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El fusilamiento frustrado de Batista. Por Rolando Rodríguez.

Por Rolando Rodríguez

El 2 de noviembre de 1933, el representante de Roosevelt, en La Habana, Benjamin Sumner Welles, le escribió a su jefe en Washington, el secretario de Estado, Cordell Hull, y le fió que había tenido una entrevista con los líderes del Partido Nacionalista, Carlos Mendieta y Rodolfo Méndez Peñate. El primero había manifestado que se negaba a aceptar la presidencia provisional, ocupada por Ramón Grau San Martín, sin tener el consentimiento de los miembros más revoltosos del Directorio Estudiantil Universitario (DEU). Mendieta dijo que los estudiantes dirigirían una campaña contra su gobierno no solo mediante actos de terrorismo, sino también fomentando huelgas y otros disturbios laborales.

Welles le expresó que parecía sumamente irrazonable atribuir más importancia a la opinión egoísta de una veintena de estudiantes inmaduros que al deseo unánime del resto de la opinión pública cubana para formar un gobierno encabezado por él que pudiera devolver la paz a Cuba y comenzar la tarea de la rehabilitación económica, y que la tragedia que él, preveía se podría impedir fácilmente al poner bajo custodia a los principales agitadores estudiantiles. Él, Cosme Torriente, en los hechos su amanuense, y Méndez Peñate, dijo, se habían reunido esa mañana del día 2, con el DEU, y de nuevo se reunirían esa tarde, pero Welles no tenía ninguna razón para creer que la actitud de los estudiantes renuente a un cambio se modificara.

Poco después el sargento-coronel Batista se entrevistó con Mendieta para tratar de convencerlo de que aceptara la presidencia. También cada diario, en la mañana, exhortaba a Mendieta a aceptar el cargo, como el único medio de salvar al país de una ocupación.

En cuanto a lo expresado por Welles, el yanqui no sabía en qué se estaba metiendo ni de lo que hablaba. Los chiquillos “inmaduros” de la Universidad, esa veintena que mencionaba, habían sido una de las fuerzas capaces de voltearle la situación a Machado, crear una situación insostenible, movilizar a un pueblo entero y destrozar el régimen de ordeno y mando del tirano. El dictador había usado tres cuerpos de policía contra los estudiantes y añadió al ejército, y no había logrado aplastarlos. Les había hecho unas pocas bajas, mientras ellos volaban en pedazos la dictadura y el huevo de guanaja yanqui creía que bastaba ponerle un policía al lado de cada uno, y ya todo estaría resuelto. Este tipejo larguirucho, ignoraba de lo que hablaba. Mendieta, al menos, era cubano y sabía qué decía y hacía.

Ese mismo 2 de noviembre Sergio Carbó y Batista conversaron, en la casa de Carbó, con Carlos Prío, del DEU, como uno de los líderes de la Agrupación Revolucionaria de Cuba, que había participado en el 4 de septiembre. Allí le plantearon que Grau debía renunciar. Prío les respondió: “Es indispensable convocar una reunión en la que él [Grau] esté presente”.

Al conocer esta conversación por el propio Prío, Grau, colérico, manifestó su decisión de dimitir, pero los miembros del DEU le pidieroon asistiera a una reunión con los integrantes de la Agrupación Revolucionaria de Cuba, Carbó y Batista. Allí se le tendería una ratonera a Batista y este terminaría fusilado.

El 3 de noviembre Welles le cursó un nuevo telegrama a Hull, en que le decía que los partidos nacionales se volvían cada vez más hacía Miguel Mariano Gómez. A no dudar, durante varios días, Welles había armado un golpe de Estado con ayuda de Batista y, ahora, lo informaba a Washington, escondiendo su mano en el asunto. Welles había fabricado tal texto con base en su pródiga imaginación. Entre otros absurdos expuestos decía que Prío, Barrientos y Barreras, habían traicionado a Grau San Martín.

