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A 60 años del triunfo de la Revolución cubana: Eusebio Leal

Panel realizado en el Palacio de Convenciones, durante la celebración de la IV Conferencia Internacional Por el equilibrio del mundo.

30 de enero de 2019

Quisiera elogiar las palabras de todos mis amigos aquí; las de Miguel, desde luego las recuerdo como ayer, como aquel día, en que fueron también hacia mí y hacia los que estábamos allí en aquel encuentro; y recordaba también la reflexión, el pensamiento y la idea sistematizada del injerencismo en la historia de Cuba, a partir de lo que nos ha narrado nuestro brillante amigo René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba. Recordaba también el apasionante testimonio de Enrique Ubieta y desde luego quedé muy fascinado y me parecía estar escuchando a Alfredo Guevara cuando Elier Ramírez hablaba del tema de la herejía, tan consustancial en la búsqueda de la verdad.

Y finalmente, escuchando a Frei Betto, con el cual tantas veces compartí, reflexionaba sobre el deber de ser originales que es grande para un proceso político. Quizás si el marxista latinoamericano, aquel noble inválido que demostró que andaba a más velocidad que muchos hombres, aquel grande que fue José Carlos Mariátegui, hablaba de la necesidad del socialismo en nuestro continente como una creación heroica y no como copia ni calco; y hablaba de la pluralidad en la sociedad cubana y de esa capacidad de simpatía de los cubanos.

El carácter se va modificando con el tiempo. Antes me reía más y me reí mucho durante varias noches leyendo Los viajes de Miguel Luna, el libro de Abel Prieto. Lo llevó a situar la realidad imaginaria en un estado perdido, en medio de un mundo balcanizado que copiaba y repetía todos los caminos del error y la equivocación, pero con tanta simpatía que uno iba sacando como diría alguien, conclusiones propias para no repetir el lugar común.

No caben dudas de que el viaje al Socialismo, es siempre un viaje a lo ignoto, como le repitió un político al compañero Raúl Castro, y lo hemos experimentado nosotros. Esa pregunta de Frei: ¿por qué no ya 30 sino 60 años después el triunfo de la Revolución —acontecimiento que por fortuna no con tres meses como Ubieta, sino con 15 años, me tocó vivir a mí— convierte todos los acontecimientos en hechos inmediatos y no en asuntos que tenemos que explicar a veces a otras generaciones? Para ellos, a pesar de ser actual en el discurso cotidiano, pueden parecer hechos medievales, remotos o prehistóricos. Se trata de apostar por la originalidad en transmitir la verdad y en dar el testimonio de las cosas que vimos, de la gran proeza inacabada del pueblo cubano en la búsqueda definitiva de su propio camino en un mundo tan complicado como este.

Al practicar Cuba una política de principios —siempre ha sido algo tan importante, guiarse por principios— no hay nunca en el discurso del estado en la política exterior de Cuba un acto de oportunismo vil aún corriendo un grave riesgo por sostener un principio.

En lo personal, nací y crecí en la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, fundada por mi predecesor, el ilustre antiimperialista y gran cubano que fue Emilio Roig de Leuchsenring donde creó un Comité de Solidaridad con la justa causa de la independencia de Puerto Rico. Luchó por la libertad de Rafael Cancel Miranda e Irving Flores, de Lolita Lebrón que cumplirá un centenario.

Entonces por eso, las palabras de Fidel recordadas son terminantes, mientras que haya uno solo, nosotros defenderemos esa causa, porque fue la causa de José Martí, de Antonio Maceo, fue la causa de Cuba como patria y las banderas fueron las mismas con colores invertidos marcando la singularidad dentro de la unidad que es el elemento más importante.

Martí hablaba de los necesarios extravíos que un pueblo en su propia búsqueda comete. Hemos navegado muchas veces en la noche oscura, hemos creído en cosas que después no son realidad, hemos visto amigos que le advierten a los otros, llegado el momento de la verdad. Nosotros no hemos abandonado, ni vamos a abandonar. Y por eso es que habló Raúl en el acto de Mandela.

Por eso, Mandela después de ser reconocido por el mundo, después haber estado negado en aquella celda innoble, viene a Cuba a dar el abrazo, pensando que solamente los cubanos estuvimos expuestos a ser arrasados por una bomba nuclear surafricana. La victoria de Cuito Cuanavale pone de rodillas al Apartheid, gana la independencia de Namibia y abre la celda de Mandela. La llave estuvo en aquel campo de batalla. Todo esto es un orgullo para los cubanos.

