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La política latinoamericana de Estados Unidos y la Revolución cubana. Sesenta años de confrontación

Por Jorge Hernández Martínez

En el año 2019 se conmemoran importantes aniversarios en la historia contemporánea de Nuestra América, al mismo tiempo que confluyen situaciones que le confieren un valor agregado a la significación de tales acontecimientos. En Cuba, el proceso revolucionario celebra su 60 cumpleaños, en tanto que en Venezuela la Revolución Bolivariana arriba a sus 20 años en el poder, en ambos casos bajo la intensa y renovada agresividad del imperialismo norteamericano. En México, se desenvuelve entre expectativas y esperanzas en su primer año el proyecto de MORENA que impulsa el gobierno de López Obrador, en tanto que en las recientes elecciones efectuadas en El Salvador, el FMLN abandona la presidencia. Ello tiene lugar en un marco de despliegue de la ofensiva de la estrategia estadounidense articulada con la derecha latinoamericana, promoviendo una ola contrarrevolucionaria, una nueva avalancha neoliberal, que se beneficia de los aprendizajes de la derecha, de los errores de la izquierda y de un derrotista debate intelectual que sugiere el fin del ciclo progresista iniciado a comienzos del siglo XXI.(1)

En ese contexto, la Revolución Sandinista enfrenta también la escalada norteamericana en Centroamérica, donde el llamado Triángulo Norte desempeña un rol estratégico en la geopolítica continental. La Revolución Democrática y Cultural en Bolivia se mantiene, en una etapa decisiva que culminará dentro de unos meses con los comicios presidenciales, como una de las prioridades que enfrenta el proyecto de dominación de Estados Unidos, decidido a impedir la reelección de Evo Morales.

En resumen, ese proyecto prosigue aplicando los métodos de la guerra no convencional. Según lo señaló Raúl Castro, “dondequiera que haya un gobierno que no convenga a los intereses de los círculos del poder en Estados Unidos y algunos de sus aliados europeos se convierte en blanco de las campañas subversivas”. Ahora usan nuevos métodos de desgaste más sutiles y enmascarados, sin renunciar a la violencia, para quebrar la paz y el orden interno e impedir a los gobiernos concentrarse en la lucha por el desarrollo económico y social, si no logran derribarlos. No pocas analogías pueden encontrarse en los manuales de guerra no convencional, aplicados en varios países de nuestra región latinoamericana y caribeña, como hoy sucede en Venezuela y con matices similares se ha evidenciado en otros continentes, con anterioridad en Libia y actualmente en Siria y Ucrania. Quien tenga dudas al respecto lo invito a hojear la Circular de entrenamiento 18-01 de las Fuerzas de Operaciones Especiales norteamericanas, publicada en noviembre de 2010, bajo el título “La Guerra no Convencional”.(2)

En ese marco, los Estados Unidos siguen utilizando a Colombia como una pieza fundamental en sus propósitos subversivos y desestabilizadores, asegurando los procesos en curso en Ecuador, donde se revirtió la Revolución Ciudadana, en Brasil, Argentina, Chile y el resto de América del Sur. La estrategia imperialista incluye todas las opciones y herramientas, acorde con el esquema de la dominación de espectro completo (3). Las contempladas en la implementación del Proyecto Democracia, las acciones dirigidas sobre la sociedad civil —a través de la NED, la USAID, entidades empresariales, movimientos sociales, instituciones culturales, comunitarias y religiosas, medios de comunicación tradicionales, redes sociales, partidos políticos opositores—, los instrumentos de la diplomacia pública, apoyadas en la labor de las Embajadas estadounidenses en los países latinoamericanos. El despliegue de una amplia y profunda guerra cultural, encaminada al logro del cambio de régimen, se sustenta en las experiencias de las acciones psicológicas, la subversión ideológica, la estimulación a prejuicios y contradicciones internas, con expresiones en la vida cotidiana y con gran capacidad movilizativa, como las referidas a conflictos étnicos, raciales, religiosos.

El proyecto de dominación imperialista prioriza el respaldo, en las contiendas presidenciales, a los candidatos y a los mandatarios que ha fabricado o que puede manipular a su antojo, al mismo tiempo que destruye la imagen de líderes y antiguos Jefes de Estado que conservan apoyo popular. Los procedimientos judiciales y legislativos están a la orden del día, como parte del arsenal político-jurídico que se emplea. La alternativa militar no está descartada, sino que por el contrario, como se manifiesta en los documentos y acciones del Comando Sur y del aparato de Seguridad Nacional, forma parte del menú de opciones del actual proyecto de dominación, cuya aplicación abarca la diversidad de métodos que conforman la detallada y eufemística modalidad del llamado Golpe Suave (4). Los Estados Unidos han dejado atrás la época de las acciones encubiertas. Hoy, desde el presidente y el vicepresidente hasta los diversos funcionarios del Departamento de Estado y del Consejo de Seguridad Nacional, manifiestan públicamente las intenciones subversivas del imperio.