Ciertamente, no eran pocos los enemigos que a esas alturas de noviembre tenía el gobierno de Grau San Martín: se le enfrentaba la oligarquía burguesa latifundista, su poderoso aliado el imperialismo estadounidense, Batista y algunos lacayos de uniforme, los órganos de la dirección de la clase obrera y el partido Comunista, parte de los intelectuales y los estudiantes y algunas capas de la pequeña burguesía, que se sentían frustradas. Aquellos fueron los momentos en que Toni Guiteras leyó Los diez días que estremecieron al mundo, de John Reed, o al menos que lo releyó.

El 3 de noviembre se anunció en el País Libre, la entrada del acorazado Wyoming, de 24 000 toneladas, que se uniría al Richmond y la posible ocupación de la isla, que podría significar desarmar al ejército y quitarles a todos el uniforme, para formar un nuevo cuerpo armado que lo sustituyera. Tal noticia, constituyó un reactivo en las unidades militares. En Columbia los nuevos jefes llamaron a los oficiales de menor rango y les propusieron, de acuerdo con otros cuarteles, llevar a cabo una protesta pacífica. En la marina de guerra creían que, en realidad, la presencia del acorazado insignia de Freeman, se debía a que venía a relevar al Richmond, atracado en el puerto. Mas, en Columbia, formaron la tropa en el polígono, desarmada. Entonces, hubo una alocución contra la posible intervención estadounidense en Cuba. Testimonios de aquel día 3 de noviembre, dicen otra cosa muy diferente a las afirmaciones de Welles. Sobre todo, el testimonio de Juan Antonio Rubio Padilla, resulta muy discordante. Este dice que ese 3 de noviembre les llegó al DEU la noticia de que había un golpe de Estado en marcha, dirigido por el ex embajador Sumner Welles, que tendría lugar al día siguiente. Los conspiradores se habían reunido con Prío y le habían planteado la renuncia de Grau San Martín. En horas del mediodía, los miembros del DEU, recibieron una llamada urgente, citándolos para el palacio presidencial. Prío, había convocado aquella reunión urgente para darles cuenta de la situación. Reunidos ya, prácticamente todos los integrantes del DEU, informó de la trama que se tejía, que ya todo estaba preparado, y que sería cuestión de horas el pronunciamiento y la deposición de Grau. Se decidió entonces, por la organización, no esperar cruzados de brazos los acontecimientos. Se tomó el acuerdo de convocar una reunión de la junta de Columbia o Agrupación Revolucionaria de Cuba, de la cual eran integrantes todos los miembros del DEU, Sergio Carbó y Oscar de la Torre, el jefe del casi disuelto A.B.C. Radical. La junta sería convocada fuera de palacio y a ella debía concurrir obligatoriamente Batista, por ser miembro de la Agrupación Revolucionaria de Cuba. Grau presentaría allí la renuncia como Presidente Provisional de la República y acusaría a Batista de traición. De esa forma, se crearía una crisis y sería una especie de abortivo de lo que sucedería de inmediato. Llamaron a Grau a la reunión y le comunicaron el plan que habían trazado para hacerle frente a la conjura. Grau estuvo de acuerdo, reconoció la gravedad de la situación, y aceptó el criterio de los estudiantes de hacer algo para precipitar los acontecimientos. Allí apresarían a Batista y lo conducirían a la Cabaña. Los militares del lugar lo fusilarían.

