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Martí
y Marx, raíces
de la Revolución Socialista de Cuba
Armando
Hart Dávalos. Director
de la Oficina del Programa Martiano
En
los inicios del XXI, trabajamos para fortalecer en nuestra patria
el pensamiento socialista y ayudar a rescatarlo
internacionalmente, a partir de la cultura cubana de dos siglos de
historia, en la cual se destaca la figura de José Martí. Para
arribar a conclusiones teóricamente válidas es necesario
profundizar en los conceptos de cultura general integral y masiva
en que viene insistiendo el compañero Fidel Castro. A este fin
solo se llega a través del concepto de integralidad de la cultura
presente en el pensamiento de Carlos Marx, Federico Engels y de
todos los grandes humanistas de la historia. Esta es la revolución
humanista, socialista y martiana que Fidel
está promoviendo.
Cuando
procuramos establecer una relación entre el pensar de Martí y el
de Marx, lo hacemos por dos razones, la primera, porque en el
siglo XX ambas corrientes de pensamiento
se articularon en
la Revolución Cubana y ello reviste una gran importancia para la
formación política y cultural de las nuevas generaciones; y la
segunda, porque la necesidad de alcanzar la síntesis de
diferentes corrientes del
pensamiento socialista es una
exigencia para
la evolución intelectual y moral de la humanidad.
Es
tal el caos intelectual y la carencia de ideas nuevas que para
reconstruir la evolución filosófica de lo que llamaron Occidente
se hace necesario investigar y relacionar los hilos principales
del tejido ideológico de los últimos dos siglos. Para los
cubanos, Carlos Marx y José Martí representan los planos
más altos del saber filosófico y humanista de la cultura europea
y latinoamericana del siglo XIX, respectivamente.
No
subestimamos las posibilidades de otras búsquedas con diversas
personalidades de la cultura filosófica política y social, por
el contrario, no solo nos parece útil, sino indispensable
hacerlo. Es nuestra aspiración que así se haga para arribar a
una orientación válida en la búsqueda del camino certero para
la liberación humana.
En
los siglos anteriores, las pugnas ideológicas venían impuestas por las necesidades del enfrentamiento cultural. Desde luego,
se llevó a la exageración. En ello, obviamente, influyeron las
pasiones humanas, pero en nuestro siglo XXI constituye un
requerimiento intelectual y moral alcanzar la integralidad del
pensamiento y ello solo es posible con la interrelación de las
diversas ramas y la búsqueda de una síntesis cultural universal.
Los cubanos encontramos dicha síntesis a partir de estos dos
gigantes del pensamiento: Martí y Marx. Sobre tales fundamentos
estamos dispuestos, como ordenó Martí, a injertar al mundo en
nuestras repúblicas, pero que el tronco sea el de ellas. Nos
orientamos por el método electivo de la tradición filosófica
cubana y el postulado de Luz y Caballero todas
las escuelas y ninguna escuela, he ahí la escuela, así también
entendemos nosotros la concepción dialéctica de Marx y de Engels.
La
dispersión intelectual presente en la llamada postmodernidad
revela, en los comienzos de un nuevo siglo, el agotamiento
cultural del sistema burgués imperialista que ha fragmentado
hasta convertir en polvo todos los valores o diseños conceptuales
que durante dos milenios conformaron el llamado pensamiento
occidental.
El
dogmatismo ha servido siempre de sombrilla ideológica al egoísmo
individual. Por ello, los espíritus egocéntricos proclaman la
imposibilidad de todo esquema que pueda presentarse para el
estudio de la realidad. Ya no tienen, siquiera, capacidad para
establecer nuevos dogmas e invalidan la búsqueda de diseños teóricos,
sin embargo, estos son imprescindibles para encontrar los caminos
a favor de la justicia universal y salvar a la humanidad de catástrofes
de proporciones incalculables.
José
Martí nos habló precisamente de la necesidad de una filosofía
de las relaciones. La tradición intelectual anterior al Apóstol
nos planteó a su vez el método electivo que comporta una elección
a favor de la justicia que Luz y Caballero caracterizó como el
sol del mundo moral. Para la cultura cubana esto no resulta antagónico
con el pensar materialista dialéctico de Marx, muy por el
contrario, se complementan, a partir de asumir el ideal de redención
del hombre en la Tierra, el más alto desde el punto de vista ético.
Para
iniciar nuestro análisis partiremos de la siguiente premisa: las
aspiraciones a la liberación universal del hombre y el trabajo
socialmente organizado están insertadas, de un modo u otro, en la
larga evolución intelectual, moral y religiosa de la civilización
desde hace dos mil años.
Las
debilidades del sistema imperialista norteamericano se hallan, en
buena medida, en la ignorancia, desinformación y el tratamiento
anticultural de esas claves. La pregunta es la siguiente: ¿Es
posible dominar el mundo que llaman unipolar sin una sólida base
cultural y filosófica? Es el desafío que tienen ante sí los
hombres que vivirán bien entrado el siglo XXI y aquellos que
trabajamos para una vida superior en la centuria recién iniciada,
que muchos de nosotros individualmente no nos será posible
disfrutar, pero será el siglo de nuestros hijos y nietos.
Es
bueno puntualizar que la idea del socialismo con este nombre o
aquel no surgió con Marx. El mérito del autor de El
capital consistió en darle contenido y proyección científico-social
a una antigua aspiración utópica presente en diversas etapas de
la historia de la humanidad. Ejemplos sobresalientes los tenemos
en el cristianismo durante sus inicios y en la utopía socialista
que podemos representarnos, entre otros muchos, en Tomás Moro.
Precisamente
en el cristianismo primitivo estaban idealmente presentes los dos
elementos esenciales ya mencionados, es decir, la aspiración a la
liberación del hombre en la Tierra y la de asociarse en
comunidad y ellos constituyen las semillas de la tradición utópica
de lo que más tarde llamaron Occidente. En la historia de las
sociedades clasistas durante estos dos mil años han venido siendo
tergiversados y aplastados por una civilización nacida y
desarrollada a partir de la codicia, la ambición personal y el
egoísmo. Hoy, la exacerbación de estos factores negativos
amenaza aplastar definitivamente todos los valores creados por esa
civilización.
Para
enfrentar esta amenaza, los cubanos edificamos y perfeccionamos la
república con todos y para
el bien de todos que soñó Martí y que identificamos hoy con
el ideal socialista. En Marx y Engels estaba presente la aspiración
de alcanzar la liberación radical del hombre y la igualdad
social. Lo planteaba sobre el presupuesto de la revolución y del
análisis científico de las diversas vías y formas para
alcanzarlo asumiendo el desafío de promover la redención del
hombre y propiciar las facultades humanas de asociarse. Al someter
a un examen crítico profundo la historia de las sociedades
clasistas de Europa fundamentó su inmensa obra filosófica y
científico-social. Ese pensamiento, el más elevado del viejo
continente, es objeto hoy de juicios críticos, pero las
limitaciones que como toda obra humana tiene, son las propias de
su espacio y tiempo histórico. Lo cierto es que el pensamiento
socialista en general representa la cumbre más alta de la cultura
de los últimos dos siglos.
