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La transición socialista como revolución cultural permanente. Por Wilder Pérez Varona

Por socialismo se han entendido y se entienden cosas muy distintas, y la experiencia histórica ha sido tan diversa y contradictoria como para avalar varios modos de entenderlo.

Este texto se centrará en exponer dos lógicas contrapuestas. Una lógica de dominación capitalista frente a otra lógica de emancipación social o socialista. Como corrobora la historia, estas lógicas no se excluyen, sino que conviven en procesos anticapitalistas o sociedades de transición. El orden del capital ha mostrado una capacidad impresionante para metabolizar las resistencias y luchas emancipadoras. También ha demostrado ser incapaz de impedir que esas resistencias y luchas se produzcan, una y otra vez, bajo condiciones sociales concretas.

Para exponer tales lógicas antagónicas, haré abstracción de aquellas condiciones que han hecho peculiar a nuestro proceso socialista.

 

I

De acuerdo con una tradición de pensamiento cubano que, con particular fuerza desde los años noventa  ha insistido sobre ello, propongo asumir la transición socialista como un cambio o una revolución cultural permanente.

Los clásicos del marxismo referían un periodo de transición al comunismo.[1] Una sociedad en transición implica que no hay un tiempo social homogéneo, uniforme, sino fracturado por distintos ritmos y dinámicas que tensan el vínculo entre pasado y porvenir. Se trata de un periodo en que coexisten y luchan entre sí lógicas, relaciones, instituciones, fuerzas sociales, heredadas y reproducidas del capitalismo, con elementos y tendencias que anuncian o prefiguran la futura sociedad comunista.[2]

Por tanto, el socialismo no es un fin en sí mismo ni un modo de producción específico: hay que pensarlo desde el comunismo. Sin embargo, el comunismo posee esa tensión inevitable, que se aloja entre el orden del presente y de la utopía. Marx creyó haberlo advertido en el movimiento real que tiende a superar el orden del capital, surgido de sus propias contradicciones. Al mismo tiempo, lo imaginó como un nuevo modo de vida basado en el trabajo libre asociado, capaz de potenciar un desarrollo multilateral de la subjetividad.[3] Como brújula para las decisiones del presente, debe ser promovido y fomentado aquí y ahora.

Ni siquiera desde el prisma del ideal, la transición puede ser armoniosa. Si se trata de una sociedad atravesada por contradicciones y luchas inevitables, no es posible pretender que esa transición pueda ser planificada y pensada por etapas. Ello no significa que no deban existir proyectos que orienten la transición. Deben existir múltiples proyectos y programas de cambio. Como deben existir también fuerzas, mecanismos e instituciones que confronten continuamente el proyecto de sociedad con la marcha de los procesos reales, para lograr su rectificación, afinación, mejoramiento.

Esta sociedad supone que los individuos, al tiempo que cambian sus condiciones de vida, se cambien a sí mismos. Por tanto, el modo en que se produce la subjetividad social debe estar en el centro de la reflexión. Marx criticó al capitalismo, sobre todo, porque produce una subjetividad deformada, porque subordina la ampliación de capacidades y necesidades humanas, las propias condiciones de vida, a la valorización y acumulación de capital. El poder burocrático que rigió en el socialismo real no fue una alternativa para este problema. Más bien, reprodujo otra forma de dominación que pretendió homogeneizar las necesidades de la sociedad, y ajustarlas a los objetivos y programas establecidos para el sistema social.[4]

 

II

Si el socialismo debe no solo oponerse al capitalismo, sino superarlo y ser alternativa a ese sistema, se hacen necesarias interrogantes al estilo de ¿qué se entiende por capitalismo? ¿qué capitalismo queremos superar? Porque el modo en que demos respuesta a esas preguntas decide sobre lo que podamos concebir, a su vez, como socialismo o transición socialista.

Sobre esta relación entre capitalismo y socialismo ha habido dos grandes interpretaciones.

