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El militarismo imperialista de Estados Unidos. Por Leyde E. Rodríguez Hernández

Para la comprensión de la dinámica de los procesos globales entre los siglos XX y XXI, es indispensable el estudio de las proyecciones y objetivos militaristas del imperialismo contemporáneo liderado por Estados Unidos.

Las primeras expresiones del militarismo y el armamentismo han sido identificadas con la aparición del Estado y las sociedades divididas en clases antagónicas. Este fenómeno antiguo tomó su mayor auge con la expansión del Complejo Militar-Industrial estadounidense en la época de la segunda posguerra mundial. Ya en los siglos XIX y XX, los clásicos del marxismo habían estudiado los orígenes del militarismo. Para Lenin “el militarismo moderno es el resultado del capitalismo. Es, en sus dos formas, una ‘manifestación vital’ del capitalismo: como fuerza militar utilizada por los estados capitalistas en sus choques externos (‘Militarismus nach aussen’, según dicen los alemanes) y como instrumento en manos de las clases dominantes”.[1]

Con el surgimiento del arma nuclear y la conquista del espacio en el siglo XX, el ascendente desarrollo tecnológico del sistema capitalista liderado por los Estados Unidos impulsó un creciente programa de militarización del espacio, y las élites gobernantes norteamericanas utilizaron una parte considerable de los recursos de esa nación para el fortalecimiento de la fuerza militar, la cual erigieron en una insustituible herramienta de poder y terror para materializar sus intereses de política exterior y afianzar sus objetivos clasistas a escala global.

El propósito de superar, en el plano militar, el poderío logrado por la Unión Soviética[2] entre los años 1947 y 1991, durante la confrontación de la Guerra Fría, llevó a Estados Unidos a un exceso militarista, cuyas manifestaciones más relevantes quedaron ejemplificadas en la historia mediante la creación de bases militares alrededor del Estado soviético, de altos gastos militares, del emplazamiento de misiles nucleares en Europa occidental, la constante modernización de la tecnología y los esfuerzos por detentar el control militar del espacio cósmico, pues según el imaginario norteamericano, quien domine en ese ámbito ejerce un poder integral en la Tierra.

Sin embargo, en el nuevo contexto internacional surgido a partir de la desaparición de la URSS y la culminación de la confrontación entre el Este y el Oeste, la política exterior norteamericana conservó su naturaleza imperialista. Sus pretensiones militaristas, lejos de disminuir, fueron reforzadas bajo la concepción de que Estados Unidos había ganado la Guerra Fría y mantenían un liderazgo internacional sin precedentes. Sobre la base de estos presupuestos hegemónicos, la idea enunciada en 1983 por el presidente Ronald Reagan en torno al despliegue de la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) o “Guerra de las Galaxias”, fue retomada en el año 1996 por el presidente del Partido Demócrata William Clinton, quien, adelantándose a las elecciones presidenciales de ese año, propuso otro plan para desarrollar el Sistema Nacional de Defensa Antimisil (SNDA) con el anhelo de proteger el territorio norteamericano de un hipotético ataque misilístico desde el exterior.

Por sus implicaciones políticas, militares y de seguridad, el proyecto anunciado por William Clinton y acelerado por George W. Bush suscitó la reacción de importantes actores internacionales: China, Rusia, Francia y Alemania. Desde entonces, este tema, prioritario en la proyección de la política exterior norteamericana, tensó las relaciones con Rusia, persistió en la agenda de conversaciones de Estados Unidos con la Unión Europea y dificultó las relaciones chino-estadounidenses, porque los norteamericanos extendieron el despliegue del sistema antimisil a la geoestratégica región de Asia-Pacífico, con el fin de proteger a sus aliados: Taiwán, Corea del Sur, Japón y Australia.

En este artículo no solo me refiero a los aspectos de política internacional inherentes al despliegue militarista por Estados Unidos de un sistema antimisil, sino también a sus implicaciones militares y de seguridad, sus conexiones con la economía, la política interna norteamericana y el impacto de la revolución científica y tecnológica en las nuevas tecnologías de los armamentos y otros sectores novedosos del ciberespacio.

 

El Sistema Internacional en la posguerra: la bomba atómica y el surgimiento de la estrategia nuclear

 En la histórica primavera de 1945, cuando ya era evidente la victoria de la  URSS contra las potencias fascistas, la humanidad, que había vivido los trágicos sucesos acontecidos entre los años 1939 y 1945, se preguntaba cómo evitar en la etapa posbélica una nueva conflagración de carácter mundial y sus nefastas consecuencias para la civilización humana.