La actual Administración republicana y conservadora en Estados Unidos se caracteriza por una clara carga regresiva interna y exterior, visible en la desbordada retórica de índole populista, nativista, racista, xenófoba, misógina, con ribetes fascistas, que acompaña la conducta de Donald Trump, cuya proyección internacional imperial se resume en las consignas America First y Make Great America Again, y que se concreta en su manifestación específica hacia América Latina, en la profunda reacción anti-inmigrante contra México, la obsesión con la construcción del muro fronterizo, y en la beligerancia contra Venezuela, Nicaragua y Cuba, a lo que se suma su definición reciente contra toda alternativa socialista.

Para un caso como el de América Latina, es palpable la funcionalidad de las argumentaciones y construcciones ideológicas en la legitimación de la política norteamericana hacia la región y la restructuración del sistema de dominación, atendiendo a una visión estratégica global de un tablero de ajedrez que le concede tratamientos específicos a cada proceso y país, pero guiado hoy, como ayer, por la simbología de avanzar, en cada jugada, hacia el jaque mate a la Revolución cubana, 60 años después de su triunfo. En un cuadro como ese es que adquiere sentido la mencionada ofensiva imperialista contra Venezuela, como parte de un diseño que contempla a Nicaragua y Cuba, como casos críticos priorizados, dentro del panorama regional más amplio de cambio en la correlación de fuerzas entre la izquierda y la derecha (5).

Durante 60 años, la política latinoamericana de Estados Unidos pareciera definirse, con sus particularidades, por mayores elementos de continuidad que de cambio. Sin desconocer las especificidades históricas que han marcado mutaciones o reajustes en diferentes momentos, etapas o Administraciones (desde Eisenhower hasta Trump), es posible asumir el riesgo de esa esquematización. En tal sentido, resulta sugerente una vieja expresión utilizada por Fidel Castro, bajo el gobierno de Carter, a mediados del decenio de 1970: “cada gobernante de los Estados Unidos tiene una frase retórica para América Latina o para el mundo: uno habló del buen vecino, otro de la Alianza para el Progreso; ahora la consigna es los derechos humanos. Nada cambió en su política hacia el hemisferio y el mundo, todo quedó igual; siempre prevaleció la diplomacia de las cañoneras y el dólar, la ley del más fuerte. Las frases son tan efímeras como las Administraciones. Lo único perdurable en la política yanqui es la mentira”(6). El examen de las proyecciones ulteriores, desde Reagan hasta Trump, confirma la validez de esas palabras. El uso de la mentira se ha convertido incluso en una práctica desembozada, recargada de cinismo, que ha desestimado pretextos y encubrimientos. Fidel lo señaló oportunamente, cuando en su primer año de mandato, Obama auspició el golpe en Honduras y la reactivación del sistema de bases militares en Colombia: “Los planes imperiales de dominación van precedidos de enormes sumas asignadas a las tareas de mentir y desinformar a la opinión pública. Cuentan para ello con la total complicidad de la oligarquía, la burguesía, la derecha intelectual y los medios masivos de divulgación” (7).

Además de la utilización sin ambages de la mentira, el imperialismo declara hoy con desfachatez sus intenciones, a diferencia de anteriores etapas, en las que las edulcoraba. Así, las aspiraciones de la Doctrina Monroe y la percepción de América Latina como “patio trasero” se expresan sin subterfugios. Como expresó Raúl Castro, “Nos anuncian abiertamente la plena vigencia y relevancia de la Doctrina Monroe que proclama la supeditación colonial a los gobiernos y las corporaciones de Washington y que, como advirtiera Bolívar, plagó de dolor y miseria a Nuestra América en nombre de la libertad” (8).

I

La Revolución cubana significó, a mediados del siglo XX, la ruptura del sistema de dominación impuesto por Estados Unidos en América Latina. Ello significaba la viabilidad de una alternativa novedosa de cambio, con un profundo carácter revolucionario, que en muy corto tiempo se identifica como socialista. Dotada de amplia base popular, expresaba gran radicalismo y antiimperialismo, estimulaba a los movimientos de izquierda, los procesos de liberación nacional, y beneficiaba las posiciones mundiales del socialismo. Sesenta años después, casi al terminar segunda década del siglo XXI, más allá de múltiples cambios en ambos países, así como en el entorno hemisférico e internacional, Cuba mantiene, a pesar de muchas dificultades y contradicciones, su compromiso revolucionario y socialista, martiano y marxista.

