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Imperialismo, hegemonía e ideología. Por Jorge Hernández Martínez

Imperialismo, hegemonía e ideología (Consideraciones teóricas sobre el caso de Estados Unidos)

La historia de Estados Unidos demuestra que las estructuras y contextos que han acompañado al desarrollo capitalista en ese país han condicionado una gran capacidad adaptativa del imperialismo contemporáneo, el cual ha sido capaz de realizar ajustes y reajustes que le han permitido absorber y superar los efectos recurrentes de sus propias crisis. En ese proceso han desempeñado un importante papel los componentes ideológicos que integran la cultura política norteamericana dominante. En la actualidad, dicho papel se verifica —toda vez que esa funcionalidad legitimadora continúa expresándose—, prolongándose el debate sobre el cuestionamiento de la hegemonía norteamericana (su crisis o restauración), bajo las cambiantes condiciones internacionales del siglo XXI.

El proceso histórico que se inicia después de la Segunda Guerra Mundial incluye, entre las principales tendencias que definen al sistema internacional, la consolidación hegemónica de Estados Unidos, el afianzamiento del bipolarismo geopolítico entre los dos sistemas opuestos (capitalismo y socialismo)  y el comienzo de la Guerra Fría. Así, el desarrollo del imperialismo norteamericano entra en una nueva etapa, adquiriendo dicho país un nuevo lugar y papel a finales de la década de 1940. Desde entonces Estados Unidos se ha convertido, entre crisis y recomposiciones, en la potencia más poderosa del orbe y en el líder del capitalismo mundial. Sus proyecciones geopolíticas desempeñan un rol fundamental en la restructuración global de las relaciones internacionales, al redefinir sus alianzas con los países que considera amigos, sus rivalidades con los que define como enemigos y sus intromisiones en las regiones en que se disputan entonces los nuevos espacios de influencia y control: los del llamado Tercer Mundo. El afán por la hegemonía es, desde ese tiempo, a través de la segunda mitad del siglo XX, el eje principal de la geopolítica imperialista. La ideología ha sido decisiva, como factor que reproduce, justifica, enmascara, manipula, amplifica, consolida, la narrativa hegemónica del imperialismo norteamericano. Lo sigue siendo, aún después del llamado “fin” de la Guerra Fría, en el decenio de 1990, y su papel se hace incluso más visible durante las dos primeras décadas del siglo XXI.

El presente trabajo expone reflexiones sobre ese entramado de interrelaciones desde una perspectiva teórica, apoyada en la ciencia política y la sociología, más con un formato ensayístico que investigativo, toda vez que no se trata de un abordaje empírico que interpele a la realidad estadounidense, respaldado por análisis estadísticos, cifras y datos de encuestas, sino de una breve incursión entre interpretaciones y conceptos. La interacción entre teoría e historia es la base del escrutinio realizado, cuyas consideraciones principales comprenden, como puntos de partida en unos casos y  de llegada en otros, las ideas siguientes:

  • Estados Unidos vive una crisis definida no solo por problemas y dificultades de carácter económico, sino por un complejo de contradicciones que abarca lo político, lo social, lo ideológico, lo cultural, lo ecológico, lo estratégico, que se manifiestan en una escala internacional compleja. Al decir de William Robinson, “no se trata de una crisis cíclica, sino estructural, una crisis de restructuración”, que “tiene el potencial de convertirse en una crisis sistémica”.[1] En este sentido, la crisis forma parte esencial de la propia dinámica de restructuración constante de la modernidad capitalista que lleva consigo el imperialismo contemporáneo.
  • En la actualidad, según lo explica David Harvey, las grandes contradicciones acumuladas durante el desarrollo histórico del capitalismo, ya no encuentran soluciones apegadas a sus racionalidades y mecanismos de articulación y funcionamiento tradicionales, y más aún, se enfrentan a situaciones que no parecen tener una salida satisfactoria dentro de los márgenes de acción posibles determinados por la propia lógica del capital y por las formas de funcionamiento del sistema mundial.[2]
  • En ese proceso de restructuración y búsqueda de soluciones, la tradición política liberal se agota, en la medida que pierde funcionalidad para la reproducción del imperialismo norteamericano, y se abren paso, de manera sostenida y creciente, tendencias ideológicas conservadoras y de derecha radical, con expresiones internas e internacionales, que naturalizan las relaciones sociales de dominación y cancelan las alternativas ante el poderío imperialista. Siguiendo a Gramsci y a Foucault, y asumiendo a Marx y Lenin, se trata de que la producción de concepciones del mundo, de imaginarios colectivos, están en la base de la producción de las relaciones de poder que componen la hegemonía. La producción ideológica se halla, así, en el centro mismo de la dinámica hegemónica del imperialismo, entendiendo que este último, como lo indica Samir Amin, “no es un estadío (ni siquiera el último) del capitalismo, sino que constituye su carácter permanente”.[3] Y esa ideología se aparta a pasos agigantados, desde hace cuatro décadas, de los valores y mitos de la democracia liberal burguesa representativa que ha acompañado al modo de producción capitalista y a la cultura nacional en ese país. Esa orientación ideológica presenta rasgos que la acercan al pensamiento fascista, ahondando ello las contradicciones con el sistema de valores y la simbología con que se asocia la fundación misma de la nación y se representa a Estados Unidos como modelo democrático universal.[4]