En ese contexto, la posesión de la bomba atómica pasó a formar parte de la planificación estratégica y política de Estados Unidos. Para el presidente Harry Truman, la bomba sería, en lo adelante, el mecanismo ideal de imposición de los objetivos norteamericanos al sistema internacional y, en especial, una carta de triunfo para enfrentar a las posiciones de la diplomacia soviética.

Así, la administración Truman comenzó una nueva etapa de la carrera armamentista con la explosión, por primera vez, de una bomba nuclear en el desierto del Estado norteamericano de Nuevo México, el 16 de julio de 1945, y con la utilización del territorio de Japón como blanco y polígono de prueba de esa arma, pues seguidamente a la detonación experimental, fueron lanzados los días 6 y 9 de agosto de 1945, dos artefactos atómicos sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Como consecuencia de los bombardeos atómicos contra estas dos ciudades, perecieron bajo los efectos de la irradiación 447 000 civiles.

Los estrategas militares norteamericanos probaron en la práctica cuán potente y conminatoria sería la nueva arma en manos de Estados Unidos. Este bombardeo no obedeció a una necesidad militar norteamericana puesto que después de la capitulación incondicional de la Alemania fascista y con la terminación de la guerra en Europa, la situación político-militar del Japón empeoró y el país quedó completamente aislado. En realidad, la acción demostró el poderío bélico alcanzado por los norteamericanos, y que sobre esta base todas las naciones serían intimidadas, en especial, el gobierno soviético.

El secretario de Estado, James Byrnes, ilustró con claridad el interés manifiesto de Estados Unidos con el bombardeo: “La bomba era necesaria tanto contra el Japón, como para hacer que la URSS resultase más fácil de manejar en Europa”.

Los estrategas políticos y militares norteamericanos consideraron que la bomba atómica podía usarse contra los principales centros de dirección de cinco o diez ciudades soviéticas, sin que Estados Unidos quedara expuesto a una represalia comparable, porque poseían las únicas armas nucleares en existencia y la experiencia histórica del uso de ese terrible armamento que demostraba que “los centros urbanos de Hiroshima y Nagasaki habían sido devastados sin efectos nocivos perceptibles para el resto del planeta”.

Otra era la visión de los expertos que participaron en la creación de la bomba atómica, antes y después de la rendición de Japón. Los científicos adjuntos al proyecto Manhattan deseaban concluir sus trabajos de investigación relacionados con el arma nuclear y regresar a los trabajos afines con la física teórica y a sus respectivas vidas cotidianas.

El físico J. Robert Oppenheimer declaraba con frecuencia: “Cuando la guerra concluya, no hay razón para continuar trabajando en la bomba nuclear […] ella nos llevará a la comunidad primitiva”. La mayoría de los físicos reflejaron su repulsión al proyecto después del uso de la bomba atómica en Japón, y su optimismo de que, con el establecimiento de la paz, la investigación y el desarrollo de las armas nucleares podría ser innecesaria.

Con el surgimiento de la estrategia nuclear, los políticos norteamericanos reafirmaron que la fuerza militar representaría, a fin de cuentas, uno de los factores principales de la política exterior y de la estrategia político-militar estadounidense en las nuevas condiciones del escenario internacional de la posguerra. Por el concepto de “fuerza militar” comenzó a entenderse, en primer lugar, la capacidad aérea atómica y, más tarde, el potencial misilístico nuclear. La estrategia nuclear ofreció ventajas a Estados Unidos sobre la URSS. Para Kissinger “sería un medio eficaz para debilitar el control comunista sobre los territorios dominados por los soviets […] las armas nucleares son ‘nuestras mejores armas’, el resultado de nuestra tecnología más adelantada. Dejar de emplearlas equivale a renunciar a las ventajas de un potencial industrial superior”.

Al mismo tiempo, el contexto internacional favoreció que distintas escuelas de pensamiento influyeran en la elaboración de la estrategia político-militar de Estados Unidos. Una de las más relevantes fue la escuela politológica e histórica de la llamada Realpolitik (política realista), que enfoca las relaciones exteriores de las grandes potencias, en general, a través del prisma de las relaciones de poder y, en especial, de las relaciones de poder militares.

