Era bastante observador de la situación del Tercer Mundo. Se preocupó
por los asuntos internacionales, por la Conferencia de Bandung, el
Movimiento de los No Alineados y otros temas. Él se marcha en 1965,
había recorrido el mundo, sostuvo reuniones con Zhou Enlai, con Nehru,
con Nasser, Sukarno, porque tenía en realidad mucha vocación
internacionalista y mucho interés por los problemas del mundo en
desarrollo.
En relación con China, recuerdo que el Che habló con varias
personalidades chinas, hizo contacto con Zhou Enlai —como ya dije—, se
reunió con Mao, se interesó por el pensamiento revolucionario chino. No
tuvo conflictos con los soviéticos; pero es obvio que él era más
partidario, o veía con mayor simpatía a China.
Incluso visitó Yugoslavia, a pesar de la autogestión y todas esas
cuestiones que a mí, realmente, no me agradaban mucho. Porque una
cooperativa tenía hoteles y otras actividades que la apartaban de su
objetivo original, y ya yo había visto algunas en Cuba que, a veces, en
vez de dedicarse a la agricultura, se dedicaban al comercio y al
turismo.
Él, en diciembre de 1964, estuvo en Naciones Unidas, luego en
Argelia, y estuvo viajando por África también en los primeros meses de
1965.
Sí; pero ya después, eso fue una estrategia, en la fase final del
desarrollo de su misión, cuando ya se había tomado la decisión de que él
fuera a Bolivia. Estaba bien, con un entusiasmo tremendo, y tenía el
propósito de contribuir a la revolución en Argentina. Iba creando
condiciones, porque entonces todos nos querían destruir y la respuesta
nuestra era cambiar lo que existía. Esa fue la gran verdad. Siempre nos
atuvimos a ese principio.
Usted me dijo una vez: "Ellos internacionalizaron el bloqueo,
nosotros internacionalizamos la guerrilla".
El caso de Trujillo, contra quien un grupo de dominicanos armados
partió de Cuba en julio de 1959, lo cual se constituyó en el primer
movimiento de apoyo a la lucha contra una dictadura —en ese caso se
trataba de un viejo compromiso con los dominicanos que luchaban con
nosotros—, fue una excepción. Trujillo había suministrado armas a
Batista, allí se refugió este al finalizar la guerra y desde allí
partieron acciones armadas contra nuestro país.
Con respecto a los demás países en similar situación, la norma era el
respeto, acogernos al derecho internacional, a pesar de que ninguno de
ellos podía tener mucha simpatía hacia nosotros. Pero existían distintos
matices, algunos con más independencia respecto a Estados Unidos, otros
menos. Claro que los más incondicionales rompieron relaciones de
inmediato con Cuba, otros resistieron; Brasil resistió, Uruguay
resistió, Chile resistió. Venezuela, en cambio, no resistió nada, porque
estaba allí Rómulo Betancourt, quien fue de izquierda un tiempo y más
tarde un saco de rencor reaccionario. De este modo un grupo de países
latinoamericanos mantuvo relaciones con Cuba durante un tiempo, y México
todo el tiempo.
Los Estados Unidos les reprocharon a ustedes ayudar en todas partes a
la subversión.
Las exigencias de los norteamericanos a Cuba han sido de distintos
tipos; han ido variando, a cada rato añadían otras nuevas.
Primero, teníamos que renunciar al socialismo; luego, había que
romper los vínculos comerciales y de todo tipo con la URSS. Siempre han
planteado alguna demanda, después de condenarnos y de aislarnos; después
de Girón, después de la Crisis de Octubre; cada vez surgían nuevos
problemas. Más adelante fueron las luchas revolucionarias en América
Latina: al estallar éstas Cuba debía cesar todo apoyo a esas luchas —le
estoy citando algunas de las demandas—; más tarde Angola, cuando fue
atacada por Suráfrica en 1975, todo el mundo conoce lo que pasó: había
que retirarse de Angola, si nos retirábamos de Angola se resolvían los
problemas con Cuba, eso nos decían..., y así por el estilo.
Después hubo más problemas aún, porque había surgido, en 1974, la
revolución en Etiopía, y por la situación creada allí nos vimos en la
necesidad de cooperar en 1977 con los etíopes y de hacerlo también con
otras causas. Éramos un país aislado y, mientras más Estados Unidos
intentaba aislarnos, más nos relacionábamos con el resto del mundo.
Pero a ustedes se les siguió acusando de "exportar la revolución".
Para aquella época, en los años 60, ya nadie en América Latina tenía
relaciones diplomáticas con nosotros; excepto —como dije— México.