 

I

La definición que hizo Lenin del imperialismo hace más de un siglo estaba referida al contexto histórico de la Primera Guerra Mundial y a los años siguientes, cuando dicho fenómeno adquiría visibilidad y plenitud multidimensional, como resultado de la monopolización y del nacimiento del capital financiero, que dejaban atrás la época del capitalismo de libre competencia. Como lo precisó en su conocida obra El imperialismo, fase superior del capitalismo —cuyo título resumía lo fundamental de su comprensión—, el análisis que realizó se enfocaba sobre un período histórico específico, era principalmente teórico y se limitaba a sus rasgos económicos fundamentales, sin contemplar otros aspectos importantes, con lo cual indicaba que su aproximación no era exhaustiva.[5] Por eso mismo, toda vez que no se trataba de una definición acabada, es que su implicación metodológica, como guía para ulteriores indagaciones y como marco general, ha seguido siendo válida. A la vez, su caracterización estructural expuesta en El imperialismo y la escisión del socialismo ha mantenido su vigencia como articulación económica global, a pesar de los cambios que desde entonces han tenido lugar y de que, como todo fenómeno histórico, el imperialismo se ha transformado. Las expresiones concretas reales de los atributos que Lenin identificó han ido variando en consonancia con las diferentes condiciones históricas, más conservan actualidad sus puntos de partida:

El imperialismo es una fase histórica especial del capitalismo (…). La sustitución de la libre competencia por el monopolio es el rasgo económico fundamental, la esencia del imperialismo (…). El capital financiero es el capital industrial monopolista fundido con el capital bancario (…) se ha iniciado el reparto económico (…). La exportación del capital, a diferencia de la exportación de mercancías bajo el capitalismo no monopolista, es un fenómeno particularmente característico, que guarda estrecha relación con el reparto económico y político-territorial del mundo (…). Ha terminado el reparto territorial del mundo (de las colonias).[6]

Esta precisión no debe perderse de vista, ya que es frecuente encontrar interpretaciones unilaterales, economicistas, del enfoque leninista. Según lo advierten Petras y Veltmeyer, “la mayoría de los teóricos del imperialismo recurren a un tipo de reduccionismo económico en el cual se minimizan o ignoran las dimensiones políticas e ideológicas del poder imperial y se sacan de contexto categorías como las de inversiones, comercio y mercados, las cuales se presentan como entidades históricamente desencarnadas”.[7]

El proceso que sigue a la Segunda Guerra Mundial le imprime al imperialismo contemporáneo su fisonomía como sistema internacional que, sobre la base de tales rasgos, coloca su epicentro en Estados Unidos, exhibiendo una rápida consolidación de su hegemonía que desde entonces se manifiesta —entre rivalidades interimperialistas, contradicciones globales, competencias productivas y tecnológicas, conflictos bélicos y redes de alianzas—, con una definida proyección estratégica, ampliando su radio de influencia por los espacios más diversos: geográficos, económicos, políticos, militares, ideológicos, culturales, y en períodos más recientes, cibernéticos. En ese marco, tan importante como la identificación de los amigos y aliados del imperialismo norteamericano, son las percepciones de amenaza ante los que se consideran como enemigos, reales o no, en cuya construcción simbólica es determinante el papel de la ideología, como activo factor subjetivo.

En correspondencia con ello, la condición hegemónica de Estados Unidos, como expresión multidimensional que alcanza en el citado contexto posbélico, es integral y dinámica. Se manifiesta con ritmo creciente en los espacios mencionados, alcanzando su plenitud en menos de un decenio. Tanto al interior de la nación norteamericana como en sus relaciones externas impera un consenso que se materializa a través de una diversidad de aparatos ideológicos del Estado, que incluyen instituciones educativas y culturales, medios de comunicación, organizaciones sociales, cuyo accionar conjunto propicia dinamismo mediático-propagandístico, optimismo sociocultural, desarrollo de alianzas diplomáticas y militares internacionales, expansión ideológica y auge económico-financiero.

Las nuevas codificaciones acerca de la “amenaza”, que se estructuran bajo la Guerra Fría, sustituyen el peligro fascista por el comunista, erigiéndose la confrontación geopolítica en un mundo bipolar —entre el “Este” y el “Oeste”—, en la piedra angular de la política exterior norteamericana, en cuya narrativa se jerarquiza la importancia de defender la seguridad nacional, concebida como pretexto y función de la hegemonía internacional. Ese complejo y contradictorio proceso ideológico condiciona —y a la vez, es resultado de— una profundización creciente de la condición hegemónica de Estados Unidos o para expresarlo con mayor exactitud, del imperialismo norteamericano.  En la medida en que se afirma el consenso doméstico y exterior —aportando argumentaciones y justificaciones de aceptación general en la opinión pública—, se convierte en fuente de legitimidad de las políticas en curso, sin que aparezcan dentro de esa sociedad límites morales o legales trascendentes en su despliegue. Esa legitimación posee un valor agregado. Y es que el establecimiento y reproducción del consenso, toda vez que expresa los intereses de una clase dominante, es resultado de la legitimación ideológica del poder del Estado, impregnando la conciencia de las clases dominadas.

