| La política de alianzas de la
izquierda marxista en el inicio del siglo XXI José Ramón Balaguer Cabrera. Miembro del
Buró Político del Partido Comunista de Cuba
A partir de sus experiencias
propias y del análisis de las victorias y reveses que conforman la historia de las luchas
populares, el Partido Comunista de Cuba considera que existe un grupo premisas para la
formulación de la política de alianzas, aplicables, no solo a los partidos comunistas,
sino a todas las organizaciones marxistas contemporáneas: ¿Cómo caracterizamos la
situación y perspectivas del sistema capitalista de producción en el inicio del siglo
XXI? A partir de esa definición, ¿qué objetivos nos proponemos? ¿Qué sector o
sectores socio clasistas conforma hoy el sujeto o bloque fundamental de la lucha por la
consecución de tales objetivos? ¿Qué otros sectores constituyen el espectro de sus
aliados potenciales? Y, ¿Cuáles son las condiciones y las bases para el establecimiento
de las alianzas entre el sujeto o bloque fundamental de las luchas y el resto de los
sectores susceptibles de participar en ellas?
Sólo las dos primeras de estas cuestiones tienen
una respuesta universal, categórica e inequívoca, a saber, la caracterización del
capitalismo como un sistema social senil, que se encuentra en estado de avanzada e
irreversible descomposición, y el objetivo estratégico de construir una sociedad
socialista, única alternativa a la barbarie a la que se refiriera Rosa Luxemburgo. Con
respecto al resto de los problemas planteados, si bien resulta posible y necesario hacer
consideraciones generales que ayuden a darle soluciones adecuadas, son las condiciones
imperantes en cada en cada continente, región y nación -y en cada coyuntura- las que
determinan el contenido de tales soluciones.
EL Imperialismo Contemporáneo y la Vigencia de la
Lucha por el Socialismo.
En virtud del impacto político e ideológico de la desaparición
de la Unión Soviética y otros países de la llamada Comunidad Socialista de Europa, que
dejó el terreno libre para el afianzamiento de la doctrina neoliberal, junto con una
amplia gama de seudo teorías asociadas a ella -como la del "fin de la
historia"-, dos mitos han jugado un papel determinante en la producción teórica y
política sobre el capitalismo contemporáneo desde principios de la década de mil
novecientos noventa: el primero es que la "globalización" provoca una ruptura
drástica en el desarrollo histórico de la humanidad, que impide la comprensión y la
transformación de la sociedad; el segundo consiste en atribuirle a la llamada Revolución
Científico Técnica la capacidad de conjurar o posponer de manera indefinida el estallido
de las contradicciones antagónicas del sistema capitalista.
Los fetiches de la "globalización" y la
"Revolución Científico Técnica" constituyen la base fundamental de las
diversas variantes del tercerismo de nuestros días, que ya no pretenden colocarse entre
los polos políticos e ideológicos posteriores al triunfo de la Revolución de Octubre de
1917, es decir, entre el capitalismo y el socialismo, sino que -ubicadas abiertamente
dentro del capitalismo- dicen ocupar un espacio "democrático" y
"socialmente motivado" entre el neoliberalismo más descarnado (simbolizado por
los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Tatcher) y los remanentes del llamado Estado de
Bienestar que funcionó en una parte de Europa Occidental durante la segunda posguerra
mundial del siglo XX.
Con esta caracterización de "ruptura
histórica" y capacidad de "auto renovación permanente" del sistema
capitalista de producción, se corresponde: a) una estrategia orientada a limitar los
efectos más desestabilizadores del proceso de concentración del poder político y
económico, cuya esencia no se plantea alterar en lo absoluto; b) una táctica basada en
concesiones dirigidas a conseguir o mantener la tolerancia del capital para el ejercicio
de la función de gobierno o la preservación de cuotas de representación institucional,
desprovistas de la capacidad de ejercicio del poder político real en cuestiones
medulares; c) una definición no clasista del sujeto de las luchas que, a pesar del
proceso sin precedentes de concentración de la riqueza y polarización social que se
desarrolla a escala universal, pasa por alto la ubicación de los seres humanos respecto a
las relaciones de propiedad; d) una definición imprecisa de los "aliados",
derivada, en primer término, de la falta de una concepción clasista de quiénes
conforman el sujeto fundamental de las luchas y, e) el desempeño de un papel subordinado
y secundario en la política de alianzas.
