Inicio / Dossiers / Lenin, la Revolución de Octubre y la unión de lo social con lo nacional y colonial

Lenin, la Revolución de Octubre y la unión de lo social con lo nacional y colonial

Isabel Monal

 

Si consideramos la teoría de la revolución como el alma misma del marxismo y el leninismo, resulta entonces imprescindible conferirle a la relación entre lo social y la llamada cuestión nacional y colonial un lugar central en la línea de la teoría y la praxis emancipatoria.

El pensamiento y el quehacer de Lenin, así como la acción llevada a cabo por la Tercera Internacional leninista, son claves en este asunto; se trata propiamente, claro, de la Internacional leninista durante el muy corto período en que esta estuvo guiada por el ideario de su artífice y el auténtico espíritu del Octubre Rojo.

Resulta necesario comenzar con las precisiones de las posiciones de Marx y Engels respecto a estas cuestiones, como un punto de partida insoslayable para la comprensión y justa apreciación de la dimensión de los aportes de Lenin en esta temática.

El estudio y comprensión analítica de las ideaciones de Marx y Engels sobre la cuestión nacional y el problema colonial se hace muy dificultoso, entre otras razones, por lo disperso del material sobre el tema; pero también porque sus opiniones y juicios son con frecuencia ambiguos y, alguna que otra vez inclusive, contradictorios.

No podría decirse que hubo desde los inicios un interés claro y consistente en los clásicos fundadores del marxismo por la cuestión nacional, en especial si se le compara con otros aspectos de su visón teórica que lógicamente concitaron mayor atención debido a que eran medulares para sus empeños por  la revolución social socialista y comunista. La atención de ambos por esta problemática se muestra de manera evidente y acentuada sobre todo a partir de los acontecimientos de la Revolución de 1848 la cual convulsionó Europa y propulsó la cuestión de los nacionalismos al proscenio político y militar europeo; incluso, en el plano político y real de los acontecimientos, el mapa mismo del viejo continente quedó modificado después de los acontecimientos del 48 y los años subsiguientes. Así la revista teórico-revolucionaria Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana) –que como se sabe Marx dirigía con Engels como segundo–, dedicó buena parte de sus páginas al conjunto de problemáticas relacionadas con la cuestión nacional, y continuó haciéndolo después del fracaso de la revolución del 48. La mayoría de los textos al respecto eran de Engels, quien era considerado como el especialista de la temática entre ellos. En general podría decirse con justeza que la cuestión nacional no estaba relegada, pero su importancia para la revolución social quedaba más bien atenuada; aunque debe quedar claro que ambos coincidían en darle más peso a la perspectiva de las clases y sus luchas –tan candentes para el objetivo de la revolución social–, que a la cuestión nacional o al asunto de la soberanía a ella ligado.

Lo lamentable concierne sobre todo a muchas de sus opiniones y juicios, sobre todo de Engels, los cuales dejan francamente mucho que desear. Los estudios y valoraciones contemporáneas sobre aquella visión de Marx y Engels son más bien severos. Debe tenerse presente que la preocupación y atención en sus primeros momentos se concentraba, como era lógico en aquellos momentos, en la problemática tal y como se manifestaba en la realidad histórica concreta de Europa; el panorama se ampliará seguidamente de manera inmediata en primer lugar a la región asiática, tan cercana al devenir del territorio europeo. Pero también es oportuno señalar que la temática, como tal, era relativamente novedosa tanto como tema de estudio que como objeto de teorizaciones y conceptualizaciones.

Una de las insuficiencias más marcadas en el tratamiento de la problemática fue la utilización por parte de Engels del concepto hegeliano de “pueblos sin historia”, lo que, de hecho, entraba en franca contradicción con la nueva visión que él y Marx venían desarrollando. El asunto resulta de todas formas complicado debido al papel desempañado durante aquellos años por algunas de las insurrecciones –como fue el caso de ciertos pueblos eslavos– debido a sus alianzas con los grandes Estados que desempañaban en Europa en general un papel reaccionario y contrarrevolucionario. Hubo por parte de Engels y de Marx no pocos errores tanto de apreciación como de anticipaciones históricas; lo que no excluye que llegaran a percatarse con posterioridad de buena parte de esos errores y, en justa honestidad, llevaran a cabo las pertinentes rectificaciones.

