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II
Conferencia Internacional
La
Obra de Carlos Marx y
los desafíos del Siglo XXI
4
al 8 de mayo/2004
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04
Política, partidos, poder en la mundialización
Almería, Guillermo
1. Esta mundialización dirigida por el
capital financiero y que dura ya un cuarto de siglo
ha provocado profundos cambios en el funcionamiento de los
Estados, en la cultura, en las relaciones sociales, en la
estructuras de las clases y los subgrupos sociales pero, como el
pensamiento muchas veces tiene gran retraso con relación a la
realidad, seguimos viendo la política, las instituciones y los
partidos en las formas que todos ellos adquirieron a fines del
siglo XVIII y en el siglo XIX.
2. Empecemos por la política:
al darle preeminencia a la economía sobre la política, el
capital financiero dominante no sólo trata de quitarse de encima
las riendas del poder estatal sino que intenta subordinar los
seres humanos al poder del “mercado” (es decir, a su férula)
sin mediaciones. Elimina pues el papel de la política como
transformadora de las relaciones sociales, reguladora mundial y
herramienta para la liberación humana de la necesidad y de la
mera reproducción in aeternum de la vida material. Su política
es así una política reducida al mínimo, una no política.
3. Todas las conquistas de civilización que
dieron forma al Estado moderno (las 8 horas, la educación
general, laica y gratuita, la sanidad pública, el voto de los
analfabetas y de los pobres o el de las mujeres, el reconocimiento
de la igualdad racial, la protección al trabajo infantil o de las
mujeres, por citar sólo algunas de las mismas que hoy el
capitalismo destruye o niega) fueron resultado de enormes y
sangrientas luchas y se necesitó la victoria sobre el nazi
fascismo para que en el último medio siglo las mujeres, por
ejemplo, pudieran votar en Francia u obtuvieran el derecho al
divorcio en Italia o se declarase ilegal el apartheid en Estados
Unidos. Mediante la derrota infligida mundialmente por el Capital
al Trabajo ya a partir de fines de los 1980 (derrota que, entre
otras cosas, dio el empujón que provocó finalmente casi 10 años
después la caída del llamado socialismo real), el capital
financiero está reproduciendo crudamente, en escala jamás vista
y con una tecnología avanzada, muchas de las características
imperantes en el último cuarto del siglo XIX, desde las guerras
imperialistas de conquista colonial hasta la esclavitud infantil,
el retorno a las 10 a 12 horas de trabajo, la eliminación de la
regulación laboral. Está reconquistando el espacio que se vio
obligado a ceder, está reduciendo los espacios políticos de
aquellos a los que explota, oprime y domina. Sólo la resistencia
social, mayor o menor según los países, le pone límites, como
se vio en el caso argentino. La conquista del voto universal y de
la democracia representativa forman parte de lo que fue arrancado
a las clases dominantes por una lucha muchas veces armada y
siempre cruenta
y no concedido graciosamente. Promover a la Holloway,
de modo confusionista, el rechazo de la política, o a la Negri,
el imposible éxodo del sistema paraliza y confunde a los
trabajadores porque la tarea esencial es la opuesta: comenzar a
reconquistar en la lucha contra el capital financiero y su ideología
neoliberal
el espacio de lo político y de la política como formas de
conducir y ordenar sobre una base ética la producción y la
reproducción de la sociedad, lo cual sólo es posible eliminando
de la faz de la Tierra al capitalismo a escala mundial.
4. Ahora bien, para la gente común la
palabra “política” incluye dos conceptos diferentes. Uno es,
según el diccionario de Julio Casares (Barcelona, 1982), “el
arte de gobernar los pueblos y conservar el orden y las buenas
costumbres” (sean lo que éste o éstas fueren, pues hay
infinitas variaciones de clase e históricas para ambos
conceptos). Esa acepción se refiere pues al Estado, en su doble
papel: represivo, por un lado, y también conservador, por el
otro, de una base ética—moral que le crea consenso. La otra
acepción de la palabra política es “habilidad y astucia para
lograr uno su intento”, lo cual excluye por el contrario, la ética
y los principios y reduce la acción al campo pragmático de las
maniobras individuales.
