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Mirando a lo hondo con José Martí. Por Luis Toledo Sande

Por muy retórica que se pretenda o sea, y aunque la respuesta se dé por sabida, una pregunta encierra algún grado de incertidumbre o duda, curiosidad cuando menos, y ofrece dos opciones: o se desatiende o se responde. No escapan las interrogantes que inquieran si las ideas de José Martí sobre los Estados Unidos conservan vigencia, lo que debe responderse  —incluso reiterando argumentos que se suponen conocidos— con la seguridad de que la tienen en grado sumo. La certidumbre no se limita a su conocimiento en general de aquel país, donde estuvo de paso en 1875 y residió entre enero de 1880 y el mismo mes de 1881, y —luego de unos meses en Caracas— desde agosto de ese año hasta su salida en enero de 1895 para emprender el periplo que le permitió llegar a Cuba e incorporarse a la guerra en cuyos preparativos había tenido un papel fundamental. La seguridad de la respuesta concierne asimismo a lo más específicamente relacionado con su actitud contra el imperialismo que se gestaba entonces.

Con varios saltos breves a otras tierras de la América continental e insular en función de sus labores conspirativas en la etapa final de la gestación del Partido Revolucionario Cubano (PRC), proclamado en abril de 1892, y para cumplir tareas de esa organización una vez fundada, residió en los Estados Unidos. Esa etapa, a la que siguieron los meses de su periplo hasta Cuba y de su permanencia y su muerte en campaña, constituyó la mayor parte del tramo final de su existencia, y ha sido estudiada por numerosos autores en distintos países. En las presentes páginas se mencionan apenas unos pocos de ellos.1

Para su tesis doctoral el profesor cubano Hebert Pérez Concepción centró su acarreo en la visión martiana acerca de los Estados Unidos entre 1881 y 1889, y tuvo el tino de apreciar que Martí se había basado no solo en el análisis inmediato de lo que allí ocurría, sino en una intensa indagación sobre la historia de ese país. Pérez Concepción parte de un lúcido juicio emitido sobre las crónicas de Martí por el autorizado historiador estadounidense2 Philip Foner, quien las valora en los siguientes términos:

Las suyas no son meras impresiones periodísticas, pues son ricas en análisis. Martí demostró ser no solo un competente y claro sintetizador de los detalles descriptivos, sino también un perito en la comprensión de los cambios acaecidos en la sociedad norteamericana entre 1880 y 1895 —la estratificación de las clases económicas, la alienación de los trabajadores norteamericanos, las transformaciones del capitalismo competitivo en monopolista y su impacto en el expansionismo norteamericano— y del peligro que ello entrañaba para la América Latina.3

En otro empeño académico  —su tesis para el doctorado de Estado— el antillanista francés Paul Estrade acometió una búsqueda informativa e interpretativa monumental, de la que nació su obra, publicada en francés y en español: José Martí, los fundamentos de la democracia en Latinoamérica. El autor ve abonados esos fundamentos por el pensamiento de Martí, en quien aprecia un sólido saber de la realidad estadounidense de su tiempo, y de la historia de ese país. La maciza elucidación hecha le permite a Estrade sostener que Martí llegó a conocer ese país como nadie, ni siquiera los estudiosos nacidos allí, de quien lo separaba una especial perspectiva crítica, no signada por la seducción o euforia que la naciente potencia logró difundir sobre sí misma.4

En quien el saber no fue un hecho pasivo, el logro señalado —entre otros— por Estrade, incluyó un antimperialismo primigenio, formado en contrapunto de plenitud con la aparición de los rasgos imperialistas que terminarían definiendo a los Estados Unidos. Las derivaciones de esos rasgos y esa definición intentó él evitar a tiempo, y el no haber podido conseguirlo propició una frustración que fortalece la vigencia de sus ideas. Pero no se trata de una frustración que pueda considerarse responsabilidad suya. Como en tantos otros casos —baste mencionar las aspiraciones justicieras que abonaron, cada uno en su camino y desde sus perspectivas propias, Jesucristo y Carlos Marx—, lo afirmado en cuanto a Martí no habla de un fracaso personal, sino de un retardo ajeno a él, y que tuvo y tiene graves consecuencias para el mundo: consecuencias que han arreciado y quién sabe cuánto durarán.

Si las ideas verdaderamente cristianas y marxistas hubieran triunfado a la altura en que lo merecían, otro sería el estado de la humanidad. Y algo similar vale decir de lo que habría significado el triunfo del afán que Martí puso en impedir a tiempo la expansión imperialista de los Estados Unidos: imperialista en la concepción moderna del concepto, adelantada por él al denunciar, con ánimo de que se le pusiera freno, el propósito de los Estados Unidos de “ensayar en pueblos libres su sistema de colonización”.5

No se ensaya lo viejo, sino lo que se está gestando y, por tanto, aún no se ha sometido a prueba y aplicación. Nada hay que forzar ni conjeturar para percibir en esa cita un temprano aviso de que la dominación con la cual aquella potencia se proponía medrar representaba una nueva forma de coloniaje. No sería ya el saqueo territorial con que aquella nación se formó a partir de las Trece Colonias británicas, ni el que luego llevó a cabo a costa de México, al que le arrebató más de la mitad de su extensión.

El nuevo sistema de colonización denunciado por Martí era ya el propio del imperialismo en sentido moderno, aunque no haya faltado quien sostenga que el revolucionario cubano no podía ser antimperialista porque aún en su tiempo el imperialismo no existía, lo que solo cabría entender, si acaso, como que no estaba plenamente formado. En juicios como ese subyacen perspectivas según las cuales el pensamiento en los pueblos de nuestra América —y en otros de estadios históricos similares— dependía de las contribuciones llegadas de otras latitudes, señaladamente de Europa, o de los propios Estados Unidos.

Esos aportes podrían ser los debidos al historiador liberal inglés John A. Hobson, autor de Imperialism: A Study [El imperialismo. Un estudio (1902)], o al revolucionario marxista Vladimir Ilich Lenin, que en 1917 publicó El imperialismo, fase superior del capitalismo (título en el cual Roberto Fernández Retamar insistía en la pertinencia de sustituir superior por última, para no propiciar dudas entre el valor posicional de superior —por la línea de ascenso del desarrollo del capitalismo— y el sesgo meliorativo presente asimismo en ese vocablo). Desbordaría el propósito de las páginas que siguen detenerse en los valores respectivos de las dos obras antes citadas, y particularmente en las razones por las cuales, en el caso de Lenin, desde posiciones contrarias a la suya se carga la mano en afirmar que su libro es mera cosa del pasado, no obstante la actualidad que mantiene.

Aquí solo se apunta que, para Hobson y Lenin —entre otros autores— y para Martí la concepción de imperialismo rebasaba la de imperio en su sentido antiguo; y él cumplía lo que estimaba un deber fundamental del ser humano —no digamos ya de alguien de su estatura intelectual—: pensar por sí mismo.6 No se sentaba a esperar a que otros hallasen las respuestas que necesitaba. Si hubiese actuado así, se habría condenado a la parálisis, a morir sin haber emprendido una obra política y revolucionaria como la que él acometió, y, en consecuencia, sin haber llegado al pensamiento iluminador que legó no solo a Cuba y nuestra América toda, sino al mundo entero.

Además, lejos de regodearse en teorías, por más que las tuviera en cuenta y las respetara, se consagró a reflexionar al servicio y al calor de la acción revolucionaria a la cual se consagraba. Desde fechas tempranas se mantuvo atento a la mal disimulada intención de los Estados Unidos de someter ideológica y políticamente a los pueblos de nuestra América empleando para ello, como se ha visto antes, no ya el saqueo de territorios y la dominación directa a la vieja usanza colonial —aunque la potencia en desarrollo tampoco renunciara a ellas: ahí está, como ejemplo doloroso y más palpable, el caso de Puerto Rico—, sino lazos que por la vía económica se impusieran en la política.

Su pronóstico explícito sobre el “sistema de colonización” que los Estados Unidos se disponían a ensayar, aparece en la principal crónica de las que dedicó —todas fundamentales— a un foro que siguió con minuciosa atención, y que volverá a recordarse en estas páginas: el que devendría la primera de las más tarde llamadas Conferencias Panamericanas. Los peligros de una nueva forma de dominación fraguada en los Estados Unidos los escrutó Martí en numerosos textos, no únicamente en aquella crónica, fechada 2 de noviembre de 1889 y publicada en sendas partes en La Nación, de Buenos Aires, los días 19 y 20 del siguiente diciembre. En otros momentos de estas páginas será necesario, y fértil, volver sobre ese texto.

Lejos de detenerse a mirar la atmósfera, Martí calaba en el subsuelo, y en esa crónica se refirió a lo que difundía la prensa de aquel país:

Nótase, pues, en la opinión escrita, mirando a lo hondo, una como idea táctica e imperante, visible en el mismo cuidado que ponen los más justos en no herirla de frente, como que nadie tacha de inmoral, ni de trabajo de salteador, aunque lo sería, la intentona de llevar por América en los tiempos modernos la civilización ferrocarrilera como Pizarro llevó la fe de la cruz.