Se trata del consenso que necesita el imperialismo. En este sentido, se manifiesta la función de la ideología como mecanismo de poder, según lo concibe Foucault: el poder no es algo que se posee, sino que se ejerce. Para Foucault, el poder es ante todo despliegue de relaciones de fuerza, de dominación. Y la ideología es un instrumento poderoso de dominación cuando propicia o sella la creación de consenso, sin tener que apelar a la coerción.[8] Desde este punto de vista, se corrobora la interpretación gramsciana, según la cual la clase dominante ejerce su poder no solo por la coacción, sino porque logra imponer su visión del mundo a través de los mencionados aparatos ideológicos del Estado, que garantizan el reconocimiento y la internalización de su dominación por las clases dominadas. Se trata del proceso de conformación de consensos para asegurar su hegemonía, incorporando algunos de los intereses de las clases oprimidas y grupos dominados. La mejor expresión de la hegemonía, o su momento de mayor eficiencia, es cuando no necesita estar acorazada de coerción.[9]

Estas precisiones son relevantes en la medida en que en las condiciones del imperialismo contemporáneo, en la actuación interna y externa de Estados Unidos, tiende a ser más frecuente la dominación, y no resulta tan cotidiana la hegemonía. Según lo ha expresado Isabel Monal, “el mundo actual se encuentra en presencia de una nueva fase del imperialismo sumamente agresiva y de fuerte tendencia expansionista”.[10] Ello resulta lógico, ya que como señalara Lenin, “el viraje de la democracia a la reacción política constituye la superestructura política de la nueva economía, del capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo monopolista). La democracia corresponde a la libre competencia. La reacción política corresponde al monopolio (…). Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo tiende por igual a conculcar la democracia, tiende a la reacción”.[11]

Al producirse el llamado “fin” de la Guerra Fría, a comienzos de la década de 1990, el término de imperialismo había prácticamente desaparecido del lenguaje periodístico, académico, partidista y gubernamental. Como lo señalara Atilio Borón:

El desvanecimiento de la problemática del imperialismo y su desaparición del horizonte de visibilidad de los pueblos era un síntoma de dos cosas. Por un lado, del irresistible ascenso del neoliberalismo como ideología de la globalización capitalista en las últimas dos décadas del siglo pasado. Por el otro, síntoma de las notables transformaciones acaecidas a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial que ponían en cuestión algunas de las premisas mismas de las teorías clásicas del imperialismo, formuladas por Hobson, Hilferding, Lenin, Bujarin y Rosa Luxemburgo”.[12]

Desde que comienza la actual centuria, existe en Estados Unidos un renovado sistema de dominación imperialista ajustado a las circunstancias cambiantes del sistema-mundo, que difiere bastante del que existía en la época en que Lenin caracterizó al imperialismo, en los primeros decenios del siglo XX. Teniendo en cuenta el condicionamiento histórico de todo proceso social, está claro que el imperialismo no es un fenómeno inmutable. Por tanto, en el siglo XXI se trata de otra realidad, definida por los efectos acumulados de dos guerras mundiales, de varias fases en el desarrollo de revoluciones científico-técnicas, de profundos cambios políticos y culturales, acompañados de la globalización neoliberal, entre otros fenómenos que han transformado al modo de producción capitalista, impulsando nuevas relaciones sociales y desarrollando las fuerzas productivas. El auge del pensamiento único (bajo la confluencia ideológica del neoliberalismo, el posmodernismo, y de un renovado irracionalismo filosófico), conlleva una narrativa concentrada en la globalización y la posmodernidad, centrada más en visiones apocalípticas sobre el fin del mundo que en el fin del capitalismo. Con ello se deja un lado al imperialismo, como algo anacrónico.

El imperialismo sigue vigente. Ha cambiado, pero sigue siendo imperialista. Más allá de ciertas modificaciones en su morfología, sus componentes o rasgos estructurales, en esencia, son los mismos: los grandes monopolios de alcance transnacional y base nacional, fruto de la elevada concentración de la propiedad, y del capital, junto a los gobiernos de los países metropolitanos o potencias imperialistas; las instituciones financieras internacionales, que integran una arquitectura mundial; los procesos de exportación de capitales, en interacción con una tendencia recíproca y complementaria, a partir de la cual el imperialismo también recibe los efectos importadores; y la continuidad del proceso geopolítico y geoeconómico, relacionado con el control de territorios, mercados, materias primas e inversiones. Por su diseño, propósito y funciones, esos elementos no hacen sino otra cosa que reproducir, consolidar y perpetuar la vieja estructura imperialista. Su lógica de funcionamiento no es la misma desde el punto de vista de la forma, pero en cuanto a sus contenidos y esencia sí lo es. Como también lo es la ideología que justifica su existencia, los actores que la dinamizan y los resultados de las relaciones de dominación y hegemónicas, de opresión, explotación y control que promueve. En este sentido, la práctica imperialista es, por definición, profundamente geopolítica. El sistema de dominación que construye no puede sino desarrollarse a partir del ejercicio del poder en todos los espacios, incluyendo en el siglo XXI, de manera prioritaria, el ideológico, el cultural y el cibernético. Más allá de los territorios y los océanos, la conquista de las mentes y los corazones se inserta en el centro mismo de la disputa hegemónica actual.

