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II
Conferencia Internacional
La
Obra de Carlos Marx y
los desafíos del Siglo XXI
4
al 8 de mayo/2004
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09
América
Latina en el final de una etapa histórica
Qué viene después
del neoliberalismo
BILBAO,
Luis
1.
Sucesivos reveses políticos de Estados Unidos acompañan el
agravamiento de una crisis económica estructural compartida con
la Unión Europea y Japón, que continúa su marcha inexorable
pese a los esfuerzos por negarla o camuflarla. El inesperado
fracaso estadounidense en la reunión de la Organización Mundial
de Comercio realizada en Cancún en septiembre pasado, dejó como
saldo la constitución de un bloque de países (el Grupo de los
20, al que ahora anuncia su adhesión China) capaz de plantarse
como límite ante las exigencias de Washington. Como prolongación
de la sublevación boliviana y la destitución del presidente
Gonzalo Sánchez de Lozada, la denominada Cumbre Iberoamericana
produjo a mediados de noviembre una declaración opuesta a los
ejes fundamentales de la política estadounidense, bajo la presión
de un “Encuentro Social Alternativo”, que simultáneamente y
en el mismo escenario de Santa Cruz de la Sierra, reunió
organizaciones populares y revolucionarias de 15 países. Esa
misma fuerza potenció las contradicciones ínter capitalistas que
desde hace un lustro traban el desarrollo del Área de Libre
Comercio de las Américas (ALCA) y provocó un fracaso apenas
disimulado de Estados Unidos en la reunión de cancilleres del
ALCA, realizada en Miami la semana siguiente (1).
2.
Como se verá, el fracaso estadounidense en su intento de imponer
el ALCA es paradojal en más de un sentido: Washington no logró
la aceptación de los mecanismos mediante los cuales pretende de
un lado cerrar el continente a sus competidores de ultramar y de
otro absorber de sus socios menores una mayor cuota de la plusvalía
hemisférica. Sin embargo, en la medida en que Brasil, a la cabeza
de un bloque de países dispuestos a negociar en mejores términos
con la Casa Blanca, al no clausurar de modo terminante la
posibilidad de que el nuevo tratado en discusión (ALCA ligth,
descafeinado o alquita, como se lo ha llamado) avance sobre la
soberanía de cada Estado nacional, deja abierta la posibilidad de
que las burguesías locales involucradas en aquel bloque pierdan
en poco tiempo (2004, el período de discusión antes de la
activación, o no, del ALCA) el terreno ganado entre la Cumbre de
presidentes suramericanos, en agosto de 2000, y la reciente reunión
de Miami. Más importante aún es el hecho de que con ALCA o ALCA descafeinado,
los trabajadores y las masas populares cargarán sobre sus hombros
la crisis que tratan de contrarrestar con estos recursos los dueños
del capital, metropolitano o local.
3.
En todo caso, más visible que estos dos acontecimientos y con
mayores consecuencias inmediatas de carácter político es el
curso de la invasión a Irak, donde Estados Unidos comienza a
sufrir los efectos de una guerra de resistencia que acelera y
agudiza los sentimientos antiimperialistas ya reinstalados como
factor de peso en el escenario político internacional.
4.
Otro factor revelador del curso de la situación mundial es la
reversión notable operada en la Organización del Tratado del Atlántico
Norte (OTAN). Crítica subrayó en su momento la
peligrosidad extrema del paso dado cuando este dispositivo militar
imperialista anunció un drástico cambio de naturaleza y carácter
precisamente en el momento en que cumplía medio siglo de
existencia. En aquella oportunidad, durante la celebración del
aniversario en Washington se anunció que la OTAN pasaba de
estructura regional defensiva a mecanismo ofensivo y con
jurisdicción internacional. Esto significaba no sólo la creación
de un aparato militar imperialista único, sino su legitimación
para actuar, obviamente bajo el mando inapelable de Estados
Unidos, en cualquier punto del planeta. Alemania y Francia no
replicaron. Sin embargo, después de septiembre de 2001, cuando
Washington intentó utilizar a la OTAN según su designio, obtuvo
resultados exactamente inversos: la OTAN planetaria —es decir,
la subordinación directa de las fuerzas armadas europeas a
Estados Unidos— se mostró inviable y la Unión Europea aceleró
hacia la articulación de una fuerza armada propia, de hecho
contrapuesta a la OTAN. La invasión a Irak, realizada por Estados
Unidos sin legitimación por parte de las Naciones Unidas, con la
oposición explícita de Francia y Alemania y acompañada
militarmente sólo por Gran Bretaña y España, subraya esta dinámica.
5.
Frente a esta suma de factores que golpean con dureza la hegemonía
ideológica y política de que gozó Estados Unidos durante los últimos
veinte años, los estrategas imperialistas tratan ahora de engañar
a la opinión pública internacional respecto del curso de la
situación económica planetaria. Mediante la exhibición equívoca
de cifras de reactivación económica se pretende contrarrestar la
conciencia cada día más extendida respecto de la crisis que vive
el capitalismo altamente desarrollado.
6.
Esta nueva contraofensiva comunicacional se apoya en la recuperación
de los niveles de actividad de la economía estadounidense: 7,2%
en el último trimestre de 2003. En Argentina, donde la euforia ha
hecho perder todo sentido de las proporciones a los apologistas
del nuevo gobierno, se toma el dato como el fin de toda preocupación.
Sin embargo, esa reactivación está alimentada por una situación
fiscal que pasó de un superávit del 2,4% durante el último año
de gobierno de William Clinton, a un déficit del 3,5% en 2003 y
un estimado del 4,3% para 2004 (el mismo período para el cual se
impuso a Argentina un superávit del 3%) y por los gastos de
guerra, a lo cual corresponde sumar la escandalosa manipulación
de índices.
7.
Basta un ejemplo: “Si una computadora tiene ahora el doble de
capacidad de otra que costaba lo mismo un año atrás, se calcula
que el precio ha caído el 50% (...) la inversión en computadoras
ha subido en un 54% en términos reales desde 2000. En términos
de dólar, el gasto cayó un 8%” (2). No es el objetivo de esta
nota analizar en detalle la marcha de la economía mundial. Es
preciso decir, sin embargo, que lejos de contradecir el análisis
indicativo de una crisis estructural, estos datos lo reafirman en
un nivel superior: el párrafo citado, además de revelar la
manipulación estadística, indica a las claras cómo evoluciona
el verdadero nudo del problema: el aumento de la productividad, la
caída del valor de la masa de bienes producidos, provoca el
derrumbe de la tasa de ganancia y lleva al paroxismo la
competencia interimperialista. Un índice menos manipulable
reafirma esta evidencia: el Nasdaq, con 5000 puntos y en alza
hacia el año 2000, está hoy en 1200 puntos... y en baja.
8.
Por otra parte, en los últimos cinco años Estados Unidos aumentó
el gasto a un promedio del 7,7% anual y el plan de incremento en
gastos militares de George W. Bush supone un aumento real del 20%
para el 2020. De acuerdo con estos cálculos, incluso tomando como
válidas las proyecciones más optimistas de crecimiento, en los
próximos diez años “el presupuesto estadounidense es mucho
peor de lo que las previsiones oficiales indican. Entre los
expertos independientes de Washington, el consenso es que las
cifras oficiales no contemplan un déficit acumulativo de
alrededor de 5 billones (5.000.000.000.000). Más que un
presupuesto que retorna al superávit hacia 2012, Estados Unidos
verá probablemente déficit promedios del 3% durante la próxima
década” (3).
9.
