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Los pueblos indígenas y los médicos cubanos. Por Enrique Ubieta Gómez.

Fragmento del Capítulo IV del libro Venezuela rebelde. Solidaridad vs. Dinero (Casa Editora Abril, 2006

Desde Caracas, el viaje en carro se extiende por doce horas. La carretera que une a San Fernando de Apure con Puerto Ayacucho –último tramo del trayecto–, capital del Estado de Amazonas, es una línea estrecha y monótona sobre una extensa llanura ganadera, donde miles de reses perezosas se agrupan al amparo de los árboles. La tierra en estos parajes no puede absorber el agua que cae incesante, con furia, y se acumula en la superficie, de manera que a veces no se distingue donde terminan o empiezan los ríos, los lagos y las inundaciones.

Tres obstáculos separan finalmente a la civilización de la “barbarie”: no son simples ríos, en ellos se acumula el agua que fluye de todas partes, y que por los tiempos de los tiempos se ha adueñado de porciones cada vez mayores de tierra. El último abre un surco definitivo, un antes y un después, una zanja en el tiempo humano: el magnífico Orinoco. En cada caso, los carros deben ser conducidos junto a sus pasajeros en chalanas que cruzan intermitentemente la vía fluvial. La espera en cada orilla puede ser de una hora. Dicen que un solo dueño controla el paso de los tres ríos, por los que obtiene pingües ganancias. Quizás por eso nunca se han construido puentes, aunque en verdad el último exigiría una obra colosal.

Un amigo caraqueño de izquierda me reprochó: “¿pero tú quieres entender la revolución bolivariana? Entonces, ¿a qué vas al Amazonas?” “Atabapo –me dijo, reafirmando la opinión de mi amigo, un criollo asentado allí por largos años– es otro mundo, sólo después que pases de regreso los tres ríos habrás llegado nuevamente a Venezuela”. En realidad, no esperaba entender a Venezuela desde la selva amazónica, pero quería conocer una porción esencial de su territorio y de su gente, históricamente preterida. Porque fue el Estado revolucionario el que reparó en los indígenas venezolanos, el que los incluyó en la nueva Constitución, el que les envió médicos y maestros. Recogía con ello un legado de luchas indígenas por el derecho a la existencia, al reconocimiento nacional.

Puerto Ayacucho ya no es el pueblo que describían los viajeros de hace dos décadas, aunque su vida discurre aún por dos o tres avenidas principales. Pero es el último enclave “civilizatorio”; poco después –y si usted observa el mapa, verá que la capital se encuentra en el borde superior del Estado–, cesan las carreteras, los pasos terrestres. En lo adelante habrá que viajar por vía fluvial o aérea.

En las costas de Puerto Ayacucho la navegación es imposible. En sus inmediaciones “se libra la formidable batalla del agua con el granito, del río con la montaña, formando uno de aquellos célebres raudales del Orinoco: el raudal de Atures, conocido por Humboldt”, tal como lo describía en 1905 el poeta Rufino Blanco Fombona, en su Diario de viajes. “¿Cómo se forman y qué son los ‘Raudales’?”, preguntaba más adelante y se respondía: es “una lucha formidable, de verdaderos titanes, entre el Río y el Monte. El granito se interpone; pero el agua irrumpe y corre por encima de los promontorios de piedra. El río pasa; pero el monte no cede”. Hay que viajar por tierra algunos kilómetros hasta un pintoresco puerto de curiaras, bongos, lanchas y otras pequeñas embarcaciones, que traen y llevan mercancías y pasajeros, o tomar uno de los vuelos comerciales de las avionetas que mantienen la comunicación aérea en el Estado, si se pretende continuar viaje.

Desde Puerto Ayacucho nos trasladamos en un avión militar hasta La Esmeralda, capital del municipio Alto Orinoco, uno de los más intrincados en la selva amazónica, y escenario natural de la novela Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. Una vez a la semana, el correo militar lleva y trae pasajeros a un precio módico, casi simbólico. El aeropuerto del poblado, que no sobrepasa los quinientos habitantes, está asfaltado, y es casi tan grande como el pueblo. De hecho, en tanto no se divisen avionetas por aterrizar, funciona como calle principal. Pero los vecinos no tienen carros, sino lanchas, bongos o curiaras y la verdadera avenida central es el Orinoco.

