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Los pueblos son como los volcanes ante la injusticia social. Por Pablo Guadarrama González

Ponencia en Seminario Rebelión Antineoliberal en Nuestra América, Caracas, 17-19 de diciembre de 2019

En la plataforma ideológica del Partido Republicano de los Estados Unidos de América conocida como Documentos de Santa Fe II se cita a Gramsci cuando plantea que la clase obrera por sí misma no puede tomar el poder político, pero con ayuda de los intelectuales sí puede hacerlo. Incluso, en dicho documento se aclara que se trata de un marxista italiano. Esto evidencia que en ocasiones la derecha aprende más de la izquierda, que esta de aquella.

Por eso un seminario internacional de intelectuales o una universidad resultan más peligrosos para los poderes dominantes de gobiernos neoliberales que cualquier sindicato de obreros.

Con razón sostenía José Martí: “[…] las ideas, aunque sean buenas, no se imponen ni por la fuerza de las armas, ni por la fuerza del genio. Hay que esperar que hayan penetrado en las muchedumbres”.[1] Aunque consideraba que trinchera de ideas valen más que trinchera de piedras, añadiría: “Las ideas son las riendas de las piedras”.[2]

En los momentos en que preparaba la guerra necesaria para alcanzar la independencia de Cuba y Puerto Rico, expresó que los pueblos “son como los volcanes, se labran en la sombra, donde sólo ciertos ojos los ven y un día brotan hechos, coronados de fuego y con los flancos jadeantes, y arrastran a la cumbre a los disertos y apacibles de este mundo, que niegan todo lo que no desean, y no saben del volcán hasta que no lo tienen encima. ¡Lo mejor es estar en las entrañas, y subir con él!”.[3]

Años más tarde, en un discurso en 1979 en Managua, tras el triunfo de la Revolución Sandinista, Fidel reiteraría que los pueblos son como los volcanes a los que nadie les prende fuego porque ellos estallan solos.

Así ha sido siempre en la historia y no tiene por qué ser diferente en estos momentos de protestas populares ante la injusticia social generada por el neoliberalismo.

La historia de la humanidad ofrece innumerables testimonios de insurrecciones populares que, independientemente de que hayan sido dirigidas por líderes como Espartaco, Thomas Müntzer, Tupac Amaru, Simón Bolívar o José de San Martín, para solo nombrar algunos de ellos, estas emergieron de las entrañas de sus respectivos pueblos.

Engels consideraba que cuando los pueblos tienen necesidad de líderes los crean; por tanto, si no hubieran sido ellos, de seguro hubieran surgido otros para dirigir tales levantamientos.

Tras el desembarco del Granma, de los ochenta y dos expedicionarios lograron sobrevivir solo doce. Después de aquel infortunio, cuando Fidel le preguntó a Raúl con cuántos combatientes y armas contaban, este le informó esa cifra y que solo disponían de siete fusiles. Entonces Fidel exclamó: “¡Ahora sí ganamos la Revolución¡”. Años más tarde, Raúl declararía que pensó que su hermano estaba loco, pero por respeto no lo expresó. Apenas había transcurrido un mes y aquel minúsculo grupo se enriqueció con un centenar de campesinos que, armados de escopeta de cacería, atacaron y tomaron el cuartel del ejército. En menos de dos años el Ejército Rebelde, conformado por algo más cuatro mil combatientes, derrotó a un ejército de varias decenas de miles de soldados abastecido con el más moderno armamento proporcionado por el gobierno norteamericano.

Independientemente del carisma y la vehemencia de sus líderes, la Revolución cubana triunfó porque fue decisión de un pueblo. Al respecto, Martí planteó: “Nada es un hombre en sí, y lo que es, lo pone en él su pueblo. En vano concede la Naturaleza a algunos de sus hijos cualidades privilegiadas; porque serán polvo y azote si no se hacen carne de su pueblo, mientras que si van con él, y le sirven de brazo y de voz, por él se verán encumbrados, como las flores que lleva en su cima una montaña”.[4]

Lo curioso de las protestas populares que se han producido en los últimos meses en algunos países latinoamericanos, ante las injusticias sociales generadas por las políticas neoliberales, es que no han sido convocadas o dirigidas por determinadas personas a quienes se les pueda considerar propiamente líderes. Aun cuando han sido organizadas por diferentes movimientos sociales, no resulta en modo alguno sostenible que estas sean un producto exclusivo de dichas convocatorias.

Si no se hubiese acumulado el magma explosivo en las entrañas de diferentes sectores populares, difícilmente hubiesen encontrado recepción las posibles arengas de personas o instituciones para lanzarse a protestas con tanta vehemencia y magnitud.

