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Populismo: una digresión sobre la experiencia reciente

Atilio A. Boron

El auge de la teorización y las denuncias sobre los populismos –primero latinoamericanos y ahora el estadounidense, encarnado en Donald Trump o el europeo, cuya figura más significativa sería Marine Le Pen-  es fruto del ciclo progresista que comenzara en América Latina y el Caribe con la elección de Hugo Chávez Frías en Diciembre de 1998 y que aún, con sus avances y retrocesos, sigue marcando la política de la región.[1] La progresiva desintegración del imperio americano y la decadencia de Estados Unidos reconocida aún por sus mayores estrategas e intelectuales imperiales como Zbigniew Brezinski y tantos otros (aunque prefieren utilizar un lenguaje más amable para no herir los oídos de la burguesía imperial) tiene como una de sus consecuencias el holocausto del Oriente Medio (Irak, Libia, ahora Siria) y cinco millones de refugiados que golpean a las puertas de la fortaleza europea sin que sus clases dominantes quieran hacerse cargo del asunto. Pero, en términos prácticos la Unión Europea es un espectro que deambula por el sistema internacional incapaz de hacer honor a lo mejor de la tradición humanista y comenzar a pagar los costos de sus crueles aventuras coloniales en diversas partes del mundo. La migración del África Subsahariana es otro de sus componentes. El resultado: la irrupción de fuerzas xenofóbicas y racistas que, al igual que ocurriera más recientemente con Donald Trump, fueron rápidamente caracterizadas como populistas por la opinión establecida y los académicos convencionales.

 

El término tiene una larga historia que no podemos resumir aquí. Es bien sabido que el término no se originó en nuestro continente. Su génesis, según muchos, se encuentra en los debates políticos de la Rusia zarista. En 1894 Lenin escribió su obra ¿Quiénes son los “amigos del pueblo” y cómo combaten a la socialdemocracia?, introduciéndose de lleno en el debate de la época contra los narodniki, o sea, los populistas rusos. Estos planteaban, en esencia, que la formación social rusa tenía caracteres tan específicos y originales que la tornaban irreductible a la lógica del capital. Sus esperanzas estaban puestas en la rebelión de las masas campesinas contra el zarismo y los terratenientes, confiando en que de este modo Rusia podría llegar al socialismo sin tener que pasar por las horcas caudinas del capitalismo. De este lado del Atlántico, en Estados Unidos, hacia finales del siglo xix el término populismo se había convertido en parte del léxico usual y corriente de la vida política para aludir a los intereses de las capas populares del agro crecientemente desplazadas por el impetuoso avance del gran capital.

 

Pero sería en su migración hacia América Latina cuando el populismo adquiriría una significación diferente. En los años sesenta del siglo pasado, autores como Gino Germani, Torcuato S. Di Tella, Silvio Frondizi, Fernando H. Cardoso, Francisco Weffort, Octavio Ianni, Aníbal Quijano, Julio Cotler, Agustín Cueva, Edelberto Torres Rivas, Pablo González Casanova y Arnaldo Córdova, entre otros, apelaron a ese término para caracterizar a un conjunto de regímenes y movimientos políticos surgidos en el marco de la crisis de la dominación oligárquica y signados por la tumultuosa irrupción de las masas en la vida política de algunos países de América Latina, principalmente en Argentina, Brasil, México y, en menor medida, en algunos otros de la región, aunque con características más atenuadas[2]. Fenómeno difícil de definir según todos los autores, el populismo combinaba un ascenso de la lucha y, en algunos casos, de la organización de las masas populares con un liderazgo carismático y una relación directa entre el líder y su base plebeya que ponía en cuestión no sólo la dominación oligárquica sino también la mecánica de la democracia representativa. Para los autores instalados en una perspectiva marxista, el populismo reflejaba un súbito cambio en la correlación de fuerzas entre los grupos dominantes tradicionales y los grandes segmentos del campo popular, especialmente una clase obrera urbana de muy reciente constitución, salvo en unos pocos países donde esta había aparecido, incipientemente, con anterioridad. Una irrupción, por lo tanto, que precipitó la crisis de la forma estatal propia de la oligarquía y que además desencadenó la emergencia de otra que la sustituyó, caracterizada por la emergencia de un nuevo bloque dominante y un significativo aumento de la autonomía relativa del Estado en relación con el mismo. Si en el Estado oligárquico las clases dominantes contaban con una institucionalidad que casi sin mediaciones transmitía e imponía sus intereses al conjunto de la sociedad, en la nueva situación el Estado capitalista mudó su estructura y su fisonomía y alcanzó grados inéditos de independencia en relación con aquellas, haciendo lugar a –y canalizando las demandas de– la masa plebeya (pequeña burguesía, obreros, jornaleros, trabajadores del campo) que tradicionalmente habían sido excluidos de la ciudadanía. Tal como lo plantearon en un notable libro Christine Buci-Glucksmann y Göran Therborn al analizar el caso europeo, el tránsito desde el viejo Estado liberal al Estado keynesiano significó no sólo el cambio de un modelo de acumulación capitalista sino, inevitablemente, el establecimiento de un nuevo modelo de hegemonía burguesa, distinto al precedente y congruente con las nuevas necesidades del proceso de acumulación (Buci-Glucksmann y Therborn, 1981). La misma transición tuvo lugar en América Latina (no simultáneamente, debido al desigual desarrollo del capitalismo entre los diversos países de la región) una vez producido el derrumbe del modelo de desarrollo oligárquico-dependiente, para usar la expresión de Agustín Cueva. Sólo que en nuestros países, insertos en el espacio geopolítico norteamericano, alejados de la influencia que sobre Europa proyectaba el siempre peligroso ejemplo de la Unión Soviética y caracterizados por una historia social diferente, la forma específica en que se produjo ese reemplazo fue una variante muy peculiar del Estado keynesiano: el populismo y no el compromiso de clases socialdemócrata.