Para financiar este desbalance fuera de control, Estados Unidos
depende más y más del endeudamiento externo. De allí que tenga
una particular significación el hecho de que “el ingreso neto
de inversiones en bonos y acciones estadounidenses cayó de 50 mil
millones en agosto a sólo 4 mil millones en septiembre, el nivel
más bajo desde la crisis causada por el colapso de Long Term
Capital Management en octubre de 1998” (4). Esta situación está
traduciéndose en un sostenido incremento del precio del oro (400
dólares la onza a fines de noviembre), una caída del dólar
frente al euro y podría estar augurando un nuevo colapso bursátil.
Alemania, Francia y Japón no distan cualitativamente de este
panorama.
10.
Habrá que seguir paso a paso el desenvolvimiento económico en
los tres centros imperialistas durante el futuro inmediato y
extraer de los hechos conclusiones que revaliden o no la afirmación
de que, lejos de iniciar su superación, la crisis del capital se
agrava a paso acelerado y sin control. De hecho, economistas
desarrollistas sostienen la hipótesis contraria a la nuestra (5).
Como quiera que sea, tanto las políticas económicas aplicadas en
los centros imperialistas como los resultados y las consecuencias
de todo orden en curso en América Latina, llevan a una
coincidencia sin fisuras: el neoliberalismo está
sepultado: en Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón, se apela
de manera desenfrenada al déficit fiscal para contrapesar la caída
en tirabuzón; en el resto del mundo, si no se hace lo mismo
—por imposición del FMI— gobernantes y opositores sostienen
siquiera retóricamente la necesidad de hacerlo.
Desafío histórico
11.
América Latina transita el fin de la etapa denominada neoliberal
por caminos marcadamente diferenciados pero con factores comunes
que obrarán a favor o en contra del imperialismo según quién
conduzca su dinámica: las burguesías locales o genuinos
gobiernos de los trabajadores y el pueblo. La batalla por esa
preeminencia estratégica está en curso ahora mismo. Entre tantos
otros, hechos tales como la realización del Congreso de la
Internacional Socialista en San Pablo (ver artículo siguiente), o
la designación de un funcionario de la Central de Trabajadores
Argentinos como representante oficial del gobierno ante el
Vaticano, deben ser interpretados como movimientos de piezas en el
ajedrez de la batalla entablada. Mientras tanto, este año no tuvo
lugar el encuentro correspondiente del Foro de São Paulo. El
Encuentro Social Alternativo, realizado en Santa Cruz de la Sierra
del 12 al 15 de noviembre, tampoco llegó a articularse como
bloque antiimperialista capaz de gravitar en la contienda señalada
, con todo el valor que tuvo esta convocatoria, por primera vez
planteada como contraparte frente a la Cumbre Iberoamericana, la
instancia prohijada por la Unión Europea.
12.
El vacío provocado por esa ausencia está siendo ocupado por
propuestas desarrollistas de actualización capitalista. Pero
fracasado en los años 1960, cuando todavía estaba en auge la
economía mundial de posguerra y Argentina no había enajenado las
palancas fundamentales de su aparato productivo, el desarrollismo
no tiene hoy siquiera la chance de intentar un despegue sin antes
romper los lazos de sujeción al imperialismo y tomar como punto
de partida una muy drástica redistribución de ingresos en favor
de las clases desposeídas. No sólo la historia, sino la
comprobación cotidiana permite aseverar que nada de esto puede
llevar a cabo un gobierno del capital, siquiera en su versión más
progresista.
13.
La recuperación de la iniciativa política por parte de la
burguesía en Argentina (analizada en la edición anterior de Crítica)
no podría ser exitosa a mediano plazo sino al precio de un mayor
empobrecimiento del país y una sangrienta derrota de las masas.
El cuadro actual deberá necesariamente resolverse en favor de la
clase obrera y el arco más amplio de sus aliados estratégicos, o
en favor del imperialismo y los socios que se le sometan sin
condiciones.
14.
Así, se presenta de manera descarnada la urgencia por resolver en
los hechos la dialéctica entre clase, organización de masas y
dirección revolucionaria, a partir de una realidad determinada
por la ausencia de toda instancia de unidad social, ausencia de un
genuino partido de los comunistas y sostenida ofensiva local y
regional por parte de estructuras y cuadros al servicio de la
socialdemocracia y el socialcristianismo.
15.
Por todo un período la contradicción entre una crisis sin
precedentes del sistema capitalista y el retroceso también sin
precedentes en la conciencia y la organización del proletariado
internacional, se levantó como una muralla para la acción política
revolucionaria. El reinado ideológico del capital ya no es lo que
fue en los años 1990. De hecho, convulsiones de los más diversos
géneros muestran a escala mundial un dato nuevo y determinante:
el imperialismo ha vuelto a aparecer ante las masas —y específicamente
ante las juventudes— como el gran enemigo. Esa contramarcha
puede computarse como una recuperación de terreno por parte de
las fuerzas revolucionarias; no obstante, la confusión persiste y
la distancia ganada está todavía lejos de plasmar en el terreno
político. El agotamiento del llamado neoliberalismo y la
reasunción de una conciencia de lucha por parte de sectores
sociales afectados replantean aquella contradicción, aunque sigue
gravitando con fuerza decisiva el hecho de que el proletariado, a
escala mundial y en cada país, lejos de ocupar la vanguardia
ideológica y política, o bien se mantiene paralizado, o bien
marcha tras otros estamentos sociales, cuando no directamente de
la burguesía dependiente del imperialismo. Con excepciones que no
rompen la regla, la teoría que se reivindica marxista no da
cuenta de esta realidad. Y en no pocos casos se niega a sí misma
en un proceso de constante degradación.
16.
La propia idea dominante respecto del carácter de la crisis que
atravesamos prueba estas afirmaciones. Por convención, la etapa
histórica cuyo convulsivo fin se observa a escala mundial y en
todos y cada uno de los países de América Latina, se ha dado en
llamar neoliberalismo. Ninguna fórmula convencional es
inocente. Esta fue impuesta desde los grandes medios de comunicación,
pero adoptada con fruición en la mayoría de los ámbitos de
izquierdas y, sin reparo de ningún tipo, por la academia y el
periodismo. En la imposición de aquella fórmula, había ya una
contundente victoria ideológica de las clases dominantes, que a
su vez indicaba qué estaba ocurriendo al otro lado de la frontera
social, en las clases explotadas y oprimidas.
17.
Se denominó neoliberalismo a un conjunto de medidas
apuntadas a contrarrestar la caída de la tasa de ganancia que le
carcomía los cimientos y lo acorralaba ideológica y políticamente
en todo el mundo. Era el medicamento extremo, de destructivos
efectos secundarios, aplicado a un cuerpo agónico. Una nueva y más
drástica expresión de lo que Marx denominó autofagia del
sistema capitalista. No obstante, fue presentada y aceptada por
las masas como expresión de vigor del sistema y prueba de que no
era posible rebelarse contra él.
18.
Una respuesta fácil para explicar este resultado aparentemente
insólito es atribuírselo a los medios de comunicación,
potenciados por el formidable salto tecnológico del último
cuarto de siglo. Imputar a la prensa comercial el curso de la política
fue uno más de los rasgos culturales que predominarían desde
entonces en la intelectualidad: justificación del statu quo,
teorización de la impotencia, elaboración minuciosa del
“cambio puntual”. En otras palabras: elogio de la
irracionalidad y la cobardía (6).
19.