Una prueba de que las causas de estas protestas sociales son disímiles la constituye la heterogeneidad de sus participantes. En ellas han confluido obreros, empleados públicos, estudiantes, campesinos, indígenas, afrodescendientes, jóvenes no vinculados ni al trabajo ni al estudio, profesionales de clase media, mujeres, ecologistas, etc. Por tanto, resulta muy difícil arribar a la conclusión de que es una sola la causa de dichas protestas. Por supuesto que hay un elemento común a todas ellas, esto es, la inconformidad con la injusticia social; pero los diferentes sectores que participan la perciben de distinta forma, aunque se hayan unido en las protestas.

Ciertamente no se trata solo de revueltas de carácter político, sino de profunda raíz socioeconómica. No es solo que algunos sectores aspiren a tener un mayor protagonismo político, pues ni siquiera desean convertirse en partidos propiamente. Lo único que desean es que se produzca una más equitativa distribución de la riqueza social, especialmente en algunos de los países latinoamericanos que se destacan por encontrarse en los récords mundiales de mayor desigualdad social.

Ha sido común que gobiernos cuestionados por huelgas, marchas y otros tipos de manifestaciones hayan pretendido buscar las causas en factores exógenos. Tal postura, caracterizada por ver solo la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio, tampoco es absolutamente nueva.

La xenofobia motivó, ya en la antigüedad, en el medioevo y en mayor medida desde el nacimiento de la modernidad hasta nuestros días, que los sectores dominantes tratasen de enturbiar la mirada de los pueblos e impedir que estos se percataran de dónde radican las verdaderas causas de su penosa condición.

Los gobernantes griegos acusaban a los romanos de ser la causa de la decadencia de su esplendor, engullido fagocitósicamente por el poderoso imperio. A su vez, los ideólogos de este último culparían a los bárbaros de su respectiva destrucción. Toda la culpa de la susodicha debacle se trató de endilgar a Atila o a cualquier otro caudillo.

Hitler culpó a los judíos de la difícil situación del pueblo alemán después del Tratado de Versalles. Lo peor fue que manipuló a la opinión pública con mecanismos de cooptación como los creados por Goebbels, según el principio de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad.

Por supuesto que tal postulado es epistemológicamente erróneo, pero no hay duda de que funciona, y puede provocar efectos insospechados. De ahí que comúnmente los medios de comunicación masiva controlados por los poderes económicos y políticos dominantes utilicen la misma estrategia de inocular en los sectores populares, en especial en la vacilante clase media, la creencia de que un supuesto enemigo externo es el causante de todos los males que los afligen.

Las imágenes mostradas por las televisoras de los países con gobiernos progresistas son aterradoras, y a veces hasta algunos de la propia izquierda las toman en serio.

No es sorprendente, aunque sí motivo de risa, que se trate de culpar al Foro de Sao Paulo, al anarquismo internacional, a subversivos agentes cubanos o venezolanos de las protestas sociales que se han producido en los últimos meses en algunos países latinoamericanos. Por supuesto que cuando el chivo expiatorio se encuentra muy distante, a los gobernantes les resulta más fácil excusarse por la supuesta dificultad de castigarlo de manera debida, por lo que consideran como algo “natural” que las protestas sean imposibles de calmar, pues sus causas escapan de sus posibilidades de control.

Pero, por fortuna, todo indica que los diferentes sectores que intervienen en las protestas actuales no son tan ingenuos, como tal vez lo pueden haber sido otros en diferentes épocas y contextos. Los actuales han obligado a los gobernantes de turno a sentarse a la mesa de negociaciones para encontrar soluciones a los reclamos populares ante su difícil situación, en lugar de salir al extranjero a localizar posibles culpables de los disturbios.

Algunos mandatarios y sus asesores comienzan a ceder en su tozudez, o al menos aparentan alguna “comprensión” ante las demandas populares por sus excesivos privilegios. Llegan a producirse hipócritas declaraciones de mea culpa con reconocimiento no solo de circunstanciales errores políticos, sino de algo más esencial como el efecto de lo que han denominado sus excesivos privilegios. Esto no significa que se planteen eliminarlos, sino solamente “reconocerlos”, que es otra cuestión.

Cuando en el pasado siglo se producían protestas en los Estados Unidos de América durante las pacíficas manifestaciones por los derechos civiles ante la discriminación racial o contra la guerra de Vietnam, y también en Europa, la cuestión parecía algo distante del escenario latinoamericano. Sin embargo, la preocupación se incrementó cuando algunas de aquellas protestas tuvieron eco en varias ciudades latinoamericanas, e incluso terminaron con violentas represiones, como la matanza de Tlatelolco en México.