Según lo han analizado autores como Samir Amin, Noam Chomsky y Perry Anderson, se ha venido produciendo una centralización muy marcada y pronunciada en la estructura o configuración mundial del imperialismo, cuyo centro de gravedad se ha desplazado hacia Estados Unidos. En este sentido, en la actualidad, el imperialismo tiene una ubicación espacial, en términos geopolíticos: se localiza en dicho país. Y se caracteriza por una serie de rasgos, entre los cuales se incluyen: la militarización del sistema internacional para preservar el orden mundial capitalista; la creciente tendencia a recurrir a la violencia en un sentido integral (psicológica, física, diplomática, política, comercial, militar) para el control de los recursos y posiciones estratégicas; la concentración económica y la tiranía de los mercados financieros; la centralidad de la ideología como factor indispensable que complementa y completa la diversidad de instrumentos que garantizan la hegemonía imperialista.[13] El trasfondo de ese accionar lo conforma la estructura de poder que en Estados Unidos abarca una compleja constelación de instancias y sujetos, tanto del sistema político como de la economía y la sociedad civil: departamentos y agencias de la rama ejecutiva; cámaras, comités y subcomités de la legislativa; grupos de la oligarquía financiera, como núcleo de la burguesía monopólica; corporaciones industriales; centros de pensamiento; asociaciones y organizaciones sociales que operan como grupos de interés y presión. Esa estructura se proyecta en todos los ámbitos relevantes, a nivel interno y externo, para el ejercicio del poder y la consolidación hegemónica, como los de las altas finanzas, los medios de comunicación, la seguridad y la defensa.

 

II

Aunque, en rigor, la condición hegemónica de Estados Unidos se expresa históricamente cual fenómeno total solo durante el período que transcurre aproximadamente entre 1950 y 1960 —una vez que luego del inmediato reajuste que sigue al fin de la guerra quedan definidas y establecidas las estructuras sobre las cuales se alza aquella sociedad en su nueva etapa de auge—, es usual que en la literatura especializada de ciencias sociales y estudios internacionales, así como en las publicaciones periodísticas, se haga referencia a la hegemonía norteamericana de manera indistinta al tratarse prácticamente cualquier etapa posterior, hasta finales de la década de 1970. Ahí surge el debate acerca de la crisis y la recomposición hegemónica, el cual renace a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, relacionándose por lo general con episodios de crisis.

En el contexto descrito, hablar de hegemonía, en opinión de Néstor Kohan, se ha vuelto algo tan común en el lenguaje académico y político en los últimos años que, a menudo, la palabra misma parece correr el riesgo de trivializarse.[14] Si bien la hegemonía adquiere una renovada presencia en el pensamiento social, a veces se desdibujan sus contornos teóricos, asumiéndosele más desde el punto de vista terminológico que conceptual.[15] En otras ocasiones, se aborda la hegemonía desde una perspectiva reduccionista, mecanicista, simplificadora, que remite al positivismo y al marxismo dogmático. En ambos casos se pierden de vista tanto la esencia de la misma como alguna de sus diversas dimensiones. Y también se suele obviar el entramado de cuestiones en el que ella se inserta, sin cuya consideración su análisis se empobrece o mutila. La hegemonía no puede comprenderse sino en su entrelazamiento dialéctico con otras cuestiones, como las concernientes a la legitimidad y el consenso, configurando fibras de un mismo tejido ideológico y político.

El tema de la hegemonía es de los que sobresale en buena parte de la reflexión contemporánea acerca del poder y la dominación imperialistas, que no pueden obviar su encarnación concreta en la política estadounidense. Abordada fundamentalmente desde la filosofía, las ciencias políticas y la sociología, “lo más común ha sido (y continúa siendo) la reducción de la cuestión de la hegemonía al espacio de lo superestructural”.[16] Con ese enfoque, se participa de una concepción idealista sobre la sociedad y la política, limitándose la comprensión del poder al ámbito de las representaciones ideológicas, conscientes e individuales. Así, para producir y establecer las ideas que fundamentan y sostienen el ejercicio del poder de la clase dominante, sería suficiente con disponer de la voluntad de dicha clase. Y, a la vez, en la medida en que se asume la superestructura con total independencia de la base, la hegemonía se limita a la esfera ideológica, a una condición de falsa conciencia, bajo una concepción mecanicista, que desconoce el carácter orgánico de la relación entre lo político y lo económico, separando de forma metafísica ambos espacios. Ello implica abandonar la visión sistémica, holística, totalizadora. De ahí la importancia de retener la insistencia de Marx y de Gramsci sobre el enfoque sistémico, a la hora de abordar el modo de producción capitalista. Ese enfoque es el que “nos permite superar las concepciones voluntaristas y economicistas del marxismo vulgar y plantearnos la tarea fundamental en la interpretación acerca de la política y del Estado, establecer el nexo histórico-genético entre el nivel político institucionalizado y el conjunto específico de un modo de producción, en este caso, el capitalista”.[17]

El concepto de hegemonía tiene una reiterada presencia en los estudios sobre el imperialismo norteamericano, enfatizándose generalmente su dimensión económica y militar. Ello se manifiesta en los análisis sobre  procesos estructurales y política exterior. Ahí surge la polémica acerca de la pujanza o crisis de la economía norteamericana, su capacidad competitiva, superioridad o debilidad frente al resto de las potencias capitalistas, junto al tema de la capacidad y fortaleza tecnológica y militar, en un escenario mundial como el actual, donde Estados Unidos ha impuesto unilateralmente (en ocasiones apelando a alianzas o coaliciones) su dominación y hegemonía.  Empero, el tema dista mucho de estar agotado.[18]

