CUBA SOCIALISTA. Revista Teórica y Política.
Editada por el Comité Central del Partido Comunista de Cuba

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II Conferencia Internacional
La Obra de Carlos Marx y
los desafíos del Siglo XXI
4 al 8 de mayo/2004


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Política, partidos, poder en la mundialización

Almería, Guillermo [1]

1. Esta mundialización dirigida por el capital financiero y que dura ya un cuarto de siglo[2] ha provocado profundos cambios en el funcionamiento de los Estados, en la cultura, en las relaciones sociales, en la estructuras de las clases y los subgrupos sociales pero, como el pensamiento muchas veces tiene gran retraso con relación a la realidad, seguimos viendo la política, las instituciones y los partidos en las formas que todos ellos adquirieron a fines del siglo XVIII y en el siglo XIX.

2. Empecemos por la política: [3] al darle preeminencia a la economía sobre la política, el capital financiero dominante no sólo trata de quitarse de encima las riendas del poder estatal sino que intenta subordinar los seres humanos al poder del “mercado” (es decir, a su férula) sin mediaciones. Elimina pues el papel de la política como transformadora de las relaciones sociales, reguladora mundial y herramienta para la liberación humana de la necesidad y de la mera reproducción in aeternum de la vida material. Su política es así una política reducida al mínimo, una no política.

3. Todas las conquistas de civilización que dieron forma al Estado moderno (las 8 horas, la educación general, laica y gratuita, la sanidad pública, el voto de los analfabetas y de los pobres o el de las mujeres, el reconocimiento de la igualdad racial, la protección al trabajo infantil o de las mujeres, por citar sólo algunas de las mismas que hoy el capitalismo destruye o niega) fueron resultado de enormes y sangrientas luchas y se necesitó la victoria sobre el nazi fascismo para que en el último medio siglo las mujeres, por ejemplo, pudieran votar en Francia u obtuvieran el derecho al divorcio en Italia o se declarase ilegal el apartheid en Estados Unidos. Mediante la derrota infligida mundialmente por el Capital al Trabajo ya a partir de fines de los 1980 (derrota que, entre otras cosas, dio el empujón que provocó finalmente casi 10 años después la caída del llamado socialismo real), el capital financiero está reproduciendo crudamente, en escala jamás vista y con una tecnología avanzada, muchas de las características imperantes en el último cuarto del siglo XIX, desde las guerras imperialistas de conquista colonial hasta la esclavitud infantil, el retorno a las 10 a 12 horas de trabajo, la eliminación de la regulación laboral. Está reconquistando el espacio que se vio obligado a ceder, está reduciendo los espacios políticos de aquellos a los que explota, oprime y domina. Sólo la resistencia social, mayor o menor según los países, le pone límites, como se vio en el caso argentino. La conquista del voto universal y de la democracia representativa forman parte de lo que fue arrancado a las clases dominantes por una lucha muchas veces armada y siempre cruenta[4] y no concedido graciosamente. Promover a la Holloway,[5] de modo confusionista, el rechazo de la política, o a la Negri, [6] el imposible éxodo del sistema paraliza y confunde a los trabajadores porque la tarea esencial es la opuesta: comenzar a reconquistar en la lucha contra el capital financiero y su ideología neoliberal[7] el espacio de lo político y de la política como formas de conducir y ordenar sobre una base ética la producción y la reproducción de la sociedad, lo cual sólo es posible eliminando de la faz de la Tierra al capitalismo a escala mundial.

4. Ahora bien, para la gente común la palabra “política” incluye dos conceptos diferentes. Uno es, según el diccionario de Julio Casares (Barcelona, 1982), “el arte de gobernar los pueblos y conservar el orden y las buenas costumbres” (sean lo que éste o éstas fueren, pues hay infinitas variaciones de clase e históricas para ambos conceptos). Esa acepción se refiere pues al Estado, en su doble papel: represivo, por un lado, y también conservador, por el otro, de una base ética—moral que le crea consenso. La otra acepción de la palabra política es “habilidad y astucia para lograr uno su intento”, lo cual excluye por el contrario, la ética y los principios y reduce la acción al campo pragmático de las maniobras individuales.

