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Héctor Díaz Polanco: “No puede haber política sin cultura”

Enrique Ubieta Gómez

Antropólogo, sociólogo, filósofo, Héctor Díaz Polanco es un intelectual orgánico. Mexicano de origen dominicano, Profesor-Investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) de México, autor de 24 libros y merecedor de importantes premios, entre ellos el Premio Libertador al Pensamiento Crítico (2016), y el Premio Casa de las Américas (2018), consultor de organismos internacionales y de los procesos revolucionarios de la región, desde 2012 es miembro del Consejo Consultivo del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) de López Obrador y presidente de su órgano jurisdiccional, la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia (CNHJ). Miembro fundador de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales En Defensa de la Humanidad, fue uno de los ponentes centrales del Taller Cultura y Liberación de los Pueblos, del XXV Foro de Sao Paolo, celebrado en Caracas del 25 al 28 de julio de 2019. Cuba Socialista lo aborda durante un receso del Foro, para conversar sobre la importancia de la cultura en la política revolucionaria.

Enrique Ubieta Gómez: Te voy a pedir que nos hables sobre la relación histórica entre el intelectual y la política.
Héctor Díaz Polanco: Es una relación turbulenta, difícil, porque incluso el propio sujeto según la conveniencia anula o destaca su condición de intelectual. Tenemos intelectuales que hacen desde su nacimiento, desde su gestación actividad política, pero justamente su actividad intelectual está orientada en primer lugar a negar el carácter político de lo que hacen. Ese es el intelectual más probable que puede gestarse; y por otro lado está el intelectual que dice que hace tarea política y supone que eso no tiene nada que ver con tareas intelectuales propiamente dichas. Entonces son como dos extremos de posibilidades como sujetos sociales históricos. Yo creo por supuesto que ambos están equivocados y que hay que asumir de entrada que no puede haber un intelectual que no haga tarea política, de hecho desde el punto de vista de Gramsci, su función principal es esa: hacer tarea política. El intelectual según Gramsci es el que hace trabajo de orientación, el que construye orientaciones políticas, el que construye perspectiva política, el que hace la función de orientar políticamente etc. Es una función fundamental, estratégica, sin la cual es muy difícil de entender la política. En este sentido, pues, todo intelectual hace tarea política.

Ahora, el punto es definir cómo se manifiesta de manera concreta esa actividad y hay varias formas ya más conocidas como formales: la del académico, del erudito, hasta del investigador social, del conferencista, el publicista, el ensayista etc… Es digamos una forma “alta” de trabajo intelectual, pero no es ni siquiera de lejos la principal forma de ser intelectual .Yo creo que en la época contemporánea la principal forma de hacer trabajo intelectual es la dirigencia política, también en diversos niveles, y por tanto los máximos niveles de dirección política requieren la máxima expresión de la tarea intelectual.

Enrique Ubieta Gómez: Muchos académicos no consideran a Fidel o a Chávez como intelectuales…
Héctor Díaz Polanco: Exactamente. Pensando en esta caracterización última, dirigentes como esos solo alcanzaron las alturas que lograron como dirigentes políticos porque se construyeron en el propio proceso de dirección política como intelectuales de primer nivel. Para mi esa es la máxima y sofisticada forma de ser intelectual, porque es la máxima forma de ser dirigente. Es decir, no puedes hacer esa tarea si al mismo tiempo no te reconstruyes intelectualmente. Yo ponía el ejemplo del caso de Chávez, cuando lo conocimos apenas podía esbozar su proyecto con la inteligencia natural que poseía, y la simpatía, y la capacidad de comunicación, con la empatía que lo caracterizó siempre. Pero fuimos viendo cómo se fue reconstruyendo intelectualmente, en la medida en que veía que había imperativos muy serios en su responsabilidad como dirigente y que para cumplir su tarea como dirigente, necesitaba tener una visión mucho más amplia, más compleja y más concreta, sobre los procesos de Venezuela y de América Latina. Eso es lo que veíamos con asombro cuando lo escuchábamos un año después, dos años después, tres… veíamos su proceso de construcción, de ascenso permanente hasta su muerte. Al igual que Fidel que no dejó de crecer en ese terreno, en algunas de sus últimas manifestaciones, por ejemplo, su larga entrevista con Ramonet es una síntesis de un pensamiento enormemente elaborado, sofisticado, una capacidad de penetración que no se encuentra en las personas normales digamos.