Pero la imposibilidad de los escasos equipos revolucionarios
marxistas para explicar lo obvio y lograr que esto se transformara
en acción política tuvo otras razones, de carácter histórico y
alcance global, que permitieron convencer al mundo, atravesando
clases sociales, culturas y posiciones ideológicas, de algo que sí
resultaba evidente para miles de millones de personas: la muerte
del socialismo y la victoria definitiva del capitalismo. Como la
evidencia del Sol girando en torno de la Tierra, aquélla invertía
la realidad. Pero llevaría tiempo descubrir el engaño. Y el
capitalismo en su conjunto utilizó al máximo ese plazo extra.
20.
Hay una siniestra ironía en el curso de esa inflexión histórica:
el “neo” liberalismo no venía a reemplazar al socialismo,
sino al keynesianismo. Y éste, se sabe, había sido el antídoto
utilizado in extremis en un cuerpo envenenado por el
liberalismo (7). ¿Por qué reemplazar al salvador de Occidente
precisamente cuando éste se mostraba vencedor y qué tenía de
“neo” este sustituto respecto del liberalismo que, a fines del
siglo XIX, mostró con crudeza su impotencia hasta desembocar en
la Revolución Rusa en 1917? Inútil preguntarlo: los cultores del
flamante comodín verbal —defensores y detractores— se negaron
siquiera a tratar el punto.
21.
Ahora, menos de dos décadas después, habrá que hacerlo. El neoliberalismo
es un perro muerto y a él se le atribuye el cataclismo que sacude
al mundo. Ni siquiera altos funcionarios de las finanzas
internacionales se privan de denostarlo (8). Pero es precisamente
en este punto que recobra fuerza la tramoya lingüística, la
victoria ideológica inicial y de gran alcance que permite
tergiversar nuevamente el punto de partida para la comprensión de
la realidad: el ciclo agotado es... el del neoliberalismo.
22.
El paso siguiente está a la vista: en reemplazo se propone algo
que teóricos presurosos y buscadores de frases de impacto
denominan ya, oh sorpresa, neokeynesianismo; una fórmula
menos inocente aún que la anterior, y de más peligrosas
consecuencias.
23.
Por motivos de comunicación directa con las víctimas de este
desenlace puede resultar efectivo apelar a la fórmula neoliberalismo
para explicar su derrumbe. La dialéctica entre las palabras y las
cosas obra en uno u otro sentido; y si antes el vocablo encubrió
la realidad ahora, arrastrado por ella, puede muy bien obrar como
pseudónimo del sistema mismo, cosa que está ocurriendo en
diversos escenarios del mundo. Pero la respuesta es diferente
cuando el objetivo consiste en afirmar un programa de acción para
afrontar la crisis. Sea que se trate de un equipo de propaganda
marxista, una fuerza de oposición con peso real o un gobierno
empeñado en resolver la demanda de las masas, el diagnóstico de
la situación no puede eludir ni maquillar la realidad a la hora
de definir qué respuesta habrá de darle; qué medidas de orden
económico habrá de proponer o adoptar.
24.
Precisamente porque el mundo no asiste al fracaso del neoliberalismo,
sino al agotamiento de un recurso del imperialismo frente a la
crisis; porque ésta no es otra cosa que la reiteración cíclica
de la caída de la tasa de ganancia y la sobreproducción
capitalista, no hay espacio objetivo para reformas positivas en la
relación entre las clases y la organización social. Y es también
por las razones que determinaron el profundo retroceso del
proletariado mundial en todos los planos, que toda respuesta deberá
partir de un dato decisivo: la ausencia de un factor objetivo
clave para abolir el capitalismo: la subjetividad de las masas. Sí:
la subjetividad de las masas (y su traducción en formas
organizativas y conductas políticas) es un factor objetivo a la
hora de definir qué hacer ante la crisis del sistema.
25.
En cualquier hipótesis, reforma o revolución no es una opción.
No hay espacio real para conquistas duraderas en la actual
coyuntura histórica. Lo inverso es verdad: repitiendo en escala
ampliada la encerrona de la gran crisis que desembocaría en la II
Guerra Mundial, la dinámica del capitalismo actual cierra toda
chance de mejoras y replantea la dramática alternativa asumida
por los revolucionarios de entonces: socialismo o barbarie. Después
del neoliberalismo no viene la simple reiteración de una
economía regulada en un cuadro estable de democracia liberal. En
Argentina, esa ilusión arrastró a buena parte de la militancia
hacia el Frente Grande—Frepaso—Alianza. Cuando tuvieron el
gobierno en sus manos, cuadros comprometidos y experimentados no
podían comprender el rumbo en que eran arrastrados, resumido en
el hecho de que su gobierno convocara como ministro de Economía a
Domingo Cavallo, artífice del gran viraje neoliberal. Pero
había una lógica consistente detrás de aquella designación,
cuya base es la ya señalada: en el actual contexto de crisis
mundial la democracia liberal sólo es sostenible para llevar a
cabo el plan del gran capital imperialista. Salir de éste implica
necesariamente superar aquélla. Por estos días una fantasía
semejante a la de la Alianza en Argentina hace estragos en la cúpula
del Partido de los Trabajadores de Brasil (en el mismo sector
interno que, no por acaso, apoyó públicamente la candidatura de
Fernando de la Rúa en Argentina e hizo viajar a Lula a Buenos
Aires para comprometerse con semejante posición). Y el fenómeno
se repite en Argentina con el gobierno de Néstor Kirchner.
26.
La imposibilidad de reformas progresistas duraderas estaba ya
planteada desde comienzos de lo 80, cuando las dos grandes
corrientes de la izquierda se alinearon tras la doble falacia que
cerraría el camino a la comprensión de la coyuntura histórica
que se abría: adaptación “progresista” al capitalismo
triunfante, o adhesión a la ofensiva proletaria mundial
encabezada por los obreros soviéticos... mientras el capitalismo
veía avanzar su crisis estructural y los obreros de los países
del ex Pacto de Varsovia, en masa, pedían el retorno al
capitalismo.
27.
La interpretación de esta coyuntura excepcional y la consecuente
conducta de partidos y cuadros que se reivindican marxistas
contribuyó a que las masas fueran ganadas ideológica y políticamente
por las clases dominantes. Nada de lo que ocurre hoy puede ser
comprendido sin esa victoria del capital. Argentina es también en
ese sentido un modelo puro (9).
28.
De tal manera, podría decirse que la crisis del sistema penetró
en el propio pensamiento anticapitalista, primer paso de una dinámica
que en pocos años pulverizaría partidos y organizaciones
sociales y produciría volteretas grotescas en dirigentes e
intelectuales. No ha faltado nada en este período: desde la
formulación pseudoteórica que propone hacer la revolución sin
tomar el poder, la presentación en sociedad de un nuevo
pensamiento para tomar el poder y no hacer la revolución,
hasta la propuesta de crear un partido piquetero. Cuando
esta suma de desvíos culminó en el resultado electoral de abril
pasado (véase la reseña e interpretación en la anterior edición
de Crítica)y en la fulgurante aparición de Kirchner,
organizaciones, dirigentes y comentaristas que contribuyeron a la
confusión y la parálisis no se hicieron cargo de su
responsabilidad.
Lo viejo reaparece travestido en las nuevas condiciones
29.
En semejante panorama, las clases dominantes ocuparon todo el
escenario político y aprovecharon al máximo la ausencia de una
estrategia alternativa y la progresiva desaparición o
marginalización de las estructuras sindicales y políticas de la
clase obrera. Puesto que en definitiva no hay muro capaz de
detener la lucha social, ésta se expresaría entonces determinada
por la espontaneidad, sin conciencia ni objetivos propios, lo cual
en términos leninistas supone que los combates dados no constituían,
en rigor, lucha de clases. En términos electorales esto se
tradujo en monopolio absoluto del voto proletario por parte de los
partidos burgueses tradicionales y la nueva corriente travestida
que obraría como red para pescar en aguas revueltas y retornar
luego al puerto de partida. Helos allí, en torno al Partido
Justicialista.