Como lo sugiere Marco A. Gandasegui, hijo, se trata de un concepto de vieja presencia en el pensamiento social, que recibe tratamientos heterogéneos. En sus palabras, se trata de un asunto que “tiene una larga historia que se inicia con los griegos antiguos y pasa por Lenin (…). La noción de hegemonía no puede desentenderse, en la actualidad, de conceptos como globalización y neoliberalismo. Estas nociones han dominado los trabajos teóricos de los científicos sociales en los últimos decenios. Igualmente, el concepto de imperialismo ha retornado con fuerza al estudiar  el mundo a principios del siglo XXI”.[19]

Desde el pensamiento crítico ha ganado cuerpo el enfoque que hace suyo el significado de la dimensión cultural cuando se aborda el estudio de la hegemonía. Se retoma la interpretación gramsciana, al advertirse que el ejercicio hegemónico se completa precisamente en la esfera de la cultura, y al destacar la importancia de la legitimación ideológica del consenso, que refuerza al resto de las dimensiones o esferas, como la económica, la política o la militar.

 

III

En su definición tradicional, el concepto de hegemonía se refiere a la dirección política o dominación, especialmente en las relaciones entre las clases y entre los Estados. Gramsci distingue entre dominio y hegemonía, entendiendo al primero expresado en formas directamente políticas, que en tiempos de crisis se tornan coercitivas; y al segundo como una expresión de la dominación, pero desde un “complejo entrecruzamiento de fuerzas políticas, sociales y culturales”. Para Raymond Williams, la hegemonía es esto, o sea, “las fuerzas activas sociales y culturales que constituyen sus elementos necesarios”. Según este autor, la cultura se concibe como un “proceso social total”, y se considera que la hegemonía es más amplio que el concepto de cultura, que la sobrepasa, en tanto relaciona a este proceso con las distribuciones específicas del poder y la influencia dentro de una sociedad global dada.[20]

De este modo, el concepto de hegemonía, a partir de su dimensión cultural, revoluciona la forma de entender la dominación y la subordinación en la sociedad contemporánea. Si bien es cierto que los que detentan la dominación material son también los que ejercen la dominación espiritual, lo que resulta decisivo no es solamente el sistema consciente de creencias, significados y valores impuestos —es decir, la ideología dominante—, sino todo el proceso social vivido, organizado prácticamente por estos valores y creencias específicas.

La ideología constituye un sistema de significados, valores y creencias relativamente formal y articulado; en su definición, se parte de una abstracción, que la concibe como una concepción universal o una perspectiva de clase. El concepto de hegemonía constituye el soporte, desde el punto de vista teórico, cuando se trata de penetrar el grueso tejido que recubre la sociedad norteamericana y que se expresa mediante la cultura política.[21] Cuando se habla de que Estados Unidos se halla en una crisis —real o aparente, estructural o coyuntural—, generalmente se trasciende la visión que la circunscribe a una dimensión económica o financiera, y se le entiende también desde una perspectiva global, tomando en consideración sus dimensiones políticas, ideológicas y culturales. Si se tiene en cuenta que la hegemonía supone la capacidad de crear símbolos, es entonces en la cultura política donde se manifiesta de modo más visible la crisis de hegemonía global de ese país, así como la aparente pérdida de su legitimidad interna.

La hegemonía, por su parte,  es expresión de la capacidad de dominación a través de la ideología, pero entendida esta “como una práctica social auténtica y habitual, que debe abarcar no solo lo que los individuos se representan conscientemente, sino también las dimensiones inconscientes y no articuladas de la experiencia social de las personas, además del funcionamiento de las instituciones existentes”. En tales términos, la hegemonía es ejercida, según ya se ha señalado, mediante los aparatos ideológicos del Estado; incluye a la ideología, pero no se  reduce a ella; se refleja en niveles de consenso que legitiman los intereses de las clases dominantes. Desde este punto de vista, se puede compartir el criterio de que “luego de la crisis de los años setenta, estamos en presencia de una recomposición de la hegemonía norteamericana en el terreno militar, económico, político y social”.[22]

La interrelación entre cultura, hegemonía e  ideología, las resume Williams:

Hegemonía es un concepto que, a la vez, incluye (y va más allá de) los dos poderosos conceptos: el de cultura, como proceso social total en que los hombres definen y configuran sus vidas, y el de ideología, en cualquiera de sus sentidos marxistas, en la que un sistema de significados y valores constituye la expresión o proyección de un particular interés de clase. El concepto de hegemonía tiene un alcance mayor que el concepto de cultura, por su insistencia en relacionar el proceso social total con las distribuciones específicas del poder y la influencia. Es en este reconocimiento de la totalidad del proceso donde el concepto de hegemonía va más allá que el de ideología.

Para el caso específico de Estados Unidos, existe una amplia gama de matices y enfoques en la evaluación del momento hegemónico actual de dicho país —en proceso de transición, reacomodo, crisis, entre los finales del siglo XX y el primer decenio del XXI—, que requiere analizar en su conjunto ese trípode, como lo explica Williams. O examinar, según Boaventura de Sousa Santos, la totalidad del aparato hegemónico toda vez que tiene lugar una rearticulación del consenso, que se remueve la hegemonía, se cuestiona la legitimidad,  registrándose contradicciones en la cultura política tradicional norteamericana.