La más extendida, y que predominó en el llamado “campo socialista”, entendió al capitalismo y al socialismo de un modo economicista. Por ello, concibió la producción como producción de bienes materiales, y rechazó al capitalismo porque implicaba una distribución injusta, en tanto desigual, de la riqueza producida por la sociedad. La “expropiación de los expropiadores” fue entendida como la estatización de los medios de producción. El viejo Estado burgués debía ser desmantelado para construir un nuevo Estado proletario, devenido “Estado de todo el pueblo”, que jugaría el papel de único sujeto de esa reestructuración societal. La magnitud de la tarea y la deformación que siglos de explotación había creado en las clases subordinadas, propiciaba la concentración del poder en manos de una vanguardia política. A marcha forzada, este grupo político profesional debió lograr cambios estructurales profundos que permitieran eliminar las desigualdades en la distribución y, además, aumentar la producción con el fin de lograr cuotas mayores de distribución. El saldo que resultó de este proceso es conocido: el socialismo debía transformar la esfera de la propiedad jurídica de los medios de producción para distribuir el excedente social de un modo más justo e igualitario.

Si la clave era producir más para distribuir mejor, este socialismo conjugaba un sistema de producción basado en la lógica de la acumulación de valor con un sistema de distribución basado en principios de justicia y humanismo. Esta síntesis resultó insostenible y condujo a una restauración capitalista cuyas consecuencias aún padecemos.

Pero existe otra interpretación sobre el capitalismo y sobre el socialismo. Esta interpretación no entiende al capitalismo solo, ni principalmente, desde el ámbito de la distribución, sino como un modo de producción. Un modo de producción es una forma de organizar la vida en sociedad, de producir y reproducir determinadas relaciones sociales. El capitalismo no es un sistema sólo económico, ni su lógica de reproducción puede ser comprendida sólo a través de fórmulas y regularidades económicas.

La esencia del capitalismo es la mercantilización creciente de todas las relaciones sociales. A lo largo de siglos ha ido tejiendo una red globalizadora de relaciones sociales mercantilizadas, colocando cada dimensión de la vida social en función y al servicio de producir plusvalor. Por tanto, el capitalismo es un modo de producir nuestras necesidades materiales y espirituales, las formas en que satisfacemos tales necesidades, las formas en que nos representamos y valoramos a la sociedad y a nosotros mismos. Es un fenómeno o proceso cultural, en el sentido más hondo del término.

Esta perspectiva no piensa al socialismo como continuidad de la lógica de la producción capitalista, corregida o compensada por una lógica de distribución diferente. Piensa al socialismo como superación de un sistema de relaciones sociales que se autoproduce en forma enajenante, o sea, en forma que escapa al control de la sociedad, de forma tal que crea individuos que aceptan y se comportan como si tales condiciones fueran naturales.

Ya no se trata solo de una distribución más justa, o de procurar condiciones para un acceso más igualitario a bienes y servicios, sino de algo mucho más profundo y complejo: se trata de promover condiciones para que los individuos sean cada vez más capaces de asumir el control colectivo sobre sus condiciones de vida. Requiere socializar las relaciones de propiedad y las relaciones de poder, pues son dos caras de un mismo proceso. Ello significa potenciar el espacio público, realizar el precepto de que sólo puede haber socialismo con democracia y sólo puede haber democracia con socialismo.

 

III

Esta transición es tan compleja que no puede ser realizada por un solo agente, o un solo centro de poder que garantizaría la marcha del proceso. Como regla, en todos los países donde los comunistas llegaron al poder, la prioridad para la dirigencia política no ha sido disolver el aparato de Estado, sino construir un Estado capaz de evitar la amenaza permanente de sometimiento colonial o neocolonial, y de saldar viejas deudas sociales y el retraso con respecto a los países industriales más avanzados.[5] Sin embargo, esta misma experiencia ha demostrado que el socialismo no puede estar centrado en el Estado. “En sí y por sí mismo [el Estado] no sirve para garantizar la desprofesionalización de la política, ni para garantizar la desburocratización de los aparatos de control y toma de decisiones, ni para evitar la autonomización de la clase política con respecto a las clases populares…”.[6] Sin duda, el Estado y las relaciones monetario-mercantiles son necesarias durante la transición socialista, pero deben serlo cada vez menos. Pero no debemos olvidar que todo Estado supone una institucionalización de relaciones de dominación: a un tiempo socialización de principios organizativos de la vida material y simbólica de la sociedad, y gestión monopolizada de tales bienes comunes. De ahí que la transición socialista deba ser un proceso pluricéntrico, en el que participen diversas fuerzas colectivas autoorganizadas, plenamente reconocidas en dicha diversidad. La orientación y tendencia a hacer de la sociedad el centro real del proceso socialista hace del mismo una subversión cultural, de alcance civilizatorio.