El realismo político apareció cuando el acceso de Estados Unidos al estatus de gran potencia impuso una meditación académica profunda sobre las implicaciones de las nuevas responsabilidades que le incumbían. Las concepciones de la Realpolitik o escuela del realismo político contribuyeron a la formación teórica de quienes diseñaron la proyección internacional norteamericana durante toda la postguerra. Por su peso argumental, la escuela del realismo político ofreció a la élite del poder estadounidense las tesis conceptuales fundamentales para su política exterior y la formulación de la gran estrategia de la Guerra Fría; además de erigirse en la corriente de pensamiento predominante en los principales estudios académicos y politológicos norteamericanos.

El arma atómica, la posesión de la llamada arma absoluta, se convirtió en el núcleo de los nuevos desarrollos teóricos sobre la política exterior estadounidense. Los militaristas norteamericanos consideraron que, en principio, resultaba suficiente la sola amenaza de guerra nuclear para lograr, desde posiciones de fuerza, los objetivos y prioridades estratégicas de Estados Unidos en el escenario internacional.

En lo adelante, esa concepción recibió prioridad en la propaganda e influencia psicológica sobre la opinión pública mundial y los líderes de los nuevos estados nacionales independientes, pues mientras Estados Unidos poseyera armas atómicas en sus arsenales “sería impensable defensa alguna” y toda resistencia a los objetivos norteamericanos resultaría inútil. En tales circunstancias, los estados debían resolver los conflictos mediante concesiones y evitar tomar decisiones contrarias a las exigencias norteamericanas.

Esta filosofía revistió alta importancia en la política estadounidense contra la URSS. Los políticos de Estados Unidos se comprometieron en hacer retroceder el socialismo a través de la consolidación del liderazgo norteamericano y de un expansionismo global conducido bajo los fundamentos teóricos de la “Contención del Comunismo”. La nueva estrategia de “Contención del Comunismo”, proclamada por el presidente Truman el 12 de marzo de 1947, estableció el compromiso de frenar y derrotar a los movimientos populares, socialistas y de liberación nacional que fueran considerados partes integrantes del expansionismo soviético en cualesquiera de las regiones del mundo. Esta proclama de Truman ha sido tradicionalmente estimada como el punto de partida fundamental de la política exterior norteamericana de la Guerra Fría. Pero en realidad, podía ser considerada la expresión final de la estrategia de “firmeza y paciencia” que había estado vigente durante un año para convertirse en la idea o consigna principal de la definición de las relaciones de Estados Unidos con la URSS.

La retórica de Truman fue coherente con el presupuesto que había respaldado durante casi un año la estrategia de “paciencia y firmeza”, pues ninguna política puede ser efectiva si no logra igualar los medios y los fines; y en ese sentido, las fuerzas armadas norteamericanas, que llegaron a 12 millones de efectivos al final de la guerra contra Alemania, habían disminuido a 3 millones para el mes de julio de 1946 y a 1,6 millones un año más tarde. El gasto de defensa, que había sido de 81,6 billones de dólares en el año fiscal de 1945, último año de la guerra, disminuyó a la cifra de 44,7 billones durante el año fiscal de 1946, y a 13,1 billones durante 1947.

Además, en el mes de noviembre de 1946 la situación interna de Estados Unidos se tornaba compleja con la elección de un Congreso republicano preocupado por la economía del país, por lo que no se veían muchas posibilidades de revertir la disminución del presupuesto de defensa. Sin embargo, la situación de los limitados medios y recursos financieros forzó una vez más, como ya había ocurrido durante la guerra, a establecer, dentro de los marcos de la doctrina de la “Contención del Comunismo”, la distinción entre intereses vitales e intereses periféricos en la política exterior norteamericana.

Pero, en ese contexto, la orientación de los objetivos de la única superpotencia mundial también comprendía que las posibilidades de su política exterior de ningún modo podían limitarse a sus lineamientos esenciales y a esperar tiempos mejores. Para Estados Unidos era enteramente posible influir políticamente con sus acciones en la evolución interna de la URSS y del Movimiento Comunista Internacional. Se trató de aumentar la tensión bajo la cual tenía que operar la política soviética y, en esa dirección, los norteamericanos promovieron tendencias que debían, eventualmente, encontrar su salida en la fragmentación o en el gradual deterioro del poder soviético.