Muy diferente fue la amplia divulgación por parte de los medios de comunicación masiva y la euforia de los sectores dominantes y gobiernos de turno en los países capitalistas cuando las protestas tenían lugar en el entonces existente campo socialista. Fueron exaltadas las revueltas en Hungría en 1956, los acontecimientos en Praga que motivaron la intervención del ejército soviético en 1968 o del ejército chino en la Plaza de Tiananmen. Sin duda, la de mayor acogida entre las élites gobernantes de Occidente fue el derrumbe del Muro de Berlín y luego el desmonte de todos los gobiernos en Europa Oriental hasta el de la Unión Soviética. No se les ocurría entonces plantear que aquellas protestas eran engendros de la CIA, de Radio Europa Libre o de agentes extranjeros infiltrados, sino producto de la espontánea explosión de los pueblos de aquellos países. Como en verdad sucedió.

No siempre los análisis de la izquierda sobre las causas del derrumbe del socialismo real fueron atinados. Y lo peor es que cuando se confunden la causas, se pueden cometer los mismos errores. El Che decía que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

En un debate sobre las causas de la destrucción de la Unión Soviética, alguien nos planteó que se había descubierto que Gorbachov había sido captado por la CIA. Argumenté en mi respuesta que si habíamos aprendido según la concepción materialista de la historia que no son los líderes, sino los pueblos, sus verdaderos protagonistas, era insostenible esa explicación. Repliqué señalando que en el hipotético caso de descubrir que un presidente de los Estados Unidos de América fuese captado por una agencia extranjera de inteligencia de un país socialista, de seguro sería reemplazado por otro sin que eso implicase que ese país abandonase el capitalismo.

La misma cientificidad que debe caracterizar el estudio de las causas de las actuales protestas sociales ante las políticas neoliberales se exigió a raíz del derrumbe de los países del llamado “socialismo real”. En estos análisis se debe presuponer que nadie posee el “socialistómetro” perfecto para medir la mayor o menor cantidad de socialismo en cada uno de los países. Una adecuada investigación debe ser lo más objetiva y precisa posible para evitar inadecuadas transposiciones.

En ocasión de que Fidel Castro convocara a representantes de diversas disciplinas para crear un sindicato de trabajadores de la ciencia, preguntó si podíamos aportar elementos para valorar por qué se había producido aquel proceso. Entre los múltiples argumentos que se plantearon, señalamos que una de las posibles causas consistía en la diferencia que existe en el plano epistemológico y axiológico entre las ciencias formales, naturales, técnicas y las sociales. Mientras en las primeras el componente ideológico no resulta evidente, en el último caso sí lo es. Por esa razón, cuando en los otrora países socialistas se producía un error de un ingeniero o un científico natural, era sencillo atribuirlo a una falla epistemológica. Pero cuando se equivocaba un científico social, resultaba común que no se atribuyera a esta última, sino a razones ideológicas. Por ello era más común que se produjese cierta autocensura entre los científicos sociales, que no eran suficientemente valorados por los gobernantes de aquellos países. En su lugar, estos últimos les prestaban más atención a los periodistas que casi siempre resultaban ser apologistas del statu quo, en lugar de ser críticos de la situación real existente en sus respectivos países. De ahí que se sorprendiesen por las protestas producidas a partir de la caída del Muro de Berlín.

Algo similar le ha sucedido en la actualidad a los gobernantes neoliberales en Latinoamérica. Tal vez les prestaron más atención a los medios de comunicación masiva, que por regla general están financiados y controlados por los sectores económicos dominantes, de manera que edulcoran las difíciles condiciones de vida de los sectores populares. Al no tomar en cuenta serios y profundos análisis de científicos sociales sobre sus respectivos países, pensaban que vivían en el mejor mundo posible, por lo que toda la población debía estar apacible y satisfecha. Por eso han quedado desconcertados y algunos aún no logran comprender cabalmente por qué se calentó un magma tan explosivo.

Uno de los objetivos esenciales de los análisis sobre este tema debe ser contribuir de algún modo a analizar las causas de las protestas ante las injusticias producidas por el neoliberalismo, y de ese modo también aportar elementos que puedan ser útiles a los gobernantes de los países donde existen gobiernos progresistas, de manera que puedan continuar con éxitos los nuevos experimentos, algunos de los cuales se orientan hacia el socialismo.