Una de las razones que hace tan ardua esta transición es la complejidad del proceso de trabajo. Marx criticó a la ciencia económica por considerar al trabajo sólo como actividad económica. Su crítica de la economía política investiga las formas, las dinámicas y las tendencias de desarrollo del capital junto con sus consecuencias, que moldean espontáneamente nuestra consciencia. A primera vista, las formas de valor como la mercancía o el capital aparecen como cualidades de objetos. El dinero, por ejemplo, cumple su función de permitir el intercambio de productos a escala universal únicamente gracias a que sustituye el encuentro directo entre los productores, y a que apela a una abstracción común de las cualidades concretas de los productos: el trabajo humano abstracto. De modo que las relaciones sociales están mediadas por una abstracción de la acción concreta de los productores, que adquiere autonomía, validando y consagrando la separación entre ellos, que concurren al intercambio como productores privados. Mediante este intercambio económico tenemos entonces que los productos se han hecho independientes de nosotros, y nos hemos convertido en apéndices de su proceso social de cambio y valorización. Experimentamos así el poder de los productos sobre quienes los han producido. Este poder paradójico es la esencia del capitalismo, y es a lo que se refiere el concepto del carácter fetichista de las mercancías.[7] Por tanto, más que una actividad o una relación social en sí mismo, en el trabajo los individuos producen el conjunto de relaciones sociales, se producen a sí mismos, producen la subjetividad social (capacidades, representaciones, afectos, necesidades, valores). Cultura y producción son dos conceptos interrelacionados: se producen, reproducen, difunden y consumen objetos culturales en cada ámbito de la actividad social. Los objetos producidos son también, y, sobre todo, objetos culturales.

Por tanto, la transición socialista solo será exitosa si se esfuerza en avanzar hacia la emancipación del trabajo.[8] En rigor, no se trata de una lucha contra la propiedad privada capitalista, sino de una lucha contra la subordinación del trabajo al capital. Emancipar el trabajo es sustraerlo de toda forma de dominación, de todo sometimiento a una lógica ajena a la satisfacción de las necesidades de los trabajadores y de la sociedad.

Como sabemos, el papel de los “incentivos morales” y “materiales” para aumentar la productividad de los trabajadores y su nivel de conciencia, centralizó los debates políticos y científicos sobre el trabajo en el socialismo. Se ha considerado mucho menos el papel que pueden desempeñar los “incentivos políticos”, como el control democrático de la economía, en el que los trabajadores mismos son los que controlan el proceso de trabajo.[9] Desde esta perspectiva, sólo si las personas participan y controlan su vida productiva desarrollan un interés y un sentido de responsabilidad por lo que hacen para ganarse la vida cotidianamente. Democratizar la producción, tanto la intelectual como la propiamente material o económica, es un proceso profundamente político, y por ello, cultural.

 

IV

Si entendemos por socialismo un proceso de socialización de la propiedad y del poder, podemos comprender el sentido de una democratización creciente de la sociedad.