5. Ambas acepciones no tienen igual peso en el imaginario colectivo. Porque en la resistencia social multiforme contra el capital y el aparato estatal se hace política y se discute el poder tanto en el campo de la dominación ideológica como en el de la dominación política real. Pero eso no es visible para los protagonistas de esta lucha, o lo es sólo en parte. En cambio, es unánime el rechazo a la politiquería institucional y a sus instrumentos, particularmente porque se ve que la mundialización dirigida por el capital financiero ha vaciado a una y a otros de su papel anterior que hacía que en los Parlamentos se disputase —y a veces, se dirimiese— la batalla entre las clases y también entre los diversos sectores capitalistas. El rechazo, entonces “a la política” es en realidad el repudio a la política meramente institucional cuando las instituciones parlamentarias no cuentan, a la integración de los partidos en el aparato estatal y la lógica del capital (corrupción, conquista de puestos, votaciones sin principio).

6. Este rechazo expresa, dicho sea de paso, que en vastos sectores sociales el capitalismo ejerce aún su dominación, pero ya sin hegemonía (o con una hegemonía muy disputada) porque buena parte de las clases dominadas no hacen suyos ni el neoliberalismo ni las ideas del establishment sobre el Estado. Además, revela el debilitamiento de los aparatos estatales en la mayor parte del mundo porque, al perder consenso, dependen cada vez más sólo de la coerción, que no pueden ejercer permanentemente so pena de precipitar el caos social. Estamos, por lo tanto, ante gobiernos cada vez más duros, pero más ilegítimos y frágiles.[8]

7. El personal gobernante de los Estados—nación golpeados y jibarizados mira mucho más hacia el exterior que hacia el interior del territorio. Lo exterior se torna interno en la medida en que la deuda externa y las imposiciones del capital financiero determinan las políticas gubernamentales en los países dependientes. Además, las clases dominantes de éstos están integradas con el capital financiero internacional[9] y reinvierten en su país de origen o le prestan dinero tal como podría hacerlo un capitalista extranjero. Como la protección del poder adquisitivo de la población, y la ampliación del mercado interno, no es prioritario para los gobiernos de los países dependientes, su lazo político con los ciudadanos se debilita enormemente y el territorio de la política no es ya el nacional, el fijado por las fronteras, porque la política se refugia en el territorio local, en la Patria, donde aún se puede ejercer la soberanía, y enfrenta también la arena mundial: Irak es así un problema interno de todos.

8. De ahí las pobladas y los piquetes y asambleas populares argentinas, los poderes locales autónomos indígenas mexicanos, ecuatorianos, bolivianos, el Movimiento de los Sin Tierra, todos los cuales construyen socialmente su territorio, reestructuran en mapa nacional a partir de la acción, con prescindencia de los partidos e instituciones (aunque formen partidos ad hoc para participar en un juego electoral que no es el centro de su acción, como desarrollaré más adelante). Y de ahí el avance de la autonomía frente al aparato político estatal. O sea, la oposición entre la sociedad civil y la sociedad política en la relación entre clases y aparatos que constituye el Estado.

9. La división social en corrientes de opinión, unidas por objetivos comunes y con sus líderes respectivos, es tan vieja como la civilización urbana (las luchas y conflictos sangrientos entre sacerdotes y Faraones u otros reyes, entre monarquía y República, oligarcas y aristocráticos y democráticos, en Atenas, entre patricios y plebeyos en Roma, o entre güelfos y gibelinos, “gordos” y “flacos” en Florencia, “desharrapados” o gueux y burgueses en Flandes, comuneros y aristocracia en la España de Carlos V, tories y whigs, son algunas de sus expresiones más conocidas). Desde la Antigüedad se hablaba ya de partidos.

10. Pero los partidos modernos, como la idea misma de Nación, en la acepción actual y no como sinónimo de etnia como en el Medioevo, son un resultado de la Revolución Francesa. Pues fue ésta la que, al dar libre expresión a la burguesía, expuso claramente sus divisiones internas y las que existían con la pequeñoburguesía urbana y rural, así como, más tarde, la división fundamental entre la burguesía propietaria, censitaria, que controlaba los Parlamentos, y los no propietarios y trabajadores (artesanos, obreros), que impusieron su presencia en ellos desde principios del siglo XIX°, por lo menos en Francia e Inglaterra. Surgieron los partidos de ideas y de clase, con dirigentes y, en el caso de los partidos de los trabajadores, aún sin burocracia.