 

Es precisamente a causa de esto que en la concepción dominante en las ciencias sociales de mediados del siglo pasado el populismo remitía a una situación estructural caracterizada como un “empate de clases” o, según otros, influidos por el pensamiento de Gramsci, un “equilibrio catastrófico”, diagnóstico que era compartido aun por autores poco propensos a utilizar el análisis de clases o el marco teórico marxista en sus estudios sobre las sociedades latinoamericanas. Fue precisamente este rasgo el que motivó que algunos marxistas de la región utilizaran como fuente de inspiración para el estudio de este novedoso fenómeno las reflexiones de Marx sobre el bonapartismo francés, las de Engels sobre el bismarckismo alemán, las de Trotsky sobre algunas experiencias históricas de la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial y las de Gramsci sobre los cesarismos “regresivos” y “progresivos”[3]. En otras palabras, al referirse al populismo tanto unos como otros apuntaban a un momento especial de la historia de nuestras sociedades en el cual las nuevas clases populares emergentes así como ciertos estratos de la pequeña burguesía en alianza con sectores subordinados dentro del bloque dominante (como la burguesía industrial, por ejemplo) y con ciertas categorías sociales como las fuerzas armadas o la burocracia estatal rompieron el equilibrio tradicional del Estado oligárquico e inauguraron una nueva fase en el desarrollo de la sociedad. La forma estatal que plasmó esta nueva correlación de fuerzas, caracterizada, en realidad, por un “doble empate social”, fue denominada por uno de los autores ya mencionados, Francisco Weffort, como “estado de compromiso”. E insistimos en el concepto de “doble empate social” porque, contrariamente a las opiniones más difundidas, no se trató sólo de uno sino de dos: por una parte, se dio un empate entre las nuevas masas populares y los sectores hegemónicos de la coalición populista (la burguesía y sus aliados en las fuerzas armadas y el aparato estatal); por otra parte, se produjo un empate entre el bloque populista y los tradicionales detentadores del poder político, económico y social, subsumidos en aras de la brevedad bajo el nombre de “oligarquía”. Doble empate, por ende, porque ni los nuevos sectores obreros pudieron sobreponerse a la “dirección burguesa” en el seno del movimiento y del Estado populistas y, por otra parte, porque esta coalición fue incapaz de quebrar la espina dorsal del ancien régime mediante una reforma agraria que debilitara irreversiblemente el poderío de los dueños de la tierra. No sorprende, por lo tanto, constatar la presencia de dos rasgos que caracterizaron a los Estados populistas a lo largo de toda su trayectoria, especialmente en países como Argentina donde el fenómeno se hizo presente con rasgos muy acentuados: por una parte, su inestabilidad y su alto grado de conflictividad social, producto precisamente de este irresuelto doble empate; segundo, la corta duración de estos experimentos, en realidad, fases transicionales que se extendieron entre el ocaso de la dominación oligárquica y el ascenso y la consolidación de un nuevo bloque dominante hegemonizado por el capital transnacional.

 

En otras palabras, los determinantes estructurales del populismo remiten a una fase en la historia del capitalismo latinoamericano y mundial en la cual la burguesía nacional se constituyó como dominante y pretendió llevar adelante su “misión histórica” de construir el mercado interno y, a partir de ello, poner en práctica un conjunto de políticas que hicieron posible ensayar en estas tierras una modesta versión del Estado de Bienestar keynesiano, por esos años en auge en la Europa de posguerra[4]. Pero tal como lo señala hasta la saciedad la literatura especializada en esta materia, ese proceso llegó a su fin, especialmente en la periferia capitalista, con la conformación de una nueva fracción de la clase dominante formada por las grandes empresas transnacionales y la posterior constitución de una “burguesía imperial” que eliminaría (o, en todo caso, subordinaría por completo) a los viejos restos de la burguesía nacional. En Argentina este proceso de “destrucción creativa” del capital, para usar la expresión de Joseph Schumpeter, fue meticulosamente llevado a cabo; en México ocurrió casi lo mismo con la otrora poderosa burguesía nacional surgida al calor de la Revolución Mexicana y de las políticas del Estado priísta y más tarde diezmada por las políticas de Salinas de Gortari –especialmente el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá– y, posteriormente, por los gobiernos del Partido Acción Nacional (pan) y el inglorioso retorno del PRI de la mano de Enrique Peña Nieto; y en Brasil ese sector sobrevive reducido a su mínima expresión en su volumen y su gravitación numérica y fuertemente ligado a –y dependiente de– la dinámica que imprimen las grandes transnacionales que pasaron a comandar, sin contrapesos, el proceso de acumulación capitalista que coronó su ofensiva con el derrocamiento de Dilma Rousseff del Palacio del Planalto. Extinguidas o al menos irreversiblemente debilitadas las burguesías nacionales, fragmentadas y atomizadas las clases populares que protagonizaron las grandes jornadas del populismo y agotada la etapa de los “capitalismos nacionales”, el populismo pasó a ocupar un lugar en el museo político de las sociedades latinoamericanas. Por eso nada tiene que ver con nuestro presente y, mucho menos, con nuestro futuro.

