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Colonialismo 2.0 en América Latina y el Caribe: ¿Qué hacer? Por Rosa Miriam Elizalde

¿Cómo proyectamos una imagen de futuro de la izquierda en estas ciudadanías etéreas que produce el colonianismo 2.0, capaces de movilizarse por el maullido de un gato, pero anestesiadas frente a la muerte o el hambre de millones de seres humanos? ¿Cómo nos comunicamos con los jóvenes que tienen incorporados en su ADN la cultura digital? ¿Cómo hacemos para que la política no sea una abstracción o un bostezo?

Desde la década del noventa del siglo pasado, Herbert I. Schiller daba por sentado la existencia de un “Imperio Norteamericano Emergente”, cuyos misioneros viven en Hollywood. “Es un imperio con un mínimo de substancia moral, pero Hollywood es solo la zona más visible de ese imperio. Existe ya una amplia y activa coalición de intereses gubernamentales, militares y empresariales que abarcan las industrias informáticas, de la información y de medios de comunicación. La percepción del mundo que tienen estos actores es decididamente electrónica”.[1]

En 1993 se instauró en Estados Unidos la política para el desarrollo de la infraestructura de la información nacional (NII)[2] y desde ese momento la industria corporativa de la comunicación respondió a las prometedoras oportunidades con un frenético proceso de fusiones y concentraciones, acumulando recursos y capital en enormes compañías. Estas fueron acompañadas por una serie de subastas precipitadas del espectro radiofónico, ganadas por los gigantes de las telecomunicaciones. Una vez aseguradas estas condiciones materiales, con los gigantes de la comunicación del sector privado preparados y alentados para explotar al máximo las recién nacidas redes digitales, se crearon las condiciones para cumplir lo que el jefe de Operaciones del Atlántico de Estados Unidos, Hugh Pope declaró en 1997: “El mensaje es que no hay nación sobre la faz de la tierra a la que no podamos llegar”.[3]

Nunca fue más imperial Estados Unidos que cuando se convirtió en zar de Internet y nos impuso un modelo de conectividad dependiente de las lógicas del mercado y la depredación ecológica, que codifica las relaciones humanas, las transforma en datos y, por tanto, en mercancías que producen valor. Los datos aislados no dicen nada, pero la enorme masa de datos agregados en una plataforma adquiere un valor inusitado y controversial, en una sociedad que transita aceleradamente de la producción y comercio de bienes y servicios físicos hacia los servicios digitales.

La nueva e intensa concentración comunicativa y cultural es mucho más global que la de las industrias culturales transnacionales o nacionales que conocíamos. Una sola empresa privada de Estados Unidos, por ejemplo, decide cómo gasta un cuarto de la población mundial cerca de 50 millones de horas diarias.[4] Su valor diferencial es que crecen los usuarios a ritmos vertiginosos con tasas gigantescas, no solo en números brutos sino en densidad y alcance.

Cuatro de las cinco aplicaciones más usadas en los celulares del mundo —Facebook, Instagram, Whatsapp y Messenger— pertenecen a la empresa fundada por Mark Zuckerberg y recaban datos monetizables permanentemente. En el primer trimestre de 2018 y a pesar de los escándalos de los últimos tiempos y los explotes en la bolsa de Wall Street, Facebook facturó 11 790 millones de dólares, casi 4 000 millones más (un 49%) que hace un año. De ese total, cerca del 98,5 % proviene de la publicidad.[5]

Google, por su parte, realiza cerca del 92% de las búsquedas en Internet, un mercado valorado en más de 92 000 millones de dólares.[6] Las 10 empresas más poderosas y ricas del mundo —cinco de ellas en el negocio de las telecomunicaciones— tienen unos ingresos conjuntos que suman 3,3 billones de dólares, lo que equivale al 4,5% del PIB mundial. Apple sola tiene un valor similar al del PIB de 43 países africanos (un billón de dólares). De hecho, solo hay 16 países con un PIB igual o superior al valor del mercado actual de Apple, según datos del Banco Mundial.[7]