Enrique Ubieta Gómez: A veces se contrapone a las personas prácticas, concretas, que supuestamente son los políticos, de las personas teóricas, alejadas de lo concreto, de la realidad, que son los intelectuales.
Héctor Díaz Polanco: Nada hay de malo en tener sentido práctico, pero la gente habitualmente confunde el sentido práctico con el pragmatismo, por ejemplo. Uno puede tener sentido práctico y no ser pragmático, es decir, no ser pragmático en el sentido filosófico del término, en el sentido de no creer que cualquier medio vale para un buen fin, no aceptar que para buenos fines hay que desarrollar buenos medios. Los pragmáticos suponen que eso es secundario y que los fines simplemente están allí para alcanzarlos con los medios que sean. Eso es inaceptable para alguien que tenga un mínimo de consistencia ética.

Habitualmente esa es otra paradoja interesante: los grandes dirigentes son personas con un gran sentido práctico combinado con una altísima visión ética.

Es el caso de Fidel. Hay ejemplos maravillosos de esto, yo recuerdo uno que me impresionó mucho, cuando la famosa frase de Fox a Fidel de “comes y te vas”. Como sabemos brevemente ocurrió esa llamada, que por supuesto fue grabada, luego el gobierno quiso defenderse del ridículo internacional de haber exigido a un jefe de estado que asistiera a una comida y que intentara no molestar al representante del imperio y avergonzadísimos empezaron a negar que eso había pasado. Luego, cuando después se da a conocer la grabación Fidel explica esto, y lo plantea como un dilema ético, lo recuerdo perfectamente. Él dice: bueno, en la medida en que el gobierno mexicano de aquella época, el gobierno de Fox, gobierno panista, gobierno de la derecha mexicana, empezó a negar que hubiera existido tal exigencia del “comes y te vas”, nosotros tuvimos que decidir, la ética implicaba un dilema entre la verdad y la protección de un procedimiento diplomático que consiste en la secrecía de lo que se acuerda o se platica, orientado justamente a obtener los resultados positivos que se esperan y Fidel dijo, ese es un tema ético para los filósofos y luego dijo, nosotros lo decidimos en el sentido de que primara la verdad por sobre el mantenimiento la secrecía de la conversación, porque de lo que se trataba era de establecer un principio de comportamiento político, y agregó: en el futuro los filósofos decidirán si estuvimos en lo correcto o no. Yo creo, a esta distancia, que Fidel hizo lo correcto, en ese momento la verdad primaba éticamente en términos absolutos respecto al mantenimiento de un procedimiento diplomático de relaciones entre los países de tal manera que dirigentes de esa categoría siempre tenían presente este asunto de la dimensión ética, del comportamiento político y por tanto eso le da una posición muy, muy especial porque no todos tenemos el privilegio o la desgracia, según se vea, de tener que afrontar este tipo de dilemas y menos en el campo político.