Con la definición de las concepciones esenciales de la estrategia nuclear de Estados Unidos, las tensiones recorrieron el sistema internacional. En el período de Guerra Fría, las superpotencias convirtieron las bombas nucleares y los misiles balísticos en símbolos de poder para disuadirse mutuamente, pero Estados Unidos trató entonces de manipular sus atributos de la manera más efectiva posible mediante la formulación de doctrinas, estrategias y políticas que expresaron su poderío militar y la probable viabilidad de una contienda nuclear en determinados escenarios. Toda una concepción de política exterior que, acompañada de los incesantes avances tecnológicos, estimuló una vasta carrera armamentista extendida a todos los ámbitos, incluido el espacio ultraterrestre.

En sus propósitos de superar en el plano militar a cualquier posible rival y dominar el planeta, a los estrategas políticos y militares norteamericanos siempre les resultó insuficiente el emplazamiento de misiles nucleares en Europa occidental, el aumento de sus bases militares alrededor de la desaparecida URSS, la modernización constante de la tecnología militar y además, obtener el control militar del espacio para así ejercer un poder total sobre la Tierra. Y en estos postulados tienen su génesis los planes de crear una “defensa” antimisil, que coloque a Estados Unidos por encima de Rusia y China en el aspecto militar y, a su vez, “proteja” el territorio norteamericano de posibles ataques misilísticos desde el exterior.

Distintas administraciones debatieron la creación de un sistema de “defensa” antimisil. Los proyectos más abarcadores, por sus objetivos políticos, militares o tecnológicos fueron: el Sentinel (Centinela) de Lyndon B. Johnson, el Safeguard (Salvaguarda) de Richard Nixon y la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) o “Guerra de las Galaxias” de Ronald Reagan. Las contribuciones científicas, los componentes y las concepciones de la IDE perduraron en el pensamiento estratégico estadounidense para la posterior conformación de una variante que los presidentes William Clinton y George W. Bush denominaron Sistema Nacional de Defensa Antimisil.

La carrera de armamentos nucleares impulsada por Estados Unidos intensificó el desarrollo y la producción de las tecnologías de misiles balísticos que destruirían el equilibrio estratégico y militar logrado por los soviéticos en la década de los años setenta del siglo XX. En el escenario internacional de la posguerra fría, el interés de los líderes estadounidenses con el despliegue de una “defensa” antimisil radicó en la consolidación de la supremacía nuclear de la superpotencia, para conservar su indiscutible poder unipolar en el ámbito estratégico-militar. Este breve unipolarismo rememoró, en términos históricos, el poderío alcanzado por Estados Unidos en los tiempos de la política del “Chantaje Nuclear” contra la URSS, entre los años 1945 y 1950.

En la década del noventa del siglo XX, como prueba de la total falta de escrúpulos yanki, es necesario recordar que el gobierno de Estados Unidos entregó armas nucleares al régimen del apartheid, que los racistas estuvieron a punto de usar contra las tropas cubanas y angolanas, que después de la victoria de Cuito Cuanavale avanzaban en la dirección Sur, donde el mando cubano, sospechando ese peligro, adoptó las medidas y tácticas pertinentes que le daban el dominio total del aire. Si intentaban usar tales armas, no habrían obtenido la victoria. Pero es legítimo preguntarse: ¿qué habría ocurrido si los racistas sudafricanos hubiesen utilizado las armas nucleares contra fuerzas de Cuba y Angola? ¿Cuál habría sido la reacción internacional? ¿Cómo habría podido justificarse aquel acto de barbarie? ¿Cómo habría reaccionado la URSS? Son preguntas que debemos hacernos.[3]

Pero quizás lo más relevante del proyecto nuclear de Sudáfrica llegó en 1993, cuando Frederik Willem de Klerk anunció que desmantelaría las seis armas nucleares construidas por el programa y una séptima que se encontraba en construcción en el momento de cancelación del proyecto. Dos años más tarde la Agencia Internacional de Energía Atómica declaró que estaba satisfecha con las pruebas y materiales mostrados por Sudáfrica, notificando a la comunidad internacional que el programa nuclear del país africano estaba oficialmente terminado y desmantelado, pero “cuando los racistas entregaron el gobierno a Nelson Mandela, no le dijeron una sola palabra, ni qué hicieron con aquellas armas”.