En general es quizás posible considerar que aquellas deficiencias y errores iniciales radicaban en cierta medida en no haber percibido en su plenitud que lo nacional en las naciones o pueblos subyugados eran tan fundamental como lo social, y que entre la lucha de clases y la cuestión nacional existía, de hecho, un estrecho vínculo. Subsistía sin duda una cierta desvalorización de la problemática de la nación y las nacionalidades respecto a la cuestión de la explotación social de unas clases por otras. Llegaron a entrever en un período más tardío, que en el caso de las naciones subyugadas o los pueblos coloniales sometidos y oprimidos ambas luchas debían darse estrechamente vinculadas como parte del movimiento revolucionario.

No obstante, antes de aquellos artículos de la Neue Reinische Zeitung, en el momento de la reunión en Londres del Segundo Congreso de la Liga de los Comunistas, Marx y Engels participaron en un acto conmemorativo a favor de la independencia de Polonia. Hay que decir que el caso de Polonia (y más adelante el de Irlanda) fue considerado y tratado por ellos de manera específica, y apoyaron con fuerza el derecho a la independencia de esas naciones y pueblos. Lo significativo del acto en Londres del 29 de noviembre de 1847, donde intervinieron ambos, radica en el contenido del discurso de Engels tal y como fue reseñado en la prensa. Engels señala la imposibilidad de ser libre para una nación que oprime a otra.(1) Esta idea, de una importancia crucial para las luchas revolucionarias, fue posteriormente retomada tanto por él como por Marx con un lenguaje muy similar en la década del sesenta cuando la situación de opresión que vivía Irlanda estuvo en el centro del tapete  de sus esfuerzos y, en consecuencia, también de la Primera Internacional que se fundó en aquellos mismos años. Este pensamiento que fue expresado en términos casi de aforismo tuvo un importante impacto en la concepción del movimiento revolucionario en las décadas que siguieron, en particular en Lenin, y siguió proyectándose hasta nuestros días, en especial en las luchas de liberación de los pueblos coloniales o semicoloniales de la periferia.(2)

Después de la Neue Reinische Zeitung los subsiguientes artículos para el Tribune aportan un significativo número de textos que se ocupan del tema del colonialismo, sobre todo en Asia. Aunque Marx destacaba en general la incidencia de la acción de la metrópoli sobre la colonia, pudo identificar, por ejemplo, cómo los colonialistas se aprovechaban de las leyes y costumbres de esos pueblos para el ejercicio de su dominación. Y, en el caso de China, en un artículo del 53, anticipaba la posibilidad del impacto en un sentido inverso, es decir, del gran país asiático hacia Europa. No puede dejar de mencionarse los clásicos artículos de Marx sobre la India con su bien conocida apreciación de que la dominación británica no podría evitar traer progresos a la India. Rara vez, sin embargo, los estudios informan sobre la autocrítica posterior que llevara a cabo en carta a Danielson de 1881.(3)

La mayoría de los estudiosos coinciden en ubicar hacia mediados de la década de los sesenta un significativo cambio en las posiciones de Marx y Engels sobre la cuestión nacional, y el cierto alejamiento –que se fue profundizando posteriormente– de sus actitudes eurocéntricas en este y otros temas dentro de su visión global sobre la evolución de las sociedades; una de esas manifestaciones se observa cuando comenzaron a comprender que no era desde las metrópolis (aunque se tratara del propio proletariado) desde donde debían esperar las colonias y las naciones sometidas su liberación; no era esa una tarea reservada al proletariado en sustitución de los propios oprimidos, lo que no excluye, claro está, el apoyo solidario. La cuestión irlandesa –que siempre concitó la atención de Marx y Engels, sobre todo de este último– se tornó central para este proceso hacia una mejor comprensión de lo nacional y lo colonial y de su relación con lo social. Ambos consideraron inclusive la situación de Irlanda como un caso de colonialismo, y dedicaron una buena parte de su tiempo desde entonces a estudiar toda la problemática concerniente a Irlanda y a su liberación de la opresión inglesa, englobando de entrada serios estudios sobre su historia. Esta maduración de su concepción se reflejó consecuentemente en los documentos y las posiciones de la Primera Internacional; en ellos se encuentra ya con más claridad una cierta comprensión de la necesaria relación entre lo nacional y lo social.