Y señaló que, en la táctica de los Estados Unidos, los partidos que se alternaban en el poder compartían esencialmente el afán de enmascarar sus intenciones.

Tales manejos políticos y propagandísticos no eran ingenuos ni fortuitos. Con respecto al modo como aquella potencia intentaba disfrazar sus verdaderos propósitos, escribió:

La censura está a lo más en no hablar de las acciones por venir, ya porque, en lo real del caso de Haití, iniciaron los demócratas, a pesar de su moderación, la misma política de conquista de los republicanos, y fueron los demócratas en verdad los que con la compra de la Luisiana la inauguraron bajo Jefferson, ya porque la prensa vive de oír, y de obedecer la opinión más que de guiarla.7

Hoy la tecnología ha propiciado transformaciones de gran envergadura en la información —o desinformación—, pero los rejuegos de intereses en los medios dominantes, y desde ellos, perduran, y solamente han cambiado para cultivar más la desvergüenza.

Tempranamente, en 1876, había escrito Martí para el diario mexicano Revista Universal del 27 de abril, un artículo en que también tuvo presente a su patria: “La cuestión de México como la cuestión de Cuba, dependen en gran parte en los Estados Unidos de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material”.8 Y seguiría profundizando en el hecho de que, por muchas diferencias que hubiera entre republicanos y demócratas —a lo cual alude en una de las citas anteriores—, ellas no eran decisivas en el funcionamiento de aquella sociedad, en la cual “los votos, como que estos Estados nacen en hombros de corporaciones poderosas, estaban de compra y venta, según los intereses de las corporaciones rivales”.9

Ese juicio data de 1889, y cinco años antes había denunciado la hegemonía que ostentaban los monopolios, cúspide de tales corporaciones y uno de los pilares del crecimiento imperialista en desarrollo, y de la política doméstica e internacional afincada en él. Refiriéndose a una procesión moderna —una protesta de trabajadores, al parecer con imágenes gráficas aludidas en la cita— escribió:

El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres. Todo aquello en que se puede emprender está en manos de corporaciones invencibles, formadas por la asociación de capitales desocupados a cuyo influjo y resistencia no puede esperar sobreponerse el humilde industrial que empeña la batalla con su energía inútil y unos cuantos millares de pesos. El monopolio es un gigante negro. El rayo tiene suspendido sobre la cabeza. Los truenos le están zumbando en los oídos. Debajo de los pies le arden volcanes.

Además de observar lo que estaba ocurriendo en aquella pugna de fuerzas, previó la gravedad que semejante cuadro tenía para entonces y para el futuro, un futuro que hace largo tiempo es ya realidad consumada y en reforzamiento: “La tiranía acorralada en lo político, reaparece en lo comercial. Este país industrial tiene un tirano industrial. Este problema, apuntado aquí de pasada, es uno de aquellos graves y sombríos que acaso en paz no puedan decidirse, y ha de ser decidido aquí donde se plantea, antes tal vez de que termine el siglo”.10

Es en ese entorno donde apreció Martí con claridad las coincidencias esenciales entre los partidos dominantes, como se ve en una crónica de diciembre de 1886:

El partido republicano, desacreditado con justicia por su abuso del gobierno, su intolerancia arrogante, su sistema de contribuciones excesivas, su mal reparto del sobrante del tesoro y de las tierras públicas, su falsificación sistemática del voto, su complicidad con las empresas poderosas, su desdén de los intereses de la mayoría, hubiera quedado sin duda por mucho tiempo fuera de capacidad para restablecerse en el poder, si el partido demócrata que le sucede no hubiera demostrado su confusión en los asuntos de resolución urgente, su imprevisión e indiferencia en las cuestiones esenciales que inquietan a la nación, y su afán predominante de apoderarse, a semejanza de los republicanos, de los empleos públicos.11

Caló Martí en cómo los intereses de los poderosos decidían las tácticas de la prensa, en el carácter lateral o disidente de quienes —como Charles A. Dana, que, dueño de The Sun, publicó en ese diario textos suyos (de Martí) y de Carlos Marx— podía estar pensando al decir que, al margen de la posible buena voluntad, reprobaban tardíamente, con escasos o nulos resultados, los actos de las fuerzas que regían, y rigen, la nación. Dado el control ejercido por las fuerzas dominantes, la prensa “no osa condenar las alegaciones con que pudiera enriquecerse el país, aunque luego de hechas no haya de faltar quien las tache de crimen, como a la de Texas, que llaman crimen a secas Dana, y [Thomas Allibon] Janvier, y los biógrafos de Lincoln, por más que fuera mejor impedirlas antes de ser, que lamentarlas cuando han sido”.12

Sin agotar las menciones posibles, otro elemento debe añadirse para comprender las raíces y el peso de su precoz antimperialismo, en cuya estructura conceptual no se ahondaría bien si se olvidara su condición de independentista cubano, y antillano por extensión, y de nuestra América toda. En un texto político de juventud —ya signado por su inquebrantable carácter revolucionario, El presidio político en Cuba— se dirige a España y escribe con respecto a los pueblos que en suelo americano aún no se habían independizado de ella: “Las Antillas, las Antillas solas, Cuba sobre todo, se arrastraron a vuestros pies, y posaron sus labios en vuestras llagas, y lamieron vuestras manos, y cariñosas y solícitas fabricaron una cabeza nueva para vuestros maltratados hombros”.13

En otro opúsculo, La República española ante la Revolución cubana, impreso en 1873, también en Madrid, vuelve sobre la dominación de las Antillas por España, ahora devenida república, aunque insuficiente y efímera, y de modo increpante le espeta: “Hable en buen hora el soberbio de la honra mancillada, —tristes que no entienden que solo hay honra en la satisfacción de la justicia: —defienda en buen hora el comerciante el venero de riquezas que escapa a su deseo, —pretenda alguno en buen hora que no conviene a España la separación de las Antillas”.14

Con creciente claridad comprendería que depender de España ponía a Cuba, y a Puerto Rico, en situación de particular vulnerabilidad ante la codicia de los Estados Unidos. El peligro era aún mayor por la disposición del gobierno español, que, antes que aceptar la liberación de sus últimos dominios coloniales en América, acataría los designios de la poderosa nación del Norte, como él intuyó que podría ocurrir y la historia corroboró. A esa nación le interesaba dominar a toda la región, como un paso hacia la hegemonía planetaria que procuraba conseguir.

El 18 de mayo de 1895, víspera de su muerte en combate por la libertad de Cuba, cuando habían pasado más de veinte años desde la publicación de aquellos dos textos juveniles, Martí le escribe a su amigo y confidente mexicano Manuel Mercado la carta trunca que por más de un motivo se ha considerado su testamento político.15 En ella se encarga de precisar que no se basa en meras apreciaciones, sino en su conocimiento directo y profundo de aquella nación. “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”, escribe, para enseguida expresar su conciencia de activo defensor de pueblos que sufren desventajas en tamaño, recursos y fuerza material: “y mi onda es la de David”. Plasma entonces declaraciones como esta, conocida, pero nunca excesivamente citada, en la que rebosa su satisfacción de combatiente convencido: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

En esa carta le habla al amigo de las maquinaciones que los Estados Unidos siguen alentando contra México por distintos caminos, y confirma su certidumbre de que luchar contra el peligro representado por el “Norte revuelto y brutal” que desprecia a los pueblos de nuestra América es su gran misión: “mi deber”, dice. Por ello, teniendo todavía en frente al ejército español, categóricamente expresa su voluntad, ni punto menos que cardinal, de impedir que se consumen los planes estadounidenses: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, y añade: “En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

Pero el antimperialismo de sus ideas y de su proyecto no era un secreto: lo mostró sin rodeos tanto en textos privados como públicos. La prudencia expresada concernía a que la guerra que había preparado era ya principalmente, más que contra la soberbia de la decadente España, contra las voraces pretensiones de los emergentes Estados Unidos. Puesto que urgía actuar con celeridad y con los mejores métodos, para poner freno a tales pretensiones y a los ardides que la voraz potencia pondría en práctica para consumarlas, la contienda debía “ser breve y directa como el rayo”.16

Ante la necesidad de eludir la injerencia con que las fuerzas estadounidenses se dispondrían a frustrar el afán independentista cubano, veía dos opciones: o resignarse a no hacer la guerra del mejor modo posible, con la mayor organización y un golpe sorpresivo contundente desde el inicio, o renunciar a ella para no arrostrar los graves peligros que tenía ante sí. Optó por la primera sin vacilar, y su acierto lo confirmaría el hecho de que aquel denuedo mantuvo a Cuba en camino de lograr la independencia, aun cuando los Estados Unidos intentaron segárselo, y se lo interrumpieron durante décadas con la intervención armada de 1898. No hacer la guerra habría significado dejarles todo el camino abierto a las maniobras estadounidenses.