 

              Pese a todo lo expresado anteriormente y para sorpresa de muchos el populismo protagonizó un triunfal retorno en el mundo de la academia y en el lenguaje público. Claro que lo que regresa no es lo mismo: a diferencia de su primera aparición, cuando la teorización y el debate encontraban sus referentes externos y concretos en diversos movimientos y regímenes políticos –tales como el peronismo, el varguismo, el rojaspinillismo, el ibañismo, el aprismo–, ahora el concepto retorna al ruedo pero habiendo desaparecido la referencia terrenal que encendía las discusiones de los años sesenta. ¿Por qué?

              A nuestro entender la razón es bien simple: porque en su espectral reencarnación el populismo reaparece ya no como el reflejo de una situación estructural (“equilibrio catastrófico”, fin de la dominación oligárquica, etcétera) sino como un atributo general de la política, de toda política; o como un estilo de vinculación entre los líderes y las masas; o como una estrategia discursiva o una retórica. En todo caso, el rasgo que caracteriza esta resurrección es que se trata de una forma política desprovista de contenido. Así concebido, el concepto se diluye hasta tal grado que, según uno de sus principales teóricos, Ernesto Laclau, se convierte en coextensivo con la noción misma de política.

 

Nuestro intento –dice este autor al pasar revista a los usos del concepto– no ha sido encontrar el verdadero referente del populismo, sino hacer lo opuesto: mostrar que el populismo no tiene ninguna unidad referencial porque no está atribuido a un fenómeno delimitable, sino a una lógica social cuyos efectos atraviesan una variedad de fenómenos. El populismo es, simplemente, un modo de construir lo político (Laclau, 2005: 11; énfasis en el original).

 

Y, ya al promediar su ensayo, Laclau insiste en señalar que “siempre que tenemos esta combinación de momentos estructurales –la construcción de fronteras internas y la identificación de un ‘otro’ institucionalizado–, cualesquiera que sean los contenidos ideológicos o sociales del movimiento político en cuestión, tenemos populismo de una clase u otra” (Laclau, 2005: 151).

 

La conclusión de este análisis –en el cual se advierten las fuertes resonancias de la concepción schmittiana de la política como expresión del enfrentamiento “amigo-enemigo”– es que toda política es populista, por lo cual el concepto pierde gran parte de, si no toda, su utilidad heurística. Pero si las formas puras son desvelo y obsesión de los geómetras, para la filosofía política el estudio de las formas despojadas de todo contenido o desvinculadas de cualquier unidad referencial no sólo es un grave error sino el camino seguro para la capitulación ideológica. Y esto es así porque al concebir al populismo, cualquiera sea su signo, como una supuesta impugnación del orden establecido por un “otro” dominante se impide la intelección de los fundamentos últimos del conflicto social –la lucha de clases– al reducirlo a una oposición formal entre un “nosotros” y un “ellos”. Por este camino la filosofía política se desentiende por completo de cualquier reflexión sobre la buena sociedad, algo que necesariamente remite a los contenidos éticos y valorativos de una propuesta política y no sólo a su forma o a su lógica de construcción. En efecto, ¡cómo no diferenciar entre una democracia comandada por un bloque histórico comprometido con la construcción del socialismo de otra cuyo principal objetivo sería preservar el poderío y los privilegios de las clases dominantes tradicionales! Ya en los años ochenta Agustín Cueva realizó una devastadora crítica a las optimistas teorizaciones sobre la democracia en América Latina cuando, en el marco del entusiasmo producido por el desmoronamiento de las dictaduras, numerosos autores pasaron a concebirla como una forma de régimen caracterizada por la “democraticidad” de sus procedimientos” y sus métodos de funcionamiento, despreocupándose alegremente del contenido clasista que revela el secreto mejor guardado de ese régimen[5].