Grau aceptó ir esa noche a la reunión de la junta que se llevaría a cabo en la residencia de Sergio Carbó, en la calle 17 e I, en el Vedado, y aceptó presentar la renuncia para compulsar la actuación de los estudiantes y también recibir la opinión de todo el consejo de Secretarios. En aquella reunión del DEU no participó Guiteras, a quien se le atribuían relaciones muy estrechas con los jefes de distritos militares y navales. Guiteras a esa hora estaba sentado en un banco de los pasillos del tercer piso de palacio, en espera de que terminara la reunión de los estudiantes, para saber qué estaba sucediendo. Evidentemente, debía ser algo de carácter muy grave, porque Grau estaba reunido con el pleno de la organización estudiantil. Al olfatear que era muy delicado y espinoso el asunto, esperó. Entre la 1:00 y las 2:00 de la tarde, comenzaron a salir de la reunión los estudiantes, y fueron los primeros que abandonaron la conferencia quienes enteraron a Guiteras del golpe de Estado en marcha, encabezado por Welles y Batista, para sacar a Grau del gobierno. Guiteras entonces comenzó a conversar con algunos de los integrantes del Directorio. El secretario de Gobernación, Guerra y Marina opinaba que Batista estaba haciendo algo muy audaz, como era hablar en las reuniones con los mediacionistas y Welles, en nombre del ejército, cuando él no tenía todavía el control total del ejército. En definitiva, Batista no era jefe de ningún distrito militar, ni tenía mando de tropas. No era más que un usurpador, un ser lanzado hacia arriba por los acontecimientos, con una palabra arriesgada y gracias a una presencia oportuna, se había hecho líder del movimiento el 4 de septiembre. En realidad, se le había sobreestimado por el arrastre que mostró sobre la tropa. Al salir de la reunión Willi Barrientos, Toni Guiteras lo llamó aparte y le instruyó, “Ve y busca a tus muchachos del río Almendares y que estén a las nueve, con la artillería, en casa de Carbó”. Se trataba de los contrabandistas de alcohol que atracaban en el río Almendares, y que habían ayudado tantas veces a Willi. Con ellos iría hasta allí en dos automóviles. En la propia casa detendrían a Batista y lo fusilarían en el frontón del Cubaneleco, donde hoy radica el FOCSA. El entonces estudiante, me aclararía años después que, en aquellos instantes, no tenía tantas relaciones con Guiteras, sin embargo fue a él a quien le pidió la cooperación. A Prío le encargó ir a la Cabaña. El jefe de la fortaleza, el ya sargento-capitán Marchena, cuando conoció qué planeaba Batista, le comentó al estudiante: “Que si le daban la orden a la Cabaña de coger preso a Batista lo haría, y cuando se enteraran en Columbia que venían los cañones verían a la infantería salir corriendo”. También, Guiteras le expresó a Pedro Vizcaíno y Juan Antonio Casariego, que debían prepararse para fusilar a Batista. El secretario de Gobernación, Guerra y Marina, dio instrucciones a otros miembros del DEU que debían ir a rápidamente a visitar a los otros jefes de distritos, enterarlos de qué estaba sucediendo y sondear si era cierto que Batista contaba para sus planes con la segunda línea en el ejército, es decir, con los jefes de los enclaves militares. Comprobarían en la gira que Batista blofeaba. Ni uno solo estaba con el sargento-coronel. Todos estaban de acuerdo con la revolución, su programa era el del DEU, apoyaban al doctor Grau San Martín y el que sobraba era Batista, y como la actitud de este era tan grave, pues se trataba nada menos que de traición militar, en connivencia con una potencia extranjera, hostil, para destruir a su propio gobierno no había código militar en el mundo al que no le sobraran motivos para fusilar al coronel. No puede olvidarse que aquellos hombres pensaban que, en caso de una ocupación estadounidense, perderían no solo los nuevos grados, sino incluso el uniforme. A todas estas dirigidos por Guiteras, prepararon los documentos en que se constituía un consejo de guerra sumarísimo, se sentenciaba a Batista por traición a la patria a fusilamiento y se designaba a Pablo Rodríguez como su sucesor en el cargo de jefe del Estado Mayor.