A diferencia de Cuba, y minado por las promesas españolas de autonomía —contra las cuales desarrolló Martí una intensa campaña ideológica, así como contra el anexionismo, que nutrió su ideario antimperialista—, Puerto Rico no se alzó en 1895. Frente a eso se le atribuye a Ramón Emeterio Betances, colaborador, como tantos hijos e hijas de Puerto Rico, del Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí, la desgarrada exclamación “¡Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan!” Y a la vista están los resultados de que no se rebelasen entonces, aunque en estos días de verano de 2019 aquel pueblo antillano ha protagonizado actos de protesta que, si bien episódicos, por su peso y significación pudieran ser vaticinio o preludio de algo comparable con el levantamiento reclamado por Betances. Y sigue en pie la aspiración anticolonialista y antimperialista plasmada en el artículo inicial de las Bases del Partido creado por Martí entre cubanos y puertorriqueños: esa organización se creaba “para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”.17

El cuidadoso plan insurreccional martiano se vio en gran medida frustrado por la acción de autoridades estadounidenses que en enero de 1895, en el puerto floridano de Fernandina —apoyadas al parecer por la complicidad de un cubano traidor—, descubrieron un significativo envío de armas pensado para que llegase a Cuba como parte de los preparativos bélicos que Martí guiaba desde el exterior, en comunicación permanente con el país. Pero la suerte estaba echada, y las fuerzas patrióticas, estimuladas por el tesón de Martí y sus más leales colaboradores, se sobrepusieron al golpe recibido. El 24 de febrero de aquel año se desató el alzamiento, que —roto el factor sorpresa— no pudo ser tan masivo y contundente como había previsto su organizador, pero se dio simultáneamente en varias localidades, y puso a Cuba en pie de guerra hacia la independencia.

Entre los textos citados de 1871 y 1873 y el estallido de la guerra que él preparó, vivió Martí experiencias fundamentales para la radicalización de su pensamiento y la afinación de los planes que condujeron al inicio de la gesta. Algunas se verán ahora, aunque someramente y a saltos, con la vista puesta en el peso que el antimperialismo tuvo en esa evolución.

En el plano ideológico resulta insoslayable lo que representó para Martí la experiencia de una república como la española, erigida en 1873 sobre principios liberales comparables con los que supuestamente servían de base a la fundada en las postrimerías del siglo XVIII en las otrora Trece Colonias británicas. Si la española mostró que república y liberalismo podían coexistir con la dominación colonial, la estadounidense devino —así lo denunció sucesivamente Martí— una “América europea” (1884) “cesárea e invasora” (1889), una “Roma americana” (1894).18

Tales calificaciones, que apuntan a lo imperial, aplicadas a la república estadounidense alcanzan una significación más plena aún por la perspectiva social con que Martí la enjuició, y que, aunque él la plasma en 1888, explícitamente deja ver que la tiene desde mucho antes. Eso, de paso, permite pensar en la censura de que fue objeto en 1882 su primera crónica enviada a La Nación, de Buenos Aires, precisamente por las impugnaciones que había hecho a los Estados Unidos. Bartolomé Mitre y Vedia, propietario y director del periódico, en carta enviada desde Buenos Aires le hizo saber que aquella crónica había sido podada porque, de publicarse tal como llegó al diario, podía pensarse que con ella “se abría una campaña de denunciation contra los Estados Unidos como cuerpo político, como entidad social», dados los criterios emitidos sobre “ciertos puntos y detalles de la organización política y social y la marcha de ese país”.19

Con todo, lo que apareció en La Nación, a pesar de la “prudencia” de Mitre, fue altamente crítico hacia los Estados Unidos, y en general ya desde entonces Martí se las arregló para mantenerse fiel a su pensamiento sin perder la importante tribuna que tendría en La Nación para la campaña de ideas que sabía necesario librar en defensa de nuestra América y contra las pretensiones estadounidenses.20

Además de su honradez, en ese doble propósito lo ayudaron las circunstancias de Argentina en la geopolítica de la época: tenía vínculos comerciales, sobre todo, con Inglaterra, lo que al menos en parte explica el papel del país sudamericano en el Congreso Internacional de 1889-1890. Ya se mencionará la actitud de su delegado en el foro. Y también tuvo Martí de su lado el creciente prestigio que se ganó como corresponsal de aquel rotativo que se iluminó con la corresponsalía de Martí desde los Estados Unidos. Prueba de ello puede percibirse en lo que Martí afirma en 1888 con respecto a la república estadounidense: “Se ve ahora de cerca lo que La Nación ha visto, desde hace años, que la república popular se va trocando en una república de clases”.21

Esa fue la república que negó su apoyo al independentismo cubano y siguió siendo cómplice de España, vendiéndole a esa metrópoli carcomida pertrechos que en la Guerra de los Diez Años (1868-1878) usaría contra las tropas cubanas. ¿A qué si no a esa realidad pueden referirse afirmaciones de Martí en el cuaderno de apuntes que escribió desde su llegada como deportado político a Madrid a inicios de 1871? Entre otras impugnaciones a la sociedad estadounidense que le dan pie al joven revolucionario para marcar diferencias entre Cuba —o, de hecho, nuestra América en general— y los Estados Unidos, sostuvo:

Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento. Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad. // Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan?22

Las impugnaciones continúan, pero basta lo citado para apreciar la luz con que Martí ve a Cuba diferente de los Estados Unidos, y con razones más que suficientes para recelar de estos y no querer parecerse a ellos. Ya desde el seno de esa potencia apreciaría con plena claridad las intenciones que ella albergaba con respecto a los pueblos de nuestra América, y al mundo. Pero las había denunciado antes, como en el texto de 1876 sobre lo concerniente a Cuba y, sobre todo, a México, país al que ya el poderoso vecino le había arrebatado —guerra y negociaciones amañadas mediante— más de la mitad de su territorio, y continuaba amenazándolo, azuzando conflictos fronterizos contra él.

Luego de su primera deportación española, emprendió Martí desde comienzos de 1875 un recorrido —con escalas más o menos largas en cada uno de ellos— por países de América donde también apreció las manquedades y deformaciones de repúblicas edificadas sobre modelos liberales ajenos a las condiciones propias de esos países y a los caminos justicieros merecidos por los humildes. En México, inicio de su periplo latinoamericano, demandó que se bracera en busca de un pensamiento liberal que respondiera realmente a esos requerimientos, sin ceñirse al que en Europa —y en la “América europea”, vale añadir— había capitalizado un nombre que medraba rindiendo culto con su nombre a la libertad, liberalismo.23

México —“tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, según el célebre apotegma— tuvo un lugar central en los desvelos de Martí antelos vínculos de los pueblos de nuestra América con “el Norte revuelto y brutal que los desprecia”, como se lee en la citada carta a Manuel Mercado. Vale insistir en que a Martí su ética y su sentido de la justicia lo distanciaban del liberalismo que conoció en los Estados Unidos, y del que observó en España, frente al cual, refiriéndose a la actitud de la metrópoli hacia Cuba, escribió en 1873: “Si la libertad de 1a tiranía es tremenda, la tiranía de la libertad repugna, estremece, espanta”, para concluir: “La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre”.24

Si en esos juicios pudiera sentirse un fruto de su condición de hijo de una colonia urgida de la libertad que España —incluso la primera República allí proclamada—le negaba, sobre los Estados Unidos expresará una generalización mayor, más severa si cabe, a partir del rumbo que observaba en las costumbres, en la sociedad de aquel país. En octubre de 1880, a nueve meses de haber iniciado la etapa inicial de su residencia en Nueva York, plasmará en una de las tres crónicas de su serie “Impressions of America”, en inglés, un juicio que puede darse como compartido por él y el “español recién llegado” que le sirve de personaje literario para explorar la realidad de aquella urbe. El saldo rebasa la anécdota contada —relativa a una niña de siete años aficionada a la pedrería: “¿Qué hará […] por obtenerla cuando tenga dieciséis?”—, que resume con un juicio drástico sobre la sociedad de aquella nación, un juicio solo comprensible plenamente si se conoce su irrestricta desaprobación de la esclavitud y de la ignorancia: “La esclavitud sería mejor que esta clase de libertad; la ignorancia mejor que esta ciencia peligrosa”.25

En noviembre de 1881 hará una radiografía de lo que ocurre en la estructura social y económica de los Estados Unidos:

Una aristocracia política ha nacido de esta aristocracia pecuniaria, y domina periódicos, vence en elecciones, y suele imperar en asambleas sobre esa casta soberbia, que disimula mal la impaciencia con que aguarda la hora en que el número de sus sectarios le permita poner mano fuerte sobre el libro sagrado de la patria, y reformar para el favor y privilegio de una clase, la magna carta de generosas libertades, al amparo de las cuales crearon estos vulgares poderosos la fortuna que anhelan emplear hoy en herirlas gravemente.26

Nunca fue acrítico Martí ante la realidad estadounidense, ni se dejó deslumbrar por ella, como a veces se ha llegado a sostener a partir de lecturas insuficientes de las citadas “Impresiones…”, que procede recibir como propias de un español recién llegado a Nueva York, por lo que el contraste entre esa urbe y España podía asombrarlo, y ese no era su caso, aunque el protagonista de las crónicas es también crítico con respecto a lo que observa en aquella ciudad grande. Martí permaneció en guardia frente a los planes estadounidenses, en particular contra la estrategia de esa nación para enredar económicamente a México por una vía que pronto extenderá a todo el continente: la mal llamada reciprocidad comercial. Una trampa que, lejos de quedar en el pasado, llega a la actualidad en los tratados de “libre comercio” y en todas las maniobras con que los Estados Unidos siguen tratando de atar a otros pueblos.