A diferencia de la imagen que proyecta de sí
mismo, el imperialismo contemporáneo se caracteriza por el ascenso a un grado
cualitativamente superior de concentración de la propiedad, la producción y el poder
político, con otras palabras, por la escalada a un grado de concentración transnacional
de la propiedad, la producción y el poder político, cuyo núcleo lo constituyen
los monopolios transnacionales, que se encuentran fundidos con los Estados
de las principales potencias imperialistas, los cuales también asumen funciones
transnacionales. Este proceso, que constituye la actual etapa del avance hacia la
universalización de las relaciones humanas analizado por Carlos Marx y Federico Engels,
es al que con mayor frecuencia se alude con el término "globalización". La
globalización constituye la continuidad histórica de la tendencia a la universalización
del capitalismo, iniciada con la formación del mercado mundial; se asienta sobre premisas
políticas y económicas acumuladas en el transcurso del siglo XX y, en particular,
durante la segunda posguerra; inicia su etapa de despliegue a partir de los años setenta,
es decir, a partir del fin de las dos décadas de crecimiento expansivo de la economía
capitalista mundial abiertas por la destrucción de fuerzas productivas ocasionada por la
Segunda Guerra Mundial y, recibe un decisivo impulso político e ideológico con la
agudización de la crisis y el derrumbe de la Unión Soviética, que le permiten alcanzar
su máxima intensidad y violencia.
También a diferencia de los postulados de los
apologistas del capitalismo, la llamada Revolución Científico Técnica en modo alguno
resuelve o permite posponer de manera indefinida las contradicciones antagónicas del
sistema capitalista de producción. El término Revolución Científico Técnica es el
más utilizado para hacer referencia al desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas
del capital durante la posguerra, que obedeció, entre otros, al estímulo a la
intensificación de los procesos productivos provocado por la reconstrucción europea y la
carrera armamentista. Pero la noción de conjuro de contradicciones es falsa porque,
precisamente, fue este desarrollo el que, a finales de la década de mil novecientos
sesenta -una vez reconstruida la capacidad productiva de Europa Occidental y Japón-,
provoca el retorno de las crisis de superproducción de mercancías, capitales y de
población.
El reinado de los monopolios transnacionales no
transcurre -como pretenden quienes imponen la apertura y desregulación unilateral de los
países subdesarrollados- bajo el signo de la expansión universal de la inversión
productiva, la "transferencia" de los avances de la ciencia y la técnica, el
acceso a los mercados del "Primer Mundo" ni el "derrame" de la
riqueza. Por el contrario, en una economía mundial sobresaturada de mercancías,
capitales y fuerza de trabajo, en la que rige la ley del más fuerte, las empresas
monopolistas transnacionales utilizan, con una intensidad sin precedentes, todo su
poderío económico y su control sobre las innovaciones científico técnicas, junto con
el poder político y militar de los Estados imperialistas de sus naciones de origen, para
penetrar en las áreas de mayor desarrollo relativo del llamado Tercer Mundo, con el
propósito de absorber o destruir los capitales locales, cuyos mercados necesitan captar
para garantizar su propia subsistencia.
El imperio de los monopolios transnacionales
entroniza en el mundo subdesarrollado un círculo vicioso de apertura irrestricta a la
importación de mercancías y capitales, quiebra de la industria nacional, dolarización o
sobre valuación monetaria -que garantiza máxima utilidad en la remesa al exterior de las
ganancias-, aumento del desempleo y la informalización del trabajo, descenso del nivel de
vida de la población y, por consiguiente, reducción de la capacidad de solvencia del
mercado nacional del que se han apropiado. El equilibrio de la balanza de pagos se
mantiene, de manera temporal y precaria, mediante el incremento de las tasas de interés
destinado a atraer los flujos de capitales especulativos, que constituyen el principal
instrumento de expropiación del imperialismo. Como lo demuestra -entre otras- la crisis
argentina, una vez succionada toda la sangre, una vez agotadas todas las posibilidades de
captación de ingresos y reducción de egresos del Estado nacional dependiente -para poder
mantener la espiral del endeudamiento externo-, el cadáver del mercado nacional, que tan
diligentemente fue "reestructurado" y "reformado" de acuerdo con las
recetas neoliberales, es abandonado por los vampiros, a menos que el temor de un efecto en
cadena de la crisis económica y financiera aconseje una operación de
"salvataje", que comprometa aún más el futuro nacional.