Una
cuestión esencial en el análisis que se debe hacer en el siglo
XXI acerca del materialismo histórico se refiere a la aspiración
utópica y su papel en la lucha de la humanidad por la igualdad
social y la solidaridad universales. Este propósito en sí mismo
es una utopía en el sentido que debemos considerarlo
actualmente
En
este tiempo, que muchos llaman postmoderno, continúan manifestándose
las dos corrientes fundamentales del pensar occidental y que en el
lenguaje de la filosofía de Marx y Engels se conoce como oposición
entre idealismo y materialismo. Pero busquemos una fórmula más
comprensible para entender el problema. Esas corrientes son:
1.
La evolución del pensar científico que concluyó en su más alta
escala con el pensamiento científico racional y dialéctico. A
este respecto, después de Marx y Engels no se ha alcanzado nada más
elevado en filosofía, a no ser por aquellos que partieron de sus
fundamentos y los enriquecieron.
2.
La tradición del pensamiento utópico que tiene raíces asentadas
en las ingenuas ideas religiosas de las primeras etapas de la
historia humana y que en la civilización occidental se nutrió
inicialmente, y en su ulterior evolución, de lo que conocemos por
cristianismo.
Ambas
tendencias, necesarias para el desarrollo y estabilidad
han venido siendo desvirtuadas y tergiversadas a lo largo
de la historia por la acción de los hombres. Unas veces cayendo
en el materialismo vulgar y otras en el intento de situarse fuera
de la naturaleza ignorando sus potencialidades creativas. Martí
hablaba de la necesidad de relacionar la capacidad intelectual del
hombre y sus facultades emocionales. Por esto hablamos del
pensamiento filosófico de un lado, sobre el respeto a lo mejor y
más depurado de las ideas científicas, y del otro, lo que se ha
llamado pensamiento utópico. Es decir, las esperanzas y
posibilidades de realización hacia el mañana.
Una
filosofía que se corresponda con los intereses de los pueblos
será aquella
que articule uno y
otro plano
partiendo de
la idea leninista de que la práctica es la prueba definitiva de
la verdad. Y del principio martiano de procurar la fórmula del amor
triunfante.
¿Por
qué el amor no va a situarse como una fuerza real de
consecuencias objetivas si, como se observa, genera y enriquece la
vida real? ¿Por qué no se traslada esta verdad históricamente
comprobada al campo de la vida social? Porque el egoísmo es también
una fuerza real. Toda utopía supone un ideal y no se invalidan en
los forjadores del socialismo científico los móviles ideales, la
utopía en sí, sino que se plantea la necesidad de estudiar sus
orígenes económicos, sociales y culturales.
Martí
afirmó que no había poesía mayor que la que observaba en los
libros de ciencia. Einstein aseguraba que la confirmación de sus
leyes matemáticas muchas veces la encontraba en la belleza estética
de la conclusión. En el siglo XXI se deben exaltar la utopía y
las razones científicas que puedan ayudar a su confirmación en
la realidad.
Examinemos
este aspecto clave para relacionar el pensamiento de Marx con el
de Martí a la luz del propio pensamiento del autor de El
capital. Él sostenía que la poesía de la revolución
europea del siglo XIX solo podía generarse desde el futuro y
afirmaba:
Entonces
no habrá dudas de que el mundo ha poseído durante largo tiempo
el sueño de una cosa, de la cual sólo le basta la consciencia
para poseerla realmente. Entonces no habrá duda de que el
problema no lo constituye el abismo que se abre entre los
pensamientos del pasado y los del futuro, sino la realización de
los pensamientos del pasado.1
Hay
en estas formulaciones doble poesía, la de soñar con el futuro y
la de procurarlo por vías científicas. Se trata de un sueño
profético.
Continuando
esta línea de pensamiento Antonio Gramsci afirmaba: En
la acumulación de ideas que se nos ha trasmitido a través de un
milenio de trabajo y pensamiento, existen elementos poseedores de
un valor eterno, los cuales no pueden ni deben perecer. La pérdida
de la conciencia de estos valores es uno de los signos más
alarmantes de degradación que ha ocasionado el régimen burgués,
porque para éste todo es convertible en objeto de transacción
comercial y el arma bélica, y nuestra
tarea consiste en recuperarlos y hacerlos brillar con una nueva
luz.2
Con
relación a la utopía, Engels decía que la inconsecuencia no
estaba en mantener móviles ideales, sino en no analizar sus
causas fundamentales. Analicemos ahora las relaciones del
pensamiento de Marx con la cosmovisión martiana.
El
acento científico predomina en los análisis de Marx, el sentido
utópico y poético en el de Martí, pero en ambos hay utopía y
hay ciencia, y, sobre todo, en ambos se aspira a la liberación
universal del hombre y a desarrollar formas colectiva de orga-nización
de los hombres para lograrlo.
Las
diferencias entre la forma de presentar la cuestión entre Marx y
Martí están determinadas por el espacio geográfico y la tradición
cultural en que cada cual se movía. Marx es la expresión del
movimiento redentor del siglo XIX en Europa donde el capitalismo
había alcanzado su más alto desarrollo incluyendo las
contradicciones clasistas que le son inherentes y Martí asume y
representa la tradición emancipadora de nuestra América. Desde
su estancia como emigrado en Estados Unidos analizó el drama que
se incubaba en el seno de esa sociedad durante las últimas décadas
de ese siglo, es decir, cuando se gestaba el imperio
estadounidense. El Apóstol llegó a su cosmovisión enfrentándose
directamente a la esclavitud y a la opresión colonial y asumiendo
el pensamiento revolucionario moderno europeo y la tradición
bolivariana; recogió la tradición ética de la cultura de raíz
cristiana en su acepción más pura y original.
Marx
y Engels, forjadores de las ideas socialistas, asumieron el
pensamiento de liberación y de la modernidad sobre el fundamento
de la larga evolución intelectual y filosófica que culminó en
Hegel. Ellos lo trascienden y lo sitúan en una escala superior,
lo llevan a la
acción, pero
enfrentándose a
las concepciones
reaccionarias que sobre la espiritualidad venían de la peor
herencia medieval y de la Inquisición y, por tanto, de las
concepciones metafísicas conservadoras que trazaban radical
divorcio entre lo que llamamos materia y lo que denominamos espíritu.
Si
hacemos una comparación acerca de cómo Marx y Engels trataron la
cuestión de la subjetividad desde la primera crítica al
materialismo de Feuerbach, y lo comparamos con el pensamiento
filosófico de José de la Luz y Caballero, encontraremos nexos
que a muchos pueden parecerles sorprendentes.
