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Oscar López Rivera: “Claudicar nunca fue una opción”

Por: Enrique Ubieta Gómez

Por fin está en Cuba. He llegado a la hora convenida, nervioso, expectante. Uno ha escuchado o leído de sus hazañas, y lo imagina tan grande de espíritu como de cuerpo, por eso la primera impresión es contrastante: el boricua Oscar López Rivera es un hombre de pequeña estatura, menudo, ágil a pesar de la edad y el rigor de su vida de prisionero político. Se sienta a mi lado, trae unas cómodas bermudas –por fin está en la residencia donde descansará esta noche– que dejan ver sus piernas delgadas, con una disposición y una sencillez que contradicen la imagen del abuelo que ya es; no es la sonrisa perenne en la comisura de sus labios la que me confunde, es la sonrisa de sus ojos. López Rivera es Oscar, simplemente, un joven soñador –fue apresado a los 38 años y liberado a los 74–, y no parece haber rencor en sus recuerdos, ha cumplido con su pueblo. El secreto lo compartiría días después con La Colmenita: “nunca dejen de ser niños”, les dijo. “Claudicar nunca fue una opción”, afirma tajante cuando menciono la palabra. Y agrega de forma inesperada: “Mamá nunca me lo hubiera perdonado”. A pesar de que ella no sabía de sus andanzas, Oscar estaba seguro de que lo apoyaría siempre. Toda la familia pagó un precio: su hermano fue a prisión y su mamá, con 70 años de edad, fue declarada cómplice de “conspiración”. Pero él estuvo 35, casi 36 años encarcelado. Empieza diciéndome que ha conocido esa tarde a personas muy importantes, de las que había oído hablar mucho, que ha constituido un honor para él. Le aseguro que todas esas personas estaban emocionadas de encontrarse con él, que el honor fue para ellas: “usted es ya una leyenda, un símbolo del independentismo boricua, de la resistencia latinoamericana frente al imperialismo”, le digo y replica apenado: “Yo nunca quise ningún protagonismo, esto de ser una voz pública, yo escogí el clandestinaje precisamente porque no quería que nadie supiera lo que hacía. Para mí lo más importante es la lucha, el trabajo, lo que hacemos…” Así transcurren los primeros minutos de la conversación, mientras la hija, ávida y orgullosa de tenerlo, nos observa sonriente.

 

Yo quisiera regresar a los orígenes. Usted estuvo en la guerra de Viet Nam, ¿es cierto que recibió una medalla al valor?

Bueno, tengo una medalla que tiene también su historia. El oficial que hizo la recomendación quería que me dieran una Medalla de Plata. Dije que no la quería, no quería medallas. Pero cuando llevaba ya unos seis meses en casa me llegó la de Bronce. Me sorprendió, porque el acuerdo entre aquel oficial y yo era que no la quería…

 

¿Se la entregaron en un acto público?

No, no, eso llegó como una carta, por correo, en un sobre, con una explicación de por qué se entregaba.

 

¿Y por qué se la entregaron?

Bueno, se relaciona con un hecho concreto. Nos habían enviado en un pelotón a hacer un pequeño recorrido, no muy lejos del perímetro, a unos mil o mil quinientos metros. Habíamos avanzado ya un poco y comenzaba a formarse la jungla, no era todavía jungla sino esa formación que poco a poco se convierte en jungla, en ese momento empiezan a explotar las trampas que ponían los vietnamitas… ellos amarraban granadas en un nylon de los que se usan para pescar que son tranasparentes, si uno al caminar no lo ve, y lo empuja, explota; de 31 hombres, 17 fueron gravemente heridos, aunque no hubo muertos. Inmediatamente que se escuchan las explosiones, yo grito que no se mueva nadie hasta que diga que está bien, y les digo a los demás que sigan mis pasos para que no se cometa ningún error. Empiezo a identificar dónde están los heridos y llamo al médico. Había un caso que nunca se me olvidará: era un muchacho mexicano de Minessota, que no hablaba español y gritaba de dolor. Yo le corté y le abrí el pantalón, y pude ver que en un testículo tenía un pedazo de granada incrustado. Él me preguntó que dónde estaba la herida, y yo le dije que en la pierna, para que no se fuese a asustar más. Entonces lo amarro así, falsamente, y le digo al doctor, métele un trancazo de morfina. Nos pusimos a cortar árboles para hacer camillas y preparamos las salvas de colores para que los helicópteros nos vieran. El teniente a cargo estaba en el piso, tenía un golpecito en la frente y yo le había dicho que no se moviera. Y bueno, se los llevaron a todos.