Hacia el final de su vida, Engels, después de la muerte de Marx, continuó ocupándose de este conjunto de problemáticas. Así, por ejemplo, en 1882 se refería a que los obreros ingleses se “benefician tranquilamente… del monopolio colonial de Inglaterra”.(4) Y, en 1894-95, subrayaba que la colonización era una simple sucursal de la Bolsa  al servicio de la cual  las potencias europeas se han repartido el África.(5)

Puede pues considerarse que el Marx y el Engels tardíos llegaron a entrever que en el caso de las naciones subyugadas o los pueblos coloniales sometidos y oprimidos, ambos tipos de luchas (social y nacional) estaban obligadas a acercarse.

Presionados por las realidades de Europa, el movimiento socialdemócrata siguió intensificando su preocupación por el conjunto de problemáticas componentes de la cuestión nacional o relacionada con ella; aunque habría que subrayar que con frecuencia esta atención era otorgada a regañadientes; lo que llegó, como es sabido, a mitigadas resoluciones sobre colonialismo en sus congresos. Algunos teóricos le dedicaron un serio interés, y no fueron pocos los debates que se suscitaron tanto en los Congresos como en la prensa socialista, independientemente de lo acertado o equivocado que pueda parecer aquella producción. En particular, las posiciones de la II Internacional sobre el colonialismo y las naciones subyugadas eran casi siempre conservadoras y hasta reaccionarias.

Lenin, por su parte, seguía con atención aquellos debates, y fue una de las pocas y raras voces que no dejó de estar del lado de los oprimidos ya fuera en sus posiciones políticas como en sus textos más teóricos. La cuestión nacional y de las nacionalidades resultaba para la socialdemocracia rusa un problema de la mayor importancia y urgencia, impuesto por las características y situación del imperio zarista, y, de manera especial, estaban los pueblos y naciones asiáticas. Pero estaba también, y no hay que minimizar su enorme importancia, lo que Lenin mismo llamaba en un breve texto de 1913 “El despertar de Asia”. La situación de Asia, el alza de las inquietudes y del movimiento popular en aquellos vastos territorios (incluyendo los sometidos por el zarismo) resultó clave para determinar la posición y la línea de los bolcheviques respecto al continente pero también como visión teórica y política general.

Fue con Lenin y la proyección de la Revolución de Octubre que el marxismo realmente dio un giro crucial respecto a este conjunto de problemáticas, alcanzó su plena madurez y estableció firmemente el nexo entre lo nacional, lo colonial y lo social y llegó a proveer la base para que en décadas posteriores figuras como Mao, Ho Chi Minh, Mariátegui y, sobre todo, Fidel Castro, llevaran esos logros a nuevas cimas revolucionarias. Ho Chi Minh sostenía que “el leninismo es una poderosa fuerza ideológica que guía nuestro partido”(6). Gracias a sus posiciones y proyecciones Lenin inyectó un nuevo espíritu al marxismo, y partiendo en gran medida de los indicios y avances dejados por Marx y Engels  abrió anchas las puertas hacia un nuevo camino preñado, además, de mucha creatividad revolucionaria. Claro, no dejó de nutrirse, aunque nunca de manera acrítica, de los debates dentro de la socialdemocracia, sin dejar tampoco de tener presente la situación específica de los territorios asiáticos.