De ahí que también conserve su especial simbolismo, como opción y como desafío, para la política norteamericana. Por esa razón, en el diseño e implementación de ésta convergen intereses y objetivos que parecen constantes, prevaleciendo más el principismo ideológico que el utilitarismo pragmático. En ello intervienen, a través de combinaciones diversas, sectores de la burocracia gubernamental permanente, la comunidad de inteligencia, el aparato legislativo, las instituciones académicas, los grupos de presión, los partidos y la derecha cubanoamericana, entre otros. El compromiso orgánico de esa estructura de poder con la razón de Estado trasciende las propuestas partidistas (demócrata o republicana) e ideológicas (liberal o conservadora), en la medida en que responde más a concernimientos permanentes del sistema o del Estado, que al de gobiernos temporales o liderazgos personales.

Durante más de medio siglo, la política latinoamericana de Estados Unidos se ha concebido, diseñado e implementado sobre la base de definir sus objetivos, direcciones, contenidos e instrumentos a partir de su funcionalidad para la meta esencial del plan maestro que la guía: el derrocamiento de la Revolución cubana. Así sucede desde la articulación de la propuesta que se canaliza con la Alianza para el Progreso (ALPRO), en el decenio de 1960, a través de la cual se desarrolló un enfoque afincado en la conjugación de variantes reformistas y contrainsurgentes, bajo las Administraciones de Kennedy de Johnson, que procuraban evitar nuevas victorias revolucionarias. Y esa codificación persiste, en la década siguiente, cuando a raíz del Informe Rockefeller se argumenta, con el gobierno de Nixon, la propuesta de impulsar una relación especial, de un nuevo diálogo, a fin de evitar los procesos revolucionarios alentados por el ejemplo de Cuba, enfatizándose la importancia de defender la seguridad hemisférica.

Más allá de esos años de 1970, en los de 1980 se considera a través del Informe de Santa Fe que América Latina se encuentra bajo ataque y la que la política estadounidense se halla en desorden a causa de la influencia comunista de la Unión Soviética, que se lleva a cabo mediante Cuba, promoviéndose una agresiva política que la identificaba como responsable de los contagios antimperialistas en Nicaragua y Granada. En este período el enfoque de la estrategia de los Estados Unidos, que pretende “ir a la fuente” de los conflictos, se troquela de modo renovado en torno al activismo internacionalista de la Revolución Cubana y al papel que se le atribuye como satélite soviético en el hemisferio. Los informes de la Heritage Foundation, denominados Mandato para un Liderazgo, participaron, junto a los documentos elaborados por el Comité de Santa Fe, en la elaboración de diagnósticos y recomendaciones encaminadas a neutralizar la influencia de Cuba y, por implicación, a debilitar los procesos revolucionarios, progresistas y antimperialistas en el ámbito latinoamericano.

En la medida en que a partir de los cambios en la correlación internacional de fuerzas que se opera luego, con el desplome del socialismo en la década de 1990, se aprecia a América Latina como un escenario tranquilo —en medio de un retroceso de los movimientos de liberación nacional y de un decrecimiento del internacionalismo de la Isla a causa de la crisis del período especial y de la pérdida de su aliado estratégico—, la lectura geopolítica que se hace por los gobiernos de Bush (padre) y de Clinton de una Revolución cubana que colapsa condiciona el reajuste del diseño hemisférico global, en un mundo presidido por la avalancha neoliberal, en donde la utopía queda desarmada y no es posible ya exportar la revolución (9). Esa visión persiste a comienzos del siglo XXI, cuando en el decenio de 2000, bajo la Guerra Global contra el Terrorismo que se define luego de los atentados terroristas de 2001, se priorizan otras regiones del mundo en la política exterior norteamericana, percibiéndose inicialmente a América Latina por la Administración de Bush, hijo, como una zona apaciguada.

Pronto, sin embargo, los procesos que se gestan en el área andino-amazónica, con el protagonismo de Venezuela, Bolivia y Ecuador, a los que se suman otros con intensidades diferenciadas y menos radicales, como en Brasil y el Cono Sur, pero inquietantes en su conjunto para la preservación de la hegemonía de los Estados Unidos, sobre todo en la medida en que con la influencia de los liderazgos de la Revolución cubana y la Bolivariana, surgen alternativas de integración, concertación y unidad latinoamericana. En ese contexto, en la última etapa de la citada Administración comienza a visualizarse con mayor atención y preocupación la situación latinoamericana, en la cual Cuba ha ido restableciendo sus relaciones diplomáticas, consolidando su imagen y presencia.

Con Obama quedaría más claro aún, en el decenio de 2010, el papel que se atribuía a Cuba en el reajuste de la política latinoamericana de los Estados Unidos en su conjunto. Quizás el hecho más descollante que lo evidenció sería el restablecimiento de relaciones bilaterales con la Isla, iniciado el 17 de diciembre de 2014, en lo cual si bien jugó un rol fundamental la capacidad de resistencia de la Revolución y el reconocimiento del fracaso de las variantes desestabilizadoras aplicadas previamente, fue decisiva la proximidad de la Cumbre de las Américas en Panamá, en abril de 2015 (10).