En Viet Nam si un oficial era herido lo sacaban del frente y lo ponían a trabajar en un sitio donde no iba a haber combate. Y a ese teniente lo sacaron, pero a las dos semanas vino y me buscó y me llevó a trabajar con él en el correo. Los últimos cuatro meses y medio en Vietn Nam los pasé trabajando en el correo.

 

¿Cuál fue su impresión de la guerra?, ¿cuáles fueron sus vivencias?
Mis vivencias fueron bastante duras, durísimas, pero también fueron experiencias que impactaron en mi forma de pensar después de la guerra. Un día estaba en un sitio, en un cerco a una aldea que estaba sometida a control para prevenir movimientos. En otras palabras, la aldea estaba controlada por el ejército. Siento olor a café y veo un kiosquito, y voy a comprar café y un vietnamita de mi tamaño pone su brazo al lado del mío y me dice en inglés: “the same thing”, “lo mismo”, “lo mismo”, era más o menos de mi estatura. Y eso hace que uno piense.
En Viet Nam casi todos eran campesinos y yo me crié en el campo. El trabajo del campo lo conocía bien. Sabía lo difícil que es trabajarlo desde la más temprana edad. Cuando nosotros llegábamos, sacábamos a los campesinos de los arrozales, los registrábamos, los sacábamos de su trabajo y los parábamos ahí por una, por dos horas y uno podía ver la indignación en sus rostros. ¿Por qué hacemos esto?, ¿por qué estamos aquí? Empieza uno a cuestionarse. El gobierno estadounidense alegaba que su intervención en Viet Nam era para llevarle democracia y libertad a su pueblo, pero los vietnamitas no habían invitado a nadie. También alegaban que era una respuesta a la injerencia soviética y china, pero yo nunca vi a un soviético o a un chino allí. Yo no conocía la historia de Viet Nam, pero cuando regresé empecé a averiguar y me fascinó mucho la batalla de Dien Bien Phu. Los franceses habían sido muy abusadores, aunque no creo que exista un colonizador que no lo sea, pero en aquella batalla uno puede ver la creatividad y el fervor de luchar por la independencia. Viet Nam ejemplifica lo mejor de la lucha anticolonialista. Los vietnamitas han tenido que pelear también contra los japoneses y los chinos. Yo admiro mucho a Ho Chi Minh y a Vo Nguyen Giap, un genio creativo militar.
 