La senilidad del capitalismo de nuestros días se
hace evidente porque una sociedad que, por definición, está asentada en el trabajo
asalariado y la venta de mercancías, de manera creciente depende de la reducción del
trabajo y los salarios y, por tanto, se ve obligada a acortar el horizonte del mercado que
constituye su fuente de subsistencia. La degradación política, económica, social, moral
y medioambiental del presente es el mayor signo de que ya el mundo ingresó en la fase de
barbarie. Poco duró la fábula del "efecto de derrame", en virtud del cual el
mundo entero estaría llamado a alcanzar los niveles de desarrollo económico que hoy
monopolizan los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. Son cada día menos los que se
resisten a constatar la realidad de que el programa de apertura y desregulación
unilateral impuesto por el neoliberalismo no es una ventana al "Primer Mundo",
sino una puerta abierta de par en par hacia la crisis política, económica, social y
moral. Se engañan quienes piensan que las grandes potencias imperialistas pueden
refugiarse en un "Arca de Noé" que las salvará del "diluvio
universal".
Los atentados terroristas del 11 de setiembre del
2001 constituyen un trágico e injustificable recordatorio de que las fronteras de las
grandes potencias imperialistas no sirven para contener los efectos universales del
subdesarrollo, la pobreza, la insalubridad, la incultura, el analfabetismo, el
narcotráfico, las guerras, el terrorismo, ni las crisis económicas y financieras que se
originan, precisamente, por la incapacidad del capitalismo de orientar la producción
hacia la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de todos los seres
humanos que habitan el planeta. Es esta realidad, que ya toca a nuestras puertas, la que
coloca a la humanidad frente a la disyuntiva planteada por Rosa: "socialismo o
barbarie", con otras palabras, esta es la realidad que reafirma nuestra convicción
de que el objetivo estratégico de la lucha de los pueblos tiene que ser la construcción
del socialismo.
Desarrollo del Marxismo: clave
para determinar el sujeto de las luchas y sus aliados potenciales.
La lucha de clases y la política de
alianzas han sido objetos fundamentales del estudio teórico y la práctica política
marxista desde los trabajos iniciales de los clásicos. En el Manifiesto del Partido
Comunista, Carlos Marx y Federico Engels afirman que "de todas las clases que hoy
se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente
revolucionaria". A partir de esta premisa, orientan su análisis hacia el papel de
los "estamentos medios" -que desempeñan un papel ambivalente entre la
burguesía y el proletariado- y derivan sus conclusiones sobre las condiciones en las
cuales esos "estamentos medios" mantienen un carácter reaccionario, es decir,
cuando "pretenden volver atrás la rueda de la historia" y sobre las condiciones
en las cuales pueden llegar a ser participantes de la revolución social, a saber,
"cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al
proletariado". Marx y Engels también enfocan su atención en el lumpen proletariado,
que "puede a veces ser arrastrado al movimiento por una revolución proletaria",
pero "está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus
maniobras".
Con posterioridad a la publicación del Manifiesto
del Partido Comunista, muchos autores -algunos de ellos considerados continuadores de la
obra de Marx- han pasado por alto la palabra hoy contenida en la afirmación hecha
en esa obra de que "solo el proletariado es una clase verdaderamente
revolucionaria", de lo que se derivan múltiples vulgarizaciones del pensamiento
marxista, incluida la noción de que en cualesquiera circunstancias históricas el
proletariado está necesariamente llamado a ejercer ese rol, o que ese carácter le está
reservado de manera exclusiva. Quienes incurren en estos errores, pierden de vista que
fueron los propios Marx y Engels los primeros en analizar problemas tales como el papel de
la introducción de nueva maquinaria en el incremento de la competencia entre obreros -y
de cada obrero consigo mismo-, el efecto de zapa que la creciente división del trabajo
provoca contra la organización y la lucha del proletariado -que, efectivamente, alcanza
su máxima expresión con la introducción de la división transnacional del trabajo- y
las consecuencias políticas e ideológicas del surgimiento de la "aristocracia
obrera" -beneficiada de la explotación más descarnada de las colonias y de otros
sectores de su propia clase-, que tendría un impacto decisivo en el auge alcanzado por el
reformismo socialdemócrata en el movimiento obrero europeo en el transcurso del siglo XX.