No obstante, desde el mismo año 2009, en que tomó posesión, Obama había comenzado a reconstruir la imagen de los Estados Unidos frente a los países latinoamericanos, como parte del reajuste en el proyecto de dominación, entre logros y reveses. Su gobierno orquestó desde la sombra el golpe de Estado a Honduras, pero estrenando el nuevo ropaje de apariencia “democrática”. Luego de un largo período de distanciamiento y de letargo geopolítico, abrió las puertas para introducir con lenguaje renovado algunos de sus temas prioritarios en la agenda hemisférica, incluyendo la consolidación de la democracia y de los derechos humanos, con el fin de recuperar su presencia a nivel hemisférico al abrirse a un diálogo más amplio con Cuba.

Entretanto, el gobierno cubano afianzaba su proceso de plena reinserción en la comunidad latinoamericana iniciado en la década de 1990 con la incorporación a la ALADI, que culmina con su presidencia de la CELAC, ampliaba el espectro de sus alianzas internacionales en la difícil etapa por la que debían atravesar las reformas económicas que se impulsaban desde el anterior Congreso del Partido, y que se retoman con el efectuado en abril de 2016, al mismo tiempo que preparaba el camino para el relevo generacional en la conducción de la Revolución, en el proceso electoral presidencial de 2018, a lo que se sumaría el empeño en aprobar una nueva Constitución, como parte del perfeccionamiento de la democracia, de la actualización del socialismo, del mantenimiento de la unidad y de la continuidad revolucionaria .

Con todo, después de las elecciones de medio término en 2014, el gobierno de los Estados Unidos debía avanzar en la agenda de sus relaciones con Cuba antes de dicha Cumbre. A Obama le era muy difícil llegar a ese evento, dadas las exigencias planteadas desde los cónclaves similares de 2009 y 2012, en favor de la asistencia de Cuba al de 2015, sin presentar algunos resultados favorables al mejoramiento de las relaciones con Cuba, al mismo tiempo que así desviaría la atención hacia supuestos problemas internos de Cuba respecto a la democracia y los derechos humanos. Las relaciones con Cuba se habían convertido en un caso test de los “cambios” en la política estadounidense anunciados no solamente para la Isla, sino para toda América Latina. La propia Cumbre estaba amenazada de ser boicoteada. Obama no podía asistir con una discordancia de tal magnitud, ni mucho menos no participar cuando ya había sido invitado el presidente cubano Raúl Castro. El inicio de las negociaciones oficiales al más alto nivel entre Estados Unidos y Cuba que se desarrolla desde 2015 debe entenderse en ese contexto, en el cual queda claro que, una vez más, la relación de Estados Unidos opera como una pieza funcional y fundamental en la proyección de su política hacia América Latina.

La relación histórica de Estados Unidos con América Latina ha estado signada por una suerte de patrón, que si bien no ha permanecido inmutable, se reitera como una pauta recurrente. Se afirma que tres consideraciones siempre han determinado la política norteamericana hacia América Latina: primero, la presión de la política doméstica; segundo, la promoción del bienestar económico; y tercero, la protección de la seguridad (11). Esta perspectiva describe y explica muy gráficamente la tendencia que aún prevalece hoy, a finales de la segunda década del siglo XXI. Aunque se advierten etapas y momentos de cambios, lo cierto es que en líneas generales, los criterios aludidos siguen estando presentes, marcando la proyección latinoamericana de Estados Unidos bajo el gobierno de Trump, hasta la presente década, de cara a 2020, de mantenerse en la Casa Blanca hasta entonces, y ante una eventual reelección.

Entretanto, la Revolución cubana exhibe un alto grado de consenso y de fortaleza de la unidad interna a partir de los resultados de la votación en favor del referéndum constitucional, manteniendo su apoyo irrestricto a la Revolución Bolivariana, que contra viento y marea libra una decidida batalla contra la estrategia imperialista y la ofensiva contrarrevolucionaria en América Latina, que emplean todos los medios en una peligrosa escalada que no descarta alguna modalidad de intervención militar, bajo la sombrilla de acciones humanitarias escudadas en las concepciones del llamado Estado fallido y del cambio de régimen. Esa estrategia trasciende el intento por derrocar a la Revolución Bolivariana. Sesenta años después del triunfo insurreccional con respaldo popular masivo en la Isla, se trata de una política enfilada contra la Revolución Cubana, como la que inspiró la ALPRO, el Informe Rockefeller y el de Santa Fe, entre otras ediciones del mismo diseño imperial, que apuestan a un efecto de dominó a escala continental.