Dicen
Marx y Engels en la primera crítica al materialismo anterior: El
defecto fundamental de todo el materialismo anterior
—incluido el de Feuerbach— es que sólo concibe las cosas, la
realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación,
pero no como actividad sensorial humana, no
como práctica, no de un modo subjetivo.3
Por
su parte, Medardo Vitier al exponer los aspectos
esenciales de las ideas de
José de la Luz y Caballero, señala que para este el
criterio de la verdad: no
radica objetivamente en el mundo exterior, no radica
subjetivamente en nosotros; surge, se organiza como una
congruencia entre lo objetivo y
lo subjetivo.4
El
error o la insuficiencia presente desde el origen de las ideas
filosóficas estuvo en trazar un abismo infranqueable entre lo que
se llamó objetivo (materia) y lo que se llamó subjetivo (espíritu)
cuando ambos planos tienen una profunda interrelación, forman
parte de la unidad material del mundo —para decirlo en el
lenguaje de Marx— o la unidad de la naturaleza —para
expresarlo en términos que empleaba José Martí.
En
la tradición filosófica cubana sobresalen estas ideas de Luz y
Caballero:
[...]
A torrentes han de llover las luces de todas las ciencias humanas
sobre el más privilegiado entendimiento, antes que se dé un solo
paso en el primero de los estudios en el orden de la importancia,
pero el último en el orden del tiempo y la dificultad. Deslindar
los fenómenos del instinto y de la inteligencia, examinar las
causas que pueden alterar dichos fenómenos, o lo que es igual,
marcar la influencia de las edades, de los climas, de los
temperamentos, de las enfermedades, conocer al hombre sano y al
enfermo [...]sólo el capítulo de la enajenación mental es un
episodio que
respecto de
los conocimientos
auxiliares que
requiere, se vuelve otro asunto principal; [...].
Y más adelante señala: [...]
Fisiología, y quien tal dice, dice Física, Historia natural,
Anatomía comparada, Medicina, Matemáticas (porque es menester
notar la marcha del espíritu humano en todos sus ramos). Psicología
y por descontado Ideología, Gramática, Lógica; y quien así se
explica, ya incluye todos los recursos de la Crítica y Filología,
y por cima de todo y para todo una razón sumamente fortificada y
maestra en el ejercicio de la investigación; en una
palabra, para el estudio del
hombre es menester más que el hombre, toda la naturaleza.5
Luz
exige de las ciencias intelectuales o espirituales y por tanto de
la moral, su comprobación práctica, es decir, su confirmación
con el ejemplo. El valor de sus ideas se halla en que solo con la
integralidad de las diversas ramas de la cultura se puede alcanzar
la racionalidad y la comprensión científica acerca de la
importancia de la ética. Porque esta última se interrelaciona
con todas las formas del actuar tanto en lo individual como en lo
social.
En
carta de Engels a José Bloch, sumamente esclarecedora, señala: ...Según
la concepción materialista de la historia, el factor que en última
instancia determina la historia es la producción y reproducción
de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto.
Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el
único determinante, convertirá aquella tesis en la frase vacua,
abstracta, absurda. Y
seguidamente explica lo siguiente: La
situación económica es la base, pero los diversos factores de la
superestructura que sobre ella se levanta —las formas políticas
de lucha de clases y sus resultados, las Constituciones
que, después de ganada
una batalla,
redacta la
clase triunfante, etc., las formas jurídicas e incluso los
reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los
participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas,
las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta
convertirlas en un sistema de dogmas —ejercen
también su
influencia sobre
el curso
de las luchas
históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su
forma.6
La
historia de la sociedad humana es en efecto un combate muchas
veces abierto y otras
encubierto entre explotadores y explotados, esto es así por
factores económico sociales, y además, porque, como decía el Apóstol,
los hombres van de dos
bandos, los que aman y funda, y los que odian y destruyen.
Esto también es
una verdad
científica; es
decir, junto a los condicionamientos
económicos que determinan, en última instancia, la división
clasista, están presentes las ambiciones individuales que por
naturaleza posee el hombre. En un mundo idealizado donde todos
fueran altruistas, triunfaría el socialismo de manera natural,
pero ese mundo no existe, sin embargo, hay que entender, a su vez,
que los hombres no solo poseen ambición y egoísmo, también
tienen, sobre todo potencialmente, enormes posibilidades de
generar la bondad, la solidaridad y la inteligencia en su más
pleno alcance y esta es otra verdad científica. Estos
sentimientos y facultades están presentes en la naturaleza social
de los hombres y pueden ser estimulados con la educación y la
cultura.
Engels
decía que las sociedades clasistas habían generado riquezas
enormes apelando a las ambiciones más viles de los hombres a
costa de sus mejores disposiciones. Con este pensamiento del
genial compañero de Marx y la dolorosa experiencia del siglo XX,
podemos comprender que el desafío ético es un elemento
sustantivo para edificar una sociedad socialista, es decir, para
estimular las mejores disposiciones humanas a favor de la
solidaridad universal.
¿Y
cuáles son las mejores disposiciones humanas? Obviamente la
solidaridad y la cooperación entre los hombres y Engels tenía
que considerarlas como consustanciales a la propia naturaleza del
hombre. En la Europa de entonces, alcanzarlas era posible solo en
el otro mundo. La tradición cultural cubana, al situar el tema de
la creencia en Dios en el arbitrio de cada cual, aquí en la
tierra, despejó este importante problema. Al no considerar la
creencia religiosa como antagónica con las ciencias le abrió un
camino decisivo al pensamiento científico, filosófico y social
cubano. Hoy, en el siglo XXI, estamos en condiciones de probar prácticamente,
con las experiencias positivas o negativas del siglo XX, que las
mejores disposiciones humanas solo se pueden alcanzar propiciando un cambio radical de los fundamentos económicos, políticos
y sociales. Esto es posible con un alto nivel de desarrollo económico,
una organización social socialista de la producción y distribución
de la riqueza y el apoyo decisivo de la educación, la cultura y
la política culta. Para ello es necesario establecer el principio
ético de que la justicia es el sol del mundo moral y
en el fomento de una cultura general integral y masiva.
Hay
un pensamiento de Fidel que resulta síntesis de todos estos
nobles propósitos:
El
gran caudal hacia el futuro de la mente humana consiste en el
enorme potencial de inteligencia genéticamente recibido que no
somos capaces de utilizar. Ahí está lo que disponemos, ahí está
el porvenir [...]
7
Una
concepción de la inteligencia como la presente en Martí,
confirmada por los modernos progresos de las ciencias psicológicas,
nos subraya su integralidad de forma tal que penetra y se
sintetiza no solo en la capacidad intelectual del hombre, sino,
también, en las emocionales y en su voluntad orientada hacia la
acción transformadora. Pensamiento, acción, sentimiento y vocación
de servicio están presentes en la naturaleza humana.