En la actualidad hay pocas instituciones públicas a nivel nacional o global que puedan enfrentar estos monstruosos poderes transnacionales, que han alterado dramáticamente la naturaleza de la comunicación pública. No existe Estado-nación que pueda remodelar la red por sí solo ni frenar el colonialismo 2.0, aún cuando ejecute normativas locales de protección antimonopólicas e impecables políticas de sostenibilidad en el orden social, ecológico, económico y tecnológico. Todavía menos puede construir una alternativa viable desconectado de la llamada “sociedad informacional”,[8] cuya sombra —intangible, pero por eso no menos real—, alcanza incluso a quienes están fuera de la Internet.

 

América Latina y el Caribe en su laberinto

Según la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe (CEPAL), nuestra región es la más dependiente de Estados Unidos en términos del tráfico de Internet. El 80% de la información electrónica de la región pasa por algún nodo administrado directa o indirectamente por ellos, fundamentalmente por el llamado “NAP de las Américas”, en Miami —el doble que Asia y cuatro veces el porcentaje de Europa—, y se calcula que entre un 80% y un 70% de los datos que intercambian internamente los países latinoamericanos y caribeños, también van a ciudades estadounidenses, donde se ubican 10 de los 13 servidores raíces que conforman el código maestro de la Internet.[9]

América Latina es la más atrasada en la producción de contenidos locales, sin embargo, es líder en presencia de internautas en las redes sociales. De los 100 sitios de Internet más populares en la región, sólo 21 corresponden a contenido local, lo que significa que, en vez de crear riqueza para la región, el continente transfiere riqueza a Estados Unidos donde están alojadas las grandes empresas de Internet. Los expertos aseguran que uno de los aspectos más significativos de la cultura digital latinoamericana es el uso intensivo de las redes sociales. De hecho, algunos países de la región igualan e incluso superan el uso de redes sociales de países desarrollados, mientras la brecha entre usuarios de Internet en América Latina y usuarios de redes sociales es la más estrecha del mundo —la penetración de internet es del 68%, mientras que la penetración de los medios sociales es del 63%, apenas un 5% de diferencia.[10] De los diez países con mayor tiempo utilizado en redes sociales, cinco de ellos fueron latinoamericanos, ranking que fue liderado por usuarios brasileños, argentinos y mexicanos con 4 horas al día.[11]

El 28% de los latinoamericanos viven en situación de exclusión social en la región, sin embargo, la cantidad de usuarios de internet se ha triplicado en esa franja poblacional con respecto a los cinco años precedentes. Nueve de cada diez latinoamericanos posee un teléfono móvil.[12] Según una investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (2017), el 57% de las personas que tienen dificultades para conseguir comida, son muy activas en Facebook y WhatsApp, lo que indica que poseen algún teléfono inteligente en sus hogares. El 51% de aquellos que admitieron no tener agua potable en sus viviendas, también utilizan frecuentemente las redes sociales.[13]

No es lo mismo brecha digital que brecha económica. Acceso a Internet no es lo mismo que capacidad para poner las llamadas Nuevas Tecnologías en función del desarrollo de un continente profundamente desigual. La falta de habilidades digitales y la imposibilidad de aprovechar el potencial de las nuevas tecnologías contribuye a perpetuar ese estado de vulnerabilidad, aun cuando los pobres tengan en sus manos los nuevos artefactos.

Hablando muy tempranamente sobre estos temas, el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro alertaba que, de la mano de una tecnología revolucionaria, “hay una verdadera colonización en curso. Norteamérica está cumpliendo su papel con enorme eficacia en el sentido de buscar complementaridades que nos harán dependientes permanentemente de ellos…” Y añade: “Viendo esta nueva civilización y todas sus amenazas, tengo temor de que otra vez seamos pueblos que no cuajen, pueblos que a pesar de todas sus potencialidades se queden como pueblos de segunda.”[14]

 

Estados Unidos y su Operación de “conectividad efectiva” para Latinoamérica

Ese es una primera mirada del problema. Veamos una segunda: tal escenario está encadenado con un programa más amplio para América Latina y el Caribe de control de los contenidos y de los entornos de participación de la ciudadanía que se ha ejecutado con total impunidad, sin que la izquierda le haya prestado la más mínima atención. En el 2011 el Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos aprobó lo que en algunos círculos académicos se conoce como operación de “conectividad efectiva”. Se trata de un plan, declarado en un documento público del Congreso estadounidense, para “expandir” los Nuevos Medios Sociales en el continente, enfocados en la promoción de los intereses norteamericanos en la región.