La finalidad del despliegue de la “defensa” antimisil de Estados Unidos y la OTAN, en distintas regiones del planeta, persiguió devaluar el potencial nuclear de Rusia y China, hacia el 2025, lo que provocó una nueva carrera armamentista con implicaciones negativas para el continente europeo al quedar más dependiente que nunca ante los conceptos estadounidenses de guerra y destrucción; al mismo tiempo que reimpulsó el Complejo Militar-Industrial y los beneficios de los consorcios y grupos del gran capital transnacional.

En el contexto de la “guerra” contra el terrorismo, tras el 11 de septiembre de 2001, el proyecto de la “defensa” antimisil continuó hasta la actualidad —y tomó renovada fuerza—, porque formó parte de una estrategia de “seguridad nacional” diseñada para evitar que otras potencias mundiales adquirieran una fuerza política, económica y militar comparable o superior al poderío actual de Estados Unidos, en un nuevo siglo que avizora indudables avances tecnológicos, la conformación de un sistema internacional multipolar y está signado por la inevitable conquista del espacio cósmico.

El despliegue de la “defensa” antimisil en Polonia y República Checa ha sido un asunto espinoso en las relaciones ruso-estadounidenses, pues sirvió incluso para que Estados Unidos tratara de involucrar a Rusia en las presiones sobre las autoridades de Irán, prometiendo que el despliegue del sistema antimisil no estaría enfilado contra Moscú. La “defensa” antimisil fue utilizada por Estados Unidos como un mecanismo de chantaje político y de presión diplomática contra otros estados, además de presentarnos un nuevo esquema de rivalidades entre las principales potencias nucleares en el escenario mundial.

La inclusión de Japón y Taiwán en el despliegue de un sistema de “defensa” antimisil de teatro afectó el horizonte de las relaciones chino-norteamericanas y representó una intención de rediseño del equilibrio de poder en la región Asia-Pacífico, según los intereses estratégicos de Estados Unidos y sus aliados en Asia Oriental. También se consideró una garantía de protección para los efectivos estadounidenses ubicados en sus bases militares en esa geoestratégica zona del planeta.

Los sectores más interesados en la construcción del SNDA, representados por los influyentes grupos de poder vinculados al Complejo Militar-Industrial, mantuvieron un desempeño protagónico en la política exterior de la administración de George W. Bush. Los políticos “neoconservadores” impusieron, como tendencia dominante, un unilateralismo hegemónico que tuvo un efecto perjudicial para la imagen y la práctica de la política exterior de Estados Unidos.

El despliegue del SNDA buscó revolucionar las tecnologías con el objetivo de modernizar los radares, satélites, rayos láser, sensores, la aviación y el arma nuclear misilística. El proyecto representó para los estrategas norteamericanos una opción de fortalecimiento de la infraestructura científica y la hegemonía tecnológica de Estados Unidos en el siglo XXI. En la posguerra fría, la consolidación del poder hegemónico global norteamericano dependió de la creciente dependencia de las investigaciones en avanzadas tecnologías y medios militares.

Los sectores vinculados al Complejo Militar-Industrial, interesados en la construcción del sistema de “defensa” antimisil, mantuvieron un desempeño protagónico en la política exterior de la administración de W. Bush, y con sus acciones en la industria bélica y energética dictaron la agenda militarista y agresiva del ejecutivo, prescribiendo que la consolidación del poder hegemónico global estadounidense dependería de sus resultados científicos en el logro de avanzadas tecnologías al servicio de la economía y los medios militares. Aquí radicó la importancia renovada del Complejo Militar-Industrial, en la protección de los intereses económicos y comerciales de Estados Unidos en el nuevo entorno internacional.

Un segundo gobierno de W. Bush no abandonó las metas generales del primero, pero procuró establecer “un rumbo más cauteloso y mesurado” hacia los objetivos de dominación mundial. La posibilidad de un tránsito de las posiciones extremas hacia un mayor realismo político en el establishment permitieron a la administración retomar los principales enfoques teóricos predominantes en el último medio siglo de la política exterior norteamericana, combinando la acción multilateral y el fortalecimiento de la alianza de Estados Unidos con Europa, Japón y otros actores del sistema internacional, como la OTAN.