En sentido inverso, los vulgarizadores del marxismo también pierden de vista que, con
independencia de los cambios ocurridos durante los últimos ciento cincuenta años, la
contradicción entre burgueses y proletarios sigue siendo la contradicción antagónica
fundamental del capitalismo.
No es la intención de este trabajo profundizar
sobre el papel del proletariado -y, dentro de él, el proletariado de las potencias
imperialistas- en la actual fase del desarrollo histórico de la lucha de clases. Sin
embargo, solo para refutar algunas de las principales seudo teorías en boga, recordemos:
1) que la clase obrera sigue siendo la productora de la casi totalidad de la masa de
riqueza social sobre la que se asienta, no solamente el desarrollo, sino la subsistencia
misma de la humanidad, por lo que su papel en la lucha de clases sigue siendo determinante
y, 2) que, a diferencia de lo ocurrido durante el crecimiento expansivo de la economía
capitalista mundial de posguerra, el proceso de valorización del capital dentro de las
principales potencias imperialistas ya no es compatible con el incremento general del
empleo, los salarios y otras formas de redistribución social, lo que conspira contra el
mantenimiento del llamado Estado de Bienestar, todavía hoy erróneamente considerado por
algunos como el último y definitivo estadio hacia el que avanza sistema capitalista de
producción.
Más que entrar en detalles sobre cuál era la
composición socioclasista europea en el momento de redactado el Manifiesto del Partido
Comunista u otras obras de Marx y Engels, interesa aprovechar su método de análisis para
aplicarlo al mundo actual. En la Rusia zarista, el eslabón más débil de la cadena
imperialista a principios del siglo XX, con tres millones de obreros y dieciocho millones
de campesinos pobres, Lenin se percataba del rol revolucionario que debía desempeñar el
campesinado junto a la clase obrera y, sobre esa base, proclamaba la alianza obrero
campesina. La coherencia de este aporte con la tradición marxista resulta incuestionable:
en la segunda edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista -publicada en 1882- ya
Engels analizaba el papel potencial del campesinado pobre ante un eventual estallido de la
revolución socialista en ese país.
Mucho se ha escrito durante los últimos años
sobre las luchas sociales no originadas por contradicciones clasistas -aunque toda lucha
social lleva, de manera inevitable, la impronta de la estructura de clases dentro de la
cual se desarrolla. Este elemento debe, sin dudas, ser incorporado al análisis
marxista del capitalismo contemporáneo. El punto de vista de Marx es siempre el de la
totalidad del espacio de rotación del capital: sí se amplía el espacio de rotación, ha
de ampliarse la mirada teórica. Como consecuencia de la universalización de las
relaciones capitalistas de producción, que se ha desarrollado bajo los efectos de la ley
del desarrollo económico y político desigual formulada por Lenin, el horizonte que
abarca proceso de producción material y espiritual del capitalismo ya no es solo -ni
eminentemente- europeo, "occidental", cristiano, blanco, masculino, de burgueses
y proletarios "puros", regido por los parámetros generales de la democracia
liberal burguesa, con un grado de desarrollo económico, político y social relativamente
homogéneo y beneficiario de un planeta en el que aún no se habían acumulado los efectos
depredadores del capital en el medio ambiente.