Algo parece fallar en la lógica de quienes pretenden hallar las causas de las protestas sociales actuales en varios países latinoamericanos solo en factores exógenos, pues resulta inconsecuente considerar que las ocurridas en aquellos países del llamado “socialismo real” se debían solo a sus contradicciones internas, y ahora, cuando se producen en los países del “capitalismo real”, solo pretenden apelar a factores externos.

De manera similar ha predominado la consideración de que las protestas durante la primavera árabe, las de los indignados españoles, de los chalecos amarillos, etc., se justifican como procesos propios de los pueblos de estos países, y no como producto de alguna maquiavélica mano foránea. ¿Por qué razón pensar que el caso de las producidas actualmente en algunos países de Nuestra América es totalmente diferente?

Aquellas protestas eran vistas como algo lejano y no apropiado para nuestro contexto. Incluso, tampoco preocupaba demasiado en caso de que se detectaran algunos manifestantes extranjeros entre los participantes en aquellas marchas. Pero cuando la erupción comenzó a manifestarse en este continente con protestas de los más diversos sectores populares ante la creciente injusticia social producida por las políticas neoliberales, algunos gobernantes comenzaron a reflexionar con hipócritas declaraciones autocríticas, en tanto otros, obcecados y enceguecidos por su ideología elitista —según la cual el mundo está bien hecho así—, creen que debe continuar de igual modo. Tales gobernantes seguirían echándole la culpa de la infidelidad al sofá.

Estos son los mismos conservadores que Bolívar caracterizaría en su célebre Carta de Jamaica y luego reiteraría a Santander. Aunque en ocasiones pueden resultar mayoría, no se caracterizan precisamente por ser los más vehementes e ilustrados, sino pragmáticamente astutos para embaucar al pueblo con falsas promesas.

La cuestión es que tales embustes para presentar como una tacita de oro el neoliberalismo tienen límites. Es conocido que se puede engañar a parte del pueblo todo el tiempo o se puede engañar a su totalidad parte del tiempo, pero lo que no se puede es engañar a todo el pueblo todo el tiempo. Así ha ocurrido en aquellos países donde se promovió la ilusión de que la absoluta privatización, incluso del agua, sería la mágica solución a todos los males sociales.

La caída del Muro de Berlín, y del campo socialista en general, estimuló la falacia según la cual había que desarticular todo lo que tuviera que ver con el Estado, y estimular solo lo que proviniese del mercado. Se sustituyó la utopía abstracta del papá Estado por la del papá Mercado. La historia parece empeñada en demostrar que la lógica de Cantinflas tiene algo de racionalidad, al sostener que no es bueno ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.

Del mismo modo que la rectificación del error del “socialismo real” al absolutizar el papel del Estado, independientemente del hecho de que en la mayoría de los casos los condujo al otro extremo al hiperbolizar el mercado. Tal vez las actuales protestas sociales puedan conducir a que los gobernantes de los países que hoy se rigen por los principios del neoliberalismo rectifiquen sus errores y cedan ante la presión popular, y de ese modo pongan algún límite a la omnipotencia del mercado. Indudablemente, el punto medio aristotélico es una posición algo difícil, pero no imposible de equilibrar.

Por paradójico que resulte, se debe tomar en consideración que la derecha ha sabido aprovechar también algunas de las consecuencias del neoliberalismo. Al producirse la fuga de capitales de los países capitalistas desarrollados hacia China y otros países donde la fuerza de trabajo es barata, se incrementó el desempleo en estos; situación que ha sido aprovechada en las campañas electorales como las de Trump, del mismo modo que la derecha ha alcanzado algunos triunfos en Europa.

Tal vez aquella idea de Marx y Engels de que los obreros no tienen patria sea hoy más apropiada para los empresarios neoliberales que les importe poco el progreso de sus respectivos países y sitúan sus capitales en aquellos países donde pueden encontrar mayores dividendos.

Las bases filosóficas e ideológicas del neoliberalismo descansan lógicamente sobre los pilares del liberalismo, según los cuales el eje central y primordial de la sociedad es el individuo, el cual debe salvaguardarse por encima de cualquier otra entidad, aun cuando esta presuma de representarlo como Estado, partido, clase social, Iglesia, etc. Se parte del presupuesto de que la libertad individual debe ser protegida esencialmente para salvaguardar el derecho a la propiedad privada, y esta pueda someterse a las libres relaciones de la economía de mercado.

Una interpretación forzada de los fundamentos filosóficos, tanto del liberalismo como de su renovación contemporánea, podría llevar a pensar que su proclamado individualismo implica necesariamente desatender cualquier tipo de compromiso y obligación social o colectiva. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo.