Toda
inteligencia genuinamente creadora va inclinada hacia la acción y
se expresa en una síntesis de informaciones que van integrándose
en forma de sentimientos que mientras sea más amplia, abarca
mayor número de personas. Por lo tanto, la inteligencia se
orienta hacia una ética superior y en ella están protegidos
todos sin excepción. De esta forma considera Martí que la
inteligencia se vincula con la bondad y la brutalidad con la
maldad. Los modernos avances de la psicología confirman este
pensamiento martiano.
Esto
se relaciona con las preocupaciones o advertencias que Martí hacía
acerca de los posibles peligros del triunfo de las ideas
socialistas. Señala en carta a Fermín Valdés Domínguez:
Una
cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas;
y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan
sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden
cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de
las cosas de este mundo: Por lo noble se ha juzgar una aspiración:
y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana.
Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras —el de
las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas— y el de la
soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose
en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que
alzarse, frenéticos defensores de los desamparados. Unos van, de
pedigüeños de la reina, —como fue Marat cuando el libro que le
dedicó con pasta verde— a lisonja sangrienta, con su huevo de
justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes,
como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”.
Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en
sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar
será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer:
el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos
equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú
y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de
buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 1°
de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.” 8
Obsérvese
que Martí concreta los peligros de las ideas socialistas —como
tantas otras— en la incultura y la maldad humanas, es decir, en
factores subjetivos.
¿Dónde
están las profundas raíces filosóficas de tantos errores y
horrores? Nacen de una interpretación dogmática de la relación
entre forma y contenido. No se entendió que ambas categorías
carecen de existencia independiente, se trata de una relación
dialéctica. Estúdiense las ideas de Engels en su famosa carta a
José Bloch, 22-23 septiembre de 1890, y en la dirigida a
Francisco Mehring en 1893 y se comprobará lo que afirmamos. En la
referida carta a Mehring señala Engels con tono autocrítico:
Falta,
además, un solo punto, en el que, por lo general, ni Marx ni yo
hemos hecho bastante hincapié en nuestros escritos, por lo que la
culpa nos corresponde a todos por igual. En lo que nosotros más
insistíamos —y no podíamos por menos de hacerlo así— era en
derivar de los hechos económicos básicos las ideas políticas,
jurídicas, etc., y los actos condicionados por ellas. Y al
proceder de esta manera, el contenido nos hacía olvidar la forma,
es decir, el proceso
de génesis
de estas
ideas, etc.
Con ello
propor
cionamos
a nuestros adversarios un buen pretexto para sus errores y
tergiversaciones.” 9
No
obstante estas advertencias del ilustre amigo de Marx, se continuó
cometiendo el error y se cayó en un materialismo tosco en que se
simplificaban hasta el absurdo las relaciones entre la estructura
y la superestructura, es decir —para usar la expresión del
propio Engels— se pasó por alto la importante cuestión de la génesis
de las ideas. Precisamente en ello estuvo el fundamento de la
diferencia y aproximaciones entre la cultura de Marx y de Martí,
recogían una evolución intelectual anterior con distintos
matices pero, en esencia, expresan el mismo drama social del
hombre y la necesidad de utilizar la ciencia y la cultura para
abordarlo y la necesidad de asociarse para ponerle fin.
En
las ideas de Marx y las de Martí se observan diferencias en la
forma de plantear esta
aspiración, pero
hay una
complementación entre ambas que nos orienta a
tomar en cuenta los factores económico-sociales en que insiste
Marx y, a la vez, asumir a plenitud la importancia de los que, en
lenguaje marxista, se denominan de la superestructura, y en los
cuales Martí hizo especial énfasis.
Otro aspecto sustantivo está en el estudio que Martí hizo
del imperialismo norteamericano, en gestación durante su estancia
en ese país (1880-1895). Como se sabe, esta no es una cuestión
tratada por Marx, fue Lenin, quien tres o cuatro décadas después
caracterizó al imperialismo desde el punto de vista del
materialismo histórico. El análisis realizado por Lenin desde
Europa sobre el imperialismo tiene importantes coincidencias con
las formulaciones martianas hechas desde Nueva York cuando se
estaban produciendo en Estados Unidos profundos cambios económicos
y sociales y hacen su aparición los monopolios y el capital
financiero.
Un
estudio de la obra de Martí y en especial su denuncia sobre los gérmenes
funestos que se gestaban en Norteamérica en las décadas finales
del siglo XIX, permite establecer un
paralelismo con los análisis posteriores de Lenin.
Martí estudió al imperialismo y lo caracterizó económicamente.
Existe copiosa literatura al respecto, entre ella, sus comentarios
a la Conferencia Panamericana de Washington de 1889. El elemento
esencial del planteamiento martiano con relación al imperialismo
radica en la constatación de un desarrollo económico-material
orientado hacia el individualismo en una sociedad que frenaba o
desviaba el desarrollo cultural y espiritual. Este es el drama del
imperialismo que en el siglo XXI se manifiesta con mayor fuerza.