Nosotros en aquel momento nos atuvimos a las normas internacionales. Sí
queríamos la revolución, la deseábamos, por doctrina, por convicción;
pero respetábamos el derecho internacional. Yo sostengo, además, que la
revolución no puede ser exportada, porque nadie puede exportar las
condiciones objetivas que hacen posible una revolución. Siempre hemos
partido de ese criterio y seguimos pensando así.
Después del triunfo de la Revolución, yo estuve, en mayo de 1959, en
Buenos Aires. Esa visita coincidió con una reunión de la OEA
[Organización de Estados Americanos], y allí planteé una especie de Plan
Marshall para América Latina —como el famoso plan de ayuda a la
reconstrucción de Europa—, y estimé su costo en 20 mil millones de
dólares. Bueno, no contaba con la experiencia de ahora ni mucho menos.
Pero sí tenía algunas ideas: experiencia internacional no mucha, excepto
todo lo que había leído a lo largo de mi vida y las meditaciones sobre
el tema. Mi experiencia concreta sobre América Latina tampoco era mucha.
No obstante tuve la iniciativa de plantear en Buenos Aires la cuestión
del desarrollo. ¿Sabe cuánto debía América Latina en aquella época?
No.
Cinco mil millones de dólares.
Comparada con la deuda que tiene hoy —850 mil millones de dólares— no
es gran cosa.
América Latina tenía entonces la mitad de la población, eran menos de
250 millones de latinoamericanos; hoy cuenta con más de 500 millones de
habitantes. La deuda externa —no hablo de deuda interna, que es también
deuda de la nación con los que tienen mucho dinero— es deuda que el país
tiene que pagar al extranjero con intereses. Esto no comprende fuga de
capitales, intercambio desigual, la fuga de capital hacia países de
moneda fuerte y economía más sólida, los privilegios que Bretton Woods
concedió a Estados Unidos, los derechos de quien imprime el dólar en el
mundo. Ya el refugio del papel moneda no es el oro, porque el presidente
Nixon, en agosto de 1971, suspendió unilateralmente la conversión del
dólar en oro y no quedó más que el dólar, la única divisa existente en
este hemisferio; todas las demás variaban mucho y ninguna era segura.
Entonces todo el dinero de todos los países latinoamericanos, bien o mal
habido, tiende a fugarse, y se fuga hacia Estados Unidos.
Ese plan que propuso usted en la OEA fue rechazado, me imagino.
Con aquel plan se hubieran evitado muchas tragedias en este
continente. Y dos años después, ya se lo mencioné, Kennedy retornó la
idea y planteó una suerte de Plan Marshall para América Latina, la
Alianza para el Progreso: reforma agraria, reforma fiscal, construcción
de viviendas, etcétera.
Lo cual no le impidió seguir hostigando a Cuba.
Sí, en aquel entonces ellos nos liberaron de compromisos. Pienso que
existían condiciones objetivas, y que lo hecho por el Che fue
absolutamente correcto, no hubo ni la menor discrepancia. En ese momento
ya se habla de la política intervencionista de Estados Unidos, y el
presidente John Kennedy, realmente un tipo con talento, tuvo la
desgracia de heredar aquella expedición de Playa Girón contra Cuba, y la
recibe y asimila. Es valiente en la derrota, porque asumió toda la
responsabilidad y dijo aquella frase: "La victoria tiene muchos padres,
la derrota es huérfana".
Kennedy se entusiasmó mucho con los "boinas verdes", las tropas
especiales, y las envió a Vietnam. Él había sido combatiente en la
Segunda Guerra Mundial, se portó bien, según se afirma, pero se
compromete irresponsable e injustificadamente con la atroz e ignominiosa
guerra en Vietnam, da los primeros pasos y comienza a enviar refuerzos.
Por ahí empezó todo. Los vietnamitas, que en 1954 ya habían ganado una
guerra contra Francia, a su vez —según nos han contado ellos—, viendo la
victoria de la Revolución Cubana en Playa Girón, se sintieron
inspirados, siempre han dicho que lo nuestro ejerció influencia, y
tuvieron confianza en que podrían luchar. Tal vez fuera cortesía. Ellos
siempre mantuvieron su combativa organización en el Sur.
También Vietnam los inspiró a ustedes. El Che decía: "Hay que crear
dos, tres, muchos Vietnam".
Yo le doy toda la razón, y afirmo que doce años después de su muerte,
en 1979, ya se había acabado la guerra de Vietnam, y triunfa el
movimiento sandinista en Nicaragua, con un tipo de lucha como la que
nosotros llevamos a cabo y como la del Che. También se desarrolla el
movimiento salvadoreño con temible fuerza, uno de los que más
experiencia adquirió.