 

En el caso del populismo, la polisemia del concepto conspira fatalmente contra su utilidad analítica y lo revela como históricamente vacío. Esta radical escisión entre el concepto teórico y el mundo de la experiencia le permite a Laclau sostener, como señalamos anteriormente, que toda política es populista dado que el populismo no sería otra cosa que la forma en que un líder simboliza y articula demandas sociales insatisfechas. O, dicho en otros términos, en la medida en que el populismo expresaría un antagonismo, por ejemplo, entre plebeyos y oligarcas o entre progresistas y conservadores. Ante esta evaporación conceptual por la cual, como en gran parte de la obra de Laclau, “todo lo sólido se disuelve en el aire”, para utilizar la expresión de Marx y Engels en el Manifiesto comunista, no sorprende que este autor califique como “populistas” fenómenos no sólo diferentes sino también diametralmente opuestos desde el punto de vista de la lucha de clases y los contenidos de sus respectivos proyectos políticos. Por eso en una obra anterior Laclau ya decía que “es posible calificar de populistas a la vez a Hitler, a Mao o a Perón” porque todos ellos construyen una antinomia que enfrenta a unos sectores sociales con otros (Laclau, 1978: 203). Atrapado en tal incoherente formalismo no tiene otra escapatoria más que introducir una distinción entre populismos de derecha y de izquierda, aunque esta de ninguna manera resuelve el problema. De ahí que Laclau sostenga:

 

El gobierno de Uribe es un populismo de derecha, en el sentido [de] que con su discurso del orden él logra crear una cierta cohesión social de grupos opuestos al cambio. De otro lado hay un populismo de izquierda que se ejemplifica claramente en Ecuador, en Bolivia, en Venezuela y, en términos de las opciones económicas, aunque no todavía en una forma política cristalizada, la Argentina (Laclau, 2007).

 

En conclusión, se utiliza un mismo concepto, calificado según su ubicación en el espectro ideológico “derecha-izquierda”, para caracterizar a dos gobiernos como el de Uribe y el de Chávez, cuyos “significados históricos” son radicalmente opuestos. Mientras que en Colombia las políticas de su populista presidente precipitaron la conversión de facto de ese país en un protectorado de Estados Unidos y ocasionaron a lo largo de ese camino unos 35 mil asesinatos políticos, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales (entre ellos, el escandaloso caso de los “falsos positivos”[6]), en Venezuela el gobierno del presidente Chávez trataba de sentar las bases para la construcción de un socialismo del siglo xxi. La pregunta que surge inmediatamente es la siguiente: ¿qué utilidad puede tener un concepto que se revela incapaz de diferenciar regímenes que manifiestan comportamientos tan radicalmente diferentes como los que en su tiempo encarnaron Hitler, Mao y Perón o, para seguir con los ejemplos citados por Laclau, entre Chávez y Uribe? Si uno de los rasgos que define a una buena teoría es su capacidad para forjar conceptos que permitan distinguir y establecer diferencias entre fenómenos que a primera vista parecen semejantes, ¿para qué sirve una teoría que fracasa tan estruendosamente en lo que respecta al logro de este primordial propósito? ¿Qué queda del sabio consejo de René Descartes que nos exhortaba a manejarnos con ideas “claras y distintas”? La historia de la filosofía está saturada de reflexiones acerca de la necesidad de distinguir la esencia de la apariencia, dado que esta última casi invariablemente oculta la verdadera naturaleza de las cosas. En los análisis de Marx esta discusión aparece a propósito del fetichismo de la mercancía que encubre la relación social de explotación que la produce y la transa en el mercado. Volviendo a la “equivalencia” postulada por Laclau entre los gobiernos de Uribe y Chávez, ¿acaso son tan insignificantes e irrelevantes las diferencias antes apuntadas –un verdadero genocidio contra el pueblo colombiano por contraposición a un gobierno que ha elevado las condiciones materiales y espirituales de vida de los venezolanos– como para poder incluir estos dos casos bajo un mismo concepto? Dejamos que los lectores respondan a esta pregunta.

 

Para ir cerrando esta sección digamos que se ha vuelto un lugar común hablar de una izquierda “seria, responsable, pro mercado” y una izquierda irresponsable, arcaicamente “antinorteamericana” y ululante, para la cual se reserva el adjetivo de “populista”. El populismo, según esta concepción claramente distanciada de la visión que propone Laclau, sería la auténtica “bestia negra” de la política latinoamericana, es el enemigo a destruir. Para los mandarines del imperio el populismo es algo más que una forma de construcción de lo político, un estilo o una retórica. Ante esta agresión fogoneada y hábilmente orquestada desde el centro imperial, la argumentación que formula nuestro autor opone una muy débil resistencia porque su exaltación del populismo como la forma universal de la política no termina de persuadir a los enemigos de los procesos emancipatorios latinoamericanos para que depongan sus actitudes belicistas. Estos, por el contrario, ven en eso que denominan populismo algo saturado de amenazantes contenidos clasistas y, por eso, mucho más concreto que un estilo discursivo de vinculación entre el líder y la plebe; lo conciben como la posible antesala de una revolución. Esto puede no ser necesariamente cierto, pero apunta hacia un sujeto político concreto que, bajo ciertas condiciones, podría volverse sumamente peligroso, no por su lógica de construcción sino por los contenidos concretos, eventualmente anticapitalistas o difusamente “subversivos”, que podrían generar su movilización y su protagonismo[7].