El
fenómeno del paso del capitalismo de libre concurrencia al
capitalismo monopolista es analizado por Martí que lo denuncia y
caracteriza de modo ejemplar: El monopolio está sentado como un gigante implacable, a la puerta de
todos los pobres. Todo aquello que se puede emprender está en
manos de corporaciones invencibles formadas por la asociación de
capitales desocupados a cuyo influjo y resistencia no puede
sobreponerse el humilde industrial [...] Este país industrial
tiene ya un tirano industrial.10
Con
precisión asombrosa describe el asalto al poder económico y político
por parte de la oligarquía de los banqueros con todas sus
ramificaciones en la sociedad norteamericana de esa época. En
1885 escribe: Forman
sindicatos, ofrecen dividendos, compran elocuencia e influencia,
cercan con lazos invisibles al Congreso, sujetan de la rienda la
legislación, como un caballo vencido, y, ladrones colosales,
acumulan y reparten ganancias en la sombra. Son los mismos
siempre; siempre con la pechera llena de diamantes; sórdidos,
finchados, recios: los senadores les visitan en las horas
silenciosas; abren y cierran la puerta a los millones: son los
banqueros privados. 11
Tres
años más tarde, en abril de 1888, con todo ese proceso más
avanzado y más visible aún va al fondo y sentencia: ... se ve como todo un sistema está sentado en el banquillo, el sistema
de los bolsistas que estafan, de los empresarios que compran la
legislación que les conviene, de los representantes que se
alquilan, de los capataces de electores, que sobornan a estos, o
los defienden contra la ley, o los engañan; el sistema en que la
magistratura, la representación nacional, la Iglesia, la prensa
misma, corrompidas por la codicia, habían llegado, en veinticinco
años de consorcio, a crear en la democracia mas libre del mundo
la más injusta y desvergonzada de las oligarquías.12
En
el terreno social no vacila en señalar las terribles condiciones
laborales que les son impuestas a los obreros y desde luego toma
partido denunciando que los salarios de los trabajadores del ferrocarril no pasan de un mendrugo
y una mala colcha, para que puedan repartirse entre sí dividendos
gargantuescos los cabecillas y favorecidos de las compañías...13
El
expansionismo fuera de las fronteras que ese desarrollo imperialista
generaba fue también analizado por Martí y asume la denuncia de
los peligros que representaba para la independencia de Cuba y para
los países de Nuestra América. En artículo para La
Nación de Buenos Aires, escrito en octubre en 1885,
caracteriza a la “camarilla” financiera y sus propósitos del
siguiente modo: Como con piezas de ajedrez, estudian de antemano, en sus diversas
posiciones, los acontecimientos y sus resultados, y para toda
combinación posible de ellos, tienen la jugada lista. Un deseo
absorbente les anima siempre, rueda continua de esta tremenda máquina:
adquirir: tierra, dinero, subvenciones, el guano del Perú, los
Estados del Norte de México.14
Cuatro
años más tarde en 1889, en carta a Serafín Bello, le expone sus
temores sobre Estados Unidos que son en esencia los mismos que
expresara, en víspera de su muerte, a Manuel Mercado: Llegó
ciertamente para éste país, apurado por el proteccionismo, la
hora de sacar a plaza su agresión latente, y como ni sobre México
ni sobre Canadá se atreve a poner los ojos, los pone sobre las
islas del Pacífico y sobre las Antillas, sobre nosotros.15
Otro
aspecto clave de la relación entre el pensamiento del Apóstol y
el autor de El capital radica en que tanto en la filosofía de Marx, como en el
pensamiento del prócer cubano, podemos encontrar una concepción orientada a proyectar la cultura hacia la
transformación del mundo. Eso es muy importante porque la tra-dición
europea en el terreno filosófico —como dijo Marx— se había
limitado a una función descriptiva.
En
cuanto a Martí, toda su vida fue un empeño para la transformación
del mundo y por una interpretación cultural que ayudara para tal
propósito. El gran escritor y poeta que dominaba a la perfección
y enriquecía las formas del lenguaje, llegó a afirmar: Hacer
es la mejor manera de decir.
Para
asumir la defensa de los intereses de las masas explotadas y de la
humanidad en su conjunto, es necesario orientarse por una
fundamentación cultural. Muchas veces se suele actuar sin ella,
pero el propósito de liberación humana requiere objetivamente de
la cultura. Los que desdeñan una elaboración de este carácter,
lo hacen para proteger intereses inmediatos sin tomar en
consideración una
perspectiva de largo alcance. Relacionar los intereses inmediatos
con tal perspectiva es, precisamente, labor de la cultura. Se
suele incurrir, a la vez, en un error a la inversa al hacer
elaboraciones teóricas sin tener en cuenta la práctica. Este es
un aspecto cardinal de la historia de las ideas y Cuba asumió la
línea de transformar el mundo a partir de la cultura. El
pensamiento socialista de Marx y Engels se lo planteó también de
esta manera.
Pasemos
ahora a examinar cómo valoró Martí la figura de Marx en su
carta al periódico La Nación fechada el 29 de marzo de
1883 en ocasión de su muerte:
Ved
esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los
débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño,
y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña
remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres
sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos
hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la
indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y
espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el
retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de
diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La
Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las
naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista
enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más
caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza
ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las
fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.16
Para
Martí la cuestión social era un componente esencial de la política.
Quien escribió: [...] con
los pobres de la tierra/quiero yo mi suerte echar, quien
postuló: [...] como se
viene encima, amasado por los
trabajadores, un universo nuevo; quien a su vez subrayó
—refiriéndose a Carlos Marx— que:
[...] no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores
europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias
humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido de
ansia de hacer bien; quien destacó que [...] Marx
estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y
despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra
los puntales rotos, y quien se convirtió en el dirigente de
los obreros tabaqueros de Tampa y se planteó la independencia de
Cuba como un deber de carácter continental y universal, incluía
necesariamente en su ideario político la cuestión social e
internacional.
El
partido que constituyó tenía como base social original a los
trabajadores de Tampa y
Cayo Hueso; no
formulaba su
radicalismo social en la forma en que se exponía en la cultura
europea, sino en la mejor tradición literaria de nuestra América.
En la esencia de sus concepciones estaba el drama social del
hombre presente también en la tradición obrera y socialista del
viejo continente.
En
relación con la idea de que espanta lanzar unos hombres contra
otros, hay que tomar en cuenta que en esa misma época Martí
preparaba la guerra necesaria contra el poder español en América
para evitar a tiempo la expansión del imperio yanqui. Martí no
vaciló en convocar esa guerra necesaria que aún cuando aspiraba
a que fuese “humanitaria y breve” estaba consciente que traería
también enfrentamiento, muerte y destrucción.
En
cuanto a la crítica que él formula sobre el extremismo es
necesario tener en cuenta que entonces en Nueva York las ideas
anarquistas estaban muy confundidas con las concepciones marxistas
que prevalecían en Estados Unidos. Engels, desde Europa, señalaba
severamente que en Norteamérica no se estaban aplicando
consecuentemente las ideas de Marx. Es sabido que ambos alertaron
siempre contra los extremismos y las formulaciones de los
anarquistas.
En
1886, Engels refiriéndose a las
deformaciones y malas interpretaciones
de la teoría de Marx en Estados Unidos señaló:
A mi juicio, muchos alemanes que viven en Norteamérica
han cometido un grave error cuando, al verse cara a cara con el
poderoso y glorioso movimiento fundado sin su participación,
intentaron convertir su teoría importada y no siempre entendida
correctamente, en algo así como una elleinse ligmachendes Dogma
(un dogma que lo salva todo) y se mantuvieron apartados de todo
movimiento que no aceptaba ese dogma. Nuestra teoría no es un
dogma, sino la exposición de un proceso de evolución que
comprende varias fases consecutivas. Esperar
que los norteAmericanos
emprensan el movimiento con plena conciencia de la teoría formada
en los países industriales más antiguos es esperar lo imposible.17
La
cuestión que Marx expresó en la célebre frase de que
la violencia es la partera de la historia, la entendemos
hoy de la siguiente manera.
Quienes generan la violencia
son los
reaccionarios y conservadores que se resisten a los cambios
y obligan a los pueblos a lanzarse a la revolución. Así lo
entendió José Martí cuando organizó la guerra necesaria, así
lo entendemos nosotros y así, puedo suponer yo, lo entendía
Carlos Marx.
La
clave de la cuestión está en que la violencia no está generada
por los socialistas, sino por las condiciones económico-sociales
y la alientan los reaccionarios. Por ello, debemos trabajar
siempre como lo ha hecho la Revolución Cubana por mostrar que la
violencia es siempre responsabilidad del enemigo. Esto, teniendo
en cuenta, además, el principio de que la mujer del César no
tiene solo que ser honrada, sino también debe parecerlo.
