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Límites históricos y crisis de la socialdemocracia en Europa

En octubre de 2016, convocados por la revista Cuba Socialista, investigadores de diferentes especialidades se reunieron para dialogar sobre la crisis de la socialdemocracia europea y sus límites históricos. Desde un inicio se consideró que era redundante, al hablar del origen y período de auge, aludir a su carácter europeo, no así al definir su momento de crisis, y se establecieron tres tópicos:

  • Orígenes y primera etapa de la socialdemocracia
  • Auge de la socialdemocracia
  • Crisis de la socialdemocracia en Europa

Asistieron el doctor Eduardo Perera, historiador y presidente de la Cátedra Jean Monnet de Estudios Europeos de la Universidad de La Habana; Noel Carrillo, funcionario del Departamento de Relaciones Internacionales del Comité Central del Partido; Raynier Pellón Azopardo, historiador, investigador del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI); el doctor Román García Báez, economista, asesor del Ministerio de Educación Superior; y el doctor Rubén Zardoya Loureda, filósofo, profesor y presidente del Consejo Científico del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU). La trasncripción, corrección y edición del debate estuvo a cargo del doctor Rubén Zardoya Loureda.

 

Rubén Zardoya Loureda: Me parece acertado que emprendamos un recorrido histórico como preámbulo necesario para abordar el tema de la crisis o el declive actual de la socialdemocracia europea. Podríamos discutir sobre el rigor o la conveniencia de la periodización propuesta, muy recurrente en la literatura especializada; pero creo que esta no anda muy descaminada.

El primer período es el de los orígenes y está directamente vinculado a la formación y consolidación del marxismo, el anarquismo y otras corrientes políticas anticapitalistas. El primer partido socialdemócrata, el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, fue fundado en 1869 por Wilhem Liebknecht y August Bebel, bajo la influencia del marxismo —es decir, de la obra y la práctica revolucionaria madura de Marx y de Engels—, y también del pensamiento de Ferdinand Lasalle, quien veía en la conquista del sufragio “universal” (en realidad masculino) el principal objetivo de la lucha de la clase obrera por su emancipación. Ustedes recordarán cómo se intentó conciliar ambas tendencias en el célebre Programa de Gotha, que recibió una crítica contundente de Marx. En cualquier caso, esta era la organización política de los trabajadores alemanes, el partido socialista de la clase obrera, en particular, del proletariado industrial, al que se consideraba el “sepulturero” del capitalismo.

Por socialismo no se entendía aquí, como luego se quiso ver, un modo de redistribución de la riqueza, sino, ante todo, un modo de producción basado en la socialización de la propiedad. El partido socialdemócrata se pronunciaba de forma  explícita por la revolución social, en el supuesto de que el capitalismo no puede ser sustancialmente modificado, es decir, transformado en socialismo, mediante reformas sucesivas. Para ello se requería de la violencia revolucionaria, la violencia de los oprimidos contra la violencia de los opresores, institucionalizada en la forma de Estado. Primaba entonces la idea de que el aparato estatal —como decían Marx y Engels— es un comité representante de los intereses de la clase dominante y en modo alguno un órgano de conciliación de intereses contrapuestos o un padre protector de la ciudadanía de una u otra nación. Para conquistar —y destruir— esta maquinaria de violencia y realizar una revolución socialista, se hacía necesario organizar la rebeldía de las clases oprimidas o subalternas. Esta era la misión del partido obrero socialdemócrata.

Entre 1869 y 1898, tiene lugar un proceso intenso de desarrollo de la socialdemocracia como una fuerza política singular de alcance europeo. En este periodo, van apareciendo partidos socialdemócratas en Dinamarca, Bélgica, Noruega, Austria, Suecia, Hungría, España. En 1898 surge el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSR), uno de los grandes protagonistas del siglo XX.

Por supuesto, no se trataba de organizaciones uniformes desde el punto de vista político e ideológico, ni lo eran tampoco en su interior. Ya el Manifiesto del Partido Comunista, publicado en 1848, daba cuenta de la diversidad de corrientes socialistas existentes en la época y deslindaba los campos entre ellas y la Liga de los Comunistas, a la cual Marx y Engels se habían integrado. La hegemonía del marxismo dentro de este heterogéneo movimiento —manifiesta en la preeminencia conquistada por Marx en la Primera Internacional— fue el resultado de una enconada lucha ideológica, particularmente aguda, en una primera etapa, entre anarquistas y marxistas, y a partir de los años 90, entre reformistas y revolucionarios. Pese a la diversidad de interpretaciones del pensamiento de Marx, aún en 1889, al fundarse la Segunda Internacional bajo el liderazgo de Engels, el marxismo revolucionario era la corriente de pensamiento dominante en el movimiento socialista.

Muy pronto cambiaría el panorama a favor de las ideas reformistas. Ello estuvo condicionado por varios factores: primero, a virtual desarticulación del movimiento obrero radical, que había comenzado con la derrota de la revolución de 1848, extendida a buena parte de Europa, y de la comuna de París en 1871, con las consecuentes oleadas represivas; segundo, el impetuoso desarrollo capitalista asociado a la llamada segunda revolución industrial, verificado sobre todo en los países del norte y el centro de Europa, en los que comienzan a mejorar las condiciones de vida de buena parte de la clase obrera y a abrirse espacios políticos pacíficos para su organización en pos del derecho al voto y de mejoras en el ámbito laboral; y tercero, vinculado a los dos puntos anteriores, el auge de las ideas electoralistas de Lasalle, quien, por cierto, había muerto de forma prematura en 1864 —con apenas 39 años de edad—, dos años antes de que en Alemania se estableciera el derecho al voto para todos los hombres y de que el Partido Socialdemócrata de ese país, controlado por sus seguidores, lograra elegir diputados al parlamento.

Me parece importante destacar que esta mejoría en las condiciones de vida de la clase obrera en los países europeos de mayor desarrollo capitalista creó el espejismo de que la historia había desmentido las previsiones de Marx acerca de que la tendencia general del proceso de acumulación capitalista apunta a la superproducción relativa de población y a la depauperación creciente de las clases trabajadoras. En efecto, los obreros escandinavos, alemanes, austriacos, ingleses, parte importante de los belgas y franceses, o los italianos del norte, habían comenzado a vivir en condiciones muy superiores a las que, por ejemplo, describían Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra, Charles Dickens en Oliver Twist y Mark Twain en El príncipe y el mendigo. Esta, sin embargo, es también la época de las bestialidades del colonialismo —inglés, francés, holandés, belga, español, portugués, italiano, japonés, norteamericano— en China, la India, Indochina, Corea, Australia, Nueva Zelanda, el Medio Oriente, casi toda África, las Antillas e, incluso, el oeste de lo que hoy conforma el territorio de los Estados Unidos. Pero el eurocentrismo de los críticos de Marx les impedía tomar en consideración lo que Hegel llamaba “pueblos sin historia” y percibir que, en medida significativa, se había producido una exportación de las contradicciones entre el capital y el trabajo desde el interior de las naciones capitalistas hacia el ámbito de las relaciones entre el mundo metropolitano y el mundo colonial, crecientemente superpoblado y depauperado, en el que se verificaban ahora con crudeza los efectos polarizantes de la ley general de la acumulación capitalista. Mientras los campesinos indochinos morían por cientos de miles a causa del trabajo semiesclavo, el alcoholismo y la drogadicción —inducidos estos últimos con fines de dominación—, en Europa llega a formarse una genuina aristocracia obrera, que Lenin identifica con rigor, y de manera más general, el proletariado europeo comienza a beneficiarse de la explotación de las colonias.

Ahora bien, si “el mundo” es Europa y en esta los obreros cada día “viven mejor”, ¿qué necesidad existe de urdir conspiraciones, impulsar movimientos revolucionarios, levantar barricadas, desatar rebeliones y encharcar Europa con sangre? Supuestamente, [1] las posiciones socialdemócratas pueden fortalecerse, desarrollarse e, incluso, imponerse como dominantes en la sociedad a través de la lucha electoral y parlamentaria; [2] es posible transformar el capitalismo de forma progresiva y pacífica, mediante reformas; más aún, [3] la emancipación del proletariado es factible en los marcos de la sociedad capitalista, siempre que se cuente con un Estado distribuidor, regulador, capaz de controlar los procesos productivos, poner coto a los desequilibrios del mercado, proteger al trabajador y a su familia, canalizar créditos hacia los pequeños productores y garantizar la democratización progresiva de la sociedad. Desde este punto de vista, la tarea de las fuerzas socialistas consiste en conquistar mediante el voto la mayor cuota de poder estatal posible, sobre todo el poder legislativo, de forma tal que resulte factible dictar leyes en beneficio de “los más débiles” e ir socavando desde dentro los cimientos de la desigualdad social. Por esta vía no solo se va mellando el filo revolucionario y propiamente socialista de la socialdemocracia, sino también se produce un notable retroceso en su proyección internacionalista. Aunque esta socialdemocracia aún se llama a sí misma marxista, y como norma, considera que su nueva concepción del mundo constituye una adecuación del pensamiento de Marx a las circunstancias cambiantes del capitalismo europeo, se ve obligada a revisar los fundamentos teóricos del socialismo, incluidos conceptos clave de la concepción materialista de la historia y la teoría marxista de la revolución social, como lucha de clases, socialización de la propiedad y revolución en el modo de producción. Este género de revisión del pensamiento marxista clásico se conoció como revisionismo. Eduard Bernstein, el teórico más importante de esta tendencia, fue criticado con dureza por la mayoría de los partidos socialdemócratas de la época. No obstante, a la larga, su pensamiento fue el que ejerció mayor influencia sobre lo que posteriormente se conocería como socialdemocracia. Cabe apuntar que el término revisionismo, en boga, según Bernstein desde 1903-1904, fue asumido por él como adecuado para designar a los socialistas que adoptan una “posición crítica respecto a la teoría tradicional de la socialdemocracia”.

Entrados los años 90 del siglo XIX, la mayoría de los partidos socialdemócratas europeos sustituye de forma explícita la estrategia insurreccional, vigente desde el Manifiesto del Partido Comunista, por la lucha político electoral, y ve en el parlamento el instrumento idóneo para transformar el capitalismo. Solo el movimiento anarquista rechaza esta estrategia. Para el marxismo revolucionario, en particular, para el propio Engels (y luego para Lenin), la participación en las elecciones y la utilización de formas parlamentarias de lucha se presentan como medios para la acumulación de fuerzas con vistas a la revolución social anticapitalista. Su llamado es a combinar todas las formas de lucha, legales e ilegales, en aras de la emancipación del proletariado.