30.
Al otro lado de la barricada, de modo más o menos articulado, más
o menos consciente, innumerables tendencias impregnadas por una
historia plagada de desvíos, incomprensión y frustraciones,
encarnaron la voluntad revolucionaria. La mayoría de éstas
comenzaron por tomar distancia de la teoría marxista,
identificada (por obra de las mejores y las peores intenciones),
con aberrantes experiencias organizativas y políticas. A partir
de allí se abriría un abanico de posiciones con la predominancia
de dos: la adaptación reformista y la búsqueda revolucionaria
por caminos diferentes a los hasta entonces tenidos como tales.
31.
La negación de la negación, esperable y posible, no tuvo lugar
sin embargo: prácticamente la totalidad de las nuevas fuerzas
sociales y políticas de masas, aparecidas y consolidadas durante
este período, convencidas de estar renovando el anquilosado
espectro de las izquierdas, en realidad dieron un fantástico
salto atrás, para caer en posiciones teóricas, organizativas y
políticas que el movimiento revolucionario internacional
experimentó, combatió y superó desde comienzos del siglo XIX
(10).
32.
Un caso diferente fue el de las corrientes doctrinaristas que
invocando a Marx, Lenin o Trotsky (o a los tres), se elevaron al
cielo —al mundo metafísico de fórmulas literariamente
emparentadas con lo mejor del pensamiento revolucionario, pero
enajenadas de la realidad en la misma medida en que se negaron a
ver la fase histórica que atravesaba el proletariado mundial—
desconocieron las tareas centrales de la época y cayeron en la
trampa de sostener que todo estaba dado para la revolución,
excepto el Estado Mayor. De allí a considerarse el jefe en torno
del cual se aglutinaría ese Estado Mayor, mediaba un paso que más
de un cuadro valioso estaría dispuesto a dar, sin comprender la
dinámica en la que se vería atrapado (11).
33.
Como quiera que sea, lo cierto es que la aceleración de la crisis
del sistema capitalista no se vio acompañada por un desarrollo teórico,
político y organizativo, de la voluntad revolucionaria. Ese
retraso explica a su vez la incorporación de innumerables cuadros
a la variante reformista y plantea problemas tácticos y estratégicos
de cuya resolución depende la evolución y eventual desenlace de
esta coyuntura histórica.
Tareas de la etapa
34.
Por todo lo dicho, la coyuntura histórica en que ocurre el fin
del neoliberalismo, excluye a la vez reformas
significativas y duraderas y una inmediata victoria socialista.
Esto no se resuelve exigiéndole a un líder, un partido o un
gobierno que rompe amarras con el sistema capitalista. La norma
impuesta en no pocas organizaciones izquierdistas (en el sentido
que Lenin da a esta palabra) según la cual la sociedad no se
divide en explotadores y explotados, sino en traidores y
traicionados, es una caricatura grotesca de posiciones
revolucionarias. El cambio de posiciones por poses,
ha contribuido en mucho al vaciamiento ideológico del que han
sido objeto las vanguardias en los últimos años. Así, la
defensa intransigente de una estrategia revolucionaria en
coyunturas complejas se ha transformado en actitudes histéricas,
de incalculable irresponsabilidad, frente al momento crucial que
vive el planeta y específicamente América Latina.
35.
El cuadro coyuntural condiciona tipo, modo, profundidad de las
decisiones, plazos y caminos para cumplirlas. A una fuerza política
fehacientemente comprometida con los intereses de las masas nadie
podría negarle un margen muy amplio de acción. Esto, que es un
axioma en cualquier circunstancia, resulta vital en el inédito
período histórico que atraviesan las masas explotadas y
oprimidas del mundo. El marxismo no es un catálogo de principios
(12), del mismo modo que el pragmatismo no es prueba de mayor
capacidad para “hacer política”.
36.
De allí se desprende una crucial tarea teórica y militante para
el próximo período: impedir que la respuesta al
ultraizquierdismo sea el pragmatismo, y que éste ocupe el lugar
de la comprensión científica de la sociedad y la historia. Si
las relaciones de fuerza aconsejan medidas transitorias de
contenido ambivalente o directamente impiden en una determinada
coyuntura la adopción de decisiones que resuelvan en términos prácticos
aquella oposición entre remendar el sistema o reemplazarlo, ello
no deberá ser eludido con frases grandilocuentes y conductas
irresponsables, carentes de toda traducción posible en una política
de masas con sentido antimperialista y anticapitalista, pero
tampoco asumido como plataforma programática y tanto menos como
definición ideológica. El pragmatismo es la tumba de todo
proyecto revolucionario. La capacidad para responder de manera
concreta a situaciones concretas, la flexibilidad política, no es
patrimonio del pragmatismo, así como enarbolar principios frente
a la demanda quemante de la realidad no tiene punto de contacto
con el marxismo. La única estrategia consistente para quienes se
comprometan hoy con una respuesta anticapitalista a la eclosión
de la crisis consiste en reivindicar y desarrollar la teoría
científica de la revolución social (esto es, según la expresión
leninista, hacer propaganda; o sea educar a las masas y acerar una
vanguardia), y aunar esa labor con los dos corolarios inseparables
que de ella se desprenden: formar cuadros y organizarlos en un
partido revolucionario que —cuando las masas se muestren
dispuestas— quiera, sepa y pueda encabezar el combate por la
toma del poder real y el ataque frontal al corazón del sistema.
Esta generalidad toma cuerpo en situaciones concretas, diferentes
en cada país y aun cada momento.Descubrirlas, intepretarlas y
darles respuesta: he allí la tarea de una dirección
revolucionaria.
Base social y transición política
37.
Todo lo anterior conduce a definir la situación actual como período
de transición. Este no tiene ni puede tener plazos ni formas
predeterminadas; por el contrario, podrá cubrirse en un lapso
brevísimo o en largos períodos según el desarrollo de
acontecimientos imprevisibles que serán diferentes en cada país.
En sustancia, se trata del recorrido necesario para que el
proletariado pase, según la expresión de Marx, de “clase
obrera en sí, a clase obrera para sí”. No hay manera de
transponer con éxito y de manera duradera la barrera del sistema
capitalista sin esta transformación. Quienes creen que la
conciencia de clase es un factor dado se equivocan tanto como
quienes suponen que sin esa conciencia se puede llevar a cabo una
revolución socialista.
38.
Dos cuestiones enmarcan esta afirmación. La primera, alude a las
formas y plazos que supone la asunción de una conciencia “para
sí”. La segunda, a la definición misma de clase obrera. En
debate con los hoy eclipsados creadores de un nuevo pensamiento
(es difícil alcanzar una síntesis superadora del saber humano
mientras se maniobra por obtener una banca de diputado), en agosto
de 2000 citábamos en Crítica la definición que
Marx da sobre la condición obrera:
39.
“Dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que
produce plusvalía para el capitalismo o que trabaja para hacer
rentable el capital. Si se nos permite poner un ejemplo ajeno a la
órbita de la producción material, diremos que un maestro de
escuela es obrero productivo si, además de moldear la cabeza de
los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al patrono.