11. La incorporación de partidos obreros y sindicatos al juego legal estatal, qe los separó de sus objetivos revolucionarios y del conflicto social permanente para llevarlos a esa especie de Cámara de Compensación de los conflictos que es el Parlamento y a la negociación con el poder estatal, abrió la vía, como es sabido, ya desde principios del siglo XX°, a la separación entre la fracción parlamentaria socialista y el partido, sobreponiéndose al control de éste, y a la creación de una vasta capa de técnicos y especialistas político—parlamentarios, una burocracia conservadora con intereses propios.

12. En esa clase de partidos pensamos hoy, sobre todo, cuando hablamos de la forma—partido, aunque otros, como las falanges ultracentralizadas y disciplinadas preconizadas en el Qué Hacer de Lenin, compartían con los socialdemócratas dos elementos fundamentales: la delegación de las decisiones, que pasan de la base a la dirección, del elector al diputado y, sobre todo, la idea de la conquista del aparato del Estado para construir también — o sobre todo— desde arriba, el socialismo, o sea la condición básica para la desaparición del Estado como administrador de las personas para reducirse a mero administrador de los servicios y de las cosas. La idea socialdemócrata y también leninista[10] sobre la legalidad de las corrientes, tendencias y hasta fracciones internas para corregir los peligros de perpetuación de la dirección centralizada del partido mantenía de todos modos la idea de la delegación y, en todo caso, garantizaba en el seno del mismo, un mayor margen de democracia que el que existía en la sociedad donde el electorado amorfo no tenía medios de control sobre su “diputado” o “representante”. La idea stalinista del partido único de una clase que es, por definición, heterogénea agravó aún más esta separación entre el partido, que deber ser un simple instrumento de los trabajadores, y éstos, que pasan a someterse al mismo. El Partido pasaba a ser “representante” de la clase obrera, aceptase ésta o no tal autodesignación eterna y votase o no en su mayoría por otros partidos opuestos. Como supuestamente era la Ciencia y la Verdad que tomaban cuerpo en una organización que se suponía luchaba por el bien de todos, su eje de acción principal era interno, autoreferencial, y el problema de la nomenklatura pasaba a ser decisivo (y de este modo la lucha por los puestos, sorda y brutal, ocupaba buena parte del tiempo del político profesional), mientras el verticalismo favorecía la corrupción y la irresponsabilidad de la dirección, con Stalin, Tony Blair, Massimo D´Alema, la perredista Rosario Robles o quien fuere.

13. Todavía seguimos pensando como en el siglo XX° en las elecciones como expresión fundamental de la voluntad política del cuerpo electoral y en los partidos como instrumentos para medir un sector particular (izquierda, centro o derecha) del electorado. Pero la voluntad política de los trabajadores se expresa hoy en las movilizaciones y en los movimientos sociales, que por definición, sobre todo las primeras,no tienen continuidad y muchas veces son puntuales, no pueden sino influir sobre el resto de la población pero no unirla detrás de un objetivo común. Incluso en movimientos que perduran, como el zapatismo, fuera de la solidaridad con los oprimidos, y de la lucha por los derechos humanos, contra la legislación racista y en defensa de la independencia de México ¿cuáles puntos podrían unir a campesinos no indios, obreros y estudiantes con los indígenas chiapanecos, que enfrentan aislados la represión de las autoridades del Partido Revolucionario Institucional, del Partido de Acción Nacional y hasta de parte de las del Partido de la Revolución Democrática? Los objetivos de esas luchas se convierten en puntos programáticos y base para alianzas (en ese sentido, en base de un “partido” difuso) pero no se canalizan en ningún partido u organización política ni esperan una solución electoral..

14. Sin embargo, aunque sus tiempos y su curso no dependan de los plazos electorales, que fueron fijados por necesidad del entonces partido de gobierno —el PRI hace decenas de años— para ir renovando de a poco su aparato dirigente y el aparato estatal con elecciones de gobernador o estatales separadas de las federales y las presidenciales, los movimientos sociales actuales no pueden ignorar esos procesos espúreos, de los cuales salen sin embargo quiénes dirigirán las policías, quiénes votarán las leyes infames, quiénes podrían ceder las palancas del desarrollo —energía, petróleo— a las transnacionales o lanzar a México contra Venezuela y Cuba, etc.