¿Cómo se afianzan en usted los sueños independentistas?
Cuando regreso de Viet Nam, ya había un pequeño cambio en la juventud puertorriqueña de Chicago. Se hablaba de la importancia de la lucha comunitaria. Un señor puertorriqueño nos invita un día a cuatro o cinco muchachos a su casa a escuchar grabaciones de los nacionalistas y de momento sale la voz de Lolita Lebrón que exclama: “¡Yo no vine a matar a nadie, yo vine a morir por Puerto Rico!” Esas son palabras grandísimas, una mujer joven, dispuesta a dar su vida por Puerto Rico. Son palabras impactantes. Ahí nace ya un interés por conocer quiénes son estas personas que asaltaron el Congreso estadounidense y por qué están presas. Y empezamos a trabajar en la comunidad, a buscar apoyo para su excarcelación. Y poco a poco levantamos una campaña, que ya para 1970 – 1972 en la diáspora puertorriqueña era bastante sólida. Yo regreso de Viet Nam en 1967, y ese mismo año Martin Luther King se pronuncia contra la guerra y dice que es criminal; yo vengo de la guerra y tengo una apreciación bien diferente de la que tiene el gobierno estadounidense. Son retos que nos pone la vida y necesitamos esos retos continuamente. Poco después del pronunciamiento del doctor King, Mohamed Alí dice: ‘miren, yo no voy al servicio militar obligatorio, porque los vietnamitas no le han hecho nada a mi gente’. Bueno, yo soy puertorriqueño –me digo– y puedo decir lo mismo, el pueblo vietnamita no le ha hecho nada a Puerto Rico. Y empezamos a sentir que necesitamos nuestra Patria, que necesitamos independizar a nuestra Patria. Y esto nos pone de lleno en la tarea de la independencia, lo que se va acelerando porque la década de los sesenta es de mucha lucha, tanto en la diáspora como en Puerto Rico y poco a poco vamos viendo esa política y esa posición que había adoptado el FBI con respecto a Puerto Rico. Ellos se proponían erradicar por completo el nacionalismo. Y uno se va dando cuenta qué papel juega esta agencia federal y quiénes están detrás de la agencia y de esta lucha que ellos conducen para destruir el independentismo puertorriqueño.

 
¿Por entonces no tiene una noción clara de la Revolución cubana?
Mira, esto es interesante. Para 1956, 1957, yo llego a Chicago. Y allí vivía un señor cubano de apellido Fernández. Él había salido de Cuba porque tenía una imprenta y tuvo un conflicto con Batista. Era muy amigo de mi papá, y él nos hablaba del Movimiento 26 de Julio, y escuchaba en su casa Radio Rebelde. Una o dos veces al mes ese señor y su familia comían en mi casa. Él siempre hablaba de la Revolución cubana. Así que yo estaba un poquito familiarizado con lo que pasaba en Cuba. Y ese señor, creo que por 1962, regresó a Cuba. Nunca más supe de él. Su apellido era Fernández, pero no recuerdo el nombre. Su hija se casó con un boricua y se quedó en Chicago, pero el varón tendría unos 15 años en 1962, cuando se fue con sus padres a Cuba. Eran de La Habana. Pero ya en 1967 existía una identificación mayor con la Revolución cubana. Estaba la Brigada Venceremos, en la que habían algunos estadounidenses y algunos boricuas de Chicago y de Nueva York, que viajaban a Cuba. Pero no era un conocimiento amplio, era más bien una simpatía.
 
Ustedes que lucharon por la libertad de aquellos cinco asaltantes al Congreso en Washington, de repente se convirtieron en los nuevos prisioneros por cuya excarcelación el pueblo boricua y la opinión pública internacional luchó durante muchos años. ¿Fue dura la cárcel?
Bien dura. Es que los presos políticos, quizás Fernando pueda confirmar esto, reciben un trato diferenciado, somos enemigos. El carcelero se ve en una posición en la que tiene que tratarnos de una forma diferente, hacernos la vida más difícil. Cuando yo llegué a la penitenciaría, lo primero que me dijeron fue “nosotros no te queremos aquí”, “tu perteneces a una penitenciaría donde haya unidad de control”. Yo no tenía la menor idea de lo que era eso. Pero desde el mismo momento en que llegué a prisión decidí que no le iba a regalar mi tiempo al carcelero y que iba a cuidar mi salud y comencé a organizar grupos de estudio con algunos presos. La primera vez que planeamos reunirnos en el patio yo llevaba un libro, creo que era de Lenin, no recuerdo muy bien, y no hago más que llegar y el carcelero me dice, “dame ese libro”, “¿y por qué?” le pregunto, “es una orden”, replica, “tenga el libro”. Éramos ya cinco los miembros del grupo y me confiscan el libro, y bueno, uno empieza a tener una idea de cómo bregar con estas cosas. Lo que hice fue que le dije a uno de los presos, tu llevas el libro y yo me llevo otro cualquiera, entonces agarraba un libro de esos que habían botado los mismos presos, lo envolvía con papel de estraza y salía al patio. Inmediatamente el carcelero me lo pedía, “vale, tenlo”, y el carcelero se iba de lo más contento y nosotros teníamos nuestro grupo de estudios.