El hecho de que éste invierta su capital en una fábrica de enseñanza
en vez de invertirlo en una fábrica de salchichas, no alterna en
lo más mínimo los términos del problema. Por tanto, el concepto
de trabajo productivo no entraña simplemente una relación entre
la actividad y el efecto útil de ésta, entre el obrero y el
producto de su trabajo, sino que lleva además implícita la
relación específica social e históricamente dada de producción,
que convierte al obrero en instrumento directo de valorización
del capital”. (El Capital, T I, pág. 426).
40.
“(...) el carácter específico del trabajo productivo no se
halla vinculado para nada al contenido concreto del trabajo, a su
utilidad especial, al valor de uso determinado en que traduzca.
Cuando Milton, por ejemplo, escribía El Paraíso perdido, era un
obrero improductivo. En cambio, es un obrero productivo el autor
que suministra a su editor originales para ser publicados. Milton
produjo El Paraíso perdido como el gusano de seda produce
la seda: por un impulso de la naturaleza. Después de lo cual,
vendió su producto por 5 llibras esterlinas. En cambio, al autor
que fabrica libros —manuales de economía política, por
ejemplo— bajo la dirección de su editor, es un obrero
productivo, pues su producción se halla sometida por definición
al capital que ha de hacer fructificar”. (Carlos Marx, Historia
Crítica de la Teoría de la Plusvalía, Editorial Cartago,
Tomo IV, pág. 220).
Complementaba
Marx estas definiciones con lo siguiente:
41.
“El campesino, considerado como propietario de los medios de
producción (esto vale para todos los cuentapropistas, LB) es un
capitalista; considerado como obrero, es su propio asalariado.
Como capitalista, se paga a sí mismo su salario, obtiene una
ganancia de su capital, se explota a sí mismo como asalariado y
se paga con la plusvalía el tributo que el trabajo adeuda al
capital (...) Es, gracias a ello, su propio capitalista y su
propio obrero asalariado. La separación de estos dos papeles
constituye el estado normal en este tipo de sociedad. Cuando no
existe, como en este caso, se da por supuesta su existencia, y con
razón; la unión se considera puramente accidental, reputándose
el desdoblamiento como normal, aunque ambas funciones aparezcan
reunidas en la misma persona. En situaciones como éstas vemos de
manera tangible cómo el capitalista no es sino el funcionamiento
del capital y el obrero el funcionamiento de la fuerza de trabajo.
Por lo demás, la ley del desarrollo económico exige que éste
asigne estas funciones a distintas personas”. Así, la reversión
de aquel desdoblamiento —el aumento en flecha del cuentapropismo—
expone una retrogradación muy aguda del sistema como tal.
Pero falta todavía
voltear otro mito:
42.
“En una fábrica, los peones no intervienen directamente en la
elaboración de la materia prima. Los obreros encargados de
vigilar a los que trabajan en esa faena son ya de una categoría
un poco superior; los ingenieros trabajan principalmente con la
cabeza. Pero el resultado es el producto de ese conjunto de
obreros, que poseen fuerzas de trabajo de distinto valor.
Consideran como fruto simple del proceso de trabajo, este
resultado se expresa en mercancías o en productos materiales. Y
todos en conjunto, en cuanto obreros, son como máquinas vivas que
fabrican estos productos. Del mismo modo, si enfocamos el proceso
de producción en su conjunto, vemos que cambian su trabajo por
capital y reproducen como capital, es decir, con una plusvalía,
el dinero del capitalista. El tipo de producción capitalista se
caracteriza, en efecto, por el hecho de separar y encomendar a
personas distintas los diversos trabajos, intelectuales y
manuales; lo cual no impide que el producto material sea el
producto común de todas estas personas ni cada una de estas
personas sea, con respecto al capital, un obrero asalariado, un
obrero productivo en el sentido más elevado de la palabra” (Ib.
Pág. 222 et. pas.).
Marx no deja una
idea sin exprimirla hasta el final y agrega:
43.
“Un actor, incluso un clown, puede ser, por tanto, un obrero
productivo si trabaja al servicio de un capitalista, de un patrón,
y entrega a éste una cantidad mayor en trabajo de la que recibe
de él en forma de salario. En cambio, un sastre que trabaja a
domicilio por días, para reparar los pantalones del capitalista,
no crea más que un valor de uso y no es, por tanto, más que un
obrero improductivo. El trabajo del actor se cambia por capital,
el de sastre por renta. El primero crea plusvalía, el segundo no
hace más que consumir renta” (Ib. Pág. 137)
44.
Es a partir de estas bases teóricas que hablamos de proletariado.
Basta trasladar la definición al entorno inmediato para comprobar
datos determinantes de nuestra realidad contemporánea: en primer
lugar, la clase obrera ha aumentado numéricamente; en segundo
lugar, ha elevado cualitativamente su nivel de instrucción
y capacitación técnica, teórica y cultural. El hecho de que un
ingeniero, un profesor de literatura, un abogado, un periodista o
arquitecto no se sientan obreros no cambia en absoluto el lugar
que objetivamente ocupan en el sistema de producción capitalista
en su actual estadio de desarrollo. Tampoco es menos cierto que en
condiciones de estabilidad socioeconómica, la falsa conciencia de
los técnicos en computación, los ingenieros industriales, los físicos
atómicos o cualquier otro profesional proletarizado, tiene un
peso relevante, eventualmente decisivo a favor del capitalismo, en
el devenir político. De hecho, no hay modo de realizar un cambio
revolucionario socialista mientras esa situación se mantenga.
45.
Sin embargo es un error grave suponer que esa falsa conciencia
requiere un período histórico para transmutarse, alcanzar una
conciencia de clase y asumir las consecuencias políticas que esto
supone. A la vez, parece obvio que tales estratos, en el camino de
asunción de su realidad social y política, pasen por las
estaciones del nacionalismo desarrollista, el reformismo socialdemócrata
u otras propuestas que camuflan con llamados al cambio la idea de
preservar el sistema capitalista.
46.
Desde luego, la degradación teórica de ciertas organizaciones y
autores que se reivindican marxistas no contribuye para que estos
contingentes numérica y cualitativamente decisivos del
proletariado tomen conciencia de su condición y se sumen a una
propuesta revolucionaria. La debacle teórica de quienes, en busca
de lo que denominan “nuevos actores sociales”, recalan en la
invención de la categoría “piquetero”, puede medirse por el
hecho de que en una actitud demagógica frente a las víctimas más
castigadas del capitalismo están proponiendo como vanguardia
estratégica al sector más atrasado y socialmente inconsistente
del proletariado, enajenando a las franjas obreras con la
verdadera capacidad de cambiar el sistema por el simple hecho de
que en sus manos está el funcionamiento del mecanismo de producción
y distribución de bienes. Semejante política sólo puede
conducir a la profundización de las divisiones en el seno de la
clase obrera, prólogo de un dramático fracaso que golpearía en
primer lugar a los descupados y de allí al conjunto social.
47.
La redención de las masas arrojadas a la marginalidad por la
crisis del capitalismo es inviable sin la revolución socialista.
Esta a su vez es impensable sin el protagonismo dirigente de los
estratos más avanzados del proletariado industrial. El hecho
cierto de que grandes contingentes de desocupados estructurales y
marginalizados tienen ocasionalmente sectores dispuestos a
movilizarse —incluso cuando la clase obrera con empleo elude la
lucha, como es el caso en Argentina desde hace una década— no
puede confundirse con su capacidad para sostener la movilización,
para asumir un programa revolucionario y encabezar a una sociedad
que busca convulsivamente alternativas ante el flagelo de la
crisis. Por el contrario, como se ve por estos días en Argentina,
la dependencia directa y extrema de los desocupados respecto de
los subsidios manejados por el Estado, incluso cuando alcanzan algún
nivel de organización, los hace víctimas de la manipulación
destinada a dividirlos, a servir de base de maniobra a aparatos
del capital o ser utilizados como instrumento de provocación. El
fenómeno inverso está en curso en Venezuela, donde los obreros
petroleros —incluyendo técnicos de máxima calificación,
ingenieros, científicos, economistas, abogados, etc— recorren rápidamente
el camino hacia la conciencia de clase (véase en esta edición
“Los trabajadores asumen la Revolución Bolivariana, pág.