Sin embargo, las posturas que predominaron en los partidos de la Segunda Internacional fueron netamente reformistas. Ello motivó a Lenin a redactar un número importante de trabajos, el más conocido de ellos “La bancarrota de la Segunda Internacional”, de 1915, en los que somete a una crítica sin cortapisas lo que llama renegación, abjuración, apostasía y traición de los principales líderes de esta asociación. La gota que colmó la copa fue el hecho de que el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), líder indiscutible de la Internacional, votara en bloque —con la heroica excepción de Karl Liebknecht, fundador poco después, en 1916, de la Liga Espartaquista, junto a Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin— por la “defensa de la patria”, a favor de los créditos para la guerra imperialista, que pronto sería llamada Gran Guerra, y luego, Primera Guerra Mundial, y que lo mismo hicieran la mayoría de los partidos socialdemócratas de la época. En esta coyuntura, la postura de Lenin y el Partido bolchevique fue la de convertir la guerra imperialista en guerra civil del proletariado de cada nación contra su propia burguesía.

Un momento de extraordinaria importancia en relación con los hechos que resumimos —probablemente el más interesante y, a la larga, el más relevante— fue la escisión del POSR en 1903. La discusión comenzó por cuestiones organizativas, pero en el fondo lo que se debatía era la concepción de la revolución socialista que habría de guiar la lucha. Dos fracciones emergieron entonces como una suerte de anuncio de lo que ocurriría después con la socialdemocracia a escala europea y, andando el tiempo, universal: la de los bolcheviques y la de los mencheviques. Con el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917, a propuesta de Lenin, el partido bolchevique en el poder abandona definitivamente el rótulo de socialdemócrata, totalmente desprestigiado desde la óptica de los revolucionarios rusos y, haciendo honor a una tradición marxista que venía desde mediados del siglo XIX, asumió en 1918 el nombre de Partido Comunista de Rusia (bolchevique), rebautizado luego de la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como Partido Comunista de la Unión (bolchevique) y, en 1952, como Partido Comunista de la Unión Soviética. Esta etapa, que abre en 1869, cierra simbólicamente en 1914 con el voto a favor de los créditos de la guerra, y sobre todo en 1917, con la condena a la Revolución de Octubre, a la que desde las tribunas de la Segunda Internacional se llamó “precipitada”, “adelantada”, “fuera de lugar”, “contraria a la lógica objetiva del proceso histórico”, realizada, en fin, en un país sin el necesario desarrollo del capitalismo y, correspondientemente, de las fuerzas productivas, y sobre todo, sin la cultura requerida para emprender la construcción socialista, en correspondencia con lo que ellos entendían como “marxismo ortodoxo” —en realidad un marxismo economicista, fatalista, que relegaba a un segundo plano el papel de la subjetividad revolucionaria a favor de supuestas leyes históricas universales e ineluctables—. El líder de esta cruzada antibolchevique fue Karl Kautsky, quien desde inicios de siglo se había enfrentado tanto al revisionismo de Bernstein como a las “desviaciones de izquierda” de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Así pues, lo distintivo de la etapa que hemos llamado originaria, es la acumulación de premisas para la escisión, y luego la propia escisión, entre las dos principales corrientes de pensamiento y acción que se configuraron en el interior de la socialdemocracia: la bolchevique y la menchevique, la revolucionaria y la reformista, la comunista y la socialdemócrata, en el sentido ya estrecho de este último término, asociado al evolucionismo, el parlamentarismo y el pseudopacifismo (que condena a los revolucionarios por invocar a la insurrección, en tanto apoya la guerra imperialista).

Hacia 1917, bajo el influjo de la Revolución de Octubre, comienza a cerrarse esta etapa a lo largo y ancho de Europa. No es esta aún la época de la socialdemocracia clásica. Si entendemos por forma clásica aquella en que la esencia del asunto se identifica de la manera más plena con su apariencia (con su expresión fenoménica), debemos reconocer que la socialdemocracia solo alcanza esta expresión una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando el capitalismo entra en la llamada época dorada —la de la expansión de sus fuerzas productivas, asociada, entre otros factores, a la reconstrucción de Europa— y ella puede ostentar su singular fisonomía, cualitativamente diferente, tanto de los partidos comunistas como de las organizaciones partidarias francamente burguesas. Entre 1917 y 1945 transcurriría un intenso proceso de maduración de esta nueva cualidad.

Eduardo Perera: Creo que se ha hecho una introducción exhaustiva del tema. Yo quiero apuntar, precisar o matizar algunas ideas que me parecen importantes.

Al hablar del surgimiento de la socialdemocracia es necesario que nos refiramos a la etapa que está viviendo el capitalismo en esos momentos. Es el último tercio del siglo XIX, la época del surgimiento del imperialismo, en la que tiene lugar una agudización violenta de las contradicciones de clases en el interior de los países, con un nivel muy importante de internacionalización del capital, que hace que un movimiento como el socialista se expanda muy rápidamente por el territorio de Europa.

Por otra parte, creo que la socialdemocracia nunca fue ortodoxa. Yo utilizo la palabra “ortodoxia” en el mismo sentido que Zardoya, quizá con un matiz: ortodoxo es aquello que es fiel a la doctrina. Desde su propio surgimiento, la socialdemocracia se manifestó como una tendencia diferenciada dentro del movimiento socialista, que se correspondía no solo con una forma distinta de interpretar la realidad que vivían los países capitalistas europeos, sino también de la manera de transformar dicha realidad, lo que implicaba una reinterpretación de lo que podríamos conceptuar como la doctrina original del marxismo. Ello, sin contar que el movimiento socialista era heterogéneo desde sus orígenes y que muchas de las corrientes que convivían en su seno no solo revisaban la doctrina, sino que incluso estaban en desacuerdo con algunos de sus elementos esenciales, aunque compartieran varias de sus ideas y principios generales.

Lo anterior no solo tenía que ver con la interpretación de la doctrina, sino también con el origen de las distintas formaciones que hoy coexisten e identificamos como socialdemócratas, y que abarcan esencialmente, por su denominación, a los partidos políticos socialistas, a los propiamente socialdemócratas y a los laboristas. Todos ellos tienen en común su renuncia al marxismo como basamento teórico —o al menos a los postulados marxistas de la lucha de clases y la transformación revolucionaria del capitalismo— y su carácter social-reformista y, por ende, prosistémico, lo que los diferenció sustancialmente de los partidos comunistas surgidos después de 1919, a pesar de su tronco común.

Esta diferenciación de la socialdemocracia fue muy rápida y coincido en que la alemana destacó enseguida como la más influyente a escala internacional. De hecho, surge a finales del siglo XIX y principios del XX en el seno del movimiento obrero y el socialismo, muy influida por las tesis revisionistas del marxismo de Eduard Bernstein en el SPD, el primero de su tipo, que habiendo sido fundado como un partido obrero de ideología marxista, se convirtió rápidamente en un partido reformista muy influyente y en el líder de la Segunda Internacional. El origen está allí.

No se puede desconocer la influencia que tuvo en este proceso la política que implementó el canciller Otto von Bismarck. El llamado “canciller de Hierro” combinó el ejercicio del autoritarismo y la represión, centrado en frenar al movimiento obrero alemán con la aprobación de las Leyes Antisocialistas, mediante las cuales se ilegalizó al SPD durante más de una década, con la aprobación de una legislación social avanzada para su época, que partiendo de la Ley del Seguro de Enfermedad y de la implementación del seguro obligatorio, dio paso a lo que hoy conocemos como seguridad social. Así, de manera paradójica, la tradición de la seguridad social en Alemania y gran parte de Europa se debe más a Bismarck que a la socialdemocracia. Lógicamente, lo que hizo Bismarck fue hurtar o usurpar aspectos de la propuesta social de la socialdemocracia en una situación nacional explosiva, por necesidades prácticas de su política, una práctica reiterada por otros gobiernos no socialistas, tanto en el período de entre guerras, como después de la Segunda Guerra Mundial. Una especie de política “de la zanahoria y el garrote”, aunque el término no provenga precisamente de ahí. A pesar de esto, la socialdemocracia alemana siguió y sigue siendo la parte más influyente de lo que pudiéramos considerar el movimiento socialdemócrata.

Coincido en que lo que más rápidamente puso en evidencia el carácter reformista de la socialdemocracia fue su desempeño en la Segunda Internacional. En mis clases de Historia Contemporánea, yo insisto mucho en la necesidad de leer los trabajos de Lenin al respecto, porque permiten comprender lo agudo del debate ideológico en la época. Pero, además de esto, fue la propia Revolución de Octubre y el surgimiento de los partidos comunistas el hecho que provocó lo que alguna literatura llama el “cisma del movimiento socialista”. La división existía ya, como se desprende de lo dicho hasta aquí; lo que hizo fue concretarse en una serie de formaciones políticas que, a partir de entonces, representaron un ala de la izquierda claramente antisistémica, frente a una socialdemocracia que se repliega cada vez más hacia el reducto del reformismo. Ahí se encuentra la línea divisoria que marca la ruptura entre el movimiento socialista y el comunista, y que los convierte en enemigos casi inconciliables. Un refrán reza que “no hay peor cuña que la del mismo palo”: salieron los dos del mismo tronco y, sin embargo, en determinadas coyunturas a ambas fuerzas les puede resultar más fácil establecer un acuerdo con una formación de derecha que hacerlo entre sí. Las dos se consideran en el derecho de criticarse, de darse lecciones mutuas y de establecer pautas tomando como base sus posiciones opuestas ante un fundamento ideológico que dejó de ser común.

Otro punto que quisiera tratar es el referido a la utilización del término “socialdemocracia clásica”. Me resulta difícil atribuir este calificativo a la socialdemocracia, teniendo en cuenta su diversidad interna, incluso en el período de los famosos “treinta años dorados del capitalismo”, después de la II Guerra Mundial, que algunos llaman la “etapa de oro de la socialdemocracia”. Pienso que esto no es exacto y que solo es explicable a partir del consenso social de posguerra, enfocado en la reconstrucción y recuperación de las devastadas economías europeas y, por supuesto, en evitar problemas sociales como los que habían gravitado sobre ellas en el período de entreguerras —el desempleo en particular—. Lógicamente, esta voluntad es inseparable del contexto determinado por la guerra fría, y por la necesidad del bloque occidental, liderado por Estados Unidos, de mostrar sus ventajas en la competencia económica y social con los países del bloque del Este, liderado por la URSS, así como de contrarrestar la enorme influencia ganada por los partidos comunistas en los escenarios nacionales de los países europeos, debido a su papel en los movimientos de resistencia y al de la Unión Soviética en la victoria frente al fascismo.