Quizás, el orgullo mayor es ver cómo los cubanos, si nos reunimos, parecemos un hormiguero, porque podemos estar criticando, hablando, diciendo, opinando, conscientes además de que tenemos el derecho a hacerlo, porque vivimos aquí. Obstruimos algún proceso cotidiano y padecemos también en una u otra medida… pero de pronto surge la certeza, como ayer 27 de enero, en vísperas de la tradicional marcha de las antorchas encendidas, en vísperas de la conmemoración martiana, la certeza del pensamiento de Marx cuando decía que todo en la naturaleza y en la sociedad está sujeto a leyes, excepto el azar. Pues bien, entró el azar y el poderoso y destructivo tornado desbarató e hirió. Y hay que ver en medio del desamparo de los más pobres que viven en Regla y Guanabacoa —y hay que decirlo con franqueza, de los más pobres, porque el que no tiene una vivienda buena es pobre de vivienda, al que le falta el agua es pobre de agua, al que le falte algo es pobre de lo que sea— cómo la gente se abrazaba en la solidaridad y cómo todo el país se volcaba hacia allí.

Y estaba allí nuestro presidente que no llegaba unos días después en un helicóptero, vestido elegantemente para ver qué limosnas distribuir, sino de inmediato, transmitiendo el sentimiento de toda una nación que le da crédito. Una nación que le da crédito a ese sentido de las palabras, pues aquí nadie está desamparado ni lo estará.

Esa vitalidad y esa capacidad solidaria hay que conservarlas en la alegría y en la pluralidad, como explicaba Miguel cuando hablábamos de la Constitución que abre los caminos. Recuerdo que a Fidel no le gustaban mucho los chistes pero un día se me ocurrió ir a decirle una broma, y me expresó: ¿tú también? Y yo le respondí bajando las armas inmediatamente. Y entonces me dijo: “Bueno dímelo, ¿qué querías decir?” Entonces le conté el chiste: “Dicen que iban en un avión sobrevolando África, Leonid Brézhnev, George Bush y usted. Entonces el avión cayó. Por suerte se salvaron todos pero cayeron en medio de una supuesta ceremonia africana donde las personas estaban reunidas alrededor de un caldero encendido”. Fidel, en un gesto instintivo se tomó la barba así y me miraba con unos ojos llameantes para ver por dónde iba a continuar yo. Y le dije: “mire al primero que llamaron para que ardiera en el caldero fue a Brézhnev quien alegó: ¿A mí, Presidente de la potencia mayor, del Estado Soviético…? y con medallas y todo lo tiraron al agua hirviendo. Luego le tocó, a Bush, el presidente de la potencia número uno de la Tierra, de Estados Unidos… y no lo dejaron terminar; lo lanzaron para la olla y finalmente apareció usted y dijo: ¿A mí, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba? y entonces el jefe comarcano y los demás vinieron a contemplarlo y uno se atrevió a decirle: ¿Tú no serás Fidel, no? Y dice usted: Soy yo y responden ellos: ¿cómo te vamos a comer si todos tenemos hijos estudiando en Cuba?

Era su sentido de la solidaridad el que animó todo eso. Me perdonó el chiste. Entonces, defender la Revolución con alegría es quizás la tarea, sin perder el sentido del humor cubano y aprendiendo que en el discurso político tenemos que saber integrar esos elementos.

Ayer estaba reunida nuestra Academia de la Lengua y discutíamos sobre el modo de decir cubano y de cómo nos aficionamos a utilizar frutas, viandas, vegetales… en el discurso, como recurso cultural. En Cuba, cuando hay un funcionario o alguien que no entiende las cosas decimos que es “un ñame con corbata”; cuando hay una confusión en una discusión cualquiera decimos que se ha formado “un arroz con mango”; si alguien le da un golpe a otro decimos que es “un piñazo” y hay que imaginar lo que es una piña lanzada. El sentir cubano y la capacidad de identificación de las palabras, de las cosas de la política y del sentir.

Fidel sabía escuchar. Cuando en la secretaría se decidió cambiar los cueros para ponerlos nuevos y restaurar los muebles de la oficina del Comandante él estuvo de acuerdo, pero cuando se llegó a su butaca, se negó a que la retocaran: “esto lo gasté trabajando, déjenlo así”. Entonces me percaté de que en el brazo derecho de la butaca de Fidel había un hueco grande. Resulta ser que él escuchaba —muchas veces la gente dice Fidel solo hablaba, pero tenía la inmensa capacidad de escuchar. Se sentaba allí pacientemente y con el dedo y la uña fue abriendo ese hueco. Los que recordamos sus manos finas, largas y cuidadas que, entre paréntesis, no le gustaba que nadie le apretara las manos, cosa que era para él lo peor. Y ese hueco era un misterio de la capacidad de escuchar, él podía escuchar. A él no se podía llegar sin estar preparado, uno no podía atreverse a traer un tema si no estaba dispuesto a llevar el tema hasta las últimas consecuencias porque él estudiaba diariamente y se preparaba para cada cosa.