Ustedes ayudaron bastante a los salvadoreños, ¿verdad?
Ofrecimos nuestra modesta cooperación. Los vietnamitas, a raíz de su
victoria en 1975 sobre Estados Unidos, nos entregaron muchas armas
norteamericanas recuperadas por ellos después de la caída de Saigón;
nosotros las transportamos en barco, pasando por el sur de África, y una
parte se las entregamos a los salvadoreños del FMLN [Frente Farabundo
Martí para la Liberación Nacional].
¿Ustedes estimaban que las condiciones estaban dadas en América
Latina para que pudiese repetirse otra experiencia revolucionaria como
la de Cuba?
Mire, hay factores de orden subjetivo que pueden cambiar la historia.
A veces existen condiciones objetivas para los cambios revolucionarios y
no se dan las condiciones subjetivas. Fueron los factores de carácter
subjetivo los que impidieron que realmente, en aquella época, no se
extendiera la revolución. El método de la lucha armada estaba probado.
Ya le digo, Nicaragua triunfa doce años después de la muerte del Che en
Bolivia. Es decir que las condiciones objetivas en muchos países del
resto de América Latina eran superiores a las de Cuba. Aquí existían
muchas menos condiciones objetivas, pero eran suficientes para hacer
una, dos o tres revoluciones. En el resto de América Latina las
condiciones objetivas eran mucho mayores.
Debo decir que nosotros contribuimos mucho a la unidad de aquella
gente en Nicaragua, en el Salvador, en Guatemala. A los sandinistas, que
estaban divididos; a los salvadoreños, divididos en no menos de cinco
organizaciones; a los guatemaltecos, igualmente fragmentados. La misión
nuestra fue unir, y realmente logramos unirlos. Hemos sido solidarios y
hemos dado alguna modesta cooperación a los revolucionarios de
Centroamérica. Pero ser solidario y dar alguna forma de cooperación a un
movimiento revolucionario no significa exportar la revolución.
Pero ustedes ayudan al Che a llevar la revolución a Bolivia.
Sí, cooperamos con el Che, compartíamos sus puntos de vista. Che
tenía razón en aquel momento. Entonces se habría podido extender la
lucha, lo creo con franqueza. En aquella época, 1968, todavía no había
surgido Torrijos en Panamá. Se producen igualmente otros fenómenos, el
triunfo de Allende en Chile en 1970, y comienzan a restablecerse las
relaciones con Cuba.
En Colombia ya existía la guerrilla, desde 1948, desde antes que
nosotros libráramos la lucha en Cuba. Pero esa es otra historia más
complicada, porque allí durante bastante tiempo la guerrilla fue vista
un poco como el Movimiento 26 de Julio lo era en Cuba. Surgieron después
una serie de factores colaterales. No quiero hacer análisis sobre el
tema, algo siempre muy delicado.
¿Che le cuenta a usted, le dice cuál es su proyecto con respecto a
Bolivia y Argentina? ¿Usted comparte con él eso?
Él estaba impaciente. Lo que se proponía hacer era difícil. Por
nuestra propia experiencia, le digo al Che que podían crearse mejores
condiciones. Le planteamos que hacía falta tiempo, que no se
impacientara. Deseábamos que otros cuadros menos conocidos adelantaran
los pasos iniciales y crearan las mejores condiciones para lo que él
quería hacer. Él sabía lo que es la vida guerrillera, sabía que se
necesitaba una resistencia física, una edad determinada. Y aunque él se
sobreponía a las limitaciones y tenía una voluntad de acero, sabía que
si esperaba más tiempo no estaría en las mejores condiciones físicas.
Llegó el momento en que él ya está preocupándose por esos factores,
aunque no lo exteriorizaba. Había otras consideraciones de gran peso en
él: haber enviado, casi en los primeros años de la Revolución, a un
periodista, Jorge Ricardo Masetti —que estuvo con nosotros en la Sierra,
después fue fundador de la agencia Prensa Latina, Che y él eran muy
amigos—, a organizar un grupo guerrillero en el norte de Argentina. Y
Masetti murió en aquella misión. El Che era además una persona que
cuando enviaba a un hombre a una misión y ocurría la tragedia de la
muerte, eso le impactaba considerablemente. Le dolía cada vez que se
acordaba de los compañeros que murieron. Eso puede observarse en el
diario que escribe en Bolivia, cuando se lee lo mucho que lo impactó,
por ejemplo, la muerte del compañero Eliseo Reyes, el "Capitán San
Luis", y él lo escribe en su diario: "Hemos perdido al mejor hombre de
la guerrilla, y, naturalmente, uno de sus pilares".