Por otra parte, la socialdemocracia salió un tanto maltratada de la II Guerra Mundial. Como dije antes, la Unión Soviética resultó legitimada por su victoria en esta guerra. Y el comunismo salió fortalecido de esto y de que, en su mayoría, los movimientos de resistencia que hubo en Europa tenían un componente comunista muy fuerte. Sin negar su papel al frente del movimiento, De Gaulle se encontraba en Londres, mientras en Francia los comunistas estaban directamente en el frente de batalla de la resistencia. En Yugoslavia, había dos movimientos de resistencia, pero el que triunfó fue el de Tito, que lideraba a los comunistas. Algo análogo ocurrió en Italia. La gente percibió eso, que se reflejó en la importancia electoral —acallada posteriormente mediante medidas activas resultantes de la guerra fría y errores cometidos por dichas fuerzas— que adquirieron partidos comunistas como el francés y el italiano.

¿Dónde estaba la socialdemocracia en la II Guerra Mundial? Eric Hobsbawm, historiador marxista al que admiro mucho, explica muy bien esto: la socialdemocracia estaba como los osos en hibernación. No es que no hayan participado; hubo elementos socialistas que jugaron su papel. Pero la visibilidad que tuvieron los comunistas en el movimiento de resistencia no la tuvo jamás la socialdemocracia. A lo anterior cabe añadir que algunos de los partidos que la integraban, como el que estaba en el poder en Suecia, de algún modo colaboró con la Alemania fascista, al comerciar con ella en su condición de país neutral en la guerra. En el caso de Dinamarca ocurrió algo semejante. En Noruega, donde había un gobierno colaboracionista, la socialdemocracia tampoco aportó mucho por la liberación.

Al finalizar la guerra, los partidos socialdemócratas comenzaron a incorporarse a los gobiernos de coalición tanto de Europa Occidental como de Europa Oriental, y empezaron a sacar ganancias políticas de esos gobiernos, a partir del rédito que estos tenían, por la presencia comunista y de otras fuerzas que habían tomado parte activa en el movimiento de resistencia.


Ocurre que en sus programas políticos (en aquella época se podía hablar de una socialdemocracia programática; la de ahora ya ni siquiera lo es, es totalmente electoralista), la socialdemocracia era portadora de un proyecto ideológico, que aunque no era de transformación social radical, sí era redistributivo, de lucha contra el desempleo, de mejoras sociales. Y hubo en la etapa de la posguerra un consenso que permitió que el Estado de Bienestar pudiera prosperar sin oposición por parte de los gobiernos. En algunos lugares, la socialdemocracia estaba en coalición; en otros, como en los países nórdicos, estaban en el gobierno, y en otros, en la oposición. Willy Brandt, por ejemplo, accedió al gobierno en Alemania en 1966, como parte de una gran coalición con los demócrata-cristianos.

Pero prácticamente todos los gobiernos que hubo en Europa desde 1945 hasta bien entrados los años 80, e incluso después, eran de derecha, y muchas veces, cuando había fuerzas de izquierda, estaban en coalición. Lo que ocurre es que las condiciones que la guerra creó en Europa generaron una nueva usurpación a la socialdemocracia de aquellas propuestas que le eran más afines. Esto, por supuesto, es una forma de decir. Aquí cuentan la influencia de los comunistas, la propuesta social de demócratas y social-cristianos y el espíritu y las necesidades de la época. Y cuenta también la necesidad del sistema de prevenir la conflictividad social y el avance del comunismo.

Así, si se examina el panorama continental es posible percatarse de que en Francia, la Cuarta República evolucionó precariamente en un marco de inestabilidad política dominado por la guerra colonial en Argelia, con 22 gobiernos en un lapso de 11 años, de los cuales la mayoría fue de derechas. Luego, en 1958, Charles de Gaulle inaugura la Quinta República, que fue escenario de gobiernos puramente conservadores hasta 1981. Por primera vez se habló de cohabitación entre izquierda y derecha en los años 80, con Mitterrand. Pero hasta el año 81, en Francia hubo plenos gobiernos de derecha.

Situaciones parecidas se aprecian en muchos otros países: Alemania Occidental de 1949 a 1966 y de 1982 a 1990; Reino Unido de 1951 a 1964, de 1970 a 1974 y de 1979 a 1997; Italia desde 1946 hasta 1964, de 1971 a 1978 y de 1985 a 1999; Bélgica de 1949 a 1954, de 1958 a 1973 y desde 1974 hasta 1999; Holanda de 1945 a 1948, de 1959 a 1973 y de 1982 a 1994, y Luxemburgo, desde el fin de la guerra hasta los 90.

En esa época, los gobiernos socialdemócratas estaban prácticamente reducidos al área nórdica de Europa y básicamente a Suecia, un país donde, desde mediados de los años 30, la socialdemocracia había controlado el ejecutivo sin alternancia, y fue reelecta una y otra vez, hasta los años 80. En esas condiciones, la socialdemocracia sueca construyó un modelo propio de Estado de Bienestar que se convirtió en paradigma regional y mundial. Esta situación tuvo diferencias con la del resto de Europa.

La propia Comunidad Económica Europea surge en un escenario político dominado por la democracia cristiana, corriente a la que pertenecía una buena parte de sus padres fundadores: Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi, Robert Schuman, Walter Hallstein.

De este modo, podría decirse que el consenso en torno al Estado de Bienestar no solo ayudó a darle cierto realce a la socialdemocracia, sino además a “someterla”, en el sentido de encarrilarla aún más como una fuerza prosistémica, o sea, como una fuerza que simplemente intenta maquillar el sistema, no transformarlo totalmente.

Román García Báez: Me gustaría añadir a lo expresado que el fundamento económico de las posiciones reformistas de la socialdemocracia europea radica en el nivel cada vez mayor de socialización de la producción característica del capitalismo industrializado como la fusión de procesos aislados de producción en el interior de una empresa y de diferentes ramas de la economía, en un solo proceso social, tanto a escala nacional como internacional. Esta determinación nos permite comprender la diferencia de principio existente entre el marxismo leninismo y la socialdemocracia.

Entre nosotros, la categoría socialización se asocia, con razón, a la contradicción fundamental del capitalismo, descubierta por Marx: la existente entre el carácter cada vez más social de la producción y el carácter cada vez más privado de la apropiación. Ese carácter de la producción capitalista que la hace ser “cada vez más social”, la diferencia radicalmente de los modos de producción precedentes basados en la explotación del hombre por el hombre. Por supuesto, el trabajo y la producción siempre han tenido un carácter social, pero no ocurre lo mismo con el proceso de producción en el interior de cada entidad aislada. Como demuestra Marx, es la revolución industrial la que confiere, por primera vez en la historia, un carácter social al proceso productivo. Con la gran industria maquinizada, se introducen elementos técnicos que revolucionan la producción y hacen que la interdependencia entre los diferentes departamentos de una fábrica se convierta en una condición sine qua non del proceso productivo, tanto desde el punto de vista técnico, como económico y social. Esta interdependencia se verifica, primero, entre los eslabones económicos en el interior de una empresa, después en el ámbito de la nación y, por último  —con el surgimiento y desarrollo de los monopolios internacionales—, a escala internacional. En esto consiste la socialización real de la producción y la base última de todos los cambios económicos, sociales y políticos que se verifican en el capitalismo.

Lo que se consolidó con la ruidosa, maloliente y explotadora fábrica inglesa de mediados del siglo XIX, se potenció después con la sucesivas revoluciones científicas y técnicas, el capitalismo monopolista de Estado y la actual globalización cuasi neoliberal, que en mi criterio, constituyen niveles diferentes de socialización de la producción y del capital a través de los cuales se van creando las premisas de la futura propiedad social.

Para el marxismo, la contradicción entre estos niveles tan elevados de socialización de la producción y el carácter en extremo privado de la apropiación tiende a hacerse insostenible en términos económicos y sociales, lo cual crea la posibilidad y la necesidad de la revolución socialista. Desde esta perspectiva, lo decisivo es que la propiedad cambie de manos. La emancipación efectiva de la clase obrera solo es posible mediante la apropiación de todas las fábricas, no de una o de una parte de ellas. A esto está asociada la idea de que el capitalismo, al crear sus propias bases —la gran industria— incuba, a la par, a su propio sepulturero.

Para la socialdemocracia, en cambio, aunque sus ideólogos lo expresen de otra manera, el nivel de socialización alcanzado es ya el socialismo, no hay necesidad de realizar una revolución y la tarea consiste —como un acto de beneficencia o caridad a escala social— en  lograr una redistribución más justa de la riqueza, o con más precisión, de aquella parte de la plusvalía que no va directamente al bolsillo de los compradores de fuerza de trabajo, respetando las reglas de juego del “capitalismo exitoso”. Como se ha señalado aquí, en términos históricos, esta visión, configurada en la época de tránsito del capitalismo a su fase superior, el imperialismo, encuentra las condiciones necesarias para plasmarse en la realidad de los países capitalistas desarrollados durante el período económico expansivo desatado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Noel Carrillo: Eduardo decía que el auge de la socialdemocracia no tiene lugar inmediatamente después de la II Guerra Mundial y ponía varios ejemplos de gobiernos europeos en los que la socialdemocracia no estaba en el poder. Y es cierto, a veces se confunde el auge de las ideas reformistas socialdemócratas, de las que los países nórdicos eran la avanzada, con el auge de los partidos socialdemócratas como tales, en tanto partidos gubernamentales. Creo que eso responde a una necesidad histórica del capitalismo europeo, que percibía la amenaza real que suponía el comunismo para él. No se trata únicamente de la participación de los comunistas en la resistencia y de su correspondiente visibilidad, sino que se había creado un campo socialista que empezó a desarrollar un modelo diferente de sociedad, sustentado en los ideales originales que alguna vez compartió la socialdemocracia. Había que enfrentar eso con algo. Por eso, en mi opinión, surgen lo sistemas de Estados de Bienestar Social en Europa, lo cual no tiene lugar de la misma forma en los Estados Unidos. Son Estados que redistribuyen la riqueza, que crean un sistema de bienestar, con beneficios incluso para los trabajadores; pero que también redistribuyen —como decía Zardoya— riquezas de sus colonias, es decir, expoliadas al Tercer Mundo. De ahí la posibilidad de crear una aristocracia obrera. En resumen, el auge de las ideas socialdemócratas obedece a una necesidad del sistema. Después vendrían los gobiernos.