El populismo visto desde el imperio

 

Es conocida la obsesión que los personeros del más alto nivel del gobierno norteamericano tienen en relación con lo que ellos caracterizan como “populismo”. En realidad se equivocan, al menos en un aspecto: los gobiernos de Hugo Chávez –y ahora Nicolás Maduro- en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador no son gobiernos populistas. Si lo fueran no representarían mayor peligro para la dominación norteamericana en la región porque, como lo enseña la parábola ideológica del populismo argentino, esa clase de regímenes terminan traicionando los intereses populares y capitulando ante la derecha, las clases dominantes y el imperialismo. O, si llegaran a presentar alguna resistencia, terminarían siendo aplastados por la coalición de aquellos[8].

Pero estos gobiernos son algo bien distinto del populismo: primero, porque desaparecidos sus fundamentos estructurales este tipo de régimen se extinguió hace largas décadas y no tiene posibilidad alguna de resurrección en la actual fase del capitalismo transnacionalizado y globalizado; segundo, porque más allá de sus diferencias y los enormes obstáculos encontrados a lo largo de la marcha (“guerra económica”, “terrorismo mediático”, ofensivas diplomáticas, presiones políticas, etcétera) los regímenes instaurados en Venezuela, Bolivia y Ecuador tienen como común denominador la pretensión de fundar un nuevo tipo de organización económica, social y política: el socialismo del siglo xxi. En lugar de predicar como el populismo la armonía entre las clases y el carácter neutral del Estado como árbitro “imparcial” del conflicto clasista, los gobiernos de los países bolivarianos saben muy bien que la lucha de clases existe, que la reacción oligárquico-imperialista es inexorable y que la única defensa que pueden ensayar reposa sobre su capacidad de facilitar la organización de las clases y las capas populares; descentralizar el poder del Estado para empoderar a las comunas (recordar el dicho de Chávez: ¡Comuna o nada!) y los consejos populares; y, sobre todo, librar la “batalla de ideas” para concientizar a las clases subordinadas sobre la naturaleza de la empresa en la cual se encuentran involucradas. Todo lo anterior es indispensable para avanzar en la “desmercantilización” de los más diversos aspectos de la vida económica y social que fueron privatizados y convertidos en mercancías durante el período neoliberal (como la salud, la educación, la seguridad social, etc.), lo cual sería inconcebible a partir de la gestión de un Estado que se declarase “neutral” en la lucha de clases. Nada de esto existía en la agenda de los populismos latinoamericanos, o figura en la agenda de un proyecto como el que encarna Uribe. Las experiencias que Laclau subsume bajo la categoría de “populismos de izquierda” son, en realidad, algo bien distinto que no tiene nada que ver con el populismo rigurosamente definido (Boron, 2008: caps. 2 y 3).

 

Fue precisamente por eso que en la celebración del 12 de octubre de 2007 el ex presidente George W. Bush urgió, en una aparición pública en el Hotel Radisson de Miami, al Congreso de Estados Unidos que aprobara cuanto antes los tratados de libre comercio con Perú, Panamá y Colombia “porque estos acuerdos ayudarán a nuestros amigos en el vecindario haciendo que salgan de la pobreza. Estos acuerdos contrarrestarán el falso populismo promovido por algunas naciones en el hemisferio y fortalecerán a las fuerzas de la libertad y la democracia en las Américas” (Bush, 2007). Es interesante destacar que esta noción de “falso populismo”, alusiva a un populismo “bueno” que no comprometería las estructuras de dominación vigentes, sería análoga al “populismo de derecha” de Laclau. Si bien la alusión a Chávez está velada en la alocución del presidente, su secretaria de Estado fue mucho más explícita en una entrevista concedida pocos días antes a la conservadora cadena de noticias Fox. En esa entrevista Condoleezza Rice afirmó:

 

Tenemos unos pocos muy importantes acuerdos de libre comercio que están a punto de ser aprobados por el Congreso: Perú, Panamá, Colombia. […] acuerdos con nuestros […] más importantes amigos en América Latina. Todos están preocupados por el tipo de populismo, un populismo destructivo, de gentes como Hugo Chávez. Pero el modo de neutralizarlo no es ponerse de pie y pronunciar discursos sobre Hugo Chávez sino que nos alineemos con aquellos líderes y aquellos Estados que están realmente preparados para luchar contra el terrorismo, contra el populismo; preparados para mantener sus mercados abiertos, apoyando a su pueblo y gobernando democráticamente. Y hablando francamente no encuentro ejemplo más grande e importante que el del gobierno de Uribe en Colombia […] uno de los más pro norteamericanos, uno de los más democráticos […] por eso le estoy dedicando mucho tiempo estos días a promover este caso, que está en el centro de algunas de nuestras más importantes iniciativas en materia de política exterior (Rice, 2007).