35).
48.
Entre ambos extremos puede hallarse toda la gama en los países
restantes. El desafío para los revolucionarios marxistas no
consiste en ver quien repite más veces que es necesaria la
revolución socialista, sino en encontrar los factores comunes que
permitan unificar fuerzas sociales y recorrer, tan rápido como
sea posible en las condiciones dadas en cada momento y lugar, el
camino de la constitución del nuevo proletariado, que resultará
de la incorporación de todos sus componentes objetivos. El
proletario medio del siglo XXI no es un peón textil o metalúrgico,
sino un técnico altamente calificado o profesional con título
universitario. Esto, desde luego, reclama organizaciones, métodos
y dirigencias necesariamente nuevos, entendiendo por tales una
superación efectiva de aquellos a que diera lugar el estadio
anterior. La noción de partido leninista no queda abolida, como
sostienen quienes abjuran de la revolución social, de la lucha
por el poder o de ambos objetivos. Vencer al capitalismo, más
centralizado que nunca, requiere instrumentos a la altura del
perfeccionamiento alcanzado por el Estado burgués. El nuevo
proletariado está en condiciones de forjarlos. Pero es claro que
organizar y encabezar este nuevo proletariado requiere algo más
que gritos destemplados o buenos afiches electorales con el rostro
de quienes se proponen como vanguardia.
49.
El impacto del derrumbe de la Unión Soviética (resultado de una
derrota con raíces en la década de 1920, pero realizada
plenamente recién a fin de siglo), sobre la conciencia de los
trabajadores y las juventudes es un factor mayor para comprender
la realidad política mundial, regional y nacional. Recuérdese la
frase de Marx, tantas veces citadas aquí: “a una fuerza
material sólo puede vencerla otra fuerza material, pero las
ideas, cuando penetran en las masas, se transforman en una fuerza
material”. Ocurre que en esta fase histórica se materializó
como poderosísima fuerza política la idea de que el socialismo
era peor que el capitalismo, combinada con el viraje de
innumerables cuadros hacia la convicción de que a un capitalismo
todopoderoso e invencible sólo se le podía contraponer la lucha
por reformas parciales.
50.
El mundo está frente al resultado paradojal de aquella
contraofensiva global estratégica, que precisamente por haber
sido exitosa en todos los terrenos y por haber llevado a casi
punto cero la resistencia económica del proletariado industrial
mundial, liberó todas las fuerzas inmanentes, autodestructivas,
del sistema capitalista, conduciéndolo a la más profunda y
extensa crisis general en toda su historia. La destrucción de
partidos y sindicatos obreros en todo el mundo, tiene un doble
contenido: plasmó y aceleró la desmoralización y desmovilización
de los trabajadores con empleo, y a la vez mostró la necesidad
histórica —y abrió la oportunidad— de crear nuevas
organizaciones a la medida de los nuevos tiempos.
Transición y programa
51.
En América Latina el agotamiento del neoliberalismo, en
los términos que lo hemos definido, da lugar a una nueva
configuración política regional, con Brasil encabezando, no sin
grandes dificultades, un conjunto de países constituido por
Argentina, Paraguay, Bolivia y, desde un ángulo propio,
Venezuela. El gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva
ha asumido sin rodeos la estrategia del gran capital brasileño
relativa a la política económica consistente en negociar con
Washington desde posiciones de fuerza, limar las aristas más
gravosas del ALCA y lanzarse a la búsqueda y consolidación de un
mercado para los productos brasileños y suramericanos que, a los
ya existentes en Estados Unidos y la UE, sume países de Asia y
Africa. Desde la posición de debilidad determinada por la
heterogeneidad de su gobierno y la ausencia de base propia, el
presidente Néstor Kirchner acompaña ese rumbo. Esta línea de
acción encarna la necesidad y única posibilidad de las burguesías
suramericanas para afrontar a la vez la descontrolada voracidad
imperialista y la demanda creciente de las masas en todos los
terrenos. Cuenta además, dentro de ciertos límites, con el
respaldo de la UE frente a Estados Unidos. No sin ingenuidad, un
alto ejecutivo de una empresa europea define desde su ángulo de
visión la tarea planteada: “(Con Lula y Kirchner) los relojes
de las dos naciones mayores del sur americano parecen
sincronizarse en el proyecto de fortalecer y engrandecer el bloque
regional del Mercosur (...) Si bien no faltan sectores que
imaginan este nuevo lanzamiento del bloque como un proyecto de
proteccionismo ampliado, un amurallamiento destinado a desconectar
a la región del vastro proceso de integración económica
planetaria que se conoce como globalización, todo hace pensar que
no será ésa la resultante real de este nuevo intento, sino, más
bien, la búsqueda de un globalismo arraigado en las lógicas
productivas de las naciones del Mercosur, de un universalismo en
el que éstas no resignen la especificidad de sus culturas e
intereses y del que puedan sentirse sujetos, no meras piezas de un
ajedrez ajeno” (13).
52.
En efecto, el Mercosur es la palanca elegida para negociar desde
posiciones de fuerza con Washington y abrir nuevos horizontes a
las burguesías locales. Y no cabe duda de que se trata de la única
vía posible para huir hacia delante. Conviene en este punto
recordar la caracterización y la línea de acción trazadas por
la Unión de Militantes por el Socialismo en su IV Congreso, en
noviembre de 2002:
53.
“Si se confirma la victoria del PT en segunda vuelta el
continente estará ante una múltiple derrota de Estados Unidos.
La segunda de gran envergadura en cuatro meses en Sudamérica. La
burguesía brasileña había trazado ya con el gobierno de
Fernando Henrique Cardoso una línea roja contra el ALCA. Esa línea
se engrosará a partir de ahora, pese a que un sector del PT está,
desde hace tiempo, a la derecha del actual gobierno en relación
con este dilema estratégico.
54.
“La lucha contra el ALCA debe ser cuidadosamente definida porque
allí se presenta el punto en el que la lucha antimperialista en
sus términos más amplios es tangencial a la política de
conciliación de clases. Para los revolucionarios marxistas la
oposición a la unificación continental que plantea el
imperialismo estadounidense no tiene el mismo carácter, la misma
dinámica ni el mismo contenido puntual que tiene para las burguesías
regionales. Además de la fractura que las divide entre socios
menores de Washington y defensores de la industria y el mercado
propios, éstas se dividirán en el próximo período entre
quienes adoptarán un discurso nacionalista y quienes, con la Unión
Europea detrás, pretenderán sostener el marco liberal. Esta será
una prueba de fuego para los revolucionarios marxistas, que
tendremos que defender la nación frente a lo que sin duda será
una cada día más acentuada presión imperialista —que antes de
no mucho se traducirá abiertamente en el terreno militar— y al
mismo tiempo tendremos que levantar el estandarte de la democracia
de masas como continuidad dialéctica de la democracia liberal
burguesa.
55.
