo social más o menos predominante, y la polarización consiste en un proceso que organiza a un sistema alrededor de puntos o polos situados en posiciones extremas del mismo, con respecto a preferencias y posturas políticas que se adopten ante figuras, élites, partidos, colectividades, situaciones. Se toma como referencia, justamente, un eje que cuenta con dos polos o puntos extremos, definidos en términos partidistas o ideológicos, o sea: republicanos y demócratas, o conservadores y liberales[1]. Vale la pena aproximarse al tema desde el pensamiento crítico latinoamericano, y estimular el intercambio desde sus coordenadas, toda vez que la mayoría de las miradas que circulan son las de las ciencias sociales norteamericanas, y con ello, se desdibujan algunas implicaciones.

¿Polarización político-ideológica?

La perspectiva de la polarización gana presencia en los análisis sobre los procesos electorales, sobre todo presidenciales, efectuados en el siglo en curso, y se aplica a la confrontación personal, partidista e ideológica que se lleva a cabo en la contienda actual, entre el mandatario republicano Donald Trump y su rival demócrata, Joseph Biden, al punto que en ocasiones se habla, como sucedió en la puja entre George W. Bush y Al Gore en 2000, o entre John McCain y Barack Obama en 2008, de una confrontación entre conservadores y liberales, e incluso, entre derecha e izquierda. Algo similar ocurrió en los primeros meses de 2020, cuando aún Bernie Sanders se mantenía como precandidato. Se le consideraba —como había ocurrido en las elecciones de 2016, cuando competía también como precandidato por el partido demócrata con Hillary Clinton—, como una figura “de izquierda”. Por momentos, ha parecido que figuras como Sanders y Biden, salvando la distancia entre ellos, podrían propiciar cambios profundos en esa nación, cuando en rigor, ambos son exponentes de uno de los dos partidos que integran el sistema bipartidista en los Estados Unidos, Y si se retiene una experiencia cercana, como la del doble gobierno de Obama —aún y cuando despertó gran expectativa en torno a la consigna basada en el cambio que enarboló en su primera campaña y obtuvo la sorprendente victoria, al llegar a la Casa Blanca un hombre de piel negra—, fue obvio que los demócratas abrieron muchas más puertas que las que cerraron. De las reformas que prometió Obama, la sanitaria quedó inconclusa, en tanto que la migratoria y la energética ni se intentaron, además de la paradoja que definió su benévolo tratamiento discursivo sobre los migrantes y la dura política real de deportaciones que promovió. Por eso no estaría de más recordar que se trata de un sistema diseñado por las reglas clasistas de la democracia burguesa representativa, que en las condiciones del imperialismo contemporáneo se ha hecho más elitista y excluyente, y que no ha sido concebido para cambiar, sino para mantener, consolidar y reproducir el sistema.

El partido demócrata y el republicano responden al gran capital norteamericano, lo cual les imprime una similar identidad clasista, si bien responden a fracciones diferenciadas, con intereses específicos, económicos y políticos, determinados además por sus orígenes históricos, rasgos culturales y asentamientos geográficos[2]. De ahí que las diferencias partidistas, así como las ideológicas, plasmadas en la orientación liberal y conservadora que les acompañan, manifiestas con especificidades al interior de ambos partidos, son reducidas y más que contrapuestas, son contrastantes y complementarias[3].

El bipartidismo no le da cabida a un tercer partido. Por razones históricas, en los Estados Unidos la izquierda, en el sentido, por ejemplo, europeo o latinoamericano, con la que se asocia erróneamente a menudo a demócratas y liberales, ha quedado fuera del sistema partidista electoral y su resonancia en la sociedad civil ha encontrado fuertes límites. La izquierda norteamericana se expresa, fundamentalmente en el movimiento social, a través de organizaciones, instituciones y esfuerzos intelectuales que han alcanzado plazas en la academia, la cultura y el arte, ha sobrevivido en medio de luchas históricas, en las que han enfrentado brutales represiones, como parte de la lógica del imperialismo, que ha hecho lo imposible por aplastarla o silenciarla desde el siglo XIX y muy notoriamente en el XX, en los años de 1950, bajo el macartismo, en los círculos sindicales y demás nichos de la sociedad civil. No se trata de que, como algunos piensan, no exista, solo que choca con una sociedad fuertemente hegemonizada por los aparatos ideológicos y otros mecanismos de control y poder del Estado burgués, donde la ideología que se impone es la de las clases dominantes[4].

En este marco serían oportunas, entre otras, preguntas como las siguientes, que fijan los contornos analíticos de las presentes notas: ¿Las distancias entre republicanos y demócratas, entre liberales y conservadores, expresan una polarización, como extremos contrapuestos? ¿O se trata de una diferenciación con base en intereses puntuales, con zonas de solapamiento, superposición o intersección? ¿Cuál es el proceso que organiza las contradicciones del sistema a través de su unidad y diferencias? ¿Ofrece el sistema espacios y oportunidades a candidatos “de izquierda” —emancipadores, anticapitalistas, revolucionarios— que atenten contra el sistema? Quizás convenga aproximarse —siquiera brevemente, procurando explorar el fondo del asunto, dejando a un lado detalles y coyunturas, con una mirada teórica—, a esa realidad compleja, que requeriría de abordajes mucho más amplios y de interpelaciones empíricas para arribar a respuestas cercanas a lo conclusivo y exhaustivo. Como punto de partida de esta aproximación, se asume que en los Estados Unidos, el sistema capitalista en general, y el político en particular, se organiza y desarrolla a través de una contradicción clasista que se manifiesta con claridad en una real y primigenia polarización, la socioeconómica, y en una lucha de clases que suele perderse de vista, amortiguada por un entramado de dominación múltiple, de influencia, manipulación, cooptación y represión, que entre otras cosas ha condicionado el lugar subordinado y asimilado de una izquierda, en el sentido aludido. En la sociedad norteamericana, burguesa por definición y signada hoy por las condiciones del imperialismo contemporáneo, la vida social la organiza y proyecta, comenzando por el proceso básico que sostiene a toda nación (la producción) y abarcando el resto de las relaciones sociales (la política y la cultura incluidas): el capital.