La creación de un espacio transnacional único de
rotación del capital, que incorpora al proceso de producción material y espiritual de la
sociedad burguesa a naciones con diversos grados de subdesarrollo político, económico y
social, con religiones y culturas no cristianas -como la musulmana, la hinduista y las
africanas, con mayorías y minorías nacionales autóctonas, con poblaciones negras
descendientes de los esclavos africanos, con poblaciones asiáticas descendientes de los
braseros traídos también en condiciones de esclavitud, con prácticas ancestrales de
discriminación de la mujer, entre otras características, implica que una amplia y
diversa gama de contradicciones y sujetos socio clasistas pasan a ocupar lugares centrales
en la lucha contra el capital. Todos estos factores han de incorporarse al análisis
marxista sobre la composición del bloque fundamental de las luchas populares, la
identificación de sus aliados potenciales y la definición de las bases sobre las que es
posible establecer tal alianza, tanto a escala universal, como en la imprescindible
lectura de las circunstancias particulares y singulares en que cada partido o movimiento
político marxista desarrolla sus luchas.
Como consecuencia lógica de la intencionalidad
política e ideológica sus seudo teorías sobre la omnipotencia del capitalismo
contemporáneo, el tercerismo socialdemócrata realiza una lectura parcial, fragmentaria y
unilateral de las transformaciones socio clasistas supuestamente provocadas por la
"globalización" y la "Revolución Científico Técnica". Entre sus
"argumentos" principales resaltan: la "indefensión" en que
supuestamente quedan los gobiernos, partidos políticos y sindicatos, como consecuencia de
la movilidad transnacional del capital -que le permite a este último migrar si no recibe
todo tipo de concesiones y privilegios- y la fragmentación que el capitalismo
contemporáneo provoca en la clase obrera y otros sectores socio clasistas oprimidos, con
su secuela negativa para la organización y lucha popular.
Con relación a la supuesta
"indefensión" en que quedan sumidos naciones y pueblos, cabría decir que es
innegable que el capital -en particular, el capital especulativo- utiliza su movilidad
como mecanismo de presión y chantaje para obligar a los gobiernos, partidos políticos y
sindicatos de distintos países y regiones a competir entre sí, pero también resulta
innegable que: 1) la sobresaturación de los mercados de bienes, servicios y capitales,
característica de la economía capitalista mundial de hoy en día, obliga al capital a
"anclarse" en los crecientemente reducidos espacios a escala global en los que
puede garantizar su reproducción ampliada; 2) ese "anclaje" tiene que
mantenerse incluso si los gobiernos, partidos políticos y sindicatos del país en
cuestión asumen y mantienen una postura de defensa de sus legítimos intereses nacionales
y, 3) tal "anclaje" sería aún más sólido y efectivo si los gobiernos,
partidos políticos y sindicatos de todo el mundo o, al menos, de una región -como
podría ser, por ejemplo, América Latina y el Caribe- logran concertar y unificar sus
posiciones de defensa de la soberanía y los intereses nacionales. No es tanta
-insistimos- la capacidad que los factores "objetivos", atribuidos a la
"globalización" y la "Revolución Científico Técnica, le otorgan al
capital financiero transnacional para doblegar a gobiernos, partidos y sindicatos, como el
éxito ideológico que ha cosechado al convencerlos de la supuesta fortaleza de un sistema
social en estado de descomposición y de la también supuesta debilidad de los pueblos
para luchar exitosamente contra él.
En cuanto a las dificultades organizativas y
movilizativas para la lucha popular, resulta incuestionable que la metamorfosis del
capitalismo contemporáneo provoca cambios en la estructura socioclasista con tendencia a
la fragmentación de los sectores que conforman el bloque popular, pero también fragmenta
y polariza, quizás aún en mayor medida, a la propia burguesía, porque la forma
fundamental de reproducción del capital es la expropiación de unos capitalistas por
otros.