En el caso de Cuba, aún bajo la etapa que promovió Obama en el marco del restablecimiento de vínculos diplomáticos, de la apertura de las Embajadas, de la extracción del país de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo y de los intercambios de máximo nivel, encaminados al desarrollo del proceso de mejoramiento bilateral en curso, las relaciones estuvieron marcadas por su carácter tradicional: nunca fueron normales. A lo sumo, se matizaron algunas prácticas en el accionar imperialista, pero la esencia del viejo expediente de agresión se mantuvo. No se desconoce, desde luego, que en política los medios desempeñan un rol fundamental (no es lo mismo una hostilidad basada en cañones y bombardeos que una desplegada con instrumentos ideológicos). Pero la continuidad de los objetivos mantuvo al bloqueo como piedra angular de un esquema definido por la estimulación a la subversión interna, los actos terroristas, las campañas sobre supuestas violaciones de derechos humanos, las campañas de propaganda enemiga, la guerra cultural, el uso de la emigración, las acciones de aislamiento diplomático y de descrédito a los líderes y logros de la Revolución, la permanencia de la Base Militar estadounidense en la Isla.

Esta línea de constante agresión durante seis décadas en el plano bilateral se complementa con el modelo de dominación aplicado en América Latina (contrainsurgencia, guerra de baja intensidad, democracia restringida, libre comercio, integración subordinada, promoción del neoliberalismo) cuya coherencia y organicidad responde a las percepciones sobre Cuba y al tratamiento que se le confiere.

II

El paisaje político-ideológico que se ha configurado en los Estados Unidos a partir del proceso electoral de 2016 confirma que en ese país las elecciones no están concebidas ni diseñadas para cambiar el sistema, sino para mantenerlo y reproducirlo. En las circunstancias actuales, ello tiene lugar en un cuadro contradictorio, plagado de tensiones económicas, políticas y sociales, que se expresa tanto en rivalidades inter como intra partidistas. El discurso habitual de Trump y los pasos que ha dado a través de los dos primeros años de ejercicio gubernamental expresan un endurecimiento de la política norteamericana que hasta cierto punto es coherente con la retórica derechista radical y populista que utilizó desde la campaña electoral, a través de los dos lemas citados, cobijados en la mitología del Destino Manifiesto y del Excepcionalismo Norteamericano (12).

Las proyecciones de la actual Administración reflejan conflictos, incoherencias, insuficiencias y dificultades, evidenciando la carencia de un plan o proyecto estratégico general. Podría afirmarse, a la luz del período transcurrido, que la Administración Trump está en medio de una crisis político-ideológica. Sus principales propuestas legislativas han encontrado tropiezos. No ha logrado encontrar consenso ni siquiera dentro de su propio partido. No ha podido organizar con estabilidad su equipo de gobierno, sumido en escándalos, trances internos y recurrentes cambios de funcionarios. Se ha enfrentado a la gran prensa, recibiendo sus ataques como nunca antes ocurriera con un Presidente en su primera etapa de mandato, y a la comunidad de inteligencia. Los cuestionamientos de que es objeto apuntan hacia la viabilidad de un eventual un juicio político, que puede conducir al empeachment, o sea, a su salida de la Casa Blanca. Su popularidad ha sido la más baja de la historia norteamericana en una etapa similar. Sus promesas grandilocuentes no han articulado un programa de gobierno realizable de cara al futuro, sobre todo si se considera la profundidad de la crisis que vive la sociedad norteamericana, la enorme polarización existente y el descrédito de las instituciones gubernamentales, frente a un partido demócrata cargado de frustración, desconcierto y amargura.

Trump exhibe en su desempeño un expediente que evoca el despectivo lenguaje fascista, basado en la discriminación y el segregacionismo, al declarar personas non gratas a quienes no reúnen las características estereotipadas del blanco, anglosajón y protestante (white anglo saxon and protestant, wasp), que ha creado el cine de Hollywood, la historieta gráfica y el serial televisivo en torno a la familia norteamericana: blanca, de clase media, disciplinada, individualista, protestante. Ha acudido al prejuicio ya existente en la sociedad norteamericana, manipulando esa cultura marcada por una concepción hegemónica en torno a los «diferentes», es decir, las llamadas minorías, consideradas como los «otros». Apela a la visión racista, excluyente, que argumenta la amenaza que a la identidad nacional y a la cultura tradicional estadounidense entraña esa “otredad”, encarnada en la presencia intrusa hispano-parlante de los migrantes latinoamericanos (Huntington 2004). El nacionalismo perturbador del que hace gala es de naturaleza chovinista, expresando las tendencias más perversas del extremismo político de derecha radical: las posiciones de supremacía blanca y las prácticas genocidas, de exterminio, asociadas al llamado nacionalismo jacksoniano (13).