Rubén Zardoya Loureda: Pienso que los términos auge y forma clásica tienen sentido en nuestro debate. El vocablo auge no se utiliza aquí con un significado meramente cuantitativo; antes bien entraña una cualidad o, quizá mejor, un estado determinado de la realidad en cuestión y una relación específica con su entorno que propicia su vitalidad, su pujanza, su apogeo. Así, al hablar de auge de la socialdemocracia en Europa en el periodo comprendido entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y finales de los años 70 del pasado siglo, que marca una segunda etapa en su desarrollo, no se supone que la mayoría de los gobiernos en los diversos países del continente haya sido conquistada por partidos de esta orientación política, sino se constata que en ese periodo tiene lugar un proceso de desarrollo capitalista con características tales que propicia la emergencia progresiva de las ideas socialdemócratas y de los partidos correspondientes como las fuerzas políticas e ideológicas que lo viabilizan de la forma más adecuada. No es casual que, en el período anterior, las ideas propiamente socialdemócratas apenas se hayan asomado a la práctica política concreta de los partidos de cualquier signo político; y sin embargo, como Eduardo apunta correctamente, a partir de 1945, incluso los partidos de la derecha más rancia se vean obligados a asumir y poner en práctica políticas propiamente socialdemócratas, tendientes a procurar mejoras en la situación de las clases trabajadoras mediante sucesivas reformas en el régimen capitalista.

Por supuesto, como ocurre con toda corriente política, los partidos socialdemócratas acusan una gran diversidad, explicable a partir de numerosos factores. Ello, sin embargo, no obsta para que podamos reconocer los rasgos identitarios comunes a todos ellos, los cuales, a partir de 1917 y, sobre todo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, hacen emerger a la socialdemocracia como una tendencia política diferenciada, tanto del comunismo como de las otras fuerzas políticas que, como ella, son funcionales al capitalismo. Hasta ese momento, la socialdemocracia no poseía el talante (la cualidad) que la singulariza con respecto al resto de las fuerzas políticas en la sociedad burguesa. A este talante me refiero cuando hablo de socialdemocracia clásica. E insisto, por clásica se entiende la forma de existencia de una realidad dada que expresa de la manera más plena su esencia interior. Este es el caso, por ejemplo, de las políticas implementadas en los años 60 y 70 del pasado siglo por los gobiernos de Bruno Kreisky en Austria, Willy Brandt en Alemania y Olof Palme en Suecia, con independencia de las notables diferencias existentes, por una parte, entre estos gobiernos, y por otra, entre ellos y el resto de los gobiernos socialdemócratas que se han sucedido en la historia europea. La forma clásica vive en medio de la diversidad; en ella (en la forma clásica) se revela la esencia de la realidad en cuestión. Sin su comprensión, nuestro análisis no pasaría de ser un amontonamiento de hechos empíricos comentados, que podrían multiplicarse hasta el infinito.

¿Qué forma es esta? ¿Qué distingue la ideología y las políticas prácticas de los gobiernos mencionados? Ante todo, el abandono definitivo del marxismo. El SPD lo declaró obsoleto en 1959. Pese a ello, en sus documentos programáticos —y en sus programas políticos concretos— aún se hablaba en nombre de las clases trabajadoras, se enarbolaba el ideal socialista y, en la forma de una mixtura ecléctica, se integraban el capitalismo (alias economía mixta), la democracia representativa (el liberalismo político), el bienestar colectivo (el llamado Estado de Bienestar) y un supuesto compromiso con la igualdad social (en realidad, con la igualdad formal ante la ley y con la redistribución social de parte de la plusvalía extorsionada a los trabajadores, como señaló Román).

Este singular sincretismo, que caracteriza en específico a la socialdemocracia clásica, no se produjo de la noche a la mañana, sino se fue construyendo  durante más de medio siglo —determinado por la creciente organización y beligerancia del proletariado, por el auge de los movimientos por los derechos civiles y, como expresaron Eduardo y Noel, por la urgencia de contrarrestar la influencia de las ideas comunistas—, y logró consolidarse durante la expansión capitalista de la segunda posguerra. Justo en este “momento de gloria”, efímero en la flecha del tiempo, se crea la apariencia objetiva de que los partidos socialdemócratas han logrado llevar a la práctica sus ideas: crear de forma estable un sistema socioeconómico de mercados regulados, contratos laborales permanentes, salarios elevados, precios invariables de las mercancías, altos niveles de educación, salud pública y seguridad social, disminución progresiva de las desigualdades entre las clases sociales y alianza duradera entre explotados y explotadores.

Sin embargo, ya a partir de los años 70 y 80, caracterizados por desequilibrios económicos de todo tipo y por sucesivas crisis de superproducción, a la socialdemocracia le va siendo cada vez más difícil mantener este perfil. Otra concepción del mundo se hace más adecuada a los intereses de la burguesía: el neoliberalismo; en tanto los partidos socialdemócratas se ven obligados a improvisar “terceras vías” con el objetivo de autopreservarse, acudiendo, en su afán electorero, a un discurso ecléctico  que conjuga elementos de doctrinas políticas irreconciliables entre sí, y procura encubrir su subordinación a los preceptos de la nueva ortodoxia, en especial a las exigencias de estabilidad macroeconómica, disciplina fiscal y “achicamiento” del Estado. En esta tercera etapa, que alcanza hasta nuestros días, la forma clásica de la socialdemocracia queda como una referencia discursiva y como una antigualla diluida en lo que llaman “brumas de la historia”.

Román García Báez: Me parece útil que confrontemos la visión del socialismo que propugna la socialdemocracia con el concepto de “socialismo real”. Aunque los soviéticos no lo proclamaran oficialmente, ese último término surgió como contrapropuesta a los llamados gobiernos socialistas de Europa.

Se ha llamado la atención sobre el hecho de que la década de los años 70 vio instaurarse gobiernos socialdemócratas en Alemania, Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Gran Bretaña y otros países. La combinación de un alto nivel de desarrollo capitalista —alcanzado, como se ha dicho, en virtud de la explotación de sus obreros y del resto del mundo—; con gobiernos “socialistas” que aplicaron una redistribución más justa de la riqueza, sin cambiar estructuras, sin traumas ni revoluciones, logró una real elevación del nivel y la calidad de vida de la población. Para los socialdemócratas ese era el socialismo.

En estas circunstancias, la alternativa reformista ofrecía un rostro muy atractivo: era suave, humana, pacífica, diferente de la “traumática vía leninista” de acceso al poder. Para la Unión Soviética resultaba más fácil atacar las bases del capitalismo y del imperialismo, que contrarrestar ese otro socialismo que se autotitulaba democrático y humano. Por supuesto, no era ninguna de las dos cosas, pero lo cierto es que el “socialismo real” de la URSS y el resto del campo socialista europeo, salía mal parado en comparación con él; a tal punto que su defensa adquiría siempre un tono falso, apologético.

Para poner de relieve la esencia del asunto, es preciso que nos abstengamos de estas comparaciones y nos remitamos al Manifiesto del Partido Comunista, que delimitó la diferencia real existente entre los comunistas y los no comunistas, entre los marxistas y los no marxistas; y más allá, entre los leninistas y los no leninistas, entre los revolucionarios y los reformistas socialdemócratas. Esta diferencia radica en la posición que se asume con respecto a la gran propiedad capitalista. Los comunistas, los marxistas, los leninistas, los revolucionarios, rechazamos la idea de que se pueda edificar una sociedad justa sobre la base de la gran propiedad capitalista. Propugnamos su nacionalización por cualquier vía, su transformación en propiedad estatal para que sea algún día social, socialista y, en un futuro indeterminado, comunista, que es y será la real negación y superación de la propiedad capitalista —ya que la socialista es una transición entre ambas y, por tanto, no es absolutamente superior a la capitalista en todos los aspectos—. Es por ello que el comunismo es el enemigo principal del capitalismo. A fin de cuentas, con el resto de las corrientes es posible conciliar posiciones.

Si simplificamos, en el plano socioeconómico, para los marxistas-leninistas el socialismo es: propiedad estatal socialista + regulación a escala social basada en más planificación y menos mercado + justicia social. Para la socialdemocracia es: propiedad privada capitalista + regulación a escala social basada en más mercado que planificación + justicia social. Por supuesto, con esta síntesis corro el peligro de vulgarizar, y es evidente que en el interior de cada una de estas posiciones existe una enorme diversidad de matices.

Es preciso reconocer que los marxistas leninistas con frecuencia hemos considerado erróneamente que, a más propiedad estatal, más socialismo. Hoy sabemos que esto no es así. Por una parte, para el desarrollo de las relaciones de producción socialistas es válida y necesaria la existencia de una multiplicidad de formas de propiedad; y por otra, es decisivo tomar en consideración que sólo es socialista aquella propiedad que es gestionada democráticamente por trabajadores que tienen capacidad real, no formal, de decisión sobre el producto excedente a nivel micro y macroeconómico. De lo contrario, más propiedad estatal solo implica burocratización, ineficiencia y corrupción.

Pero retomemos la cuestión acerca de si es realmente posible una redistribución justa de la riqueza sobre la base de la gran propiedad capitalista. Signifiquemos que justa no significa igualitaria ni equitativa. En el socialismo, la distribución se realiza con arreglo al trabajo. Olvidemos la frase manida, nunca escrita por Marx, de que cada cual aportará “según su capacidad”. En otros espacios he insistido en que esto es imposible. Las diferencias personales, técnicas, productivas, sociales, territoriales, ramales, entre la ciudad y el campo y, en particular, en el carácter del trabajo y en el desarrollo de la conciencia socialista, impiden objetivamente convertir esa aspiración en un principio económico. Cada individuo realiza un aporte diferente y recibe una parte correspondiente de los fondos sociales de consumo. La única justicia social posible en el plano económico, es “que la medida del consumo dependa de la medida del ingreso, y esta, de la medida del trabajo”. No hay en ello igualdad, ni mucho menos equidad, sino —insistamos— la mayor justicia social posible. A propósito, en la fase superior (comunista), donde suponemos se distribuirá con “arreglo a las necesidades”, diferentes por cierto en cada individuo, no habrá tampoco ni equidad, ni igualdad en la distribución.

Por el contrario, en las condiciones de la propiedad privada capitalista, resulta radicalmente imposible una distribución justa de la riqueza. La plusvalía es trabajo no retribuido a la clase obrera; es el resultado de la explotación de una clase por otra. El proceso de valorización del valor (la apropiación de la plusvalía), que constituye la esencia del capitalismo, es la forma principal de enfrentamiento y lucha de clases. Al ser la teoría de la plusvalía la piedra angular de la teoría marxista, ha sido la más atacada por todas las corrientes económicas burguesas posteriores a Marx. No han podido refutarla. No podrán. Por esta razón, no puede haber conciliación ideológica entre la socialdemocracia y el marxismo-leninismo.