Debe, sin embargo, tenerse presente que muchos de los textos de Marx y Engels al respecto no eran conocidos, y algunos permanecían como manuscritos inéditos. No obstante, un hecho de particular valor para Lenin y para el movimiento revolucionario en general lo significó la publicación en 1913 de la Correspondencia de Marx y Engels, un material donde se podían encontrar las más lúcidas y correctas de sus posiciones sobre la cuestión nacional y colonial. Entre otras varias cuestiones importantes, se encontraban los análisis e interpretaciones sobre la cuestión irlandesa y el  establecimiento de diferencias y distinciones entre naciones dominantes y pueblos y naciones oprimidas; estas pistas significaban ya para Lenin hitos referenciales hacia novedosas inspiraciones. Pero ya con la Revolución rusa de 1905 la cuestión nacional se situó por derecho propio en el proscenio y se imponía como una de las tareas políticas inmediatas, a la vez que su peso político era creciente en las relaciones al interior del partido de la social democracia rusa.

Podría decirse que Lenin toma el conjunto de la temática allí donde  Marx y Engels la habían dejado, y –sin ignorar los debates dentro de la II Internacional y aguijoneado por la propia situación de las nacionalidades en Rusia–, se planteó la proyección de la revolución mundial en toda su vastedad y plenitud, esto es, donde el predominio y explotación de unos pueblos y naciones sobre otros obligan a una visión de la revolución mundial con verdadera proyección global y universal, la cual ubica en su centro al sistema colonial y la subyugación de unas naciones por otras, rasgos típicos del capitalismo imperialista. La revolución social a escala mundial es también la revolución que une en un mismo haz unitario la emancipación no solo de las clases explotadas sino también de los pueblos oprimidos; y no se trata de dos revoluciones que se unirían o que tendrían dos vertientes independientes conectadas sino de una sola y única revolución y proceso. La línea de la III Internacional leninista dotó al marxismo precisamente de una nueva sensibilidad y una más profunda y correcta visión de la emancipación, a la vez que enriqueció de manera creadora y definitiva la teoría de la revolución fundada por Marx y Engels. Con sus contribuciones en este orden de cosas acometió la senda hacia las revoluciones de los países que años después se denominaría Tercer Mundo. Todo ello le permitió sentar bases y pilares donde se asentaría la verdadera proyección mundial de la revolución social. Con Lenin, quedan atrás las expresiones de eurocentrismo, una tarea que, en el caso de América Latina, desarrollarían las figuras de lo que he llamado marxismo fundacional latinoamericano(7). La superación del eurocentrismo –iniciada por Marx y Engels en sus últimos años– no significa que esta nueva manera de ver los procesos se lograra de manera total y permanente; por el contrario, la historia misma se encarga de mostrar que, tanto en nuestro continente como en Asia o África, perduraran en paralelo formas eurocéntricas de interpretar y promover los cambios y las revoluciones sociales.

Con Lenin se presenta la perspectiva que permitió que la problemática  se viera y comprendiera en el marco de la existencia del imperialismo. Hasta que la problemática no se viera y comprendiera sin confinarla a Europa, esta solo podía entregar parcialmente sus secretos. Tampoco le era factible llegar a formar parte integral de la teoría de la revolución misma, una faena solo posible desde el momento, precisamente, en que se establece la unión entre lo social y lo nacional y colonial, y con ello la imbricación entre la liberación nacional y el fin de la explotación de clases. Con el triunfo de la Revolución de Octubre y la obra de la III Internacional leninista se crearon condiciones que favorecieron lo que podríamos llamar un desbordamiento fuera de Europa (y de Estados Unidos) de la visión marxista de la sociedad para expandirse por Asia y América Latina, sobre todo por la primera, a partir, claro está, de la existencia de condiciones específicas en esas regiones. No faltaban antecedentes bien conocidos, por ejemplo en el caso de América Latina; pero el Octubre Rojo produjo un impulso significativo que le permitió al marxismo y al movimiento social y popular una cierta visualidad.