El documento explica cuál es el interés de Estados Unidos en las llamadas redes sociales del continente:

Con más del 50% de la población del mundo menor de 30 años de edad, los nuevos medios sociales y las tecnologías asociadas, que son tan populares dentro de este grupo demográfico, seguirán revolucionando las comunicaciones en el futuro. Los medios sociales y los incentivos tecnológicos en América Latina sobre la base de las realidades políticas, económicas y sociales serán cruciales para el éxito de los esfuerzos gubernamentales de Estados Unidos en la región.[15]

Este documento resume la visita de una comisión de expertos a varios países de América Latina para conocer in situ las políticas y financiamientos en esta área, además de entrevistas con directivos de las principales empresas de Internet y funcionarios norteamericanos. Concluye con recomendaciones específicas para cada uno de nuestros países, que implican “aumentar la conectividad y reducir al mínimo los riesgos críticos para Estados Unidos. Para eso, nuestro gobierno debe ser el líder en la inversión de infraestructura.”[16]

Y añade: “El número de usuarios de los medios sociales se incrementa exponencialmente y como la novedad se convierte en la norma, las posibilidades de influir en el discurso político y la política en el futuro están ahí.”[17]

¿Qué hay detrás de este modelo de “conectividad efectiva” para América Latina? La visión instrumental del ser humano, susceptible a ser dominado por las tecnologías digitales; la certeza de que en ningún caso las llamadas plataformas sociales son un servicio neutral que explotan un servicio genérico (como un electrodoméstico, un idioma, una cuchara…), sino que se fundan en cimientos tecnológicos e ideológicos, y son sistemas institucionalizados y automatizados que inevitablemente diseñan y manipulan las conexiones.

Hace unos pocos meses Facebook reconoció, finalmente, que es un medio de comunicación, después de años de presentarse como una plataforma de servicios genéricos.[18] Esperemos que termine la confusión que ha reinado en los circuitos académicos negados a ver la multinacional como lo que es, es decir, como el Humpty Dumpty de estos días. Hace 153 años en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll puso en labios del Mark Zuckerberg de aquella época un parlamento sumamente actual: “Cuando yo uso una palabra significa lo que yo decido que signifique: ni más ni menos”.

Lo que calcula el gobierno de Estados Unidos con su “operación de conectividad efectiva” es la posibilidad de que esas herramientas creen una simulación de base y a partir de ahí se derrumben sistemas políticos que no les resulten convenientes. ¿Qué parte de la operación de “conectividad efectiva” ha operado desde las redes sociales en la situación que viven hoy Venezuela y Nicaragua, y antes vimos en Bolivia, Brasil, Ecuador y Argentina?

En nuestra región se han incrementado las voces que advierten la coincidencia de fenómenos perniciosos en el breve tiempo de evolución de Internet y en particular de las plataformas digitales, como el efecto burbuja, la hiperconcentración mediática, la opacidad de los algoritmos y la desaparición de la confianza en los medios, que al juntarse generan desastres de impredecibles consecuencias. Desgraciadamente, la velocidad con que todos estos procesos se desatan es inversamente proporcional a la producción teórica para poder interpretarlos, y vivimos de sorpresa en sorpresa, con una izquierda anestesiada frente a la nueva realidad sociotecnológica en curso.

