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Kirguizia
como parte de la Teoría del Dominó
Rodolfo
Humpierre Álvarez. Centro de Estudios Europeos
Dos
rondas de elecciones parlamentarias, que recibieron de los
observadores de la OSCE la calificación de “aceptables” –si
bien se reconocieron algunas irregularidades en cinco
circunscripciones- bastaron para desencadenar una ola de disturbios
que terminaron el pasado 24 de marzo con el asalto y saqueo de los
principales edificios gubernamentales en la capital y ciudades del
interior y con el derrocamiento del presidente Askar Akáyev.
A
simple vista, los acontecimientos de Kirguizia reprodujeron el
escenario ya probado con éxito en fechas recientes en Georgia y
Ucrania: el derrocamiento, por la vía de masivas manifestaciones
populares, de regímenes “autoritarios” y “corruptos” y su
reemplazo por nuevos líderes de marcada vocación prooccidental y
apego a los “valores democráticos” de moda en la era de la
globalización.
Al
igual que lo acaecido en aquellas dos naciones, el país centroasiático
se vio inundado de representaciones de numerosas organizaciones
–norteamericanas en su mayoría- y centenares de asesores
(incluidos serbios, georgianos y ucranianos), todo ello dirigido a
encauzar cuantiosos fondos estadounidenses para “ayudar” a la
oposición local en su lucha por revertir el orden allí imperante.
Como
para que no queden dudas del involucramiento norteamericano en los
acontecimientos, vale citar declaraciones de Condoleeza Rice el día
de los disturbios, difundidas por una agencia digital rusa: “Estamos
siguiendo los acontecimientos en Kirguizia y tratamos de ayudar a
que avance el proceso que transforme los hechos que tienen lugar allí
en un proceso democrático. Este, a su vez, le proporcionará al
pueblo kirguiz un gobierno estable y un avance hacia un futuro
democrático mejor (…) La OSCE es la organización internacional líder
en ese proceso, y nosotros tratamos de ayudarla en ese esfuerzo”.
Sin
embargo, existen razones para pensar que la estrategia esta vez tuvo
serias fallas, por lo cual los resultados ni fueron los mismos que
en los experimentos anteriores, ni parecen apuntar a un futuro de
tanta “democracia” y “estabilidad” a los efectos de los
intereses hegemónicos de Washington, como ocurrió en los dos casos
anteriores.
En
primer lugar, la oposición en Kirguizia no parte de presupuestos
político-ideológicos, ni tampoco religiosos, sino de rivalidades
entre los cinco clanes en que está repartida la población kirguiza
desde tiempos ancestrales. No se plantea, por tanto, el dilema de a
favor de Rusia o de Occidente. Para el pueblo y las
elites kirguizas la disyuntiva es mucho más elementalmente
material: se
apoya al que más dé.
Los dos
principales líderes resultantes de esta revuelta representan,
respectivamente, el Norte y el Sur, las dos zonas en que
convencionalmente se divide el país. El presidente en funciones y
primer ministro Kumambek Bakíev pertenece al Sur, la región más
pobre y atrasada, que apoyaba al viejo parlamento y por consiguiente
tenía razones para impugnar la nueva legislatura electa en los
recientes comicios. Es, además, la zona poblada por más de
ochocientos mil uzbekos, musulmanes más radicales que los kirguizes
y parte importante de
los graves enfrentamientos armados ocurridos allí a principios de
los años 90.
El
segundo personaje destacado de la oposición, perteneciente al Norte
–de donde procede el depuesto Akáyev- es Félix Kúlov, viejo
aliado de éste, pero que terminó en prisión en los últimos años
por supuestos abusos de poder (corrupción), cuando Askar Akáyev,
abandonando sus prácticas democráticas anteriores, había
comenzado a perseguir a sus rivales. Fue liberado de la prisión el
pasado 24 de marzo por los propios opositores, en medio de la
revuelta. Asumió voluntariamente el control de la situación –había
sido ministro de seguridad antes de su enjuiciamiento- y declaró no
tener ambiciones de poder, cediendo la presidencia interina y la
jefatura del gobierno a Bakíev.
Ambos
dirigentes inmediatamente declararon su fidelidad a las relaciones
con Rusia, el respeto a los tratados internacionales del anterior
gobierno, así como el interés de mantener los
compromisos con EEUU en relación con la presencia de una base aérea
–oficialmente considerada provisional- en su territorio como apoyo
a las operaciones antiterroristas en Afganistán.
Bakíev
se comunicó telefónicamente con el presidente ruso Vladímir Putin,
confirmando el propósito de no sólo mantener, sino desarrollar las
buenas relaciones con Rusia y solicitando ayuda material para hacer
frente a la difícil situación económica, originada tanto por los
disturbios y saqueos, como por la desorganización del país a las
puertas de la etapa de siembras de primavera.
Rusia prometió y comenzó de inmediato a enviar ayuda en
alimentos, equipos, semillas y fertilizantes.
En
medio de la compleja situación surgida, el viejo parlamento, que
inicialmente impugnaba los resultados de los comicios –reconocidos
como válidos por la Comisión Electoral Central pero no así por la
Corte Suprema del país-, tomó la decisión de renunciar y
reconocer la legitimidad de la nueva legislatura, por demás
mayoritariamente norteña y por tanto favorable al derrocado
presidente Akáyev. Seguidamente,
convocó a elecciones presidenciales para el 26 de junio del
presente año, paso que teóricamente debe llevar a la estabilización
más o menos definitiva de la situación en el país.
La
evolución futura de los acontecimientos en Kirguizia puede tener más
de un escenario.
En
primer lugar, es necesario tener en cuenta los diversos actores que
de un modo u otro pueden influir en la vida del país. Por una parte
se encuentra el factor de la población uzbeka al sur, con la
convulsa ciudad de Osh como centro, que es a su vez el principal
punto de trasbordo del opio procedente de Afganistán con destino a
Europa y EEUU.
En
segundo lugar, están los intereses de potencias foráneas: Rusia,
EEUU y China, que convergen en Kirguizia, país rico en recursos
minerales y con la segunda mayor reserva de agua del Asia Central.
Es, al mismo tiempo, el espacio de tránsito en perspectiva para los
hidrocarburos centroasiáticos que necesita la pujante economía
china.
En
tercer lugar, una desestabilización en la zona, para lo cual bastaría
un manejo inadecuado de la problemática étnico-religiosa tanto en
la propia Kirguizia, como en las vecinas Uzbekistán, Tayikistán y
Kazajstán, podría repercutir en la estabilidad de las zonas
fronterizas chinas, de población también musulmana. Por ello, una
extensión de la influencia de las fuerzas del islamismo radical
presentes en el área podría poner en peligro los intereses no sólo
de estos países, sino también de China, Rusia y EEUU.
Como
consideración general podemos afirmar que las incertidumbres en
relación con la futura evolución de los acontecimientos en
Kirguizia, sumadas a las reiteradas seguridades dadas por las nuevas
autoridades de que mantendrán y desarrollarán los vínculos con
Rusia, marcan en lo inmediato diferencias sustanciales con lo
acontecido en las otras “revoluciones de colores” operadas en el
espacio postsoviético.
Para
los EEUU, la competencia con Rusia y China por la hegemonía en Asia
Central podría derivar en un celo desmedido por “implantar la
democracia” en una población no preparada para ello, cuyo
resultado más contraproducente podría ser la expansión del
fundamentalismo islámico por toda la zona, con el narcotráfico y
el terrorismo como trasfondo más peligroso.
Abril/2005
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