Y esos espectaculares avances de Lenin, y, con él, de la Revolución de Octubre y la Internacional fueron también posibles porque se había estado desarrollando el estudio y la interpretación del fenómeno del imperialismo, en primer lugar por Lenin mismo. Sin la teoría marxista y leninista del imperialismo la nueva visión y el nuevo espíritu sobre la cuestión nacional y colonial no hubieran sido posibles. Lenin señala de manera clara y con fuerza una dimensión de esta idea: “El imperialismo es la época de la opresión creciente de las naciones del mundo entero por un puñado de “grandes” potencias, razón por la cual la lucha por la revolución socialista internacional contra el imperialismo es imposible sin el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. “Un pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre” (Marx y Engels). Un proletariado que acepte que su nación ejerza la menor violencia sobre otras naciones no puede ser socialista”.(8)

En este texto de 1915, Lenin quiere destacar la opresión de unas naciones por otras como una característica específica e ineluctable del capitalismo en su fase imperialista. Y de ahí señala el nexo y la conclusión inevitables que condicionan entonces las luchas por el socialismo en esas nuevas y específicas condiciones. La frase final es igualmente iluminadora: el proletariado que acepte semejante situación no puede ser socialista. Así “lo social” tampoco puede realizarse en la metrópoli colonial o imperial; esto es, ni en el sometido ni en el que somete, aunque el proletariado de este último –como señala en otros trabajos– se beneficie de esa explotación. En realidad, como observara en el Prefacio de 1920 a su libro sobre el imperialismo, el capitalismo se había transformado en un sistema de opresión colonial y de estrangulamiento financiero de la mayoría de la población mundial por un puñado de países desarrollados. Es siguiendo la evolución del capitalismo en imperialismo y detectando sus rasgos generales y propios que Lenin fue elaborando y enriqueciendo su concepción respecto a las consecuencias para la teoría de la revolución en sus muy diversas dimensiones. Y, dentro de ese contexto, es que se puede identificar la necesidad y la posibilidad real de la necesaria conexión unitaria e integral entre las luchas sociales y la liberación nacional. Y al hacerlo, logra una de las contribuciones más creadoras y de gran pujanza revolucionaria inimaginables hasta entonces.

Con la teoría del imperialismo y la profunda comprensión que en aquellos años se obtuvo, el racimo de problemas del colonialismo y la opresión de los pueblos por unas cuantas grandes potencias se hizo inteligible. Y con ello se hizo asimismo posible conformar el haz unitario conceptual y la elaboración de una praxis política y revolucionaria consecuente. La plena comprensión científica y revolucionaria de aquellos fenómenos y situaciones solo podían llevarse a cabo sobre la base de esos nuevos conocimientos que permitían el diagnóstico correcto, y, a partir del mismo, la elaboración de una táctica y una estrategia adecuadas.

Como cabía esperar la III Internacional dedicó parte importante de sus esfuerzos a realizar análisis y debates concernientes a este conjunto temático. Rico y amplio es el material al respecto. Pero al inicio del “Informe de la Comisión para los problemas nacional y colonial” durante el II Congreso de 1920, Lenin indica que la “idea fundamental”, la “más importante” de nuestras tesis “es la distinción entre naciones oprimidas y naciones opresoras”,(9) ese “rasgo distintivo” del imperialismo, ese que va a matizar y hasta determinar la comprensión sobre la época. Y, en consecuencia, cualquier línea sobre el socialismo y las luchas por la revolución tienen lugar dentro de esa época. La unión de lo social y lo nacional y colonial no es solo, pues, una cuestión de justicia si se quiere, sino de un imperativo impuesto por la “realidad concreta”.

Estamos en realidad ante una de las más extraordinarias dimensiones de Lenin, de su pensamiento y de su obra. Además, el gran dirigente de Octubre era capaz de cubrir realidades diversas y contrastantes. Por un lado ampliaba el horizonte hacia “el tercer mundo”, pero también atendía con igual interés y profundidad las perspectivas de Europa occidental; y, al igual que Gramsci, comenzó a reflexionar sobre la imposibilidad que aquellos siguieran los mismos pasos de Rusia, y la necesidad, por tanto, de interpelar correctamente los acontecimientos que siguieron al triunfo de Octubre, y elaborar, entonces, nuevas tácticas y estrategias más acordes con una situación que era a todas luces diversa. Aquella comprensión lo llevó, por ejemplo, a criticar algunas expresiones de izquierdismo por parte de distinguidos líderes de los revolucionarios italianos en la III Internacional.

