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Populismo, movimientos políticos y retórica de la descalificación

La prensa trasnacional burguesa —y con ella la academia orgánica al sistema— ha puesto de moda el término “populismo”. Lo utiliza de forma peyorativa, vacío de contenido ideológico o histórico, para descalificar los procesos políticos revolucionarios o nacionalistas. Asido a la mera forma, habla de populismo de izquierda y de derecha, porque necesita desideologizar la comprensión de la historia. Cuba Socialista propone en este dossier un debate sobre «el populismo», no el de la prensa, no el discursivo, sino el que se conformó como movimiento político, fundamentalmente en Europa (inicialmente en Rusia), Estados Unidos y América Latina. Varias son las tesis que los autores convocados manejan en el debate, y me atrevo a resumirlas en tres:

  1. El populismo surge como reacción al desarrollo capitalista, pero en los llamados países centrales es una respuesta de las clases históricamente superadas o una visión nostálgica ante la crisis capitalista, que pretende retrotraer el capitalismo a sus inicios. En ese caso, es un movimiento conservador, políticamente reaccionario;
  2. En países dependientes —como sucedió en América Latina— el populismo puede convertirse en una estrategia de la «burguesía nacional», no para detener el desarrollo capitalista, sino para enfrentar el «obstáculo» que representa el imperialismo, por lo que juega un papel progresista en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Es obvio que ese propósito no solo marca límites conceptuales, sino históricos;

  1. Las realidades históricas que adoptan o reciben la etiqueta de populistas, tienen muy poco en común, por lo que no puede usarse el término en abstracto.

En este debate participaron tres investigadores y profesores del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana, los doctores en ciencias Rubén Zardoya Loureda, filósofo, profesor y presidente de su Consejo Científico, ex Rector de la Universidad de La Habana, Jorge Hernández Martínez, sociólogo y politólogo, ex Director del CEHSEU y Luis René Fernández Tabío, economista, profesor e investigador.

Estuvieron también Germán Sánchez Otero, sociólogo, investigador y diplomático, quien fuera Embajador de Cuba en Venezuela desde 1994 al 2006 y Rafael Hidalgo, especialista en relaciones internacionales, y funcionario del Departamento de Relaciones Internacionales del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Como en debates anteriores, cada autor revisó y corrigió sus palabras luego de la trascripción. Rubén Zardoya Loureda tuvo a su cargo la edición posterior. (Enrique Ubieta Gómez)

¿Qué es el populismo?

Rubén Zardoya Loureda: Como suele ocurrir con muchos términos en las ciencias sociales, populismo es un vocablo en extremo polisémico. Las definiciones con que tropezamos en la literatura especializada son generalmente vagas, indeterminadas, imprecisas; y su utilización en los medios de comunicación es en extremo difusa y, como norma, peyorativa, al punto que la palabra ha llegado a convertirse en una forma de denigrar al adversario, en una invectiva descalificadora y estigmatizadora, en un insulto lanzado al rostro de los contrincantes. Sin que tenga lugar el menor desplazamiento de sentido, en muchos discursos, la palabra populista puede sustituirse por demagogo, manipulador, paternalista, asistencialista, clientelista, nacionalista, patriotero, xenófobo y hasta irresponsable.

(Recuerdo la «definición» de Julio María Sanguinetti: el populismo es una «democracia irresponsable», con referencia al despilfarro de recursos sin respaldo productivo en que, según él y otros muchos políticos y propagandistas, incurren los líderes populistas para asegurarse el respaldo de las masas).

Populista se llamó a Hitler y suele llamarse a movimientos neonazis o xenófobos como Pegida en Alemania, y Demócratas de Suecia y Verdaderos Finlandeses en los países nórdicos.

En Italia, el término se usa para designar lo mismo a Forza Italia de Berlusconi, a los Hermanos de Italia —partido nacionalista conservador de derecha— y a la Liga del Norte —de extrema derecha—, que al Movimiento 5 Estrellas, que se reconoce a sí mismo como «antisistema».

Como populista se define en Francia el gobierno de Charles de Gaulle y se llama ahora al Frente Nacional de Le Pen. En Grecia se denomina populistas a Amanecer Dorado, de franca ideología fascista, y a Syriza, de declarada «izquierda radical».

Si volvemos la mirada hacia América Latina, nos encontramos con un panorama análogo. En Argentina suelen llamarse populistas todos los presidentes que fueron electos, incluido Mauricio Macri; en México, junto a Lázaro Cárdenas, cuyo gobierno encarnó la expresión más radical de la ideología de la Revolución mexicana, se menciona a Andrés Manuel López Obrador, acusado a diario de «mesianismo» y de proponer «soluciones mágicas» a los problemas del país.

En Perú, se coloca en la misma casilla a Víctor Raúl Haya de la Torre, político e ideólogo socialdemócrata, y a Alberto Fujimori, uno de los adalides del neoliberalismo en el subcontinente.

En Venezuela, Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez (también Nicolás Maduro) se relacionan uno al lado del otro sin el menor cargo de conciencia.

En Chile se registra a Salvador Allende y a Michelle Bachelet. En Ecuador relacionan a José María Velazco y a Rafael Correa; en Brasil, a Getulio Vargas, LuizInacio Lula da Silva y Dilma Roussef; en Costa Rica, a Rafael Ángel Calderón Guardia, y en Puerto Rico, a Luis Muñoz Marín.

Si hacemos caso a la multitud de criterios que circulan en los medios comunicación social, incluido internet, populistas fueron o son los gobiernos de Iosif Stalin, Mao Zedong, Charles De Gaulle, Francisco Franco, Rafael Lónidas Trujillo, Juan Domingo Perón, GamalAbderNasser, PatriceLumumba, John F. Kennedy, Ahmed SékouTouré, Richard Nixon, JuliusNyerere, Sukarno, Ferdinand Marcos, Joaquín Balaguer, Boris Yeltsin, Carlos Salinas de Gortari, Carlos Menem, Fernando Collor de Mello, Vladimir Putin, Evo Morales. Y populista se llama también al Tea Party y a Donald Trump. Desde esta perspectiva, sería populista todo «líder carismático» que, con independencia, al margen o en contra de las instituciones, el «aparato», el establishment —e incluso, la Constitución—, intente establecer una conexión directa con el pueblo en contraposición a «las élites» (la «oligarquía», la «casta »), con apelaciones discursivas a la patria, la nación, la identidad colectiva, el pasado heroico, la recuperación de la soberanía, el restablecimiento del honor nacional, los enemigos internos y externos, la ética y los valores; fomente la movilización de las masas y ponga en práctica o aparente poner en práctica políticas «irresponsables » en beneficio popular, orientadas a gratificar a los marginados, cubrir «carencias republicanas», «vacíos institucionales», «deudas sociales». Populismo sería el movimiento político que se desarrolla en torno a estos líderes, este discurso, estas estrategias y esta práctica social.

En estos casos, el término en cuestión se vacía de todo contenido concreto, se convierte en una cáscara en cuyo interior apenas queda un estilo de gobernar, y tiende a oscurecer, más que a esclarecer, la especificidad histórica de lo que con él se quiere designar. Los términos en boga «populismo de derechas» y «populismo de izquierdas», acentúan la indeterminación. Así, en círculos académicos y políticos, sobre todo —pero no solo— de América Latina y de España, tuvo amplia repercusión el libro de Ernesto Laclau La razón populista (reivindicado incluso por Podemos, en particular, por Pablo Iglesias e Íñigo Errejón), escrito desde una perspectiva «posmarxista», que confiere una envoltura conceptual a esta indeterminación: en sus páginas, mediante una abstracción formal, el populismo no se presenta como una ideología ni como una corriente política —no es de izquierda ni de derecha, conservador ni liberal, socialista ni capitalista—, sino como una «ruptura con los cauces institucionales» cuando estos obstruyen las demandas colectivas y el pueblo se ve compelido a afirmar su voluntad frente al orden existente y logra conquistar la hegemonía.

Como suele ocurrir, también en este caso, el conocimiento histórico está llamado a arrojar luz sobre este amontonamiento de representaciones y hechos confusos. En este sentido, no creo que resulte ocioso, como preámbulo de nuestro debate, que nos refiramos, aunque sea brevemente, a la diversidad de formas históricas del populismo, comenzando por las primarias.

 

Rafael Hidalgo: Antes quisiera aportar algunas ideas de carácter más general sobre el concepto de populismo. Debo admitir que, en un primer momento, tuve dudas sobre la pertinencia de un debate como éste sobre el populismo. Tenía en mente otros asuntos que me parecían de mayor urgencia, tanto para profundizar sobre los enormes desafíos del proceso de construcción del socialismo en Cuba en la actual coyuntura internacional, como para comprender mejor los reveses que en los últimos cinco años ha tenido la izquierda latinoamericana.

Luego de repasar hechos, revisar parte de la historia del debate y consultar un primer segmento de la abundante bibliografía existente sobre el tema, comprendí que Cuba Socialista acertó en la propuesta: primero, porque la ofensiva de la derecha neoliberal que se está observando en América Latina tiene como uno de sus ejes discursivos la descalificación de lo que llama «regímenes populistas» surgidos en la región, sobre todo a partir de la emergencia política de Chávez y del chavismo a fines del siglo XX, bajo la inspiración del bolivarianismo; en segundo lugar, porque, en efecto, en el desarrollo práctico de los gobiernos de izquierda y progresistas de la región se han puesto de manifiesto prácticas políticas y conceptos típicos de las experiencias populistas clásicas que en ella se desarrollaron, principalmente en la primera mitad del siglo XX, la de Cárdenas en México, la de Getulio Vargas en Brasil y la de Perón en Argentina; y en tercer lugar, por la necesidad política de mostrar, con rigor conceptual, dónde residen las reales fortalezas y debilidades de las experiencias de izquierda a las que hice alusión.

Digo esto porque la estrategia ideológico mediática de la derecha neoliberal ha sido —y está siendo— muy eficaz en su plan de deslegitimar las utopías y los esfuerzos concretos de construir alternativas revolucionarias y/o progresistas en Nuestra América, entre otras cosas mediante el empleo recurrente del discurso «antipopulista».

Estamos obligados a identificar las realidades que nos desafían tal cual son. Esta es una precondición para que logremos retomar la iniciativa política, con realismo.

Dicho lo anterior, paso a la pregunta base que se nos hace: ¿qué es el populismo?

Como bien dijo Zardoya, el término es polisémico.