Una referencia visible y elocuente del consenso existente en la sociedad norteamericana radica en el modo en que se asume, al nivel de la conciencia social, de la cultura política y la opinión pública, la identidad nacional o la adhesión al conjunto de valores fundacionales que conforman el ideario patriótico de los Estados Unidos. Tal vez uno de los más sencillos ejemplos de ello sea el hecho de que cada 4 de julio se celebra en ese país el Día de la Independencia, festejándose de modo tradicional con grandes espectáculos públicos, que incluyen el estruendo e iluminación que provocan los fuegos artificiales, junto a numerosas actividades culturales que evocan con orgullo los símbolos de la nación. Así, en 2020 se conmemoró el 244 aniversario de la Revolución Norteamericana, estimulando y explotando una vez más el presidente Donald Trump el nacionalismo patriotero y chauvinista, con sus consignas America First y Make America Great Again.

La glorificación del pasado toma en cuenta los ideales de los llamados Padres Fundadores, plasmados en documentos como la Declaración de Independencia, la Constitución de Filadelfia y la Carta de Derechos, que añadió las diez primeras enmiendas constitucionales. La convicción de que el país nació como una “ciudad en la colina”, que el mundo vería cual ejemplo a seguir, al decir de John Winthrop a bordo del Arabella, en la Bahía de Massachusetts, en 1630, pleno proceso de colonización inglesa de América del Norte hace casi cuatro siglos, fue conformando desde temprano una suerte de credo político estadounidense, que se vería reforzado por la certeza de que la revolución de 1776 era inseparable de la fe protestante y de que ello conformaba una identidad política americana inconfundible, según lo presentó Thomas Payne en aquel año en Common Sense, obra célebre que escribió con estilo sencillo y como si se tratara de un sermón, apoyándose en la Biblia para convencer al lector[5].

Consenso y diferenciaciones político-ideológicas

Podría fijarse, desde ahí, el esbozo de un consenso —con raíces tan tempranas y orgánicas como las que dimanan de las menciones anteriores—, que se iría configurando, explicable por las particularidades históricas del desarrollo capitalista en los Estados Unidos, cuyos rasgos clasistas y culturales explican las contradicciones que, en su sentido amplio, tienen lugar en su seno. El hecho de que la sociedad norteamericana sea altamente consensual desde el punto de vista político no significa que en ella no haya existido y perviva un alto grado de conflicto. Solo que este se expresa de modo significativo y perdurable a través de contradicciones políticas que tienen lugar dentro de márgenes ideológicos muy estrechos, como se registra en los diferendos entre republicanos y demócratas o entre liberales y conservadores, que nunca trascienden el consenso a nivel sistémico. A la par, se advierte que la capacidad de reto o enfrentamiento al sistema por parte de fuerzas “de izquierda”, como las que en los años de 1960 y 70 alcanzaron sus mayores expresiones, desafiando al establishment y el mainstream, entendidos respectivamente como la estable estructura institucional estatal y la corriente principal de una cultura mayoritaria, ambas exponentes del consenso, han sido efímeras e intermitentes y no han alcanzado, salvo en casos excepcionales, una convocatoria verdaderamente nacional. Pero cuando no se trata de crisis excepcionales como las aludidas, sino de contrapuntos recurrentes, como los que se manifiestan en los comicios presidenciales y los que reflejan con periodicidad las encuestas, relacionados con actitudes políticas, se prefiere en esta breve aproximación, que solo pretende motivar la reflexión sobre el tema, hablar de diferenciaciones, en lugar de concebir las relaciones implicadas como polarizaciones.