 

Nótese, por un lado, el abierto reconocimiento del extraordinario papel que Colombia juega en la geopolítica del imperio, lo que hizo que Álvaro Uribe y la derecha de ese país se enorgullecieran de haberlo convertido en la “Israel sudamericana”. Por el otro, la ligereza y la irresponsabilidad con la que Rice equipara el populismo con el terrorismo. Metonimia que, sin duda, prepara el terreno para una escalada agresiva y belicista en contra de la Revolución Bolivariana y, en general, contra todos los gobiernos progresistas de la región. Ya es bien sabido por la mercadotecnia de la guerra y sus publicistas que una de las condiciones de esta es, antes que nada, satanizar al enemigo, de forma tal que la opinión pública sea anestesiada y que cualquier reacción de carácter moral sea sofocada antes de nacer. Ya en varios documentos del Congreso de Estados Unidos los nombres de Chávez y otros líderes del “eje del mal” aparecían permanentemente asociados a “pobreza, violentos conflictos guerrilleros, líderes autocráticos, narcotráfico y populismo radical” (Congressional Research Service, 2006).

 

Por su parte, John F. Maisto, embajador de Estados Unidos ante la Organización de los Estados Americanos (oea), había advertido para esa misma fecha –septiembre de 2006– que América Latina debía evitar “sucumbir a los cantos de sirena del caudillismo y el populismo, de los cuales nuestros pueblos habían cosechado amargos frutos”[9]. Pero quienes se manifestaron más radicalmente sobre este tema fueron algunos altos oficiales del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Según afirmó un estudioso del tema, José Mullighan, en su testimonio ante el Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, el general James T. Hill, jefe del Comando Sur, declaró lo siguiente:

 

“Nos enfrentamos a dos tipos principales de amenazas en la región: un conjunto establecido de amenazas descrito detalladamente en años anteriores, y un conjunto naciente que probablemente levanta cuestiones serias durante este año”. Entre las primeras Hill mencionó a “los narcoterroristas y sus semejantes; … pandillas urbanas y otros grupos ilegales armados, que son generalmente ligadas también al comercio de drogas; y una amenaza menor pero sofisticada de grupos radicales islámicos en la región”. Estas amenazas se combinan con otra, “el populismo radical, en que el proceso democrático es socavado para disminuir más que proteger los derechos individuales”. Según el General Hill la frustración causada por el fracaso de las reformas democráticas y económicas han sido utilizadas por estos líderes radicales para “inflamar el sentimiento antiestadounidense” (Mullighan, s/f).

 

Finalmente, un informe del National Intelligence Council titulado Global trends 2015. A dialogue about the future with nongovernment experts no vacila en calificar al populismo como una de las amenazas a la democracia y la libertad. En la parte del informe dedicada a los “Progresos y retrocesos de la democratización”, cuya redacción no por casualidad fue encargada a la Agencia Central de Inteligencia (cia, por sus siglas en inglés), sostiene que mientras unos pocos países, como México, Argentina, Chile y Brasil, parecen encaminarse gradualmente hacia la construcción de instituciones democráticas más sólidas y estables, en otros países “el crimen, la corrupción pública, la persistencia de la pobreza y el fracaso de los gobiernos para enfrentar el empeoramiento de la desigualdad de ingresos proveerán un terreno fértil para políticos populistas y autoritarios” (National Intelligence Council, 2000). En el mismo sentido se manifiesta un documento mucho más reciente, la National Security Strategy de la Casa Blanca, fechado en Febrero del 2015 en donde, de nueva cuenta, el populismo aparece asociado con el terrorismo, el narcotráfico y el crimen organizado. Son, en términos de ese texto, el enemigo a vencer.

 

Breve nota a guisa de conclusión

 

La conclusión provisional a la que podemos llegar es que el auge de la teorización sobre los populismos latinoamericanos es fruto de la nueva coyuntura sociopolítica de la región y de la belicosidad de la respuesta de las clases dominantes locales y del imperio ante los anhelos emancipatorios de los pueblos latinoamericanos. Utilizado por la derecha para descalificar y hasta satanizar la irrupción de nuevas fuerzas políticas de izquierda y para  extorsionar a la vacilante centroizquierda en la región, el término ha sido recuperado por algunos autores de diferentes maneras y con dispar suerte: desde una positiva valoración de los contenidos “nacional-populares” que inevitablemente deben estar presentes en procesos orientados hacia la construcción de un nuevo socialismo, el socialismo del siglo xxi, hasta una exaltación del “populismo” al rango de categoría central que atraviesa cualquier fenómeno de la vida política y merced al cual pierde toda su especificidad y su capacidad para interpretar los procesos políticos de nuestra época.