Todos quedaron citados para ir a palacio al anochecer puesto que la reunión no iba a ser en palacio, pero era de ahí de donde saldrían en distintos automóviles, para la calle 17, a la vivienda de Carbó. Así ofrecerían la sensación de que todos estaban de acuerdo con Grau y le brindaban su respaldo. Cuando llegaron a palacio, poco después de las ocho, conocieron que la reunión estaba fijada para las nueve y media de la noche. También, algo formidable: todos los jefes de distrito respaldaban el movimiento revolucionario representado por Grau, y Batista debía ser fusilado por traidor. El grupo se entrevistó con Grau y aprobaron las siguientes decisiones, ya redactadas: una orden de arresto de Batista por traidor, el nombramiento de un consejo de guerra sumarísimo, el texto de qué había sucedido durante el consejo, la sentencia del consejo ordenando el inmediato fusilamiento de Batista, el decreto presidencial con el cúmplase de la sentencia y, como acción final, se determinó mandar inmediatamente delegados a los diarios de la mañana, para que detuvieran la salida de la edición, porque se quería que, en los diarios de la mañana, apareciera la noticia de que Batista había sido fusilado. Todo se había preparado en las breves horas que pasaron entre las dos de la tarde y las ocho y media de la noche. Los papeles estaban hechos con la elegancia que les daba la secretaría de la Presidencia y, además, estaban firmados. Los miembros del DEU y Guiteras que habían llegado de los distritos, y arribaron a palacio para de allí trasladarse a la casa de Carbó, con el fin de que fueran ellos quienes arrestaran a Batista y lo condujeran a la fortaleza de la Cabaña, donde iba a ser fusilado, no tenían que preocuparse por los papeles porque ya la labor burocrática estaba hecha. Se dijo que sería fusilado en la fortaleza de la Cabaña, pero Salvador Vilaseca me narró años después que el lugar seleccionado era el frontón del Cubaneleco, el club de los telefónicos, en donde hoy se levanta el FOCSA. De manera que de lo único que tenían que preocuparse, era de llevarse a Batista y colocarlo ante los paredones existentes en el Foso de los Laureles (o en el frontón del Cubaneleco).

Cuando llegaron a la casa de Carbó ya estaban allí los jefes de distritos militares que fueron los más puntuales de todos. Los miembros del DEU llegaron con Grau. Batista no había arribado. La casa de Carbó tenía un hall central y dos salones, uno a la derecha y otro a la izquierda, separados solo por columnas, y era de señalar que, desde la puerta de la calle, podía verse toda la planta baja. En el salón de la derecha al fondo, Grau comenzó a conversar con Guiteras. En el segundo piso estaba la biblioteca. En la residencia se sentía una tensión, como la que envuelve la atmósfera antes de que estallen las borrascas. Una docena de civiles y once militares se apretaban en el lugar. Los miembros del DEU, por un conjunto de problemas sicológicos o tácticos, tenían muy arraigada la idea de que mermaban o comprometían un poco la autoridad de Grau cuando, en una reunión de esa naturaleza, alguno de ellos se permitía mezclarse en la conversación o tan solo se incorporaba al grupo, en el que estaba el Presidente, porque parecería como si estuvieran tratando de inspeccionar qué Grau hacía o decía, como si fueran a situarse a su lado para que no dijera tales o cuales cosas, en fin, cualquier interpretación semejante. De manera, que todos los integrantes del Directorio se habían abstenido de participar en la conversación que sostenían el Presidente de la República y el secretario de Gobernación y Guerra. Además, no creían necesario acercarse, pues, su confianza no solo estaba en Grau sino también en Guiteras, y como poco después se unieron a la conversación unos siete u ocho militares de las distintas armas, entendieron los estudiantes que allí lo que se estaba haciendo era explicarles a los jefes y oficiales presentes, que ya todo estaba listo y no hacía falta nada más que llegara Batista.