En la pista, al pie de la puerta-escalerilla del avión, nos esperaba el doctor Ricardo Carrillo Pérez, quien había sido seleccionado para trabajar en esta zona por tener una maestría en medicina natural y tradicional. Caminamos hasta la vivienda de los médicos, una construcción espaciosa, rodeada de un pasillo o portal cerrado y protegido con tela metálica. Allí conviven tres médicos cubanos y dos venezolanos, uno de ellos en cumplimiento de su servicio rural, el otro, a solicitud propia, como responsable del servicio médico municipal. También comparte la vivienda el nuevo asesor integral cubano de las misiones educativas. Casi al finalizar el pueblo se encuentra una casa, perteneciente a un centro de investigaciones petroleras, que ocupan dos profesores cubanos de educación física y deportes. El módulo médico asistencial, construido por el gobierno bolivariano, es relativamente grande.

Poco a poco vamos conociendo a los vecinos del lugar, nos los presenta el doctor Ricardo, quien ha vivido y trabajado en este municipio desde su llegada a Venezuela, el 15 de octubre de 2003. Mi experiencia del trabajo de los médicos cubanos en zonas indígenas –guardo vivencias de la colaboración cubana con los ixiles y los kekchíes de Guatemala, con los misquitos de Honduras y Nicaragua, y con los yekuana, los warao y los wayuu en Venezuela–, es esta: uno comprende de inmediato si el doctor está en condiciones de realizar un buen trabajo o no, según cómo evalúa su propia situación y cómo se refiere a las costumbres de sus pacientes.

El doctor Ricardo había comprendido desde su llegada que era un privilegiado, porque otros colegas suyos conocerían ciudades más o menos bonitas, más o menos parecidas a otras ciudades del mundo, pero él conocería un lugar único, irrepetible, fascinante, la selva del Amazonas, y trataría con pueblos oriundos, de los que podía y debía aprender mucho. Y aunque tenía derecho a pedir traslado a los seis meses, se negó. Aprendió a disfrutar la comida tradicional basada en la yuca –el casabe, que los cubanos conocemos, y el mañoco, que se obtiene cociendo la yuca hasta deshidratarla, y de la que queda una masa granulada que los indígenas mezclan con agua–, a usar el arco y la flecha de los yekuanas y los yanomami, pero sobre todo, aprendió los nombres, las características y los efectos de las plantas medicinales de la región, que un anciano del pueblo le explicaba cada tarde. Su integración al universo de los pueblos indígenas con los que trató, fundamentalmente yekuana y yanomami, fue ejemplar. No es que todos los médicos se comporten así, pero Ricardo simboliza en este sentido al médico revolucionario cubano.

Unos meses después, en Delta Amacuro, conocí a otro médico de iguales características: Pavel García Valido, quien vivía y trabajaba en los caños del Delta del Orinoco junto a los warao. En otra dimensión quizás, sobre todo porque otras fueron las condiciones de su estancia, pero con igual actitud hallé al doctor Juan Carlos Cabrales Arias del Sector Los Filuos, Paraguaipoa, en la península de La Guajira, Zulia, quien durante muchos meses compartió la vivienda de una familia wayuu.

Como quiera que la presencia médica cubana hoy se extiende a más de sesenta países y culturas, los revolucionarios cubanos podemos y debemos generalizar las experiencias. La presencia de los médicos cubanos en los países más pobres y en las comunidades más abandonadas de todos los continentes, principalmente de África, América Latina y Asia es, en mi opinión, uno de los experimentos sociales más revolucionarios de la contemporaneidad. A veces, en el lenguaje ordinario del médico revolucionario quedan residuos de colonialismo, aunque la práctica descolonizadora y solidaria los desmienta; pero siempre es útil y sano rectificarlos. Uno de esos conceptos etnocéntricos es el de civilización: los indígenas no son “más civilizados” si usan nuestra vestimenta o hablan español. En todo caso, son o han sido más occidentalizados, que es una de las posibles formas civilizatorias.

La antropóloga venezolana Beatriz Bermúdez Rothe ha escrito sobre los yekuana:

Ye’kuana es una voz caribe que significa literalmente “gente del tronco en el agua” (ye–tronco, ku–agua, ana–gente) o bien “gente de curiara” –así se reconoce este pueblo cuyos hombres son insuperables navegantes de los ríos del sur de Venezuela (…) Hoy este pueblo de lengua y cultura caribe, descendiente de aquellos que una vez dominaron gran parte del territorio venezolano, tiene una población estimada en ocho mil personas, quienes habitan en unas treinta comunidades ubicadas a lo largo del curso medio y alto de los ríos Caura, Erebato, Paragua, Ventuari, Padamo y Cunucunuma, afluentes del Orinoco.