Enrique Ubieta Gómez: Hay épocas en las que los intelectuales sienten que da prestigio ser de izquierda o tener un vocabulario de izquierda y hay momentos en que (ha pasado en la historia reciente) se avergüenzan, o piensan que eso les resta. No son considerados como inteligentes si siguen apostando por Venezuela o por Cuba. ¿Cómo valoras esa actitud tan dependiente de la valoración externa entre ciertos intelectuales?
Héctor Díaz Polanco: Eso está vinculado por supuesto con las decisiones que tienen que tomar las personas en esos casos respecto a intereses previos. Y ahí es donde está el punto de vista de distinción. Creo que hay intelectuales que apoyan estos procesos del tipo Venezuela o del tipo Cuba o Bolivia etc… porque están convencidos de que esos son procesos de altísimo valor para la humanidad, y particularmente para los habitantes de esos países y los apoyan por esto y no buscando ningún otro interés, pero aquellos que sí tienen intereses, cuando el apoyo implica que los intereses son perjudicados pues empiezan a recular. Así que yo lo veo casi como una cuestión normal, que lo único que hace en términos novedosos es que cada cierto tiempo hay una especie de corte de caja intelectual, entonces ya sabremos dentro de un año quiénes realmente estaban apoyando estos procesos por convicciones, por visiones sobre el destino, o de los seres humanos, por temas universales que tienen que ver con conceptos elevados de la izquierda desde su nacimiento: libertad, justicia, igualdad etc, etc… y aquellos que apoyan porque le conviene a ciertos intereses políticos, locales o incluso internacionales, para obtener ciertos objetivos. Ahí no hay realmente sustancia, ahí hay juego de intereses.

Pero existe una pequeña capa que realmente se plantea cada cierto tiempo incertidumbres, el tipo de conceptos que se manejan, el enfoque teórico político, el enfoque histórico etc… y también se va produciendo un decantamiento, pero este es el rasgo más elevado diría yo, por razones de carácter auténticamente teórico, político y eso es natural, porque aun las grandes tradiciones como la marxista en ciertos ángulos envejece y caduca sino, no sería una teoría, sería una especie de teología teórica o doctrina ahistórica y eso no lo queremos con ninguna teoría que se respete, queremos tener resultados además en términos de los cambios. Entonces a partir de esos elementos que van caducando se producen estas deserciones, separaciones, negaciones intelectuales. Hay que distinguir lo central de lo periférico, de lo secundario. Eso ocurre por ejemplo con el marxismo por supuesto que pocos de nosotros admite la noción de un sujeto histórico permanente, único etc… casi todos nos adscribimos ahora a un punto de vista de una multiplicidad de sujetos, aunque consideremos a uno de ellos central pero no de manera fija, es decir puede ser central en una circunstancia y no serlo en otra. Ahí nos desprendimos de un sujeto universal, fijo y determinante en todas las circunstancias que yo creo que tenía muchas debilidades. Pero aun esto se puede seguir discutiendo y podemos quizás llegar a la conclusión en otro momento de que hay que retornar al punto de partida, eso es parte del proceso de debate político, teórico, conceptual que hay que estar dando permanentemente, si uno lo hace está vacunado contra las decisiones precipitadas y superficiales porque puede rectificar casi de manera inmediata, sin mucho conflicto.

El problema de la gente que da estos virajes tan graves es que regularmente asumió su punto de partida o su posición anterior como dogma y como doctrina y no como una teoría que sirve para el conocimiento y por eso es que van de un dogmatismo a otro, de una creencia absoluta en una tradición como si fuera invariable y cuya continuidad suponen que consiste en su invariabilidad y así pasan a una negación total y el paso a otra tradición. Esto lo ejemplifican todos los compañeros que pasaron de una tradición marxista a tradiciones primero liberales y después abiertamente neoliberales y que son en algunos casos el asombro de muchos de nosotros. Afortunadamente eso no es masivo, pero sí se presenta y produce mucha confusión en las filas de la izquierda.