Ana Esther Ceceña ha llamado la atención sobre el necesario reconocimiento de tales matices, al sostener que “la hegemonía estadounidense está en decadencia al mismo tiempo que se encuentra más fuerte y consolidada que nunca antes en la historia”. Para Emir Sader, “Si Estados Unidos mantiene su superioridad en el plano económico, tecnológico, político y militar, aún con debilidades, se mantiene como la única superpotencia, aquella cuyos intereses y acciones afectan prácticamente a todos los rincones del mundo. El debilitamiento de la hegemonía estadounidense apunta hacia un período más o menos largo de turbulencias, de inestabilidades, de prolongada crisis hegemónica”. Para Immanuel Wallerstein, “hay mucha diferencia en el análisis de la situación: si Estados Unidos es hegemónico o si resulta ser un poder hegemónico en declive o, si en el futuro, no será de ninguna manera hegemónico”. Según Giovanni Arrighi, “Estados Unidos domina, pero sin hegemonía”.[23]

 

IV

Estados Unidos enfrenta en el presente siglo una situación en la que coinciden varias crisis (económica, diplomático-militar y político-ideológica doméstica). A finales de los años de 1970 ya existían manifestaciones de esas crisis, que el presidente Carter intentó enfrentar desde una perspectiva liberal antes de perder, frente a Reagan, las elecciones de 1980. Esta derrota reforzó la percepción de que resultaba imposible ensayar políticas que no fueran claramente de corte conservador, que garantizasen el modelo de hegemonía mundial imperialista necesaria y deseable para la clase dominante y su elite de poder. Ello limitaba la capacidad hegemónica del imperialismo norteamericano. La Revolución Conservadora apeló a todos los medios para superar la crisis de hegemonía de entonces.

Paul Kennedy estudió varias de las grandes potencias que llegaron a tener una posición similar a la de Estados Unidos en el pasado y llegó a la conclusión de que todas entraron en una situación de “sobredimensionamiento imperial” antes de iniciar su inevitable período de declinación, aplicándola al caso de dicho país:

Aunque Estados Unidos está en la actualidad todavía en una categoría por sí solo económica y quizás militarmente, no puede evitar enfrentar los dos grandes retos que desafían la longevidad de cada gran potencia que ocupa la posición “número uno” en asuntos mundiales: si, en el terreno estratégico/militar, puede mantener un equilibrio razonable entre los requerimientos nacionales de defensa percibidos y los medios que posee para mantener esos compromisos; y si, como una cuestión íntimamente relacionada, puede conservar las bases tecnológicas y económicas de su poderío de la relativa erosión resultante de los siempre cambiantes patrones de producción global. Este reto a las habilidades estadounidenses será mayor porque, como la España imperial alrededor de 1600 o el Imperio británico alrededor de 1900, Estados Unidos es el heredero de una inmensa serie de compromisos estratégicos que se habían hecho décadas antes, cuando la capacidad política, económica, y militar de la nación de influir en asuntos mundiales parecía tanto más asegurada. En consecuencia,  la nación enfrenta actualmente el riesgo, tan familiar para los historiadores del auge y caída de las grandes potencias anteriores, de lo que podría llamarse gruesamente “sobredimensionamiento imperial”: esto es decir, los tomadores de decisiones en dicho país deben enfrentar el incómodo y perdurable hecho de que la suma total de los intereses y obligaciones globales de Estados Unidos es hoy día mucho mayor que el poder del país para defenderlos todos simultáneamente.[24]

Con posterioridad, la situación de la nación sería similar, o peor. Pero ello no quiere decir que el imperialismo norteamericano vaya a desembocar irremediablemente en el inicio de un proceso de decadencia y disolución. La historia también demuestra que mientras algunas grandes potencias siguieron ese camino, como la España imperial, otras, como el Imperio británico, lograron maniobrar y producir un proceso de transformaciones relativamente manejable. Ese es el reto que han tenido los gobiernos norteamericanos anteriores en este siglo, y es el que enfrenta hoy la actual Administración Trump.

En Estados Unidos se habían creado las condiciones objetivas y subjetivas propicias para el desarrollo de un modelo de capitalismo de libre mercado que ha venido imponiéndose, con el concurso ideológico de los resortes culturales, académicos y comunicacionales, compulsando a naciones aliadas y subordinadas a adoptarlo.  Estas condiciones obedecen a la combinación entre las ambiciones de expansionismo inicial convertidas en imperialismo a partir de finales del siglo XIX defendida por las elites de negocios y gubernamentales, difundida y amplificada por los resortes aludidos.

Ese rasgo del capitalismo norteamericano y de su posterior conversión en imperialismo es decisivo para entender cómo, en una nación que sigue siendo formalmente democrática —en el sentido liberal burgués tradicional, representativo—, la élite de poder gobernante, cual corazón de la oligarquía financiera, ha logrado el apoyo de amplios sectores socialmente subordinados que han sostenido el proyecto imperial salvo en algunas raras ocasiones, so pretexto de que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades. Transformar el imperio norteamericano en un “imperio de consumo” ha sido un objetivo clave, alcanzado a mediados del siglo pasado a un costo significativo que la nación ha logrado trasladar a sus aliados y adversarios.