Uno de los que estuvo allí, en Bolivia y en el norte de Argentina, en
1962, es nuestro actual ministro del Interior, Abelardo Colomé Ibarra, "Furry",
que tenía entonces 22 años. Ya había muerto Masetti. El Che estaba
pensando en su plan, desde luego, plenamente apoyado por nosotros, de
acuerdo con la promesa contraída.
Cuando el Che, impaciente, quiere ir a cumplir su misión, le digo:
"No están preparadas las condiciones". No quería que él fuera a Bolivia
a organizar un grupo pequeño, sino que esperara a que estuviera
organizada la fuerza. Habíamos vivido en nuestro caso toda la epopeya de
la etapa inicial de nuestra guerrilla. Yo decía: "El Che es un jefe
estratégico, debe ir para Bolivia cuando ya esté desarrollada una fuerza
suficientemente sólida y probada". Él estaba impaciente; pero no
existían aún las condiciones mínimas imprescindibles. Tuve que
convencerlo: "No están creadas las condiciones". Porque él era un cuadro
estratégico, con una experiencia grande y condiciones de estadista, no
debía arriesgarse en esa etapa inicial.
Nosotros estábamos ayudando en el Congo a la gente de Lumumba. Ya
habíamos cooperado con los argelinos en su guerra de 1961 contra la
invasión marroquí. Che estaba impaciente. Pero como África y su lucha lo
atraían mucho, le propongo ir al África para una importante tarea,
mientras se creaban las condiciones mínimas en Bolivia para iniciar una
lucha, cuyo objetivo fundamental era su patria: Argentina, para lo que
después sería una lucha más amplia en la región. La tarea en África era
muy importante por la necesidad de dar apoyo al movimiento guerrillero
en el Este del Congo belga contra Tshombé, Mobutu y los mercenarios
europeos.
¿El movimiento que dirigía Laurent-Désiré Kabila en esa época?
No, en ese momento era Gaston Soumialot quien estaba de jefe, vino a
Cuba y le ofrecimos ayuda. Se la ofrecimos también a través de Tanzania,
con el consentimiento de Julius Nyerere, presidente entonces de aquel
país. El Che y los cubanos que fueron con él cruzaron el lago
Tanganyika. Allí sí enviamos, en abril de 1965, un buen destacamento con
el Che. Alrededor de 150 hombres bien armados y con una experiencia
grande. En aquel movimiento revolucionario africano estaba todo por
hacer: la experiencia, la preparación, la instrucción. Fue una tarea
dura. En esa actividad transcurrieron varios meses de la vida del Che.
En su diario de África, el Che es muy crítico con los jefes de
aquella guerrilla.
Él era muy crítico, de aquellos jefes o de cualquiera. Tenía esas
características, el hábito de ser muy crítico y autocrítico. Era duro en
las críticas de los demás y con él mismo.
¿Era duro consigo mismo?
Sí, era muy exigente con él, ya le conté lo de México y el
Popocatépetl. Incluso, a veces, por cualquier bobería en que él se
hubiera desconcertado un segundo, se criticaba a sí mismo. Pero era
también muy honesto y muy respetuoso.
Se topó obstáculos muy grandes en África cuando llega allí en abril
de 1965. Es maravillosa la historia. En un momento dado intervenían
mercenarios blancos, surafricanos, rhodesianos, belgas y hasta cubanos
contrarrevolucionarios que trabajaban para la CIA. Las fuerzas africanas
no estaban suficientemente preparadas. El Che quería enseñarles a
combatir, explicarles que podía haber una variante u otra. Porque cuando
adquieren una experiencia, una cultura de guerra, aquellos congoleños
son soldados temibles. Les faltaba esa cultura, y cuando la adquirían se
volvían extraordinarios soldados, soldados temibles. También tenían esa
característica los etíopes; y los namibios, y los otros, los angolanos,
cuando adquirían la cultura de guerra, eran igualmente soldados
extraordinarios.
Esa cultura de la guerra no había sido adquirida todavía por los
combatientes que estaban en el Este del Congo. Se lo dijimos al Che.
Enviamos desde La Habana compañeros nuestros para analizar la situación,
y dispuestos a apoyarlos. Si hubiera habido que enviar más tropas, lo
habríamos hecho, pues disponíamos aquí de voluntarios de sobra; pero
realmente aquella lucha no tenía perspectivas, no había condiciones para
su desarrollo en ese momento, y le pedimos al Che que se replegara.
Él se quedó alrededor de siete meses en el Congo. Y de ahí va a
Tanzania, está un tiempo allí, en Dar-es-Salaam.