 

En Wikipedia se afirma de manera rotunda que usted recibió una extensión de su condena en 1988, porque conspiró para escapar de la cárcel…

Yo llegué en agosto de 1981 a esa penitenciaría y ya en noviembre el Fiscal Federal del Estado de Kansas había solicitado el permiso para interceptar toda mi comunicación, incluyendo la escrita y la telefónica, bueno, yo no lo sabía, pero sospechaba que algo no estaba bien, todas las visitas me la grababan.

Como a los tres meses de estar en la prisión se me acerca un preso que había llegado más o menos al mismo tiempo que yo y me dice, “mira, yo quiero hablar contigo”, era americano, “bueno, lo hacemos un día de estos, ahora no puedo”, esperé como dos semanas y un día lo veo sentado y le digo, “bueno, tu quieres hablar conmigo, pues vamos”, y salimos al patio y empieza a hablar mientras caminamos, y ya a la media hora me había cansado de la jerga de él, “mira, quiero regresar a la unidad, tengo cosas para hacer”, y ya cuando comenzamos a caminar de regreso me dice, “oye López, pero tu traes una sentencia de 55 años, ¿qué piensas hacer?”, “¿yo?, que pase el tiempo, cumplir los 55 años”, “¿pero no te gustaría escapar?” Yo puedo cambiar mi carácter totalmente si veo que alguien me está provocando, Y en una forma bastante fuerte le dije “mira, nunca más, mientras estés a mi alrededor, menciones esa palabra. Yo no quiero oír esa palabra. Nunca, nunca. Me puedes hablar de cualquier cosa, de deporte, de la vida en prisión, pero no estoy interesado en nada de eso”. Se puso blanco como el papel. Ese hombre era un informante, un provocador. Entonces poco a poco el FBI encontró la forma. Y bueno, como dos años más tarde, lo que hizo fue –porque no podía hacer nada conmigo–, que se enfocaron  en un moreno que era parte del ejército de liberación negro, y el informante junto con otro más, empezó a hablarle de escapar, y el moreno poco a poco cayó. Una vez yo le dije, “mira, a mí no me importa lo que tú hagas –siempre en las luchas uno va conociendo personas, no es que estemos trabajando en común, pero nos apoyamos, apoyamos ciertas causas, y entonces yo siempre tuve buenas amistades en el movimiento americano– y le dije, “yo no sé por qué tú estás con estas personas, yo especialmente no confío en él”, y le señalé al informante. El moreno se lo dice, que yo desconfiaba de él y el informante llamó inmediatamente al FBI. Y así fue. El FBI le dijo, porque yo oí la grabación después, “no te apures”, y poco a poco fueron creando un plan. El moreno siguió bregando con ellos, hablando de escapes y fugas, y cuando viene el momento hacen lo que se llama una conspiración, en inglés le dicen over action conspiracy, y eso quiere decir que aunque yo no estuviera envuelto en nada, si uno de los dos informantes dice que yo era parte de la conspiración automáticamente me meten en ella. Yo no sabía eso, no tenía la menor idea de que eso existía, porque yo creía que en todo caso tenían que presentar alguna evidencia que implicara a la persona.