 

Tal vez podría argüirse que un uso mucho más limitado del concepto, referido exclusivamente a ciertas características del discurso o al estilo de relacionamiento entre los líderes y las masas, podría ser de cierta utilidad para descifrar algunos rasgos de la política contemporánea de América Latina. No hay dudas de que bajo esa perspectiva existen significativas diferencias entre los estilos comunicacionales de un Chávez y un Lula; o entre “Pepe” Mujica y Tabaré Vázquez. Pero ni siquiera en ese plano es posible establecer un paralelismo entre Chávez y Uribe, para proseguir con el ejemplo propuesto por Laclau. Porque si bien la dialéctica del enfrentamiento se encuentra en el origen del populismo –¡como de cualquier expresión política en la medida en que el sustrato de la política es la lucha de clases!- no necesariamente se infiero de ello que el enfrentamiento mediatizado por la forma política del populismo construya un sujeto contestatario. Es posible que así sea, pero nada indica que necesariamente vaya a ser así. Es más, creemos que el populismo ha actuado en Nuestra América como un sustituto de la revolución, o al menos como un factor de disipación de las energías revolucionarias. No fue un catalizador de revoluciones sino un distractor de ansias de rebelión que condujo a las masas por el traicionero sendero de la conciliación de clases. Populismos que sólo fueron “populares” (en el sentido de una elevación integral, material y espiritual de las masas) en lo superficial, y casi siempre privados de un componente genuinamente emancipatorio, convirtiéndose el camino regio hacia la supeditación de las clases y las capas subalternas a la nueva hegemonía burguesa. En ese sentido los populismos de los años treinta y cuarenta en México, Argentina y Brasil son sumamente reveladores: ninguno de ellos trascendió las fronteras de la dominación burguesa y, aunque en algunos casos se lograron algunas conquistas sociales relativamente duraderas, aquellos regímenes de ninguna manera convirtieron a la antinomia populista en un proyecto de genuina emancipación social. Reflotar ese término en coyunturas como las actuales sólo puede traer más confusión cuando lo que se necesita es claridad política para identificar a los enemigos, conocer nuestras fortalezas y planear con sensatez y responsabilidad los pasos a dar para construir una sociedad mejor. Además, ¿por qué hablar de “populismo de izquierda”, con toda la ambigüedad que tiene esa expresión, cuando se debería hablar del “socialismo” o de procesos de transición hacia el socialismo?

 

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Ianni, Octavio 1984 La formación del Estado populista en América Latina (México: Ediciones Era).

Laclau, Ernesto 1978 Política e ideología en la teoría marxista (Madrid: Siglo XXI).

Laclau, Ernesto 2005 La razón populista (Buenos Aires/México DF: Fondo de Cultura Económica).

Laclau, Ernesto 2007 “El nuevo populismo va a ser la base de la estabilización del Mercosur” en Clarín.com (Buenos Aires) 29 de mayo.

Modonesi, Massimo y Maristella Svampa 2016 “Post-progresismo y horizontes emancipatorios en América Latina «  en Rebelión, 13 Agosto   http://rebelion.org/noticia.php?id=215469

Mullighan, José P. s/d “Comando Sur de EEUU combate al ‘populismo radical’ en América Latina” en Altercom. Comunicación para la libertad. En <www.altercom.org/article143425.html>.

National Intelligence Council 2000 Global trends 2015. A dialogue about the future with nongovernment experts (Washington DC) diciembre. En <www.dni.gov/nic/NIC_globaltrend2015.html>.

Rajland, Beatriz 2008 El pacto populista en la Argentina (1945-1955): proyección teórico-política hacia la actualidad (Buenos Aires: Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación).

Rice, Condoleezza 2007 “Secretary Rice interview with Fox News Editorial Board”, Comunicado de prensa del Departamento de Estado de los Estados Unidos, 26 de septiembre.

[1] El debate sobre este ciclo político se intensificó a partir de la victoria del neoliberal Mauricio Macri en la elección presidencial de la Argentina (Noviembre de 2015) y el fraudulento, ilegal e ilegítimo golpe institucional que depuso a la presidenta Dilma Roussef en Brasil. Un resumen se encuentra en Atilio A. Boron y Paula Klachko (2016) El argumento canónico del fin de ciclo lo plantea un trabajo de Massimo Modonesi y Maristela Svampa (2016). Una amplia discusión sobre el asunto se encuentra en el dossier de ALAI (2016) dedicado al tema. Una visión de conjunto de todo el ciclo iniciado en 1999 lo ofrecen Arkonada y Klachko (2016)

[2] Ver, especialmente, Germani (1962; 1975), Di Tella (1965) y Di Tella, Germani e Ianni (1973). Un análisis reciente del tema, desde una perspectiva estructural, puede consultarse en Rajland (2008).

[3] Una distinción –que no podemos desarrollar aquí– que permite diferenciar al populismo del bonapartismo es la que establece que, mientras que en el primero el impulso ascendente de las masas es el que fija el ritmo y la dirección del proceso de cambio, en el bonapartismo este predominio queda en manos de las “alturas” del aparato estatal y sus ocupantes, que se erigen entonces como los árbitros inapelables de las luchas de clases. Claro está que en los procesos históricos más logrados y de más larga duración, como el caso argentino, el ciclo populista agotado ya hacia finales de los años cuarenta del siglo pasado dio lugar a la consolidación de un estado bonapartista que, si bien reflejaba la nueva correlación de fuerzas que estaba en la base de la declinación oligárquica, hacía lo propio con la creciente desmovilización y el encuadramiento institucional de las masas. Podría decirse, en consecuencia, que el termidor del populismo se manifiesta en primer término en la constitución de un régimen bonapartista y, posteriormente, en su derrumbe definitivo y su desplazamiento a manos de una nueva coalición dirigida por el gran capital transnacional.