Uno de los ejes ideológicos principales, si no el principal, que sintetiza el consenso, sea el que afirma la tradición política liberal, la democracia representativa, el concepto de libertad y de derechos humanos que acompañan al modelo republicano, como paradigma de los Estados Unidos. Ese es el sedimento cultural que permite la continuidad y coherencia de una concepción del mundo que es compartida por los dos partidos que representan al sistema bipartidista —el demócrata y el republicano—, y las dos corrientes de pensamiento que nutren el mundo subjetivo o espiritual —la liberal y la conservadora. Ambos partidos y corrientes, ya se ha indicado, son expresiones políticas e ideológicas diferenciadas, pero con una base clasista común, la de la burguesía monopólica, cuyo núcleo se resume en la esencia blanca, anglosajona y protestante (white, anglosaxon, protestant o wasp, según se identifica por sus siglas en inglés). Por encima de distancias y contrapuntos, las características que separan esas distinciones tienen que ver más con sus posiciones respecto de los medios que de los fines, puesto que estos últimos están definidos por la preservación del sistema. Y en tal sentido, tanto la dinámica partidista como la ideológica tributan a la reproducción del consenso y alimentan el llamado “credo” norteamericano[6]. En ello, un vaso comunicante de primer orden es la citada ideología wasp, —que si bien atraviesa la cultura política y permea la conciencia colectiva al punto que se plasma hasta en las historietas gráficas y comics, como se advierte en la saga de los Simpsons, pertrechando al imaginario popular con el mito de que en la sociedad norteamericana es la clase media lo fundamental— es como el cociente de una operación aritmética que distribuye realidades y aspiraciones en términos de estatus y expectativas, con base en valores como el individualismo, la competencia, el apego a la propiedad privada, la convicción de que la nación nació bajo mandato divino, con predestinación mesiánica, las ideas de superioridad racial, étnica y religiosa, la búsqueda del confort, junto a la satisfacción o el ascenso en el lugar ocupado, según el caso, en la pirámide socioclasista. Sería un desliz confundir esa presencia o influencia común, resultante de un proceso histórico complejo, en las representaciones de diferentes clases y grupos sociales, con el simplificador cliché de que los Estados Unidos son una nación de clase media. Lo que sucede es que su concepción del mundo es funcional al sistema, penetra la cultura y aporta coherencia al mencionado “credo”.

A partir del referido eje del consenso, el libre mercado, el bipartidismo, el federalismo, la división de poderes y el balance de pesos y contrapesos, los derechos individuales civiles y políticos, se asocian a imágenes como la de la Estatua de la Libertad y a frases como el American Way of Life y el American Dream, que consagran el estereotipo de que los Estados Unidos son la Tierra Prometida, la Nación Indispensable, signada por los mitos del Destino Manifiesto y el Excepcionalismo Norteamericano, en la que el hombre se hace sí mismo, con su propio esfuerzo personal, lo que se universaliza con la denominación en inglés: el self-made-man. Y aunque desde luego, ni los libros de texto que guían la enseñanza de la historia del país en las escuelas y universidades, ni los medios de comunicación, o los discursos presidenciales explican que es el modo de producción subyacente el que, como dirían Marx y Engels, el que determina de acuerdo a ciertas condiciones históricas el modo de vida, la cultura, la institucionalidad social y política y las formas de conciencia colectiva, es ahí donde radica la piedra angular del mencionado eje[7]. En torno a la naturaleza de las relaciones de producción (y entre ellas las de apropiación y la correspondiente estructura de clases), que integran al mismo es que se articula el consenso político-ideológico que sostiene en la época contemporánea al sistema capitalista, monopolista-estatal, imperialista, en los Estados Unidos[8].

La sociedad norteamericana se halla hoy profundamente dividida, acentuándose lo iniciado 20 años atrás, según se registró con el prolongado e irregular proceso electoral del año 2000, al concluir el siglo XX, que elevó de manera notable la disensión, palpable en los contrapuntos provocados en la opinión pública y en los círculos intelectuales y políticos ante figuras que desde entonces han ocupado la presidencia, como las de George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump.

La polarización real primigenia: entre capital y trabajo, riqueza y pobreza

Esas divisiones se manifiestan a lo largo y ancho de los diversos ámbitos del entramado nacional, aunque quizás donde se hagan más visibles las diferencias, sea en la estructura social y en la posición partidista e ideológica que ante las elecciones presidenciales y determinados temas de la agenda nacional adopta la población.

En el primer caso, queda claro que las distantes condiciones o niveles de vida de ricos y pobres reflejan los extremos de la contradicción antagónica básica del sistema capitalista, entre capital y trabajo, la cual define la naturaleza explotadora del modo de producción que sostiene a la formación social estadounidense[9]. Se trata de una efectiva polarización socioeconómica, resultante de la desigual distribución de la riqueza entre explotadores y explotados, según lo dejaría sumamente claro una perspectiva de análisis desde la economía política[10]. Según se ha afirmado, “la tendencia a la polarización socioeconómica es revelada en análisis que concluyen el extremadamente alto nivel de desigualdad con la disminución creciente de la clase media a lo largo del tiempo tanto en países de ingresos bajos como de ingresos altos. El hambre en el mundo está al alza. Las dificultades económicas para atender la salud aumentan y una pandemia está poniendo en entredicho, una vez más, la capacidad del modelo neoliberal, aquel que sostiene sus posturas de libre mercado, la desideologización y la pospolítica, para garantizar el progreso económico y, en muchos casos, la posibilidad del hombre para sobrevivir”[11].

En el segundo, sin embargo, es discutible la consideración de que se trate de una relación similar, o sea, de una polarización, en este caso, política e ideológica, entendida del modo más convencional cual proceso de estructuración de un sistema en torno a puntos extremos de su geometría[12]. En este sentido, se advierte en buena parte de la literatura especializada en sociología y ciencias políticas que la afiliación al partido demócrata o al republicano, palpable en el respaldo electoral a uno u otro candidato a la presidencia, junto a la orientación ideológica liberal o conservadora de los ciudadanos, apreciable en el apoyo o rechazo a medidas relacionadas con cuestiones como la migración, el homosexualismo, el presupuesto para la defensa y la política exterior, entre otros, se abordan y presentan, con frecuencia, como comportamientos que expresan polarizaciones, cuando en realidad se trata sólo de posicionamientos diferentes o de distanciamientos, más no de polos enfrentados, como si fijasen límites o fuesen posiciones extremas, incompatibles, dentro de un espectro o eje ideológico y programático[13].