A todas estas el Che se ha despedido, y, como es lógico, se ha
marchado —se puede decir—clandestinamente de Cuba. Entonces comenzaron
las calumnias, comenzó a decirse que el Che había "desaparecido".
La prensa internacional decía que había una ruptura entre ustedes,
desacuerdos políticos graves, se decía que aquí lo habían encarcelado y
hasta que lo habían matado...
Nosotros soportamos silenciosamente aquella sarta de rumores y
calumnias. Pero él, al marcharse, a finales de marzo de 1965, me había
escrito una carta de despedida.
¿Usted no había hecho pública esa carta?
No. Yo tenía la carta en mi poder, y la hago pública el 3 de octubre
de 1965, en el acto en que se anuncia la constitución del Comité Central
del nuevo Partido Comunista de Cuba, porque había que explicar la razón
de la ausencia del Che en ese Comité Central. Entretanto, la calumnia
andando, el enemigo sembrando la cizaña y la duda, difundiendo el rumor
de que el Che Guevara había sido "purgado" por discrepancias con
nosotros.
Había toda una campaña de rumores.
Él me hace aquella carta espontáneamente, creo que hasta con mucha
franqueza: "Me arrepiento de no haber creído suficientemente en ti... ".
Y habla entonces de la Crisis de Octubre y otras cosas. Yo pienso que él
no creía en mucha gente, porque era muy crítico.
Un día había escrito unos versos para mí. Yo ni siquiera lo sabía.
Siempre fue conmigo muy afectuoso, siempre fue respetuoso y siempre
acató mis decisiones. Yo no me le imponía, yo discutía, no suelo dar
órdenes; suelo persuadir de lo que debe hacerse. Muy rara vez tuve que
decirle: "Tú no vas a hacer esto", prohibirle algo.
De África, él se va a Checoslovaquia, a Praga, en marzo de 1966; una
situación complicada; está allí, de hecho, clandestino. Como ha escrito
la carta de despedida y como él tenía un pundonor tremendo, no le pasaba
por la mente, después de haberse despedido, volver a Cuba. Pero los
cuadros para lo de Bolivia ya estaban escogidos y se preparaban.
Entonces yo le escribo una carta en la que le razono, apelo a su deber y
a la racionalidad.
¿Para que regrese a Cuba?
Sí. Creo que la familia ha publicado esa carta. Le hago una carta y
le hablo así, serio. Lo persuado de que regrese, le digo que es lo más
conveniente para lo que él quería hacer: "Desde allá es imposible hacer
esto. Tienes que venir". No le digo "tienes que venir" como una orden;
lo persuado, le digo que su deber es regresar, pasar por encima de
cualquier otra consideración, y terminar la preparación para el plan en
Bolivia. Y él regresa clandestinamente. Bueno, nadie lo conoció en
ninguna parte. Tampoco durante el viaje. Volvió aquí en julio de 1966.
¿Estaba disfrazado?
Mire, estaba tan disfrazado que una vez yo invité a unos cuantos
compañeros de la Dirección, les dije que quería que conocieran a un
amigo muy interesante. Estuvimos almorzando, y ninguno lo reconoció.
Fíjese si estaba de verdad disfrazado.
¿Raúl estaba frente a él y no lo reconoció?
Raúl se había despedido de él unos días antes en el centro donde se
entrenaba, y el día del almuerzo se encontraba de visita en la URSS.
Ninguno de los que estaban conmigo se dio cuenta de que era el Che.
Indiscutiblemente, nuestra gente fue muy capaz al disfrazarlo,
transformarlo. Él fue a un lugar de Pinar del Río, en una zona
montañosa, donde hay una casa, la finca de San Andrés. Allí organiza la
fuerza, pasa meses preparándose con los quince hombres que iban a
acompañarlo. Él escogió a la gente que deseaba. También fue donde vio
las últimas veces a su esposa y a sus hijos. Y allí yo lo visitaba.
¿Para llevársela a la guerrilla de Bolivia?
Algunos eran guerrilleros veteranos de la Sierra, otros habían
luchado con él en el Congo. Él conversó con cada uno de ellos.
Yo le puse algunas objeciones con algunos compañeros. Le dije: "Mira,
no hagas esto". Iba a separar a dos combatientes, dos hermanos que
habían estado muy unidos, y le digo: "No separes a estos hermanos,
déjalos", eran buenos. Sobre otro, de quien yo conocía mucho sus
características, muy buen soldado, pero a veces era un poco discutidor.