Pudo haber extendido a toda nuestra América las implicaciones que en el texto de diez años antes había advertido que el predominio de los “dueños naturales” de los Estados Unidos tenían en lo relativo a México y a Cuba.27 A las consecuencias que tal realidad tenía para el primero de esos países dedicó especial atención en varios textos, como “El tratado comercial entre los Estados Unidos y México”.28 Publicado en el número de marzo se 1883 de La América, revista que se editaba en español en Nueva York, y en la que él, quien llegó a dirigirla, colaboró intensamente, fue una clara refutación del plan estadounidense de uncir a la patria de Juárez por medio de un comercio basado en una falsa reciprocidad comercial. En eso llevaba las de ganar el país que, de mucho más tamaño y poderío —gracias en gran medida a sus saqueos del propio México—, y ávido de vender sus productos manufacturados y comprar materias primas baratas, llevaría las de ganar, como las llevó en la guerra que había provocadomalévolamente.

Sin detenernos en los elementos más técnicos del tema, vale repasar el inicio del texto, marcado por el desentrañamiento de la significación estratégica del tratado, en su momento y visto con perspectiva histórica. Así empieza el artículo: “No ha habido en estos últimos años—si se descuenta de ellos el problema reciente que trae a debate la apertura del istmo de Panamá—acontecimiento de gravedad mayor para los pueblos de nuestra América Latina que el tratado comercial que se proyecta entre los Estados Unidos y México”. Ya con ello apunta a las implicaciones del tratado para nuestra América en general:

No concierne solo a México, cuyos adelantos, de fuerza propia y empuje indígena, despiertan simpatía vehemente en cuantos, por ser de pueblos de América, ven con orgullo fraternal la inteligencia exuberante, investigadora e impaciente de sus hijos, y la prisa con que —acallados ya los naturales hervores de pueblo primerizo, criado a pechos duros de madre preocupada— se dan los naturales de la tierra a utilizar y multiplicar las excelencias pasmosas de su suelo. El tratado concierne a todos los pueblos de la América Latina que comercian con los Estados Unidos.

Con ojos judiciales —como diría él—añade inmediatamente:

No es el tratado en sí lo que atrae a tal grado la atención; es lo que viene tras él y no hablemos aquí de riesgos de orden político; a veces, el patriotismo es la locura; otras veces, como en México ahora, es más aún que la prudencia: es la cautela. Hablamos de lo único que nos cumple, movidos como estamos del deseo de ir poniendo en claro todo lo que a nuestros intereses afecta: hablemos de riesgos económicos. Apuntarlos será bastante, puesto que el tratado comercial con México no está más que apuntado todavía.

Vale recordar que Martí habla sobre un tratado concreto, pero conoce —“viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”, se ha visto que escribió en su carta póstuma a Mercado— lo que se urde en la nación que se lo propone a México. Es un plan que va mucho más allá de lo anunciado entonces, y se relaciona directamente con el carácter y los intereses de las fuerzas políticas y económicas dominantes en la nación norteña. Cinco años después los promotores del tratado les ofrecen algo similar, pero de trama y alcance mayores, a todos los pueblos que en la América Latina han alcanzado la independencia.

En 1889 comenzó en Washington, fraguado por el venal secretario de Estado del país anfitrión, el foro que luego se conocería como Primera Conferencia Panamericana y al cual se aludió al inicio de estas páginas. Con tres reuniones espaciadas en octubre y noviembre de 1889 y abril de 1890, buscaba institucionalizar a escala continental un panamericanismo de grosero sesgo imperialista, que hoy coexiste con el afán —nada homogéneo— de sanearlo desde la concordia en esferas como la medicina y el deporte.

En una de sus primeras crónicas sobre aquel foro, fechada 2 de noviembre de 1889 y en muchos sentidos la más importante de las que le dedicó al foro —se publicó en dos partes en La Nación bonaerense, y ya fue citada—,29 Martí repudia categóricamente la orientación de tal panamericanismo. Casi al inicio del texto emplea términos que recuerdan lo que había escrito seis años antes sobre el tratado comercial propuesto por los Estados Unidos a México. Si en 1883 sostuvo, como se ha visto: “No ha habido en estos últimos años […] acontecimientode gravedad mayor para los pueblos de nuestra América Latina”, en 1889 enfatizará la alarma:

Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo.

Frente a eso, su conclusión es terminante:

De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo. Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever.

No era únicamente cuestión de pensar y prever, sino de no dejar a la espontaneidad la marcha de los acontecimientos. Por eso declara con energía que desborda el papel:

Solo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo, puede libertar de una vez a los pueblos españoles de América de la inquietud y perturbación, fatales en su hora de desarrollo, en que les tendría sin cesar, con la complicidad posible de las repúblicas venales o débiles, la política secular y confesa de predominio de un vecino pujante y ambicioso, que no los ha querido fomentar jamás, ni se ha dirigido a ellos sino para impedir su extensión, como en Panamá, o apoderarse de su territorio, como en México, Nicaragua, Santo Domingo, Haití y Cuba, o para cortar por la intimidación sus tratos con el resto del universo, como en Colombia, o para obligarlos, como ahora, a comprar lo que no puede vender, y confederarse para su dominio”.

Los organizadores del foro intentaron imponerles a los demás países de la región un arbitraje comercial: el Zollverein, que, con una historia particular que incluía el nombre en alemán, sería una llave para dominarlos. Refiriéndose concretamente a algunas de las noticias propaladas por la prensa de aquella nación, Martí habla de las fuerzas que allí pugnan en busca de enriquecer sus arcas y “quieren atar por la espalda, con lazos políticos, las manos de los pueblos compradores para llenarles los bolsillos indefensos de cotones a medio pintar y jabones de Colgate”.28 Semejante afán se acompañaba de lo que hoy, con razón, se llama guerra cultural, la que los Estados Unidos siguen agitando en busca de coyundear a los demás pueblos.

Espiguemos algunas de las opiniones que Martí extrae de los diarios más poderosos del país: “Se abre el Herald, y se lee: ‘Es un tanto curiosa la idea de echar a andar en ferrocarril, para que vean cómo machacamos el hierro y hacemos zapatos, a veintisiete diplomáticos, y hombres de marca, de países donde no se acaba de nacer’. […] El Tribune dice: ‘ha llegado la hora de hacer sentir nuestra influencia en América: el aplauso de los delegados al discurso de Blaine fue una ovación’”.

Si algún país opta por mantener relaciones con otros fuera de los Estados Unidos, aquella prensa los descalifica: “el Sun dice: ‘Están vendidos a los ingleses estos sudamericanos que se le oponen a Blaine’”. Mientras tanto, se pone en marcha el tren concebido para cautivar, deslumbramiento mediante, a los representantes de nuestra América. Se les mostraría no solo el poderío económico e industrial de los Estados Unidos, sino también el militar. ¿Podría no verse en ello un aviso de lo que podría venírseles encima si desacataban la voluntad de la nación cesárea? Larga será la cita, y como de vértigo por la parafernalia de los recursos puestos en juego por el potente anfitrión para seducir o amedrentar a los invitados. No por gusto se detuvo Martí en los detalles:

El tren palacio ha empezado, en tanto, a rodar en su camino de cinco mil cuatrocientas seis millas. De Washington a West Point, a ver lo militar: lo grave de los centinelas, lo austero de la disciplina: a Boston, a ver letrados y monumentos: a Portland, a ver cosas de mar: por las fábricas de New Haven y Hartford y, Springfield, por la ciudad política de Albany; al Niágara, a templar para la grandeza el espíritu: en Buffalo verán las ferrerías y las balsas de madera, y el comercio del lago; en Cleveland los pozos de petróleo; en Detroit los molinos y los hornos de cobre, y los talleres en Grand Rapids: pasarán por, South-Sout, centro de los caminos, en Indiana: en Chicago visitarán los graneros; en Milwaukee y St. Paul y Minneapolis, todo lo del trigo y lo de la cerveza; en Omaha verán la capital del comercio de ríos; en Sao Luis “el jardín del mundo”, la primera ciudad harinera, término de veinte días: en Indianápolis la cruz de los ferrocarriles, semillero de industrias y de políticos, y de abogados: en Louisville, el tabaco; los corrales y mataderos en Cincinnati; en Pittsburg el hierro bruto y el carbón, leguas de hierro, montes de carbón; y en Filadelfia, donde la excursión acaba, las fábricas de cueros y los tejidos y el hierro, y la Casa Pública, con los comedores sombríos y las razas del mundo en cariátides de mármol.