Podemos
apuntar también otro elemento en Martí que muestra un
acercamiento al ideal socialista. Señaló que el secreto de lo
humano estaba en la facultad de asociarse. Me parece que el
principio de liberación radical del hombre que enunciaran los
forjadores del socialismo científico y que estaba presente también
en el centro del ideal martiano, son puntos de coincidencia
bastante profundos que permitieron, en el siglo XX, que los
primeros comunistas
cubanos
surgieran del
pensamiento martiano,
y estas ideas las podemos defender hoy como martianos y
socialistas.
Las
revoluciones populares del siglo XX han mostrado una y otra vez
que es condición de su éxito que el ejército popular actúe
bajo la dirección de una vanguardia política; lo que no hace
sino comprobar que “la guerra” —como había dicho Martí—
“es un procedimiento político”. Pero a finales del siglo
XIX, sin ningún precedente en nuestra América, el propósito de
que el partido influyera en la orientación de la guerra, no podía
sino sorprender. Solo que lejos de ser, por ello, un continuador
de los “civilistas” del 68,
Martí era un precursor de los revolucionarios radicales
del siglo XX. Habría que esperar a que el desarrollo de la
historia echara una luz reveladora sobre el hecho para que esto se
viera con toda claridad.
Si
estudiamos las formas, métodos y principios organizativos del
Partido Revolucionario Cubano, comprobaremos la precisión que
Martí alcanzó con respecto a cómo apoyar políticamente la
guerra. Asimismo, si analizamos las bases del partido de Martí
observamos cómo la práctica le llevó a aplicar principios de
organización, algunos similares a los desarrollados por Lenin en
el Partido Socialdemócrata Ruso.
El
Partido Revolucionario Cubano no era una simple suma de afiliados,
sino que era,
propiamente, un complejo
de organizaciones.
Los Estatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano,
establecen textualmente:
El
Partido Revolucionario Cubano se compone de todas las asociaciones
organizadas de
cubanos independientes
que acepten
su programa y cumplan con los deberes impuestos en él. Más
adelante señalan: El
Partido Revolucionario Cubano funcionará por medio de las
asociaciones independientes, que son las bases de su autoridad [...]
18
Es
decir, el Partido Revolucionario Cubano de Martí era un complejo
de organizaciones, poseía bases programáticas y estatutos democráticamente
aprobados y una definida política antimperialista.
Esto,
en la Cuba de 1892 ,era realmente extraordinario. Recuérdese, que
en los años iniciales del siglo, Lenin debió desarrollar una polémica
por imponer dentro de la social democracia rusa el principio de
que el partido debía ser un complejo de organizaciones. Por otra
parte, fue en pleno siglo XX que la fase imperialista del
capitalismo fue denunciada y explicada por Lenin.
No
constituye un hecho casual que la fundación del Partido
Revolucionario Cubano tuviera lugar en Cayo Hueso, donde se
encontraban los obreros tabaqueros emigrados. Asimismo, la
presencia, conocida y valorada por Martí, de marxistas,
socialistas utópicos y anarquistas en el seno del partido es
cuestión sobresaliente. También es significativo que fuera
precisamente a Carlos Baliño a quien Martí le dijera: Revolución
no es la que vamos a hacer en la manigua, sino la que vamos a
realizar en la República.
Los
hechos del Primero de Mayo en Estados Unidos tuvieron una
repercusión inmediata en nuestro país. En 1889 se acuerda por
primera vez conmemorar la fecha con manifestaciones obreras. Se
convoca para el Primero de Mayo de 1890 una jornada internacional
de los trabajadores. En esa conmemoración inicial estuvo presente
la todavía incipiente clase obrera cubana. Estos hechos de gran
significado no pasaron inadvertidos para Martí. Sus amigos
socialistas le escribían desde Cuba acerca de sus ideas. Martí
les alentaba a continuar estudiando los problemas sociales y
elogiaba estas inquietudes.
Pero,
desde luego, la tarea y el papel de Martí eran otros. Tenía que
organizar y dirigir la guerra por la independencia de Cuba para
evitar a tiempo la expansión yanqui por América. Las condiciones
históricas que prevalecían
en América y en el mundo al terminar la guerra de independencia,
hicieron que el programa del Partido Revolucionario Cubano no
pudiera ser realizado.
En
1925 se había producido en el país un desarrollo de la clase
obrera. Había tenido lugar en el mundo el triunfo de la Revolución
de Octubre. La influencia del leninismo se proyectaba sobre
nuestra patria. Julio Antonio Mella y Carlos Baliño buscan las raíces
de su programa político en el Partido Revolucionario Cubano, en
el partido al que pertenecían los obreros tabaqueros de Cayo
Hueso, y piensan en él como la gran necesidad inmediata.
Julio
Antonio Mella comprendió como pocos las raíces martianas de la
Revolución Cubana y apreció su papel movilizador en las luchas
que estaban
por librarse.
Como se ha señalado, nuestro Héroe Nacional era tan
revolucionario que, no pudiendo admitir sosegadamente los obstáculos
y limitaciones de su época, lanzó sin embargo para el porvenir
una bandera y un programa que aun hoy constituyen un ideal a
alcanzar por muchos pueblos de América.
La
historia, en
el caso de
nuestra patria,
mostró con
ejemplaridad que el programa del Partido Revolucionario
Cubano era un antecedente necesario del programa socialista de
nuestra Revolución. iAsí
lo vio Mella; así lo vio Fidel!
Esto
explica el hecho de que al transcurrir tres décadas de su muerte,
quienes mejor comprendieran el pensamiento de Martí fueran los
fundadores del primer Partido Comunista de Cuba: Julio Antonio
Mella y Carlos Baliño.
No
podían los sectores burgueses criollos del siglo XX, vacilantes y
subordinados al imperialismo yanqui, entender el pensamiento
humanista, popular,
ultrademocrático y
antimperialista de José Martí. Ello hubiera rebasado sus
propios intereses de clase.
[...]
Consiste,
en el caso de Martí y de la Revolución, tomados únicamente como
ejemplos, en ver el interés económico-social que “creó” al
Apóstol, sus poemas de rebeldía, su acción continental y
revolucionaria: estudiar el juego fatal de las fuerzas históricas,
el rompimiento de un antiguo equilibrio de fuerzas sociales,
desentrañar el misterio del programa ultrademocrático del
Partido Revolucionario, el milagro —así parece hoy— de la
cooperación estrecha entre el elemento proletario de los talleres
de la Florida y la burguesía nacional; la razón de la existencia
de anarquistas y socialistas en las filas del Partido
Revolucionario etcétera. 19
La
Revolución de Martí, triunfadora del Primero de Enero de 1959, y
la lucha victoriosa de nuestro pueblo, permiten hoy comprender
mejor estos fenómenos. No hubiera sido posible entender en toda
su profundidad la cuestión sin las luchas de nuestro
proletariado, de los campesinos y estudiantes cubanos. No se
hubiera entendido sin las batallas libradas por el propio Mella,
Martínez Villena, Guiteras, Menéndez; por los combatientes del
Moncada, de la Sierra, de la clandestinidad y de Girón.