Es fundamental, por tanto, establecer una clara distinción entre el uso político cotidiano del mismo, como «palabra» o «término», y su empleo como «concepto» político o sociológico de alcance mayor, orientado a caracterizar determinadas experiencias históricas.

El hecho real es que mediante su empleo, en una u otra acepción, se suelen tipificar las más variadas experiencias políticas y de gobierno. Aquí aparece, desde mi punto de vista, el primer qué: es un término con significados ambiguos. También lo es cuando se presenta como concepto con pretensión analítica.

En el plano analítico, cuando tratas de encontrar una realidad sustancial detrás, resulta frecuente ver que su empleo alude a situaciones donde los actores políticos manipulan, o emplean el concepto «pueblo» con las más diversas intenciones políticas; y si analizas las distintas conceptualizaciones existentes, te percatas de que se refieren más a unos u otros rasgos del estilo de actuación política, que a una relación de causa-efecto que defina elementos sustantivos inherentes a las experiencias que pretenden caracterizar.

Hay una operacionalización del concepto muy estructuralista, muy funcionalista, muy condicionada por las intenciones políticas de sus portadores. Por ejemplo, la caracterización del populismo de Enrique Krauze —el «decálogo de Krauze»—, está hecha a la medida para denigrar la Revolución bolivariana y resaltar lo que él considera como elementos negativos de su desempeño. O sea, el uso del concepto tiene un componente instrumental que imposibilita formular una definición general y obliga, al utilizarlo, a precisar en qué nivel del tratamiento de la realidad vamos a movernos.

En consecuencia, para comprender los rasgos singulares de los distintos procesos políticos que se llaman hoy populistas, es preciso caracterizar debidamente el contexto histórico en que se verifican, sobre todo para entender cuáles son los intereses socio clasistas que realmente se confrontan en ellos, a través de la economía, la política y la cultura, por ejemplo.

Es clave también identificar qué clase o clases, o segmentos sociales lo hegemonizan de forma concreta y desde qué perspectivas de cambio ejercen tal hegemonía: si para modernizar el desarrollo capitalista en las sociedades donde se desenvuelven, o si para producir cambios emancipadores de las mismas, en particular a favor de sus mayorías más humildes.

Digo esto por la siguiente y muy concreta razón: Vargas y Perón pretendían modernizar el desarrollo capitalista en Brasil y Argentina, con apoyo policlasista y un discurso que hacía recurrente referencia al «pueblo», así, de manera genérica. Chávez y Evo Morales, en cambio, cuando aluden al pueblo lo hacen con un sentido liberador que nunca estuvo en la mente de los primeros.

Este es un caso emblemático que prueba que contenido y forma a veces se distancian en la realidad de los hechos políticos.

Mencionaré ahora algunos rasgos que suelen encontrarse en el discurso populista, en las experiencias clásicas de Perón en Argentina, y en la de Vargas en Brasil:

  1. Suele excluir las referencias a la lucha de clases. Si contrastamos las distintas realidades que se designan a través del concepto de populismo, encontramos un elemento común: una noción abstracta de pueblo, entendido como factor del cambio o como objeto de manipulación.

El pueblo es visto como un actor que debe servir al proyecto político, no como actor protagónico, sino como masa de maniobra. A ese pueblo es preciso hacerle determinadas concesiones con el objetivo de tornarlo funcional al proyecto. Las alusiones a él lo presentan como un todo comprometido con el discurso del líder

2- El nacionalismo, usado en el discurso político como un elemento de articulación y cohesión social y para asegurar lo que hoy se llama gobernabilidad.

  1. Reticencia al internacionalismo. No es casual que el varguismo en Brasil, que surge en un momento de auge del fascismo (el proyecto de Vargas se inspira en elementos del fascismo), termina con una represión brutal a los comunistas, considerados representantes de intereses extraños al proyecto nacional.
  2. Exaltación permanente y con frecuencia exagerada a los peligros externos, como recurso discursivo e ideológico para asegurar la referida gobernabilidad.
  3. Promoción de una versión política del fideísmo: no hay que razonar; hay que creer. Se procura más el consenso que el razonamiento en relación con el proyecto que se está defendiendo.
  4. Implementación de una visión que comprende el poderoso papel que puede jugar el Estado en el desarrollo nacional. En Brasil, por ejemplo, en medio de la crisis general de la Gran Depresión, se verifica un agotamiento del modelo del Estado oligárquico. Es visible la emergencia de un proletariado pequeño, pero organizado y activo; y se experimenta una fuerte presión de sectores transnacionales para penetrar en la economía brasileña. Sin embargo, se impone el sector más nacionalista de lo que había en ese momento de burguesía nacional, con la visión desarrollista que ve al Estado como un elemento inductor y controlador del desarrollo.

Claro, en un momento de emergencia de las masas populares, el ejercicio del poder exige negociación.

En Brasil, el populismo expresa una situación de crisis del sistema y del modelo de acumulación vigente y se presenta como un proyecto que exalta y procura el desarrollo. Es un fenómeno progresista en este caso.

Los que he mencionado son rasgos externos de procesos populistas concretos, que se desarrollaron en una etapa temprana de la fase imperialista del capitalismo. ¿Cómo generalizar los rasgos mencionados, que no son todos, por supuesto?

Desde el punto de vista conceptual, parecería imposible incorporar en un mismo concepto realidades tan diferentes como las de Vargas y Perón, por una parte, y las de Chávez y Evo, por otra. Repito, ello nos obliga a colocar el concepto dentro de su soporte histórico concreto, dentro de las condicionantes internacionales correspondientes y dentro de la dinámica específica de cada uno de los escenarios que se van a analizar.

No es el objetivo de este debate. Pero se puede anticipar que las experiencia de cambio en la Venezuela bolivariana y en Bolivia, niegan cualitativamente, y en mucho, los rasgos mencionados del populismo brasileño y argentino.

 

Jorge Hernández Martínez: Ya Zardoya apuntaba que el populismo es un fenómeno histórico, con peculiaridades en sociedades y períodos diferentes, si bien el mismo concepto puede referirse a expresiones tan disímiles como, por ejemplo, el populismo ruso y el norteamericano del siglo XIX, el populismo latinoamericano de mediados del siglo XX o el europeo del último cuarto de ese mismo siglo. En la actualidad, se acude a ese vocablo —en nuestra opinión, de modo superficial e impreciso—, para designar también, en términos peyorativos, ciertos movimientos políticos en América Latina que nada tienen que ver con aquel que conocimos en Argentina, Brasil, Chile, plasmado en el peronismo, el varguismo, el ibañismo.

Quizás el rasgo más generalizado o compartido en la literatura especializada a la hora de identificar al populismo es el que interrelaciona las concepciones de pueblo, política y democracia, a partir de tres elementos básicos: un liderazgo carismático, la apelación directa al pueblo y la superación de las instituciones políticas.

 

El populismo en Rusia

Rubén Zardoya Loureda: El término populismo es de larga data. Todo indica que tuvo su origen en Rusia hacia mediados del siglo XIX, y también, quizá un poco después, en los Estados

Unidos. En el caso ruso, la palabra —que con frecuencia no se traduce a las lenguas occidentales— es narodnichestvo; y es necesario destacar que, en el imperio de los zares, con ese término se designaron realidades diferentes o, con más precisión, se designó una misma realidad que, en su desarrollo histórico, atravesó por varias etapas muy diferentes entre sí.

Resistiré a la tentación de modernizar los procesos históricos y considerar como expresiones tempranas de populismo movimientos sociales que, en el mejor de los casos, no pasan de ser antecedentes —como el célebre movimiento decembrista—, a partir de la identificación en ellos de uno u otro rasgo abstracto presente en el populismo propiamente dicho, tal y como se presenta en épocas posteriores. De populismo en Rusia podemos hablar con propiedad a partir de mediados del siglo XIX.

En un primer momento, que de forma tentativa podemos situar entre 1850 y 1870, el populismo se presentó como un movimiento político muy radical en términos discursivos, conceptuales.

Nació influido por la filosofía clásica alemana, e incluso, por el marxismo, e incorporó importantes elementos de la herencia socialista.

Entre sus figuras clave se cuentan varios de los más destacados pensadores rusos del siglo XIX, reverenciados hasta hoy, como Alexander Herzen, Vissarion Belinski y Nikolai Chernichevski, de quienes incluso Lenin hablaba con respeto (recordarán ustedes que le gustaba citar aquella idea de Herzen referida a que, si los axiomas de la matemática afectaran los intereses de las clases sociales, habría quienes se dispondrían a refutarlos). Se trataba, sin embargo, de un movimiento meramente intelectual, empeñado en representar los intereses de la mayoría del pueblo ruso, los siervos o semisiervos de la gleba (la abolición formal de la servidumbre en Rusia no tendría lugar sino en 1861), y de crear conciencia en relación con la amenaza que, desde su punto de vista, representaba para Rusia el incipiente desarrollo del capitalismo, al que oponían una visión idealizada de la comuna tradicional rusa —la famosa obschcina que Marx en su momento reconoció como un eventual punto de partida, como una «señal», para el estallido de la revolución socialista en Europa Occidental—, a partir de la cual los populistas consideraban posible transitar directamente hacia una sociedad socialista.

En un segundo momento, el acento se desplaza desde las consideraciones teóricas abstractas al plano de la acción política concreta, como norma, de carácter violento. Por supuesto, las organizaciones terroristas que entonces surgieron se vieron sometidas a una represión feroz por la Ojrana (la policía secreta zarista), lo cual las obligó a desarrollar en la clandestinidad métodos conspirativos relativamente sofisticados.

Entre estas organizaciones destacaron Narodnaia volia (Voluntad Popular), que luego de varios intentos frustrados, llegó a ajusticiar al zar Alejandro II en 1882. Muchos de sus miembros fueron ejecutados, entre ellos Alexander Ulianov, el hermano mayor de Lenin, acontecimiento que marcó profundamente al adolescente Volodia; y Chorni Perediel (Reparto Negro), de la cual formaron parte Gueorgui Plejanov, Pável Axelrod y Viera Zasúlich, futuros introductores del marxismo en Rusia, quienes a la vuelta del siglo XX derivaron en mecheviques. En esta etapa también destaca un movimiento llamado Jozhdienie v narod (Ir al pueblo), formado por intelectuales que, vestidos a la usanza aldeana, se mezclaban con los campesinos y procuraban ganarlos para sus ideas antizaristas, anticapitalistas, revolucionarias. Se trataba de un movimiento de intelectuales que trataba de penetrar y enraizarse en el campesinado. Obsérvese que el movimiento se proyecta «de arriba abajo», desde la intelectualidad y las capas medias urbanas al campesinado.