El triunfo de Jair Bolsonaro y la derrota del PT en Brasil ha sido un aldabonazo a las consecuencias de los discursos de odio en las redes sociales, con su retórica de mano dura, racismo y prejuicio social, pero todavía muchos creen que la suerte electoral del Partido Social Liberal obedece a un “atraso” instrumental. No es así. Han actuado laboratorios y estrategas, la mayoría internacionales, que usualmente están en Estados Unidos, y que se articulan con el sistema de medios tradicionales.  Mientras los medios masivos imponen la agenda, los otros se encargan de los anclajes emocionales y personales.

La investigación Concentración y Diversidad en Internet, del colectivo brasileño Intervozes (2018), reveló que en el caso de las más recientes elecciones de Brasil la web llegó a más de la mitad de los ciudadanos bajo la “influencia creciente de grandes conglomerados, de la conjunción de los viejos monopolios tradicionales y los nuevos monopolios digitales”.[19] Concluye que dos grupos (Google y Facebook) concentraron el acceso a contenidos y apps, mientras que la circulación de noticias en la red estaba dominada por Globo (globo.com) y Folha (UOL). Estos ya controlaban también el mundo analógico con niveles de concentración y convergencia que el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) no supo regular, con el agravante de las enormes barreras que imponen las transnacionales de telecomunicaciones internacional a la entrada de nuevos agentes.

De manera muy gráfica el Brasil de Bolsonaro ha expresado esta tensión entre la maquinaria analógica local y las plataformas internacionales, pero es un fenómeno común en América Latina. Una de las leyes empíricas de Internet, el efecto de atracción, se muestra en todos nuestros países con las principales plataformas ampliando su dominio en espiral bajo la regla de que mayor el número de usuarios y contenidos que circulan, mayor es el interés de estar dentro de ellas.

Más usuarios significa más datos personales, que como lo ha llamado recientemente The New York Times “son el petróleo del Siglo XXI”.[20] La recolección y el control de datos personales ofrece a los grandes grupos una alta capacidad de monitoreo de las demandas y emociones de los ciudadanos, de modo que estas plataformas son a la vez arena común y agentes en la disputa por la atención, la interacción y el consumo.

El cambio del modelo de producción del capitalismo, basado en la información como materia prima, determina el nuevo escenario donde lo global disuelve lo local, reconfigura las identidades y el bloque hegemónico mediático, con la conjunción de los medios tradicionales, los medios digitales, los comunicadores, voceros y influenciadores en el periodismo y la industria cultural.

 

Cuando la política es tecno-política

Solo las grandes empresas tienen la capacidad de cómputo para procesar las colosales cantidades de datos que dejamos en las redes sociales, en cada clic en los buscadores, los móviles, las tarjetas magnéticas, los chats y correos electrónicos. La sumatoria de trazas y el procesamiento de datos les permite crear valor. Cuantas más conexiones, más capital social. Pero los intereses fundamentales de la apertura de los datos y de la invitación a “compartir”, a dar un “me gusta” o “no me gusta”, a “retuiear”, etc., no son los de los usuarios, sino los de las corporaciones.

Este poder da a los propietarios una enorme ventaja sobre los usuarios en la batalla por el control de la información. Cambridge Analytica, rama londinense de una empresa contratista estadounidense dedicada a operaciones militares en red activa desde hace un cuarto de siglo, intervino en unas 200 elecciones en medio mundo. El modus operandi era el de las “operaciones psicológicas”. Su objetivo era hacer cambiar la opinión de la gente e influirla, no mediante la persuasión, sino a través del “dominio informativo”. La novedad no es el uso de volantes, Radio Europa Libre o TV Martí, sino el Big Data y la Inteligencia Artificial que permiten encerrar a cada ciudadano que deja rastros en la red en una burbuja observable, parametrizada y previsible.