Entonces, fue en realidad una trampa…

Y lo lograron. Nosotros nunca nos defendimos. Nos llevaron a la Corte por conspiración sediciosa y me dieron 15 años extras de cárcel…

 

Como si 55 años fueran pocos…

Sí, como si 55 fuesen poco. La persona que estaba detrás de esto, el agente especial que estaba a cargo de la investigación nuestra, es interesante porque el FBI nunca nos capturó a nosotros. Las capturas vinieron por errores, pero no porque ellos verdaderamente pudieran identificarnos a nosotros como miembros de alguna organización. Cuando yo caigo preso, el agente que estaba a cargo me había dicho que en dos semanas más él me iba a capturar. Poco después, mi mamá me está visitando, y él entra a la penitenciaría, y ella me dice: “ese es el agente que iba a la casa”. Y le hizo muchas, muchas cosas malas a mi mamá. Yo no lo sabía, porque durante cinco años nunca tuve contacto con mi familia. Y entonces yo lo veo y a través del cristal le digo que cuando termine la visita me gustaría hablar con él, porque a mi mamá el dolor que había experimentado en esos cinco años se le veía en el rostro, sufrió muchísimo. Entonces, cuando la visita se termina, le dije, “mira, si yo hubiese sabido lo que tú le hacías a mi mamá, tú ibas a darte cuenta de algo” –porque ellos para intentar agarrarnos se metieron en sitios donde había bastante, bastante evidencia, le dije: “te ibas a dar cuenta de que quizás tú no eras el depredador sino la presa, y el depredador era otro”. Había fotos de él metiéndose en las comunidades, en las casas. Como al mes vino y me dijo, “mira lo que ustedes estaban haciendo, yo te puedo levantar cargos adicionales”, y le dije, “haz lo que tú quieras, pero tú no eras el depredador. Y si yo hubiese sabido lo que tú le hacías a mi mama, quizás ahora no estuvieras aquí presente”. Me dijo, “oh tú me estás amenazando”, y le dije “no, te digo la verdad, que es bien diferente”. Y me dijo, “bueno, no te voy a acusar de más cargos, pero voy a hacer algo mejor”. Y ese hombre nunca paró, nunca, de hacer cosas para hacerme daño.

El odio era muy grande…

Y cuando Obama me dio la clemencia, él salió y dijo, que hubiese querido que yo nunca saliera de la prisión.

Fernando González Llort (D), Héroe de la República de Cuba y presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), recibe al luchador independentista puertorriqueño Oscar López Rivera, en el aeropuerto internacional José Martí, en La Habana, el 12 de noviembre de 2017. ACN FOTO/Orlando PERERA/ICAP/ogm (Solo para uso editorial y clientes nacionales)

 

¿Cómo conoció a Fernando González en la cárcel? Estuvieron juntos más o menos cuatro años…

Fue bien interesante. Fernando había llegado a la prisión de Indiana. La penitenciaría vieja la habían convertido en una prisión de menos seguridad y se había construido una nueva, a la que me enviaron a mí. Pero es un complejo. Y a finales del 2007 vino un carcelero y me dice, yo quiero esta celda que tú tienes. Era una celda grande, y yo estaba solo ahí. Y siguió con eso de que quería la celda. Me lo dijo una, dos, tres semanas. Llegó un momento en que yo me cansé y llamé a mi abogada y le pedí que le dijera al congresista Gutiérrez que yo quería el traslado de esta prisión. Y quiero que lo haga lo antes posible. Gutiérrez le escribió a la administración, llegó la carta y bueno, todo comienza a cambiar con esa carta. Me llaman un día y me dicen: mira López no te podemos sacar de aquí, pero te vamos a mandar para la penitenciaría vieja. Es una cuestión de 10 minutos en un vehículo. Me llevaron y como al tercer día, conozco a Fernando. Porque me mudaron a la unidad donde estaba Fernando. Como a las dos semanas el compañero de celda que estaba con Fernando se fue y le dije, múdate conmigo. Y así fuimos compañeros de celda. Como a los tres meses, le dije, mira me voy para otra unidad, porque allí hay aire acondicionado y está mejor. Y Fernando tenía 44 años. Para poder estar en la otra había que tener 45. Yo le dije, cuando tú cumplas los 45 te vas.  Y empezamos a trabajar con la mujer que estaba a cargo del traslado, buscando apoyo con los presos para que cambiaran a Fernando. Inmediatamente que Fernando cumplió los 45, que fue como tres o cuatro meses después, ya llegó a la unidad, y así estuvimos hasta el 2012. Del 2008 al 2012. Entonces lo mandaron para Arizona a Fernando, y en el 2014 sale de prisión.