5. Ambas acepciones no tienen igual peso en
el imaginario colectivo. Porque en la resistencia social
multiforme contra el capital y el aparato estatal se hace política
y se discute el poder tanto en el campo de la dominación ideológica
como en el de la dominación política real. Pero eso no es
visible para los protagonistas de esta lucha, o lo es sólo en
parte. En cambio, es unánime el rechazo a la politiquería
institucional y a sus instrumentos, particularmente porque se ve
que la mundialización dirigida por el capital financiero ha
vaciado a una y a otros de su papel anterior que hacía que en los
Parlamentos se disputase —y a veces, se dirimiese— la batalla
entre las clases y también entre los diversos sectores
capitalistas. El rechazo, entonces “a la política” es en
realidad el repudio a la política meramente institucional cuando
las instituciones parlamentarias no cuentan, a la integración de
los partidos en el aparato estatal y la lógica del capital
(corrupción, conquista de puestos, votaciones sin principio).
6. Este rechazo expresa, dicho sea de paso,
que en vastos sectores sociales el capitalismo ejerce aún su
dominación, pero ya sin hegemonía (o con una hegemonía muy
disputada) porque buena parte de las clases dominadas no hacen
suyos ni el neoliberalismo ni las ideas del establishment sobre el
Estado. Además, revela el debilitamiento de los aparatos
estatales en la mayor parte del mundo porque, al perder consenso,
dependen cada vez más sólo de la coerción, que no pueden
ejercer permanentemente so pena de precipitar el caos social.
Estamos, por lo tanto, ante gobiernos cada vez más duros, pero más
ilegítimos y frágiles.
7. El personal gobernante de los
Estados—nación golpeados y jibarizados mira mucho más hacia el
exterior que hacia el interior del territorio. Lo exterior se
torna interno en la medida en que la deuda externa y las
imposiciones del capital financiero determinan las políticas
gubernamentales en los países dependientes. Además, las clases
dominantes de éstos están integradas con el capital financiero
internacional
y reinvierten en su país de origen o le prestan dinero tal como
podría hacerlo un capitalista extranjero. Como la protección del
poder adquisitivo de la población, y la ampliación del mercado
interno, no es prioritario para los gobiernos de los países
dependientes, su lazo político con los ciudadanos se debilita
enormemente y el territorio de la política no es ya el nacional,
el fijado por las fronteras, porque la política se refugia en el
territorio local, en la Patria, donde aún se puede ejercer la
soberanía, y enfrenta también la arena mundial: Irak es así un
problema interno de todos.
8. De ahí las pobladas y los piquetes y
asambleas populares argentinas, los poderes locales autónomos indígenas
mexicanos, ecuatorianos, bolivianos, el Movimiento de los Sin
Tierra, todos los cuales construyen socialmente su territorio,
reestructuran en mapa nacional a partir de la acción, con
prescindencia de los partidos e instituciones (aunque formen
partidos ad hoc para participar en un juego electoral que no es el
centro de su acción, como desarrollaré más adelante). Y de ahí
el avance de la autonomía frente al aparato político estatal. O
sea, la oposición entre la sociedad civil y la sociedad política
en la relación entre clases y aparatos que constituye el Estado.
9. La división social en corrientes de opinión,
unidas por objetivos comunes y con sus líderes respectivos, es
tan vieja como la civilización urbana (las luchas y conflictos
sangrientos entre sacerdotes y Faraones u otros reyes, entre
monarquía y República, oligarcas y aristocráticos y democráticos,
en Atenas, entre patricios y plebeyos en Roma, o entre güelfos y
gibelinos, “gordos” y “flacos” en Florencia,
“desharrapados” o gueux y burgueses en Flandes, comuneros y
aristocracia en la España de Carlos V, tories y whigs, son
algunas de sus expresiones más conocidas). Desde la Antigüedad
se hablaba ya de partidos.
10. Pero los partidos modernos, como la idea
misma de Nación, en la acepción actual y no como sinónimo de
etnia como en el Medioevo, son un resultado de la Revolución
Francesa. Pues fue ésta la que, al dar libre expresión a la
burguesía, expuso claramente sus divisiones internas y las que
existían con la pequeñoburguesía urbana y rural, así como, más
tarde, la división fundamental entre la burguesía propietaria,
censitaria, que controlaba los Parlamentos, y los no propietarios
y trabajadores (artesanos, obreros), que impusieron su presencia
en ellos desde principios del siglo XIX°, por lo menos en Francia
e Inglaterra. Surgieron los partidos de ideas y de clase, con
dirigentes y, en el caso de los partidos de los trabajadores, aún
sin burocracia.
11. La incorporación de partidos obreros y
sindicatos al juego legal estatal, qe los separó de sus objetivos
revolucionarios y del conflicto social permanente para llevarlos a
esa especie de Cámara de Compensación de los conflictos que es
el Parlamento y a la negociación con el poder estatal, abrió la
vía, como es sabido, ya desde principios del siglo XX°, a la
separación entre la fracción parlamentaria socialista y el
partido, sobreponiéndose al control de éste, y a la creación de
una vasta capa de técnicos y especialistas político—parlamentarios,
una burocracia conservadora con intereses propios.