La
razón de estos hechos hay que encontrarla en la estrecha relación
entre las luchas por la independencia y por la justicia social.
Ya
en 1868
se había
vinculado el
problema de
la independencia con la cuestión social de la esclavitud. En 1895, se empieza a relacionar el problema de la independencia con el de
la tierra. En 1925, la necesidad de combatir la dominación
imperialista va unida al problema de la tierra y a la lucha por la
liberación de la clase obrera contra la opresión burguesa.
En
los años de la fundación del primer Partido Comunista no fue
posible que se cumpliera el programa de Martí. Habrían de
transcurrir 30 años, para que el programa de Martí se comenzara
a cumplir. En 1953, Fidel Castro plasma el programa del Partido
Revolucionario Cubano en
La historia me absolverá. El programa del Moncada era, en
esencia, el programa del Partido Revo‑ lucionario Cubano.
Con el triunfo de la Revolución ese programa se fue cumpliendo
con toda fuerza, energía y valor. Abrió para siempre los caminos
de la independencia nacional y de la liberación de la clase
obrera y de las masas explotadas.
Martí
estuvo con su influencia en la fundación del primer Partido
Comunista. Estuvo también presente en las leyes nacionalistas y
antimperialistas de Antonio Guiteras. Estuvo presente en el Granma,
en la clandestinidad y en la Sierra. Sus ideas triunfaron el
Primero de Enero de 1959. En esa fecha gloriosa alcanzó la
victoria la Revolución de Martí. Una Revolución que conquistó,
para siempre, la independencia nacional, la liberación de los
explotados, la democracia plena y que abrió el camino del
socialismo en nuestra patria.
Y
si alguien considera que la Revolución Cubana se salió del
esquema de
Marx, diríamos que
el tal esquema no es ni de Marx,
ni de Engels ni de Lenin, y a modo de confirmación
repasemos el siguiente texto de Marx y Engels:
Las fases sociales y económicas que estos países
tendrán que pasar antes de llegar también a la organización
socialista, no pueden, creo yo, ser sino objeto de hipótesis
bastante ociosas. Una cosa es segura: el proletariado victorioso
no puede imponer la felicidad a ningún pueblo extranjero sin
comprometer su propia victoria.20
Resulta
muy esclarecedor para este estudio desde el mate‑ rialismo
histórico de las aproximaciones y diferencias entre el
pensamiento de Marx y Martí las ideas expuestas por Marx en su Carta
a la Redacción de los Anales de la Patria:
A todo trance quiere convertir mi esbozo histórico
sobre los orígenes del capitalismo en la Europa occidental en una
teoría filosófico-histórica sobre la trayectoria general a que
se hallan sometidos fatalmente todos los pueblos, cualesquiera que
sean las circunstancias históricas que en ella concurra, para
plasmarse por fin en aquella formación económica que, a la par
que el mayor impulso de las fuerzas productivas, del trabajo
social asegura el desarrollo del hombre en todos y cada uno de sus
aspectos. (Esto es hacerme demasiado honor y al mismo tiempo,
demasiado escarnio.)
Más
adelante señala:
Estudiando cada uno de estos procesos históricos
por separado y comparándolos luego entre sí, encontraremos fácilmente
la clave para explicar estos fenómenos, resultado que jamás
lograríamos, en cambio con la clave universal de una teoría
general filosófica de la historia, cuya mayor ventaja reside
precisamente en el hecho de ser una teoría suprahistórica.21
Engels
por su parte señala:
Según la concepción
de Marx, toda la marcha de la
historia —trátase de los acontecimientos notables— se ha
producido hasta ahora de modo inconscientes, es decir, los
acontecimientos y sus consecuencias no han dependido de la
voluntad de los hombres; los participantes en los acontecimientos
históricos deseaban algo diametralmente opuesto a lo logrado o,
bien, lo logrado acarreaba consecuencias
imprevistas.
Más
adelante agregaba: [...]
toda concepción de Marx no es una doctrina, sino un método. No
ofrece dogmas
hechos, sino puntos de partida para la ulterior investigación y
el método para dicha investigación.22
No
obstante tan claras conclusiones, Marx y Engels han venido siendo
atacados de dogmáticos. Es importante analizar las raíces de
estas acusaciones, incurren en un error de dogmatismo los que así
se expresan; se produce una transferencia de fundamentos sicológicos.
El mal del que padecen ellos se lo adjudican a estos sabios.
No
sucede solo con los forjadores del socialismo científico, también
en cuanto a otras grandes personalidades de la cultura cuando se
les acusa de dogmáticos; se está demostrando que quienes lo
sufren son sus impugnadores. Ocurre también que algunos que se
consideran continuadores de estos filósofos hacen un
reduccionismo de sus ideas y se comportan como dogmáticos. El
pensamiento de Marx y Engels es por esencia antidogmático, allí
está su clave verdadera.
Hoy
se requiere una síntesis universal de cultura que articule lo
mejor de las más diversas corrientes para el futuro humano. El
materialismo histórico y la tradición filosófica cubana pueden
servirnos para conformar, con las mejores ideas y sentimientos
universales de los últimos dos siglos, dicha síntesis con el
rigor crítico y la visión que corresponde al XXI. Esto puede
hacerse desde la cultura cubana.
Fernando
Ortiz caracterizó la cultura nacional como un ajiaco señalando
la profunda interrelación de las diversas culturas que en Cuba se
han conjugado. Estudió sus manifestaciones en el terreno sociológico
y del arte. Hoy podríamos decir que, en el orden de las ideas
filosóficas, también tenemos un ajiaco, pero con sabor a
justicia. Es que en Cuba se sintetizaron en estos dos siglos
corrientes fundamentales de lo que se llamó civilización
occidental y las asumimos desde la autoctonía caribeña y
latinoamericana para revolucionarlas. Y en esa síntesis
intervienen los siguientes aspectos:
El
inmenso saber de la modernidad europea, tal como la habían
interpretado creativamente los maestros forjadores que nos
representamos en Varela y Luz Caballero.
La
más pura tradición ética de raíces cristianas que, como he
dicho en otras ocasiones, en Cuba nunca se situó en antagonismo
con las ciencias.
La
influencia desprejuiciada de las ideas de la masonería en su
sentido de universalidad y solidaridad humana que ejerció una
gran influencia en la forja de la epopeya del 68 y en especial en
las ideas de nuestros padres fundadores.