15. De modo que el ritmo y el curso propios de las movilizaciones y de las conquistas autonómicas se entrecruza con el electoral. Y éste es utilizado, no tanto con esperanza de afianzar posiciones mediante el voto para una tendencia organizada sino con criterios absolutamente pragmáticos y de conveniencia (como hacían los bolcheviques durante la dictadura zarista con las elecciones para la Duma).

16. Es decir, a veces la opinión de los trabajadores se orientará hacia la abstención y el boycott electoral, pero otras se inclinará hacia dar un voto de castigo al gobierno en cargo, sin esperar nada del partido que momentáneamente es el canal de ese voto, u otras veces votarán por un candidato desconocido o, tapándose la nariz, por uno menos peor que el que aparece particularmente funesto, como Jean Marie Le Pen, Silvio Berlusconi, Carlos S. Menem.

17. Dado que en un voto en contra se pueden unir intenciones absolutamente diversas y fuerzas de clase incluso opuestas (la derecha oligárquica antiperonista argentina también temía el triunfo del derechista Menem y no lo votó del mismo modo que la derecha conservadora francesa y los revolucionarios franceses se unieron contra Le Pen) muy poco se puede aprender del funcionamiento electoral actual, porque incluso las votaciones masivas a un partido no indican por fuerza su revitalización. El carácter de cajón de sastre, pluriclasista, de los partidos de centroizquierda o de izquierda (el PSOE de Zapatero, el PSF resucitado, el Labour Party, el Olivo italiano, el PRD mexicano, etc) fomenta aún más esta utilización parcial y sin esperanzas por los trabajadores y el esfuerzo de éstos y de los nuevos electores jóvenes por encontrar nuevos cauces para la democracia y para su organización.

18. Los movimientos—partidos tienden a generalizarse. Están, por ejemplo, los movimientos autónomos italianos, que en ocasiones electorales o para las movilizaciones colaboran con Rifondazione Comunista, e incluso presentan candidatos independientes en su lista, pero no forman parte del partido. O varias de las agrupaciones piqueteras argentinas, con su dirección y su organización propia y que, como el Frente de Jubilados y Desocupados que dirige Castells, proponen la constitución de un Bloque o Frente Social Alternativo. O el Ejército Zapatista de Liberación Nacional mexicano, con su brazo el Frente Zapatista de Liberación Nacional, sobre todo en el medio estudiantil de la Ciudad de México, o el MST brasileño, que tiene independencia con relación al Partido de los Trabajadores y funciona con dirección y objetivos propios. O el MAS boliviano, con base campesina—obrera, dirigido por Evo Morales, o los Pachakutik boliviano y ecuatoriano.

19. Algunos no desdeñan las elecciones y tienen incluso una estructura legal ad hoc y otros deciden puntualmente si votarán o no pero todos ellos hacen hincapié en las movilizaciones, el funcionamiento asambleario y la horizontalidad, que practican en mayor o menor grado, según los países y las tradiciones caudillescas nacionales o locales. Estos movimientos hacen política y tienen influencia nacional, pero no se centran ni en las instituciones ni en las elecciones aunque las tengan en cuenta (como el MAS de Evo Morales) para ir ganando posiciones, desarrollando cuadros y creando organización cubiertos por la legalidad de la lucha primero municipal y después nacional. por la conquista de cargos institucionales. Sus plazos son los de la organización, no los electorales, y su legitimidad viene de sus luchas y de sus bases, no de las urnas, las cuales, en todo caso, sólo confirman y legalizan lo antes construido. Además, como los zapatistas chiapanecos o los cocaleros bolivianos, o los aymaras dirigidos por Felipe Quispe o algunas organizaciones piqueteras argentinas, ejercen una especie de poder dual en los territorios que controlan y tratan de construir allí la base por la autonomía. También estos movimientos—partidos pueden realizar alianzas con un sentido de clase mucho más claro que los partidos tradicionales que, en su afán de ganar votos, se colocan en el llamado centro de modo de abarcar desde la derecha social hasta los sectores oprimidos, lo cual los hace funcionales para la conservación del dominio capitalista.

20. Hemos dicho que en buena parte del mundo sigue habiendo dominación, pero que la hegemonía capitalista está resquebrajada entre otras cosas porque los efectos tan brutales de la mundialización dirigida por el capital financiero va debilitando el éxito inicial de la idea de que las políticas neoliberales eran las únicas e inevitables (idea reforzada por la crisis de la izquierda y la transformación de los ex “comunistas” de Europa oriental en promotores del libre mercado).