Y es que Lenin y sus generalizaciones permitían, entre otras cosas, ver variedades y diferencias, y así desplegar lo universal en su diversidad sin prescindir de su centro conceptual integrado. Lenin era, pues, el hombre de la universalidad, aquella que incorpora de manera coherente y acertada el amplio abanico de diversidades.

Pero para Lenin, al igual que para Marx y Engels, las fuerzas del proletariado de los países desarrollados debían actuar en entendimiento, alianzas y solidaridad con las masas oprimidas del resto de los países coloniales o sometidos. Una tesis que nunca ha perdido su pertinencia en lo esencial, aunque todos tenían plena conciencia tanto de la existencia de la aristocracia obrera, como del aprovechamiento de las ganancias coloniales e imperialistas de las que con frecuencia disfrutaban.

Pero Lenin ya se encontraba en otro momento histórico y los cambios son significativos para este conjunto temático. En noviembre de 1919 reflexiona que “la revolución socialista no será solo, ni principalmente, la lucha de los proletarios revolucionarios de cada país contra su burguesía, sino que, además, será la lucha de todas las colonias y de todos los países dependientes contra el imperialismo internacional… la guerra civil de todos los trabajadores contra los imperialistas y los explotadores en todos los países adelantados comenzaba a conjugarse con la lucha nacional contra el imperialismo internacional. Así lo confirma el curso de la revolución, y lo confirmará cada vez más”.(10)

Dos ideas sobresalen a la luz de la historia real; la lucha será principalmente la lucha de las colonias y países dependientes, y la necesidad de conjugar la lucha social del proletariado de los países desarrollados, con la lucha nacional antiimperialista. Esta última tesis se encontraba ya en Marx y Engels, pero el cambio de contexto en esta cita le confiere un nuevo matiz puesto que ocurre en condiciones donde lo principal se ha volteado. Además, la idea de la unión y el nexo ya no está tan implícita sino que se le identifica de manera específica y se le destaca en todo su protagonismo.

Algunas de estas y otras ideas se repiten en lo que parecen ser los dos primeros documentos de la III Internacional sobre América Latina (1921, 1922). Algunas tesis resultan ya caducas, o incluso no muy pertinentes ni siquiera para la época en que fueron concebidas como es el caso con la idea de una revolución de las dos Américas. Pero sí resulta apreciable que la propuesta de la conjugación de las luchas esté presente y que, con más razón aún, se conciba la conexión (en el segundo de los documentos) dentro de un proceso de revolución de los países de América del Sur.(11)

El guía de Octubre aspira a que los países sometidos dejen de ser considerados objetos y pasen a ser sujetos de la historia. Y en ese mismo documento se cierra el círculo conceptual  y aparece una declaración que se podría considerar extraordinaria, aún para los parámetros leninistas. Dice Lenin:

Desde el comienzos del siglo XX se han producido en este sentido grandes cambios, a saber: millones y centenares de millones de personas –de hecho, la inmensa mayoría de la población del orbe– intervienen hoy como factores revolucionarios activos e independientes. Y es claro a todas luces que, en las futuras batallas decisivas de la revolución mundial, el movimiento de la mayoría de la población del globo terráqueo, encaminado al principio hacia la liberación nacional, se volverá contra el capitalismo y el imperialismo y desempeñará tal vez un papel revolucionario mucho más importante de lo que esperamos. Importa destacar que, por primera vez en nuestra Internacional, hemos emprendido la preparación de esta lucha. Naturalmente, en este inmenso sector hay muchos más escollos, pero, en todo caso, el movimiento avanza, y las masas trabajadoras, los campesinos de las colonias, a pesar de que aún son atrasados, jugarán un papel revolucionario muy grande en las fases sucesivas de la revolución mundial.12

No son las palabras de un visionario. Es la justa previsión, seria y estudiada de un gran teórico y estratega revolucionario. Su actualidad en esta temática no ha perdido su lozanía.