Como ya se apuntó, las relaciones comerciales de países de nuestra América con otros que no fueran los Estados Unidos, irritaban a esa nación, empeñada desde hacía décadas en imponer la doctrina Monroe, que en los tiempos actuales alguien pudo considerar cosa del pasado, pero cuya vigencia como representativa del pensamiento imperialista de los Estados Unidos se han encargado de revalidar ostensiblemente los gobernantes de esa potencia. El America for the Americans, lema central de esa doctrina, cabía y cabe traducirla al español como América para los estadounidenses, al igual que el America first del actual césar debe traducirse como Los Estados Unidos primero, no Primero América. Y no es cuestión de prurito o tecnicismo filológico, sino de concepto y vida, aunque lo ignoren hasta personas que de ninguna manera deberían permitirse desconocerlo.

En una de sus crónicas sobre el foro Martí elogió la actitud de Roque Sáenz Peña, el representante de Argentina, país que mantenía vínculos comerciales determinantes con Inglaterra:

Ni puede calcularse, por más que se le entrevea, el benéfico influjo de esta reunión de pueblos fraternales, sin preparación y sin intrigas, sobre aquellos que por arrogancia o avaricia hayan pecado, o estuvieran en el riesgo de pecar, contra la fraternidad de los pueblos de América. Pero cuando el delegado argentino Sáenz Peña dijo, como quien reta, la última frase de su discurso sobre el Zollverein, la frase que es un estandarte, y allí fue una barrera: “Sea la América para la humanidad”,—todos, como agradecidos, se pusieron en pie, comprendieron lo que no se decía, y le tendieron las manos.31

Tales eran los peligros por los cuales Martí reclamó de los pueblos de la América de habla española “una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo”. Lo había entonces, y a pesar de que ha pasado bastante más de un siglo, aún hoy lo hay y, de no haberlo, sería vital “fabricarlo”. Si de valorar la presencia del pensamiento martiano contra el imperialismo se trata, basta pensar que la primera vez que la posibilidad de esa respuesta asomó, y de hecho dio y no ha dejado de dar buenos frutos a pesar de la ofensiva neoliberal de estos años, ocurrió con la gestación de la Alianza Bolivariana para nuestra América. Ese nombre es el heredero del que se le dio inicialmente, Alianza Bolivariana para nuestra América, del cual le viene la sigla ALBA, de tan simbólica resonancia. Desde sus inicios el ALBA se pensó y se creó en respuesta al ALCA (supuesta Área de Libre Comercio para las Américas), un engendro con que los Estados Unidos procuraron dar continuidad a las maquinaciones del mencionado foro de 1889-1890, tan macizamente refutado por Martí.

Como desprendimiento de ese foro sesionó también en Washington, en 1891, una Comisión Monetaria Internacional Americana, con la cual los Estados Unidos intentaron imponerle ya entonces a nuestra América el dominio monetario que conseguirían después, más allá incluso de la región, con el establecimiento del dólar como “moneda del mundo”. Si frente al foro de 1889-1890 Martí pudo desplegar su labor combativa por medio de la prensa, de sus cartas y de la tribuna —en esta última con un discurso que requiere un comentario aparte—, la Comisión Monetaria le reservó otra posibilidad de lucha. El prestigio que le había valido su labor periodística, y el ser nombrado cónsul a la vez, en Nueva York, de Argentina, Paraguay y Uruguay, lo llevó a ser representante plenipotenciario del tercero de esos países en la nueva reunión.

Cumplió en ella una función de primer orden en defensa de nuestra América, aunque no pudo participar desde el comienzo porque la acreditación correspondiente se le entregó tarde. Con razón se ha pensado que en ello influyó la ojeriza que ya entonces le tenían las autoridades estadounidenses, empezando por el artífice de la Comisión y del Congreso que la precedió, el secretario de Estado de la nación anfitriona, James G. Blaine.

Existe un testimonio de que ese político, cuya rapacidad imperialista denunció Martí, intentó neutralizar al revolucionario cubano, y trató inútilmente de sobornarlo para que le sirviera en sus ambiciones electorales. En un volumen de memorias el argentino Carlos A. Aldao, quien conoció en Nueva York a Martí, relató que este “solía narrar con cierto orgullo haber acompañado hasta la escalera de su modesta vivienda al emisario de Blaine que había entrado en ella a proponerle ventajas pecuniarias, en cambio de cuatro mil votos, cubanos de que él podía disponer en Florida y que acaso decidieran en aquel Estado la elección presidencial”.32

En la Comisión Monetaria se le confió a Martí la redacción del Informe33que le correspondía al equipo encargado de valorar la propuesta de moneda única que ya entonces buscaban los Estados Unidos manejar, y del cual formó parte él. Asumió esa tarea como un modo de enfrentar las maniobras de la voraz nación en desarrollo imperialista. Por entre maneras diplomáticas —que en su caso fueron un arma de lucha, no hipocresía de salón—, casi al inicio del Informe expuso una idea que remite a su conocimiento de que los Estados Unidos buscaban imponer su voluntad a la América Latina y arrastrarla en su búsqueda de predominio mundial:

El oficio del continente americano no es perturbar el mundo con factores nuevos de rivalidad y de discordia, ni restablecer con otros métodos y nombres el sistema imperial por donde se corrompen y mueren las repúblicas. El oficio del continente americano no es levantar un mundo contra otro, ni amasar con precipitación elementos diversos para un conflicto innecesario e injusto, sino tratar en paz y con honradez, como propone noblemente la delegación de los Estados Unidos, con los pueblos que en la hora dudosa de la emancipación nos enviaron sus soldados, y en la época revuelta de la reconstitución nos mantienen abiertas sus cajas.

Frente a tales desafíos, en sus circunstancias —cuando sabe que oficialmente da voz a varios países, no solo a sí mismo—, valora lo conveniente y los peligros de unificar la moneda:

La uniformidad de la moneda es una empresa digna de las naciones democráticas, conveniente a la paz internacional e indispensable para el goce completo de la libertad doméstica. Pero si esa uniformidad se ha de obtener, sea —como quiere la delegación de los Estados Unidos— por el acuerdo confiado y sincero de todos los pueblos trabajadores del globo, para que tenga base que dure, y no por los recursos violentos del artificio llevado a la economía, que fomentan rencores y provocan represalias, y no pueden durar.

Conocedor de que en los Estados Unidos está en pie el debate entre quienes defienden el oro y quienes optan por la plata como base monetaria, aprovecha esa contradicción:

No extraña, pues, la Comisión de estudio, que los delegados de una nación sincera, suspensa hoy entre los mantenedores del padrón del oro, y los de la amonedación ilimitada de la plata, reconozcan ante la Comisión Monetaria Internacional las verdades que ésta se hubiera visto obligada a reconocer por sí, como que resultan con fuerza invencible de la masa de opiniones contradictorias que sin alteración esencial vienen buscando ajuste desde los años que precedieron al advenimiento de la América republicana.

Pero va al fondo del debate, pues los Estados Unidos procuran tener en el control monetario una coyunda para someter economías y pueblos, como ocurriría con la hegemonía del dólar, y acude a todos los argumentos válidos. El Informe rechaza la idea de convocar a una nueva reunión en una capital europea —Londres o París— para tratar el tema, y sostiene:

Ni puede la Comisión de estudio [el equipo cuyo Informe él ha redactado], en el seno de la Comisión que desde sus primeras sesiones oyó ideas semejantes a sus miembros, rechazar por nuevas las opiniones de la delegación de los Estados Unidos, convencida hoy, como los delegados latinos, de que no puede aspirarse a la creación de una moneda internacional que no sea aceptada igualmente en todos los pueblos del globo; de que la moneda internacional es un “sueño fascinador”, en tanto que no se llegue a un acuerdo universal sobre la relación fija del oro y la plata; de que “hay otro mundo”, y un mundo muy vasto del otro lado del mar.

Sabe lo que está en juego, y afirma: “La América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos, y dc abominar todo lo que los aparte. En esto, como en todos los problemas humanos, el porvenir es de la paz”. No era precisamente paz y concordia lo que los Estados Unidos buscaban entonces, y la vida seguiría avalando la claridad de Martí. Pero si había de celebrarse una reunión como la que esa nación tramaba que se hiciera en Europa —continente al cual ya procuraba imponerle sus reglas económicas y políticas—, entonces debía regirse por el mayor respeto a todos los países envueltos en ese plan. De ahí que la tercera y última de las tres proposiciones con que finaliza el Informe fuera esta: “Que sería conveniente que se reuniese en Londres o en París, una Conferencia Monetaria Universal, con asistencia de los países americanos; y que la Comisión recomienda la asistencia a ella de todas las repúblicas”.