“Para nosotros lo opuesto al ALCA no es el Mercosur. Esa noción,
hoy popularizada en filas de izquierda, carece de todo y cualquier
fundamento desde el punto de vista de la clase obrera. Lo
contrario al ALCA es hoy la defensa de todo aquello que contribuya
a instaurar una dinámica en cuyo desenlace histórico aguarda la
creación de una Confederación Socialista de las Américas. El
Mercosur puede sí ser un ámbito en el que se abroquelen las
burguesías regionales para resistir la embestida de un Estados
Unidos minuto a minuto más acuciado por su crisis económica. La
coincidencia antimperialista, sin embargo, deberá proyectarse en
una estrategia y un conjunto de tácticas propias, todas
contrapuestas en fundamento y diferenciada en la acción ante las
masas a los intereses y políticas burguesas. Es dudoso que el PT
pueda resolver eso correctamente en una primera fase. Lo más
probable es que se limite a la diplomacia de “un Mercosur
ampliado”. Esto deberá ser apoyado por los revolucionarios
marxistas, pero entendido como vía de transición hacia formas
políticas (Confederación, moneda única) y económicas
(planificación de grandes emprendimientos comunes) de asociación
sudamericana en la cual la clase obrera deberá constituirse como
tal y disputar el poder político a esa escala. De modo que, además
de bregar con el máximo de nuestras capacidades por darle forma
concreta a un bloque antimperialista continental —es decir, que
incluya a los trabajadores y los pueblos de Estados Unidos y Canadá,
como también propusimos cuando participamos en la fundación del
Foro de São Paulo— debemos asumir esas dos magnas tareas históricas:
la constitución de la clase obrera latinoamericana como clase
para sí, y la conformación de todos los instrumentos necesarios
para la lucha por el poder. Ese camino no vamos a comenzar a
recorrerlo ahora. Es el que venimos trazando y andando desde
nuestra fundación” (14).
56.
Dos años después es evidente quiénes, cómo y cuánto han
andado aquel camino. Y la relación de fuerzas resultante de las líneas
de acción asumidas están a la vista: tiene más de un
significado que el Mercosur haya resuelto designar un Presidente y
que el cargo le haya sido entregado a Eduardo Duhalde (15).
Mientras se redacta este artículo llega la noticia de que Lula
parte en una larga gira comercial hacia Oriente y lleva como
invitado especial al ex presidente argentino. Que Duhalde acompañe
al titular del Partido de los Trabajadores de Brasil
inmediatamente después de haber expuesto con claridad la
necesidad de reprimir las manifestaciones de los desocupados, es
un símbolo de la dinámica impresa en esta alianza de clases
definida por el PT como única salida a la solución de los
problemas de nuestros pueblos.
57.
No es menos significativo, sin embargo, el curso tomado desde
entonces por la Revolución Bolivariana y su proyección como
fuerza actuante a escala suramericana, pese a la imposibilidad
verificada hasta el momento de articular sobre bases genuinas y
con dinámica de masas un bloque antimperialista continental.
58.
La resultante es la pérdida de la iniciativa política por parte
de Estados Unidos en América del Sur y la conformación de dos
grandes corrientes que sin choques públicos pero no por ello con
menor crudeza, se disputan la primacía como conducción estratégica
efectiva: el gobierno brasileño, acompañado por el gran capital
local y respaldado por la socialdemocracia y el socialcristianismo
de un lado; y el gobierno del presidente Chávez, sin retorno
enfrentado con la clase dominante de su país, respaldado por los
movimientos revolucionarios y populares de todo el continente y,
naturalmente, por Cuba. En este cuadro de disposición de fuerzas,
Washington torpedea con el máximo de brutalidad al gobierno de Chávez
y presiona con instrumentos diplomáticos y financieros a Lula,
mientras la UE ataca con sordina a la Revolución Bolivariana y
saluda con alborozo la “madurez y sensatez” del PT. A su vez,
en instancias claves como la reunión de la OMC en Cancún y del
ALCA en Miami, opera el eje objetivo Brasilia—Caracas e impide a
Washington lograr sus objetivos, obligándolo a un retroceso
sistemático en esos terrenos. Mientras tanto, la ausencia de Lula
en el Encuentro Social Alternativo en Santa Cruz de la Sierra y el
discurso programático de Chávez en esa reunión, proyectan en
otro plano la diferencia estratégica entre ambas concepciones.
59.
Dividir estas dos corrientes de proyección histórica es un
objetivo del imperialismo, buscado igualmente por la
socialdemocracia y socialcristianismo. Impedir esa división,
buscar sistemáticamente la unidad social y política a escala
continental, dar constantemente la batalla ideólogica, política
y organizativa, es una tarea estratégica para los revolucionarios
marxistas de todo continente.
60.
Es por estos vericuetos que discurre la transición. Las masas
obreras, campesinas, desocupadas y juveniles, no tienen banderas
comunes más allá del reclamo de trabajo, tierra, justicia. Hay sí
una creciente identificación de un enemigo común: Estados
Unidos. No el concepto abstracto de imperialismo, sino la
imagen despreciable de Bush. Las masas explotadas y oprimidas no
enarbolan como conjunto social una propuesta de sociedad
alternativa, ni aun en sus más elevadas formas de lucha, como
quedó claro en Ecuador y Bolivia. En Brasil, resulta obvio que
los trabajadores y las masas desposeídas que llevaron a Lula al
gobierno confíen en él, crean en sus argumentos para pedir
paciencia y le den tiempo para obtener los cambios esperados; en
Argentina, después de la prueba de fuego que expuso la desubicación
e incapacidad de las izquierdas, no puede sorprender que el
discurso de Kirchner genere expectativas positivas en una mayoría
de la sociedad; en Bolivia, no asombra que las mismas masas que
depusieron a Sánchez de Lozada le den tregua a su vicepresidente,
Carlos Mesa, y que incluso no rechacen de plano la idea de que éste
termine su mandato en 2007, para entonces buscar un gobierno
propio; en Ecuador no cabe sorprenderse por el hecho de que el
poderoso movimiento de masas que catapultó al poder a Lucio Gutiérrez
esté ahora desmovilizado y acaso ceda la iniciativa política a
sectores del capital que disparan contra el militar tránsfuga; en
Venezuela, aun con las pausas y desvíos de la ofensiva
revolucionaria lanzada por Chávez, es el único país donde se
constata un avance sistemático de las masas en términos políticos
e ideológicos y también el único país de la región donde la
clase obrera industrial, desde sus estratos más avanzados,
comienza —lenta y contradictoriamente, como podía ser de otra
manera— a recorrer un empinado camino de autoorganización y
asunción de una conciencia de clase.
61.
Cuba, mientras tanto, al precio altísimo pagado a comienzos de año
para frenar una nueva embestida contrarrevolucionaria
estadounidense, con la que consciente o inconscientemente
contribuyeron todos quienes condenaron el fusilamiento de tres
mercenarios, continúa en su papel de vanguardia ideológica en
medio de este panorama donde por un lado resalta la reaparición
generalizada de la movilización de masas y por otro el atraso y
desagregación.
62.
Es a esta transición y en esta coyuntura que los revolucionarios
marxistas debemos responder. No se trata de una consigna. Sino de
un concepto. Lo elaboraron los máximos dirigentes de la Revolución
Rusa —en un cuadro por completo diferente, aunque con muchos
puntos en común— en el Cuarto Congreso de la Internacional
Comunista, en 1922. La noción de Frente Antimperialista allí
afirmada es hoy la única herramienta común a los trabajadores y
los pueblos suramericanos capaz de permitir pasos concretos hacia
la unidad social frente a Estados Unidos, un enemigo que, sin
iniciativa política, sumando derrotas y atenazado por la crisis,
tiene no obstante un enorme poder destructivo, ya desplegado y a
punto de poner en funcionamiento con toda su fuerza letal.