El discurso militarista de los ideólogos neoconservadores reapareció con la administración de Barack Obama. En la “Doctrina Obama” —representante del llamado progresismo estadounidense— la amenaza, sea de los comunistas, del populismo, del narcotráfico, del fundamentalismo islámico o del terrorismo, concedió las argumentaciones requeridas a la política exterior norteamericana. Esas amenazas, más imaginarias que reales, fueron un ingrediente necesario para justificar la ilimitada expansión del gasto militar y la enorme rentabilidad que ocasionó a los oligopolios vinculados al gran negocio de la guerra. Es el caso de las ganancias que obtienen por su participación en la carrera armamentista empresas como Boeing, Lockheed Martin, Northrop Grumman Innovation Systems, Raytheon y Aerojet Rocketdyne. O con la participación en el desarrollo de tecnología digital en función de los intereses bélicos por parte de las empresas de Silicon Valley.

Sin esas supuestas amenazas sería imposible justificar la permanente búsqueda de restauración del liderazgo ejercido por Estados Unidos mediante el despliegue de la “defensa” antimisil, la expansión de la OTAN hacia el Este, hasta las mismas fronteras de Rusia, para acorralarla, y para contener también a China de bases militares, el predominio expansivo del Complejo Militar-Industrial y los fabulosos subsidios que recibió de los contribuyentes norteamericanos. Tampoco hubiera sido posible la desorbitada militarización de la sociedad norteamericana, que se proyectó hacia afuera con su agresiva política exterior y hacia adentro con una abrumadora presencia de las fuerzas represivas y de inteligencia, facilitada por la legislación “antiterrorista” de W. Bush, que limitó buena parte de las libertades civiles y políticas existentes en ese país.

En rigor, la administración Obama encarnó la continuidad de la política exterior militarista del período de W. Bush, buscando un reacomodo para Estados Unidos que evitara un involucramiento directo de sus tropas en distintos conflictos internacionales y acordó una rebaja de 487 mil millones de dólares durante 10 años, en medio de la necesidad urgente de reducir el déficit del presupuesto público norteamericano de entonces. Sin embargo, en el proyecto de presupuesto para el año fiscal 2017-2018 elaborado por Donald Trump, se planteó un incremento de unos 54 000 millones y, posteriormente, el Departamento de Defensa de Estados Unidos presentó el incremento de los gastos militares para el presupuesto de 2018 que rebasó en 52 000 millones los límites establecidos para estos gastos, pues, para la Administración Trump, las reducciones en el presupuesto militar habían dañado la capacidad combativa de la superpotencia.[4] Entre los gastos de mayor significación se encontraron los siguientes:

  • Ciencia y tecnología militar 13 200 millones de dólares.
  • 70 aviones F-35 10 300 millones (Cada avión costará 147.1 millones)
  • 2 submarinos de la clase Virginia 5 500 millones.
  • 1 portaaviones clase CVN-784 600 millones.[5]

También privilegiando los intereses de los grupos de poder asociados al Complejo Militar Industrial la Fuerza Aérea de Estados Unidos contrató a la corporación Lockheed Martin, por 2.9 billones de dólares, para construir tres satélites militares de advertencia de misiles como parte del programa del Sistema Infrarrojo Basado en el Espacio (SBIRS), el cual requiere de sensores espaciales para los sistemas anti-misiles, los interceptores cinéticos o las armas de energía dirigida.

En correspondencia con el unilateralismo hegemónico y la búsqueda de la superioridad militar con respecto a Rusia y China, el presidente Donald Trump, ordenó la creación de un Comando Espacial, una nueva estructura dentro del Pentágono cuya función será el control absoluto sobre las operaciones militares en el espacio. Con ese fin ordenó el establecimiento, de acuerdo a la ley estadounidense, del Comando Espacial de Estados Unidos, como un Comando de Combate Unificado operativo. A pesar del alto costo que estos proyectos militaristas tendrían para la economía estadounidense, lo que se correspondió con un presupuesto militar ascendente a 716 mil millones de dólares en 2019, 738.000 millones de dólares en 2020 y 741.000 millones de dólares en 2021,[6] el nuevo comando surgió en una coyuntura de desenfrenada carrera armamentista y de competencia militarista en la que Trump se propuso crear en el ejército estadounidense la denominada Fuerza del Espacio.

Esta especie de “sexta rama” de las fuerzas armadas se propuso asegurar el dominio de Estados Unidos en el espacio cósmico y, como los proyectos militaristas anteriormente mencionados, constituye una violación los tratados internacionales que han promovido las Naciones Unidas para la utilización del espacio ultraterrestre con fines pacíficos, como es el caso del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre que, con su entrada en vigor en 1967, prohibió el emplazamiento de armas nucleares o de cualquier tipo de armas de destrucción en masa en el espacio ultraterrestre y el estacionamiento de dichas armas en cuerpos celestes, el cual fue ratificado por Estados Unidos el 10 de octubre de 1967.