En La Esmeralda hay una bodega típica de pueblo, bien abastecida por cierto, a la que concurren compradores de varias comunidades cercanas. Todavía es época de lluvias, así que el Orinoco está crecido, y como cada año, toca suavemente el muro que protege las mercancías; eso significa que se ha tragado ya casi dos cuadras de pueblo. De las pocas casas abandonadas que están más abajo, puede verse solo la parte superior de sus paredes y techos. Para llegar al mostrador de la bodega hay que dar un rodeo grande y bordear la zona inundada.

El doctor Ricardo me presenta a Levis Olivos, el vendedor, un criollo despierto, un buscavidas que aterrizó aquí hace veinte años, y espera irse algún día, cuando acumule el capital suficiente. No es el dueño, sino el encargado del establecimiento. No simpatiza con Chávez, aunque se lleva bien con los cubanos. Tiene 37 años y es soltero. Bromista y hablador, se enorgullece de ser amigo de grandes personalidades. Las fotos que cuelga en la tienda no mienten: en una, aparece junto a George Bush padre, en la otra posa sonriente al lado de su “amigo” Gustavo Cisneros. “Es que trabajé en turismo”, me explica con satisfacción al ver mi asombro.

¿Específicamente dónde trabajaba?

La base de operaciones estaba en Puerto Ayacucho. Desde allí salían excursiones y expediciones hacia muchas zonas, zonas espectaculares, quizá con la misma belleza escénica que Culebra, la cuenca del Sipapo, que son los ríos Autana, Guayapo, Sipapo, Cuao, con unos paisajes espectaculares; zonas en donde han estado príncipes, reyes, gente de mucho dinero.

¿Usted acompañó a algún príncipe?

 He acompañado a muchas personalidades, he estado cerca de algunos condes, no de muchos, pero por lo menos de dos. En una oportunidad fui invitado por un señor de mucho dinero, un señor que quiere esta zona y que de repente es cuestionado porque tiene dinero, porque el tipo tiene capacidad como empresario y de alguna manera eso es como descargar la frustración de uno en la gente que tiene capacidad para triunfar, le cuelgan los calificativos que están ahorita de moda, porque tenemos una situación, una revolución, entre comillas, que no encaja…

¿Cómo se llama esa persona?

Gustavo Cisneros.

Bueno, ¿pero esas fotos fueron tomadas en esa época?

Esas fotos…, sí. Yo estuve trabajando en un campamento turístico donde venía mucha gente importante, venezolanos, americanos, europeos, que venían a la famosa pesca del pavón, es un pez exquisito.

Ahora, déjeme saber: por ejemplo, ahí veo a Bush padre, ¿dónde se hospedaba él?, ¿dormía en un chinchorro?

No, aquí hay campamentos especiales que tienen ciertas comodidades, como habitaciones privadas, camas, la opción de carpas a orillas del río, aquí hay una serie de campamentos que cumplen más o menos con esas condiciones que requiere el turista, independientemente de que sea de alto nivel. En el campamento Yutajé que está situado en el municipio Manapiare, donde hay unos atractivos naturales espectaculares como por ejemplo, el salto gemelo más grande del mundo, que está allí, ¿entiendes?, el Salto Ángel es único, pero este es un salto gemelo muy particular, y ahí estuvo el presidente Bush, los señores Cisneros, el actor Michael Douglas, en una oportunidad estuve cerca de él. Han estado también príncipes, duques, gente de mucho dinero, el príncipe de Luxemburgo estuvo por ahí… mucha gente. He tenido la oportunidad de compartir con personas importantes, he estado con embajadores de Francia, personal diplomático de muchas embajadas, he estado cerca de Jimmy Carter, muy cerca de Gustavo Cisneros, de George Bush, de mucha gente.

Y Cisneros ¿cómo es?

Como persona, excepcional; un hombre con una capacidad…, el señor Gustavo Cisneros, un gran anfitrión, un hombre incluso…, tengo anécdotas espectaculares que si se miden en términos de condición humana, de respeto, de seriedad, son realmente dignas de poner en el sitio más alto.

¿Me puede contar alguna?