Ya se ha señalado que en el lenguaje de las ciencias sociales y de los medios de prensa norteamericanos es frecuente la consideración, por un lado, de que entre demócratas y republicanos, o entre liberales y conservadores, existe una polarización. Y por otro, en ocasiones se califica, al identificar dichas definiciones partidistas e ideológicas, a republicanos y conservadores como expresiones de derecha, en tanto que a demócratas y liberales se les clasifica como de izquierda[14]. Tales distinciones pueden constituir una esquematización engañosa del espectro político-ideológico norteamericano. En rigor, se trata de posiciones diferenciadas, más no antagónicas, a partir de las visiones que se adoptan con respecto a determinados temas y problemas. La polarización, de la manera convencional, significa la ubicación en lugares contrapuestos, con una concepción podría decirse que geométrica, como la que separa desde el punto de vista geográfico al polo Norte y al Sur, o en términos de la bipolaridad geopolítica vigente durante la Guerra Fría, entre capitalismo y socialismo, o entre Este y Oeste. La polarización lleva consigo contraposiciones recíprocas bilaterales. A partir de lo que se señaló, el trasfondo clasista común que distingue a las posturas aludidas, con una mirada dialéctica, conduce a su interpretación más en términos de un proceso de diferenciación entre el partido demócrata y el republicano, o entre el pensamiento liberal y el conservador, que de polarización.

En todo caso, si se admitiera la idoneidad de un concepto como el de polarización para aproximarse al tejido social, político o ideológico mundial, aplicable a los Estados Unidos, sería en los términos en que se argumentó antes y se precisó en una cita previa su expresión socioeconómica. Desde este punto de vista, como se ha puntualizado con acierto, “el nivel de polarización social global y desigualdad es ahora sin precedente. El 1% más rico de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza del planeta mientras el 80% más bajo tiene que conformarse con apenas 4.5% de esa riqueza. Mientras se extiende el descontento popular contra esta desigualdad, la movilización ultra-derechista y neofascista juega un papel crítico en el esfuerzo de los grupos dominantes de canalizar dicho descontento hacia el apoyo a la agenda de la clase capitalista transnacional, disfrazada en una retórica populista”[15].

 Liberales y conservadores, izquierda y derecha

Desde un punto de vista parecido puede considerarse que entender esas relaciones como una contradicción entre izquierda y derecha oscurece más que aclara el asunto, sobre todo si se toma en cuenta que de manera extendida, esa distinción nace de una suerte de enfoque espacial con referencia a una posición central en un espectro político-ideológico, que define sitios extremos a la izquierda y la derecha de un centro. Y estas ubicaciones se definen, respectivamente, por lo que representan en el primer caso en cuanto al cambio del sistema con una intención de legitimidad, liberación, mejoras económicas, justicia social y, en general, de progreso histórico; y en el segundo, por lo que significan para la perpetuación del status quo, basado en opresión, desigualdad, estancamiento o retroceso en la historia de la humanidad.

Es bastante común la identificación de esas distinciones con las de liberalismo y conservadurismo, atribuyéndoseles identificaciones similares. A grandes rasgos, los liberales se asocian a la promoción del cambio, asumiendo este cambio como sinónimo de progreso, contrapuesto a la regresión. Los conservadores se identifican con la resistencia al cambio, con el apego a la tradición[16]. Sobre esas bases, cabría preguntarse si en una sociedad como la norteamericana, el partido demócrata o la ideología liberal han llevado consigo aspiraciones “de izquierda”, dirigidas a transformar el sistema, si han desarrollado acciones encaminadas a la ruptura con el capitalismo. La respuesta sería negativa. La contradicción entre liberalismo-conservadurismo en los Estados Unidos es relativa. Vale la pena reiterar que no se trata de una polarización, sino de una diferenciación. Y no está de más insistir también en que ella no debe interpretarse cual analogía izquierda-derecha.

En rigor, la contraposición entre izquierda y derecha en los Estados Unidos refleja otro tipo de diferenciación cualitativa, vendría a ser como harina de otro costal. Con un sentido bastante convencional, la izquierda estaría encarnada por las instancias que retan al sistema, o sea, los exponentes del movimiento social, de las llamadas minorías, de los sectores excluidos del poder, de las clases explotadas y sus representaciones partidistas (Comunist Party, Socialist Workers Party) o socioeconómicas (Occupy Wall Street) contestatarias, interesadas al menos en reformas sensibles, cuando no en mutaciones más profundas. Entre sus componentes cabrían las organizaciones del movimiento negro, latino, feminista, juvenil, de defensa de los derechos de los homosexuales, junto a determinados sindicatos y grupos ambientalistas y pacifistas. Un segmento del partido demócrata, caracterizado por posturas cercanas a lo que se ha descrito, denominado como su ala radical, se ubica también, como regla en la izquierda estadounidense, junto a ciertas expresiones religiosas, como las de los Pastores por la Paz. La derecha, por su parte, comprendería las instituciones consustanciales al sistema, comprometidas con las élites de poder, incluyendo al partido republicano en su conjunto, aunque pueda exceptuarse algún segmento moderado o razonable, pero a la vez, a un sector del demócrata, el que se conoce como su ala derecha, junto a entidades de la sociedad civil, como la Sociedad John Birch, la Asociación Nacional del Rifle, el Ku-Klux-Klan, el Movimiento Vigilante, el Movimiento de Identidad Cristiana y no pocas denominaciones protestantes, insertadas en la conocida Derecha Evangélica.