Mayor atención que la que en el espacio de estas páginas se le ha podido dispensar merece ese Informe, y es también pertinente asomarse al menos a la crónica que, para ratificar sus puntos de vista sin tener que atemperarlos a un informe de índole diplomática y colectiva, plasmó en la crónica que le dedicó a la Comisión Monetaria.34 En ese texto precisó:

A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu. Lo real es lo que importa, no lo aparente. En la política, lo real es lo que no se ve. La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos. A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo que un pueblo hace es lo que está en su interés. Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se juntan, chocan.

Conociendo la hondura y la claridad de su conocimiento sobre nuestra América y sobre los Estados Unidos, se aprecia rectamente el sentido de esas palabras, y de las que añade: “Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores”. Todavía puntualiza, como dando cabida de paso —en tono de reto— a lo que pudieran pensar para bien de sí mismos los Estados Unidos: “Mientras no sepan más de Hispanoamérica los Estados Unidos y la respeten más,—como con la explicación incesante, urgente, múltiple, sagaz, de nuestros elementos y recursos, podrían llegar a respetarla,—¿pueden los Estados Unidos convidar a Hispanoamérica a una unión sincera y útil para Hispanoamérica? ¿Conviene a Hispanoamérica la unión política y económica con los Estados Unidos?”

Viene entonces la clave: “Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político”.

En esa dinámica entran sus criterios sobre la necesidad de que nuestra América tuviera las relaciones más amplias posibles con el resto del mundo:

Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa contra un pueblo de América. El caso geográfico de vivir juntos en América no obliga, sino en la mente de algún candidato o algún bachiller, a unión política. El comercio va por las vertientes de tierra y agua y detrás de quien tiene algo que cambiar por él, sea monarquía o república. La unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él, contra otra. Si algún oficio tiene la familia de repúblicas de América, no es ir de arria de una de ellas contra las repúblicas futuras.

¿Qué otra república intentaría embridarlas y arrastrarlas en arria sino aquella que en los Estados Unidos —oscilando entre la soberbia mesiánica, el sentimiento señorial y el egoísmo— se empeñaba en manejar a su propia opinión pública como a una “mula mansa y bellaca”, lo que Martí había repudiado en 1883?35 De ahí, no de predilección por Europa, viene su propuesta de que nuestra América tuviera con países de aquel continente relaciones que contribuyeran a mantener el equilibrio que la agresiva potencia del Norte insistía en romper para beneficio propio. Por los indicios que ofrece, se ha situado a mediados de la década de los años 80 del siglo XIX —la misma en que tuvieron lugar los dos foros internacionales comentados— un apunte que se lee entre los Fragmentos de las Obras completas de Martí y que también requiere y merece atención. Refiriéndose a un proyecto vial interamericano, sostiene:

—¡Que la Inglaterra, (la Great Zaruma Gold Mining Co.), ha obtenido ya la concesión de la mitad de la vía!—Pues lo que otros ven como un peligro, yo lo veo como una salvaguardia: mientras llegamos a ser bastante fuertes para defendernos por nosotros mismos, nuestra salvación, y la garantía de nuestra independencia, están en el equilibrio de potencias extranjeras rivales.—Allá, muy en lo futuro, para cuando estemos completamente desenvueltos, corremos el riesgo de que se combinen en nuestra contra las naciones rivales, pero afines,—(Inglaterra, Estados Unidos): de aquí que la política extranjera de la América Central y Meridional haya de tender a la creación de intereses extranjeros,—de naciones diversas y desemejantes, y de intereses encontrados,—en nuestros diferentes países, sin dar ocasión de preponderancia definitiva a ninguna aunque es obvio que ha de haber, y en ocasiones ha de convenir q. haya, una preponderancia aparente y accidental, de algún poder, que acaso deba ser siempre un poder europeo.—36

Para empezar, Europa estaba más lejos, y los Estados Unidos, vecino peligroso, crecía en poderío, y podían contender de algún modo con ella, o ya lo hacían. De esas contradicciones se derivó en buena medida la posibilidad de acción que Martí tuvo como representante de Argentina, Paraguay y Uruguay. Pero él no idealizaba los poderes europeos, y eso se aprecia claramente en la cita, donde prevé que, llegado el momento, se aliarían contra nuestra América “las naciones rivales, pero afines” entre sí. ¿Acaso la vigencia de esa previsión no la han confirmado hechos como la complicidad de los Estados Unidos con Inglaterra contra los derechos argentinos sobre las Islas Malvinas?

Y aún vale recordar el lugar reservado a Cuba, y por extensión a Puerto Rico, en los planes del panamericanismo aupado por los Estados Unidos. El cubano Gonzalo de Quesada Aróstegui, secretario de la delegación argentina en el foro de 1889-1890 —y por mediación de quien es presumible que buscaba y conseguía informarse sobre ese congreso, en el cual vale suponer que procuraría influir no solo por medio de su labor periodística—, le advierte en términos precisos sobre los peligros que le venían a Cuba de los Estados Unidos.

El 29 de octubre de 1889 le escribe sobre rumores o informaciones que circulan sobre el interés de los Estados Unidos de apoderarse de Cuba por la vía de la compra a España, o con otras negociaciones de esa índole, y apunta que de “esas alegaciones tomarán los Estados Unidos refuerzo para sus propósitos, confesos o tácitos”. El 14 de diciembre de 1889 le escribe con más clara alarma aún: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: Ni maldad más fría”. De tan terrible que es el plan, Martí añade: “¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio ? Valen más nuestras vidas, y es necesario que la Isla sepa a tiempo esto. ¡Y hay cubanos, cubanos, que sirven, con alardes disimulados de patriotismo, estos intereses!”37

Todo ello explica su afán por lograr que la guerra fuera ordenada y eficiente desde los comienzos, para que resultara “breve y directa como el rayo”, como ya se citó antes. Pero, más allá de Cuba, y sin excluirla, sabía Martí que había personas ilusas que podían caer, o estaban ya metidas en ellos, en los rejuegos que los Estados Unidos calzaban con su aureola de país que había alcanzado la independencia y se desarrollaba, y que vendía de sí la imagen de nación modelo. De eso vio Martí un claro afán en el aludido tren-palacio montado para deslumbrar a los delegados hispanoamericanos al mencionado congreso de 1889-1890. Por ello empleó la tribuna que el 19 de diciembre de 1889 le ofreció la Sociedad Literaria Hispanoamericana, sita en Nueva York, para agasajar en una velada a dichos delegados, y pronunció allí un discurso, conocido como Madre América, en el que desplegó una verdadera batalla cultural, de pensamiento.38

Es consciente de que la imagen de los Estados Unidos como república independiente ha generado ilusiones marcadas por el falso mesianismo y el complejo de superioridad de aquella nación. Ya nacía lo que ha llegado hasta hoy con nombres que deberían traducirse como “sueño estadounidense y “modo de vida estadounidense”, y lo que, casi al inicio del discurso citado, Martí les dice a los invitados a la velada de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, hace pensar en ese contexto, y percibir en sus palabras más advertencia que entusiasmo. Él, que permanecía en los Estados Unidos con el firme propósito de organizar —evadiendo en lo posible la vigilancia española, aunque España tenía cómplices en agencias estadounidenses que trabajaban para servir, sobre todo, a los intereses del país norteño—39 se dirigió al auditorio en términos que hacen recordar las diferencias de idiosincrasia y sentimentalidad que había señalado tan tempranamente como en su primera deportación en Madrid, como se ha visto. En la velada neoyorquina dirá:

¿Quién de nosotros ha de negar, en esta noche en que no se miente, que por muchas raíces que tengan en esta tierra de libre hospedaje nuestra fe, o nuestros afectos, o nuestros hábitos, o nuestros negocios, por tibia que nos haya puesto el alma la magia infiel del hielo, hemos sentido, desde que supimos que estos huéspedes nobles nos venían a ver, como que en nuestras casas había más claridad, como que andábamos a paso más vivo, como que éramos más jóvenes y generosos, como que nuestras ganancias eran mayores y seguras, como que en el vaso seco volvía a nacer flor?