Los que siguen esta trama habrán visto que Cambridge Analytica ha reconocido que se involucró en procesos electorales contra los líderes de la izquierda en Argentina, Colombia, Brasil y México. En Argentina, por ejemplo, participaron en la campaña Mauricio Macri en el 2015. ​Se han denunciado los vínculos del Jefe de Gabinete del Presidente y del actual titular de la Agencia Federal de Inteligencia con esta empresa, que creó perfiles psicológicos detallados e identificó a personas permeables a los cambios de opinión para luego influir a través de noticias falsas y selección parcial de la información. Apenas accedió al poder, Macri, entre otros decretos con los que cercenó la base jurídica e institucional de la comunicación forjada en los gobiernos de izquierda en Argentina, aprobó uno que le permitió quedarse con las bases de datos de los organismos oficiales para utilizarlos en campañas a su favor.[21]

En diciembre de 2018, The New York Times hizo otra revelación previsible. Facebook no solo ha compartido los datos de sus usuarios con Cambridge Analytica, sino con más de 150 compañías. Apple, Amazon, Microsoft, Netflix o Spotify disfrutaron de distintos acuerdos con Facebook para usar los datos en distintos servicios, a cambio de información más detallada de sus usuarios (por su comportamiento en esas plataformas) que usaba, por ejemplo, para impulsar su función “Personas que quizá conozcas”, la cual sugiere contactar con gente conectada en otras plataformas.[22]

Obviamente, este procedimientos no excluye la información de los latinoamericanos y caribeños, que se vende al mejor postor, y son utilizadas por los equipos de campaña en tiempos electores. También en América Latina y el Caribe la política se ha convertido en tecnopolítica, en su variante más cínica. Con total impudicia, los gobiernos de derecha que se han reenchufado en los últimos años alardean de contar con equipos de comunicación contratados en Miami, Colombia y Brasil, que acceden a estas fuentes de datos.[23] El propio Alexander Nix, CEO de Cambridge Analytica, se enorgullecía ante sus clientes latinoamericanos de que para convencer “no importa la verdad, hace falta que lo que se diga sea creíble”, y subrayaba un hecho empírico incuestionable: el descrédito de la publicidad comercial masiva es directamente proporcional al aumento de la publicidad en los medios sociales, altamente personalizada y brutalmente efectiva.

Pero con Cambridge Analytica está ocurriendo lo que con Blackwater, el ejército de las guerras de Estados Unidos. Cayó en desgracia para servir eficientemente a la operación de invisibilizar la industria mercenaria de subcontratistas dedicados a las tareas de seguridad, inteligencia, mantenimiento o entrenamientos, que se ha expandido y sigue siendo muy útil al gobierno estadounidense y a sus aliados.

Basta revisar la página de los socios de Facebook (Facebook Marketing Partners) y descubrirán cientos de empresas que se dedican a comprar y vender datos, e intercambiarlos con la compañía del pulgar azul. Algunas, incluso, se han especializado en áreas geográficas o países, como Cisneros Interative —del Grupo Cisneros, por supuesto, el mismo que participó en el Golpe de Estado contra Chávez en el 2002—, revendedor de Facebook que ya controla el mercado de la publicidad digital en 17 países de América Latina y el Caribe.

 

Falso divorcio

Muchas veces el debate de la izquierda se extravía entre tomar la calle o tomar la red, como si fueran excluyentes. Si hay una tarea principal en la izquierda es la de acabar de entender que la vida on line y off line no van separadas, son una continuidad, forman parte de un solo cuerpo, y que la red puede ser muchas cosas menos un mundo aparte intangible y etéreo.

Es el corazón de un sistema supranacional, el ciberespacio, que se relaciona directamente con el espacio físico, en al menos tres dimensiones:

  • Primero, sus rutas de comunicación, nodos y servidores (infraestructura física) están ubicados en alguna parte de la geografía.
  • Segundo, los protocolos o reglas de juego que permiten la interconexión de la gente, como los ciber-dominios, tienen una identidad nacional e implican zonas de soberanía, control estatal y lenguaje propio.
  • Y tercero, el ciberespacio enfatiza la geografía física de un modo especial: con servicios, aparatos de navegación, artilugios técnicos y dispositivos móviles, que materializan un mapa interactivo de flujos entrecruzados de información, tecnología y personas. Las personas tienen nacionalidad, obedecen a leyes y están, también, físicamente varadas en algún sitio.