Tal vez contribuya a clarificar lo señalado, en el sentido de que en las condiciones de los Estados Unidos, lo que se puede considerar como polarización política y clasificar como izquierda es lo que se manifiesta en el posicionamiento clasista de “los de abajo”, cuando se enfrentan a “los de arriba”. Como ejemplo, es válida la adecuada caracterización del asunto que se reproduce a continuación, referida a la actualidad en ese país:

La cada vez mayor crisis del capitalismo ha acarreado una rápida polarización política en la sociedad global entre una izquierda insurgente y fuerzas ultraderechistas y neofascistas que han logrado adeptos en muchos países. Ambas fuerzas recurren a la base social de los millones que han sido devastados por la austeridad neoliberal, el empobrecimiento, el empleo precario y relegación a las filas de la humanidad superflua[17].

En resumen, no debe perderse de vista que el contradictorio y diferenciado entramado político-ideológico norteamericano es bastante complejo y contiene muchas matizaciones, lo cual no puede ignorarse. Como tampoco procede el sobredimensionamiento de ciertas contradicciones o diferenciaciones. Con estas prevenciones debe entenderse lo común y lo diferente entre demócratas y republicanos, entre liberales y conservadores, cuyos caminos, destinos, medios y conceptos difieren dentro del común horizonte capitalista.

Un viejo ejemplo que provee la historia, que deja clara la posibilidad y realidad del consenso, por encima de las diferenciaciones, es el que recuerda, según la historiografía estadounidense, el hecho de que a pesar de todas sus discrepancias, Alexander Hamilton y Thomas Jefferson —es decir, la tradición federalista y la republicana— se acercaban asombrosamente, por ejemplo, en la comprensión de los principios generales de la política exterior y de las proyecciones militares, habida cuenta de que como común denominador compartían la defensa de los intereses nacionales, codificados desde una perspectiva tempranamente expansionista y geopolítica.

De alguna manera, esa coincidencia refleja una pauta que ha tendido a reiterarse, una y otra vez, a lo largo de la historia norteamericana, en el sentido de que ante las cuestiones más sensibles o relevantes para los intereses nacionales de los Estados Unidos, lo que se ha impuesto, más allá de diferencias entre partidos políticos y sus liderazgos personales, es una mirada pragmática, una razón de Estado, que toma nota de los verdaderos problemas que en el orden simbólico, económico o estratégico enfrenta el país. Con frecuencia ha sido evidente que se deje a un lado la retórica y se actúe en beneficio de las prioridades de los Estados Unidos. No han faltado, en tales casos, los acuerdos bipartidistas.

Como contraste y complemento, en los procesos electorales que han tenido lugar durante los últimos 40 años, si bien se han dado condiciones objetivas y subjetivas para la formulación de un nuevo proyecto nacional, que resuelva los problemas acumulados e insolubles desde que en la década de 1980 el proyecto del New Deal fue sustituido por el que impuso la Revolución Conservadora, ni los programas partidistas ni las propuestas ideológicas han conducido a ello. Lo que ha venido registrando la historia es que la puja entre demócratas y republicanos, entre liberales y conservadores, han debatido agendas políticas en procura de intereses estrechos, que no se han estructurado como opciones viables, conducentes a un nuevo, vigoroso, proyecto de nación. La crisis del sistema —crisis capitalista, estructural y cíclica—, palpable hasta hoy, profundizada por la pandemia de la COVID-19, refleja agotamiento de la tradición política liberal, ascenso de una espiral conservadora y expresiones culturales de fascismo, aunque el régimen político mantenga los atributos formales del modelo de la democracia representativa. En ese marco, el bipartidismo y la acompañante dicotomía ideológica muestran una crisis, que no quiebra un sistema cuyas capacidades de sobrevivencia y superación de sus conmociones intrínsecas siguen alargando la vida del capitalismo, sin que se articule un movimiento social ni un partido “de izquierda”, que desborde la subordinación histórica a estructuras de dominación funcionales y múltiples, capaz de convertir las diferenciaciones político-ideológicas en auténticas polarizaciones.

 Clivajes: ¿una posible aproximación analítica?

El politólogo norteamericano Seymour Martin Lipset —cuya obra, más que necesaria en el estudio de los Estados Unidos, resulta imprescindible, aunque no se concuerde con aspectos de ella— y el noruego Stein Rokkan publicaron en 1967 Cleavages structures: party systems and voter alignments[18]. Los autores desarrollaron un nuevo modelo explicativo y de análisis histórico sociopolítico para exponer los conflictos sociales no resueltos que podían encontrarse en la mayoría de países de Europa Occidental. El texto proporcionó, así, un nuevo paradigma que motivaría una corriente de pensamiento que se ha consolidado en el ámbito de la ciencia política y de la sociología, tanto en Europa como en América del Norte, y en fechas más recientes, en algunos países de América Latina, como Argentina, Chile y México.

Se ha argumentado que —al ser pensada para explicar el caso de las democracias europeas occidentales—, la herramienta teórica creada por Lipset y Rokkan poco o nada aportaban a países donde la democracia no terminaba de establecerse y consolidarse. Empero, desde finales del decenio de 1980 y durante el siguiente, ante la irrupción histórica de las llamadas transiciones hacia la democracia en América Latina, la teoría de clivajes comenzó a ser reinterpretada y aplicada en algunos estudios.