Por último, en un tercer momento, el populismo ruso se ve claramente permeado por las ideas del liberalismo burgués. Es la época del desarrollo del capitalismo en Rusia. Ustedes recordarán las célebres obras de Lenin Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas (1894) y El contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor Struve (1895). Nikolai Mijailovski, uno de los más connotados adversarios del joven Lenin, aceptaba de palabra el marxismo e, incluso, sostuvo un breve intercambio epistolar con Marx.

Su pensamiento quizá pueda simplificarse de la siguiente forma: Marx nos enseñó el costo que hay que pagar para construir el capitalismo. Ese costo los rusos no tenemos por qué pagarlo. En correspondencia con esto, proponía un tránsito directo hacia el socialismo, pasando por alto los «efectos nocivos» del régimen de acumulación capitalista y de la división capitalista del trabajo.

No obstante, en esta época el desarrollo capitalista en Rusia era ya indetenible y los populistas, intencionalmente o no, adaptaban su doctrina a esta realidad incontestable, la liberalizaban, devenían en pacifistas consumados y algunos de ellos hasta se proponían convencer al zar de la necesidad de frenar el desarrollo capitalista que, según decían, iba en contra de la cultura y las tradiciones rusas. De esta liberalización del populismo da cuenta también la obra de intelectuales como Iósif Káblits y Vasili Vorontsov, menos conocidos en nuestro medio.

Como puede apreciarse, incluso allí donde se organizó con finalidades políticas prácticas, el populismo ruso no pasó de ser un movimiento de intelectuales. La idea de la singularidad histórica de Rusia —de su diferencia de principio con respecto al llamado mundo occidental—, asentada, ante todo, en la noción de cierto «espíritu comunal» arraigado en el campesinado del país, constituye su expresión ideológica acabada. Sin embargo, su sentido histórico más profundo es la oposición al capitalismo en una época en que este había comenzado a establecerse como una fuerza económica y política hostil a las clases y grupos sociales llamadas tradicionales, en particular, al campesinado, en el que los populistas veían la fuerza decisiva de la transformación socialista. El desarrollo ulterior del capitalismo en Rusia, su conversión en el modo de producción dominante en la diversidad de tipos de economía entonces existente, marca el declive del populismo, su desplazamiento progresivo por el socialismo marxista. Ya en ¿Qué hacer? (1903), Lenin habla en pasado de esta corriente política, pese a que, por entonces, asomaban formas de pensamiento que luego se llamarían neopopulistas y que la historia mostraría como anacrónicas.

Me parece importante resaltar la idea de que, en sus formas primarias, el populismo constituye una reacción enérgica contra la acción devastadora del capitalismo sobre las formas tradicionales de vida. También en los Estados Unidos, el populismo nace con un discurso anticapitalista, con elementos de socialismo utópico, y constituye una expresión de la situación objetiva de los productores agrícolas independientes —en particular, de las masas empobrecidas— que, hasta el último cuarto del siglo XIX, constituían la clase social mayoritaria del pueblo norteamericano.

Solo que, a diferencia de lo ocurrido en el imperio de los zares, donde como hemos visto, el populismo fue una corriente eminentemente intelectual, en los Estados Unidos surgió como un movimiento de agricultores, en un momento en que, finalizada la guerra civil, el capitalismo en el país recibe un renovado impulso, comienzan a formarse monopolios en las principales ramas de la producción, y el imperialismo (en sentido moderno) empieza a perfilar sus rasgos clásicos.

 

El populismo en los Estados Unidos

Jorge Hernández Martínez: El populismo en los Estados Unidos constituye un fenómeno esencialmente ideológico instalado en la cultura política y, se podría decir, en la cultura nacional.

Desde el punto de vista institucional, cobra cuerpo en determinados agrupamientos formales de la sociedad civil, y también en partidos políticos y en agrupamientos o facciones en el interior de estos.

Por supuesto, al calificarlo como un fenómeno esencialmente ideológico, no descartamos sus connotaciones políticas; sobre todo porque el populismo que surge en el siglo XIX se cuestionaba toda concentración de poder, lo mismo la autoridad del gobierno que el papel de la banca y la actividad ferrocarrilera; apelaba a la violencia verbal —con expresiones de violencia física—; y en algunos casos, en las postrimerías del siglo XIX e inicios del XX, en el plano de la política se funde con expresiones de la derecha radical. Por eso, al ponerle el apellido norteamericano al populismo, es preciso consignar que se trata, en esencia, de un populismo de derecha.

El desarrollo del populismo en los Estados Unidos tiene lugar de modo casi simultáneo con el populismo ruso, aunque en rigor, sus antecedentes ideológicos son incluso algo anteriores.

Desde el punto de vista político-partidista, el momento descollante en su evolución se ubica en el último decenio del siglo XIX, en pleno proceso de tránsito del capitalismo premonopolista a la fase imperialista en ese país. En el marco de las elecciones presidenciales de ese año, surge el Partido del Pueblo con una visión populista, como exponente de los intereses y aspiraciones de sectores rurales —equivalentes al campesinado, si bien en los Estados Unidos se les suele llamar granjeros—, que hasta esa fecha se agrupaban en organizaciones agrícolas. Aunque tenía proyecciones limitadas y clamaba por una ampliación de la democracia y la participación popular, ese partido reclamaba una reforma política que incluía la reducción de la jornada laboral, se oponía a la expansión de las grandes corporaciones industriales, sobre todo de las compañías de ferrocarriles, teléfonos y telégrafos, toda vez que chocaban con sus intereses, propiedades y tradiciones. Desde esta época, el significado del populismo norteamericano está unido a un sentimiento antiestatal o antigubernamental, que se manifiesta con beligerancia o agresividad. Muchos autores consideran que ese populismo es parte del ADN cultural y del imaginario popular estadounidenses.

En la historia de los Estados Unidos, la orientación populista aparece, valga la reiteración, en el marco del desarrollo del capitalismo de libre competencia, en un período algo anterior a la Guerra Civil, aunque luego gane cuerpo en la fase monopólica de este capitalismo. Se trataba, a la par, de una reacción defensiva de un modo de producción o de una clase social en proceso de desaparición, es decir, de un esfuerzo nostálgico por restaurar el pasado (un viejo orden, más añorado o soñado que real); y también de un intento de construir algo hacia adelante, de un deseo de transformación y, por tanto, de creación de un nuevo orden de cosas.

Antes de la mencionada guerra, uno de los movimientos que aunó ambos impulsos fue el de los Know-Nothings (cuya denominación no tenía que ver con ningún tipo de anti-intelectualismo, sino con el hecho de que sus miembros llevaban a cabo sus actividades de modo clandestino, en secreto; por eso, en caso de que alguien les preguntara algo, tenían instrucciones de responder: «I knownothing», es decir, «No sé nada»). El know-nothing-ismo reflejaba el deseo de avanzar y retroceder al mismo tiempo.

Durante las décadas de 1840 y 1850, estuvo presente en gran parte del país, tanto en el norte como en el sur. Ese movimiento se oponía a la inmigración católica irlandesa y alemana y se pronunciaba en contra de la presencia de trabajadores inmigrantes chinos y latinoamericanos en California. De modo que era un antecedente significativo en la articulación de xenofobia, discriminación e intolerancia, ante lo que se consideraba como «amenaza» a la identidad cultural, étnica, racial, de la nación. El ulterior surgimiento del Ku-Klux-Klan al terminar la guerra civil, como expresión del resentimiento contra la eliminación de la esclavitud, remite de alguna manera a tales concepciones.

Es importante retener las consecuencias de esa guerra como acontecimiento que transforma a la sociedad norteamericana en su conjunto, tanto en el plano económico como socioclasista, político-ideológico y cultural, al estimular la industrialización, las comunicaciones, la inmigración, en fin, el desarrollo del capitalismo.

En ese sentido, marcó también el desarrollo de los partidos y movimientos sociales en los años de la posguerra, durante la llamada reconstrucción y más allá. Como trasfondo, por ejemplo, el bipartidismo tradicional se consolida en la medida en que el Partido Demócrata resurge con un claro control de los estados sureños, mientras que el Republicano controla el Norte. A la vez, se profundiza la tendencia populista a la que hacíamos referencia.

El surgimiento de un nuevo o tercer partido conformado por granjeros, estuvo directamente vinculado a los cambios socioeconómicos aludidos.

Los granjeros comenzaron a organizarse a mediados de la década de 1860 en respuesta a los problemas que enfrentaban, especialmente, con los precios de sus productos. El gran crecimiento de la agricultura a nivel mundial había provocado la caída de los precios y, por ende, de los ingresos de los agricultores, quienes tenían también problemas con los bancos por los altos intereses que pagaban por los préstamos e hipotecas de sus fincas.

La dependencia con respecto a los ferrocarriles era otro serio problema que enfrentaban los agricultores, dado que la única forma rentable que tenían para enviar sus productos a los mercados era través de los trenes y las compañías ferrocarrileras se aprovechaban de esto, cobrándoles tarifas abusivas. Por ello, la reacción populista constituía un modo de defender una forma, un sistema de vida, puesto en peligro por el capitalismo ascendente.

La primera organización nacional de agricultores fue fundada en 1867 en la zona del medio oeste y fue conocida como los Patrons of Husbandry, y también como Grange (La Granja).

Esta organización creció rápidamente entre los agricultores de las grandes planicies, al oeste y al sur del río Misisipi, afectados todos sus miembros por el descenso de los precios de sus productos. La Grange concentró sus ataques contra los bancos, los ferrocarriles y los productores de maquinaria agrícola. A los bancos les acusaba de cobrar intereses demasiado altos por sus préstamos; y a los fabricantes de maquinaria, de abusar de los agricultores vendiendo sus productos a precios más altos en los Estados Unidos que en Europa. A las compañías ferrocarrileras las acusaba por sobornar a legisladores estatales para cobrarles a los granjeros tarifas discriminatorias, ya que cobraban más caro por transportar productos agrícolas en rutas cortas que en las largas.