Como señalara Andrew Bacevich, “para la mayoría de los norteamericanos, la esencia de vida, libertad y la búsqueda de la felicidad se centra en una implacable avidez personal por adquirir, consumir, disfrutar, y desembarazarse de cualquier restricción que pueda interferir con ese empeño”.[25] Así, la ideología cumplía un relevante rol de legitimación. En el imaginario del ciudadano medio norteamericano, la libertad se convirtió en sinónimo de abundancia y la abundancia estuvo vinculada a la “defensa de la libertad”.

Esta peculiaridad del desarrollo del entramado ideológico del imperialismo estadounidense explica en gran medida la facilidad con la cual, a fines de la década de 1960 y principios de la de 1970 los ideólogos del neoliberalismo lograron hegemonizar el discurso e imponer sus ideas económicas. David Harvey lo explicaba así:

Para que cualquier forma de pensamiento se convierta en dominante tiene que presentarse un aparato conceptual que sea sugerente para nuestras intuiciones, nuestros instintos, nuestros valores y nuestros deseos, así como también para las posibilidades inherentes al mundo social que habitamos. Si esto se logra, este aparato conceptual se injerta de tal modo en el sentido común que pasa a ser asumido como algo dado  no cuestionable. Los fundadores del pensamiento neoliberal tomaron el ideal político de la dignidad y de la libertad individual como pilar fundamental que consideraron “los valores de la civilización”. Realizaron una sensata elección, ya que efectivamente se trata de ideales convincentes y sugestivos. En su opinión, estos valores se veían amenazados no solo por el fascismo, las dictaduras y el comunismo, sino por todas las formas de intervención estatal que sustituían con valoraciones colectivas la libertad de elección de los individuos. La idea de la libertad, inserta en la tradición estadounidense desde hace largo tiempo, ha desempeñado un notable papel en los Estados Unidos en los últimos años.

Desde el punto de vista ideológico, la espiral conservadora en expansión es el fenómeno que acompaña hasta la segunda década del presente siglo la obsesión por la hegemonía. Bajo Administraciones demócratas, sus expresiones se sumergen o mantienen de modo latente, en tanto que con las republicanas afloran a la superficie, se tornan manifiestas. Este auge ideológico implica un agotamiento del liberalismo tradicional, y trasciende el patrón conservador habitual, alcanzado definiciones profundas como tendencias de un extremismo de derecha radical, con ribetes totalitarios y fascistas. Sheldon S. Wolin, calificaría ese fenómeno como un “fascismo invertido”, argumentando que Estados Unidos se  convirtió en una “democracia administrada”, en una forma política en la cual los gobiernos son legitimados por elecciones que han aprendido a controlar, ante “una ciudadanía políticamente desinteresada y sumisa”.[26] Para este autor, se trata de un  totalitarismo invertido, entendido como régimen aparentemente democrático que aplica medidas totalitarias, con el pretexto de combatir enemigos. Ello es extensivo a la situación actual que vive Estados Unidos, con Trump.[27]

Otros puntos de vista ilustrativos de ese proceso ideológico funcional a la hegemonía imperialista norteamericana, son el de Thomas Frank, para quién los conservadores se han concentrado en eliminar del país todo pensamiento u opción política que sea liberal, progresista o de izquierda;[28] y el de Kevin Philips, al señalar las amenazas que para el sistema significa la articulación de una coalición reaccionaria centrada en la derecha religiosa evangélica, los intereses petroleros y los círculos financieros especuladores.[29]

Sobre la base de todo lo expuesto, es posible formular, como reflexión final —no como conclusión, sino más bien como hipótesis a desarrollar en aproximaciones ulteriores—, que Estados Unidos enfrenta desde los últimos cuarenta años contradicciones culturales que son consustanciales a la crisis de hegemonía que acompaña al imperialismo, en cuyo desenvolvimiento se agudiza el contrapunto entre el liberalismo tradicional y un conservadurismo ligado al extremismo de derecha radical, con manifestaciones ideológicas claras en la teoría y la práctica política, como parte de las nuevas búsquedas y reajustes dirigidas a la superación o salida de dicha crisis.

A partir de las consideraciones que se han venido exponiendo, cabría preguntarse, si en ese reajuste, ¿necesita el capitalismo estadounidense de una cosmovisión, de una ideología, de un proyecto nacional fascista?

La necesidad de recurrir al fascismo cae en el terreno subjetivo. No se trata de si objetivamente el imperialismo en Estados Unidos está necesitado de él, sino de si la élite de extrema derecha o una fracción decisiva dentro de ella perciben la necesidad de un cambio dramático en el sistema. De alguna manera, existe hoy una percepción así, según se manifiesta en las consignas de Trump, America First y Make America Grat Again, orientadas a promover cambios de tal naturaleza. De ello no hablan sus ideólogos, como Huntington, Brzezinski, Kissinger.