Los más preclaros pensadores de todos los tiempos, desde Aristóteles, con su consideración del hombre como zoon politikon, hasta los ilustrados modernos, han insistido siempre en que el hombre no es un ser aislado o absolutamente independiente de los demás seres humanos y de las distintas formas de organización social que existen en la historia.

Ya desde el siglo XVIII, en la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” proclamada por la Asamblea Nacional de Francia se expresaba claramente la preocupación por que la realización de tales derechos no implicara una absolutización de lo individual y, por tanto, algún tipo de indiferencia por las consecuencias sociales de estos. Así se plantea en su epígrafe IV: “La libertad política consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que aquellos necesarios para garantizar a cualquier otro hombre el libre ejercicio de los mismos derechos; y estos límites sólo pueden ser determinados por la ley”.[5]

El excesivo individualismo preconizado por el neoliberalismo contemporáneo, si bien tiene vasos comunicantes con la defensa de la individualidad planteada por el pensamiento liberal anterior, constituye en verdad una extralimitación peligrosa que atenta ideológicamente contra la necesaria cohesión social que exige cualquier sociedad civilizada.

Uno de los padres del liberalismo decimonónico, John Stuart Mill, declaraba: “La única parte de la conducta de todo hombre de que es responsable ante la sociedad, es aquella que se relaciona con los demás. En lo que sólo concierne a él mismo, su independencia debe ser absoluta. Todo individuo es soberano sobre sí mismo, así como su cuerpo y su mente”.[6]

Si bien por un lado establece una soberanía sobre la persona, toma precauciones en cuanto a que su realización no implique en modo alguno la afectación de otros. La preocupación por lo social es permanente en este y otros tempranos ideólogos del liberalismo.

Tal vez uno de los rasgos que diferencian el neoliberalismo de su precursor es brindar mucha menor atención a la interdependencia social de los individuos, al pensar ilusoriamente que la resultante de la lucha aislada por la supervivencia de los individuos de manera espontánea siempre redundará en beneficio social. Es algo que la experiencia histórica, en lugar de confirmar, ha desmentido y ha sido reconocido por muchos investigadores.

Debe destacarse que incluso ideólogos del liberalismo decimonónico y cultivadores del socialdarwinismo, como Spencer, trataron de encontrar en el meliorismo, a través de su propuesta de un egoaltruismo, una fórmula que contribuyera a crear confianza en la posibilidad de un mejoramiento de las condiciones de vida de los más infortunados mediante la educación, la atención de las empresas a sus obreros y los gobiernos a los ciudadanos, aun cuando el filósofo inglés fuese un defensor de las prerrogativas del individuo frente al Estado.

Spencer consideraba que en los primeros estadios de la evolución humana se justificaba el enfrentamiento por la supervivencia entre los individuos, tanto animales como humanos. Este hecho era solo comprensible durante una primera etapa de la evolución social, pero no de manera permanente en la evolución social, y mucho menos lógico resultaba que tendiera a incrementarse en el futuro. En su lugar, pensaba que la solidaridad y la cooperación caracterizarían el rumbo del progreso humano. Todo lo contrario propugnan los ideólogos actuales del neoliberalismo, quienes vaticinan la futura guerra de todos contra todos, preconizada por Hobbes, en la que el cavernícola principio de “sálvese quien pueda” deberá encabezar las nuevas constituciones neoliberales.

Sin embargo, la historia es testaruda y la trayectoria universal del pensamiento, desde la antigüedad hasta nuestros días, pone de manifiesto que ha habido una mayor tendencia hacia el humanismo que hacia las concepciones misantrópicas.

Aquellas concepciones que parten de la existencia de una presunta naturaleza humana conducen a un fatalismo biológico que implica concebir al hombre como una bestia o como un ángel, ignorando la permanente lucha que José Martí reconoció existe entre ellos. Algo similar ocurre cuando se parte de admitir una metafísica esencia humana, en lugar de considerar, como en verdad sucede, una histórica, circunstancial y dialéctica condición humana.

El pensamiento filosófico y político latinoamericano se ha caracterizado por una mayor propensión hacia esta última concepción que hacia las dos primeras. En muchas ocasiones se aprecia una tendencia hacia lo que Marx denominó un “humanismo práctico”,[7] esto es, aquel que se caracteriza por una postura de compromiso activo, militante y arriesgado con la defensa de la dignidad de determinados grupos humanos, a diferencia del humanismo abstracto, el cual se limita a simples declaraciones filantrópicas que no trascienden más allá de cierta misericordia o postura piadosa ante indígenas, esclavos, siervos, proletarios, mujeres, niños, minusválidos, etc. El humanismo práctico debe distanciarse del antropocentrismo que ha caracterizado generalmente a la cultura occidental y tomar en consideración la imprescindible interdependencia entre el hombre y la naturaleza.