En su proyección internacional, la Administración Trump ha tenido una orientación general que contrasta con la pauta que caracterizó al doble gobierno de Obama, adoptando acciones que recuerdan el clima de la Guerra Fría, basadas en un enfoque de línea dura, belicista, que se apoya en un incremento del presupuesto militar y en una retórica agresiva ante aquellos países o situaciones que se consideran hostiles a los intereses norteamericanos. Deja atrás el esquema de Obama, que atendía al multilateralismo y la diplomacia, pero preserva la apuesta por acciones encaminadas al llamado cambio de régimen, a la superación de los denominados Estados fallidos, viabilizadas de ser posible en los mecanismos de la seducción, la influencia, en la recreación de la confianza y el liderazgo del imperio, como medios de lograr que se olvide el pasado.

El soporte de dicha proyección es de neta naturaleza geopolítica, marcada por gran unilateralismo, si bien en sus relaciones con otros países acude al bilateralismo. Para un país imperialista como los Estados Unidos no podría ser de otra manera. Ese es el enfoque más funcional a la hora de enfrentar lo que considera como retos estratégicos y problemas en el mapa internacional, con el propósito de ajustar su poder al nuevo orden mundial. En realidad, lo que parece estar en despliegue actualmente en la política exterior norteamericana es un proceso contradictorio, que responde al conflicto entre dos visiones ideológicas en pugna, que intentan definir el proyecto de dominación imperialista.

Por un lado, la que se identifica como la del unipolariamo multilateral, asociada al enfoque aplicado por Obama, sostenido esencialmente por las empresas transnacionales, las redes financieras y el tradicional establishment liberal. Y por otro, la que se caracteriza como la del unipolarismo unilateral estadounidense, impulsada por Trump, que refleja tendencias nacionalistas, proteccionistas e industrialistas, en parte cercanas al establishment neoconservador, promovido por W. Bush, pero con matices ideológicos de un enfoque afincado en la derecha más tradicional. Esta sería una hipótesis sobre las contradicciones ideológicas y el modo en que se expresan las distintas fracciones en disputa al interior de los Estados Unidos, relacionadas, por ejemplo, con la guerra comercial en curso y al retorno a un enfoque de keynesianismo militar.

La filosofía “trumpista” en este ámbito refleja una mezcla ideológica ecléctica, confusa, difusa, que entrelaza en política exterior concepciones del realismo político (realpolitik), con otras que responden a un conservadurismo pragmático internacionalista, al estilo de la derecha tradicional, identificada convencionalmente con el Partido Republicano, o el “viejo” establishment. En esa combinación también se advierten elementos de neoconservadurismo. Todo se ello se estructura en torno a los temas de la seguridad nacional, abordados en estrecha ligazón con los valores del ideario tradicional, que colocan en el centro la defensa de la identidad, la patria y los intereses nacionales. En este sentido, se pone de manifiesto, una vez más, el activo papel de los factores ideológicos, y entre éstos, los valores y las percepciones de amenaza a la nación, que se esgrimen como estandartes de la agresiva política exterior que promueve Trump, buscando ser consecuente con sus consignas, ya mencionadas, apoyadas en mitos como los del Excepcionalismo Norteamericano y el Destino Manifiesto.

Resultan de interés, entre otras fuentes, los documentos Estrategia de Seguridad Nacional y Estrategia de Defensa Nacional, divulgados respectivamente en diciembre de 2017 y enero de 2018, así como diversos discursos de Trump, como los referidos al estado de la Unión, pronunciados en enero de 2018 y febrero de 2019, al terminar su primer y su segundo año de mandato, si bien su cuando se contrasta su retórica con la política real que promueve se refleja inconsistencia e incoherencia en buena parte de los casos .

Trump se proyecta siempre con la intención de elevar la autoestima de los norteamericanos, sobre la base de su experiencia en los medios de comunicación, manipulando la conciencia colectiva. Ha explotado con habilidad el tema de la identidad, retomando la idea del antiamericanismo, utilizada para bloquear reformas progresistas, tildándolas de contrarias a los supuestos valores estadounidenses, funcionales para estigmatizar cualquier crítica externa a las políticas gubernamentales.

En la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 se identifican cuatro pilares, definidos a partir de los ejes ideológicos que nutren las visiones internacionales de los Estados Unidos: proteger la patria, promover la prosperidad de la nación, preservar la paz con el empleo de la fuerza e impulsar la influencia estadounidense. El documento afirma que el país se enfrenta a unos “poderes revisionistas” que intentan poner al mundo en conflicto con los valores estadounidenses, entre los que identifica a China y su papel en el Mar del Sur de China; y a Rusia, mencionando los casos Ucrania y Georgia.