En la década de 1870, la economía estadounidense entró en una crisis que afectó severamente a los agricultores. Y es ahí donde éstos desarrollaron una conciencia política, que buscaba no sólo defender sus intereses, sino también crear un nuevo tipo de entorno social, que promoviera formas de cooperación. El movimiento denominado Greenback aparece así a finales de ese decenio, y es otro de los precursores del populismo, con una plataforma semejante a la anterior.

Es ese el camino que conduce a la necesidad de crear un partido nacional para defender sus intereses e iniciar una especie de renovación nacional. El programa del nuevo partido, el Partido del Pueblo, el cual nace en 1892, era muy ambicioso, ya que proponía la nacionalización de la banca, los ferrocarriles y los telégrafos, la prohibición de latifundios de propiedad absentista, la elección directa de los senadores federales, la creación de un impuesto gradual a los ingresos, el establecimiento de la jornada laboral de ocho horas y la restricción de la inmigración.

Los populistas, como fueron llamados los seguidores de este nuevo partido, querían que el gobierno federal construyera almacenes donde pudieran ser depositadas las cosechas y que concediera préstamos a los agricultores a muy bajo interés, de modo que pudieran sobrevivir mientras esperaban mejores precios.

Los populistas participaron en las elecciones de 1892, en las que el Partido del Pueblo obtuvo victorias en algunos estados, como Idaho, Nevada, Kansas y Dakota del Norte; y ganaron en presencia nacional, al elegir tres gobernadores, diez representantes y cinco senadores.

Su candidato a la presidencia, James B. Weaver, que procedía del movimiento Greenback, obtuvo un millón de votos y acumuló 22 votos electorales.

Aunque efímero en su vida y limitado en sus alcances, más bien pujante en áreas rurales, en el sur y el medio-oeste, con poca fuerza en los centros urbanos y en los territorios del este, el populismo evidenció la potencialidad ideológica de su retórica movilizadora o capacidad de convocatoria a través del Partido del Pueblo, que contaba con menos de un año de vida. Sin embargo, en las siguientes elecciones, las de 1896, los populistas se aliaron con el Partido Demócrata y no alcanzaron ni una cuarta parte de los votos obtenidos en las elecciones previas, con lo cual inició un declive que los llevaría a su desaparición a principios del siglo XX. Esa situación es relevante debido a que los populistas fueron el único desafío considerable al sistema bipartidista en las décadas finales del siglo XIX.

Entre los rasgos esenciales que caracterizan el populismo norteamericano está la sensación de amenaza o peligro ante la presencia de elementos supuestamente nocivos, extraños: los inmigrantes que «fracturan» la tradición cultural y la identidad nacional. La identidad que defienden es la del «pueblo» (definido en una forma muy confusa y difusa), la del hombre común, aquel que está alejado de la aristocracia, de la burguesía, y porta los valores básicos de la cultura norteamericana: el individualismo, la autodeterminación; el compromiso ideológico y ético con el puritanismo religioso protestante —anclado en el más rancio tradicionalismo y conservadurismo social y cultural que trajeron consigo los padres peregrinos—; y la idea de la superioridad racial, estrechamente relacionada con la configuración de la estructura socioclasista de los Estados Unidos y con el papel del blanco-anglosajón-protestante de clase media, el WASP, como se le llama por las siglas de estas palabras en inglés.

Otro rasgo que caracteriza al populismo estadounidense es la creencia en la legitimidad del uso de la fuerza —tanto en el plano discursivo como en el físico— contra todo lo que experimentan como amenaza para los intereses de la comunidad WASP en un mundo esencialmente rural. A esto se añade el afán por restaurar un orden anterior que creen perdido. En este sentido, sus prácticas tienen una orientación antielitista, se focalizan en el gobierno, al que consideran fuente de los problemas, en el funcionariado que promueve las políticas y las prácticas que los agreden, en particular, la industrialización, el desarrollo capitalista.

También puede agregarse otro elemento importante, el nativismo, una noción peculiar del ser norteamericano, asociada al racismo y la xenofobia y, en el plano religioso, al anticatolicismo y el antisemitismo. Ese elemento estaba presente desde los Know-Nothing, que atentaban contra los conventos católicos, con actos que podríamos llamar «terroristas de derecha», tales como disparar sobre las personas y colocar bombas. Un rasgo acompañante del populismo que trasciende a los siglos XX y XXI, es la creencia en la existencia de una conspiración permanente contra la esencia y la identidad de la nación estadunidense.

El populismo no permanece estático como fenómeno ideológico y cultural. De las expresiones tempranas de populismo, de los años de 1830 y 40, se pasa a las que surgen después de 1860, con un racismo, enfoque anti-inmigrante, xenofobia e intolerancia recargados. Sabemos cuál era su orientación: el racismo, el intento de restablecer «lo que el viento se llevó» en los estados sureños, con su dosis de oposición a la extensión del capitalismo industrial.

Al realizar este recorrido, quizás lo más relevante sea que durante la segunda mitad del siglo XIX, el populismo en la sociedad norteamericana va ganando en coherencia ideológica y hasta en cierta institucionalidad, al ir transitando de los Know-Nothing, al Ku Kux Klan, al Greenback, hasta el Partido del Pueblo. Lo que antes no pasaba de ser un movimiento social se va convirtiendo gradualmente en un partido político, cuya meta era llegar al gobierno. Se trataba de una fuerza clasista de granjeros o agricultores pobres, de ideas progresistas, antielitistas. Y es aquí que se empieza a utilizar la etiqueta de populismo (a las expresiones anteriores no se les identificaba con esos términos), que adquiere carta de ciudadanía en los años 50 del siglo XX, en la sociedad que emerge tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el maccartismo —ese movimiento intolerante dirigido contra toda afiliación a ideas progresistas radicales y que impulsó la llamada «cacería de brujas»— gana presencia en Estados Unidos.

En ese marco, a través de un conocido sociólogo norteamericano, Edward Shils, se introduce en la academia el concepto de populismo. A partir de entonces, este vocablo se utiliza para hacer referencia, no a un tipo de movimiento u organización como tal, sino a una ideología que puede encontrarse tanto en contextos rurales como urbanos y en sociedades de todo tipo. Para Shils, el populismo es una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data de la que se supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura. Es decir, es un fenómeno de múltiples caras, y es multiclasista.

 

Luis René Fernández Tabío: En el caso de los Estados Unidos, es cuestionable la existencia de expresiones de populismo en la época inicial de su formación, en que su propia identidad nacional no había fraguado. De manera general, pienso que aquellos primeros movimientos, aunque poseen algunos rasgos comunes con las manifestaciones actuales, tenían una naturaleza distinta por encontrarse en una etapa ascendenteen el desarrollo del capitalismo, en tanto los de ahora corresponden con una declinación relativa de su poderío, de su hegemonía, con un elevado grado de contradicciones internas, sociales, políticas y económicas.

En países europeos como Francia o Austria, o en fecha más reciente, en los Estados Unidos, se utiliza el término populismo para designar diversas manifestaciones de nacionalismo de derecha, conservador y reaccionario. En países que se encuentran en una etapa madura del capitalismo y han sufrido las consecuencias de la globalización neoliberal, el resurgir del nacionalismo se vincula a la pérdida de empleo asociada a la desindustrialización y la automatización o robótica, al rechazo a la inmigración, a la desconfianza en las élites políticas que «sirven a sus propios intereses» y a sus instituciones y partidos, así como al empleo creciente de las redes sociales a través de Internet.

Por otra parte, con independencia de su radicalidad, todos los procesos revolucionarios, incluso progresistas, han sido tildados de «populistas » cuando tienen gobiernos que se ponen en función del pueblo, con una proyección política clasista en defensa de los intereses de las mayorías explotadas y oprimidas. Enturbia mucho la mirada eñ hecho de que se denomine con el mismo rótulo a un gobierno de izquierda, revolucionario o progresista en América Latina y al que encabeza Donald Trump —fiel servidor de la oligarquía financiera, de la cual forma parte— en los Estados Unidos, por la simple, razón de que pretende erigirse en representante directo del pueblo y retar las estructuras tradicionales de funcionamiento del sistema político.

En particular, es preciso insistir en que no podemos meter en el mismo saco a los países del centro capitalista desarrollado e imperialista y a los de América Latina, cuya situación es muy diferente, por sus estructuras económicas subdesarrolladas y dependientes dentro del sistema de dominación imperialista internacional.

El criterio decisivo para distinguir unos procesos de otros es la orientación política y clasista: qué intereses representan y defienden cada uno de ellos. Por ejemplo, en Europa se manifiesta en la actualidad una tendencia al ascenso del apoyo popular a partidos nacionalistas de derecha, incluso algunos con antecedentes fascistas. Ello habría parecido improbable e insólito hace algunos años, si se toma en consideración la fuerza que en estos países habían alcanzado los partidos socialdemócratas, e incluso, los llamados socialistas europeos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del fascismo.

Me parece importante caracterizar el momento histórico en que nos encontramos, la situación concreta de los distintos grupos de países, y en ese marco, las etapas del desarrollo capitalista, tanto en el caso de los Estados Unidos como en el resto de los países. Por su tamaño y posición hegemónica como principal centro financiero del capitalismo, aunque evidencie una declinación relativa, todo lo que pasa en los Estados Unidos trasciende directa o indirectamente al resto del mundo.

En la administración Trump se observa, en cierto sentido, un interés por romper con las elites políticas tradicionales, sus partidos, andamiajes institucionales y otros componentes del sistema estadounidense. Ello, sin embargo, se hace con la pretensión de ajustar las tendencias políticas dominantes mediante una centralización del poder en su figura, apelando a una supuesta posición de liderazgo lograda mediante la mentira y la manipulación mediática. El trasfondo ideológico de todo esto es la visión de la democracia entendida como representación del pueblo, pero la realidad nos muestra algo muy distinto: el propósito de reacomodar las tendencias políticas a favor de un nacionalismo de derecha.

El Presidente Trump trata de asumir un liderazgo otorgado por un supuesto mandato derivado de su triunfo en las elecciones —a pesar de haber perdido el voto popular frente a Hillary Clinton por abultado margen—, con lo cual falsifica el sentido de la democracia.

Debemos preguntarnos si estas manifestaciones de nacionalismo de derecha y conserCUBA institucionalidad del sistema, a la par que juega con algunos elementos de populismo, manifestando una ruptura con el sistema establecido.