Este “humanismo práctico” se puso de manifiesto en los próceres de la independencia latinoamericana, quienes no solo luchaban por la emancipación política, sino también por la justicia social. Algo similar se observa en quienes posteriormente continuaron la lucha contra diversas formas de injusticia social, como Zapata, Sandino, Fidel, el Che, Chávez, y en los innumerables hombres y mujeres que hoy protestan contra las nefastas consecuencias del neoliberalismo.

La mayoría de las ideologías políticas, religiosas, concepciones filosóficas, éticas, jurídicas, han incrementado más su proyección hacia la consideración de lo humano como lo supremo, en lugar de negar tal condición. Por supuesto, no dejan de existir excepciones que confirman la regla, y no simplemente en el plano de las ideas, pues los campos de concentración nazis constituyeron una prueba muy práctica y real de hasta dónde puede llegar la barbarie de algunas ideologías elitistas y racistas, como las que en la actualidad parecen reanimarse.

El espíritu de la modernidad tendió mucho más hacia la concepción de que el hombre debe ser considerado como un fin en sí mismo, y a la vez ha de ser merecedor de todas las libertades y los derechos posibles, hasta el punto que su enfoque unilateral condujo a un antropocentrismo cerrado y hostil a la naturaleza, amenazada hoy por la posibilidad de la hecatombe del ecocidio brutal, que la puede conducir al suicidio universal.

El pensamiento ilustrado que sirvió de base al liberalismo se caracterizó por su versatilidad y pluralismo en cuanto a corrientes de pensamiento y posiciones ideológicas. Por tal motivo, el liberalismo también propugnó, a tono con ese ideal, el culto a la individualidad, a la libertad personal, a la creatividad, la diversidad y la riqueza de ideas políticas, jurídicas, y especialmente la confianza en el progreso humano, entre otras. Durante mucho tiempo se esgrimió la acusación de que los regímenes socialistas habían aniquilado esa creatividad y pluralismo ideológico e implantaban de forma totalitaria, del mismo modo que los regímenes fascistas, una ideología única y oficial.

Ahora lo contraproducente es que los ideólogos del neoliberalismo se asusten ante el pluralismo ideológico e intenten establecer de forma universal un pensamiento único que no admita la posibilidad de la construcción de un pensamiento alternativo. Resulta algo difícil comprender la presunta verdad de la posverdad, a menos que esta solo sirve para intentar fundamentar las noticias falsas.

El pensamiento clásico del liberalismo intentó fundamentarse en los principios de los derechos humanos, considerados conquistas de la modernidad. Estos derechos, además de su carácter político, como libertad de reunión, de palabra, elección, etc., implicaban también otros de carácter económico y social, como el respeto a la propiedad privada, el derecho a la educación, a la salud, la seguridad, etc.

En este último aspecto se les presentó a los ideólogos del neoliberalismo un serio conflicto. Si bien por una parte el Estado benefactor había intentado después de las experiencias del socialismo del siglo xx dar algunos pasos significativos en la realización de los principales derechos sociales, aun cuando no siempre fuesen debidamente acompañados por múltiples circunstancias de mayor desarrollo de derechos civiles y políticos, ya desde mucho antes de que comenzara a resquebrajarse el Muro de Berlín algunos ideólogos del neoliberalismo comenzaron a cuestionarse la pertinencia de los derechos sociales.

Donde mayor impacto han tenido las oleadas privatizadoras de los servicios públicos ha sido en los países de menor desarrollo, como los de América Latina, con cifras impactantes de deterioro de la calidad de vida de la mayoría de la población y el incremento del grado de explotación de sectores marginales y usualmente discriminados, como mujeres, niños e inmigrantes.

A la hora de analizar el porqué de tales giros tan significativos —y no solo en cuanto a los derechos y conquistas sociales de los trabajadores— entre el liberalismo decimonónico y el neoliberalismo contemporáneo, no se pueden desconocer las transformaciones operadas en el capitalismo en los dos últimos siglos.

Era lógico que en tiempos del capitalismo premonopolista la mayor parte de las concepciones filosóficas e ideológicas surgidas durante la gestación, nacimiento y desarrollo inicial de la sociedad burguesa se correspondieran con los criterios de libertad, igualdad y hasta fraternidad, proclamados, independientemente de su carácter formal, desde el siglo xviii. De tal forma, en una época en que los grandes monopolios industriales, financieros y comerciales no habían desplegado aún su praxis totalitaria, se podían seguir cultivando las utopías abstractas (Ernst Bloch) proclamadas por el liberalismo en aquella etapa premonopolista.