Arribó, por fin, el sargento-coronel, enfundado en un elegante traje militar de invierno, color aceitunado oscuro, botas altas, lustrosas, acompañado por su guardaespaldas personal, que era un negro fornido, más bien bajito, también de apellido Batista, que andaba siempre con una ametralladora colgada del hombro, como si estuviera a punto de disparar; es decir, trataba de meterle miedo a la gente, como si fuera un sujeto a quien no era necesario movilizar para que empezara a disparar, sino que parecía estar a punto de hacerlo al menor gesto hostil. Se dice que Batista llegó con muchos aires de guapo. Willi Barrientos y Juan Antonio Rubio Padilla, ambos hombres de casi dos metros de estatura, con suma cortesía lo dejaron entrar, pero no le permitieron pasar al de la ametralladora de mano ni al resto de la escolta. A estos, los dejaron en el portal. Por supuesto, abrirle la puerta a Batista era en ese momento, como abrir la puerta de la ratonera. Luego de dejarle el paso, en el acto cerraron la puerta a las espaldas del sargento-coronel. La puerta de la calle tenía dos hojas y, entonces, con los brazos cruzados, los estudiantes se recostaron contra ella. Ninguno de los dos tenía encima un arma de fuego. A lo largo de la calle, se desplegaban escoltas de los altos militares que ya estaban en la casa. Batista, al ver el grupo de Grau, Guiteras y los militares, se acercó y cuando ya se hallaba, más o menos, a un metro de distancia del grupo, el Presidente, con una autoridad que parecía la de Napoleón o la de Pedro el Grande, le dijo: “Oye, Batista, no, no vengas para acá retírate de aquí, que estoy conferenciando con los jefes militares y tú no puedes participar de esto. Ya te avisaremos cuando tengamos que hablar contigo”. Entonces Batista, como un ratón asustado se separó del grupo, miró a su alrededor y se sintió derrotado, nervioso. Años después Batista le confesaría a Guillermo Alonso Pujol que al oír con que autoridad y con que desdén el Presidente Grau lo trató y le ordenó separarse del grupo, negándole a él, el jefe del ejército, el derecho a participar de una reunión en la cual estaban subordinados suyos, sintió tal impacto, que se sintió fusilado, y su primera reacción fue la de huir, pero huir físicamente. Le vino a la cabeza en ese momento una frase que solía repetir: “La cosa está de palanca y corbatín”. De manera que se dirigió hacia la puerta de la calle, cuando tropezó con Willi Barrientos y con Rubio Padilla, quienes ahora bloqueaban la puerta. Rubio diría después que todavía se acordaba de este pasaje perfectamente. Por su parte, el coronel aseguró que se sintió muerto; es decir, aquel bloqueo de la puerta fue para él la sentencia de muerte. Entonces, comenzó a pasearse por el salón de la izquierda mostrándose muy nervioso, aguardando a que terminara la reunión de Grau y Guiteras con los jefes militares. En el cambio de impresiones con los altos jefes se convino que al terminar la reunión, que iba a celebrase en la planta alta, ellos capturarían a Batista, lo conducirían a la Cabaña y lo fusilarían. La reunión de arriba fue muy dramática, porque estaba en pleno la junta de Columbia, incluyendo a personajes como Guillermo Portela y José Miguel Irisarri, que ya no estaban en el gobierno desde la disolución de la Pentarquía, pero que fueron citados y concurrieron porque no habían dejado de ser miembros de la junta de Columbia. En fin, en la biblioteca se congregaron todos, la casi totalidad de los integrantes del DEU y otros civiles y los militares. Rubio Padilla dice que tuvo la fortuna de lograr situarse en una posición privilegiada para presenciar el espectáculo que tendría por escenario la biblioteca de Carbó, la cual se vio repleta de asistentes. Muchos, que no alcanzaron asientos, quedaron de pie. Según me informaría, mucho después, Segundo Curti, aunque no era miembro del DEU, sino un apasionado estudiante de arquitectura grausista, se colocó detrás del butacón que ocupó Batista, recostando los brazos sobre el respaldar. Grau que iba a presidir y, por tanto, a encausar el debate, se sentó en la esquina de un sofá, exactamente enfrente de Batista, mientras su mirada daba la impresión de vagar entre los presentes. Tenía los codos apoyados en los brazos del asiento, y los dedos entrelazados casi a la altura de su ausente abdomen. Rubio Padilla se sentó en el primer asiento de la derecha, de manera que tenía bien cerca a los protagonistas principales del drama. Grau abrió el acto dando a conocer que había convocado a la junta revolucionaria de Columbia para presentar su renuncia como Presidente de la República, porque él, conociendo que el Jefe del Ejército estaba conspirando traidoramente con el embajador estadounidense para derrotar al movimiento revolucionario, a pesar de que hacía días lo sabía, no había hecho nada y, por tanto, reconocía que no había sabido cumplir con su deber como Presidente de la República. Destacó que la situación era de extrema gravedad, porque no tenía justificación que el jefe del ejército se pusiera a conspirar. Entonces Batista comenzó a tratar de interrumpirlo, pero Grau le salió al paso diciéndole con voz autoritaria: “Usted se calla la boca hasta que yo termine. Ya yo lo dejaré hablar, cuando lo crea oportuno”. Batista se desplomó de nuevo en su asiento, como una rata acobardada. Cuando Grau concluyó sus palabras, se produjeron varios discursos oponiéndose a aceptarle la renuncia al Primer Magistrado. A Batista seguían sin dejarlo hablar. Prío, dirigiéndose a Batista, manifestó: “Tú me dijiste que todos los jefes militares estaban por un cambio de gobierno, pero yo quisiera que estos señores dijeran —y se dirigió a los oficiales presentes— si eso es así o no”. Entre los oficiales hubo un murmullo y movimientos de cabeza negando lo expresado. También le pidieron que dijera qué había estado hablando con Welles y con la oposición. Y hubo un acuerdo casi unánime de respaldo al Presidente de la República, para que este condujera esa crisis militar, como él mismo estimara más conveniente. En eso, Grau que parecía ganado por la omnipotencia de su cargo, dijo: “-¡Lo que usted ha hecho coronel, es una traición indigna de la confianza que en usted pusieron sus compañeros! ¿Quiere usted decirnos con qué autoridad y con qué permiso ha ido a entrevistarse con el diplomático extranjero, asumiendo posiciones incompatibles con su condición de subordinado? Lo que usted merece es que se le destituya inmediatamente”.