63.
No se debe dejar el menor espacio a los charlatanes irresponsables
que hablan del socialismo inmediato y dificultan la unidad de las
masas. No se debe ceder un milímetro en la lucha ideológica y
política con las innumerables expresiones de la burguesía y el
imperialismo travestidas de progresistas, populares o
nacionaldesarrollistas que muestran los dientes a los yanquis,
pero no muerden y, sobre todo, impiden que los trabajadores
adquieran independencia política, organizativa y programática
para dar la batalla. El frente único antimperialista es la única
instancia de unificación de grandes masas, a escala nacional y
suramericana, de organización y concientización de millones de víctimas
de la crisis capitalista. Todas las demandas democráticas y económicas
que las masas esbocen, serán consignas reivindicables en el
programa de los revolucionarios marxistas. Sólo nos
diferenciaremos en la tenacidad e intransigencia con que las
defenderemos y en el hecho clave de que, en cada instancia y en
todo momento, propugnaremos la organización democrática, plural
y antimperialista de las masas como base de sustentación de un
gobierno de los trabajadores y el pueblo.
64.
Desarrollo y significado de ambas reuniones fueron analizadas en
“América Latina esboza su propuesta”, Luis Bilbao, Le Monde
diplomatique edición Cono Sur; Buenos Aires, diciembre de 2003.
65.
“Altogether now”; The Economist, London 22 de noviembre de
2003.
66.
“A flood of red ink”; The Economist, London, 8 de noviembre de
2003.
67.
“Boom or gloom?”; The Economist; London, 22 de noviembre de
2003.
68.
En un texto periodístico, el economista brasileño Theotonio dos
Santos sostiene que la economía mundial está en “la primera
fase de un nuevo ciclo de crecimiento”. Aun sin explicitarlo ni
referirse al tema, parecen coincidir con él economistas
argentinos como Eduardo Amadeo y Rubén Lo Vuolo, quienes en
sendos libros de reciente aparición (La salida del abismo;
Planeta, Buenos Aires, noviembre 2003 y Estrategia económica para
la Argentina; Siglo XXI, Buenos Aires, noviembre 2003,
respectivamente), desconocen la base internacional sobre la cual
edifican sus propuestas para la economía local.
69.
Un texto hecho a la medida de esas funciones (y no por acaso
recientemente reeditado), fue La sangre derramada —Ensayo
sobre la violencia política—, una suerte de justificación
pseudofilosófica del espíritu de derrota, claudicación y
conversión ideológica que tomaría cuerpo en el Frente Grande—Frepaso—Alianza.
Véase por ejemplo este postulado teórico: “Marx, hoy, al no
existir el proletariado revolucionario superador, sólo podría
enaltecer a la burguesía revolucionaria desde sí misma, como
parte de ella”. José Pablo Feinmann, Seix Barral, Buenos Aires
2003.
70.
“Yo las defiendo (las medidas que acentúan la participación
del Estado en la economía) porque son el único medio practicable
de evitar la destrucción total de las formas económicas
existentes” (John M. Keynes; Teoría general del empleo, el
interés y el dinero; Planeta—Agostini; Buenos Aires, 1994).
71.
Es el caso de, entre otros, el Sr. Joseph Stiglitz, prototipo de
la irracionalidad del pensamiento económico burgués al que se
aferran en su naufragio teórico, político y moral demasiados
expertos y comentaristas de la materia. “Aunque nadie estaba
satisfecho con el sufrimiento que acompañaba a los programas del
FMI, dentro del Fondo simplemente se suponía que todo el dolor
provocado era parte necesaria de algo que los países debían
experimentar para llegar a ser una exitosa economía de mercado, y
que las medidas lograrían de hecho mitigar el sufrimiento de los
países a largo plazo. Algún dolor era indudablemente necesario,
pero a mi juicio el padecido por los países en desarrollo en el
proceso de globalización y desarrollo orientado por el FMI y las
organizaciones económicas internacionales fue muy superior al
necesario”, dice Stiglitz en su best seller mundial El
malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002. El
autor de esta nueva versión de Caperucita Roja es Premio Nobel de
Economía. Por su parte, en 1998 escribía Paul Krugman en El
teórico accidental: “A finales del siglo XX casi nadie cree
que haya alguna buena alternativa a una economía de mercado; a lo
sumo podemos esperar aliviar a la gente de los aspectos más
crueles de la economía” (Ed. Crítica; Barcelona 1999). Un año
después el mismo autor diría: “Olvidamos el asombro que
sentimos cuando estos modelos ejemplares comenzaron a perderse en
el camino, un asombro que de hecho era totalmente apropiado porque
no era de ninguna manera obvio, incluso ahora, cómo pudieron
salir tan mal las cosas” (De vuelta a la economía de la gran
depresión; Norma, Buenos Aires 1999).
72.
Los textos de Crítica donde se encontrará nuestra
posición en aquel debate pueden hallarse en www.geocities.com/nuestrotiempo.
Está disponible asimismo la colección completa de 29 volúmenes.
73.
Ver “Qué frenó la construcción política de masas”;
Cristina Camusso, Crítica N° 28, agosto—octubre
2003; y “La gran prueba”, Crítica N° 25,
diciembre 2000.
74.
Una penosa parábola arrastró a este tipo de organizaciones y sus
dirigentes, que combinaron desviaciones electoralistas y virajes
conceptuales y contribuyeron al vaciamiento teórico y el colpaso
político: poner a secretarios generales de partidos que se
proclaman revolucionarios e internacionalistas a disputar un cargo
de Concejal (y festejar como victoria histórica la obtención de
ese puesto); aferrarse a una categoría sin fundamento, a la que
se denominaría “piquetero” y se le atribuiría la capacidad
de crear un partido; utilizar toda expresión de lucha genuina
para producir una victoria propia (manipulación en las Asambleas
barriales que irrumpieron en diciembre de 2001, intervención
ultrista y divisionista en las escasísimas luchas obreras de
resistencia). El desenlace está a la vista: rotundo desastre
electoral (expresión patética de esto fue que los dos cargos en
la Legislatura de Buenos Aires obtenidos por el PC y el PO en la
figura de sus secretarios generales fueron perdidos), multiplicación
de las luchas intestinas, fraccionamiento extremo de los aparatos
“piqueteros” (con ingerencia enorme del Estado mediante el
manejo de los fondos con los que se pagan subsidios), degeneración
que lleva, como en el caso de la empresa Sasetru, a choques entre
obreros donde quienes se suponen vanguardia emplean armas de fuego
contra los propios trabajadores.
75.
“Los principios no son el punto de partida de la investigación,
sino su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la
historia humana, sino que se abstraen de ellas; no son la
naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los
principios, sino que estos son correctos en la medida en que
concuerdan con la naturaleza y con la historia”. Federico Engels,
Anti—Dühring, Obras de Marx y Engels, T 35; Grijalbo,
Barcelona 1977.
76.
“Integrarnos al mundo, arraigarnos en el Mercosur”; Luis Ureta
Sáenz Peña, Director general de PSA de Peugeot—Citroen
Argentina. Archivos del presente, Buenos Aires, 2003.
77.
IV Congreso de la UMS— Resolución internacional. Eslabón N°
41, Buenos Aires, diciembre de 2001. www.geocities.com/ums_ar
78.
Prueba adicional de nuestra afirmación, en la edición anterior
de Crítica, de que el de Kirchner es por su base
social y partidaria una continuidad lineal del de Duhalde,
respaldado por Raúl Alfonsín.
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Mayo/2004
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