Muy distinta sería la situación luego de aparecer el imperialismo y todas sus consecuencias monopólicas, que pusieron en crisis incluso a muchos pensadores forjados en el espíritu liberal anterior, como Bertrand Russel o Enrique José Varona, por solo nombrar un relevante filósofo latinoamericano que transitó por una crisis ideológica similar a la del pensador inglés y de muchos otros.

Las tesis ideológicas que se acoplaban con las transformaciones operadas en el capitalismo a principios del siglo xx ya no podían nutrirse fácilmente del racionalismo ni del positivismo, porque chocaban de forma violenta con la realidad socioeconómica y político-social que se iba tornando cada vez más irracional y totalitaria.

El espíritu laico y en ocasiones hasta ateo que se había desarrollado desde la Ilustración comenzó a entrar en desuso, y nuevas formas de fideísmo empezaron a tomar fuerza, al punto que algunas han fortalecido el fundamentalismo religioso. Pareciera que la historia diera marcha atrás, y a principios del tercer milenio cristiano y el presunto triunfo de la posmodernidad resulta contraproducente que se escuchen convocatorias a cruzadas y a guerras santas, que asuman el poder gobernantes de facto con la Biblia en la mano y descalifiquen todas las creencias, concepciones y hasta símbolos de los pueblos originarios o manipulen feligreses en algunas iglesias protestantes durante las recientes campañas electorales.

Es algo así como que la humanidad de pronto cultivara una amnesia total de algunas de las conquistas básicas de la modernidad —entre ellas, la secularización de la política, el respeto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, el derecho a ser juzgado debidamente con todas las garantías procesales, etc.— y se regresara a la cavernícola época en que las normas de vida o muerte las imponía el más fuerte.

El carácter demagógico de los postulados de las constituciones burguesas fue revelado con honestidad increíble por los propios propulsores del nuevo orden neoliberal que se iría imponiendo. Así, Friedrich von Hayek —quien acudió de inmediato a apoyar a Pinochet—, desde un presunto liberalismo radical que se distingue por ser muy radical en su pretensión de eliminar algunas de las conquistas de la sociedad burguesa en cuanto a derechos que benefician a amplios sectores de la población, se cuestionó la validez de los derechos auténticos que, a su juicio, debían reducirse a los políticos y jurídicos. En tanto consideraba como derechos inauténticos los económicos y sociales, los cuales, según su criterio, erróneamente había proclamado la Declaración Universal de la ONU sobre los Derechos Humanos. Esto evidencia los niveles de cinismo manifiestamente expresados en la ideología neoliberal, que llega a renegar hasta de propuestas elaboradas en épocas anteriores por la propia sociedad burguesa.

Sin duda, si no se hubieran producido las revoluciones socialistas del siglo xx ni se hubieran logrado algunas de las conquistas sociales que obligaron a gobiernos socialdemócratas y hasta algunos conservadores a tomar algunas medidas de beneficio social, a ensayar el keynesianismo y el Estado benefactor ante el inminente peligro de que la llama roja se extendiera más allá de lo que denominaban la cortina de hierro, seguramente el cinismo neoliberal se hubiera manifestado mucho antes y la historia del siglo xx hubiese sido mucho más cruel de lo que fue, al menos para grandes sectores de la población en los países desarrollados y peor aún para los más atrasados. En ese caso, las protestas ante la injusticia social engendrada siempre por el neoliberalismo hubieran comenzado a producirse mucho antes.

Siempre resulta algo paradójico que muchos de los propugnadores del neoliberalismo y de la reducción al mínimo de las conquistas sociales alcanzadas frente al Estado envíen muy frecuentemente a sus hijos a estudiar a universidades públicas europeas o en sus propios países y tampoco dudan en recibir los beneficios de hospitales y otros servicios de salud para sus familiares cuando estos aseguran la calidad requerida. Pero la inconsecuencia entre el discurso público y la vida privada de estos ejecutivos del neoliberalismo no constituye un obstáculo para que continúen su apología de la omniprivatización.

Bien es sabido que la burguesía es demócrata en tanto pueda manipular demagógicamente a grandes sectores populares en su favor, para mantener un statu quo favorable a sus intereses, pero cuando la democracia se convierte en un peligro para estos, entonces rápidamente se convierte en pinochetista. La historia ha demostrado que, aunque el neoliberalismo se nutrió desde el punto de vista filosófico e ideológico del liberalismo, finalmente se ha visto precisado a renunciar a muchos de sus fundamentos y formulaciones por el carácter revolucionario inicial y luego, en muchos casos, al menos progresista de sus propuestas.