Le advertí en algunos casos. Todos los que fueron a Bolivia eran
excelentes; entre ellos Eliseo Reyes, el "Capitán San Luis", de quien él
escribe cuando muere: "Tu figura pequeña de capitán valiente..."; de
Neruda saca aquella frase —él leía mucho a Pablo Neruda—, un verso muy
bonito, está en su diario de Bolivia. Él lo quería entrañablemente. El
Che era ese hombre también.
Él escogió a todos, y lo discutimos. Le hice algunas sugerencias, y
él defendió a aquel que tenía grandes cualidades, pero a quien yo
conocía y tenía temor a alguna indisciplina, y eso era muy importante.
Yo hablé mucho con él hasta cuando se fue, en octubre de 1966. ¡Con qué
entusiasmo se fue!
Se ha discutido mucho sobre la región de Bolivia, Ñancahuazu, en la
que el Che instala la guerrilla. ¿Usted qué piensa?
Cuando él fue para Bolivia, eso no tenía otra alternativa, porque en
aquella situación, con los hombres que llevaba de su plena confianza, su
experiencia... Bueno, él conocía aquello. Debray había ido, había
prestado algunos servicios como periodista, reunió mapas. Yo le di esa
tarea.
¿Usted manda a Régis Debray a Bolivia?
Yo lo mando a recoger información y mapas de aquel territorio.
Che no está allí todavía. Cuando él llega, en noviembre de 1966,
empieza a organizar a la gente.
Al final —eso es lo que pienso, y yo lo conocía muy bien— estaba
haciendo un excelente movimiento y ya tenía cuadros bolivianos, como
Inti Peredo y otros. Él conocía bien a los bolivianos, su carácter, y me
lo dijo. Inicialmente se instalaron, por lógica precaución, en una zona
donde existía una base campesina. En el lugar escogido por él, mientras
hace una excursión entrenando a la gente, que se prolongó, surgen
problemas. Realiza una breve incursión a una zona más poblada y, cosa
increíble, por tercera vez —ya le hablé de las dos primeras— el Che no
llevaba los medicamentos.
¿En Bolivia, él no tenía medicamentos para su asma?
Se queda sin medicamentos, es la tercera vez. Él sale a hacer una
excursión, una larga excursión que se prolongó mucho, estuvo casi
cuarenta días. Sale de nuevo en breve incursión, y la medicina para el
asma queda en el campamento, que fue ocupado por el ejército boliviano.
De esto se derivaron serias dificultades.
¿Cómo explica usted la muerte del Che?
El Che, cuando regresa de la excursión prolongada, se encuentra ya
problemas, se produce una bronca entre el dirigente del Partido
comunista boliviano, —Mario Monje, que tenía gente allí, y uno de los
dirigentes de la otra línea anti Monje, llamado Moisés Guevara. Monje
pide mando, y el Che era muy recto, rígido... Yo pienso que el Che debió
hacer un mayor esfuerzo de unidad, es una opinión que le doy. Su
carácter lo lleva a ser muy franco y entabla una áspera discusión con
Monje, muchos de cuyos cuadros habían ayudado a la organización, porque
Inti y los demás eran de ese grupo. Lo que Monje reclamaba era
imposible: ser jefe de aquella fuerza, una ambición indignante e
inoportuna.
Ya había algunos problemas, y algo que no se ha mencionado o apenas
se menciona, y que hizo mucho daño al movimiento revolucionario en
América Latina: la división entre prosoviéticos y prochinos. Eso dividió
a toda la izquierda y a todas las fuerzas revolucionarias en el momento
histórico en que existían las condiciones objetivas y era perfectamente
posible el tipo de lucha que el Che fue a promover allí.
¡Los esfuerzos que tuvimos que hacer cuando sabemos que se produce
esa ruptura! En diciembre de 1966 Mario Monje viene aquí. Viene luego el
segundo jefe del Partido, Jorge Kolle. Yo los invité y les expliqué lo
que había pasado. A Juan Lechín, un líder obrero conocido, lo invitamos
también, y estuve como tres días con él por la zona oriental para
persuadirlo de que ayudara al Che. Lo prometió.
¿Usted invita a Lechín aquí en La Habana?
Sí, porque estaba muy preocupado con la ruptura. Pienso que realmente
no había ninguna razón para exigir aquel mando, simplemente tal vez
hubiera hecho falta un poco, digamos, de mano izquierda. Porque, en
realidad, si Monje lo pide, el Che le podía dar el título de general en
jefe, de lo que quisiera, sin mando de tropa. Había un problema de
ambición, la aspiración era un poco ridícula. Monje no poseía las
condiciones para dirigir aquello.
Lo del Che era superhonradez, era superhonradez, y el término
diplomacia, no engaño, el término astucia, posiblemente le repugnaba.