Mira, por ejemplo, mandar a bajar a un fotógrafo de un avión para que yo pudiera tomarme una foto con uno de sus invitados, con el señor George Bush padre, independientemente de toda su situación.

¿Era un invitado de Cisneros?

Era un invitado de Cisneros, como lo fue Jimmy Carter, como lo ha sido mucha gente que ha venido. Este es un sitio muy especial realmente.

¿Llegaban y se quedaban a dormir o venían por un día y se iban?

No, estaban instalados dos, tres días. A veces venían de su país de origen a Caracas, de Caracas venían al campamento Manaca, en aviones privados del señor Gustavo Cisneros.

¿Dónde aterrizaban?

En una pista nacional, no privada, en Santa Bárbara del Orinoco, y de ahí viajaban a Los Roques o a cualquier destino digamos que le gustase. Obviamente, con la logística que tenía esa organización y el alto digamos valor estratégico del personaje, obviamente las medidas de seguridad y las medidas digamos de atención, tendrían que ser impecables, como lo fueron. Yo por supuesto tengo muchas anécdotas, pero te puedo decir esa.

¿Y de Bush tiene alguna anécdota?

Un tipo especial para mí. Me imagino que en su situación, que viene como temporadista (sic), como turista, relajado y con un objetivo digamos específico, que es pasarla bien, supongo que esa es la actitud que puedo de alguna manera interpretar de ellos, pues. Es como cualquier persona estresada, con toda digamos la presión del mundo, va a un sitio equis invitado, pagado, y yo supongo que la actitud que asume es de relajación, te saludan, te dan la mano, de repente comparten contigo un refresco, una galleta, este, bueno, y quizá también influye mucho tu capacidad, tu sensibilidad, cómo tú te muestras con ellos, porque en las relaciones humanas no es simplemente así, que los tipos anden por ahí, cualquier turista, en este caso George Bush padre, ande por ahí saludando a todo el mundo, no, yo creo que es una relación también humana donde tú le brindas afecto, le brindas respeto, porque primero te están pagando para que de alguna manera le des un servicio, además tienes la oportunidad de relacionarte con personajes de ese nivel, que aunque sean cuestionados por cualquier posición política, en este caso tú te vas a limitar a compartir con él, y aunque yo tengo dos fotos con George Bush padre, que las disfruto y no tengo ningún complejo, al contrario, las muestro orgulloso, porque en el fondo una gran cantidad de personas quisieran tener ese tipo de fotografías con personalidades como esa, independientemente de sus decisiones políticas en momentos determinados.

¿El hijo no ha venido?

El hijo no ha venido, pero está por venir, pero su compromiso, digamos su compromiso presidencial se lo impide de alguna manera.

Será después de que termine su mandato.

Es posible que venga y es posible que yo tenga la oportunidad de estar cerca de él, porque yo supongo que para estar cerca de ellos también yo fui objeto de cierta aceptación, pues, porque no toda persona está obviamente cerca de esos señores.

¿Usted habla inglés?

No hablo inglés realmente.

¿Ellos hablan español?

El señor Bush habla un poco de español, el señor Carter habla español y bueno, la mayoría de las personas que venían interpretaban un poco.

¿Ellos visitaban algunas comunidades indígenas, o solamente veían el paisaje?

Ellos venían realmente por un objetivo, ya que su agenda es muy ajustada, ellos iban a los Roques a pescar, venían aquí al Amazonas a pescar, pues, también veían comunidades, pero de hecho, las personas que trabajan en los campamentos, muchos hasta casi ni hablan bien el español, pero son los guías, son los que se saben todos los sitios de pesca y estaban ahí, pues, todos son nativos de ahí, con apellidos de las zonas como Camico, como Yavico. Podían compartir con los indígenas en los propios campamentos. La mayoría trabaja en ellos, ¿qué funciones hacen? Motoristas, guías, guías de aves, guías de pesca, jóvenes que hacen el trabajo de mantenimiento, otros como planteros…

Pero los turistas vienen buscando ese pez, el pavón; que los pescadores disfrutan mucho porque da mucha pelea, además de que es un ejemplar bellísimo, creo que tengo una foto ahí que les puedo mostrar. Entonces qué pasa, de repente este señor, Cisneros, construyó un campamento para él. No digo que lo construyó como tal, funcionaba un campamento de pesca de pavón de un señor llamado Otto Wiqueman, venezolano de origen inglés, con dos o tres generaciones en el país.