En ese trayecto, el imperialismo apela a codificaciones culturales de raíz fascista, muy visibles con Trump, para reparar, consolidar y reproducir la hegemonía. Con ello, más que un camino, queda abierto un laberinto lleno de conflictividad. Como indicara Eliades Acosta, “cuando la cultura se utiliza de manera utilitaria y oportunista, de lo que se trata en el fondo es de disfrazar a estrategias de dominación, coerción y penetración que no son culturales, sino económicas, políticas y militares”.[30] Al terminar la segunda década del siglo en curso, los problemas que encara el imperialismo norteamericano para reparar las grietas en su sistema de dominación —en un mundo en disputa geopolítica, de rivalidades interimperialistas y lucha de clases, donde compiten otras potencias, con un Tercer Mundo en efervescencia—, la hegemonía estadounidense necesita tales disfraces. El dilema consiste en que las narrativas culturales de hoy, basadas en las consignas de Trump, no garantizan la efectividad de las manipulaciones en el esfuerzo por justificar y presentar al imperialismo con un nuevo y endurecido rostro, que descarte el ideario fundacional que ofrecieron los Padres Fundadores y la emblemática imagen de Tocqueville sobre Estados Unidos, como paradigma de la democracia.

[1] William I. Robinson: Una teoría sobre el capitalismo global. Producción, clase y Estado en un mundo transnacional, Siglo XXI Editores, México, 2013, p. 10.

[2] David Harvey: El enigma del capital y la crisis del capitalismo, Ediciones Akal, Madrid, 2013.

[3] Samir Amin: “Capitalismo, imperialismo, mundialización”, en José Seoane y Emilio Tadeei (Compiladores),  Resistencias mundiales (De Seattle a Porto Alegre), Ediciones CLACSO, Buenos Aires, 2001.

[4] Jorge Hernández Martínez: “Rearticulación del consenso y cultura política en Estados Unidos (Reflexiones e hipótesis sobre la era Trump)”, en Casandra Castorena, Marco A. Gandásegui (hijo) y Leandro Morgenfeld (Editores), Estados Unidos contra el mundo: Trump y la nueva geopolítica, Ediciones CLACSO, Buenos Aires, 2018.

[5] Vladimir Ilich Lenin: El imperialismo, fase superior del capitalismo, Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1968.

[6] Vladimir Ilich Lenin: “El imperialismo y la escisión del socialismo”, en Obras Escogidas en 2 Tomos, Tomo 2, Editorial Progreso, Moscú, 1974. Verificar fecha

[7] James Petras y Henry Veltmeyer: “Repensar la teoría imperialista y el imperialismo norteamericano en Latinoamérica”, en John Saxe Fernández (Editor): Crisis e Imperialismo, UNAM, México, 2012.

[8] Michel Foucault: Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Alianza Editorial S.A., Madrid, 2001.

[9] Antonio Gramsci: Antología. Editorial Siglo XXI, México, 1976.

[10] Isabel Monal: “Aproximaciones el imperialismo actual”, en Colectivo de autores (Compilación Marx Ahora), El imperialismo de estos tiempos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2017, p. 104.

[11] Vladimir Ilich Lenin: “El imperialismo y la escisión del socialismo”, en Obras Escogidas en 2 tomos, Tomo 2, Editorial Progreso, Moscú, 1974, p. 34.

[12] Atilio Borón: “Hegemonía e Imperialismo en el sistema Internacional”, en Atilio A. Borón (Compilador), Nueva hegemonía mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales,  CLACSO/Libros, Buenos Aires, 2004.

[13] Jorge Hernández Martínez: Estados Unidos y la lógica del imperialismo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2011.

[14] Néstor Kohan: Fetichismo y hegemonía en tiempos de rebelión, Editorial de Ciencias Sociales, Colección Rebeliones, La Habana, 2005

[15] Nicos Poulantzas: Hegemonía y dominación en el Estado moderno, Cuadernos de Pasado y Presente/48, Córdoba, 1975.

[16] Jorge Luis Acanda: Traducir a Gramsci, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.

[17] Jorge Luis Acanda: ob. Cit.

[18] Jorge Hernández Martínez: Estados Unidos: hegemonía, cultura política y seguridad nacional, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2010.

[19] Marco A. Gandasegui, hijo (Coordinador): Crisis de hegemonía en Estados Unidos, Libros CLACSO-Siglo XXI, México, 2007.

[20] Raymond Williams: “La Hegemonía”, en Marxismo y literatura, Editorial Península, Barcelona, 1980.

[21] Raymond Williams: ob. Cit., p. 131.

[22] Atilio Borón: ob. Cit.

[23] Jorge Hernández Martínez: Estados Unidos y la lógica del imperialismo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2011.

[24] Paul Kennedy: The Rise and Fall of Great Powers: Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000, Random House, New York, 1987.

[25] Andrew J. Bacevich: The Limits of Power: The End of American Exceptionalism, Metropolitan Books, Henry Holt & Company, 2008.

[26] Sheldon S. Wolin: Democracy Incorporated: Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism, Princeton, Princeton University Press, 2007.

[27] Jorge Hernández Martínez: “Estados Unidos en transición. El trumpismo entre procesos electorales y ciclos históricos”, en Huellas de Estados Unidos, No. 12, Abril, Cátedra de Historia de Estados Unidos, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Buenos Aires, 2017.

[28] Thomas Frank: What’s the Matter with Kansas? How Conservatives Won the Heart of America, New York, Metropolitan Books, 2004.

[29] Kevin Philips: American Theocracy: The Peril and Politics of Radical Religion, Oil, and Borrowed Money in the 21st Century, Viking, New York, 2006.

[30] Eliades Acosta Matos: Imperialismo del siglo XXI: las guerras culturales, Ediciones Abril, La Habana, 2009.

 

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