Así pues, la esencia del problema que nos ocupa no radica en la distribución y en la redistribución de la riqueza, sino en su producción, en la forma en que se produce. Tanto los políticos socialdemócratas como los socialistas vulgares y la llamada conciencia cotidiana coinciden en sublimar la arista distributiva del socialismo y asocian directamente socialismo con distribución. Desde el punto de vista marxista, por el contrario, socialismo significa producir de otra manera, imprimir un carácter diferente al trabajo, afianzarlo en relaciones nuevas, socialmente directas de compañerismo y ayuda mutua en el propio proceso productivo. Esta es la médula de los cambios económicos asociados a la transformación socialista de la realidad, con la cual la socialdemocracia no tiene el menor punto de contacto. Cuando eso se logre, se producirá más y habrá más para distribuir, también de otra manera. Eso sería el socialismo.

Raynier Pellón Azopardo: Me gustaría referirme con más detenimiento al proceso que podríamos llamar de transición entre esta socialdemocracia que se ha descrito como reformista dentro del sistema capitalista, hacia una socialdemocracia que se desdibuja cada vez más a partir de sus rasgos fundamentales o clásicos y opera un giro visible hacia la derecha, para asumir posiciones análogas a las de una u otra de las tantas fuerzas conservadoras existentes. Yo diría que, a partir de los años 70, se produce un conjunto de cambios estructurales en el capitalismo europeo que se refleja tanto en la vida económica y política, como en la estratificación social y provocan esta derechización.

Hay especialistas que consideran como hito la crisis global de energéticos de 1973, vinculada con la revolución científico-técnica y con los avances de la informática aplicados al sistema productivo, lo cual acelera considerablemente la transnacionalización de la economía mundial e impacta en el orden institucional, en el orden económico y en el orden social. ¿De qué manera incide esto, en términos políticos, sobre la socialdemocracia? En el orden institucional habría que referirse específicamente al rol del Estado-nación, es decir, explicar cómo, a partir de esta incidencia del desarrollo científico tecnológico en los procesos productivos, el Estado-nación empieza a perder una serie de competencias que anteriormente eran su monopolio y estas comienzan a ser traspasadas a otros actores, entre ellos las corporaciones transnacionales. En el orden económico, lo principal es el auge del neoliberalismo; y en el orden social, las modificaciones en la estratificación social en Europa Occidental.

En términos políticos, es preciso destacar que este proceso mina los poderes económicos del Estado-nación y su capacidad de influir sobre determinadas cuestiones vinculadas con la realidad socioeconómica imperante en cada uno de los países europeos. Y en términos económicos, se ven erosionados los rasgos fundamentales del Estado de Bienestar, el cual, como modelo, comienza a percibirse agotado. Hay algunas estadísticas que reflejan el estancamiento de los índices de crecimiento económico experimentado durante los años 50 y 60, lo cual condiciona, entre otros factores, el paulatino desmontaje de los amplios sistemas de seguridad y asistencia social que caracterizaron la economía de posguerra y, con ello, el auge del neoliberalismo. Desde mi punto de vista, los máximos perdedores dentro del espectro político son los partidos socialdemócratas, dado que uno de los principales instrumentos para satisfacer las necesidades de sus electores, que es la acción económica y social a través del Estado y de los gobiernos nacionales, pierde protagonismo en estas nuevas condiciones de la economía mundial.

Hay una cuestión que considero medular en el orden social, que tiene que ver con las transformaciones en la estratificación social europea. Cuando intercambiamos con actores dentro del espectro de izquierda o de las fuerzas progresistas, apreciamos un desconocimiento o una evaluación inadecuada de estas trasformaciones como elemento clave en la modificación de los programas políticos y en el desplazamiento hacia la derecha de algunas fuerzas progresistas y socialdemócratas. En sentido general, me estoy refiriendo a la fragmentación de la clase obrera en su conjunto. Durante las tres últimas décadas de la pasada centuria, aumenta considerablemente el número de trabajadores altamente calificados en el ámbito industrial. También se incrementa el personal administrativo, comercial, técnico, lo que se ha dado a conocer como la nueva clase media, que es uno de los sectores que creció con mayor rapidez. Estos sectores se componen básicamente de  trabajadores con disímiles niveles de calificación, diferenciación sustancial de su poder adquisitivo y sus estilos de vida, lo cual incide de manera considerable en su conciencia de clase. De hecho ya no se consideran miembros de la clase trabajadora, sino se asumen como pertenecientes a la clase media, aunque sigan desprovistos o despojados de medios de producción y ante el capital continúen siendo asalariados. Esto, por supuesto, tiene una incidencia en sus posiciones políticas e ideológicas y en la actitud que asumen hacia las corrientes políticas de su entorno.

Ante estos cambios en los instrumentos económicos, en las funciones del Estado-nación en materia socioeconómica y en la base electoral, en la cual se había apoyado para ganar el gobierno en varios países de Europa, la socialdemocracia se ve forzada a flexibilizar su programa político ideológico (su base teórico programática), con el objetivo de ampliar esa base electoral y cubrir todo el espectro necesario para alcanzar el poder. Con ello se mina la permanencia de los principios políticos históricos que la acompañaron en las etapas anteriores, tales como el marxismo y la lucha de clases.

Hay países en los que la socialdemocracia accede al gobierno con algún retraso; tal es el caso de España, donde el franquismo se extiende hasta 1975. Allí el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que asciende al poder en 1982, desde un inicio hace dejación de los principios tradicionales, también en función de ampliar su base electoral y de responder a las demandas de esta base que se considera parte de la clase media. El XXVIII Congreso del PSOE constituye un hito importante en la socialdemocracia española, que se expresa en una frase bastante ilustrativa de Felipe González que me permito parafrasear: si queremos transformar la sociedad, hemos de llegar al poder, y para ello necesitamos ocho millones de votos. No tenemos más remedio que ampliar, desde ya, nuestra base hacia la derecha. A partir de ese momento, se dejan de utilizar las categorías marxistas en el programa político ideológico del partido y desaparece del vocabulario el término lucha de clases.

Además de las transformaciones estructurales en el sistema capitalista, hay cuestiones endógenas en las fuerzas socialdemócratas que también impactan en ese proceso de derechización a escala europea. En primer lugar, se debe destacar la transformación de los métodos de lucha política, en particular, de las estrategias adoptadas para aumentar la militancia, lo cual se logra, entre otros factores, por el reagrupamiento de diferentes fuerzas socialistas y el establecimiento de una política de alianzas que también erosiona los rasgos de la socialdemocracia clásica o anterior a los 80 y los 90, pues las alianzas no solo se realizan con corrientes de corte socialista, sino que, en función de alcanzar mayores cuotas de poder, también se hacen con agrupaciones de derecha. Esto, a la postre, tiene un costo político para la socialdemocracia, en la medida en que las bases sociales dejan de ver grandes diferencias entre los programas de unos y de otros y, sobre todo, entre la ejecución de sus programas y la ejecución de los programas de las fuerzas de signo conservador. Como resultado, con el auge del neoliberalismo en los años 80 y 90, se legitima una política de apoyo a la desregulación del mercado, en estrecha sintonía con los intereses del gran capital. Por otra parte, la socialdemocracia asume el discurso de la modernización y la europeización.

No se puede hablar de crisis de la socialdemocracia en la actualidad si no la contextualizamos en el proceso integracionista de la Unión Europea, porque la socialdemocracia abraza la profundización de este proceso y, por lo tanto, asume en gran medida los costos de la instrumentación de las políticas neoliberales provenientes de los poderes supranacionales de la Unión Europea, que también han ido aplicando los gobiernos socialdemócratas en diferentes países.

En general, la idea de la crisis de la socialdemocracia debe ser relativizada. Se habla de crisis comparando a los partidos socialdemócratas actuales con los de la época en que resultaban preponderantes o alcanzaban con relativa facilidad las mayorías absolutas requeridas para gobernar en determinados Estados europeos. Sin embargo, no debemos olvidar que la socialdemocracia sigue siendo la segunda fuerza más importante dentro del concierto eurocomunitario. Al relativizar la idea de la crisis, me refiero a su posición en la correlación de fuerzas dentro del espectro político. Es una crisis relativa porque el debilitamiento no ha llegado al punto de que la socialdemocracia sea desplazada de este espectro. Incluso el proceso de desafiliación o fuga de votos no debe asociarse exclusivamente con la crisis de la socialdemocracia. Este es un proceso común para todas las fuerzas políticas. La desafiliación se está viendo a escala europea; y la fuga de votos desgraciadamente está beneficiando a la extrema derecha.

Eduardo Perera: Noel redondeó algo que yo había dicho acerca del auge de la ideología socialdemócrata en los años de la segunda posguerra. La biblia del neoliberalismo, el libro de Friedrich von Hayek Camino de servidumbre, que es una arremetida feroz contra el Partido Laborista Británico y su política social de la época, se publicó en 1945, pero no prosperó, a pesar de ser un arma para los partidos de derecha, que sabían que en aquellos momentos no era posible implementar esas ideas. Los países capitalistas planificaron y pusieron en práctica políticas estatales, implementaron el neokeynesianismo, que no era el keynesianismo puro de la Teoría general del salario, el interés y el dinero de los años 30, ni era el roosveltismo tal cual se aplicó en los Estados Unidos. Era una variante nueva, más interesante que la de Estados Unidos, mucho más social, aunque tuviera al capital detrás y aunque fuera por intereses de la prosperidad de este.

Sobre el tema del colonialismo, quisiera decir que Suecia no tenía colonias y Alemania fue despojada de sus colonias; y sin embargo, tuvieron una determinada participación en el proceso que estamos examinando. En el período de entreguerras, el Reino Unido tuvo dos gobiernos laboristas y, de hecho, el Partido Laborista sustituyó al Partido Liberal, a los whigs, en la alternancia con el Partido Conservador, lo que constituyó una de las evidencias de la crisis del liberalismo en la época; el socialreformismo tuvo a su cargo alrededor de ocho de los más de 30 gobiernos del período en Francia, incluidos los del Cartel des gauches y el Frente Popular; en Alemania, una vez destronado el káiser Guillermo II, hubo cuatro gobiernos socialdemócratas sucesivos, comenzando por el de Friedrich Ebert, quien da nombre a la fundación del Partido Socialdemócrata Alemán actual. Yo creo que hay muchas cosas mezcladas. Claro que tampoco podemos establecer una evidencia empírica general a partir de casos; eso no funciona. La cuestión estriba en las épocas históricas y las determinantes de los contextos. También en el período de entreguerras se aplicaron determinadas políticas sociales en algunos países para prevenir disturbios y para contrarrestar el ejemplo que venía de la Unión Soviética y de las experiencias de organización del movimiento obrero en esos años.