Sin duda el mundo ha cambiado mucho desde entonces. El capitalismo y el imperialismo también se han modificado; hoy se vive en una nueva etapa del imperialismo y sus rasgos obedecen a una caracterización diversa; el mundo colonial de antaño ha quedado atrás. Sin embargo, las formas de dominación de un puñado de poderosas naciones siguen subyugando a otras, y las varias formas de dependencia no han desaparecido. Los pueblos oprimidos no han ganado todavía sus batallas; y, claro, la lucha de clases permanecerá mientras haya explotados y explotadores. Para nuestro continente en rebeldía, y el mundo en general, la esencia de la visión marxista de Lenin seguirá constituyendo un arma inestimable de combate si cada pueblo y cada luchador revolucionario sabe adecuarla y aplicarla creadoramente.

 

 

NOTAS

 

1 MEW, tomo 4, Dietz Verlag, P. 410.

 

2 En cuanto al asunto de la famosa frase de que “un pueblo que oprime a otro no puede ser libre” existe realmente una situación sin resolver de manera clara. La frase en cuestión, que algunos hoy consideran “deslumbrante”, se encuentra ya en el diputado indio a las Cortes de Cádiz, de 1810-11, Dionisio Inca Yupanqui. Como se ignora casi siempre esa temprana utilización de Engels, muchos estudiosos consideran que Marx, al utilizarla en la década del sesenta con motivo de la situación de Irlanda, la toma del Inca a partir de sus probables consultas de las Actas de las Cortes en la Biblioteca Británica. La frase de Engels habla de naciones, pero es obvio que la idea es la misma. Pero parecería imposible que Marx o Engels conocieran del discurso del Inca Yupanqui en 1847 cuando, además, Engels solo tenía 27 años de edad. Las precisiones de este asunto, pues, parece que dependerán todavía de los resultados de futuras investigaciones. Lo que no cuestiona el mérito excepcional de la iniciativa del Inca Yupanqui, pero tampoco le resta una pizca de valor a este aporte crucial de Engels a las luchas revolucionarias de los pueblos y las naciones subyugadas u oprimidas.

 

3 Carta a Danielson del 19 de febrero de 1881. En, MEW, tomo 35, Dietz Verlag, p. 157

 

4 Carta de Engels a Kautsky del 12 de septiembre de 1882. En: Marx, Engels: Acerca del colonialismo. Editorial Progreso, Moscú. P. 148

 

5 Del fragmento al Complemento al Prólogo del Tomo III de El Capital, incluido en ibid., p. 137

 

6 De un breve texto de 1955, “El leninismo y la liberación de los pueblos oprimidos”. (Apareció en Pravda el 18 de abril/ Tomado de Internet).

 

7 Me refiero al trabajo teórico y político de figuras como Mariátegui, Mella, Rubén y Recabarren durante la década del veinte y primeros años del treinta. Con los tres primeros se logró entrelazar de manera plena y definitiva el antimperialismo y la liberación nacional con las luchas sociales y el movimiento por el socialismo. Tuvieron también la visión de comprender que, en las condiciones de países coloniales y neocoloniales, el marxismo y las luchas sociales debían establecer algún tipo de nexo con lo mejor y más revolucionario de la tradición nacional. Esta idea fue llevada más tarde a su plenitud por Fidel Castro y la Revolución cubana.

 

8 Lenin, “El socialismo y la guerra”. (el subrayado es mío/ Tomado de Internet).

 

9 Lenin, Discursos pronunciados en los congresos de la Internacional Comunista. Editorial Progreso, Moscú, s/f, p.52.

 

10 Lenin, “Informe en el II Congreso de Rusia de las organizaciones comunistas de los pueblos de octubre”. En Obras Completas, tomo 30, Editora Política, La Habana, 1963, p.146. (El subrayado es mío).

 

11 CF. “Sur la révolution en Amérique”. En : L’Internationale Communiste, Nº 15, janvier 1921. El segundo documento es una Resolución del IV Congreso de la Internacional de noviembre de 1922. Publicado en La Correspondance Internationale, Nº 2, Javier 1923.

 

12  Informe sobre la táctica del PC de Rusia. En Ibid., p. 112

Acerca de admin

Vea También

El sueño hemisférico*

Por Ana Esther Ceceña y David Barrios / Observatorio Latinoamericano de Geopolítica Los meses turbulentos que …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *