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Nuestra América en su hora actual. Por Enrique Ubieta Gómez

Ponencia en Seminario Rebelión Antineoliberal en Nuestra América,

Caracas, 17-19 de diciembre de 2019

No me detendré en el contexto y los entresijos del más conocido ensayo de José Martí escrito en 1891, cuyo nombre, “Nuestra América”, seguimos usando quienes aspiramos a la unidad de ese inmenso y rico territorio, que va del río Bravo a la Patagonia, contrapuesto, más allá de razones estrictamente culturales –pues incluye, además de naciones de lengua española o portuguesa, al Caribe de habla francesa, inglesa y holandesa, y a grandes comunidades de lenguas aborígenes o criollas–, a la América “que no es nuestra”. José Martí fue quizás el primer pensador o si se prefiere el término, el primer revolucionario, en detectar y denunciar el surgimiento del imperialismo estadounidense, y desde luego, el peligro que este representaba para los pueblos del Sur. Su tajante afirmación testamentaria “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber (…) impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy y haré, es para eso”, es definitoria. Mi intención, en este Seminario, es otra: reflexionar sobre los retos múltiples que enfrentamos, y el papel de la izquierda y de la intelectualidad revolucionaria en esta hora de Nuestra América. Salvo casos específicos, como el anterior, que haré constar, las citas martianas son de ese texto magno.

Por ello, quiero comenzar por recordar la manera en que José Martí describía la realidad política del continente en 1891:

De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una bomba de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas.

Dos peligros reales y actuantes: uno interno, otro externo. Ambos se relacionan, uno depende  del otro, y nos hacen la guerra. Michael Kozak, Secretario Adjunto de Estado interino para Asuntos del Hemisferio Occidental de los Estados Unidos, en un artículo que reproduce la página oficial de su Embajada en La Habana, escribe parodiando a Marx: “Un espectro se cierne sobre el Hemisferio Occidental: el espectro de la democracia”. De alguna torcida manera, tiene razón (no, desde luego, en el sentido  que sugiere): el imperialismo y sus lacayos han desencadenado la guerra, para revertir las conquistas sociales de los pueblos; una guerra que no es por la democracia, sino contra la democracia. Los pueblos responden también, en las urnas (México, Argentina, incluso Bolivia, porque a pesar de los pesares, no podemos olvidar que Evo ganó las elecciones) y allí donde hay gobiernos rapaces y serviles al imperio, en las calles.

Nunca ha sido más evidente: los complejos entramados de la democracia burguesa existen para conservar el poder burgués. Si no funcionan en su misión de mantenerlo, es que no funcionan. Y si no funcionan, en esa lógica perversa pero intrínseca al sistema, se convierten en su antítesis, es decir, son antidemocráticos. Cuando dicen que en Venezuela no funciona esa democracia, porque en las elecciones no ganan los representantes del poder trasnacional (sin inspectores de la OEA, por supuesto), tienen razón.

Pero nadie ha respetado más las normativas y los trucos de aquella democracia que los gobiernos de izquierda, como medio para propiciar el parto de la otra democracia, la que defiende y protege a los oprimidos. Mientras, los recursos de la democracia burguesa son utilizados por los opresores para aplastar la democracia: el poder militar, entrenado para reprimir y matar; el poder judicial, sinuoso y corrupto, dispuesto a suplantar al ejército; el poder financiero, para boicotear economías rebeldes y organizar sediciones; el poder mediático, para mentir y crear escenarios confusos. Los últimos veinte años han probado hasta la saciedad las insuperables limitaciones de la democracia burguesa. Y nadie la ha despreciado e ignorado más que quienes la enarbolan a nivel conceptual para desacreditar cualquier otro modelo más justo.

Hay que descolonizar los conceptos y las palabras, quitarnos de los ojos las “antiparras yanquis o francesas”, al decir de Martí, para que podamos reconocernos. No existe una izquierda revolucionaria y una izquierda democrática: las revoluciones son el mayor acto de democracia que pueda concebirse. El socialismo (hablo, desde luego, del anticapitalista, del que no forma parte del sistema) o es democrático o no es. Pero aspira a otro  tipo de democracia.

“Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador”, decía José Martí. Es preciso crear, como hace dos siglos, caminos propios para la emancipación frente al colonialismo, en sus formas clásicas, como Puerto Rico, y frente al neocolonialismo. La batalla por la descolonización se libra sobre todo en la mente de los colonizados: “La colonia vive en la República”, repetía, y hablaba de un enemigo taimado que esperaba por nuestros errores, “el tigre”, decía, regresa agazapado: “No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima”. Esta advertencia de plena actualidad, se complementa con otra, que podemos igualmente traer a nuestros días: conocer la sociedad que nos proponemos transformar, los elementos que la componen, es un requisito indispensable. Martí lo expone así:

En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella.

La complejidad y la diversidad de esos “factores reales”, facilitan u obstaculizan las transformaciones de la sociedad, en dependencia del conocimiento real que se tenga de ellos. Solo un ejemplo, ya abordado por la historiografía: el desconocimiento de las peculiaridades de las comunidades misquitas en la Nicaragua sandinista permitieron su manipulación por la contrarrevolución. La lucha de clases se afianza en América Latina en el racismo y en el desprecio a los pueblos originarios. Pensando en Cuba, cuya diversidad de orígenes se manifiesta sobre todo en el color de la piel, escribía Martí:

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde resalta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas.

El anticapitalismo puede tener su mejor expresión en sociedades que transitan sus vías  múltiples, en acto de creación heroica, pero también se manifiesta y no debe desdeñarse este plano, en las conquistas ciudadanas de los trabajadores, de las mujeres, de los jóvenes, de las minorías de cualquier tipo, y también, en sociedades que reivindican su soberanía frente al imperialismo. La lucha contra el imperialismo y contra el neoliberalismo, hoy, son las puertas que nos conducen al anticapitalismo. La unidad de nuestros pueblos, el escudo que nos protege en su paso por ellas. “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos —reclamaba Martí—. (…) Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

Eso lo saben los centros de poder, y se declaran enemigos de cualquier gobierno que manifieste una voluntad de independencia. Participemos sin prejuicios teoricistas en todos los frentes que abra la dignidad, alertas siempre en cuanto  a sus reales intenciones, pero no le cedamos ningún espacio a los que pretenden dividirnos. Tenemos que ser lo suficientemente flexibles en las metas y lo necesariamente firmes en los principios, en los objetivos finales. Empujar de conjunto cualquier proyecto emancipador, por limitado que sea o parezca, sin perder la razón más profunda de nuestra lucha: la justicia total. Y avanzar cuanto sea posible (y a veces lo posible parece imposible), hacia metas de mayor alcance. No se trata de moderar el discurso o de achicar las pretensiones, para nada, el salto es sobre el abismo, los revolucionarios somos realistas, es decir, construimos lo imposible.

Claro que vienen por nosotros, los que avanzamos más, los que recuperamos “el espíritu épico” de la independencia, y sostenemos revoluciones emblemáticas, la cubana, la venezolana, la nicaragüense. Quieren nuestras cabezas en la punta de sus lanzas. ¿Hay que reiterar que queremos la paz? Pero no a costa de traicionar nuestra gloriosa historia, y nuestros sueños centenarios. Para no hablar, por pudor, de Cuba, que en unos días conmemorará su aniversario 61, bajo un permanente e incrementado bloqueo contra su pueblo —y ha visto pasar a 12 presidentes estadounidenses empeñados en derrocarla—, lo hago de la Venezuela bolivariana que, gallarda, lo resiste todo: las guarimbas, el robo de los recursos financieros, el bloqueo a sus exportaciones de petróleo, los sabotajes eléctricos, las campañas difamatorias.

La campaña contra Venezuela es tan intensa que algunos líderes de la izquierda europea se desmarcan; cambian principios por electores, en un trueque no siempre bien calculado. Hay quienes palidecen del susto también en este lado del mundo, y pasan del rojo al rosado, y del rosado al blanco. Ni aquellos ni estos quieren que los asocien al Lobo; pero igual, al final, si tocan, o pretenden tocar, o podrían tocar algún interés del Sistema, los guardianes los acusarán de lobeznos. No existe posibilidad alguna de pactar con el imperialismo y mantener la viabilidad de los cambios y la sostenibilidad de la justicia. El Rojo será fusilado de inmediato, pero el rosado lo será después, en cuanto sea posible. Y será una muerte indigna.

Andamos desarticulados, posmodernos, en medio de una salvaje modernidad, a expensas de un imperialismo decadente que articula todas sus fuerzas, la de sus clientes y siervos, la de sus académicos orgánicos y sus sicarios, la de sus símbolos y sus artes oscuras, las de sus nuevas tecnologías. Es preciso que nos articulemos: articular los reclamos justos de todos los sectores de la sociedad. No se trata de subordinar unos a otros, ni de jerarquizarlos según la comprensión de uno de ellos o de alguna teoría.

La izquierda revolucionaria va por la justicia total, la que la época y las circunstancias visibilizan ya, aunque sea embrionariamente. Que todas las consignas que tiendan puentes sean bienvenidas. Articular a los partidos y a los movimientos sociales, en causas comunes, inmediatas o mediatas y cuando sea posible, de largo alcance.

Articular las diferentes formas de lucha: la de los partidos, las de los movimientos sociales, las de arriba y las de abajo, las del poder de base o las comunas, y también la de la vanguardia revolucionaria, la de las masas conscientes y la de sus líderes. Hay quién solo admite una, y ve a las demás como formas negadoras de su existencia.

Ha sido grande, a veces decisivo, el papel que han jugado los líderes revolucionarios en la historia contemporánea: desde Bolívar y Martí, desde Lenin, hasta Hugo Chávez y Fidel Castro. El Che Guevara dejó valiosos apuntes sobre la relación entre los individuos, el líder y las masas en un proceso revolucionario. Nada sustituye la inigualable experiencia democratizadora de una Revolución triunfante. Es cierto, un líder es nada, si no surge como expresión de las virtudes y ansias populares, y mantiene los pies en la tierra, el contacto íntimo con quienes lo sostienen: esa es su fuerza, sin ella, lo pierde todo.

Es funcional al imperialismo que prescindamos de esos grandes líderes populares, que acortemos su liderazgo a períodos de cuatro o cinco años. No les creamos el cuento de la alternabilidad, siempre sistémica: los que pretenden cambiar o modificar el status quo no son elegibles. Mario Vargas Llosa alguna vez escribió, orgulloso, un extraño elogio sobre la democracia en Chile titulado “Bostezos chilenos”:

En el debate entre Michelle Bachelet y Sebastián Piñera, que tuvo lugar pocos días antes del final de la segunda vuelta, había que ser vidente o rabdomante para descubrir aquellos puntos en que los candidatos de la izquierda y la derecha discrepaban de manera frontal.

No hablaba propiamente de la izquierda, sino de Lagos y de Bachelet. Hablaba sin proponérselo de que nada cambiaba en ese país desde que Pinochet lo entregó amarrado y amordazado. Treinta años de continuismo pinochetista. Ahora el pueblo exige que se derogue la Constitución que diseñaron los militares, y Piñera trata de engañarlo con promesas y pactos a sus espaldas. Y Vargas Llosa se declara perplejo: no entiendo nada, asegura (y le creemos).

Evidentemente, no basta con que un partido o un movimiento se asuman a la izquierda del espectro político —pienso en los socialistas chilenos, tan ajenos al legado de Allende—, es necesario impulsar un rescate de los oprimidos que a la larga afectará intereses locales e imperialistas, no importa si son de menos alcance; pero ello, a su vez, trae un nuevo reto: ¿cómo proceder cuando esas políticas, siendo exitosas, agotan sus posibilidades?, ¿qué hacer cuando la realidad exige un paso más en el proceso de radicalización?, ¿qué hacer cuando la reacción de los opresores afectados o de los potencialmente afectados, empuje a esos gobiernos a las dos únicas alternativas: la abdicación o la radicalización?

Por ello es imprescindible que entre todos construyamos el saber y el poder del pueblo, que hagamos a las masas protagonistas de su propio destino y conocedora de su historia. La primera gran conquista del socialismo es la conversión de las masas en colectividades de individuos conscientes, en protagonistas (sujetos) de sus vidas. Pero no es suficiente. La guerra cultural se libra entre dos formas de vida esencialmente opuestas; la del tener, que tasa a los seres humanos según los objetos materiales que puedan exhibir y la del ser, que establece la medida del éxito en la utilidad social, en la virtud, y que cultiva un tipo de realización que sin prescindir del bienestar material, prioriza la participación social del individuo. Digámoslo de otra manera: el “buen vivir”, que los pueblos originarios nos enseñan, frente a la “buena vida” del capitalista explotador de otros seres humanos y de la Naturaleza. El consumismo que genera la cultura del tener acabará con todos, ricos y pobres, opresores y oprimidos, con el planeta. El ecologismo salvador, el que va a las raíces, es necesariamente anticapitalista.

La cultura hegemónica en el mundo de hoy reconduce al individuo hacia un tipo de “realización” individualista que lo separa del interés colectivo y lo contrapone a él. El hombre y la mujer nuevos que exigía el Che Guevara son el sujeto transformado y transformador de las misiones bolivarianas, con su lastre de pasado y sus ansias de futuro, son los hombres y las mujeres que, concientizados, cargan sobre sus hombros la defensa de sus revoluciones. “Le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre (la mujer) real”, escribía Martí y repetía, una vez más: “La salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!” Frase que no acepta resignada que el vino sea malo; dice “si sale agrio”, y nos recuerda que al crear, al experimentar, erraremos también, pero el mérito está es perseverar: “¡es nuestro vino!”

A veces las sublevaciones antineoliberales son como incendios forestales. Y el ímpetu justiciero se apaga en la nada, con su legión de nuevos mártires. Pero los nuestros, los de nuestra América, los chilenos, los colombianos, los ecuatorianos traicionados, los hondureños, no han sido abandonados por el Estado de Bienestar Social, no pertenecen al mundo rico (al mundo subdesarrollante, diría Roberto Fernández Retamar, abastecido por unas relaciones económicas internacionales injustas); ellos saben que el neoliberalismo y el pequeño y egoísta mundo rico de sus países subdesarrollados son los constructores de su pobreza. No todos saben, sin embargo, que tras ese pequeño poder hay otro mayor, que mueve los hilos y aprieta la soga en nuestros cuellos. Hay que mencionar por su nombre al imperialismo. Martí alerta sobre la necesidad de conocer al enemigo y de que este nos conozca y respete: “El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América”.

Basta ya de mirarnos como víctimas de la desconfianza en los partidos y los políticos tradicionales y de mirarlos con desconfianza. Construyamos nuevas relaciones, revisemos nuestra manera de hacer política. Si algo no podemos ser es eso: políticos tradicionales. Los revolucionarios no somos políticos en el sentido burgués de la palabra. O lo damos todo, o lo perdemos todo. Nuestro principal capital es la ética. Estamos, debemos estar,  hombro con hombro, junto a los oprimidos. En 1891 José Martí lo advertía: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.

El imperialismo, que financia y conduce la subversión de los gobiernos revolucionarios o progresistas, criminaliza la solidaridad de la izquierda con los oprimidos. “Libero a Cuba de toda responsabilidad, salvo la que emana de su ejemplo”, declaraba el Che Guevara. Que nadie nunca libere a Cuba o a Venezuela de la responsabilidad que emana de su ejemplo de resistencia victoriosa, y de avance hacia nuevos cotos de justicia. Que nadie crea que dejaremos de gritar nuestro abrazo a los que dejan partes de su alma y de su cuerpo en lucha por la justicia social. No podemos dejar de ser solidarios, y seguir siendo revolucionarios. Y que nadie piense que nuestra solidaridad justifica el apoyo imperialista a los opresores. El primer acto de violencia, es el de la injusticia, dondequiera que exista. Queremos la paz, la necesitamos para crecer, para que la justicia se realice, una paz sin violencia, sin injerencias, una paz solidaria y digna.

Porque no somos intelectuales de gabinete. Nuestra toma de posición no se deriva de algún texto sagrado, sino de la escandalosa injusticia que nos golpea el rostro: “Rojo, como en el desierto, / Salió el sol al horizonte: / Y alumbró a un esclavo muerto, / Colgado a un ceibo del monte. / Un niño lo vio: tembló / De pasión por los que gimen: / Y, al pie del muerto, juró / Lavar con su vida el crimen!”, con esta metáfora declaraba José Martí, en el poema XX de sus Versos Sencillos, su toma de posición.

Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal —afirmaba en el ensayo que glosamos al hablar del “falso erudito” latinoamericano, tan abundante entonces como ahora— porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña.

Nuestra militancia no surge de los libros, sino de la vida, aunque los libros nos ayuden a entender mejor lo que sucede. No somos, no queremos ser, espectadores. No somos la conciencia crítica, somos parte de la conciencia colectiva. Si alguien cae, y han caído, procesos y camaradas queridos, esperanzadores, tendemos sin preguntas la mano, hacemos nuestra la justa causa, denunciamos al enemigo que se comporta de manera cínica y criminal y solo después, en casa, como ha ocurrido en este Seminario, discutimos como hermanos los posibles errores. “Los pueblos —escribía José Martí— han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente.”

No solo pretendemos interpretar el mundo, contribuimos a transformarlo. Para eso, la razón tiene que aliarse a los sentimientos, a la fe (palabra clave) en el pueblo, en su capacidad para vencer los más duros obstáculos y convertir lo aparentemente imposible en posible. “Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor —escribía Martí—. Si no, lo peor prevalece”. Y en la dedicatoria al hijo de su poemario Ismaelillo (1882), se definía: “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”. Si no tenemos fe en la posibilidad de vencer, de superar al capitalismo mundial, seremos simples administradores suyos.

Solo a los gobiernos progresistas y de izquierda les interesa la unidad de los pueblos de Nuestra América. Sin embargo, las ideas no se construyen en vano. “Trincheras de  ideas valen más que trincheras de piedra –al decir José Martí–. No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados”.

Quiero finalizar mi intervención con unas palabras de Fidel pronunciadas el 28 de enero de 1994. Ese día es el cumpleaños de José Martí y las palabras de Fidel retoman las que acabo de leer del Apóstol cubano de la independencia. Pero es importante el año, porque el país atravesaba una profunda crisis económica provocada por la entonces cercana caída del llamado campo socialista y el recrudecimiento del bloqueo imperialista, y resistía solitario en el hemisferio. Increíblemente, Fidel trasunta optimismo, habla ante cientos de delegados latinoamericanos y caribeños en un encuentro de solidaridad que se celebra en La Habana:

Pero hace falta conciencia, hace falta eso que ustedes han estado elaborando aquí, desarrollando aquí: hacen falta ideas, esas ideas básicas que hay que llevar a todos los demás. (…) y podemos decir que los pueblos están como la hierba en las épocas de grandes sequías, que absorben ideas como podrían absorber el agua, y que prenden como podría prender la pólvora.

Hace falta que esas ideas se trasmitan. Esas ideas están potencialmente ya en la mente de decenas de millones —por no decir cientos de millones— de latinoamericanos y de caribeños, y pienso que esos conceptos se irán elaborando y perfeccionando cada vez más, porque los pueblos están aprendiendo en la calle lo que es el imperialismo, lo que es el capitalismo, lo que es el neoliberalismo. No es difícil trabajar sobre esas bases, y algún día, desde cierta distancia, se podrá ver que todo eran ilusiones del imperialismo cuando creyó que había conquistado el mundo, y estaba, sin embargo, más lejos de poderlo conquistar y los pueblos cada vez más conscientes de su fuerza.

Esto, repito, lo decía en 1994. En 1998 triunfó Hugo Chávez en Venezuela, y su predicción empezó a cumplirse en la primera década del nuevo siglo. Podríamos hoy repetir sus  palabras, y asumir nuestra responsabilidad como intelectuales a partir de ellas, pero estos son otros tiempos: ya no habrá que esperar tantos años, los pueblos saben más, tienen mayor conciencia, Nuestra América es otra, y ha rescatado en las calles, la consigna trunca del siglo pasado: el pueblo unido jamás será vencido. A ella podemos y debemos agregar el plural: nuestros pueblos unidos, jamás serán vencidos.

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Un comentario

  1. Iraudis Rivera Barnes

    es importante que los que se consideran de la Izquierda Revolucionaria, puedan tener la posibilidad de leer esta Revista. Cuando era estudiante universitario, leia casi todos los numeros. Me gustaria tener correspondencia y poder enviar trabajos a las misma.

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