La confusión de términos es tal, que ahora los neoliberales resultan, en verdad, neoconservadores. Los derechos humanos han devenido un bumerán que golpea en la actualidad a la ideología neoliberal emanada de las ideas liberales de la burguesía.

Las protestas populares ocurridas en varios países latinoamericanos en meses recientes, por regla general se han iniciado de manera pacífica, porque esa ha sido la intención de la mayoría de los manifestantes. Sin embargo, se han producido numerosos actos de vandalismo, de extraño origen, que han dado algún tipo de justificación para la intervención de policías y militares, con lamentable cantidad de muertos y heridos, incluso de las fuerzas represoras, así como daño o destrucción de bienes públicos y privados.

Con independencia del origen de esos grupos, lo cierto es que, además de dar lugar a un incremento de la violencia por ambas partes, generalmente han producido una lógica reacción de rechazo en la mayoría de los manifestantes y, por supuesto, de la población que no participa en las protestas. Gran parte de esta última ve afectado el desarrollo de sus actividades laborales, estudiantiles, de atención a servicios de salud, etc., por lo que se convierten en desacreditadores de las protestas.

Un análisis lógico elemental indica que si tales actos violentos y de vandalismo provocan oposición de estos sectores a las marchas, no es difícil presuponer quiénes son los autores intelectuales de los mismos, con su acostumbrada política de divide y vencerás. Los gobiernos neoliberales no acusan a agentes extranjeros de las protestas en general, sino solamente de los actos de violencia.

Al percatarse de tales contraproducentes resultados, los dirigentes de los diferentes sectores de los manifestantes han reiterado la necesidad de que las protestas continúen realizándose de modo pacífico e incluso se ha enfrentado a quienes practican actos de vandalismo, pues estos demeritan su significación y, por tanto, el apoyo de algunos sectores populares.

Según un líder mapuche, la única arma con la cual pueden contar los pobres es la protesta. Por ello deben salvaguardarla, para que no se afecte su prestigio y continúe siendo un mecanismo de participación y presión popular frente a los poderes dominantes, interesados en perpetuar la injusticia social.

En estos momentos, aunque resulta difícil vaticinar cual será el desenlace final de las protestas que se han producido y continúan desarrollándose contra las políticas neoliberales en diferentes países, no solo los latinoamericanos, no caben dudas de que ellas son expresión del incremento del protagonismo, cuantitativo y cualitativo, de los distintos sectores populares, y ello ha traído consigo que en los países donde prevalecen estas injustas formas socioeconómicas los gobernantes están siendo forzados a negociar y ceder en muchas de sus medidas políticas.

Aunque el cielo no ha sido tomado por asalto, al menos se aprecian turbulencias que obligan a tomar precauciones de todo tipo, pues las fuerzas represoras siempre están dispuestas a acatar nefastas órdenes de quienes se aferran a sus privilegios y están decididos a salvaguardarlos de cualquier modo. Pero a la vez todo indica que los diversos sectores populares están decididos a continuar las protestas por sus reivindicaciones, conscientes de que estas afectan no solo el PIB de sus respectivos países, sino sus propias precarias condiciones de existencia.

Parece que ha llegado uno de esos momentos de la historia en que los proletarios, o sea, los precarios, adquieren mayor conciencia de que no tienen mucho que perder, sino solamente sus cadenas, y sí un mundo por ganar.

 

[1] Martí, José. Obras completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. “Notas sobre Centroamérica”, t. 19, p. 96.

[2] Martí, José. “Dos damas norteamericanas”, La América, Nueva York, junio de 1883, Obras completas. t. 13, p. 251.

[3] Martí, José. “Discurso en Hardman Hall, Nueva York. 17 de febrero de 1892.” Obras completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. IV, p. 302.

[4] Martí, José. Obras completas. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1976, t. 13, p. 34.

[5] “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano por la Asamblea Nacional de Francia”, en Paine, T. Los derechos del hombre. Universidad Autónoma de Centro América, San José, 1986, p. 104.

[6] Stuart Mill, J. Sobre la libertad. Universidad Autónoma de Centro América. Costa Rica, 1965, p. 32.

[7] Guadarrama, Pablo. “Humanismo y marxismo”. Marx Vive. IV. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2006. pp. 209-226; Marx y el marxismo crítico en el siglo XXI.  Colectivo de autores. Camilo Valqui Cachi y Cutberto Pastor Bazán (coordinadores), Ediciones EON-Universidad Autónoma de Guerrero, México DF, 2011, pp. 313-332. http://es.scribd.com/doc/90507863/Cmilo-v-C-El-Marxismo-Critico

 

 

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