Pero, óigame bien, si en nuestra propia Revolución ¿cuántas veces
descubrimos nosotros ambiciones en los hombres? ¿Quién podía sustituir?
¿Quién tenía prestigio y talento para ocupar una determinada
responsabilidad? Majaderías. Más de una vez nosotros tuvimos que
entregar mandos y hacer concesiones. Hace falta un cierto tacto en
determinadas condiciones en que si tú vas directo no encuentras
solución. En aquel momento esa ruptura entre Monje y el Che hacía daño.
¿Perjudicaba?
Perjudicaba mucho. No se sabe los esfuerzos que hicimos nosotros por
impedir el daño.
Para conciliar.
Usted no se imagina aquí, incluso, algunas cosas que toleramos,
errores grandes. iErrores grandes! Cometidos a veces por uno o por otro.
Hicimos siempre, por encima de todo, una crítica al hecho, pero con el
espíritu de unidad.
Claro que Monje actuó mal, y después, ya le digo, vino el segundo del
PCB, Jorge Kolle, y lo convencí de que, a pesar de la disciplina
partidista, no podía dejar abandonada a aquella gente. Llamé a Lechín,
conversé con él, lo convencí de que apoyara al movimiento guerrillero.
Pero ya, cuando apenas el Che llega de su recorrido, después de esa
excursión —que se extendió, porque él sometía a prueba a los hombres,
los entrenaba a partir de la propia experiencia que habíamos tenido en
las montañas—, entonces se encuentra aquellos problemas allí, y casi
inmediatamente hay una fuerza enemiga que está entrando y la guerrilla
cae en una emboscada del ejército.
En un momento, sufren una traición. Y ya el ejército sabe que hay una
fuerza guerrillera en la zona. Es cuando, digamos, prematuramente, se
desarrollan los combates, y lo que no queríamos se produce; queríamos
que, antes del primer combate, estuviera organizado un frente, y había
fuerzas con qué organizarlo.
Sin embargo, los factores políticos vinieron a influir. En su diario
el Che lo explica todo. Se produce lo siguiente: se divide el grupo. Él
trata todo el tiempo de buscar el contacto con "Joaquín" y el grupo de
"Joaquín", en el que estaba Tania. Invierte todo ese tiempo y se
producen una serie de combates en el recorrido tratando de reunirse con
"Joaquín". Es cosa curiosa, el Che llevó meses buscándolo, ¡meses! Él
creía que era una mentira cuando escuchó por radio la noticia de la
destrucción de aquel grupo.
Pero, en un momento dado, se convence de que ciertamente es real el
aniquilamiento del grupo de "Joaquín", que se había producido bastante
tiempo atrás. Él marchaba con Inti Peredo y los demás guerrilleros hacia
una zona donde Inti tenía contactos e influencia; pero recibe aquellas
noticias. Eso lo impacta mucho y creo que, en ese momento, reacciona con
cierta temeridad. Él va, además, con algunos compañeros que no están en
buenas condiciones, casi no pueden moverse, eso retrasa, pero va
avanzando; ya tiene cuadros bolivianos.
Todavía ese grupo, si llega a aquella zona, prospera; pero él mismo
cuenta en el diario cuando llega a una tienda, y escribe: "Vamos
precedidos por radio ‘Bemba’, todo el mundo nos está esperando"; pero
sigue. Llega por el mediodía a una aldea, está vacía. Aldea vacía es
señal de cosas extrañas, de la posible presencia de una fuerza, y él a
esa hora continúa su marcha, en pleno día. Va a la vanguardia Inti. En
ese momento, una tropa, una compañía que está observándolo todo, mata a
un miembro boliviano de la guerrilla, a algunos otros; rechazan la
pequeña fuerza guerrillera, y el Che tenía enfermos y unos pocos
compañeros en condiciones de luchar cuando cae allí en una zona
sumamente difícil, la quebrada de El Yuro, donde combate y resiste hasta
el momento en que una bala lo deja sin arma.
El Che no era hombre que pudiera caer prisionero; pero una bala le
obstruye su fusil, y, ya muy cerca, lo hieren. Está herido y sin fusil,
así es como lo apresan y llevan a un pueblito cercano, La Higuera. Al
día siguiente, el 9 de octubre de 1967, al mediodía, lo ejecutan a
sangre fría. El Che sí que no habría temblado jamás, porque, al
contrario, cuando tenía una situación de peligro era cuando más se
crecía.
¿Usted piensa que él se hubiese inmolado?