El señor Gustavo Cisneros siempre venía como turista a varios campamentos, entre ellos al de Culebra del señor Francisco Díaz, al Yutajé, que era de un señor de origen italiano casado con una señora indígena, llamado Raggi, y a otros campamentos aquí. Hacía una ruta y estaba como una semana, iba a un campamento, a veces se hospedaba en un campamento base, como el campamento Yutajé que tiene una pista de aterrizaje excelente, con un buen drenado, allá han aterrizado hasta aviones presidenciales, que han llevado presidentes, o sea que tiene el confort mínimo que requiere. Y de allí volaban hacia otros centros de atractivo, como Culebra, que era impactable (sic), porque realmente es espectacular volar toda esa serranía, aterrizar ahí, tener contacto con la gente, con los nativos, es una experiencia que se aprovecha y se disfruta.

Parece que este señor decidió vendérselo a Cisneros, él iba como cliente a su campamento a pescar, entonces de repente le dice, oye vale, cómprame esto, y después de un análisis accede a comprarle una parte, para que él lo siga operando después, pero Cisneros por equis negociación al final, bueno, se quedó con todo. Y al llevar invitados como los que nombramos, obviamente él por su estatus de señor, de anfitrión con mucho dinero, obviamente se ve obligado a brindar una serie de seguridades y confort en las churuatas [viviendas indígenas, en este caso son imitaciones con otras condiciones]; estas no tienen aire acondicionado, pero tienen un ventilador, son impecables, y están a orillas del río, de repente con cierto confort mínimo, no es realmente un lujo, los pisos son de cemento con una pintura especial para superficies marinas, o sea no es una gran construcción, porque rompería pues con el paisaje.

La gente viene, quiere un ventilador, una cama, unas paredes limpias, y antes de entrar los huéspedes, hay una fumigación para evitar que un insecto equis los perturbe o afecte, porque son invitados y las señoras que van, que están pagando también, son turistas y merecen el mismo respeto. Entonces tienen que equiparla con personal confiable, con cierta seguridad y más nada. No es una cosa del otro mundo, es un ambiente natural, pero con un mínimo de seguridad, una planta eléctrica, un operativo, agua caliente, un ventilador, ese tipo de cosas… madera, techo de palma, paredes de bloque y tela metálica, no es una cosa blindada, no es un búnker…

La conversación se interrumpió porque llegaron unos clientes especiales en una lancha rápida, aunque ya Levis me había contado lo que quería saber. Como el río ha penetrado hasta el borde de la bodega, los posibles compradores saltan directamente desde la embarcación.

Al día siguiente embarcamos Orinoco abajo en un bongo, el doctor Ricardo, Darío, maestro cubano y asesor integral de las misiones educativas, Alicia y yo. Viajábamos además con el equipo de fútbol de La Esmeralda, porque el objetivo primario de aquella excursión de la que nos servíamos nosotros, era la de asistir a los Juegos Deportivos de los pueblos indígenas del Alto Orinoco, a celebrarse en Culebra.

Pasamos la primera noche en Acanaña, comunidad yekuana del río Cunucunuma, por el que nos desviamos en su encuentro con el Orinoco. En las comunidades indígenas yekuanas hay siempre una construcción circular de adobe o de bahareque que termina en pequeños troncos de madera, a modo de ventana corrida por la que entra el aire, antes de que se inicie el techo en forma de cono, de hojas de moriche o cucurito. El piso interior es de tierra, y no hay divisiones ni paredes, sólo troncos que circundan el espacio y lo atraviesan cada dos o tres metros, de manera que puedan colgarse la mayor cantidad de chinchorros. Es un chabono o chapono, y en él caben hasta cien personas. Esas construcciones suelen ser las más grandes de los poblados y se usan para albergar a los visitantes. En ellas dormimos durante el viaje, en chinchorros que nos prestaron la víspera. Ricardo y Darío traían los suyos de combate.