21. La mundialización reduce brutalmente el campo de la política[11] al anular prácticamente la posibilidad de optar por diversas utilizaciones de los recursos o por diferentes enfoques en la aplicación de las políticas públicas, cosas que hoy decide, en el extranjero, el gran capital. Pero esa despolitización, esa expropiación del campo de lo político, esa reducción de todo a la economía y a las influencias mediático—culturales politizan al mismo tiempo, al extremo, la vida cotidiana.

22. Las reivindicaciones económicas o gremiales y las movilizaciones en el seno de una empresa o de un ramo de empresas no ponían en cuestión el sistema, encerraban y limitaban la lucha, la enquistaban y tornaban compatibles con el funcionamiento del capital. La disputa del territorio, con los cortes de ruta o las ocupaciones, desbordan al terreno político y reducen el campo a las mediaciones, colocando la cuestión del poder, literalmente, en la calle.

23. Ante la imposibilidad de apelar al gobierno a que modifique una actitud que no es sino la expresión concreta y local de una estrategia capitalista mundial de las transnacionales, que controlan la economía y a buena parte de los personales gobernantes, ya no bastan una huelga solidaria o la ocupación de una fábrica por un tiempo determinado. Las manifestaciones callejeras, la ocupación de edificios o lugares públicos y la violencia de masas oponen al poder oficial, como hemos dicho antes, elementos de doble poder local que tienden a consolidarse. Es absurdo plantear, como lo hace Holloway, que ese oposición del poder de las masas al poder del Estado reproduce de todos modos el poder, que es lo que hay que erradicar para lograr la liberación social. Ese es el costo inevitable del proceso mismo de liberación y sólo podrá ser reducido si se tiene conciencia del problema y no se plantea demagógicamente “arriba los de abajo”, para reproducir todo lo viejo, pero con los protagonistas en papeles invertidos, como pasó en otros momentos históricos. Pero, si no se desea pregonar la pasividad y la resignación, hay que expropiar a los expropiadores y para eso hay que tener poder, ejercitar poder, controlar un territorio.

24. El debilitamiento del Estado frente a las transnacionales y al capital financiero mundial abre grietas para la autoorganización de la sociedad en respuesta a las necesidades que el aparato estatal deja de satisfacer. Aparece así en todas las partes la reivindicación de autonomía, que es un paso hacia la idea de autogestión. Y el debilitamiento de la hegemonía político—cultural, porque buena parte de la intelectualidad oficial se plegó al neoliberalismo que los trabajadores y la intelectualidad más pobre rechazan, deja espacio para el crecimiento de una nueva intelectualidad indígena o ligada a los movimientos de masas, la cual potencia el contenido político de cada acción cotidiana.. Al mismo tiempo, con el debilitamiento del viejo nacionalismo burgués que promovía la idea de la unidad nacional y de los rudimentos de una burguesía nacional con intereses opuestos a los de las transnacionales, que invaden los mercados internos, pasan a primer plano otros nacionalismos, antimperialistas y, por lo tanto, anticapítalistas, como los que se oponen al ALCA o, en el caso más extremo, en Irak, a la colonización del país.

25. A pesar de su ropaje a veces fundamentalista y otras nacionalista de viejo tipo, ese nacionalismo con fuerte contenido social y movilizador se opone a la mundialización dirigida por el capital financiero y tiene como fundamento una gran reivindicación de justicia y un contenido ético. Por consiguiente, frente a la crisis del Estado—nación y a la reaparición del imperialismo semejante al del siglo XIX°, aunque Negri piense lo contrario, ese nacionalismo recupera también la política y es anticapitalista en los hechos aunque no lo sea programáticamente porque el capital financiero intenta destruir la base de la solidaridad, de lo comunitario, de lo colectivo

26. La lucha por la justicia y la igualdad es un factor político por excelencia y da a movimientos diversos un objetivo, una esperanza, un horizonte. Contra el capital financiero que intenta concentrar aún másel poder y la riqueza e instala al mundo en una guerra colonial sin fin, los movimiento sociales oponen un contrapoder, una contracultura, una democracia comunitaria de base, incluyente y la solidaridad internacional no sólo de los explotados sino también de los oprimidos. Los poderes en germen se construyen sobre una base ética. Y la necesidad de la ética recupera su lugar mientras la lucha contra la mundialización obliga a pensar no sólo local sino también globalmente, erosionando la visión estrecha del nacionalismo provinciano y colocando las defensas de las naciones en el campo del internacionalismo anticapitalista.