Bueno, yo antes de caer prisionero me hubiera inmolado. Es seguro que
él lo habría hecho también; pero es que él no tiene alternativa, está
combatiendo, que es lo que tiene que hacer. El Che era el hombre que
luchaba hasta la última bala, y que no tenía ningún temor a la muerte.
¿Cómo se entera usted de la muerte del Che?
Aunque consciente de los peligros que él estaba corriendo desde hacía
meses, y de las condiciones extremadamente difíciles que enfrentaba, su
muerte me pareció algo increíble, un hecho, no sé, al que uno no puede
acostumbrarse fácilmente. Pasa el tiempo y, a veces, uno sueña con el
compañero que murió, y lo ve vivo, conversa con él y, de nuevo, la
realidad nos despierta.
Hay personas que, para uno, no murieron; poseen una presencia tan
fuerte, tan poderosa, tan intensa, que no se consigue concebir su
muerte, su desaparición. Principalmente por su continua presencia en los
sentimientos y en los recuerdos. Nosotros, no solo yo, sino el pueblo
cubano, sufrimos de manera extraordinaria con la noticia de su muerte,
aunque no fue inesperada.
Llegó un cable noticioso informando lo que había ocurrido en la
quebrada de El Yuro el 8 de octubre de 1967. En la mayoría de los cables
lo que se anunciaba era mentira, pero ese cable narraba algo que había
ocurrido realmente, porque aquella gente no tenía la imaginación
suficiente para inventar una historia ajustada a la única forma en que
una guerrilla podía exterminarse. Para mí la conclusión fue instantánea:
vi que era una noticia veraz.
El hábito de estar siempre interpretando cables, en que tú ves
mentiras, mentiras y mentiras, sin ninguna imaginación, y de repente te
das cuenta de que no podían inventar la historia de la única forma como
pudieron liquidar a ese grupo.
Ahora, lo interesante no es leer solo lo que escribe el Che en su
diario, sino lo que escribieron los jefes que combatieron contra él. Es
impresionante la cantidad de combates y de éxitos que tuvo aquel puñado
de hombres.
Nosotros sufrimos mucho —era lógico que sufriéramos cuando llega la
noticia de su muerte, comprobada. Fue por eso que, en el dolor de la
muerte, por aquellos días pronuncié un discurso en que pregunto: "¿Cómo
queremos que sean nuestros hijos?", y respondo: "Queremos que sean como
el Che", y eso se convirtió en una consigna de nuestros pioneros:
"Pioneros por el comunismo: Seremos como el Che".
Después llegó el diario; no se sabe lo que vale, para conocer todo lo
ocurrido, su idea, su imagen, su entereza, su ejemplo. Un hombre de un
pudor, de una dignidad y de una integridad enormes, es lo que es el Che
y lo que el mundo admira. Un hombre inteligente, un visionario. El Che
no cayó defendiendo otro interés u otra causa que la causa de los
explotados y de los oprimidos de América Latina. No cayó defendiendo
otra causa que la causa de los pobres y de los humildes de la Tierra. La
causa del Che triunfará, la causa del Che está triunfando.
Su imagen está en todo el mundo.
El Che es un ejemplo. Una fuerza moral indestructible. Su causa, sus
ideas, en esta hora de lucha contra la globalización neoliberal, están
triunfando. Y luego, en junio de 1997, ¡qué mérito el de los que
encontraron su cadáver y el de otros cinco compañeros! Hay que
agradecer, incluso, a los bolivianos, a las autoridades; cooperaron,
ayudaron.
¿Para encontrar sus restos?
Ese hombre, Jorge González, que hoy es rector de nuestra Facultad de
Ciencias Médicas, ¡qué mérito!, cómo lo encontraron, eso es milagroso.
¿Cuál es la gran lección que deja el Che?
¿Qué queda? Yo pienso que lo más grande son realmente los valores
morales, la conciencia. El Che simboliza los más altos valores humanos,
y un ejemplo extraordinario. Creó una gran aureola y una gran mística.
Yo lo admiraba mucho, y lo apreciaba.
Siempre produce mucho afecto esa admiración. Y le expliqué la
historia de por qué yo me acercaba mucho a él.
Son muchos los recuerdos que nos dejó, imborrables, y por eso digo
que es uno de los hombres más nobles, más extraordinarios y más
desinteresados que he conocido, lo cual no tendría importancia si uno no
cree que hombres como él existen por millones, millones y millones en
las masas. Los hombres que se destacan de manera singular no podrían
hacer nada si muchos millones, iguales que él, no tuvieran el embrión o
no tuvieran la capacidad de adquirir esas cualidades. Por eso nuestra
Revolución se interesó tanto por luchar contra el analfabetismo y por
desarrollar la educación, para que todos sean como el Che.