En su discurso sobre el estado de la Unión, pronunciado el 30 de enero de 2018, calificó a ambos países como Estados ¨rivales¨ de Estados Unidos. El tema del terrorismo, que durante los pasados presidentes había sido el eje de la discusión en materia de seguridad, particularmente luego de los sucesos del 11 de septiembre de 2001, pasó a un segundo plano. En dicha alocución, Trump calificó a Cuba y Venezuela como Estados comunistas o socialistas a los cuales los Estados Unidos deberían presionar para modificar sus gobiernos. En su similar alocución correspondiente a 2019, diferida hasta el mes de febrero a causa del cierre parcial del gobierno relacionado con su debate y desacuerdo con el Congreso sobre la construcción del muro en la frontera con México, colocó la lucha contra cualquier expresión de socialismo en América Latina entre sus prioridades, e insistió en la desestabilización de los procesos en Venezuela, Nicaragua y Cuba.

III

En resumen, cuando se examina la política latinoamericana de los Estados Unidos durante el período transcurrido desde comienzos del presente siglo hasta la actualidad, cercanos ya a 2020, evidencia más continuidades que cambios, a pesar de que en ocasiones las apariencias de determinada retórica demagógica, de declaraciones grandilocuentes, pomposas o espectaculares, parezcan indicar antinomias entre liberales y conservadores, rupturas o cambios esenciales entre demócratas y republicanos o entre liderazgos personales. En el fondo, opera la razón de Estado, la lógica del imperialismo (14).

Al apreciar en su interrelación las proyecciones de las tres figuras que han ocupado la presidencia norteamericana durante los dos primeros decenios del siglo XXI, es posible concluir que en el caso de Trump, su desempeño latinoamericano se ha beneficiado de la cosecha de Obama, muy funcional para los intereses del imperialismo, en la medida en que consiguió lo que no logró W. Bush, en el sentido de propiciar el cambio de rumbo en los procesos progresistas, emancipadores, antimperialistas y revolucionarios en la región, cuyo punto de inflexión se ubica con el golpe de Estado de nuevo rostro, el 28 de junio de 2009, en Honduras, a partir del cual se desarrollaron, refinaron y aplicaron los métodos subversivos de carácter judicial, legislativo, mediático, junto a los tradicionales de guerra económica, cultural, psicológica, presión diplomática y militar. La ofensiva norteamericana se lleva a cabo, desde entonces, con un sostenido empeño por profundizar los retrocesos de los procesos antimperialistas que se afianzaron fundamentalmente en la región andino-amazónica (Venezuela, Bolivia, Ecuador), así como en Centroamérica (Nicaragua) y más al sur del continente (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile), donde se abrieron experiencias de acceso al gobierno por fuerzas progresistas a través de elecciones, sin resultar de revoluciones sociales. Una finalidad que atraviesa ese expediente subversivo es el esfuerzo renovado y reiterado, de impedir o quebrar la unidad entre tales fuerzas, especialmente en sus formatos institucionalizados en iniciativas de integración o concertación continental, pero a la vez al interior de aquellos países, como Cuba y Venezuela, que simbolizan, ayer y hoy, opciones revolucionarias en el poder. Como se señalaba al comienzo de la ponencia, en ese diseño la Revolución cubana permanece, 60 años después, en el foco del proyecto de dominación.

En la actualidad, el esquema de subversión ideológica que promueve el imperialismo en América Latina es congruente con el que aplica en Cuba. El discurso contrarrevolucionario que se utiliza en Venezuela y en Nicaragua pretende actualmente, como en Cuba, desarticular la unidad ideológica entre el pueblo y el liderazgo, en circunstancias en que la ofensiva contra el socialismo se escuda en consideraciones reformistas, socialdemócratas, que apelan a una flexibilización de su relación antinómica e incompatible con el capitalismo, basada en una alternativa centrista, que logra confundir, dividir, sembrar la duda y el desencanto con respecto a la viabilidad del socialismo. Como lo explica un criterio especializado, ese discurso contrarrevolucionario “en vida de Fidel ignoraba la existencia del país que laboriosamente se construía, y reducía el alcance de la Revolución a su figura. Se proclamaba anticastrista y cifraba todas sus esperanzas en la desaparición física del líder. Hoy adopta nuevas formas. Necesita extirpar la ideología de la Revolución, vaciar el concepto de socialismo de su sentido revolucionario, deshuesar al Partido; oponer o distanciar sus fuentes: a Marx de Lenin, a Martí de Fidel, y a los dos primeros de los segundos. Quiere restaurar las diferencias originarias de los combatientes, para enarbolar el pluralismo ideológico que la Revolución pudo superar en sus inicios, porque era condición de vida. La nueva contrarrevolución emplea el lenguaje de la izquierda, que es el que el pueblo identifica como suyo. Critica a la Revolución por supuestamente apartarse de la Revolución y a la vez, la empuja a que se aparte” (15).

