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Se sabe que Rosa nació en Bayamo hacia
1830 y que fue hija de Don Matías Castellanos y Francisca Antonia
Castellanos, según ella reconoció en la escritura testamentaria ante
notario; que es trasladada a la ciudad de Camagüey en la segunda mitad
de la década del sesenta, residiendo en la Calle San Isidro # 22; y
que compartió su vida íntima con José Florentino Varona Estrada,
antiguo esclavo negro, con quien se incorporó a la contienda
independentista de 1868 a 1878.
Según el periodista norteamericano Grover
Flint, la reputación de La Bayamesa data de la misma Guerra de los
Diez Años, tiempo en que mantuvo a sus expensas y bajo su única
responsabilidad un hospital de sangre en la montaña “El Polvorín”,
ubicado en la puertoprincipeña Serranía de Najasa; al tiempo que el
historiador camagüeyano Juárez Cano apunta que ella organizó los
hospitales de sangre a raíz del primer combate librado en Ceja de
Altagracia, el 3 de mayo de 1869.
De la temprana celebridad de Rosa
Castellanos, Ramón Roa dejó constancia al transcribir para la
posteridad un ameno diálogo entre Máximo Gómez y la insigne
compatriota:
…“yo he venido con mis ayudantes
expresamente para conocerte –dice el Generalísimo–; de nombre ya no
hay quien no te conozca por tus nobles acciones y los grandes
servicios que prestas a la patria”, a lo que responde la humilde
mujer:
“No general, yo hago bien poca cosa por
la patria. ¿Cómo no voy a cuidar de mis hermanos que pelean?,
¡pobrecitos! Ahí vienen luego que da grima verlos, con cada herida y
con cada llaga, ¡y con más hambre General!; yo cumplo con mi deber y
de ahí no me saca nadie porque lo que se defiende se defiende y yo
aquí no tengo a ningún majá [vago]; ¡el que se cura se va a su batalla
y andandito” [de andar –irse al combate].
Aunque todavía se carece de información
precisa sobre su quehacer durante la Tregua Fecunda (1878 a 1895), es
conocido que al iniciar la Revolución del ‘95 vivía en Najasa, y
desde allí se enrola en la guerra necesaria el primero de de junio. Es
decir que Rosa La Bayamesa, con unos 65 años, estuvo entre las
primeras personas que en el Camagüey se incorporan a la lucha
concebida por José Martí, y nuevamente se hizo cargo del cuidado de
los heridos y enfermos.
Tanta resultó la entrega que La Bayamesa
devenida camagüeyana le brindaba a sus pacientes, que en un momento
determinado de 1896 –está en discusión la fecha exacta–, a propuesta
del propio Gómez y del Presidente de la República en Armas, Salvador
Cisneros, le fue otorgado el grado de Capitán del Ejército Libertador.
Para esa oportunidad, se argumentó:
“Esta mujer abnegada prestó excelentes
servicios a la Guerra de los Diez Años y en la revolución actual,
desde sus comienzos ha permanecido al frente de un hospital en el cual
cumple sus deberes de cubana con ejemplar patriotismo. La Patria
agradecida le da este reconocimiento por su lucha, por salvar vidas en
una lucha donde se pierden tantas”.
Quizá sus mayores dotes como enfermera los
expresara Rosa María a través de la conjunción de su humanismo, su
buen humor y su sentido de la disciplina, pues existe constancia de
que siempre estaba jaraneando con los enfermos, mientras que mandaba,
ordenaba e infundía respeto entre todos.
Luego de la grotesca intervención yanqui
en la lucha del pueblo cubano contra el colonialismo español y tras la
llegada de la mediatizada República instaurada el 20 de mayo de 1902,
a La Bayamesa le fueron liquidados sus haberes de acuerdo con su
grado militar. Y en el marco de desilusiones y pobreza, continuó
entregando sus parabienes en labores de comadrona y otros servicios
como la cura de erisipelas y empachos.
En plena desgracia, a duras penas el
Ayuntamiento le aprobó un crédito de 25 pesos mensuales como socorro,
el 4 de septiembre de 1907. Pero quedaban solamente veintiún días para
su fallecimiento, víctima de una afección cardiaca.
Por sus sobrados méritos, su cadáver fue
velado en el Salón de Sesiones del mismo Ayuntamiento, donde
permaneció por espacio de unas treinta horas. El Centro Territorial de
Veteranos de la Independencia le ofreció los honores militares que le
correspondían, y el pueblo de Camagüey desfiló depositando ofrendas y
otorgándole el merecido tributo de cariño y admiración a La Bayamesa.
En la primera plana del periódico El Camagüeyano de ese día,
se publicó la noticia.
Antes de morir, ella hizo un testamento en
el que designaba como albacea y heredero universal de sus escasos
bienes a Nicolás Guillén Urra –padre de quien se convirtió en el
Poeta Nacional de Cuba–. Tal parece que con ello, anunciaba la
continuidad de su vida revolucionaria.
Así, sin temor a equívoco se puede
sostener que Rosa, La Bayamesa –símbolo de la mujer cubana–edificó
una vida para el bien del prójimo y por la libertad e independencia de
su Patria.
[1]
Este trabajo tiene por fuente fundamental el estudio
realizado por Ana Rosa Paneque Vidal, el cual fue publicado en los
Cuadernos de historia principeña 2, compilados por Elda E.
Cento Gómez y editado por la Editorial Ácana, Camagüey, 2002. No
obstante, la información se actualizó con el investigador Fernando
Crespo Baró, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de
Camagüey.
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