En su actuación encontramos un momento de transgresión, un reto a los mecanismos tradicionales, no solamente a los partidos y al gobierno, sino también a los medios que habían dominado el sistema de comunicación, centrado en la televisión y la prensa escrita tradicional, que quedaron a la zaga, e incluso descalificados como suministradores de «noticias falsas».

En este punto se presenta otro rasgo de populismo, apoyado en el avance de las nuevas tecnologías: el uso de las redes sociales, la comunicación a través de los tuits, no solo con el segmento del pueblo que lo sigue, sino también con el resto de la sociedad y con el mundo. Todos los días amanece un nuevo mensaje con sus posiciones. Es conocido su rechazo a los medios tradicionales —como CNN, MSNBC e, incluso por momentos, hasta Fox News—, pero la estrategia de Trump no persigue desplazarlos, sino subordinarlos, lograr que comenten sus propios mensajes y los hagan objeto de máxima atención, lo mismo en sentido positivo que negativo, con lo que consigue atraer el interés de quienes son sus seguidores y simpatizantes y de quienes no lo son, de una forma muy directa y a través de todos los canales existentes. Asimismo, en cierto modo se incorpora y se obtiene el apoyo de los periodistas de la «derecha alternativa», representada por personajes como Alex Jones de Infowars.com, Breitbart.com y WND.com, entre los principales, que buscan captar a millones de votantes de la generación de los llamados millennials.

¿A qué pueblo puede representar Trump, un miembro de la oligarquía financiera que constituye mucho menos del 1% de la población estadounidense? ¿Cambia esto porque él desafíe algunas de las líneas y estrategias que se habían venido siguiendo en esta última etapa como parte de un consenso político e ideológico de la clase dominante (lo cual no pasa de ser un procedimiento político funcional a la restructuración del sistema en un momento de declinación, después de una gran crisis económica y financiera iniciada en el 2007)? vador, con una pretendida representación del pueblo, desafiando estructuras y mecanismos del sistema político, constituyen en realidad lo que pregonan, o son más bien un simulacro, que busca realizar ajustes a la tendencia de la globalización neoliberal, para servir mejor a los Estados Unidos, su economía y sociedad en las condiciones actuales de su declinación.

Se ha dicho que Donald Trump ha sido un elemento externo al sistema político y que no tiene nada que ver con este. Eso no es cierto desde una perspectiva clasista. Baste reparar por una parte —insistamos en ello—, en que es un notable representante de la clase dominante en los Estados Unidos, de su oligarquía financiera, tal y como está definida por Lenin (no creo que esto ha cambiado mucho; al contrario, se ha reforzado); y por otra, en sus vínculos efectivos con el sistema político (incluida la relación personal con la candidata demócrata Hillary Clinton), su participación en todas las instituciones de la clase política, e incluso, sus aportes financieros a las campañas electorales. Esto es así, con independencia de que Trump no haya ocupado con anterioridad ningún cargo en las estructuras del gobierno.

Las expresiones de populismo que podemos encontrar en Donald Trump se manifiestan en un periodo de declinación del imperialismo estadounidense, de su poder económico relativo, proceso que diferentes especialistas consideran dio inicio a finales de la década de los sesenta o de los años setenta, pero que sin discusión se inicia con la contrarrevolución conservadora que se identifica con el gobierno de Ronald Reagan y su victoria electoral en 1980. Lo nuevo consiste en que, en el momento actual, se evidencian síntomas de agotamiento del ciclo iniciado por la contrarrevolución conservadora y la globalización neoliberal; y parece cuando menos el comienzo de una nueva etapa o ciclo del imperialismo, de una tendencia de acomodo, en que el nacionalismo conservador de derecha modula o somete a revisión determinados aspectos que habían caracterizado a la globalización neoliberal.

Cabría preguntarse cuáles son las bases reales de esta figura que trata de distanciase de la

Desde mi perspectiva, este proceso comienza con la última gran crisis del capitalismo —en sentido global, y en particular, de los Estados Unidos—, coincidiendo con el inicio de la administración del demócrata Barack Obama, que solamente es comparable por su magnitud y significación con la famosa crisis de 1929 a 1933.

Por supuesto, el proceso puede ser subdividido; hubo distintos gobiernos y estrategias a partir de entonces; pero los grandes rasgos de la política desde finales de aquella crisis se mantienen hasta las postrimerías de los 70. Esta etapa se caracteriza por el keynesianismo, el Estado benefactor, la intervención del gobierno en la economía con un enfoque liberal (en el sentido en que se entiende el liberalismo en los Estados Unidos, que implica determinada subvención, la regulación de la economía a través de una política económica fiscal y monetaria expansiva, el apoyo para la alimentación con bonos), y en la política exterior, cierta asistencia, en primer lugar a Europa, para la reconstrucción posbélica (América Latina quedó cercenada en este enfoque hasta después del triunfo de la Revolución cubana en 1959, con la introducción del programa de la Alianza para el Progreso).

La política que se inicia después, que privilegia la regulación económica del mercado, es totalmente distinta, y sin embargo, el gobierno de Obama constituye una primera expresión de ruptura, que trata de corregir esto desde una perspectiva basada en una mezcla de concepciones liberales (aproximación al multilateralismo, utilización de un enfoque más integral de los distintos instrumentos políticos y de un discurso más conciliador), sin abandonar los presupuestos fundamentales de la contrarrevolución conservadora, que conservó entre sus rasgos principales el establecimiento de los tratados de libre comercio, empezando por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con Canadá y México, concertado a inicios de los años 90 y que Obama buscó extender y profundizar con acuerdos megarregionales como el Acuerdo Transpacífico (TPP).

El nuevo presidente, de manera vertiginosa, ha negado esa tendencia, aunque no la pueda revertir totalmente; y probablemente ese no sea su objetivo real, sino ajustarla, renegociarla, en atención a las condiciones actuales de los Estados Unidos, a sus fortalezas y debilidades.

Por supuesto, el tratado de libre comercio con Europa (TTIP) queda descartado por las dinámicas de la Unión Europea, que han debilitado su integración: el propio Brexit, las tendencias ascendentes de importantes figuras y partidos en Europa portadores de tendencias nacionalistas de derecha, anti inmigrantes, xenófobas, que aunque no lleguen al gobierno, han ganado respaldo político y retan a la socialdemocracia y a otras tendencias políticas cercanas, consideradas ineficaces para resolver problemas derivados de la globalización neoliberal como tendencia política dominante.

En ese contexto, el populismo de Trump —en la medida que se exprese o se identifique como tal, sin olvidar las advertencias iniciales—, debe entenderse como un instrumento para llevar a cabo una transformación que no se aparta de la defensa de los intereses y los lineamientos esenciales de la clase dominante estadounidense, sino que busca otro modo de llevarlos a la práctica. En este caso, definiríamos el populismo como una ruptura coyuntural con el establishment, como un medio para realizar los cambios, mediante una apelación retórica, no real, al pueblo.

En el discurso del estado de la Unión fueron notables las referencias que hizo al pueblo. Por ejemplo: «por mucho tiempo un pequeño grupo se ha beneficiado del gobierno, mientras el pueblo ha soportado el costo». Sin embargo, tal afirmación esconde la realidad de que la política enunciada e impulsada por Donald Trump no representa los intereses del pueblo de los Estados Unidos, sino de su clase dominante y del segmento de la sociedad que simboliza la identidad nacional y los valores que desea mantener.

Germán Sánchez Otero: Todos los políticos de una u otra manera apelan al pueblo. Ese es el sostén de la retórica de cualquier política, pues el pueblo es el que da los votos. Entonces, calificar a un sujeto político como populista por su utilización del término pueblo, o su búsqueda de apoyo popular no podría ser el camino. A la hora de analizar la vigencia de este término, me parece que debemos irnos más a su contextualización histórica y a sus especificidades por regiones e, incluso, por países. Una vez que hagamos esto, planteémonos: ¿hay procesos populistas en estos momentos en Europa, Estados Unidos, América Latina? Necesitamos instrumentos analíticos conceptuales más precisos desde las ciencias sociales. El término populista es ambiguo en sí mismo y tenemos que hacer, por consiguiente, un esfuerzo medular para llevarlo a un sistema de ideas mucho más definido.

De lo contrario, caemos en la trampa de entender el populismo como demagogia, etc.

Jorge Hernández Martínez: Creo que existe consenso entre nosotros en relación con que no se puede aspirar a un concepto único y que el populismo debe ser visto en las situaciones históricas específicas que le confieren sentido.

Si lo consideramos un movimiento político, con una cosecha política concreta, quizá en Estados Unidos se pueda tomar como punto de partida el momento en que el populismo se convierte en un partido político en las elecciones de 1892 y cuando cristaliza este posicionamiento en las de 1896. Pero yo lo defino más bien como un movimiento ideológico y hasta cultural. Por eso decía que hay antecedentes que pueden ser contexto, pero también parte del texto, como el KuKuxKlan y los mencionados No-Nothing.

Desde ese punto de vista, a la hora de acotar el populismo en la realidad estadounidense nos topamos con un grupo de elementos. Por un lado, está el esfuerzo restauracionista, una dirección hacia la restauración, más que hacia la transformación, lo cual ha definido a las expresiones históricas anteriores y aún se mantiene, al menos en el plano discursivo. Lo que está pasando ahora con el trumpismo (llamémoslo de alguna forma), está anticipado en el Tea Party, una reedición de lo mismo en otras circunstancias, con mucho más radicalismo y con menos corporeidad, pero en una cuerda de continuidad ideológica. ¿Y qué era el Tea Party? Un eco transmutado de la angustia de los No Nothing, un revivir la percepción de que existe un eclipse cultural. Cuándo surge el Tea Party, había un presidente negro. La portavoz de la cámara de representantes era una mujer, y un homosexual estaba al frente del comité de servicios financieros del Congreso. Esto le resultaba imposible de digerir a la derecha ultraconservadora y, en parte, implica una concepción muy peculiar del pueblo, en esencia la misma que encontramos en la verborrea de Trump.

¿De qué pueblo hablan unos y otros? Trump habla de los «olvidados»: los trabajadores de clase media, blancos, adultos, que han perdido espacio en la sociedad norteamericana, que se han visto afectados en términos socioeconómicos y se sienten amenazados. El populismo estadounidense, en este esfuerzo restaurador —que se expresa primero a nivel ideológico y luego en formas políticas concretas—, se define como una reacción ante la amenaza, reacción que puede ser violenta. Se atrinchera en valores típiCUBAcos e instintos básicos de la cultura norteamericana: el individualismo, la autodeterminación, el puritanismo protestante y la supremacía blanca. Todo esto debe incluirse en una definición compleja de lo que ha sido ese fenómeno histórico en el siglo XX.