[4] Los clásicos del marxismo latinoamericano, desde Mariátegui hasta Fidel, pasando por el Che, jamás creyeron en la capacidad de las burguesías para reproducir en nuestra región la “misión histórica” que estas habían desempeñado en el ámbito europeo. Por eso Guevara se refería a ellas como “burguesías autóctonas”, privadas de un proyecto nacional. El tiempo les dio la razón. Ver, sobre este tema, Guevara (1967).

[5] Ver Agustín Cueva (1986; 1988). Hemos criticado a fondo estas teorizaciones en Boron (2000; 2003; 2006; 2009), razón por la cual no nos detendremos aquí en el examen de estas cuestiones.

[6] La expresión “falsos positivos” refiere a las víctimas de una política ordenada por el presidente Uribe consistente en premiar con una cierta cantidad de dinero a los miembros de las fuerzas de seguridad como recompensa por cada guerrillero muerto, que en la jerga militar se denomina “un positivo”. Esta política derivó en el asesinato indiscriminado de civiles inocentes. Los miembros del ejército se dirigían a caseríos marginales del campo y reclutaban jóvenes desocupados ofreciéndoles empleo; una vez que estas personas se hallaban fuera de su lugar de origen eran asesinadas y presentadas por las fuerzas de seguridad como si se tratara de guerrilleros. De este modo, Uribe demostraba los “éxitos” de su política de “seguridad democrática” y los otros cobraran su infame recompensa.

[7] No es este el lugar para explorar detenidamente el pensamiento de Laclau sobre esta materia. Ya en otra ocasión hemos examinado a fondo las insalvables limitaciones de su teorización sobre la hegemonía, sólidamente instalada, como reconoce el propio autor, “en el terreno del posmarxismo”. En esta ocasión, el formalismo de su elaboración sobre el populismo (aun reconociendo el loable propósito, que compartimos, de salir a combatir “la denigración de las masas”), así como la sorprendente ausencia de ciertas distinciones importantes cargadas de significación política real (por ejemplo, entre los discursos, las ideologías, los movimientos sociales, los regímenes y las políticas populistas, categorías que en ningún caso pueden ser consideradas indistintamente) y el desinterés por las condiciones histórico-estructurales que hacen posible la aparición del fenómeno, conspiran una vez más contra la empresa que él mismo se había propuesto alcanzar. Sobre este tema, ver Boron (2000: cap. 3).

[8] El caso argentino es elocuente al respecto: Juan D. Perón triunfó en las elecciones de 1946 teniendo como eslogan de campaña “Braden o Perón”, siendo aquel el embajador de Estados Unidos en la Argentina. Sin embargo, agotado el ciclo ascendente y fuertemente redistribucionista del peronismo entre 1946 y 1950, poco a poco el régimen fue sometiéndose a las exigencias del imperio. Pocos episodios podrían representar mejor la capitulación del populismo peronista que la visita de Milton Eisenhower a la Argentina, la cual evidenció el cambio en las relaciones del país con Estados Unidos, luego de que el gobierno peronista admitiera el ingreso de las firmas petroleras estadounidenses y abandonara las políticas heterodoxas implementadas en el pasado. Para testimoniar esa reorientación, que también implicó un primer acercamiento al fmi, Eisenhower, enviado personal de su hermano Dwight, a la sazón presidente de Estados Unidos, fue condecorado con la medalla de la lealtad peronista, el máximo galardón otorgado por el partido a quienes sobresalían en su lucha por los principios de la “justicia social” que supuestamente encarnaba el peronismo. Sobre este tema, ver asimismo Rajland (2008).

[9] Discurso del embajador John F. Maisto, pronunciado ante el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (iidh, San José, Costa Rica) el día 28 de septiembre de 2006. La coincidencia de fechas entre las declaraciones de Rice y del propio Bush es cualquier cosa menos casual: son manifestaciones de una campaña perfectamente bien diseñada y coordinada, en la cual, como en toda buena orquesta, cada solista interviene en el momento oportuno y con el fin de realzar el impacto del conjunto. Conviene aclarar, para los lectores no demasiado familiarizados con este tema, que Estados Unidos no ha ratificado la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica), razón por la cual no acepta la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Así, hay que ser muy cínico para pronunciar discursos como el de Maisto cuando su propio país no ha ratificado el Pacto de San José ni admite la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Para más detalles sobre este tema, ver Atilio A. Boron y Andrea Vlahusic (2009: 66-67).

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Un comentario

  1. Es un gusto tener un primer encuentro con la página. Mi nombre es Juan, vivo en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina.

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