Antes de que cayera la noche del segundo día, luego de pasar unos peligrosos rápidos, arribamos a Culebra. ¿Cómo describir esa comunidad, sin que me tilden de exagerado? El bodeguero-guía de turismo la había calificado de espectacular. Tenía razón. Era una amplia llanura, es decir, una tregua de la selva, entre dos macizos montañosos y un río. Pero cuidado, no lo he dicho todo. Tengo los pinceles en la mano. Ya está el boceto, me falta ahora situar los detalles, darle color: el río es, ya lo dije, el Cunucunuma, que a esta altura se hace más estrecho y rojizo, por la cantidad de minerales que contiene. Para añadirle fuerza al paisaje, el río se arremolina justo a la entrada del poblado, y provoca una fina lluvia de sonidos y espantos. Cruzando el río, después de una breve espesura, en lontananza, grandes montañas cierran fila, y establecen los límites espaciales del cuadro. Se trata del Huachamacare. En el límite opuesto, del otro lado pero más cerca, otro grupo montañoso, el Duida. Tras sus altas e intrincadas montañas se halla La Esmeralda, pero ante la falta de vías terrestres de comunicación, hemos navegado durante dos días, siguiendo la caprichosa madeja de idas y venidas de los ríos Orinoco y Cunucunuma.

No puedo omitir el último, casi inverosímil detalle del paisaje, que en la descripción tal vez se torne excesivo o falso: ambos grupos montañosos ofrecen su propia cascada, como si compitieran en provocarnos el asombro mayor. La del cerro Duida, quizás por su cercanía, impactaba más. Los yekuanas habían seleccionado este lugar para vivir, y ya por ello, merecían respeto. Pero estaban siempre alertas. No había un jodido occidental, como yo, que instintivamente no pensara en un hotel. Los Cisneros, y sus príncipes y reyes burgueses, no se lo perdían desde luego.

El señor Francisco Díaz nos llevó en su curiara –pequeña embarcación en forma de canoa–, hasta su campamento turístico, muy cerca de la comunidad yekuana, pero lo necesariamente lejos como para que no tropezasen los dos mundos. Ya Levis me había contado de su existencia. Pequeñas construcciones de concreto y piso de cemento, que imitaban las viviendas circulares de la familia yekuana, con techo cónico de hojas de moriche, telas metálicas, ventiladores y camas, baños colectivos pero de azulejos, inodoros y duchas de agua caliente; restaurante con cocina de gas; el césped recortado y un espacio preparado para el juego de voleibol. Todo lo demás lo aportaba, gratis, la naturaleza.

Estuvimos en Culebra tres días. El doctor Ricardo fue el padrino de los Juegos. En la inauguración, los equipos desfilaron con sus uniformes de fútbol –aunque Venezuela es un país beisbolero, los indígenas que están más en contacto con el mundo occidental o criollo, son aficionados al fútbol, y lo juegan muy bien–, porque los pueblos pobres siempre sueñan y ahorran para tener sus uniformes locales (recuerdo a los kekchíes de una aldea guatemalteca, desprovistos de todo, en sus relucientes uniformes, con el nombre propio de cada jugador a la espalda y el de la aldea en el pecho).

Uno de los equipos competidores vivía en un poblado del interior de la selva, y sus integrantes habían caminado durante tres días para llegar a Culebra. El cacique o líder comunitario, habló en su lengua, y añadió algunas palabras al final en castellano. Entonces le cedió el puesto al doctor Ricardo para que este dejara inaugurado los Juegos. También Darío, el maestro, dijo unas palabras. Durante el día, mientras los muchachos competían, Ricardo abría su consulta y atendía una interminable cola de pacientes. Darío se reunía con los facilitadores de las misiones educativas: la Robinson I y II y la Ribas. La esposa del enfermero yekuana, nos permitía utilizar su hoguera casera de troncos para cocinar o calentar las pocas latas de conserva que traíamos, y que amenazaban con acabarse más pronto de lo que habíamos previsto.

La Revolución bolivariana incluyó la defensa de la cultura indígena por primera vez en la Carta Magna, pero el nuevo texto constitucional, paradójicamente, fue inicialmente rechazado en las comunidades del Alto Orinoco. Francisco Díaz, el dueño del campamento para turistas de Culebra, me había dicho:

Yo veo que este país fue sometido por Estados Unidos y vuelvo y repito que desde muchos años atrás, fíjate tú lo que ha pasado aquí con las misiones de ellos, ¿no? Y los yekuana quedaron culturizados totalmente con su religión, y lamentablemente ellos perdieron su cultura de verdad.

¿Usted es evangélico?

No, yo creo mi Dios, claro que participo en misiones así, pero no porque sea evangélico.

Hay muchos grupos de evangélicos norteamericanos aquí.