En los años 30, con la crisis del 33, los esfuerzos de Roosevelt y el Nuevo Trato, surge un movimiento populista con vasos comunicantes muy fuertes con el fascismo. Había un sacerdote que hablaba por la radio (le decían el reverendo radiofónico), llamado Charles Coughlin, que creó una Unionfor Social Justice. Coughlin trataba de reivindicar la noción de amenaza e insistía en que los inmigrantes y las religiones que consideraba adversas resquebrajaban el tejido de la nación. En los años 60-70, el movimiento que se llamó Nuevo Nativismo, liderado por George Wallace, el hombre que acompañó la candidatura de Barry Goldwater, el oscuro senador de Arizona. Esta fue la expresión más cabal del maccartismo, que coincidió con la depresión de 1974 a 1976. Usted debía ser un americano anglosajón de pura cepa.

Es en estas décadas que empiezan a activarse los grupos de derecha radical. Lo que se llama —y cobra visibilidad con Ronald Reagan— Nueva Derecha, es un movimiento que en esencia es populista desde el punto de vista ideológico y enarbola ideas como «no se pueden controlar las armas», «no se puede legalizar el aborto» y otros que plasman la idea de la amenaza. Eso lo hace suyo el Tea Party y de alguna manera está presente en el fenómeno Trump.

Es un mito aquello de que los Estados Unidos son la cuna de liberalismo. En realidad, el liberalismo europeo no tenía sentido en América, donde no hubo feudalismo ni existió un movimiento restaurador como el que se vio obligado a enfrentar el liberalismo en Europa. Por eso yo me adscribo al punto de vista de que el conservadurismo norteamericano nace de una matriz liberal. El liberalismo es el fondo. Por eso se parecen tanto los dos partidos tradicionales.

Rubén Zardoya Loureda: Quisiera hacer una observación relacionada con el supuesto populismo de Donald Trump, a quien, insistamos en ello, rodea una densa mitología que tiende a presentarlo como el monstruo que por fin salió de la laguna y nos va a devorar a todos. Se llega a decir que está conduciendo al mundo a un «nuevo orden global» y que, con él, la llamada globalización tocará a su fin o «cambiará de forma», como otrora se decía que si Cleopatra hubiera tenido la nariz más larga, la historia del mundo hubiera sido otra. En ambos casos, se realiza un triple salto mortal desde constataciones empíricas hijas de la inmediatez de un análisis de coyuntura elemental, hasta las determinaciones sustanciales de un proceso histórico que hunde sus raíces en el proceso de formación y consolidación del modo capitalista de producción.

En efecto, el discurso de Trump reúne muchos de los rasgos que usualmente se consideran populistas.

Pero, como expresó Luis René, él es un representante de la oligarquía financiera; y yo precisaría: de la oligarquía financiera transnacional, para la cual constituye una cuestión de vida o muerte garantizar la rotación global de su capital, ocupar todos los espacios en el ámbito planetario en los cuales pueda garantizar la reproducción ampliada de este capital. De la pertenencia de Trump a esta aristocracia de las finanzas hablan, en el plano más superficial, sus inversiones, exitosas o fracasadas, en centros turísticos, torres residenciales, hoteles y, según mencionan a diario los medios de prensa, «caparazones» creados para poseer participaciones en otras empresas o proveer protección fiscal y legal, lo mismo en Canadá, Francia y Alemania, que en Rusia, China, India, Corea del Sur, Ucrania, Bulgaria, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Azerbaiyán, Argentina y Uruguay, entre otros países. Pero de su condición de representante justo de la oligarquía transnacional, y no simplemente de la burguesía estadounidense en general, habla el mero hecho de haber accedido a la primera magistratura en un Estado monopolizado por aquella.

Si por globalización entendemos la forma más reciente que ha adoptado el proceso de universalización del proceso histórico (término acuñado por Marx y Engels en La Ideología Alemana), iniciado siglos atrás con la creación del mercado mundial y del sistema colonial del capitalismo, no me cabe duda de que la llamada «era Trump», pese a la demagogia proteccionista y las bufonadas del oligarca devenido en presidente, implicará un impulso ulterior al proceso de concentración transnacional de la riqueza, de transnacionalización desnacionalizadora del imperialismo. En ese sentido, ni imaginar que impulse (y menos aún, si intentara hacerlo, que los poderes fácticos en los Estados Unidos se lo permitan) políticas en beneficio popular que atenten en lo más mínimo contra el proceso de concentración transnacional de la riqueza y el poder y la correspondiente desnacionalización económica, política y cultural de tres quintas partes de la humanidad; concentración transnacional que constituye la esencia de la metamorfosis en curso del imperialismo contemporáneo, más allá de una u otra política económica concreta, por ejemplo, el neoliberalismo, y de todo cambio coyuntural que produzca la sustitución de una administración norteamericana por otra.

¿Es más poderoso el ejecutivo estadounidense que sus monopolios transnacionales? La pregunta es retórica y está mal planteada: a la vista está que estos monopolios, en particular, los de la industria militar, desde hace varios decenios han subordinado a su movimiento, no solo al ejecutivo sino, en general, al Estado norteamericano.

La administraciónTrump podría, con cualesquiera dificultades y costos, desconocer a la

Organización Mundial del Comercio, abandonar el Tratado Transpacífico, el Acuerdo de París sobre el cambio climático, e incluso, el Consejo de también levantar un muro que llegue al cielo en la frontera sur y expulsar del país a millones de «criminales» y «violadores» mexicanos; pero no le será posible deshacerse de la mano de obra inmigrante superexplotada que alimenta la expansión y la concentración transnacional del capital. Tampoco logrará —si lo intentara más allá de las palabras, lo cual dudo— poner fin a lo que llamó «guerras inútiles» (repárese en el adjetivo inútil) de su país, ante todo en el Medio Oriente, de donde la industria militar —la más poderosa y rentable de los Estados Unidos— obtiene sus superganancias.

Luis René Fernández Tabío: Me parece importante señalar que el objetivo de la administración Trumpes introducir cambios que, para algunos especialistas, no son posibles. Supuestamente,sería improbable retrotraer la política de globalización neoliberal porque expresa tendenciasprincipales de la acumulación capitalista.La internacionalizacióndel capital y la globalización, entendidas de modo restringido como la formación de un mercado mundial de capitales, no podrían modificarse sustancialmente, tienen una base tecnológica productiva. Pero su rasgo neoliberal sí puede ser transformado por los Estados, mediante cambios en las regulaciones, impuestos sobre las importaciones, leyes sobre inversiones, acuerdos en organizaciones internacionales, con independencia de los costos económicos y sociales que tengan para distintos países y sectores económicos. En este sentido, pienso que sí es posible ajustar el marco de regulaciones en el cual ha existido la globalización, y de hecho Trump lo ha intentado de manera enérgica desde los primeros días de su gobierno.

También el fenómeno de la inmigración es importante, el rechazo a los inmigrantes. No se trata de un asunto solamente económico, en lo que respecta al desplazamiento de la fuerza de trabajo y sus resultados sobre el empleo, las remesas y otros efectos correlacionados. El control fronterizo de inmigrantes no es una idea festinada. La esencia de la política de construcción de un muro es una expresión simple de una reforma migratoria dirigida a reducir la entrada de latinos y ciudadanos de otras procedencias, considerados hostiles a la sociedad estadounidense, como los musulmanes. El objetivo de tal política es frenar o atenuar la ruptura de elementos fundamentales de la identidad nacional de Estados Unidos, establecida no solo por los padres fundadores, sino por los pioneros que iniciaron la construcción de ese país. Como resultado de la entrada masiva de inmigrantes desde América Latina y otras regiones, los Estados Unidos han ido modificando la composición de su población —de forma más acentuada en unas que otras ciudades y Estados de la Unión— en cuanto a su composición racial, étnica, religiosa y hasta en el idioma, como ha sucedido en el caso de California y Nueva York. Aunque se considere que ese proceso continuará —y algunos consideran será inevitable en ellargo plazo—, tales políticas al menos podríanreducir el ritmo de los cambios de la sociedad estadounidense y de su identidad nacional.Por último, y no lo menos importante, lo que ha agudizado todas estas contradicciones es la crisis iniciada a finales del 2007 que, en el caso de los Estados Unidos, adquiere su máxima expresión en el 2008, y su secuela que alcanza a todo el mundo. Desde años anteriores —en parte, por las tendencias a la globalización neoliberal—,se había debilitado el lugar y el dinamismode las capas medias en esa sociedad, empleadasen las industrias tradicionales del acero,maquinarias y automóviles del llamado cinturóndel óxido, que ha sido, junto al sector de losnegocios agrícolas del centro de los Estados Unidos,el más afectado por estas políticas, que polarizanla riqueza y los ingresos, incrementan eldesempleo y ponen en riesgo la estabilidad delllamado sueño americano. Esto coincide conel hecho de que el grueso de las bases conservadorasen la sociedad estadounidense se concentraen la región central del país, en tanto lasexpresiones que las desafían, del cambio étnico,racial, religioso y lingüístico, se agrupan en lasgrandes ciudades.

Creo que la acumulación de contradiccionessocioeconómicas agudizadas por las políticasneoliberales iniciadas desde la década de 1980y extendida hasta la actualidad, está en las basesde las rupturas y ajustes en la política de laque es portador el gobierno de Donald Trump.Incluso podría considerarse la posibilidad deque la nueva administración estadounidensesignifique una nueva etapa o ciclo del imperialismo,que si bien responde a los intereses de laderecha conservadora y de la oligarquía financiera,tiene un importante sesgo nacionalista enese marco y se expresa tanto en el interior de lasociedad como en las relaciones de los EstadosUnidos con el mundo en la esfera comercial, lasinversiones directas y los flujos migratorios. Elcontinuado apoyo a los intereses de la oligarquíafinanciera es ostensible en el programa de desregulaciónde lo poco que se había realizado duranteel gobierno de Obama —como la reformafinanciera Dodd-Frank—, en el restablecimientode determinado proteccionismo asociadoa la competencia que la economía de los EstadosUnidos no está en condiciones de soportar,pero supuestamente dirigido a contrarrestar lasafectaciones que han tenido mayormente losblancos, anglosajones, mayoritariamente protestantesdel centro de los Estados Unidos. Esesector es conservador, ha visto cómo, sobre todoen la etapa de Obama, se agudizaron sus contradiccionesy problemas socioeconómicos y ahoravive con la esperanza de recuperarse o ser protegidopor estas nuevas políticas.