12. En esa clase de partidos pensamos hoy,
sobre todo, cuando hablamos de la forma—partido, aunque otros,
como las falanges ultracentralizadas y disciplinadas preconizadas
en el Qué Hacer de Lenin, compartían con los socialdemócratas dos
elementos fundamentales: la delegación de las decisiones,
que pasan de la base a la dirección, del elector al diputado y,
sobre todo, la idea de la conquista del aparato del Estado
para construir también — o sobre todo— desde arriba, el
socialismo, o sea la condición básica para la desaparición del
Estado como administrador de las personas para reducirse a mero
administrador de los servicios y de las cosas. La idea socialdemócrata
y también leninista
sobre la legalidad de las corrientes, tendencias y hasta
fracciones internas para corregir los peligros de perpetuación de
la dirección centralizada del partido mantenía de todos modos la
idea de la delegación y, en todo caso, garantizaba en el seno del
mismo, un mayor margen de democracia que el que existía en la
sociedad donde el electorado amorfo no tenía medios de control
sobre su “diputado” o “representante”. La idea stalinista
del partido único de una clase que es, por definición, heterogénea
agravó aún más esta separación entre el partido, que deber ser
un simple instrumento de los trabajadores, y éstos, que pasan a
someterse al mismo. El Partido pasaba a ser “representante” de
la clase obrera, aceptase ésta o no tal autodesignación eterna y
votase o no en su mayoría por otros partidos opuestos. Como
supuestamente era la Ciencia y la Verdad que tomaban cuerpo en una
organización que se suponía luchaba por el bien de todos, su eje
de acción principal era interno, autoreferencial, y el problema
de la nomenklatura pasaba a ser decisivo (y de este modo la lucha
por los puestos, sorda y brutal, ocupaba buena parte del tiempo
del político profesional), mientras el verticalismo favorecía la
corrupción y la irresponsabilidad de la dirección, con Stalin,
Tony Blair, Massimo D´Alema, la perredista Rosario Robles o quien
fuere.
13. Todavía seguimos pensando como en el
siglo XX° en las elecciones como expresión fundamental de la
voluntad política del cuerpo electoral y en los partidos como
instrumentos para medir un sector particular (izquierda, centro o
derecha) del electorado. Pero la voluntad política de los
trabajadores se expresa hoy en las movilizaciones y en los
movimientos sociales, que por definición, sobre todo las
primeras,no tienen continuidad y muchas veces son puntuales, no
pueden sino influir sobre el resto de la población pero no unirla
detrás de un objetivo común. Incluso en movimientos que
perduran, como el zapatismo, fuera de la solidaridad con los
oprimidos, y de la lucha por los derechos humanos, contra la
legislación racista y en defensa de la independencia de México
¿cuáles puntos podrían unir a campesinos no indios, obreros y
estudiantes con los indígenas chiapanecos, que enfrentan aislados
la represión de las autoridades del Partido Revolucionario
Institucional, del Partido de Acción Nacional y hasta de parte de
las del Partido de la Revolución Democrática? Los objetivos de
esas luchas se convierten en puntos programáticos y base para
alianzas (en ese sentido, en base de un “partido” difuso) pero
no se canalizan en ningún partido u organización política ni
esperan una solución electoral..
14. Sin embargo, aunque sus tiempos y su
curso no dependan de los plazos electorales, que fueron fijados
por necesidad del entonces partido de gobierno —el PRI hace
decenas de años— para ir renovando de a poco su aparato
dirigente y el aparato estatal con elecciones de gobernador o
estatales separadas de las federales y las presidenciales, los
movimientos sociales actuales no pueden ignorar esos procesos espúreos,
de los cuales salen sin embargo quiénes dirigirán las policías,
quiénes votarán las leyes infames, quiénes podrían ceder las
palancas del desarrollo —energía, petróleo— a las
transnacionales o lanzar a México contra Venezuela y Cuba, etc.
15. De modo que el ritmo y el curso propios
de las movilizaciones y de las conquistas autonómicas se
entrecruza con el electoral. Y éste es utilizado, no tanto con
esperanza de afianzar posiciones mediante el voto para una
tendencia organizada sino con criterios absolutamente pragmáticos
y de conveniencia (como hacían los bolcheviques durante la
dictadura zarista con las elecciones para la Duma).