Dada la tendencia a la concentración y
universalización del capital, hoy podemos afirmar que los "estamentos medios"
de la "sociedad global" contemporánea no son solo la pequeña y la mediana
industria tradicional, sino también empresas que son consideradas grandes para los
estándares del llamado Tercer Mundo, pero sin comparación alguna con el poder de los
grandes monopolios transnacionales que necesitan copar sus mercados para garantizar su
propia reproducción ampliada. Proyectada ahora a escala universal, se trata de una
situación análoga a la analizada en el Manifiesto del Partido Comunista cuando se
refiere a los "estamentos medios" que: "caen gradualmente en las filas del
proletariado"; unos, porque sus pequeños capitales no les alcanzan para acometer
grandes empresas industriales y sucumben en la competencia con los capitalistas más
fuertes; otros, porque su habilidad profesional se ve depreciada ante los nuevos métodos
de producción". Cabe, por tanto, rescatar la esencia del análisis marxista para
evaluar cuándo los "estamentos medios" del capitalismo contemporáneo pretenden
"volver atrás la rueda de la historia" y cuándo se convierten en aliados
potenciales del bloque popular. No existe sobre este aspecto medular una respuesta única
e inmutable: esa lectura política es necesario replantearla, una y otra vez, en cada
coyuntura y en cada lugar.
La Política de alianzas de la
Revolución Cubana.
Por la senda de José Martí transita Fidel Castro
Ruz en La historia me absolverá cuando realiza una radiografía de la sociedad
cubana de mediados del siglo XX y establece las bases para una política de alianzas, abarcadora,
integradora y unitaria de todos los sectores socio clasistas entonces oprimidos y
explotados -obreros, campesinos, desempleados, pequeños propietarios, profesionales,
intelectuales, analfabetos, blancos, negros, chinos, mestizos, católicos, protestantes,
hombres, mujeres, jóvenes, ancianos y otros-, política de alianzas que no solo condujo
al triunfo de la Revolución Cubana, sino que le sirve para mantener la más amplia y
sólida unidad de todo el pueblo, condición indispensable para sortear las múltiples
agresiones y escollos que se le han interpuesto en el proceso de construcción del
socialismo.
El enfoque abarcador, integrador y unitario de la
Revolución Cubana fue el que guió el proceso de transformación de la alianza en unidad
y de la unidad en fusión y síntesis de las organizaciones que lucharon contra la
tiranía de Fulgencio Batista, el Movimiento "26 de Julio", el Partido
Socialista Popular y el Directorio Estudiantil "13 de Marzo", aliadas primero en
las Organizaciones Revolucionarias Integradas, aglutinadas después en el Partido Unido de
la Revolución Socialista y fundidas y sintetizadas, a partir de 1967, en el Partido
Comunista de Cuba, que es hoy el partido único de la nación cubana, no por omisión o
exclusión de otras fuerzas políticas democráticas, populares, progresistas y
revolucionarias, sino como resultado de la más amplia, profunda y sólida convergencia
política e ideológica.
Por la senda de José Martí transita también la
política exterior de la Revolución Cubana desde el 1ro. de enero de 1959, dirigida a
promover la convergencia, la unidad y la integración de las naciones, pueblos, fuerzas
políticas y movimientos populares de todo el mundo, sobre la base de una plataforma
antiimperialista, de defensa de la soberanía, la autodeterminación y la independencia,
que constituye el punto de partida para el diseño y ejecución de cualquier estrategia
orientada a alcanzar el desarrollo económico y social sustentable, con verdadero sentido
de justicia y equidad. Con ese objetivo en mente, la Revolución Cubana: 1)estimuló -en
su momento- el acercamiento y la colaboración entre la Unión Soviética y demás países
socialistas y las fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias del "Tercer
Mundo", destinado a fomentar el beneficio mutuo derivado de la interacción de dos
vertientes fundamentales del movimiento popular de la segunda mitad del siglo XX; 2)
desempeña un papel activo en el Movimiento de Países No Alineados y otros organismos y
conferencias representativos del mundo subdesarrollado, en los que se aprecia la
agudización de las contradicciones derivada de la crecientemente voraz acción política,
económica y militar de un imperialismo; 3) amplía y profundiza sus relaciones con las
más diversas fuerzas políticas y movimientos populares del planeta, y 4) mantiene -en
correspondencia los requerimientos de cada momento histórico- una indeclinable política
internacionalista.