Sí, había, ya se van a ir. Ya se están arretirando (sic) porque además esta es una zona estratégica de la nación, y todo el mundo lo sabe que esta es una zona muy delicada, no puede permanecer un extranjero en una zona estratégica de Venezuela. Supuestamente, imagínate, cómo harías tú, tú no puedes hacer tu casa allá en Estados Unidos en cualquier parte, en un sitio de esos, y no permitirían esa vaina, nunca jamás en la vida, y eso hay que tenerlo en cuenta. Entonces bueno, como te digo yo nunca estuve apoyando americanos, su idea, su ideología, nunca, porque no me gusta la idea que tienen…

Pero para el doctor Ricardo, el proceso de aceptación de otras religiones es complejo, cree que en muchos casos se ha producido un sincretismo y en otros, simplemente, un aprovechamiento de las oportunidades materiales que las Nuevas Tribus ofrecen:

A pesar de que la iglesia católica es el tronco religioso más antiguo, yo diría que actualmente la iglesia evangélica le está ganado terreno en cantidad de creyentes, porque existen muchas, muchas comunidades donde predomina el evangélico. Pero se está haciendo, se podría decir, un sincretismo, un sincretismo religioso, ¿por qué? Porque el indígena a pesar de ser católico o de ser evangélico, nunca abandona sus creencias madres, o sea, el yekuana como tal está muy aferrado a la creencia de que estas tierras fueron creadas por su dios Wanabi, y que el hombre fue creado por Wanabi y ellos tratan de mantener sus costumbres, aunque no lo parezca, de conservar la tradición de lo que fue dicho por Wanabi. Entonces, en las comunidades yanomami sucede algo muy parecido, el dios de los yanomami es Puripuriwi, traducido al castellano quiere decir el dios luna, que según sus creencias fue el primer hombre que se convirtió en luna y subió al cielo, y que luego lloró lágrimas de sangre y por cada gota de sangre se formó un yanomami.

¿Qué significa adoptar una posición colonizadora en el mundo indígena? ¿Cómo evitar que el llamado mundo occidental, extranjero o nacional, cambie de forma compulsiva las tradiciones culturales del indígena y lo manipule políticamente? En Venezuela, como en cualquier país latinoamericano, existe la falsa creencia de que hacer política es hacer campaña electoral, y que adquirir conciencia, es identificarse con un determinado candidato coyuntural. Pero las misiones educativas no se conciben como instrumentos de compulsión electoral, sino como medio para incorporar nuevos conocimientos –también políticos, en su sentido amplio–, de conciencia revolucionaria, que permitan una verdadera toma de decisiones.

Felicita Tovar había aprendido a leer y a escribir en español, aunque no hablaba esa lengua con soltura (me entendía, pero prefería que un familiar tradujera lo que ella decía); la mayor ganancia de su paso por Robinson I, era de otra índole: su abrupta conciencia de ciudadana. Aquí los límites son precarios, porque históricamente los revolucionarios han obviado las peculiaridades del mundo indígena, basados en la creencia de que el conflicto central, decisivo, es el que se produce en el llamado “mundo civilizado”, entre obreros y capitalistas. En vez de “colonizadores malos” han sido –o han tratado de ser– “colonizadores buenos’ (y uso el término con toda intención provocadora): al procurar ciertos bienes inciden en (y transforman) sus tradiciones culturales. En Venezuela existe la posibilidad, y yo diría que la voluntad de superar esa omisión histórica. Los revolucionarios no son, ni pueden ser, evangelistas de signo inverso. Son muchas las preguntas que emergen de cualquier acercamiento al tema.

La incorporación de estos pueblos, históricamente marginados, a los beneficios de la modernidad (ya cargan con sus perjuicios) –entre otros, los de la medicina occidental–, no debe quebrar ni relegar sus tradiciones culturales. Pero ¿qué hacer? Cualquier acción “externa” incide en la conservación de las tradiciones, pero ¿deben seguir tomando agua del río, como lo han hecho desde tiempos remotos, aunque ello sea causa de enfermedades que provocan la muerte y que pueden ser prevenidas? La inmovilidad no es salud cultural, pero la sustitución violenta de valores y creencias es un virus letal para una cultura.

Para la antropóloga cubana Rosa María de Lahaye, el proceso de descolonización tiene una función primordial: “incluir de nuevo en la historia a los grupos colonizados como entes autónomos y crear la necesidad de una reestructuración del saber en ellos”. Una reestructuración del saber que parta de las necesidades propias.

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