A grosso modo, para no entrar en detalles de algunas discrepancias que se registraron, debe señalarse que entonces Grau se dirigió a Batista preguntándole: “¿Usted quería decir algo?”. En el lugar se había operado una transformación. El rostro de Batista estaba contraído, su piel aceitunada había perdido su color, y ahora era pálida, sus gestos eran titubeantes, indecisos. La atmósfera estaba cargada de una opresión indescriptible. Batista con la cabeza baja, y su clásico pañuelo blanco, esponjándolo, estrujándolo, entre las manos, se secaba continuamente el sudor que le corría por la frente y el cuello de la guerrera. Quizás fue entonces que se percató de que solo tenía una alternativa. Una sola utilizable como un recurso extremo. Por fin, con lo ojos llenos de lágrimas y la voz opaca, pronunció uno de los discursos más abyectos que, según Rubio Padilla, él había escuchado en su vida. Se excedió en sus elogios a Grau. Una de las cosas que Rubio recordaba le dijo a Grau, fue esta: “Usted, doctor, por quien yo he tenido siempre tanta admiración por su coraje cívico, por los riesgos que ha corrido por darle orientación ideológica, filosófica, patriótica, a todos los movimientos estudiantiles, porque todo ha partido de usted…” con lo cual estaba dando a entender que el DEU no significaba nada y todo había partido de Grau. ¡Vaya! Martí redivivo no habría sido el personaje que era Grau de acuerdo a los elogios de Batista al Presidente! Y siguió sus halagos diciendo: ”Pero usted, a quien yo he admirado siempre tanto, usted fue un hombre que nació entre pañales de seda y recibió una educación de príncipe”, dijo también: “Yo quiero dar fe aquí ante usted y mis compañeros de que nada me interesa ni quiero. La única razón que me ha guiado en todo, es un exceso de celo por las cosas de mi patria y por el deseo de contribuir a su normalidad…”, y qué sabía Rubio Padilla cuántas cosas más. No había pañales de seda, por supuesto, porque el propio Grau nunca creyó que llegaran a ser de seda, ¡en fin! “Pero yo soy un pobre guajirito de Banes, de la extracción más humilde que puede haber en Cuba y cuando yo nací me pusieron en un pesebre”. Han pasado muchos años —especifica Rubio Padilla— desde que oyó aquel discurso y todavía no acertaba a comprender qué confusión mental tenía aquella noche Batista con las postalitas de Navidad y su origen personal, porque mencionó la palabra pesebre. Es la única persona en Cuba que, reclamando ser de origen muy humilde, aseguró que había nacido y lo colocaron en un pesebre, lo cual se asemeja a la literatura propia y exclusiva de los días de navidad. Se presentó como un “infeliz guajirito” y declaró que él, tratando de resolver los problemas de la revolución, no tenía inconveniente en ir a donde se le llamara en busca de soluciones. A una de las reuniones a que lo habían llamado y había asistido, llevado ingenua y candorosamente, había sido a la que tuvo efecto en la residencia de Antonio González de Mendoza y allí resultó que estaban nada más y nada menos que los presidentes de los partidos de oposición y el Embajador de los Estados Unidos, Welles. Agregó que, a pesar de esa participación, él no se había comprometido a nada en lo absoluto e, incluso, pensaba hablar con el Presidente y contarle, para su información, qué le habían dicho, e insistió en que no había adquirido compromiso alguno. “Señor Presidente: yo pido perdón. He tratado de llevar adelante lo que mi patriotismo me ha indicado. Puede que me haya equivocado. Seguramente me he equivocado pero ha sido de buena fe… Yo prometo que en lo adelante acataré totalmente con total disciplina las órdenes del gobierno. ¡Les pido perdón! ¡Perdónenme!”. Pidió perdón en la forma más rastrera posible. Pero después del discurso del coronel, Rubio Padilla como estaba al lado de Grau, apreció mejor como Batista se iba saliendo de la butaca, aquella tapizada que parecía que resultaba muy baja, y saliéndose del asiento iba avanzando, hasta que llegó un momento en que la rodilla derecha de Batista conectó con el suelo; es decir, la posición de Batista al tratar de engañar a Grau y mostrar un arrepentimiento insincero, su posición física, repite Rubio Padilla, era de rodillas, por lo menos hincaba una rodilla en el suelo, conforme lo vio el integrante del DEU. Una cosa realmente emética y, como es sabido, emético significa que provoca vómitos.