16. Es decir, a veces la opinión de los
trabajadores se orientará hacia la abstención y el boycott
electoral, pero otras se inclinará hacia dar un voto de castigo
al gobierno en cargo, sin esperar nada del partido que momentáneamente
es el canal de ese voto, u otras veces votarán por un candidato
desconocido o, tapándose la nariz, por uno menos peor que el que
aparece particularmente funesto, como Jean Marie Le Pen, Silvio
Berlusconi, Carlos S. Menem.
17. Dado que en un voto en contra se pueden
unir intenciones absolutamente diversas y fuerzas de clase incluso
opuestas (la derecha oligárquica antiperonista argentina también
temía el triunfo del derechista Menem y no lo votó del mismo
modo que la derecha conservadora francesa y los revolucionarios
franceses se unieron contra Le Pen) muy poco se puede aprender del
funcionamiento electoral actual, porque incluso las votaciones
masivas a un partido no indican por fuerza su revitalización. El
carácter de cajón de sastre, pluriclasista, de los partidos de
centroizquierda o de izquierda (el PSOE de Zapatero, el PSF
resucitado, el Labour Party, el Olivo italiano, el PRD mexicano,
etc) fomenta aún más esta utilización parcial y sin esperanzas
por los trabajadores y el esfuerzo de éstos y de los nuevos
electores jóvenes por encontrar nuevos cauces para la democracia
y para su organización.
18. Los movimientos—partidos tienden a
generalizarse. Están, por ejemplo, los movimientos autónomos
italianos, que en ocasiones electorales o para las movilizaciones
colaboran con Rifondazione Comunista, e incluso presentan
candidatos independientes en su lista, pero no forman parte del
partido. O varias de las agrupaciones piqueteras argentinas, con
su dirección y su organización propia y que, como el Frente de
Jubilados y Desocupados que dirige Castells, proponen la
constitución de un Bloque o Frente Social Alternativo. O el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional mexicano, con su brazo el Frente
Zapatista de Liberación Nacional, sobre todo en el medio
estudiantil de la Ciudad de México, o el MST brasileño, que
tiene independencia con relación al Partido de los Trabajadores y
funciona con dirección y objetivos propios. O el MAS boliviano,
con base campesina—obrera, dirigido por Evo Morales, o los
Pachakutik boliviano y ecuatoriano.
19. Algunos no desdeñan las elecciones y
tienen incluso una estructura legal ad hoc y otros deciden
puntualmente si votarán o no pero todos ellos hacen hincapié en
las movilizaciones, el funcionamiento asambleario y la
horizontalidad, que practican en mayor o menor grado, según los
países y las tradiciones caudillescas nacionales o locales. Estos
movimientos hacen política y tienen influencia nacional, pero no
se centran ni en las instituciones ni en las elecciones aunque las
tengan en cuenta (como el MAS de Evo Morales) para ir ganando
posiciones, desarrollando cuadros y creando organización
cubiertos por la legalidad de la lucha primero municipal y después
nacional. por la conquista de cargos institucionales. Sus plazos
son los de la organización, no los electorales, y su legitimidad
viene de sus luchas y de sus bases, no de las urnas, las cuales,
en todo caso, sólo confirman y legalizan lo antes construido.
Además, como los zapatistas chiapanecos o los cocaleros
bolivianos, o los aymaras dirigidos por Felipe Quispe o algunas
organizaciones piqueteras argentinas, ejercen una especie de poder
dual en los territorios que controlan y tratan de construir allí
la base por la autonomía. También estos movimientos—partidos
pueden realizar alianzas con un sentido de clase mucho más claro
que los partidos tradicionales que, en su afán de ganar votos, se
colocan en el llamado centro de modo de abarcar desde la derecha
social hasta los sectores oprimidos, lo cual los hace funcionales
para la conservación del dominio capitalista.
20. Hemos dicho que en buena parte del mundo
sigue habiendo dominación, pero que la hegemonía capitalista está
resquebrajada entre otras cosas porque los efectos tan brutales de
la mundialización dirigida por el capital financiero va
debilitando el éxito inicial de la idea de que las políticas
neoliberales eran las únicas e inevitables (idea reforzada por la
crisis de la izquierda y la transformación de los ex
“comunistas” de Europa oriental en promotores del libre
mercado).
21. La mundialización reduce brutalmente el
campo de la política
al anular prácticamente la posibilidad de optar por diversas
utilizaciones de los recursos o por diferentes enfoques en la
aplicación de las políticas públicas, cosas que hoy decide, en
el extranjero, el gran capital. Pero esa despolitización, esa
expropiación del campo de lo político, esa reducción de todo a
la economía y a las influencias mediático—culturales politizan
al mismo tiempo, al extremo, la vida cotidiana.