La
cultura de raíz inmediatamente popular que nos simbllizamos en el
pensamiento y sentimiento de la familia de los Maceo y Grajales y,
especialmente, del Titán de Bronce. La caracterizamos como la
forma y el sentido con que la población esclava del Caribe asumió
las ideas de la modernidad.
La
tradición bolivariana y latinoamericana que Martí enriqueció
con su vida en México, Centroamérica y Venezuela, de donde partió
hacia Nueva York en 1880 y proclamó: De
América soy hijo: a ella me debo.
Las
ideas y sentimientos antimperialistas surgidos desde las entrañas
mismas del imperio yanqui. La presencia del Apóstol durante más
de 15 años en Estados Unidos (más de la tercera parte de su
vida) completó su inmenso saber y sintetizó el pensamiento político,
social y filosófico desde la óptica de los intereses
latinoamericanos y fue contribución decisiva a la conformación
del pensamiento cubano. Martí se consideró siempre discípulo de
Bolívar.
El
pensamiento socialista de Marx, Engels y Lenin, tal como lo
interpretaron Mella, Villena, el Che y Fidel Castro.
En
otras latitudes, estas tendencias estuvieron encontradas y se
expresaban de forma antagónica y en choques dramáticos. En la
tradición cubana se produjo, durante los dos últimos siglos, una
síntesis de ellas; no es que hayamos estado exentos de
contradicciones y antagonismos, a veces agudos y peligrosos pero,
como señalábamos, la resultante histórico cultural representó tomar de cada una lo que fuera útil para la emancipación
humana, la solidaridad de nuestra América y los más vastos
principios de universalidad.
Dijo
Engels que el marxismo es un método de investigación y de
estudio y Lenin lo calificó de guía para la acción. Se elige e
investiga y nos guiamos hacia la acción con algún objetivo o
propósito. Este se expresa en el ideal universal de justicia y en
la República con todos y
para el bien de todos del pensamiento martiano.
A
este fin solo se llega a partir del concepto de integralidad de la
cultura que la escuela cubana, y en especial Martí, nos enseñaran
y que el pensamiento de Marx y Engels nos confirma.
Esta
es la revolución socialista y martiana que Fidel está
promoviendo y ella se expresa en la forma de hacer política. Es
necesario estudiar las fórmulas prácticas de hacer política
presentes en Martí, desarrolladas en el siglo XX por Fidel
Castro, es decir, la Cuba de hoy. Esto se relaciona con los vínculos
entre cultura y política. Estudiar los factores que determinaron
el alejamiento e incluso el divorcio de estos dos planos de la
vida social es el primer deber de quienes, en el siglo XXI, se
propongan luchar por
la redención del
hombre, único camino
para salvar a
la civilización del colapso que la amenaza. Debe hacerse sobre la
base de la cultura general integral que a los cubanos nos viene de
la mejor tradición nacional y que tiene también fundamentos en
el materialismo histórico. La mayor dificultad está en que esto
solo se logra sobre el presupuesto ético de la lucha por la
justicia y la solidaridad humana.
El
movimiento de reformas universitarias iniciado en Córdoba,
Argentina, en 1918,que contó entre otras figuras con José
Ingenieros y Aníbal Ponce, se extendió por el continente, llegó
a nuestro país y fue asumido por Julio Antonio Mella y los
estudiantes universitarios. Pero pronto Mella comprendió que para
realizar reformas académicas había que hacer una revolución
social. Fue, por tanto, el fundador en Cuba del Partido Comunista
y de la Liga Antimperialista.
En
nuestro país a lo largo del siglo XX el pensamiento socialista
mantuvo un gran respeto por la tradición de José Martí y la
cultura cubana. El ideario cultural cubano del siglo XIX nutrió y
enriqueció, durante el XX, las ideas socialistas en Cuba. Tras al
asalto al Moncada el 26 de julio de 1953, Fidel Castro declararía
que José Martí había sido el autor intelectual de la Revolución
que triunfara en enero de 1959 y cuyo carácter socialista se
proclamó en 1961. Es decir, la cultura cubana decimonónica fue
elemento esencial para la comprensión entre nosotros de las ideas
socialistas. Por eso insistimos en que si el ideario
revolucionario de Mella y sus compañeros pudo rescatar de la
mutilación y el olvido en que había caído en las primeras décadas
del siglo XX el pensamiento patriótico y antimperialista de
nuestro pueblo, hoy, en los inicios del XXI, trabajamos para
fortalecer en nuestra patria el pensamiento socialista y ayudar a
rescatarlo internacionalmente, a partir de la cultura cubana de
dos siglos de historia, en la cual se destaca la figura de José
Martí. Para arribar a conclusiones teóricamente válidas es
necesario profundizar en los conceptos de cultura general integral
y masiva en que viene insistiendo el compañero Fidel Castro.
A
este fin solo se llega a través del concepto de integralidad de
la cultura presente en el pensamiento de Carlos Marx, Federico
Engels y de todos los grandes humanistas de la historia. Esta es
la revolución humanista, socialista y martiana que Fidel
está promoviendo.
Carlos Marx: “Correspondencia de 1843”, en K. Marx: Obras
escogidas, D. Mc.
Lellan,
Oxford University Press, 1977, p. 38.
A.
Gramsci: “El príncipe
moderno y otros escritos”. International
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Carlos Marx: “Tesis
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Progreso, 1973, t.
1, p.7.
Medardo Vitier: Las
ideas y la
filosofía en
Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, 1970, p. 214.
J. Luz y Caballero: “Cuestión de Método si el estudio de
la Física debe o no proceder al de la Lógica”. La Polémica
Filosófica,Vol. I, p. 87, Biblioteca de Clásicos
Cubanos, 2000.
F. Engels: “Carta a José Bloch” , en C. Marx, F.
Engels, Obras escogidas, Editorial Progreso, Moscú,
1974, t. III, p. 514.
Fidel Castro: “Discurso pronunciado en la Universidad
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periódico Granma, suplemento especial, 10 de junio de
1999.
J. Martí: “ Carta a Fermín Valdés Domínguez en mayo de
1894”, Obras completas, Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1975, t.3,
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F. Engels “Carta a F. Mehring, Carlos Marx y Federico Engels”,
Obras escogidas, t. III, p. 523.
J. Martí: Obras completas, t. 10, p. 84.
Ibídem, t. 9, pp. 388-389.
F. Engels: “ Carta a Florence Kelley‑Weschnewetzky, C. Marx, F. Engels”, Obras escogidas, t. III, p.
509.
J. Martí. Obra citada, t. 1, p. 279
J. A. Mella: “ Glosas al pensamiento de José Martí”,
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p.13.
F. Engels:“Carta a Carlos Kautsky” en Obras
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Carta a los Anales de la Patria,
1887.
F. Engels: “Carta a Werner Sombart”, en C. Marx, F. Engels: Obras Escogidas, t.
III, pp. 533-534.
Publicado en enero/2004
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