He tenido la posibilidad de clasificar sus libros, su biblioteca y ver las anotaciones, las tarjetas colocadas, las referencias. No puedes entenderlo sin las tres fuentes de su formación: su formación cristiana, bíblica; su formación martiana profunda, y su formación marxista y revolucionaria. De estos tres elementos está colmado el discurso político de Fidel. A cada momento saldrá una cita, una comparación bíblica, un razonamiento dialéctico o un pensamiento de Martí. Para él, como para los cubanos, Martí era la noción del bien. No voy a hablar de la bondad, muchas veces se presenta a Martí como oliendo permanentemente una flor. Martí fue profundamente realista, conocedor, tenía como Fidel ideas, conceptos firmes que los defendía hasta el final y sufrió y padeció por eso. Tenía ese sentido del poeta, de la fineza espiritual de entender con esa especie de afilado sentido lo que estaba en el ambiente.

El 5 de agosto de aquel año trágico en que se produjo en La Habana un escándalo de la marginalidad, Fidel salió personalmente a la calle y lo rememoro porque estuve con él ese día, tengo ese honor y ese recuerdo, para mí inolvidable, de que llegó un momento allí cerca en el Castillo de la Punta en que estaban colocadas las tropas especiales para enfrentar lo que era un acto de vandalismo que iba in crescendo. Al llegar allí con aquel puñado de compañeros pidió que retiraran todo eso: “se gana con el pueblo o se pierde la Revolución”. Esa noción del pueblo, es que siempre hay que apoyarse en el pueblo. ¿Cómo habría sobrevivido este país en los años terribles del Período Especial sin aquel brazo levantado, valiente, frente a la Embajada yanqui? ¡Ave César, los que van a morir te saludan! Y eso dicho con el corazón y detrás un pueblo dispuesto. Esa es la verdad.
¿Y cuán difícil fue para el liderazgo de Raúl, que nació en la misma cuna, batalló al mismo tiempo, estuvo presente en todo y debió enfrentar el mortal golpe de Fidel en una cama enfermo y en otra Vilma, que no solamente era un gran amor sino que también constituían una asociación revolucionaria? ¿Cómo era posible eso y tratar de llevar el Estado adelante en medio de las variantes de la política norteamericana que como se ha dicho aquí intentan recorrer equivocadamente el mismo camino de nuevo? Antes vino el otro, el mensajero del sistema con un rostro nuevo y un color diferente, Obama. En medio de todo eso se batió Raúl… y llegamos en pie hasta esta conferencia y aquí estamos. Vamos a luchar, fue la palabra.

Recuerdo que cuando comenzó el Período Especial me enviaron al encuentro del Partido Comunista Chileno para explicarle a Luis Corvalán, a Volodia Teitelboim y a nuestra amiga Gladys Marín el mensaje que enviaba nuestro Partido: “El mensaje de Fidel es que vamos a resistir, vamos a resistir”. Y el otro de Fidel es: “que vamos a resistir y vamos a triunfar”. Y ese sentimiento de luchar con alegría, de luchar con voluntad fue lo que él nos inculcó. En él estaba, en ellos estaba y está ese espíritu de Martí que no se derrumba ante nada: “Mi verso crecerá: bajo la yerba. Yo también creceré”. Quiere decir, no lo veré yo, pero lo verá otro. Ha sido un verdadero misterio, pocas han sido las revoluciones mundiales que han tocado las bases de la tierra, de la sociedad y la han cambiado; y pocos han sido los que como él han tenido la posibilidad de verse derrumbar alrededor el mundo y prevalecer en una pequeña isla a la cual no vinieron —como dice Betto—, no porque no quisieron, sino porque no pudieron, no han podido, ni podrán.

Por eso hermanas y hermanos perseveremos en la unidad culta y sensible ante los problemas. Nunca analicemos las cosas desde arriba; bajemos, dialoguemos, entendamos. En la pluralidad estriba la unidad de los pueblos a lo largo de la historia, pero los pueblos también son la suma de las individualidades. Hay que ser capaces de sumar. Sumar como se ha tratado de sumar lo que hasta ayer parecía imposible, todos hemos padecido.

Como Betto doy mi testimonio. Fui formado cristianamente y como tal he vivido dentro de la Revolución. Cuando ingresé en el Partido Revolucionario Cubano fue porque he creído en su programa, porque he creído que no he podido estar lejos del partido de Mella y de Fidel. Fue él el que después de un proceso me envió el carnet del Partido Comunista. Cuando ingresé en el Comité Central, ingresé al tiempo que se abrían las puertas para que los cristianos pudieran entrar en el Partido Comunista de Cuba.
He sido por tanto una singularidad en el seno del Partido, a veces digo que soy el Capellán del Partido o el Obispo Guerrero del Partido, no me importa. Lo que sí sé es que lo que soy, lo que fui y lo que seré está ligado a estos dos nombres: José Martí y Fidel Castro. Muchas gracias.

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