Por tanto, este escenario se regula por jerarquías y nodos principales de una red (Internet) ubicados en un espacio físico concreto, que acentúan las disparidades de la sociedad contemporánea y han establecido una nueva cartografía en la que centro y periferia están perfectamente delimitados.

Aunque ha cambiado las nociones de tiempo y espacio, de poder y libertad, lo individual y colectivo, lo público y privado, la cultura nacional e internacional, sigue siguiendo la lógica capitalista hegemónica la que enmarca la sociedad contemporánea.

La sociedad actual muestra una gran capacidad de autotransformación, pero sigue basándose en la mercancía, la explotación del trabajo y la acumulación privada del capital, en las antípodas de las posibilidades de cohesión social y sostenibilidad tecnológica desde una visión emancipadora. Se ha incrementado exponencialmente el valor del capital cognitivo, con acento en la apropiación y gestión del conocimiento y de todos sus derivados -innovación, creación, educación, aprendizaje o talento-, pero desde una generalizada visión instrumental que suele reducir este cambio de paradigma a las redes informáticas, cuando son los contenidos que circulan por ellas los que les dan sentido y las valorizan.

 

Qué hacer frente al Colonialismo 2.0

La comunicación no es asunto de tecnologías, aunque también. Hay que estar en la calle, tocar puerta a puerta como hizo Morena en México, para que la política se exprese en las redes sociales y haga frente a la restauración conservadora y la ofensiva imperial. Pero el escenario digital es una vía nada desdeñable para la reconexión de la izquierda con sus bases, particularmente con los jóvenes. Como expresara el investigador mexicano César Hernández Paredes, “no se tiene la certeza de que alguna elección se haya ganado únicamente por la vía de las redes sociales, pero existen pruebas de muchos comicios perdidos por no haber empleado tales plataformas”.[24]

Estos temas, desgraciadamente, todavía están lejos de los debates profesionales y de los programas de los movimientos progresistas del continente. Sobran los discursos satanizadores o, por el contrario, hipnotizados, que describen la nueva civilización tecnológica —para utilizar el término de Darcy Ribeiro—, pero faltan estrategias y programas que permitan desafiar e intervenir las políticas públicas y generar líneas de acción y trabajo definidas para construir un modelo verdaderamente soberano de la información y la comunicación en nuestro continente.

Es imprescindible poner en el horizonte tareas concretas. Todavía no se ha logrado concretar en la región un canal propio de fibra óptica, que fue un sueño de la Unasur y sigue siendo una asignatura pendiente en América Latina.[25] No existe una estrategia sistémica ni un marco jurídico homogéneo y fiable que minimice el control norteamericano, asegure que el trafico de la red se intercambie entre países vecinos, fomente el uso de tecnologías que garanticen la confidencialidad de las comunicaciones, preserve los recursos humanos en la región y suprima los obstáculos a la comercialización de los instrumentos, contenidos y servicios digitales producidos en nuestro patio.

Desafortunadamente no se ha avanzado en una agenda comunicacional común, supranacional. Al incorporar temas como las comunicaciones, la gobernanza de Internet, de copyright, asuntos estratégicos para el futuro como la soberanía tecnológica, la innovación, el desarrollo de nuestra industria cultural, la trascendencia de incorporar las estéticas contemporáneas en la narrativa política, necesariamente es imprescindible armar una agenda común y espacios donde esta se concrete.

Los movimientos populares latinoamericanos y caribeños necesitan redes de observatorios que, además de ofrecer indicadores básicos y alertas sobre la colonización de nuestro espacio digital, permitan recuperar y socializar las buenas prácticas de uso de estas tecnologías y las acciones de resistencia en la región, a partir de la comprensión de que él éxito o el fracaso frente a estas nuevas desigualdades depende de decisiones políticas.