A los invitados a quienes se agasaja les habla de “la ceguera de la tierra extraña”, antes de referirse a las diferentes motivaciones por las cuales hijos e hijas de nuestra América se hallan en los Estados Unidos: “A unos nos ha echado aquí la tormenta; a otros, la leyenda; a otros, el comercio; a otros [como él], la determinación de escribir, en una tierra que no es libre todavía, la última estrofa del poema de 1810; a otros les mandan vivir aquí, como su grato imperio, dos ojos azules”. ¿Será necesario añadir que si hay un grato imperio personal habrá otro que no lo es? Diversas son las causas para estar en aquel país, y él se encarga de dejar bien clara su posición: “Pero por grande que esta tierra sea, y por ungida que esté para los hombres libres la América en que nació Lincoln, para nosotros, en el secreto de nuestro pecho, sin que nadie ose tachárnoslo ni nos lo pueda tener a mal, es más grande, porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz, la América en que nació Juárez”.

Retoma incluso imágenes que prosperaban en su tiempo y que él sabía necesario elucidar:

De lo más vehemente de la libertad nació en días apostólicos la América del Norte. No querían los hombres nuevos, coronados de luz, inclinar ante ninguna otra su corona. De todas partes, al ímpetu de la frente, saltaba hecho pedazos, en las naciones nacidas de la agrupación de pueblos pequeños, el yugo de la razón humana, envilecida en los imperios creados a punta de lanza, o de diplomacia, por la gran república que se alocó con el poder […]

La alusión a esa “gran república que se alocó con el poder” condiciona de antemano la recepción de otra imagen con que el orador resume algunos criterios en boga: “Del arado nació la América del Norte. y la Española, del perro de presa”. Habla incluso de “los cuarenta y uno de la “Flor de Mayo”, devenidos símbolos de culto a la libertad. Pero no lo hace para abonar la idealización capitalizada por la sociedad estadounidense. Líneas después añade: “Allá, por los bosques, el aventurero taciturno caza hombres y lobos, y no duerme bien sino cuando tiene de almohada un tronco recién caído o un indio muerto. Y en las mansiones solariegos del Sur todo es minué y bujías, y coro de negros cuando viene el coche del señor, y copa de plata parael buen Madera”.

Prepara así el camino para señalar manquedades de la supuesta democracia modélica de aquella nación, que en su lucha contra Gran Bretaña recibió ayuda de otros pueblos, incluido el cubano:

El pueblo que luego había de negarse a ayudar, acepta ayuda. La libertad que triunfa es como él, señorial y sectaria, de puño de encaje y de dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad, una libertad que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombros de una raza esclava, que antes de un siglo echa en tierra las andas de una sacudida; ¡y surge, con un hacha en la mano, el leñador de ojos piadosos, entre el estruendo y el polvo que levantan al caer las cadenas de un millón de hombres emancipados!

Pero ni semejante sacudida, ni el propio Abraham Lincoln, “el leñador de ojos piadosos” —a quien reconoció méritos pero no rindió culto de incondicionalidad—,40 bastaron para que el país tomara rumbos verdaderamente justicieros:

Por entre los cimientos desencajados en la estupenda convulsión se pasea, codiciosa y soberbia, la victoria; reaparecen, acentuados por la guerra, los factores que constituyeron la nación; y junto al cadáver del caballero, muerto sobre sus esclavos, luchan por el predominio en la república, y en el universo, el peregrino que no consentía señor sobre él, ni criado bajo él, ni más conquistas que la que hace el grano en la tierra y el amor en los corazones,—y el aventurero sagaz y rapante, hecho a adquirir y adelantar en la selva, sin más ley que su deseo, ni más límite que el de su brazo, compañero solitario y temible del leopardo y el águila.

Frente a esa realidad, fuente de peligros para el mundo y en particular para nuestra América, Martí enaltece los valores fundacionales de estos pueblos, los de la América que él califica de “más grande, porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz”. De ella —con un arranque verbal que recuerda, por contrate, el que ha usado para referirse a la “estupenda convulsión” de la codiciosa y soberbia victoria disfrutada por la nación norteña— más adelante dirá que había padecido las consecuencias de la desunión:

Por entre las divisiones y celos de la gente india adelanta en América el conquistador; por entre aztecas y tlascaltecas llega Cortés a la canoa de Cuauhtémoc; por entre quichés y zutujiles vence Alvarado en Guatemala; por entre tunjas y bogotaes adelanta Quesada en Colombia; por entre los de Atahualpa y los de Huáscar pasa Pizarro en el Perú: en el pecho del último indio valeroso clavan, a la luz de los templos incendiados, el estandarte rojo del Santo Oficio.

Convencido de que “la historia de América, de los incas a acá”, debía enseñarse “al dedillo”,41 para poder conocerla desde sus raíces, braceo intensamente en esa historia y en la de la otra América, para defender a la nuestra, propósito que reclamaba como paso indispensable —se ha visto parte de lo que escribió ante el fatídico foro de 1889-1890— “una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo”. Apelando al legado de Bolívar, José de San Martín, Miguel Hidalgo, Benito Juárez y otros fundadores, y de las masas de combatientes que los siguieron, habla, más que del pasado, de la lucha necesaria para el futuro: “¿Adónde va la América, y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá, sola”. Tendrá que hacerlo contra la nación que aceptó ayuda y no ayudaría a las otras, sino trataría de someterlas.

En abril de 1894 entró en su tercer año de vida el Partido Revolucionario Cubano, al que le reservaba una función continental de primer orden en la preparación de una guerra que no era solo para independizar a Cuba, sino para impedir la expansión de los Estados Unidos. Con ocasión de dicho aniversario del Partido publicó el 17 de abril de ese año —en Patria, periódico que auxiliaba ideológicamente a dicha organización política— un artículo en que se lee:

En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, mero fortín de la Roma americana; y si libres y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio —por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles— hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.42

Esa idea la sustentará de distintos modos en otros textos, hasta llegar a su carta póstuma, ya citada, a Manuel Mercado. Poco antes, el 25 de marzo de 1895, “en el pórtico de un gran deber”, será todavía más rotundo en cuanto a esa idea, particularmente en cuanto al deshonor que para los Estados Unidos representaría su papel de conquistador, de nación pirata, previsión que los acontecimientos no han hecho más que certificar desde entonces hasta hoy, y sigue vigente: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.43

Mucho más habría que apuntar sobre la vital actualidad del pensamiento de José Martí acerca de los Estados Unidos y el imperialismo que allí se gestaba mientras él lo observaba desde las entrañas de esa nación. Pero es necesario poner punto final a estas páginas, o interrumpirlas, y para ello vale recordar una idea que en Martí se fortaleció con la experiencia que representaron para él las repúblicas asentadas en el liberalismo burgués, fuera ya la efímera primera República española, o las constituidas en nuestra América y en los Estados Unidos. Todas ellas le reforzaron la claridad con que él, pensando seguramente en Cuba pero aludiendo a lo que le había representado la experiencia aludida, trazó como conclusión sobre las manquedades, en particular, de la independencia de los pueblos latinoamericanos que se habían emancipado de sus metrópolis europeas, una independencia que incumplió lo que para Martí era un deber fundamental, y lo plasmó en el ensayo “Nuestra América”, publicado en enero de 1891 y que es inseparable de su temprano pensamiento antimperialista: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.44

 

Notas

1A lo largo del tiempo el ideario antimperialista de José Martí ha estado presente de distintos modos en los estudios sobre su pensamiento y su obra, debido al lugar central que ocupa en su legado. Un destacado ejemplo concreto —no el único— se encuentra en la producción del historiador cubano Emilio Roig de Leuchsenring dispersa en publicaciones periódicas o concentrada en volúmenes como El internacionalismo antimperialista en la obra político-revolucionaria de José Martí. Homenaje a Enrique José Varona y El internacionalismo antimperialista en la obra político-revolucionaria de José Martí (ambos publicados en La Habana en 1935), entre otros. Sobre el laboreo de Roig específicamente acerca de Martí, ver María Benítez: “Bibliografía martiana de Emilio Roig de Leuchsenring, Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 2, 1979, pp. 310-324.

2 Para los Estados Unidos —país que desde su nombre ha evidenciado las pretensiones de apoderarse de toda la América— el autor de las presentes páginas, que comparte similares preocupaciones con otros, usa el gentilicio estadounidense, no americano, ni norteamericano, también patrimonio de otras naciones. A ello se ha referido en varios textos: el más reciente, “La impertinencia de los ‘americanos’”, publicado en sitios digitales y de próxima aparición en su libro Otros detalles en el órgano, continuación de Detalles en el órgano (2014).

3 Philip S. Foner: “Visión martiana de los dos rostros de los Estados Unidos”, volumen colectivo José Martí atimperialista, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1984, pp. 427-454, cita en p. 429. Hebert Pérez Concepción: José Martí y la práctica política norteamericana (1881-1889), Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1996, p. 9. El texto de Foner—su ponencia en el Simposio Internacional José Martí y el pensamiento democrático revolucionario, celebrado en La Habana del 17 al 19 de enero de 1980— apareció antes, junto a los otros presentados en ese foro, en Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 3, 1980, pp. 218-236.

4 Paul Estrade: José Martí: 1853-1895, ou Des fondements de la democratie en Amerique Latine, Paris, Caribéennes, 1987; José Martí: Los fundamentos de la democracia en Latinoamérica, Madrid, Doce Calles, 2000.