Por clivaje, aceptado el término en su traducción del inglés, se comprende una suerte de corte, segmentación o fisura. Se trata de líneas de ruptura, que establecen diferenciaciones. La representación gráfica del clivaje sería como la división que crearía una línea vertical al encontrarse, de forma perpendicular, con una línea horizontal, asumiendo que esta reflejara un espectro político ideológico de diferenciaciones convencionales con respecto a determinados temas sociales, políticos o económicos, internos y externos. Así, los clivajes permiten distinguir las posturas de los sujetos sobre temas que podrían considerarse “conflictivos” o “polémicos”, o sea, asuntos difíciles de abordar en la discusión a nivel social, en la vida política pública, porque generalmente provocan malestar en el sentir de los individuos a la hora de tratarlos. Al ser llevados al terreno de las políticas públicas y debates electorales, por ejemplo, dichos temas se vuelven muy visibles. Una de las particularidades de la teoría de clivajes es que permite observar los conflictos sociales desde dos perspectivas: la micro y la macro. La teoría permite observar el conjunto de los micro fenómenos reflejados por cualquier conflicto: movilización, protesta social, acción colectiva de carácter contestatario, entre otros, indagando en las motivaciones personales del individuo que participa en dichas acciones. Pero a la vez, también posibilita observar los conflictos a nivel macro o societal, es decir, de la sociedad en su conjunto, atendiendo al ámbito de la causalidad estructural del sistema social mismo.

La teoría de Lipset y Rokkan caracterizaba, por ejemplo, la actuación de los partidos políticos, movimientos sociales y patrones de comportamiento en tanto asociaciones de intereses particulares u organizaciones de acción colectiva. Para ello diseñaron un modelo que explicaba cómo tales proyecciones o posiciones nacían a partir de líneas de ruptura y de confrontación surgidas al interior de las sociedades europeas occidentales modernas. Al tomar como punto de partida los patrones de comportamiento con significado político que podrían abordarse en el caso de los Estados Unidos (por ejemplo, ante la votación a favor o en contra de un candidato, de adhesión o rechazo a la pena de muerte, una propuesta de reforma legislativa en torno al aborto, la migración, los derechos de la mujer o de determinadas categorías étnicas o raciales, la protección del medio ambiente, el alcance y papel del Estado, la posibilidad de poseer y portar armas de fuego, el respaldo o cuestionamiento de una acción de política exterior), Lipset y Rokkan contribuyeron a explicar y entender mejor los orígenes estructurales de los conflictos observables y no resueltos en cada sociedad estudiada.

Las divisorias que Lipset y Rokkan conceptualizaron como clivajes podrían utilizarse como variantes teóricas enriquecedoras de una aproximación conceptual y metodológica en el estudio de las diferenciaciones político-ideológicas y las motivaciones de los sujetos políticos que intervienen en el conflicto social y el debate político en general, o electoral en particular a través del tiempo[19]. Los clivajes facilitan la visibilidad de problemas sociales en tanto conflictos organizados en torno a intereses y preferencias. La estructura del clivaje puede ofrecer una pauta para observar lo que sucede en el sistema político institucional —por ejemplo, el juego democrático basado en un sistema de partidos—, y al mismo tiempo puede hacer visibles los conflictos que afectan o atraviesan a los diferentes sectores de la sociedad. Al salir del ámbito netamente político para extenderse a asuntos que dividen con determinada definición e intensidad a los miembros de una sociedad, el clivaje configura líneas de división que pueden organizar una diferenciación ante área de consenso y conflicto. Los autores mencionados identificaron ciertos clivajes básicos, como los configurados a partir de los procesos de industrialización y construcción del Estado-Nación en Europa: la fisura centro-periferia, el conflicto Estado-Iglesia, la divisoria urbano-rural, y el clivaje trabajadores-empleadores, este último con una connotación clasista. Otros estudios y autores se han apoyado en esa perspectiva para contraponer posiciones ideológicas y preferencias específicas hacia cuestiones puntuales, en campañas electorales y dinámicas de conflicto ante cuestiones que separan, diferencian o polarizan incluso, a favor y en contra, como las concernientes a la discriminación racial, étnica, de género, el consumo y legalización de drogas, entre otras. Pareciera que esa propuesta lleva consigo potencialidades analíticas y puede resultar fecunda para la exploración de la diferenciación en la esfera de la acción o participación política y en el de sus representaciones en la esfera de la ideología.

Por tanto, un análisis global y completo del fenómeno de la diferenciación político-ideológica en los Estados Unidos y de sus especificidades en los procesos eleccionarios y más allá de ellos, en la recurrente o hasta cotidiana dinámica de consenso y conflicto social, podría, pues, considerar reflexiones como las expuestas.

Desde luego, este trabajo no pretende acometer ese esfuerzo. Es apenas, como su título lo indica, una aproximación, poco ordenada, dirigida a poner de relieve algunas ideas o de introducir un ángulo visual al mirar el tema abordado, sin pretensiones de exhaustividad ni originalidad, sobre la base de constatar que la crisis, los cambios o el proceso de transición que vive la sociedad norteamericana, requiere objetivizar lo que tiene de nuevo la situación actual, y en ese empeño conviene conocer, valorar, aplicar o descartar, con sentido ecuménico y sin exclusiones, las perspectivas que desde diferentes corrientes de pensamiento, latitudes y aportes disciplinarios, como los de la economía política, la sociología, la historiografía y la politología, coexisten en el acervo de las ciencias sociales, que nunca son imparciales[20].