Para la Administración Trump, al igual que gobiernos que lo antecedieron, el espacio cósmico es un campo de guerra en el que Estados Unidos tiene que dominar y enfrentar a otras potencias. Con ese objetivo, el Comando Estratégico de Estados Unidos y el Ministerio de Defensa de Brasil acordaron compartir información sobre más de 23 000 objetos en órbita, incluidos los satélites de Brasil y en el uso de la base de lanzamientos espacial de Alcántara, en Maranhão, para los fines estratégicos relacionados con la militarización del espacio ultraterrestre. De este modo, el gobierno del ultraderechista Jair Bolsonaro[7] se sumó al militarismo de la Administración Trump, aunque conocen que los sistemas antimisiles en el espacio cósmico, como hemos reiterado, no sólo violan el derecho internacional y los tratados firmados, sino que romperán, aún más, la estabilidad estratégica y la seguridad mundial.

Ya lo hemos dicho, una guerra nuclear en la tierra o en el espacio pone en serio riesgo la existencia de toda la humanidad. Por eso es muy importante que los organismos internacionales procuren acciones decisivas para que, por un lado, las potencias nucleares respeten los acuerdos que han firmado, que limitan y restringen el arsenal nuclear, y por otro lado, avancen en negociaciones para el inicio de un proceso de desarme total e irreversible de los armamentos nucleares con el fin de que la espeluznante amenaza de una guerra nuclear desaparezca.

Sin duda, Estados Unidos, desde 1945, ha conducido a la sociedad global hacia esta una hegemonía cultural basada en una lógica militarista criminal con el planeta y las sociedades que lo conforman. Y todo ello, actualmente, con una administración Trump que despliega una praxis política  violatoria y destructora de todo marco jurídico internacional, que toma por la fuerza, destruye, transforma y degrada cuanto le sirve para perpetuar una hegemonía que ya comienza a ser odiosa, incluso para sus aliados europeos, beneficiarios de segundo orden en el reparto canallesco de las riquezas periféricas.

Los hechos demuestran de forma irrebatible que en un mundo bajo la égida del imperio estadounidense no existe garantía de seguridad para ningún otro país. En una etapa de desarrollo de las nuevas tecnologías militares, distintas potencias del sistema internacional, compulsadas por el militarismo estadounidense, perfilan sus armas para las guerras del futuro, las cuales portarán varios componentes clave: sistemas no tripulados e hipersónicos, la tecnología de “enjambres” de drones, las armas antisatélite y antimisiles, la comunicación cuántica, la inteligencia artificial, el uso de la doctrina de “guerra centrada en redes” y procesamiento masivo de datos.

Por todo lo expuesto aquí, resulta necesaria y urgente la creación de un efectivo y poderoso movimiento mundial por la paz y en defensa de la soberanía de los pueblos del sur marginados por las grandes potencias capitalistas, donde también emerge una periferia pobre y explotada.

 

[1]  V.I. Lenin: “El militarismo belicoso y la táctica antimilitarista de la socialdemocracia”, Obras Completas. Sobre las primeras armas que revolucionaron el arte militar, véase de Federico Engels, “La táctica de infantería y sus fundamentos materiales (1700-1870)”, Anti-Dühring.

[2] En lo adelante URSS: Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

[3] Fidel Castro Ruz. Mensaje a los participantes en el XVII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Sudáfrica. http://www.fidelcastro.cu/fr/node/33457 13/12/2010. Recuperado 10/8/2019.

[4] El gasto militar mundial crece hasta los 1,8 billones de dólares en 2018. www.sipri.org Estocolmo, 29 de abril de 2019. Recuperado 20/8/2019.

[5] Rodríguez, José Luis. Gastos militares: sigue creciendo el potencial de conflictos bélicos (II). CIEM, La Habana, 27 de mayo de 2017, p. 4.

[6] Cámara de Representantes de EEUU aprueba presupuesto y techo de deuda. http://spanish.xinhuanet.com/2019-07/26/c_138258392.htm. Recuperado 25/8/2019.

[7]  Referencias tomadas de: “El nuevo presidente de Brasil dice que está dispuesto a recibir una base militar de Estados Unidos para contrarrestar la influencia de Rusia en la región”. Sao Paulo (AP), 4/1/2019.

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