Es improbable que un país del Sur por sí solo —y mucho menos una organización aislada— pueda encontrar recursos para desafiar el poder de la derecha que se moviliza a la velocidad de un clic, pero un bloque de profesionales, organizaciones, movimientos y gobiernos de izquierda tendría mayor capacidad de desarrollar niveles de respuesta, por lo menos para afirmar soberanía regional en algunas áreas críticas. Permitiría más poder de negociación frente a las potencias en Inteligencia Artificial y Big Data y sus empresas, además de desafiar las instancias globales donde se definen las políticas de gobernanza.

La izquierda debe apropiarse de la big data. Cuesta mucho menos organizar un comando central comunicacional que financiar un canal de televisión. Por tanto, debería ser una cuestión clave en los debates políticos y profesionales sobre comunicación, y particularmente, en aquellos donde se discutan la equidad y el desarrollo, la creación de una escuela de comunicación política de la izquierda latinoamericana y caribeña, que facilite el acceso a conocimientos sobre las tramas de poder detrás de los medios, la necesidad de democratizarlos y las oportunidades propiciadas por las nuevas tecnologías de la información. Porque hay oportunidades y hay especialistas muy preparados con su corazoncito a la izquierda, debidamente condenados por herejes —como decía Roque Dalton. Los hay, como también existen experiencias paradigmáticas de la izquierda en la articulación de redes, pero a veces pasan como cometas solitarios y no instituyen nada o casi nada.

Aquel debate sobre apocalípticos e integrados a la cultura de masas ha sido trascendido hace rato. Ese mundo estable que describía Umberto Eco ya no existe. Hay varios mundos en el horizonte y uno puede ser aquel en el que los latinoamericanos y caribeños puedan crear sus propias herramientas liberadoras. Pero la búsqueda y construcción de alternativas no es un problema tecnocientífico, depende del “actuar colectivo” a corto y mediano plazo, con perspectivas tácticas y estratégicas en la comunicación cara a cara y virtual, que faciliten el cambio de las relaciones sociales y los entramados técnicos a favor de los pueblos.

Hagámoslo, porque no tenemos mucho tiempo.

[1] Schiller, H. 2006 “Augurios de supremacía electrónica global”. CIC Cuadernos de Información y Comunicación 2006, vol. 11, 167–178 .

[2] Chapman, G; Rotenberg, M. 1993. “The National Information Infrastructure: A Public Interest Opportunity”, Computer Professionals for Social Responsibility, Vol 11, №2, Summer 1993.

[3] Pope, H. 1997. “U.S. Plays High-Stakes War Games in Kazakstan”, Wall Street Journal, 16 de septiembre de 1997, p. A-16.

[4]Wagner, K; Molla, R. 2018. “People spent 50 million hours less per day on Facebook last quarter”. Recode.net. Jan 31, 2018. Consultado el 5 de agosto de 2018 en: https://www.recode.net/2018/1/31/16956826/facebook-mark-zuckerberg-q4-earnings-2018-tax-bill-trump

[5] Ibídem.

[6] Mangles, C. 2018. Search Engine Statistics 2018. Smartinsights.com, Jan 30, 2018. Consultado el 5 de agosto de 2018 en:https://www.samartinsights.com/search-engine-marketing/search-engine-statistics/

[7] Alini, E. 2018. “Apple hits $1 trillion in value. Only 16 countries are worth more”. Globalnews.ca, August 2, 2018. Consultado el 5 de agosto de 2018 en:https://globalnews.ca/news/4367056/apple-1-trillion-market-cap/

[8] Adoptamos la definición de Manuel Castells que utiliza esta denominación para contraponer la actual era dominada por las redes informacionales a la sociedad industrial cuyo corazón tecnológico fue la máquina de vapor.

[9] Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), 2018. La ineficiencia de la desigualdad. Informe en el Trigésimo Séptimo período de sesiones de la CEPAL. La Habana, 7 al 11 de mayo de 2018.