Batallas como la campaña por el no pago de la
deuda externa, el combate a la globalización neoliberal y la promoción de la
globalización de la solidaridad y, más recientemente, el estímulo brindado al
movimiento continental contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA),
constituyen ejemplos de la visión abarcadora, integradora y unitaria de la Revolución
Cubana, que parte de la identificación de las contradicciones nacionales y socio
clasistas del mundo de entre siglos, agudizadas en grado extremo por el carácter
excluyente y polarizador del capitalismo monopolista transnacional. Con esa misma
vocación, Cuba incorpora a su batalla de ideas la lucha contra el incremento de la
agresividad del imperialismo que, escudado en los actos terroristas del 11 de setiembre
del 2001, desata una cruzada belicista contra las naciones, fuerzas políticas y
movimientos populares que se enfrentan a su dominación. Es esta la vocación la que
impulsa a la Revolución Cubana a brindarle una atención prioritaria a espacios como el
Foro de Sao Paulo y el Foro Social Mundial, que constituyen laboratorios de ideas y
acciones en los que se diseña y se someten a prueba la política de alianzas que habrá
de rendir fruto a las fuerzas políticas y populares del mundo en el siglo XXI.
La fórmula que el Partido Comunista de Cuba
propone para el éxito de la política de alianzas de la izquierda marxista es la
concepción de las alianzas como un primer paso hacia la convergencia, la unidad, la
fusión y la síntesis de las reivindicaciones, necesidades, aspiraciones e intereses de
todos los sectores socio clasistas oprimidos y explotados, es decir, no como una simple y
circunstancial coalición electoral en la que distintos factores "negocian" el
intercambio de apoyos recíprocos para la consecución de sus respectivos intereses
particulares -algo que conduce a contradicciones sobre el camino a seguir y,
eventualmente, provoca la ruptura de la alianza-, sino como el inicio de un proceso
estratégico, concebido a largo plazo, de construcción de consensos y elaboración de un
programa común de gobierno, que no solo enfrente, sino que revierta las secuelas del
neoliberalismo, cuya continuidad y resultados estén garantizados por la más amplia y
democrática participación y representación de todos esos sectores en su ejecución. Las
formas organizativas que adopte este proceso estarán determinadas por las condiciones en
que se desarrolla la lucha de cada pueblo, ya sea de uno o varios partidos, un movimiento,
un frente, una coalición o una alianza, de la cual se dote a sí mismo el sujeto social
revolucionario para emprender ese difícil, pero ineludible camino hacia la unidad.
En América Latina, en los inicios del siglo XXI, la política de
alianza de los partidos comunistas y otras organizaciones marxistas tiene un amplio radio
de acción en temas como la defensa de la soberanía, la independencia y la
autodeterminación nacional, la promoción de una verdadera integración y unidad regional
en función de los intereses de los pueblos, la reversión del proceso de apertura,
desregulación, privatización y extranjerización de signo neoliberal y la oposición a
la guerra y los intentos de criminalizar las luchas populares. Un buen punto de partida en
la construcción de nuestras alianzas es la batalla contra el ALCA, que encarna los peores
designios anexionistas del imperialismo norteamericano.
Notas:
1 Con
palabras del primer secretario del Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro Ruz, las
empresas monopolistas transnacionales "representan la síntesis más perfecta, la
expresión más desarrollada del capitalismo monopolista en esta fase de su crisis
general" y, por tanto, "son las portadoras internacionales de todas las leyes
que rigen el modo de producción capitalista en su fase imperialista actual, de todas sus
contradicciones, y son el mecanismo más eficiente con que cuenta el imperialismo para el
desarrollo e intensificación del proceso de supeditación del trabajo al capital, a
escala mundial". Fidel Castro Ruz. La Crisis económica y social del mundo,
Ediciones del Consejo de Estado, La Habana, 1983, p. 153.
2 Carlos Marx y Federico Engels.
"El Manifiesto del Partido Comunista". Obras Escogidas en tres tomos.
Editorial Progreso, Moscú, 1972, t. 1, p. 120.
3 "Los estamentos medios -el
pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino-, todos ellos
luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias.
No son, pues, revolucionarias, sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarios, ya
que pretenden volver atrás la rueda de la historia. Son revolucionarios únicamente
cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado,
defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, cuando
abandonaron sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado".
4 Ibíd.
5 Ver Prefacio a la segunda edición
rusa (de 1882) del Manifiesto del Partido Comunista, Ibíd., pp. 101-102.
6 Ibíd., p. 118.
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