5 José Martí: “Congreso Internacional de Washington.Su historia, sus elementos y sus tendencias”, O.C., t. 6, p. 57; texto completo en pp. 46-63. La sigla O.C. remite a las Obras completas de Martí en veintisiete volúmenes publicados entre 1963 y 1966 por la Editorial Nacional de Cuba, con sendas reimpresiones en 1975 y 1991, ambas a cargo de la Editorial de Ciencias Sociales (la cual añadió en 1973 un tomo, el 28, que no se ha vuelto a reproducir); y en soporte digital, con auspicios del Centro de Estudios Martianos —que ha vuelto a ponerlo en circulación— y Debogar y Cía. Ltda., en 2001.

6 Algunos ejemplos de esa actitud son si deseo para Cuba de una república en la que “cada uno de sus hijos” desarrollara “el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio” (“Discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891”, O.C., t. 4, p. 270), y elogió “los versos útiles y la honrada prosa del compatriota Rodolfo Menéndez”, a quien alabó porque enseñaba “a respetar el derecho”, “y a conquistarlo: a pensar por sí: a hablar sin bozal: a aborrecer la doblez y la cobardía” (“La hija de un bueno. ‘Libertad Menéndez’”, O.C., t. 5, 35).

7 José Martí: “Congreso Internacional de Washington.Su historia, sus elementos y sus tendencias”, cit, (en n. 5), pp. 59-60.

8 José Martí: “México y los Estados Unidos”, Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000, t. 2, p. 276. (No aparece en O.C.)

9 José Martí: “En los Estados Unidos. Universidad sin metafísica», O.C., t. 12, p. 348.

10 José Martí: “Cartas de Martí. La procesión moderna”, O.C.,t. 10, pp. 84-85.

11 José Martí: “Estados Unidos. El mensaje del presidente […]”, O.C., t.11, pp. 119-120. Por encima de sus diferencias, la identificación esencial entre demócratas y republicanos ha seguido manifestándose en nuestros días. Cuando se escribe el presente texto empieza a circular un artículo de Jesús Arboleya titulado “Los apuros del bipartidismo en Estados Unidos”, https://progresosemanal.us/20190912/los-apuros-del-bipartidismo-en-estados-unidos/.

12 José Martí: “Congreso Internacional de Washington.Su historia, sus elementos y sus tendencias”, cit. (en n. 4), p. 60. Los Estados Unidos se anexaron Texas en 1845, lo cual propició que al año siguiente estallara la guerra entre aquel país, que la azuzó, y México, al cual le costó muy caro.

13 José Martí: El presidio político en Cuba, O.C., t. 1, p. 51.

14 José Martí: La República española ante la Revolución cubana, O.C., t. 1, p. 90.

15 José Martí: Carta a Manuel A. Mercado, de 18 de mayo de 1895, O.C., t. 4, pp. 161-164. Se cita por su edición, que rectifica algunas erratas, en José Martí: Epistolario, compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Pla, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, t. V, p. 250-252.

16 José Martí: “‘¡Vengo a darte patria!’ Puerto Rico y Cuba”, O.C., t. 2, p. 255.

17 José Martí: “Bases del Partido Revolucionario Cubano”, O.C., t. 1, p. 279.

18José Martí: “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”; “En los Estados Unidos. Variedades […]” y “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, O.C., t. 8, p. 442; t. 12, p. 135, y t. 3, p. 142, respectivamente.t. 3, p. 142.

19 Carta de Bartolomé Mitre Vedia a José Martí, Papeles de Martí (Archivo de Gonzalo de Quesada), recopilación, introducción, notas y apéndices por Gonzalo de Quesada Miranda, La Habana, Academia de la Historia, 1933-1935, vol. 3, pp. 83-85.

20 La meditada respuesta de José Martí a Mitre se lee en la carta que le dirigió con fecha 19 de diciembre de 1982,O.C., t. 9, pp. 15-18.

21 José Martí: “La religión en los Estados Unidos”, O.C., 11, p. 425.

22 José Martí: Cuadernos de apuntes, O.C., t. 21, pp. 15-16.

23La reseña que en 1876 —cuando viviría casi dos décadas más de radicalización—escribió sobre un libro del argentino Luis Varela apunta a prevenir las seducciones que las ideas liberales ejercían en su época, y las maneras colonizadas con que a menudo eran recibidas: “El demócrata americano, con ser uno en espíritu, ha de ser distinto en la forma del demócrata europeo. Una es la belleza y múltiples las maneras de realizarla. Una es la libertad y distintas las maneras de conseguir su afianzamiento. En Europa la libertad es una rebelión del espíritu: en América, la libertad es una vigorosa brotación. Con ser hombres, traemos a la vida el principio de la libertad; y con ser inteligentes, tenemos el deber de realizarla. Se es liberal por ser hombre; pero se ha de estudiar, de adivinar, de prevenir, de crear mucho en el arte de la aplicación, para ser liberal americano”. José Martí: “La democracia práctica. Libro del publicista americano Luis Varela”, t. 7, p. 340.

24 José Martí: La República española ante la Revolución cubana, cit. (en n.14), p. 89.

25 José Martí: “Impresiones de América” O.C., t. 19, p. 124. Serie de tres crónicas publicadas en inglés en los números del 10 de julio, 21 de agosto y 23 de octubre de 1880 de la revista neoyorquina TheHour, con el título de Impressions of America, que en O.C. (donde los originales y las traducciones aparecen en t. 19, pp. 101-126) se tradujo como “Impresiones de América”, pero en realidad debió haberse traducido como “Impresiones sobre los Estados Unidos”. De igual modo, el crédito o firma seudónima “By a veryfreshSpaniard”, que en O.C. se tradujo como “Por un español muy fresco”, cabe entenderse como “Por un español recién llegado”, el personaje literario creado por Martí como voz narradora a esos textos.

26 José Martí: “Cartas de Nueva York. Pueblos perezosos […]”, O.C., t. 9, p. 108.

27 José Martí: “México y los Estados Unidos”, cit. (en n.7).

28 José Martí: “El tratado comercial entre los Estados Unidos y México”, O.C., t. 7, pp. 17-22.

29 José Martí: “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias”, cit. (en n. 5).

30 José Martí: “La Conferencia de Washington. El Proyecto de Arbitraje […]”,O.C., t. 6, p. 90.

31 José Martí: “La Conferencia de Washington. La América Latina en la Conferencia […]”, O.C., t. 6, p. 81.

32 Carlos A. Aldao: A través del mundo, 5ta. ed. aumentada, Buenos Aires, Imprenta Ed. Garnier, 1914.

33 José Martí: “Informe. Presentado el 30 de marzo de 1891, por el señor José Martí, delegado por el Uruguay […]”, O.C., t. 6, pp. 147-154. Acerca del trabajo de Martíen ese foro ver la edición facsimilar de las Actas de la Comisión Monetaria Internacional Americana, La Habana, Banco Nacional de Cuba, 1957. El volumen de textos suyos Dos congresos. Las razones ocultas, preparado por el Centro de Estudios Martianos con estudios complementarios de Ángel Augier y Paul Estrade (La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1895), trata sobre su labor relacionada con aquel foro y con el de 1889-1890.

34 José Martí: “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”, O.C., t. 6, 157-167.

35 José Martí: “Caratas de Martí. Galas del año nuevo […]” t. 9, p. 345.

36 José Martí: Fragmentos, O.C., t. 22, p. 116.

37 José Martí: Carta a Gonzalo de Quesada Aróstegui, de 14 de diciembre de 1889, O.C., t. 6, p. 128.

38 José Martí: “Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana”, O.C., t. 6, pp. 131-140.

39 Paul Estrade: “La Pinkerton contra Martí”, y Nydia Sarabia: “El Plan de Fernandina y los espías del diablo”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 1, 1978, pp. 207-221; y No. 5, 1982, pp. 200-209, respectivamente.

40 Luis Toledo Sande: “Lincoln y Cutting en una cita de José Martí”, publicado inicialmente en sitios digitales, aparecerá también en el ya mencionado libro del autor Otros detalles en el órgano, en proceso de edición.

41 José Martí: “Nuestra América”, O.C., t. 6, p. 18. Se cita por José Martí: Nuestra América. Edición crítica, investigación, presentación y notas de CintioVitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Casa de las Américas, 1991, p. 18. (Corrige una errata que aparece en O.C., donde falta la preposición a entre incas y acá.)

42 José Martí: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano. El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, cit. (en n.15), p. 142.

43 José Martí: Carta a Federico Henríquez y Carvajal, Montecristi, 25 de marzo de 1895, t. 4, p. 111.

44 José Martí: “Nuestra América”, cit. (en n. 41), p. 19; y Nuestra América. Edición crítica, cit. (en n. 41), pp. 19-20.

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