Grau San Martín pronunció entonces unas palabras que dejaron alucinados, helados, a los presentes. Se dirigió a Batista: “Usted ha asumido una conducta que merece lo destituya, pero en atención a su papel y sus méritos el 4 de septiembre, me creo en el deber de no hacerlo. Pero una vez más le reitero que su misión es estrictamente militar. Usted debe obedecer al poder civil. Usted es el jefe de un Ejército que debe responder a las características que le hemos conferido”. El presidente levantó la mano para hacerse escuchar. Hablaba el supremo magistrado de la nación: “¿Coronel, usted promete no volver a tener conciliábulos con embajadas extranjeras ni con la oposición?” Batista alzó sus ojos húmedos, que vagaban como en un extravío. Entonces, se escuchó que con voz salida espasmódicamente, casi sollozante de su garganta, decía: “Juro por mi mujer y mi hijita que tanto quiero, que no lo volveré a hacer… ¡Si lo hago fusílenme!”.

El presidente no pudo leer nada en sus ojos. Del enjuiciado solo podía contemplar el pelo negro y grueso y un mechón que se desprendía a un lado de la cabeza baja. A continuación dejo caer una sentencia: “Señores, estoy seguro de que, a partir de este momento, Batista será el hombre más fiel que habrá a la revolución”. Entonces se dio por terminada la reunión. Rubio Padilla recuerda que fue de los primeros en bajar, porque tenía mucho interés en presenciar bien de cerca la captura física de Batista. La escalera era bastante estrecha y el grupo que la ocupaba era muy grande. Cuando logró llegar abajo, se encontró con la sorpresa de que los militares ya no estaban, o sea, que se habían marchado presurosos. Por tanto, no había captores y así tuvo que presenciar como Batista atravesaba todo aquel hall de este a oeste. Ya ni él ni Willi estaban situados en la puerta de la calle para impedir que el militar abandonase el lugar, ya ese papel desempeñado por ellos había pasado para satisfacción del sargento-coronel, y este se marchó con sus guardaespaldas, sin que nadie se atreviera a impedirlo.