Trump lo violenta todo. Las elecciones delaño 2016 no tienen precedente en la historia delos Estados Unidos. Hay un sentido de cambio.

Pero el pueblo, a diferencia de lo que él plantea, no es toda la ciudadanía estadounidense, ni mucho menos la mayoría. Por cierto, ¿cuál es la ciudadanía de ese país? Aquellos inmigrantes que han aceptado asimilarse a la identidad norteamericana tradicional, que es la que  corresponde con la idea del WASP, de la que el propio Trump es portador. Por esta razón trata de favorecer a ese sector, frenando aquello (aunque no lo pueda lograr en términos absolutos) que está retando no solo intereses específicos (empleo, etc.), sino algo que es más importante para la oligarquía, para los conservadores norteamericanos: la propia identidad nacional de los Estados Unidos, en su concepción tradicional más conservadora. El de Trump es un gobierno de laoligarquía financiera, reaccionario, nacionalista, de derecha, que utiliza instrumentos, discursos y procedimientos que pueden ser asociados al

populismo como parte de su arsenal para el logro de sus objetivos, pero no es en modo alguno un gobierno representativo de la mayoría del pueblo estadounidense.

El populismo en América Latina

Germán Sánchez Otero: Me parece muy positivo que hayamos comenzado el intercambio haciendo referencia a diferentes modalidades del populismo. Por un lado, ello nos invita a buscarlos elementos comunes que puedan existir; y por otro, a destacar la singularidad de cada uno de los procesos políticos, históricos, sociológicos llamados populistas, que tienen su origen histórico en Rusia y luego se desarrollan en Estados

Unidos y en América Latina. Podríamos también hablar del populismo africano, del asiático,del europeo, sobre todo del de Europa oriental. No obstante, debemos preguntarnos por el sentido y la actualidad de este debate. Jorge y Rafael han mencionado algo importanteque ahora planteo en forma de pregunta: ¿acaso los actores de estos procesos se autodenominan populistas? En lo que respecta a América Latina, me parece que ni el justicialismo peronista, ni el cardenismo mexicano, ni el varguismobrasileño, ni el populismo de Grau San Martín o de Chibás en Cuba se autocalificaban de esa manera; no podían imaginar que, años después, sobre todo por la Sociología —más que por la Historiografía—, se trataría de generalizar con este término determinados fenómenos que tienen lugar a partir de la crisis de 1929, hasta mediados de la década de los años 1950.

En la década de los 1960, se realiza una incursión analítica para tratar de encontrar similitudes en tales procesos. En esto se empeñan incluso los teóricos de la dependencia, quienes buscan una explicación de conjunto para el subdesarrollo en América Latina. En el afán de indicar salidas a este subdesarrollo, ellos se encuentran con el populismo, sin dudas el intento colectivo más sobresaliente en el subcontinente de lograr un desarrollo industrial autónomo, y, desde él, la modernización del conjunto de la sociedad, incluido el Estado.

En el caso de América Latina, es importante acotar el término, para tratar de entender los procesos históricos que con él se designan y sacar de ellos lo que puede ser de interés para explicar fenómenos actuales. Puede resultar interesante la comparación entre los logros de estos procesos en aquellas tres-cuatro décadas y los de esta última etapa, en términos de independencia, desarrollo económico y sustentaciónen políticas populares redistributivas, asistenciales; por ejemplo, en Brasil, entre los logros del Estado Novo en época de Getulio Vargas y los del PT con LuizInácio Lula da Silva y DilmaRousseff. Sin dudas, el balance es altamente favorable hacia aquella etapa. Asimismo, los logros del populismo de Néstor y Cristina Kirchner —el más avanzado después de la salida de Juan Domingo Perón de Argentina en el año 1954—, son pálidos en comparación con los de la etapa de Perón y de Evita.

El nacionalismo burgués populista latinoamericano es un fenómeno político específico del período comprendido entre 1929 y mediados de los años 50 del siglo pasado. Es además un nacionalismo reformista, tanto en lo económico como en lo político. Ejemplos de ello son la implantación de sistemas de seguridad social y de jornadas de ocho horas, así como la concesión del voto a la mujer, no así a los analfabetos, lo cual no es casual. Esto nos permite definir procesos políticos específicos de un grupo de países, como son —ya lo decía Rafael— Argentina con Perón; Brasil, con el varguismo en sus diferentes etapas (recordemos que Getulio Vargas estuvo en tres momentos distintos al frente del gobierno de ese país; la última etapa fue la más progresista y la de más envergadura, sin desdeñar las anteriores); y en México, el cardenismo, que con Lázaro Cárdenas viene montado en el caballo de la revolución mexicana, lo cualle permite, entre otras cosas, realizar una reformaagraria que ninguno de los otros siquiera se propuso emprender.

Hay otras expresiones de nacional populismo en América Latina, muy específicas pero sumamente interesantes. Una de ellas es la cubana.

Me refiero sobre todo al proceso que deriva en el surgimiento del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Las bases ideológicas del sector juvenil del Partido Ortodoxo, que datan de 1948, constituyen una interpretación marxista de la sociedad cubana con propuestas de cambios socialistas, presentadas con un lenguaje fresco, creativo. Algo análogo apreciamos en los escritos de Víctor Raúl Haya de la Torre en Perú, quien, desde una perspectiva marxista, busca vincular la realidad de la configuración del capitalismo latinoamericano con una propuesta de soluciones que implican la transformación del sistema capitalista, hacia una meta finalmente socialista. Más adelante Haya de la Torre se derechizajunto con el APRA —que después se inscribió en la socialdemocracia y se hizo miembro de la II Internacional, hasta llegar a los extremos de un Alan García, neoliberal y corrupto—; pero en la década de los 1930 se impone reconocerlo como una de las figuras populistas importantes.

En estos países, el llamado nacional populismo casi siempre adquiere formas más radicales, tanto en términos teóricos como en sus propuestas políticas, que en los países clásicos del nacional populismo (Brasil, Argentina y México).

Es importante que nos detengamos en la dimensión económica del fenómeno en América Latina. Lo que distingue los procesos políticos llamados nacional populistas en estos tres grandes países, y también en Cuba, Perú, Chile, Uruguay y Venezuela en alguna medida, es que tienen como brújula la búsqueda de la industrialización.

Esto acarrea una acumulación de capital industrial y el surgimiento de la correspondiente burguesía. En tal circunstancia, por cierto, surge el término burguesía nacional en América Latina y la estrategia de los partidos comunistas de aliarse con esa clase social, llamada supuestamente a dirigir los procesos de cambio hacia la consolidación del régimen capitalista, para crear así las bases que permitan ulteriores revoluciones socialistas.

La Primera Guerra Mundial propició el surgimiento en Brasil, México, mucho más en Argentina, de una burguesía industrial que comienza a separarse de la oligarquía agropecuaria exportadora y a desarrollar su propio proyecto. Esta burguesía cobra mucha fuerza en las circunstancias de la crisis del 29 y de la política norteamericana del Buen Vecino, que procura evitar conflictos con América Latina y, después de la

Segunda Guerra Mundial, se plantea la tesis de la sustitución de importaciones.

Los capitales empiezan a moverse hacia el sector industrial y se verifica un fenómeno bastante rápido de acumulación e industrialización, al punto, por ejemplo, que en la década de los 1950 Argentina es autosuficiente en satisfacer las necesidades del mercado de consumo de productos manufacturados, en particular de alimentos, textiles y utensilios para el hogar, incluso automóviles y equipos agrícolas en menor escala. Este fenómeno se produce gracias al reblandecimiento de los vínculos de la dominaciónexterna; en la década de los 1920, porla crisis, y después, durante la Segunda GuerraMundial, porque los grandes capitales internacionales no están en condiciones de hacerse cargo de estos mercados.

En correspondencia, se va configurando un poder económico sustantivo que en un momento determinado, en los tres grandes países se plantea lograr el control del gobierno y sustituir a la oligarquía agroexportadora. Esto se logra en las décadas de los años 1930, 1940 y hasta mediados de los 1950, a través de los mecanismos electorales. Las burguesías nacionales emergentes se ven entonces obligadas a buscar una base social de sustentación y se plantean la modernización del Estado y de los mecanismos de acumulación y funcionamiento de la economía (nacionalización de recursos, aranceles, proteccionismo, jornada de trabajo de ocho horas, salarios elevados, sistemas de asistencia social para los trabajadores). La base fundamental es la clase obrera. No se trata de simples concesiones, sino de una necesidad de las burguesías nacionales que llegan a controlar el gobierno. Ello determina que el peronismo, el cardenismo y el varguismo sean fuerzas políticas progresistas y resulten capaces de incorporar a la clase obrera.

En varios países —en Argentina, por ejemplo— fue muy importante la emigración europea durante la Primera Guerra Mundial y los años 1930, que trae consigo una cultura específica, incluido el anarquismo y el socialismo, y contribuye a forjar una clase obrera con un alto nivel de reclamo, de exigencia y organización.

Las burguesías industriales emergentes estimulan la organización de los obreros a imagen y semejanza de sus intereses y logran el surgimiento de confederaciones sindicales que de algún modo acompañan estos procesos. El justicialismo y el peronismo, por ejemplo, tienen sus brazos sindicales.

Las políticas que impulsan estas burguesías nacionales gobernantes pueden ser resumidas en los siguientes puntos: independencia económica y política, justicia social, nacionalización de riquezas y propiedades importantes (ferrocarriles, petróleo, electricidad). Aerolíneas Argentinas, otro ejemplo, nace en esa época; y tras la invasión de Hitler a varios países europeos, Perón nacionaliza propiedades alemanas por un valor de setecientos y pico de millones de dólares de la época, con lo cual se agencia de poderosos instrumentos económicos estatales para el desarrollo industrial.