27. De este modo la política, que la mundialización dirigida por el capital financiero quiso echar por la puerta, vuelve con renovado vigor por la ventana y se infiltra en todos los recovecos y en los fundamentos mismos del edificio social.



[1] Profesor—investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco y en la UNAM. Sus últimos libros son La protesta social en Argentina— 1990—2004.Fábricas recuperadas, piquetes, asambleas populares, cacerolazos,l,uchas rurales, autogestión, autonomía, cambios en las relaciones de género y en la subjetividad, 2004, Ed. Continente, Buenos Aires y El Itsmo de Tehuantepec en el Plan Puebla Panamá (en coautoría con R.Alfonso), 2004, de próxima edición.

[2] No es el lugar para explicarla ni caracterizarla: me remito en particular —entre una vasta literatura marxista al respecto que incluye a F.Chesnaix, V.Flores Olea, J.Saxe—Fernández y muchos otros— a Gérard Duménil y Dominique Lévy, Crise et sortie de crise. Ordre et désordres néolibéraux, nov.2000, PUF, París (hay una traducción española en imprenta hecha por el autor de estas líneas para el Fondo de Cultura Económica, de México)

[3] Ver al respecto el libroRedefinir lo político, Gerardo Avalos Tenorio (comp.), 2002, UAM—X, México, y en particular mi ensayo en el mismo “Lo político y la política en la mundialización”pp.299 y siguientes.

[4] Desde la Revolución Inglesa hasta el fin del apartheid en Sudáfrica, pasando por las conquistas democráticas en Europa y el resto del mundo.

[5] Ver John Holloweay,Cambiar el mundo sin tomar el poder, 2003, Herramienta—Univ.de Puebla, Puebla—Buenos Aires. Ver igualmente la refutación del mismo en mi libro La protesta socvial en la >Agentina—1990—2004, 2004, Ed. Peña Lillo—Continente, Buenos Aires.

[6] Ver Toni Negri y Michael Hardt, 20002, Imperio, Paidós, Argentina.

[7] El neoliberalismo, por supuesto, no es un sistema ni es sinónimo del capitalismo aunque sea una de las ideologías, no la única sino la actual y dominante, del sector que en el capitalismo lleva la batuta: el capital financiero. Sin duda que, sobre todo en los países dominados, el Estado debe rechazar la política neoliberal y desarrollar aspectos neokeynesianos (lucha contra la desocupación mediante obras públicas, subvenciones a la investigación, por ejemplo) y que eso cree condiciones, para la población, mejores que las existentes con las políticas neoliberales. Pero eso no implica ni que se pueda resucitar el keynesianismo ni que se pueda soñar con un “capitalismo de rostro humano”. El gorila vestido de seda, gorila queda

[8] Condoleezza Rice, clara representante de la camarilla Bush, dice que no se pudieron impedir los atentados del 11 de septiembre (cuya preparación se conocía desde hacía meses y que no tenían nada que ver con Irak) porque la cultura del pueblo estadounidense rechaza el espionaje del FBI en los hogares. O sea, que hay un exceso de democracia...que impediría defender la democracia. Corolario: ser coherente, como los nazis...

[9] Las burguesías argentina. mexicana. brasileña, chilena, por ejemplo, han exportado capitales casi equivalentes a los de la deuda externa de sus países que, en algunos de elloa, como la Argentina, se ha formado imponiendo manu militari la asunción por el Estado de las deudas privadas. Argentina debe 178 mil millones de dólares y en el extranjero hay más de 150mil millones exportados por quienes siguen siendo dueños de la economía.

[10] Hasta la guerra civil después de la Revolución de Octubre, cuando fueron suspendidas “transitoriamente” en el Partido Bolchevique y suprimidos en la vida soviética los otros partidos revolucionarios (anarquistas, socialistas revolucionarios de izquierda, mencheviques internacionalistas, laboristas de izquierda)

[11] Reproduzco en estas líneas argumentos ya utilizados en mi ensayo “Lo polí6ico y la política en la mundialización”, del 2002.

 

 

 

 

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Mayo/2004

 


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