En relación con la idea de una socialdemocracia clásica, pienso que Kreisky, Palme y Brandt, al igual que otros de su talla, representan no solo un florecimiento ideológico y, en este sentido, si se quiere, el clasicismo de la socialdemocracia, sino, más aún en mi opinión, la capacidad y magnitud de un liderazgo político que se apreciaba también en la derecha y que ya hoy no existe más o que es difícil de encontrar. Un liderazgo que rebasaba el simple componente ideológico y que tenía que ver con personalidades y tradiciones. Ellos fueron los exponentes más universales que tuvo la socialdemocracia en la posguerra, los más honestos se pudiera decir. Pero incluso, pienso que el realce de cualquiera de ellos es mayor por lo que hicieron en política exterior: la oposición al sionismo y la mediación en el conflicto Este-Oeste, así como la cooperación Norte-Sur, por mencionar algunas de sus contribuciones más significativas. Aunque hicieron aportes, las bases del Estado de Bienestar estaban sentadas en los países que dirigieron cuando llegaron a los respectivos gobiernos.

Se habla de desmantelamiento del Estado de Bienestar. Yo prefiero hablar de una profunda erosión, pues el Estado de Bienestar no ha concluido definitivamente en Europa. Claro que ya no existe como existió en los años 50, 60 y 70, pero todavía la base social del capitalismo europeo lo sigue diferenciando del capitalismo salvaje estadounidense. El capitalismo europeo invierte mucho más en políticas sociales que en gastos militares, y esto tiene un significado, aunque la proporción relativa de este gasto se haya reducido y se esté reduciendo en los marcos de la globalización neoliberal y la crisis más reciente.

¿Cuál es la base de la erosión? En la época del Estado de Bienestar había pleno empleo, porque el desempleo no sobrepasaba el 2%, lo cual es pleno empleo técnicamente hablando, en particular porque quien se quedaba sin trabajo era un desocupado coyuntural y solo permanecía en esta situación por un período relativamente breve. Digamos que las personas sin trabajo que formaban parte de ese 2% aproximado no eran siempre las mismas, pues el que quedaba desocupado, generalmente encontraba trabajo con rapidez. Además, el sistema de seguridad social podía darse el lujo de asignarle un subsidio de desempleo relativamente elevado y prolongado. Había gente que se dedicaba a vivir del subsidio, lo cual es un argumento que los neoliberales han esgrimido como estandarte para defender sus políticas antisociales, pero no por ello deja de ser parcialmente cierto. ¿Cuál es la situación actual? En primer lugar, el desempleo ha aumentado a niveles en los que ha dejado de ser coyuntural para convertirse en estructural: es elevado y es de largo plazo. Y además, aunque el subsidio de desempleo sigue existiendo, ahora es menor y por menos tiempo. Muchas personas salen por esta vía de la red del mercado laboral. Y esto es en cuanto al empleo, por no hablar de la privatización de los servicios, incluida la de los propios seguros.

Las consecuencias de este proceso se aprecian también en la clase media, que en términos sociales fue uno de los subproductos importantes del Estado de Bienestar en Europa. Desde el punto de vista del marxismo habría que cuestionarse el propio término de clase media y hablar de capas medias. Pero bien, se trata de todo ese sector social que, sin ser rico, ha mejorado económicamente y tiene recursos suficientes para darse una vida de consumo, no solo esencial, sino también un tanto superfluo, aunque este es un criterio bastante subjetivo. Este sector procede de los dos extremos del espectro social. Por una parte, de un sector obrero que se convierte en aristocrático (aunque a mí no me gusta personalmente el término de aristocracia obrera), que mejora sus condiciones de vida, lo cual está asociado al cambio del patrón tecnológico, a la sustitución del fordismo-taylorismo anterior por el toyotismo, que es un paradigma productivo mucho más especializado, que implica mayores salarios. Por otra parte, de gente que ha perdido recursos y, en consecuencia, ha salido de los sectores más ricos de la sociedad para navegar en ese mar, cruce de desembocaduras que es la clase media. También hay sectores que se pauperizan, que se quedan fuera del sistema. Es como si tuviéramos una línea dividida en tres, con dos segmentos en los extremos, que se achican en favor de un gran segmento central. Eso en buena medida hizo cambiar la base social de la socialdemocracia, originalmente y durante mucho tiempo obrera. Aunque la socialdemocracia no estuviera gobernando, se aplicaban sus proclamas, sus programas, sus plataformas. Eso era lo que la gente veía y se producía una especie de trasvase entre la visión que la gente tenía de la socialdemocracia, lo que la socialdemocracia decía y lo que se estaba viendo en la sociedad.

Yo sí creo que hay una crisis de la socialdemocracia, si bien no se trata de que esta vaya a desaparecer o a dejar de ser la segunda fuerza política en Europa. Es una crisis de los valores social reformistas que, por supuesto, pueden ser impugnados, pero que no por ello dejan de ser valores cuando tienen coherencia, cuando se convierten en hegemónicos (en el sentido de Gramsci) en un momento determinado, como en la época del Estado de Bienestar. Eso es lo que se pierde. Un factor fundamental de esta pérdida fue la crisis del keynesianismo. Los precios del petróleo fueron el detonante en el año 73, pero ya el keynesianismo venía en crisis desde finales de los 60. De otra forma, los acontecimientos vividos en Francia en mayo de 1968 y en una parte importante de Europa antes, durante y después de este año, probablemente no hubieran tenido lugar. En ese momento ya los índices de desempleo en Francia se estaban deteriorando; en otros lugares también.

El segundo factor fue la caída del socialismo en la Unión Soviética y Europa del Este; porque, aunque hubiera una rivalidad entre la socialdemocracia y el comunismo, los países socialistas eran un referente también para la socialdemocracia y su ubicación en la estructura del esquema político de los distintos países. Muchos partidos comunistas se socialdemocratizaron, incluso en Occidente; y otros que no se socialdemocratizaron modificaron de manera importante su percepción del mundo, dejaron atrás la ortodoxia, asumieron nuevos códigos y conceptos o, los menos, se atrincheraron. Ya los europeos occidentales estaban en la línea del eurocomunismo desde los años 60, que entrañaba una postura revisionista con respecto al modelo que se propugnaba desde la Unión Soviética. No estoy entrando a cuestionarla, era una postura revisionista de la ortodoxia.

A pesar de todo ello, la caída del campo socialista fue el acabose; de pronto tienes a la socialdemocracia en la izquierda sin saber qué hacer. Porque además está enfrentada a una crisis que se está resolviendo desde gobiernos de derecha, desde tanques pensantes de derecha y desde plataformas de derecha de todo tipo, que es un paradigma  económico, el neoliberalismo, que entra en franca contradicción con los postulados teóricos históricos de la socialdemocracia. O sea, se quedó desprovista en tierra de nadie y asumió un centro político que le era más cómodo: le garantizaba una base social más amplia y le permitía aparecer como una fuerza no radical, más atractiva. Eso tiene que ver también con el surgimiento de las teorías de Anthony Giddens sobre la tercera vía. Todos son fenómenos del mismo momento en la línea del tiempo, pues en la historia unos pocos años de diferencia no son gran cosa. Ahí están las experiencias famosas con la tercera vía de Tony Blair en el Reino Unido y Gerhard Schröder en Alemania para confirmarlo. Pero ya ni la tercera vía funciona. En esto se revela la crisis de la socialdemocracia, y en el cambio que la caída del llamado “socialismo real” en la URSS y Europa del Este generó de conjunto con la globalización del neoliberalismo.

Román García Báez: Es cierto que en su llamada época dorada, la socialdemocracia en el poder aplicó políticas sociales en beneficio de los trabajadores, gestionó a escala social, y también local, una redistribución más justa de la riqueza que la gestionada por los gobiernos conservadores de entonces o por los neoliberales de hoy. Pero, miradas bien las cosas, en las condiciones que impone el modo capitalista de producción eso iba contra natura. Genéticamente, el capitalismo está incapacitado para comportarse así de forma duradera.

Eduardo Perera: No me puedo sustraer a hacer un comentario sobre algo que dijo Raynier acerca de que la socialdemocracia abraza el proyecto de integración europea. Eso es totalmente cierto. Lo que pasa es que este proyecto lo abrazó el 90% de las fuerzas políticas europeas, con exclusión de la extrema derecha y de algunos partidos comunistas. ¿Por qué razón? Porque este proceso ha funcionado —aparte de que en su origen fue fruto del interés, la presión y el apoyo de Estados Unidos en el contexto de la guerra fría— por tres cuestiones fundamentales: una, es un proyecto del capital transnacional; dos, es apoyado por las elites políticas que representan los intereses de esas transnacionales; y tres, es un proyecto de Estado. Si dejara de ser un proyecto de Estado, dejaría de existir; mientras lo sea, permanecerá. Hay incontables ejemplos de ello, pero puedo mencionar como uno de los más recientes la evolución de Grecia bajo el gobierno de Siryza donde las expectativas fueron superadas por la realidad. Porque repito, se trata de un proyecto de Estado, en el que entran a desempeñar su papel otros factores, además del gobierno. Y lo mismo es válido para temas como los de una supuesta desaparición del euro, o de la propia Unión Europea.

Por otra parte, yo no creo que las políticas neoliberales se construyan en las estructuras supranacionales de la Unión Europea: se construyen en los Estados nacionales y se reflejan en las estructuras de la Unión. La socialdemocracia no ha logrado trasmitir al proyecto de integración europea una dimensión social verdaderamente digna de ese nombre, aunque algo se pueda apreciar en este sentido. Es un proyecto liberal en sus orígenes. Después, en los años 90, cuando se crea la Unión Europea propiamente dicha deviene en un proyecto neoliberal. Para percatarse de ello basta analizar el proyecto de Constitución que fracasó en el 2006 o el Tratado de Lisboa vigente. El propio euro es una expresión de la política monetarista aplicada por los gobiernos de la época que ya han adoptado estrategias neoliberales para detener la crisis, incluido el de Thatcher en el Reino Unido aunque este país no haya adoptado la moneda común y esté por salir de la Unión.

¿Qué ha hecho la social democracia? Imposibilitada de hacer otra cosa, ha “entrado por la canalita”. Esta expresión no es para nada académica, pero es muy gráfica. Y esto ha tenido lugar sobre todo en los últimos tiempos, en los que su postura se ha convertido en más reactiva que proactiva.

Noel Carrillo: Quisiera retomar el tema del desmantelamiento del Estado de Bienestar. Pienso que es un desmantelamiento gradual. “Erosionar” significaría que se han perdido solo algunos elementos, en tanto lo cierto es que se ha perdido bastante y el Estado de Bienestar está en proceso de destrucción. Queda un colchón de seguridad social, de educación, de programas sociales, que alimenta lo que llaman convivencia social o que permite explicar la ausencia de luchas que procuren transformar esas sociedades y graves conflictos a nivel de calle. Pienso que ese desmantelamiento, acelerado después de la caída del campo socialista, tiene que ver con la necesidad del capitalismo de ser competitivo. Este pretexto de la competitividad arrastró también a la socialdemocracia, en los años finales de la década de los 80 y en los 90, a participar activamente en la construcción de un nuevo tipo de capitalismo y a hacerlo desde los gobiernos. Esto precipitó la crisis que estamos viendo hoy. El nuevo laborismo trató de buscar una nueva base social. No son los trabajadores aquellos de los que se hablaba hace muchos años; ahora es la clase media, la intelectualidad, los pequeños empresarios. Pero muchos de estos sectores se sienten reflejados en los programas de la derecha, no necesitan de la socialdemocracia. En cualquier caso, los cambios programáticos en la socialdemocracia no se tradujeron en un apoyo inmediato.

Crisis no quiere decir que la socialdemocracia desaparece: está ahí, es fuerte, tiene vitalidad; pero se ha ido profundizando la crisis en la medida en que no han presentado una alternativa real al neoliberalismo, en particular, cuando alcanzan el gobierno. Un ejemplo claro es el de España. El Partido Popular (PP) le achaca los problemas económicos al PSOE haciendo referencia a medidas neoliberales adoptadas por este. En Alemania, la tercera vía incluyó, ya al final del gobierno de Schröder, aquella agenda 2000, que era un programa para precarizar el trabajo en el país en busca de competitividad. Antes de votar por una copia, le gente vota por el original; y esto explica un poco la avalancha de gobiernos de derecha que inundó Europa y que convierte en algo raro encontrarse allí un gobierno socialdemócrata.

En mi opinión, la crisis se está volviendo estructural; y se está manifestando de varias formas diferentes. En algunos lugares, la socialdemocracia está haciendo grandes coaliciones con la derecha. Eso solo puede traerle perjuicios, porque sus bases están en contra de las medidas que ellos aplican en contubernio con la derecha. En otros lugares la socialdemocracia se ha fracturado internamente. Por ejemplo, en el Reino Unido hubo una especie de revuelta del ala más derecha contra el líder del partido y eso creó un movimiento de jóvenes. Es algo muy interesante: están enfrentadas la izquierda y la derecha del partido, dentro del partido, sin dividirse. Este enfrentamiento solo puede debilitarlos. En otros lugares han surgido nuevos partidos de izquierda, algunos de los cuales se llaman abiertamente socialdemócratas, que aspiran a conquistar el espacio que los socialdemócratas han dejado vacío. Estoy hablando de Siryza en Grecia, de Podemos en España, cada cual con sus características, que han demostrado que son partidos de corte reformista, sistémico, que debilitan y fraccionan aún más a la socialdemocracia.

Rubén Zardoya Loureda: Tres apuntes rápidos: uno sobre el sistema colonial del capitalismo; otro sobre lo que hemos llamado socialdemocracia clásica; y un tercero sobre la crisis de la socialdemocracia.

A mi juicio, no es posible comprender de forma plena el modo de producción capitalista si no se entiende cómo, desde sus propios inicios, el sistema colonial se imbrica orgánicamente en su funcionamiento. El proceso de acumulación originaria del capital (es decir, de disociación entre los productores y los medios de producción) que se verifica en el interior de las nacientes naciones capitalistas europeas, tiene como complemento imprescindible la expoliación de las colonias. Lo mismo puede decirse de todo el proceso de desarrollo y consolidación de este modo de producción. Como constatan Marx y Engels, mediante la creación del sistema colonial y del mercado mundial, el capitalismo —en particular, la gran industria capitalista— forjó por primera vez la historia universal, creando (me permito parafrasearlos) una interdependencia tal entre todas las naciones y todos los pueblos para la satisfacción de sus necesidades, que hace imposible la existencia de naciones y pueblos aislados.

Desde este punto de vista, me parece muy estrecho el enfoque por el cual se resta importancia al significado del colonialismo para la comprensión del capitalismo y la socialdemocracia, alegando que Suecia no tuvo colonias y Alemania las perdió. Con colonias o sin colonias, los burgueses suecos y alemanes de la época tomaban te de la India en tazas de porcelana china, aspiraban el humo de tabacos caribeños y se secaban los labios con pañuelos de seda oriental. En las condiciones de la historia universal (hoy se sustituye este término clásico por los menos consistentes de globalización y mundialización), el enfoque correcto en la cuestión que nos ocupa ha de ser el del capitalismo mundial, al menos europeo, con todos sus vasos comunicantes y su permanente exportación de mercancías, capitales, valores y contradicciones de todo tipo. En particular, en las condiciones del imperialismo moderno —a ello hizo referencia Eduardo en su primera intervención—, que consolida una cadena mundial de dominación y subordinación económica, política y cultural, la acumulación y la riqueza se producen de manera global y, en consecuencia, la ley general de la acumulación capitalista solo puede verificarse a esta escala. De otra manera, habría que reconocer que esta ley, que en buena medida sintetiza el sistema de argumentos y concentra el filo político y ético de El capital de Marx, no pasa de ser una ilusión epocal. Su accionar efectivo en la actualidad solo puede comprenderse a escala transnacional, donde resulta palpable el acrecentamiento de la brecha entre ricos y pobres, el enriquecimiento irracional de unos y la depauperación relativa y absoluta de otros. Dos pares categoriales resultan imprescindibles para explicar esta persistente tendencia a la superproducción relativa de población y a la polarización social inmanente al modo de producción capitalista: capitalismo-colonialismo e imperialismo-neocolonialismo.

En relación con el tema de la socialdemocracia clásica, quisiera reiterar la idea de que su tiempo vital es el de la posguerra. Ninguno de los gobiernos llamados socialdemócratas o laboristas de entreguerras —no solo los ingleses, franceses y alemanes, sino tampoco los austriacos, belgas, daneses, suecos y españoles—, a pesar de alguna que otra medida de carácter social tímida y de oportunidad, acusa de lejos los rasgos clásicos de la socialdemocracia que hemos bosquejado, aquellos que la identifican en su esencia. En particular, ninguno de ellos —con frecuencia de corta duración, empeñados en el doloroso proceso de reconstrucción posbélica, azotados por el desempleo, la inflación, toda suerte de tensiones financieras y la inestabilidad económica y política; y arrastrados a partir de 1929 por la Gran Depresión— contó con las condiciones mínimas necesarias para intentar siquiera edificar un asomo de Estado de Bienestar, con sus gigantescos programas de inversión en educación, salud y servicios sociales.

Por último, con respecto al tema de la crisis actual de la socialdemocracia europea, me pregunto si no será más preciso hablar de declive, decadencia o caducidad.  Del término crisis se ha abusado mucho y no siempre resulta claro lo que se quiere designar con él. De todo se ha dicho que está en crisis, y se habla de crisis generales, terminales, de crecimiento y de otras tantas. Me viene también a la mente aquella intuición gramsciana que la identifica con el interregno en que surge toda clase de fenómenos morbosos como consecuencia de que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.


En términos empíricos, es evidente un claro declive en la socialdemocracia, manifiesto, al menos, en dos índices fundamentales: como norma, cada vez tiene menos afiliados y cada vez obtiene menos votos en las elecciones. Lo importante es explicar las causas de este declive. Me ha tocado leer trabajos de corte socialdemócrata que lo achacan a los propios éxitos de la socialdemocracia. El razonamiento viene siendo más o menos el siguiente: “Como hemos creado un Estado de Bienestar y hemos logrado elevar a las clases trabajadoras al nivel de clases medias, estas tienden a volverse conservadoras, desarrollan otro tipo de aspiraciones y comienzan a dejar de votar por nosotros y nuestras políticas a favor de los más humildes”.

Esta explicación, además de falaz, se mantiene en un nivel de análisis muy superficial. A mi juicio, existe una causa general y más profunda del declive o la crisis de la socialdemocracia: a diferencia de lo que ocurrió en la posguerra hasta finales de los años 70, ya ella no es la corriente de pensamiento y acción política que se ajusta a las necesidades del capitalismo en esta etapa de su desarrollo histórico. En el mundo de la transnacionalización desnacionalizadora, del dominio de la especulación financiera y de la contracción progresiva del capital productivo en relación con el capital global, la socialdemocracia no es sostenible, ni es sostenible una reedición de las políticas públicas de la posguerra, el llamado Estado de Bienestar. Hoy el neoliberalismo es una forma mucho más adecuada a los intereses del capital que la socialdemocracia. La conciencia más o menos turbia de esta circunstancia decisiva ha desfigurado su pensamiento y su ideología política: aunque los socialdemócratas se suelen seguir llamando “socialistas”, ya no hablan de socialismo, sino se refieren en abstracto a la humanización del capitalismo, la economía mixta, la política fiscal progresiva, el Estado social, la democracia, los derechos humanos, las libertades civiles, el multiculturalismo, la ecología y otros ideologemas de esta índole; y como destaca Raynier, han operado un vuelco en la propia naturaleza de las políticas públicas que ponen en práctica cuando acceden al gobierno, que no van más allá de las neoliberales. Por esta vía, no hay posibilidad alguna de superar el capitalismo, de arribar al socialismo.

En esto último es preciso insistir, aunque parezca una perogrullada. Me ha tocado leer y escuchar la idea de que los países nórdicos, en particular, Suecia, han sido los que han estado más cerca del socialismo en la historia de la humanidad.

Eduardo Perera: De Suecia se decía que era “el socialismo dentro del capitalismo”. Suecia tenía —aún tiene— un modelo redistributivo basado en un sistema impositivo muy fuerte, al punto que la parte que la recaudación de impuestos representaba en el producto interno bruto del país era del 55% en 1987. Eso le permitía tener un gasto público de más del 30% del producto interno bruto. Es verdad que tenían una política social que todavía se sigue diferenciando del resto de los países europeos. Lo que pasa es que la naturaleza del sistema sueco nunca cambió. Lo que tuvo lugar en Suecia fue una redistribución de la riqueza a partir de políticas activas y conscientes del Estado, pero no una socialización de la riqueza, que es algo muy distinto. Suecia siguió siendo un país capitalista como el que más.

Rubén Zardoya Loureda: Quisiera expresar mi opinión acerca de una eventual cercanía de los países nórdicos al socialismo. Hay una imagen de Lenin que siempre me ha parecido muy poderosa. A raíz del triunfo de la Revolución de Octubre, decía él que la historia se había comportado como un ave que pusiera dos huevos: el huevo del poder político necesario para construir el socialismo en Rusia y el huevo del poder económico necesario para ello en Alemania. El reto consistía en unificar ambos poderes. Para Lenin el enfoque centrado en lo nacional resultaba radicalmente insuficiente; el socialismo solo podría construirse a escala internacional; y en un momento llega a decir que, sin el triunfo de la revolución en Alemania, sería “absolutamente imposible” que los bolcheviques se mantuvieran en el poder. Rusia se concebía como un momento orgánico de un sistema capitalista internacional que la englobaba y la determinaba.