El fracaso de las experiencias del socialismo real demostró que, a contrapelo de lo que la izquierda creyó durante todo el siglo XX, estatizar los grandes medios de producción no asegura instaurar un nuevo modo de producción. Estatizar no es sinónimo de socialismo, no garantiza socializar la producción, es decir, crear las condiciones para una autogestión significativa a escala social, capaz de instituir un proceso socializador del trabajo. Propiedad estatal no es sinónimo de propiedad social. La estatización ha sido un momento necesario en los procesos históricos que se propusieron una alternativa socialista. Pero tales procesos han mostrado que la estatización puede conservar (y ha conservado de hecho) la separación entre la propiedad jurídica sobre los medios de producción como bien público, respecto de la apropiación y disposición del excedente, y respecto del control sobre el uso y consumo de tales medios.

En su forma clásica, la propiedad privada capitalista unifica tres cosas: a) la propiedad jurídica de los medios de producción; b) la apropiación del excedente económico; y, c) el control directo e indirecto del uso y consumo de los medios de producción. La estatización suspende la propiedad jurídica, ahora, del Estado, que establece límites a la discrecionalidad legal de los medios de producción, pero mantiene la apropiación del excedente económico y el mando del proceso de trabajo separado y paulatinamente enfrentado a los propios trabajadores. La apropiación del excedente pasa ahora a decisión de los administradores del Estado que tienen restricciones en cuanto a la discrecionalidad del uso y disposición de ese excedente. Está sometido a controles sociales de los bienes públicos, pero, al igual que el mando del proceso de producción, este sigue separado y diferenciado de los propios trabajadores, con lo que las condiciones objetivas de la enajenación del trabajo, la autonomización y el poder de los medios de producción, del proceso de producción sobre el trabajador, núcleo de la forma mercancía y del capitalismo, vuelven a reproducirse.[10]

Por ello se necesita crear un sistema en expansión de instituciones, espacios y prácticas que conduzcan a una creciente desburocratización, es decir, que desarrolle formas de autogobierno colectivo, formas autogestionarias de producción y propiedad. Que la descentralización y la autonomía crecientes sean objetivos y tendencia reales del proceso socialista.

Esta desburocratización no es posible si no se separan las funciones del Estado y del Partido, pues de lo contrario produce ambigüedades en la concepción y ejercicio efectivo de la soberanía. De ahí que sea deba alcanzar un equilibrio entre centralismo y democracia al interior del Partido, y también fomentar una relación democrática entre el Partido y las demás instituciones y espacios sociales.

Revolución ininterrumpida, democratización y socialización crecientes, significan protagonismo de la sociedad civil. Pero no debemos entender la sociedad civil en su acepción liberal predominante, sino en el sentido que Gramsci concibió este concepto. En lugar de contraponer mecánicamente la sociedad civil al Estado, se trata de una relación de interpenetración entre ambos. La sociedad civil es entendida aquí como el conjunto de estructuras e instituciones que condicionan la socialización y la producción social de sentido, como esfera de producción y reproducción de las representaciones sociales. Por lo tanto, como punto de anclaje fundamental del poder y espacio por excelencia de la lucha política.[11]

Resumiendo, la transición socialista es un proceso cultural porque implica una lucha constante por la creación de espacios, instituciones y prácticas sociales contra-hegemónicos. Es decir, que sean antagónicos de aquellos que han sustentado durante siglos el dominio del capital. Significa subvertir continuamente el sentido común, lo que se ha considerado como «natural» y «lógico». Significa potenciar el tránsito hacia una sociedad más plural por inclusiva, de diferencias sociales jerárquicas a diferencias basadas en el poder compartido, de igualdad en la diversidad.

 

V

Entender la transición socialista como socialización del poder y la propiedad, y distinguirla de la gestión estatal del socialismo, no se identifica con la propuesta neoliberal de debilitar el Estado. Ante condiciones de dependencia histórica y frente a la necesidad de sostener la soberanía nacional contra fuerzas hostiles de envergadura, tanto externas como internas, que ha debido afrontar todo proceso socialista, ello sería suicida. En cambio, se trata de enfatizar en la necesidad de legitimar el poder revolucionario mediante la consolidación del autogobierno de la sociedad. La transición socialista requiere de relaciones, luchas y aprendizajes contradictorios, que la sola intervención estatal no puede garantizar, pero que puede facilitar, apoyar y promover:

– organizaciones y asociaciones entre las clases y sectores populares para la deliberación y gestión a todas las escalas de los asuntos comunes de la sociedad;

– formas colectivas de control sobre los medios y el proceso de producción por los trabajadores en los centros de trabajo, y su creciente articulación con otros centros laborales, así como con las comunidades;

– una democratización permanente de las estructuras estatales, de sus órganos de representación y participación, que apoye esos procesos locales y comunitarios;

– una estabilidad económica que garantice las condiciones básicas de vida, y que procure tiempo para tales aprendizajes colectivos.[12]

Es un lugar común aducir que el socialismo histórico no ha transitado según las premisas lógicas concebidas en el siglo XIX. Ha sido un socialismo periférico al sistema capitalista mundial. De ahí el imperativo de preservar la soberanía nacional y de crear las condiciones de cultura material necesarias, de desarrollar las fuerzas productivas a fin de garantizar la emancipación económica y tecnológica. Para este socialismo histórico el proyecto moderno de civilización no puede resultar una herencia directa, pues ha padecido su cara opuesta, ante la deformación causada por siglos de opresión y explotación. Su desarrollismo o progresismo modernizador le condujo a hacer del Estado agente y garante por excelencia de tales metas progresistas. En realidad, esta perspectiva socialista no puede desentenderse de concluir la revolución anticolonial a todos los niveles, del mismo modo que la emancipación social no puede ser desligada de la emancipación nacional.

Sin embargo, el ideal comunista, para existir más allá del plano discursivo o utópico, requiere funcionar como herramienta efectiva para conocer nuestros propios límites como sociedad, para reapropiarnos nuestro pasado y plantear de otro modo los problemas del presente.

 

 

 

 

 

 

[1] Jorge Luis Acanda: “Transición”, en Autocríticas. Un dialogo al interior de la tradición socialista. La Habana, Ruth Casa Editorial, pp. 40-60.

[2] Ver: Carlos Marx (1974). Crítica al Programa de Gotha, Obras escogidas, t. III (3 t.). Moscú: Editorial Progreso; F. Engels (1965). Anti-Dühring, La Habana: Editora Política; V. I. Lenin (1961). El Estado y la revolución, Obras escogidas, t. II (3 t.). Moscú: Editorial Progreso.

[3] Carlos Marx y Federico Engels: La ideología alemana, Ediciones Grijalbo, Barcelona.

[4] Para dar cuenta de este fenómeno, el concepto de “dictadura sobre las necesidades” formuló la crítica a los sistemas sociales de Europa oriental, de las “sociedades de tipo soviético”, a partir de la discusión filosófica de la teoría de la enajenación de Marx y la impugnación del determinismo histórico. Fue elaborado por discípulos de G. Lukács, agrupados en torno a la llamada Escuela de Budapest. Ver: F. Feher, A. Heller y G. Markus (1983). Dictatorship over Needs. Oxford: Basil Blackwell.

[5] Ver: Fernando Martínez Heredia: Socialismo. México, UNAM, 2005.

[6] Intervención de Jorge Luis  Acanda en el panel “El sentido de la esfera pública en Cuba”, el 28 de febrero de 2012, en el Centro Teórico-Cultural Criterios.

[7] Carlos Marx: “El proceso de producción del capital”, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero, Siglo XXI Editores, México DF.

[8] Carlos Marx: “La guerra civil en Francia”, en Carlos Marx y Federico Engels. Obras escogidas, t II, Editorial Progreso, Moscú.

[9] Karl Korsch: ¿Qué es la socialización? Un programa de socialismo práctico. Siglo XXI, Argentina, 1973.

[10] Álvaro García Linera: ¿Qué es una revolución? y otros ensayos reunidos. CLACSO, Buenos Aires, 2020, p. 253.

[11]  Jorge Luis Acanda: Sociedad civil y hegemonía, Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana, 2002.

[12] Álvaro García Linera, Ob. cit.,p. 218.

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