A la vez, aunque esta burguesía desplaza del poder a la oligarquía agropecuaria tradicional, aún depende de ella en buena medida y se ve obligada a establecer alianzas en desventaja transitoria. Por tal razón no se lleva a cabo una reforma agraria, ni se toca el problema de la tierra, crucial para cualquier cambio sustantivo en

América Latina. Es la vía, además, para la obtención de divisas. Porque una característica de este proceso de industrialización es que no puede ir más allá de sus fronteras. Hace crisis, entre otras cosas, por la carencia de un mercado externo y la ausencia de recursos para desarrollar el sector de la economía. No pueden desarrollar la producción de maquinaria para su desarrollo autosostenido. Se hacen algunos intentos (es el caso de Argentina y Brasil) de establecer asociacionescon países vecinos. Pero son accionesbalbuceantes que no se coronan con el éxito.

Todos estos modelos pueden ser definidos como de capitalismo de Estado: a la vez que deviene en un árbitro de los conflictos, en ellos el

Estado se agencia de importantes propiedades y pone en práctica políticas económicas de desarrollo basadas en la sustitución de importaciones.

Otra característica del populismo latinoamericano es el bonapartismo, en el sentido en que Marx utiliza este término en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Con ello se hace referencia al papel de intermediario (de bisagra, de árbitro) que tienen los gobiernos populistas entre las clases y entre los conflictos de intereses que se presentan entre estas clases (el sector agropecuario, el sector industrial emergente, los sectores populares: clase obrera, campesinado, sectores marginales).

Este papel de mediador lo desempeñan figuras carismáticas, lo cual constituye otra característica importante de los procesos populistas latinoamericanos: cada uno tiene una referencia carismática, un líder (o lideresa) político. Es una suerte de caudillismo, pero no se trata del caudillismo latinoamericano clásico, pues está sustentado en una aspiración de desarrollo y en una clase social poderosa para la época, a pesar de que no logra garantizar lo que llamamos autosatisfacción de sus necesidades económicas, es decir, impulsar el desarrollo de un capitalismo independiente. Los teóricos de la dependencia resaltan este punto y ven en ello una demostración de que en América Latina el capitalismo no puede ser independiente.

El populismo latinoamericano se caracteriza también por el policlasismo, por el hecho de que la burguesía industrial no logra nunca la hegemonía plena. Y ahí se presenta el momento de la crisis, de agotamiento del modelo en sí mismo, con el jaque mate del factor externo. El populismo aprovecha los 30-40 años de crisis yguerras del capitalismo para desarrollarse; pero después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se recompone el sistema, Estados Unidos se convierte en el imperio hegemónico y dominante a escala internacional y llega a su traspatio a poner orden.

Dos acontecimientos ejemplifican esto claramente: en 1954, Getulio Vargas se suicida en el palacio presidencial, hostigado por los gringos (una de las razones fue que dejaron de comprarle las tres cuartas partes del café) y los aliados internos de estos; y un año después, por las mismas razones, Perón tira el rey al tablero y se va del país. Vemos aquí la frustración de un proceso sin viabilidad, que solo logra desarrollar la economía sobre la base de la industria nacional hasta el límite que le permite el sistema dominante a escala internacional.

Cuando las transnacionales dirigen de nuevo la mirada hacia América Latina en busca de mercado y de desarrollo de su lógica de expansión, un sector económico importante se adecua a estas circunstancias y se da inicio a la época de las propiedades mixtas, caracterizada por la fusión del capital nacional con el transnacional.

Este desenlace se verifica de maneravirtualmente igual en los tres grandes paísesdel populismo latinoamericano.

Rafael Hidalgo: En relación con lo anterior, quisiera retomar el concepto de populismo. Si contrastamos las distintas realidades que se designan con este término, encontramos un elemento común: el papel de una noción abstracta de pueblo entendido como factor del cambio o como objeto de manipulación. A partir del análisis de las definiciones al uso, se aprecia que el elemento orgánico de la definición de populismo es el pueblo. ¿En qué sentido se da esa presencia?

Puede ser en un sentido de burda manipulación, tipo Trump, o como actor del cambio.

Si tomamos el concepto populismo a partir de ese eje, podemos llegar a diferentes interpretaciones. Otra cosa es utilizar el término para caracterizar procesos o experiencias. En ese caso estás obligado a hacer una adecuada historizacióny una contextualización para poder discriminar entre intención política y práctica política, entre desempeño del líder y capacidad de llegar a determinadas realizaciones.

Hay una operacionalización del concepto muy estructuralista, muy funcionalista, muy atemperadaa las circunstancias de cada momento. Por ejemplo, la caracterización del populismo de Enrique Krauze —el decálogo de Krauze—, está hecha a la medida para denigrar la Revolución bolivariana y resaltar lo que él considera como elementos negativos de su desempeño. O sea, el uso del concepto tiene un componente instrumental que imposibilita formular una definición general y obliga, al utilizarlo, a precisar en qué nivel del tratamiento de la realidad vamos a movernos. Germán Sánchez Otero: Esta referencia a la Revolución bolivariana me parecen muy pertinente.

En América Latina, como vimos, el populismo debe ser caracterizado como expresión de un proceso de carácter clasista, nacionalista, burgués y reformista que apela a la justicia social (lo que supone una redistribución del ingreso); busca elevar el nivel de vida de los sectores más empobrecidos y de la clase obrera en particular; tiene un componente de exaltación de la independencia económica —sostén de la clase industrial burguesa— y, asociado a esto, de independencia política, que en algunos casos, los más radicales, los lleva a expresiones antimperialistas.

En Cuba se desarrolla una variante del nacional populismo, la Ortodoxia, que nace de la revolución del 30 y hace crisis, al igual que en otros países de América Latina, en la segunda mitad de los años 1950. Este proyecto cierra con la Revolución de 1959, dirigida por la Generación del Centenario que, en gran medida, tuvo su origen en la Ortodoxia y presentó una propuesta política que se entronca con la de esta última y la supera. Es muy significativo que, a sus veintiún años, Fidel Castro forme parte de este espectro político, muy avanzado en su tiempo. Entronca con Martí y sintoniza con Chibás, porque este también apela al nacionalismo y al antimperialismomartiano. La radicalización de la propuesta nacional reformista ortodoxa (léase populista) cubana conduce al desarrollo de un proyecto revolucionario alternativo, que fue el que triunfó históricamente.

A partir del triunfo de la Revolución cubana resulta ya imposible levantar de su sepulcro alpopulismo; pues este tiene su fuente nutricia en determinadas condiciones, a las que hicimos referencia, a partir de las cuales puede nacer, evolucionar y desaparecer. Pueden aparecer expresiones, formas, estilos, pero sustancialmente, desde el punto de vista histórico, estructural, clasista, el populismo dejó de tener viabilidad en este continente. Por ejemplo, João Goulart es una patada de ahogado; trata de rencauzar el varguismo —del cual proviene—muestra una actitud positiva hacia la Revolución cubana (el Che conversa con él). Sin embargo, ya no existe un terreno fértil para reimpulsar el populismo; la burguesía se ha entregado a las transnacionales.

En relación con el proceso bolivariano, en la primera etapa encontramos elementos ambiguos que suscitan la percepción equívoca de que es populista. Hugo Chávez es militar como Perón, busca la justica social, tiene una propuesta policlasista—siempre la tuvo, incluso luego de declararse socialista—, trata de convertirse en árbitro del conflicto social y hasta asegura que va a salvar a Venezuela de una hecatombe, porque lo que se avecinaba en ese país era un pase de cuenta de los humildes, por la vía de la violencia, que iba a ser un gran desastre para los pudientes. Por consiguiente, adopta una postura de intermediario, bonapartista quizás. Ahora, él tiene también características muy diferentes de las de Perón. Como este, parece adoptar en un momento la idea de la tercera vía, y procura encontrarse con el primer ministro de Gran Bretaña de entonces —Tony Blair—, quien sostenía esta variante de manera demagógica. Pero esto no pasó de ser un rejuego político de Chávez en la coyuntura y, en parte, un desliz que él rectifica pronto, en los primeros meses de 1999. La propuesta de Chávez es muy diferente a la de Perón. Primero, está afincada en la historia  de este continente, en el bolivarianismo. Esto es muy importante, pues ninguno de los populistas apela a la historia, y menos de la manera en que lo hace Chávez. Luego —y esto es definitivo—, el líder bolivariano no representa los intereses de la clase industrial, que por demás no existe en Venezuela. El capital que domina allí es el transnacional y los capitales venezolanos existentes, o se asocian con este, o son medianos que tratan de salir adelante, y Chávez los incorpora, los suma al proyecto, les da créditos,pero no se somete a ellos. Él tiene un proyectode cambio autónomo que descansa en unapropuesta de transformación del capitalismo,aunque no lo exprese de esa manera en una primeraetapa. Pues una característica muy importantesuya es que sabe por adelantado lo que vaa hacer y no lo dice hasta el momento oportuno.El 16 de abril de 2001, nos confiesa en privadoal compañero Osvaldo Martínez y a mí que seproponía proclamar el socialismo en Venezuelaantes de morir. Y así hizo casi cuatro años después,con un enfoque creativo y realista.

Lo mismo puede decirse de su posición antimperialista.El barinés es antimperialista desdejoven. Sin embargo, el término imperialismo nolo emplea hasta principios de 2004, pese a queen los dos años anteriores había tenido continuaspugnas con el presidente Bush, atacándolopor los flancos para desdibujarlo ante el pueblovenezolano, de modo que este fuera conociendoal imperialismo a través de acciones determinadasenfiladas contra los intereses populares. Perollega un momento, el 29 de febrero del 2004, enque declara que el proceso bolivariano es antimperialistay explica por qué. Ese cuerpo político,ese proyecto de transformación económica, decambio del Estado, de darles poder a los pobres,que rehúye en asistencialismo y la manipulaciónde los desposeídos, se ubica y avanza en el terrenode una revolución social auténtica.

¿Qué son, por ejemplo, las misiones sociales?

La búsqueda de instrumentos al margen delEstado, la creación de un Estado paralelo, independiente,que entra en tensión con el Estadotradicional (no hay otra forma, es la transición).Chávez lo va haciendo de manera consciente, leva dando cada vez más poder al pueblo organizado,con el fin de crear un sistema de poderpopular —de consejos comunales, comunas,etc.— o, como en ocasiones expresó, un Estado comunal, que a la larga le diera el golpe de graciaal Estado burgués.

En resumen, por su naturaleza, por sus orígenes,por su propuesta, por su líder, el proyectorevolucionario bolivariano de ninguna maneratiene que ver con el populismo de los años 1950.

Es una alternativa revolucionaria que avanzapor etapas, que deriva hacia una definición socialista,como única solución a las aspiracionesde justica social, democracia auténtica, independenciay soberanía.

 

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