[10]  Statista, 2018. Penetración de las redes sociales en América Latina entre 2013 y 2018. Consultado el 25 de diciembre de 2018 en: https://es.statista.com/estadisticas/598526/america-latina-penetracion-redes-sociales–2018/

[11] Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Datos, algoritmos y políticas: la redefinición del mundo digital (LC/CMSI.6/4), Santiago, 2018. Consultado el 5 de agosto de 2018 en:https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/43477/7/S1800053_es.pdf

[12]“Más de 172,5 millones de afectados por exclusión en América Latina”. El Siglo, Guatemala, 8 de noviembre de 2017. Consultado el 5 de agosto de 2018:http://s21.gt/2017/11/08/mas-de-172-5-millones-de-afectados-por-exclusion-social-en-america-latina-y-el-caribe/

[13]Basco, A. 2017. La tecno-integración de América Latina: instituciones, comercio exponencial y equidad en la era de los algoritmos. Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

[14]Rebeiro, D. 1998. “Amerindia hacia el Tercer Milenio”. Oralidad. Lenguas, Identidad y Memoria de América, N° 9, La Habana, mayo, 1998, p. 9.

[15] United States Senate Committee on Foreign Relations. 2011. Latin American Governments Need to “Friend” Social Media and Technology. Committee On Foreign Relations, United States Senate. One Hundred Twelfth Congress. First Session. October 5, 2011. Consultado el 5 de agosto de 2018 en:https://www.gpo.gov/fdsys/pkg/CPRT-112SPRT70501/html/CPRT-112SPRT70501.htm

[16]Ibidem.

[17] Ibidem.

[18]Martínez, A. “Zuckerberg recula: Facebook sí es un medio de comunicación”, ABC, España, 25 de septiembre de 2017. Consultado en:https://www.abc.es/tecnologia/redes/abci-zuckerberg-recula-facebook-si-medio-comunicacion-201612222024_noticia.html

[19]Valente, Jonas; Pita, Marina. (2018).  Concentração e diversidade na Internet. Researchgate. Diciembre de 2018. Consultado el 1 de enero de 2019 en: https://www.researchgate.net/publication/329339828_CONCENTRACAO_E_DIVERSIDADE_NA_INTERNET

[20]Dance, Gabriel J.X.; LaForgia, Michael y Confessore, Nicholas (2018).“As Facebook Raised a Privacy Wall, It Carved an Opening for Tech Giants”. The New York Times, 18 de diciembre de 2018. Consultado el 19 de diciembre de 2018 en: https://www.nytimes.com/2018/12/18/technology/facebook-privacy.html

[21] Canal Abierto. 2018 “Cambridge Analytica y ejército de trolls: confirman la manipulación en las elecciones 2015”. Canal Abierto, Argentina, 31 de julio de 2018. Consultado el 5 de agosto de 2018 en:http://canalabierto.com.ar/2018/07/31/cambridge-analytica-y-ejercito-de-trolls-confirman-la-manipulacion-en-las-elecciones-2015/

[22] Ibídem.

[23] De León, Pablo. 2018. “La pelea por el 2019. ‘Operativo reelección’: con un análisis barrio por barrio, la cúpula del PRO dio inicio a la reelección de María Eugenia Vidal.” Clarín, 7 de noviembre de 2018. Consultado el 12 de noviembre de 2018 en: https://www.clarin.com/politica/operativo-reeleccion-analisis-barrio-barrio-cupula-pro-dio-inicio-reeleccion-maria-eugenia-vidal_0_4kzu4g7f8.html

[24]Ávila, Yoandry; Herrera Reyes, Aylín. 2019. “Hay que tomar tanto las calles como las redes sin renunciar a la sensibilidad.” Cubaperiodistas, 6 de febrero de 2019. Consultado el 7 de febrero de 2019 en: http://www.cubaperiodistas.cu/index.php/2019/02/hay-que-tomar-tanto-las-calles-como-las-redes-sin-renunciar-a-la-sensibilidad/

[25] Unasur. “Conectividad y fibra óptica es otro de los objetivos de UNASUR”. s/f. Consultado el 5 de agosto de 2018 enhttp://www.unasursg.org/es/node/152

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