Las codificaciones ideológicas actuales de la política latinoamericana de Estados Unidos impulsan formulaciones como esas, por lo cual resulta más preciso calificarlas como parte de una ofensiva contrarrevolucionaria, en lugar de considerarla como expresivas de una restauración conservadora. En su conjunto, procuran mayor funcionalidad en los propósitos que guían la restructuración del proyecto de dominación continental: (16)

– evitar el acceso al gobierno y al poder de las fuerzas revolucionarias;

– conseguir su asimilación o cooptación por el sistema, en aquellos casos en que lo anterior no se logre;

– y desalojar o expulsar a dichas fuerzas de los gobiernos, mediante la aplicación de un variado menú de opciones, en los que no se descarta la variante de la fuerza militar.

Ese proyecto se define hoy, desde un punto de vista metafórico, cual brigada de demolición —bajo la percepción de que las procesos revolucionarios, emancipadores, antimperialistas, se desmoronan, de que llegó la hora de su aniquilamiento físico y simbólico—, que opera con gran coordinación, bajo un mando único, con el empeño de destruir cualquier intento, manifestación, y sobre todo, logros y perspectivas, de un poder revolucionario, de base popular, respaldo masivo y vocación socialista, comprometido con la soberanía, la independencia y el antimperialismo.

Notas y referencias

1.  Véase Katu Arkonada, Arkonada: “¿Fin del ciclo progresista o reflujo del cambio de época en América Latina? Siete tesis para el debate”, en Rebelión, 8 de noviembre, 2015. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=203029.

2. Raúl Castro Ruz, “Discurso pronunciado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en las conclusiones del XX Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba”, 22 de febrero de 2014, en: http://www.granma.cu/discursos-raul/2014-02-22/hemos-efectuado-un-magnifico-congreso-obrero-que-sienta-pautas-para-el-futuro-del-movimiento-sindical-cubano.

3.  Véase Ana Esther Ceceña. “Los golpes de espectro completo”, en https://www.alainet.org/es/active/73900, 21/05/2014.

4.  Véase Gene Sharp, From Dictatorship to Democracy: A Conceptual Framework for Liberation, Albert Einstein Institution, Boston, Fourth Edition, 2010,

5. Véase Jorge Hernández Martínez, “La política latinoamericana de Estados Unidos y la nueva convivencia con Cuba: el conflicto en su laberinto”, en Fin de ciclo y reconfiguración regional? América Latina y las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, Anuario de la Integración Regional en América Latina y el Caribe, 2016, Edición Especial, CRIES, Buenos Aires, 2016.

6.  Fidel Castro Ruz, “Discurso del 26 de julio de 1978, en el XXV Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada”, en: Granma, La Habana, 28 de julio de 1978, p.2.

7.  Fidel Castro Ruz, “Siete puñales en el corazón de América” (reflexión del 5 de agosto de 2009), en: http://www.cubadebate.cu/reflexiones-fidel/2009/08/05/siete-punales-en-el-corazon-de-america/

8.  Raúl Castro Ruz, “Discurso pronunciado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba, en la XV Cumbre Ordinaria del ALBA-TCP”, efectuada en Caracas, Venezuela, el 5 de marzo de 2018, en: https://cubaconamalia.wordpress.com/2018/03/06/raul-castro-proclamamos-el-invariable-respaldo-a-la-revolucion-bolivariana/

9.  Véase Jorge G. Castañeda, La utopía desarmada, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1993

10.  Véase Jorge Hernández Martínez, “Obama, América Latina y el nuevo ropaje del imperio”, en Cuba Socialista, 4ta. Época, No. 2, CCPCC, mayo-agosto, La Habana, 2016.

11.  Véase Lars Schoultz, Beneath the United States, Harvard University Press, 1999.

12.  Véase Jorge Hernández Martínez, “La otra cara de la luna. Estados Unidos y la coyuntura electoral de 2016”, en Cuadernos de Nuestra América, No. 50, CIPI, julio-diciembre, La Habana, 2017.

13.  Véase Walter Russell Mead, “The Jacksonian Revolt. American Populism and the Liberal Order”, en Foreign Affairs, January20th ,2017.

14.  Véase Yazmín Bárbara Vázquez Ortíz, “De Obama a Trump: Estados Unidos y el cambio en la correlación de fuerzas políticas en América Latina”, en Cuba Socialista, 4ta. Época, No. 7, enero-abril, CCPCC, La Habana, 2018.

15.  Enrique Ubieta Gómez, “Ideología y revolución: a 60 años de la partida”, en http://www.granma.cu/mundo/2019-01-31/ideologia-y-revolucion-a-60-anos-de-la-partida-i-parte-31-01-2019-23-01-03

16.  Véase Roberto Regalado, “El flujo y reflujo de fuerzas entre izquierda y derecha en América Latina: un análisis crítico constructivo”, en Roberto Regalado (Compilador), Los gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina, Partido del Trabajo, Ciudad de México, marzo de 2018.

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