¿Cómo es Fernando?

Tremendo ser humano. Nosotros desarrollamos una relación pero bien bien bien buena, bien bien buena (lo repite) y para mí fueron los mejores años de estar preso. Siempre estábamos compartiendo. Una vez le pregunté, ¿tú oyes programas de radio de Cuba? Me dijo no. Y le dije: eso lo vamos a arreglar. Hay una manera de hacerlo con un pequeño radio AM/FM de dial, que lo vas calibrando y con la antena. Yo tenía uno desde hacía muchos años. Entonces le buscamos uno a Fernando y ya podía oír Radio Rebelde, Radio Habana Cuba. Especialmente escuchaba el programa de Los Cinco de Arleen (Rodríguez Derivet).

¿Antes de conocerlo, usted sabía del caso de Los Cinco?

No. Sabía que ellos estaban presos. Pero no tenía la menor idea de quienes eran. Se me dio esa oportunidad de conocer a Fernando y sí, ya fue una cuestión bien diferente porque compartimos y te encuentras una persona que es compatible ideológicamente y uno empieza como a relajarse un poco, y a crecer, porque se aprende del otro.

Usted pudo haber salido en el año 1999…

Bueno, las condiciones que me había puesto Clinton quizás no me permitían salir en el 99. Lo que hizo Clinton fue que para su propia protección dejó a dos, una compañera y un compañero, los excluyó de la clemencia y yo pensé que lo mejor era quedarme con ellos, para garantizar que salieran. Y poco a poco, así fue. El último salió el 26 de julio del 2010. No, quedaban Avelino y Norberto, pero con sentencias cortas. Ellos salieron como en cinco o seis años.

Usted sale de prisión y llega a Puerto Rico de nuevo. ¿Cómo fue ese reencuentro después de 36 años?

Casi. Fueron 35 años, 11 meses y dos semanas. Fue un reencuentro positivo, en el sentido de que por primera vez tuve la oportunidad de estar viviendo con mi hija, pero por otro lado en Puerto Rico las condiciones de vida han cambiado bastante. En Puerto Rico se está dando el fenómeno de la gentrificación: desplazan a personas que viven en áreas que los desarrollistas han identificado para construir condominios de lujo, para ricos. Me he dado cuenta de que la gentrificación está creciendo. Y en sitios claves, porque usan las áreas más bonitas, que son las playas, o en las ciudades, los lugares donde las avenidas son más amplias. Y me empezó a preocupar mucho. Cuando estaba en prisión, en el 2007, leí un artículo sobre John Paulson, que había sido el Secretario del Tesoro bajo la Administración de George Bush. Bueno, pues en el 2007 se mudó a Puerto Rico. Y yo me pregunté qué diantres hace este tipo mudándose a Puerto Rico, porque lo de él es hacer dinero. Así era.  Él compraba mientras en la isla la economía colapsaba. Muchas propiedades buenas, claves, estaban a precios bien baratos. Y eso es parte de la gentrificación. Ya yo tenía mis inquietudes sobre este fenómeno en Puerto Rico. Entonces también aparece el tema de la deuda. El anuncio se hace como dos años antes de yo salir de la prisión, pero yo todavía no tenía una idea clara de cómo esa Junta de Control Fiscal iba a funcionar en Puerto Rico. Y cuando llego, los universitarios están en huelga. Hay bastante movimiento en contra de la Junta. Esos cambios verdaderamente me ponen a mí en una posición de cuestionar cuáles son las metas del gobierno estadounidense. Ya Trump había sido electo.

Y el huracán María acabó de completar el cuadro…

Sí. El huracán completó todo.

¡Pero ha sido tan evidente el desdén de los Estados Unidos y del gobierno hacia Puerto Rico! ¿Cómo el pueblo vive esa realidad?

Bueno, el problema fundamental de Puerto Rico, es que siempre ha habido una elite que ayuda a administrar la colonia. Y esa elite es la que también se benefició mucho de la corrupción en Puerto Rico. Y tiene bastante control sobre los medios, la información no llega con claridad al pueblo. Casi siempre apoya lo que está haciendo esa elite que administra la colonia. Hay jóvenes que están haciendo cosas positivas, y la cuestión de la descolonización está bien presente en ellos. Pero a la vez hay una estructura creada para administrar la colonia que hace todo lo posible por continuar protegiendo la posición de Estados Unidos. Por un lado, tratamos de llevar el mensaje al pueblo de que esa elite jamás va a proteger y defender sus intereses, pero los medios de propaganda continúan diciendo que los Estados Unidos están ahí para ayudar, aun cuando es más que obvio que no tienen el menor interés en ayudar a Puerto Rico. Lo que están haciendo es tratando de despoblar a Puerto Rico. Porque la gentrificación lo que hace es sacar gente de una comunidad en la que ha vivido toda su vida, y automáticamente la propensión es a irse a los Estados Unidos. Son desplazados. No hay trabajo, no hay oportunidades para ellos, entonces la única solución que encuentran es emigrar.

¿Ha encontrado cariño, amor en Puerto Rico hacia usted?

Sí. Definitivamente. Ha sido y es todavía bien interesante. Yo tengo una rutina de ejercicios en la calle, y todavía me paran, “hey, ¿me puedo tomar un selfie contigo”? o “yo tengo un retrato tuyo”. Todavía sucede dondequiera que voy. El pueblo puertorriqueño sí me ha apoyado mucho y he podido sentir mucho amor.

¿No se siente arrepentido por haber vivido lo que ha vivido?

No, nunca. Yo digo esto: para mí la lucha por la independencia de Puerto Rico es la causa más justa y noble a la que un puertorriqueño o puertorriqueña puede servir. Y es algo que se hace por amor. También como un deber ciudadano, de luchar y hacer todo lo posible por descolonizar a Puerto Rico. Y nosotros sabemos que si luchamos es posible que se nos hagan cargos, que nos metan presos o que salga algo peor porque históricamente eso no es nada nuevo con nosotros los puertorriqueños. Porque la persecución comenzó inmediatamente después de que Estados Unidos invadió y ocupó la isla militarmente. Son 119 años y sabemos que luchar por la independencia de Puerto Rico es algo inaceptable para el gobierno estadounidense. La política ha sido bien clara.

Y todavía yo creo que está pendiente la idea de Betances de una unión antillana…

Bueno, para nosotros es importantísimo, porque sabemos que si se logra la unidad antillana, tendríamos más fuerza para levantarnos y también para protegernos. Si miramos cuidadosamente, desde Cuba hasta Puerto Rico, las tres Antillas mayores, son un sitio bien estratégico, un enlace con Suramérica. Y la pretensión de los Estados Unidos no es solo controlar el Caribe, sino toda Suramérica. Para los Estados Unidos las Américas son su territorio y ellos no quieren perderlo. Y podemos ver su injerencia en tantos países, y el tema de las bases militares. Por ejemplo en Colombia, y hasta en Brasil, que ahora mismo ha aceptado la construcción de bases militares. Todo principalmente por el hecho de que Venezuela se le salió de su control.

Recuerdo que en 1995, cuando se celebró el centenario de la bandera, viajé a San Juan y se hizo un acto hermosísimo donde estaban todos los independentistas que no estaban presos, entre ellos Lolita Lebrón y Cancel Miranda. Y recuerdo la ciudad llena de banderas… ¿se ha conservado el sentimiento nacionalista?

Sí. Yo creo que la mayoría de los puertorriqueños ama a Puerto Rico, ama su identidad. Allá decimos que llevamos la mancha de plátano de la puertorriqueñidad, porque una mancha de plátano es bien dura de quitar. Lo que ha pasado siempre es que hay una elite que sirve para administrar la colonia y le da fuerza a Estados Unidos para seguir colonizándonos. Pero si raspamos duro nos damos cuenta que hay mucho amor por Puerto Rico, especialmente dentro de Estados Unidos porque muchos de nosotros empezamos a luchar allá. Nosotros somos lo que llaman diaspóricos, nuestra lucha era principalmente dentro de Estados Unidos. En agosto fui a San Paul, Minnesota, y fue bien interesante lo que descubrí allí: jóvenes puertorriqueños nacidos en tierra estadounidense pero con un profundo amor por Puerto Rico. Eso quiere decir que lo importante no es donde nacieron, sino lo que llevan por dentro; ellos apoyan la independencia, quieren la descolonización y que se superen todas esas limitaciones que hoy día estamos enfrentando. Un fenómeno que a mí, que viví por 60 años dentro de Estados Unidos, me sorprendió. Porque yo no esperaba esos sentimientos en esa juventud.

No tuvo la posibilidad de conocer personalmente a Fidel…

No, nunca. Porque sí tuve la oportunidad de viajar a Cuba, pero no lo hice. Viajar a Cuba era una forma de “calentarme”. Y cuando uno está haciendo lo que nosotros hacíamos, pues no queríamos calentarnos. La idea era ser lo más efectivo posible. Y hacerlo en una forma sin que el gobierno estadounidense sospechara. Nunca pudieron identificarnos, sino por errores. Éramos activistas, ellos venían y miraban y nos veían trabajando. Volviendo a Fidel, no tuve la dicha de conocerlo. Pero sí siempre me impresionó mucho. Escuchando sus discursos, leyendo sus escritos, o leyendo por ejemplo a Ramonet o García Márquez, era una persona que me hubiese gustado sentarme a escucharlo aunque fuese por media hora. Pero no se dio. Así es la vida.

De todas maneras, usted de alguna forma pensaba en él y él en usted. Cuba siempre apoyó la independencia de Puerto Rico.

Bueno, yo creo que ha sido el defensor más grande que ha tenido la independencia de Puerto Rico, especialmente desde el minuto en que la Revolución triunfa. Cuba se convirtió en la casa de la esposa de Pedro Albizu Campos y su hijo, doña Laura y Pedrito se quedaron aquí casi toda su vida. Algo, por ejemplo, que tenemos que agradecer. En esta cuestión donde Cuba es la que está haciendo, pues sí hay que agradecer, porque en qué otro sitio en Latinoamérica podía estar la esposa de Albizu. Yo sabía que este viaje se iba a dar, la cuestión era cuándo. Y ahora es quizás el mejor momento. Bien interesante que Fernando sea el presidente del ICAP, y que están aquí ya todos los Cinco.

¿Ya se reunió con todos?

Sí, menos Tony porque está de viaje. De mi parte es una experiencia bastante alentadora este viaje. Hay una diferencia grande entre uno visualizar algo y estar aquí. Creo que el pueblo cubano y la Revolución cubana han hecho algo que ningún otro país latinoamericano y es el desarrollo del recurso humano. Y lo vemos, como Fidel tenía esa visión de la importancia de desarrollar esas capacidades. Hoy por La Habana Vieja, viendo a esos niñitos en las escuelas, y todos se ven bien saludables, haciendo ejercicios, con quizás 8 o 9 años de edad, y en ningún otro país latinoamericano nosotros vamos a ver eso. Cuba experimentó el Período Especial, y no cayó. El único que pasó por una experiencia tan dura y sin embargo, no sucumbió. Eso es importante.

Nosotros vamos a ver el día en que Puerto Rico sea libre

Yo espero. Y si por lo menos no lo veo, yo voy a luchar hasta el último suspiro. Yo no tengo la menor duda de que va a pasar …

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