 

Notas:

[1] El tema del consenso ha sido más tratado en los estudios norteamericanos que el de la polarización, constituyendo su definición un lugar común y bastante convencional en los enfoques especializados de las ciencias sociales. Acerca de la polarización, en cambio, se registra una diversidad de miradas, que distingue diferentes tipos de polarización. Sobre lo primero, véase el análisis conceptual que presenta Jorge Hernández Martínez: “Hegemonía, legitimidad y consenso en los Estados Unidos”, en Revista Cubana de Ciencias Sociales, No. 38-39, octubre 2007-septiembre 2008, Instituto de Filosofía-CITMA, La Habana, 2008. Sobre lo segundo véase el recorrido por dichas miradas que realiza Ernesto Domínguez López: “La polarización política durante la Administración Obama”, en revista Universidad de La Habana, No. 287 enero-junio, La Habana, 2019.

[2] La importancia de la perspectiva clasista se acrecienta por el hecho de que la estadística y las ciencias sociales norteamericanas, no utilizan conceptos como el de clase social. La sociología y las ciencias políticas, por ejemplo, están marcadas por enfoques de estratificación social, del estructural-funcionalismo y el neopositivismo, y minimizan cuando no excluyen o incluso, rechazan las clases, sobre todo en sus formulaciones a través de Marx y Lenin, que son asumidas en el presente análisis. Se acogen a definiciones como las de G. Gurvitch, entre otras.

[3] De ahí que se afirme que en la sociedad estadounidense, nada sea más parecido a un liberal que un conservador, o que, como señaló Fidel, “allí hay un solo partido, porque no hay nada más parecido en este mundo que el Partido Republicano y el Partido Demócrata”. Fidel Castro Ruz, en “Discurso pronunciado en el encuentro de intelectuales brasileños, en Sao Paulo, Brasil, el 18 de marzo de 1990”, en: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1990/esp/f180390e.html.Según lo expresó Gore Vidal, “hay un solo partido en los Estados Unidos, el Partido de la Propiedad; y tiene dos alas derechas: la republicana y la demócrata. Los republicanos son un poco más estúpidos, más rígidos, más doctrinarios en su capitalismo laissez-faire que los demócratas, quienes son más simpáticos, más bonitos, un poco más corruptos, hasta recientemente. Y más dispuestos que los republicanos a hacer pequeños ajustes cuando los pobres, los negros, los antimperialistas no se portan bien. Pero, en esencia, no hay ninguna diferencia entre los dos partidos”.

[4] Véase Carlos Marx y Federico Engels, primer capítulo de La Ideología alemana, Edición revolucionaria, La Habana, 1966.

[5]Ambas referencias remiten a ilustraciones históricas muy conocidas en el derrotero de la cultura política estadounidense, que documentan las bases de la sostenida visión consensual prevaleciente, que se suele comprender como un “credo” norteamericano, que penetra transversalmente el espectro de partidos y de corrientes de pensamiento.

[6] Los principales exponentes de tal punto de vista son Gunnar Myrdal y Samuel P. Huntington. Véanse sus obras respectivas, An American Dilemma, Pantheon Books, New York, 1972, y American Politics. The Promise of Disharmony, The Belknap Press of Harvard University, Cambridge, 1981.

[7] Se trata de la conocida tesis que Marx y Engels desarrollan en su concepción materialista de la historia. Véase el primer capítulo de La Ideología Alemana, Ob. Cit.

[8] El análisis sobre el desarrollo y la actualidad de los Estados Unidos, bien sea sobre su economía, sociedad, cultura, sistema y procesos políticos, a nivel interno o en su proyección exterior, puede apoyarse en disímiles miradas teóricas y en diferentes disciplinas. En ese esfuerzo, la teoría del imperialismo aporta claves imprescindibles a la comprensión de los cambios, tendencias y perspectivas de ese país.

[9] Esas contradicciones se han hecho mucho más intensas bajo la pandemia de la COVID-19 y la profundización de la crisis ya existente. Véase Sandy E. Ramírez Gutiérrez, “Concentración de capital por debajo de la pandemia”, y Simona Violeta Yagenova, “Los desafíos del mundo del trabajo”, ambos en América Latina en Movimiento, No. 549, julio, ALAI Quito, 2020.

[10] Véase David Harvey, El enigma del capital y la crisis del capitalismo, Ediciones Akal, Madrid, 2013.

[11] Yazmín Bárbara Vázquez, “Polarización socioeconómica, neoliberalismo, pandemia y, una vez más: ¿qué hacer?”, en La Jiribilla, Edición Nro. 871 (04 de Mayo al 05 de Junio de 2020). http://www.lajiribilla.cu/articulo/polarizacion-socioeconomica-neoliberalismo-pandemia-y-una-vez-mas-que-hacer

[12] Ernesto Cárdenas realiza un útil examen del concepto de polarización, que reconoce su relación con la concepción materialista de la historia. En ese sentido, señala que “Marx, quizá el primer economista que abordó la noción de polarización y su relación con el conflicto social, destacó la existencia de dos grupos bien definidos y enfrentados en un conflicto social: trabajadores y capitalistas. No obstante, la falta de una teoría de la polarización pospuso al análisis sistemático de este fenómeno hasta hace poco. En las ciencias sociales, la noción de polarización se ha abordado en forma difusa y sin una clara comprensión de los canales a través de los cuales afecta la probabilidad de que aparezcan conflictos sociales”. Véase de su autoría “Polarización y conflicto social”, en Revista de Economía Institucional, Vol.13, No.24, enero-junio, Bogotá, 2011, p. 254.