22. Las reivindicaciones económicas o
gremiales y las movilizaciones en el seno de una empresa o de un
ramo de empresas no ponían en cuestión el sistema, encerraban y
limitaban la lucha, la enquistaban y tornaban compatibles con el
funcionamiento del capital. La disputa del territorio, con los
cortes de ruta o las ocupaciones, desbordan al terreno político y
reducen el campo a las mediaciones, colocando la cuestión del
poder, literalmente, en la calle.
23. Ante la imposibilidad de apelar al
gobierno a que modifique una actitud que no es sino la expresión
concreta y local de una estrategia capitalista mundial de las
transnacionales, que controlan la economía y a buena parte de los
personales gobernantes, ya no bastan una huelga solidaria o la
ocupación de una fábrica por un tiempo determinado. Las
manifestaciones callejeras, la ocupación de edificios o lugares públicos
y la violencia de masas oponen al poder oficial, como hemos dicho
antes, elementos de doble poder local que tienden a consolidarse.
Es absurdo plantear, como lo hace Holloway, que ese oposición del
poder de las masas al poder del Estado reproduce de todos modos el
poder, que es lo que hay que erradicar para lograr la liberación
social. Ese es el costo inevitable del proceso mismo de liberación
y sólo podrá ser reducido si se tiene conciencia del problema y
no se plantea demagógicamente “arriba los de abajo”, para
reproducir todo lo viejo, pero con los protagonistas en papeles
invertidos, como pasó en otros momentos históricos. Pero, si no
se desea pregonar la pasividad y la resignación, hay que
expropiar a los expropiadores y para eso hay que tener poder,
ejercitar poder, controlar un territorio.
24. El debilitamiento del Estado frente a las
transnacionales y al capital financiero mundial abre grietas para
la autoorganización de la sociedad en respuesta a las necesidades
que el aparato estatal deja de satisfacer. Aparece así en todas
las partes la reivindicación de autonomía, que es un paso hacia
la idea de autogestión. Y el debilitamiento de la hegemonía político—cultural,
porque buena parte de la intelectualidad oficial se plegó al
neoliberalismo que los trabajadores y la intelectualidad más
pobre rechazan, deja espacio para el crecimiento de una nueva
intelectualidad indígena o ligada a los movimientos de masas, la
cual potencia el contenido político de cada acción cotidiana..
Al mismo tiempo, con el debilitamiento del viejo nacionalismo
burgués que promovía la idea de la unidad nacional y de los
rudimentos de una burguesía nacional con intereses opuestos a los
de las transnacionales, que invaden los mercados internos, pasan a
primer plano otros nacionalismos, antimperialistas y, por lo
tanto, anticapítalistas, como los que se oponen al ALCA o, en el
caso más extremo, en Irak, a la colonización del país.
25. A pesar de su ropaje a veces
fundamentalista y otras nacionalista de viejo tipo, ese
nacionalismo con fuerte contenido social y movilizador se opone a
la mundialización dirigida por el capital financiero y tiene como
fundamento una gran reivindicación de justicia y un contenido ético.
Por consiguiente, frente a la crisis del Estado—nación y a la
reaparición del imperialismo semejante al del siglo XIX°, aunque
Negri piense lo contrario, ese nacionalismo recupera también la
política y es anticapitalista en los hechos aunque no lo sea
programáticamente porque el capital financiero intenta destruir
la base de la solidaridad, de lo comunitario, de lo colectivo
26. La lucha por la justicia y la igualdad es
un factor político por excelencia y da a movimientos diversos un
objetivo, una esperanza, un horizonte. Contra el capital
financiero que intenta concentrar aún másel poder y la riqueza e
instala al mundo en una guerra colonial sin fin, los movimiento
sociales oponen un contrapoder, una contracultura, una democracia
comunitaria de base, incluyente y la solidaridad internacional no
sólo de los explotados sino también de los oprimidos. Los
poderes en germen se construyen sobre una base ética. Y la
necesidad de la ética recupera su lugar mientras la lucha contra
la mundialización obliga a pensar no sólo local sino también
globalmente, erosionando la visión estrecha del nacionalismo
provinciano y colocando las defensas de las naciones en el campo
del internacionalismo anticapitalista.
27. De este modo la política, que la
mundialización dirigida por el capital financiero quiso echar por
la puerta, vuelve con renovado vigor por la ventana y se infiltra
en todos los recovecos y en los fundamentos mismos del edificio
social.
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