Con tanta más propiedad podemos afirmar hoy que Suecia y el resto de los países del norte de Europa constituyen momentos orgánicos de un sistema transnacional global; yo diría más: de una formación social capitalista universal, plagada de oposiciones, contradicciones y puntos de resistencia. También en este caso, toda óptica nacional resulta estrecha. Son muchos los huevos que el ave de la historia ha puesto en los más diversos puntos del planeta; o, metáforas aparte, son muchas las formas de negación del orden capitalista vigente —es decir, de transición socialista— que la actividad humana ha ido construyendo en uno u otro espacio histórico concreto, de manera revolucionaria en determinados casos y de manera evolutiva en otros.

Desde mi punto de vista,  la humanidad como un todo ha emprendido una ruta escabrosa —incluidos los inevitables retrocesos— hacia la superación del modo capitalista de producción, el cual, digámoslo una y otra vez, no ofrece ninguna perspectiva civilizatoria viable, en la medida en que está asentado sobre la explotación de unos seres humanos por otros; la dominación del capital y de sus propietarios sobre el trabajo y sus portadores humanos; la enajenación de los productos de la actividad, y de la propia actividad, con respecto a sus propios productores; el fetichismo mercantil que personifica las cosas y cosifica a los seres humanos; y la destrucción sistemática de los cimientos naturales de la cultura. En los “eslabones más débiles de la cadena imperialista” este proceso de superación, plagado de contradicciones y antagonismos de toda índole, solo se ha iniciado con éxito mediante la violencia revolucionaria y, a mi juicio, ello difícilmente hubiera podido ser de otra forma. Pero es preciso reconocer que, aún bajo el dominio del modo capitalista de producción, en virtud de determinadas circunstancias históricas, incluida, como hemos visto, la explotación directa o indirecta (permítaseme la expresión) del mundo colonial y neocolonial, en unas regiones, naciones y pueblos, incluidos los del norte de Europa, se desarrollaron con particular pujanza diversas tendencias anticapitalistas; en particular, se logró sustraer de la esfera del mercado un conjunto apreciable de servicios sociales que han alcanzado un desarrollo inigualado. Todo indica, por ejemplo, que Finlandia tiene el sistema educativo más efectivo y eficiente del mundo, y este es gratuito. En este caso, se ha sustraído la educación a la lógica del mercado, es decir, se ha sustraído, al menos parcialmente, a la lógica del capitalismo, que es un modo de producción orientado hacia el mercado, donde la riqueza social constituye, al decir de Marx, un inmenso arsenal de mercancías. Allí donde hay elementos anticapitalistas, se gestan premisas para la transformación socialista.

Eduardo Perera: La lógica de ellos es la siguiente: si la enseñanza fuera privada, los ricos enviarían a sus hijos a las escuelas privadas y se ocuparían solamente de apoyar a estas instituciones. Haciendo gratuito el sistema de educación, logran que los ricos contribuyan al sistema en su conjunto.

Román García Báez: Me complace que, en el intercambio de ideas que hemos sostenido, el tema de la socialdemocracia ha sido tratado en toda su complejidad, y no en la forma simple y maniquea que se hizo usual entre nosotros bajo la influencia soviética, que nos hacía verla como un enemigo más peligroso que el propio imperialismo. No se puede olvidar que, desde los años setenta del siglo pasado, varios líderes socialdemócratas, como el italiano Pietro Nenni y el alemán Willy Brandt, consideraban que existían dos socialismos: “el sueco (como genérico) y el comunista”. El enfoque no ha cambiado mucho desde entonces. La socialdemocracia sigue siendo una quinta columna diversionista. Sin embargo, no cabe duda de que el enemigo principal es el imperialismo mondo y lirondo. Con la teoría de la coexistencia pacífica, los soviéticos no hicieron más que corroborar aquel milenario refrán chino de que “inventar un falso enemigo, no tiene más objetivo que rehuir al verdadero”.

En particular, el tratamiento de la socialdemocracia en la docencia de economía política de la construcción del socialismo ha sido muy timorato y continúa siendo un tema tabú. Recuerdo que ante la inminencia del derrumbe de la Unión Soviética, y por otras razones, en la Dirección de Marxismo-Leninismo del Ministerio de Educación Superior comenzamos a actualizar y cambiar todos los textos. A mí me correspondió, junto a otro compañero, elaborar y dirigir los correspondientes a Lecciones de Economía Política de la Construcción del Socialismo; El derrumbe del modelo eurosoviético: una visión desde Cuba (bien polémico entonces); y El sector mixto en la reforma económica cubana, entre otros. En ellos, si bien logramos eludir en alguna medida la lógica manualesca soviética y, además, pudimos concentrarnos en la transición socialista desde el subdesarrollo, el hecho cierto es que el tema de la socialdemocracia, sus posiciones en materia económica, quedó fuera de nuestro campo visual. Se mantuvo como una asignatura pendiente.


En mis cursos, yo trato invariablemente el tema de la socialdemocracia y discuto con los estudiantes sus diferentes posiciones. Ello resulta obligatorio, en particular, cuando se trata el tema de la transición socialista o el del lugar de la clase media en la estructura socioclasista del capitalismo contemporáneo. He aquí algunas de las interrogantes que planteo: ¿pueden surgir relaciones socialistas en el seno del capitalismo?; ¿cómo refutar uno de las ideas más ecuménicas y primigenias de la socialdemocracia, aquella según la cual será la ética de los capitalistas, y no las contradicciones económicas, lo que hará desparecer el capitalismo?”; si el marxismo sostiene que las leyes económicas objetivas, conducirán inexorablemente al socialismo, ¿para qué, entonces, la revolución socialista, traumática para todos? Si estos problemas no son tratados con el debido tino, es inevitable que se arribe a posturas cercanas a la teoría de la convergencia, célebre en su momento, o a las de la llamada tercera vía.

Mientras más el estudiante interioriza la idea de la objetividad de las leyes económicas y la importancia definitoria de la categoría socialización; mientras profundiza más en el estudio de las ideas de Marx sobre el tránsito más o menos simultáneo al socialismo, sólo en los países industrializados, más difícil resulta quitarles de la cabeza la representación de que, por ejemplo, Noruega está más cerca del socialismo, sin ir más lejos, que Cuba. Es absurdo negar los avances sociales, entre otros, de los países escandinavos. Por ahí entra el caballo de Troya de la socialdemocracia. No obstante, tenemos argumentos. Los principales son la ley de la plusvalía, ya mencionada y, en especial, la olvidada ley general de la acumulación capitalista a la que hizo referencia Zardoya. Aunque los marxistas intentaron desde antaño demostrar la vigencia de esta ley, los avances en este sentido fueron pocos. Fue el compañero Fidel quien la rescató en su libro La crisis económica y social del mundo; sus repercusiones en los países subdesarrollados, sus perspectivas sombrías y la necesidad de luchar si queremos sobrevivir, cuyo título es suficiente para reconocer al autor. Este fue el informe presentado a la Cumbre de Países No Alineados celebrada en la India en 1983. Sin embargo, el monopolio mediático del imperialismo impidió la amplia divulgación de las ideas allí contenidas. Sólo con los informes sobre Desarrollo Humano del PNUD de la ONU, iniciados en 1990, el mundo reconoció la enorme concentración y polarización de la riqueza y la pobreza, por supuesto, argumentando otras causas, nunca reconociendo la genialidad de Marx. Hoy la socialdemocracia, sin ir a su esencia, también asume posiciones críticas ante esta polarización, cada vez más desmedida.

En mis clases centro la atención en la necesaria delimitación del lugar y papel de las posiciones socialdemócratas en el mundo desarrollado y en el subdesarrollado. Los argumentos esenciales para contrarrestar sus posiciones son válidos para ambos mundos. Sin embargo, nadie concibe que se pueda iniciar un tránsito al socialismo, desde el subdesarrollo, sin la toma del poder político, por la vía que fuese. El atraso exige revolución, nunca reforma ni gradualidad. Por otra parte, son tan abismales las diferencias sociales, y es tanta la miseria, que en los países subdesarrollados las medidas socialdemócratas parecen radicales y se les suele llamar “comunistas”.

El enfoque es diferente para el primer mundo. Yo sigo aferrado a la idea de que no pueden surgir relaciones económicas socialistas en el capitalismo, ya que para ello habría que convertir la propiedad capitalista en socialista y entonces estaríamos hablando de socialismo y no de capitalismo. Pero, en lo social, sobre todo en educación, seguridad social, asistencia social y salud, sin duda alguna, y sin esquematismo, la socialdemocracia ha tomado medidas más de corte socialista que capitalista. Ahí se hace patente una paradoja que no es posible ocultar.

Por último, me parece razonable que intentemos buscar puntos de contacto con la socialdemocracia. Me refiero, por ejemplo, al impulso al desarrollo de las cooperativas, que tanto en el capitalismo como en el socialismo mantienen su esencia de propiedad colectiva, inferior a la propiedad socialista, pero superior a la pequeña propiedad privada. Asimismo, los socialdemócratas suele asumir posiciones de vanguardia en los temas ecologistas. Son solo ejemplos para graficar que debemos retomar las congruencias, mientras defendemos a rajatabla la necesidad de la propiedad estatal socialista para que exista el socialismo, siempre y cuando esta se gestione con ética y humanismo.

 

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2 comentarios

  1. Gracias por este magnifico texto. Quisiera pedir un favor: Encontremos una mejor traduccion para “think tank”. “Tanque pensante” no me parece adecuado. Los que conocemos el termino ingles lo entendemos de inmediato pero, y el resto? Sugiero tal vez “centro estrategico” o algo asi.

  2. La propiedad estatal socialista al menos en su forma actual no garantiza ni grarantizara como se ha demostrado en Cuba la creacion de la riqueza necesaria ni la eficiencia requerida mientras los intereses de los trabajadores no tengan un mayor peso dentro de la de gestion y direccion de las entidades economicas -lo que es de todos continuara siendo de nadie-, en la literatura se ve como una contradiccion no antagonica pero no lo veo asi creo que es un paso mas hacia un verdadero socialismo. En la Cuba actual los unicos intereses presentes en las entidades son los intereses sociales a traves de los consejos de direccion que son elegidos e impuestos a las entidades por organismo superiores y los trabajadores no juegan ningun papel en las decisiones, los sindicatos no funcionan al no tener autonomia de ningun tipo estan subordinados y no cumplen su papel, asi jamas se alcanzara la eficiencia necesaria pues los trabajadores no ven respresentados sus interes economicos.

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