[13] Algunos de los autores y trabajos que más se refieren a la caracterización del estado en que se halla el estudio de la polarización y que presentan conceptualizaciones, son los siguientes: J. Duclos,  J. Esteban  y  D.  Ray, “Polarization:  Concepts, measurement, estimation”, en Econometrica, No. 72,   2004;  J.  y  D.  Ray, “Conflict and distribution”, en Journal of  Economic Theory, No. 87; J. Esteban,  C. Gradín y  D.  Ray,   “Comparing  polarization measures”, Oxford  Handbook  of  the  Economics  of  Peace  and  Conflict,  Oxford University  Press,  Oxford, 2011. Los trabajos mencionados de Ernesto Domínguez y Ernesto Cárdenas presentan una amplia relación de estudiosos del asunto.

[14] Una visión clara de las distinciones y del desarrollo de ambas expresiones la realizan Luis Eduardo González Ferrer y Rosario Queirolo Velasco. Véase: “Izquierda y derecha: formas de definirlas, el caso latinoamericano y sus implicaciones”, en América Latina Hoy, No. 65, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 2013.

[15] William I. Robinson, “Capitalismo y Corononavirus”, en La Jornada, miércoles 6 de mayo, México, 2020. https://www.jornada.com.mx/2020/05/06/opinion/017a1pol

[16] Véase Jorge Hernández Martínez, “Miradas a los Estados Unidos: historia y contemporaneidad”, en revista Temas, No. 60, 2010; “Estados Unidos: hegemonía y cultura política”, en Marco A. Gandásegui (Coordinador), Crisis de hegemonía de Estados Unidos, CLACSO-Siglo XXI Editores, México, 2007; y “Estados Unidos: ideología y política en tiempo de transición”, en revista Temas, No. 81-82, La Habana, 2015.

[17] William I. Robinson, Op. Cit.

[18] Véase Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan, Cleavage Structures, Party Systems and Voter Alignments: An Introduction”, en Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan (Editors), Party Systems and Voter Alignments, Free Press, New York, 1967.

[19] Véase Salvador Aguilar, “La teoría de los clivajes y el conflicto social moderno”, en  http://diposit.ub.edu/dspace/bitstream/2445/11012/1/Clivatges%20publ.%20digital% 20 ub.pdf>

[20] Resultan útiles en ese sentido los análisis de autores y textos como los que siguen, a modo de contexto y de interpretación general, dentro de los cuales encuadrar, el estudio de las contradicciones, conflictos, diferenciaciones, polarizaciones, así como los consensos, en una sociedad como la estadounidense. Véase, entre otras, Samir Amin, Unequal Development, Harvester Press, Hassocks, 1976; Giovanni Arrighi, Geometry of Imperialism, New Left Books, Londres, 1977; Edward Said, Cultura e imperialismo, Editorial Anagrama, Barcelona, 1996; William I. Robinson, Una teoría sobre el capitalismo global: Producción, clase y Estado en un mundo transnacional, Siglo XXI Editores, México, 2013; David Harvey, Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, IAEN, Quito, 2014.

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Un comentario

  1. nO CREO QUE SE PUEDA HABLAR DE DIFERENCIAS ioDEOLOGICAS ENTRE dEMOCRATAS Y REPUBLICANOS PUES AMBOS RESPONDEN A LOS INTERESES DE LOS RICOS, DE LOS MONOPOLIOS, DE LOS PROPIETARIOS, LAS DIFERENCIAS SON DE MATICES POLÍTICOS PERO NO PÀRA BENEFICIAR A LOS HUMILDES SINO PARA DIVIDIRLOSD Y PODERLOS OPRIMIR MÁS. dADO QUE LA pOLÍTICA ESTA VINCULADA A LAS RELACIONES DE PODSER SE PUEDE DECIR QUE UNA POLÍTICA ES MÁS BENEFICIOSA PARA LOS MÁS RICOS Y UNA MENOR BENEFICIOSA. a LOS LARGFO DE LA HISTORIA LA LUCHA POR EL PODER EN eSTADOS uNIDOS HA SIDO LA LUCHA DE LOS QUE TIENEN MILLONESD PARA GASTAR EN SUS CAM,PAÑAS ELECTORALES DONDE NO HAY UN VERDADERO PROGRAMA PARTIDISTA SINO PROMESAS QUE NO SE CUMPLEN. cON RELACIÓN A cUBA HAY DOS VIAS LA DE INCREMENTAR LAS MEDIDAS POLÍTICAS, ECONOMICAS, FINACIERAS, DIPLOMATICAS, Y LA OTRA LA PROPUGNADA POR oBAMA DERRUMBAR EL SOCIALISMO PENETRANDONOS Y DANDONOS COMO DIJO EL Primer Ministro de Canada cuando inauguró la Term,inal 3 del aeropuestro José Martí: Para eliminar la Revolución Cubana 5 millones de turistas yanquis y canadienses gastando dinero en Cuba… Ver carril 2 ley toricelli.

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