Entonces, allí mismo, en plena residencia de Carbó, miembros del DEU, sorprendidos, aturdidos, todavía, increparon a Grau y le dijeron más o menos: “Bueno, doctor, qué pasó con la captura, con la ejecución, con todo el plan que había sido acordado”. Grau respondió: “Bueno chico, yo te voy a decir una cosa: yo creo que con el susto que le hemos hecho pasar a Batista, Batista terminará por resultar el mejor. Ya este por lo menos ha pasado el susto”. Respondieron los estudiantes: “Doctor, pero todos los acuerdos, todas las discusiones del día, todo lo que hemos hecho, todo el plan, cómo usted ha cambiado todo eso unilateralmente, individualmente? ¿Ha consultado usted con alguien? ¿Ha hablado usted con alguien?” La contestación los dejaría anonadados. “No, no chico, si todos son iguales, lo mismo da un sargento que otro. Lo mismo da uno que otro; no hay nada más que mirarles la cara, para darse cuenta de los que son, todos son unos chusmas. Este por lo menos tiene la ventaja de que lo hemos hecho pasar un susto”. No se le olvidaría nunca a Rubio Padilla, lo dicho. Habría que estudiar toda la biografía de Grau, interpretar ciertas actitudes asumidas por él en el curso de su vida. Grau San Martín se creía que las virtudes personales, la caballerosidad, el honor, toda esas virtudes, carecían de mayor valor. Rubio Padilla ha dicho que la razón de Grau había estribado en que para este, Pablo Rodríguez, no sería para él un jefe tan incondicional como lo sería Batista, a quien había sacado del fondo del tacho de basura, ya fusilado. Él creyó que en Batista iban a funcionar mecanismos morales de gratitud y de lealtad. Era un error de Grau o mejor dicho de clase. Rubio Padilla, desde luego, no entendía que el entresijo final del problema era de clases sociales: Grau San Martín pensaba como un burgués, para él, los sargentos aquellos no eran caballeros, ni cosa parecida eran vulgares gente del populacho. Eran de otra clase social a la suya. Él, como burgués, creía que todo el que no era de su clase era una chusma indecente. Por eso, daba lo mismo Batista, que Pablo Rodríguez, que Pedraza, que López Migoya o Estévez Maymir. Además, si hubiera pensado que Batista era diferente a cualquiera de los otros sargentos, si hubiera creído en su maldad, y en que todo lo expresado por este en la reunión era un engaño, se hubiera visto obligado no solo a destituirlo, sino también a ordenar su fusilamiento inmediato, y eso era lo que menos deseaba en el mundo. Así lo había valorado todo el día, y le había mentido a los estudiantes, aceptando sus propuestas, pero sin pensar en que las haría cumplir. A Curti ya le había dicho “De aquí tenemos que irnos, pero ya volveremos”. Por eso, deseaba hacerlo sin tener manchadas las manos con la sangre de nadie, de Batista ni de ningún otro. Incluso, podía haber pensado que dejando a Batista podía conseguir librarse del DEU y entenderse con Welles. Ese era el fondo del espíritu de conciliación que lo animó a toda hora, y que le abriría el camino para escapar de su propio gobierno. Lo lamentable era que la decisión tomada, significaría acabar con la vida de Toni Guiteras y con la de muchos cientos de cubanos y con el golpe de Estado de 1952, con el asesinato de miles de cubanos buenos y nobles. El zorro de palacio no era más zorro, que el de Columbia.

Guiteras, una vez que escuchó a Grau, no lo pensó dos veces y salió. Ya en la calle, le dijo a sus seguidores: “Batista, a partir de hoy, es doblemente peligroso, pues ha sido alertado y sabe que rebasó de milagro esta situación”.

A aquellas palabras de Grau, los estudiantes le dieron una respuesta bien categórica y expresiva: “Usted está equivocado en eso. Este señor es un hijo de puta, a quien hay que fusilar”. Todavía hubo intentos de fusilar aquel día y el siguiente a Batista. Pero no prosperaron. Batista lograría por fin, el 15 de enero de 1934, ya con el apoyo de los oficiales comprados con el dinero que le dio la mafia de Estados Unidos, a cambio de autorizar el juego en el Hotel Nacional, defenestrar el gobierno de los 127 días.

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