Enrique Ubieta Gómez: ¿Crees que sigue vigente el concepto del intelectual orgánico?
Héctor Díaz Polanco: Yo creo que ese es uno de los conceptos más útiles que tenemos. Es decir, lo que hace es decirle a todos: no es que niego que haya peculiaridades, lo que te estoy diciendo de antemano es que no hay manera de escaparse del compromiso con un punto de vista. Es siempre orgánico respecto a un punto de vista que representa a grupos, estratos sociales, a clases sociales y, a veces, a etnias completas, a nacionalidades completas, y a países, entonces son visiones orgánicas con cada uno de esos niveles de expresión de la realidad, de tal manera que nadie puede zafarse de la responsabilidad diciendo: no, yo soy intelectual de la verdad, de la búsqueda filosófica, del sentido profundo del ser humano y esas cosas que usaban para escapar. Gramsci nos construyó un concepto verdaderamente portentoso, porque ataja estos escapes.

Enrique Ubieta Gómez: ¿Por qué sigue siendo difícil que los políticos entiendan la importancia de la cultura en la política revolucionaria?
Héctor Díaz Polanco: La propia cultura fue construida como una expresión folclórica vinculada a lo étnico y por tanto a lo particular, lo particular que tiene el otro pero no lo tengo yo. Por ejemplo yo siempre digo esto respecto a la etnicidad: la forma en que la antropología clásica construyó el concept de etnicidad, es decir, de tener una identidad propia etc… se construyó como algo que era propio del otro pero no del que designa, en este caso por ejemplo el antropólogo. El antropólogo actuaba así: allá hay etnicidad y yo no, yo no tengo. Fue un gran salto en la antropología cuando se aceptó que hay etnicidad allá y acá. Entonces esta visión de la cultura como particularidad, es una dificultad y la otra es la cultura como alta cultura, como cultura de élites. Pero nada que ver con el concepto más útil de cultura.

El concepto más útil de cultura es aquel donde lo político es cultura. ¿Qué quiere decir eso? Que toda transformación importante, relevante, es acompañada por una reforma cultural, es decir, por una transformación de la visión del mundo, del posicionamiento que hacen los que evalúan, de los fines que se proponen, los objetivos, e incluso ciertas modificaciones antropológicas, es decir, una noción diferente de lo humano. A veces no se advierte, por ejemplo, que la visión de lo humano del marxismo es muy diferente de la visión de lo humano del mundo liberal, de la tradición liberal. El hombre de la tradición liberal es un hedonista y, en general, el hombre de la tradición de izquierda, particularmente marxista, es un hombre altruista, capaz de sacrificios, de proponerse acciones de permanentes epifanías en el sentido de exaltación de lo humano en términos de solidaridad, pertenencia, apoyo al otro, identificación, empatía, que incluyen lo colectivo y coloca a la comunidad en el horizonte de la transformación. Mientras en el otro sentido es un hombre compenetrado completamente con una versión de su propio destino particular y en cómo obtener la mayor ventaja posible. Es como que a alguien le dieran la oportunidad de entrar en un salón lleno de golosinas y su único propósito es ver cómo puede comer la mayor cantidad de dulces. Es una visión que conduce a una especie de vida agónica en búsqueda de la ventaja personal. Y para eso hacen una concepción meritocrática de la vida, que mantiene a los que están sin esos méritos defendidos por el propio liberalismo de manera permanente en su lugar, pretendiendo ascender o a los que sí lo tienen los hace permanecer en un nivel superior de bienestar, de ingresos, de privilegio. Son visiones diferentes, todo está enraizado en esa visión cultural que sirve para actuar en la sociedad. No puede haber política sin cultura y toda acción cultural termina en acción política. Es a lo que se refería Benjamín en esa frase maravillosa cuando dijo que a fin de cuentas todo documento de cultura es un documento de barbarie, porque refleja las barbaridades de los que han dominado hasta ese momento. Ellos convierten de inmediato –en cuanto sucede un giro político, que es un giro cultural–, sus barbaries, sus abusos, sus dominaciones, la subordinación de los otros en cultura. Y eso es lo que revela Benjamín con esa frase prodigiosa. De tal manera que la cultura es una pieza clave de la ciencia política y en eso estamos, tratando de ver si le sacamos más brillo.

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